domingo, 19 de noviembre de 2017

Jim Landis, Estrella Defensiva de los Medias Blancas ganadores del banderín, fallece a los 83 años de edad.

Richard Sandomir. The New York Times. 10 de octubre de 2017. Jim Landis, el rápido jardinero central cuyas destrezas defensivas, comparadas varias veces con las de Willie Mays, fueron claves para que los Medias Blancas de Chicago ganaran el banderín de la Liga Americana en 1959, falleció este sábado 7 de octubre en Napa, Calif. Su hijo Craig, un agente de peloteros, dijo que la causa fue cáncer. Cuando Landis llegó a los llamados Go-Go White Sox en 1957, fortaleció una defensa central formidable, con Nellie Fox en segunda base, Luis Aparicio en el campocorto y Sherm Lollar en la receptoría. Landis cometía pocos errores, lideró la Liga Americana tres veces en dobleplays realizados por un jardinero central y ganó el guante de oro cada temporada desde 1960 hasta 1964. Era conocido por hacer que las atrapadas difíciles lucieran fáciles y por capturar pelotas que parecían jonrones. “Pienso que tal vez Landis tiene mejor anticipación que cualquiera en la actualidad”, dijo Bill Veeck, el dueño de los Medias Blancas en una entrevista con The Chicago Tribune en 1959. “Él atrapa pelotas que yo sé que eran dobles o triples”. Pero como jugador de ligas menores, Landis había aprendido que su velocidad no era suficiente para convertirlo en un gran jardinero; necesitaba ayuda. Así que durante el entrenamiento primaveral trabajó con Johnny Mostil, un instructor quien había sido jardinero de los Medias Blancas en la década de 1920. Mientras les bateaban elevados y líneas, Landis partía con Mostil con el sonido del batazo. Mostil le dijo a The Des Moines Tribune, “Él miraba hacia arriba con yo lo hacía y se detenía cuando yo lo hacía para atrapar la pelota o para estar en posición de tomar el rebote desde la grama o la pared”. La práctica funcionó bien para Landis. Veeck y Ted Kluszewski, el toletero quien jugó con Landis al final de su carrera, estuvieron entre aquellos que declararon que su calidad defensiva era equivalente a la de Mays. Landis, al hablar con White Sox Interactive en 2003, dijo que solo supo de esas comparaciones despues, cuando leyó que algunos jugadores de los yanquis habían dicho que él “convertía triples en dobles y dobles en sencillos”. James Henry Landis Jr., nació el 9 de marzo de 1934, en Fresno, Calif. Su padre fue obrero industrial, su madre, Maida, era ama de casa. Fue firmado por los Medias Blancas por 2.500 $ después de su primer año en Contra Costa College en San Pablo, Calif. El bateo de Landis no estaba al mismo nivel de su fildeo. Su promedio de bateo fue solo .212 en su temporada de novato, pero mejoró a .277 el año siguiente. En 1959 bateó para .272, con cinco jonrones y 60 carreras empujadas. En la Serie Mundial de ese año, contra los Dodgers, bateó siete imparables en 24 turnos al bates para .292 de promedio. En el quinto juego, en Los Angeles Memorial Coliseum, perdió una pelota en el sol, una marfilada que encendió un ataque de los Dodgers. Pero el ataque se atascó, y Chicago ganó 1-0. “Todos dicen que la pelota me golpeó, pero aun pienso que rebotó frente a mí”, le dijo Landis a The New York Times en 1961. Me cegué con el sol y el fondo de camisas blancas”. Ese estadio, dijo, “fue el peor en el que jugué”. Los Dodgers ganaron la serie en el próximo juego, en Comiskey Park en Chicago. Landis fue cambiado a los Atléticos de Kansas City en 1965 y también jugó en Cleveland, Houston, Detroit y Boston. Al retirarse, trabajó para una compañía de seguridad, de la cual se hizo socio. Además de su hijo Craig, le sobreviven su esposa, cuyo nombre de soltera era Sandra Foster; sus hijas, Vicki Robinson y Michele Stafford, otro hijo, Michael, cinco nietos, y su hermana, Ann Proctor. En 2000, Landis fue elegido por los aficionados para el equipo del siglo de los Medias Blancas, junto con Fox, Aparicio y los jardineros Shoeless Jackson y Minnie Miñoso. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Bobby Doerr, segunda base de los Medias Rojas del Salón de la Fama fallece a los 99 años de edad.

Richard Goldstein. The New York Times. 14-11-2017. Bobby Doerr, el segunda base del Salón de la Fama quien era un gran fildeador, buen bateador y una figura inmensamente popular por 14 temporadas con los Medias Rojas de Boston, falleció este lunes 13 de noviembre en Junction City, Ore. Había sido el grande liga viviente más viejo. Los Medias Rojas anunciaron su muerte. “ La vida de Bobby es una que saludamos no solo por su longevidad, sino por su gracia”, dijo en una declaración, el director de la organización, Tom Werner. “Fijó el patrón de lo que significa ser un buen compañero de equipo”. Doerr fue una presencia celebrada en Fenway Park, junto a Ted Williams y Dom DiMaggio en los jardines y Johnny Pesky en el campocorto. Fue el último beisbolista sobreviviente de la década de 1930, al haber empezado su carrera en 1937. Su muerte deja a Red Schoendienst de 94 años de edad, mejor conocido por sus años con los Cardenales de San Luis, como el inquilino viviente del Salón de la Fama más viejo. Doerr carecía de la tempestuosidad de un Williams y de la celebridad de un DiMaggio. Avanzó en su negocio tranquilamente y se convirtió en líder del equipo a través de su estable excelencia. “Nunca tuvimos un capitán, pero él era el capitán silencioso del equipo”, dijo Williams cuando Doerr fue elegido al Salón de la Fama por el Comité de Veteranos en 1986. Mientras jugaba en Fenway Park hasta comienzos de la década de 1950, excepto por un año en la armada durante la segunda guerra mundial, Doerr fue integrante del equipo de estrellas de la Liga Americana nueve veces. Estableció un registro para oportunidades de fildeo seguidas sin cometer error, bateó sobre .300 en tres temporadas diferentes y empujó más de 100 carreras seis veces. Sus equipos ganaron solo un banderín de la Liga Americana, en 1946. Los Medias Rojas perdieron en siete juegos ante los Cardenales de San Luis en la Serie Mundial, pero él bateó .409 en esa serie. “Doerr fue fácilmente el jugador más popular de los Medias Rojas y posiblemente el beisbolista más popular de su época”, escribió David Halberstam en “Summer of ‘49” (1989), el recuento de una memorable carrera por el banderín entre los Medias Rojas y los Yanquis. “Era tan modesto y de disposición tan gentil que sus colegas a menudo lo describían como ‘dulce’. Fue el tipo de hombre que otros hombres hubiesen envidiado si no lo hubieran apreciado tanto”. Al destacar las rápidas manos de Doerr, el novelista y seguidor de los Medias Rojas George V. Higgins escribió en “The Progress of the Seasons: Forty Years of Baseball in Our Town” (1989) que Doerr tenía “las garras delanteras de un oso polar”- Otro aspecto que Higgins halló apreciable fue como era tratado Doerr por los a menudo crítica prensa y fanáticos de Boston. “Bobby Doerr no recuerda ser despotricado por los medios de Boston o insultado por los fanáticos”, escribió él. “Algo muy razonable, porque él era percibido como un trabajador que siempre daba lo mejor de sí”. Robert Pershing Doerr nació en Los Angeles el 7 de abril de 1918, hijo de Harold y Frances Doerr. Su padre era trabajador de la compañía telefónica. Firmó con el equipo de Hollywood de la Pacific Coast League al salir de la escuela secundaria en 1934 y jugó dos temporadas en Hollywood, luego una tercera con la franquicia cuando esta se mudó a San Diego. Fue firmado por los Medias Rojas después de ser escauteado en el verano de 1936 por Eddie Collins, el propio gerente general de Boston y antiguo segunda base y futuro inquilino del Salón de la Fama. En ese viaje, Collins también descubrió a Williams, entonces un adolescente del equipo de San Diego. Cuando Doerr se unió a los Medias Rojas, estaba impresionado. “Siempre recordaré el entrenamiento primaveral de 1937”, fue citado por Cynthia J. Wilber en “For the Love of the Game: Baseball Memories From the Men Who Were There” (1992). “Yo tenía solo 18 años de edad, y ahí estaba Jimmie Foxx bateando pelotas fuera del parque como pelotas de golf y Joe Cronin en el campocorto y Lefty Grove pitcheando, y Pinky Higgins y Doc Cramer y los hermanos Ferrell. Dios mío, todos esos tipos de los que tenía fotografías en mi pared de niño. Ellos fueron mis héroes, y allí estaban, y yo con ellos”. Doerr fue golpeado en la cabeza por un pitcheo a principios de temporada y participó en solo 55 juegos, pero se hizo regular en 1938, ayudado por Cronin, el manager y campocorto de los Medias Rojas, quien lo animó a relajarse en el campo y le dio consejos de bateo. A través de la década de 1940, Doerr y Pesky se alternaron con Joe Gordon en segunda base y Phil Rizzuto en el campocorto de los Yanquis como la combinación líder en dobleplays de la Liga Americana. Doerr lideró a los camareros de la Liga Americana en dobleplays en cinco temporadas y en 1948 estableció registros de grandes ligas, que fueron rotos, para lances seguidos sin cometer error en su posición, 414, y juegos seguidos sin error, 73. Doerr fue el héroe ofensivo del juego de estrellas de 1943 en Shibe Park de Filadelfia, al batear un jonrón de tres carreras ante Mort Cooper de los Cardenales en la victoria de la Liga Americana 5-3. Consiguió su imparable 2000 el 1 de julio de 1951, en Yankee Stadium. Pero tuvo problemas en la espalda ese verano y se retiró después de la temporada. Terminó su carrera con 2042 imparables y promedio de bateo de .288, bateó 223 jonrones y empujó 1247 carreras. Lideró la Liga Americana en porcentaje de slugging en 1944 con .528. Despues fue coach de los Medias Rojas y los Azulejos de Toronto. Su número 1 fue retirado por los Medias Rojas en 1988. En sus últimos años, Doerr se dedicó a cuidar a su esposa, Monica, quien tenía esclerósis múltiple, y quien falleció en 2003. También amaba pescar. Siempre regresaba a Boston para ocasiones ceremoniales. Cuando los Medias Rojas celebraron el centésimo aniversario de Fenway Park en abril de 2012, él apareció junto a Pesky en segunda base, cada uno en silla de ruedas, un punto alto emocional que atrajo a docenas de antiguos peloteros de los Medias Rojas. Los sobrevivientes de Doerr incluyen a su hijo, Don, dos nietos, y cuatro bisnietos. Los lazos duraderos entre Doerr, Pesky, Williams y Dom DiMaggio fueron registrados por David Halberstam en “The Teammates” (2007). Doerr mantuvo una amistad cercana con Williams, quien falleció en 2002. A menudo hablaban de bateo, pero había una dimensión que trascendía su cercanía. Williams, como producto de un hogar roto, envidiaba a Doerr por el apoyo que había recibido de su padre. Al reflexionar sobre su crianza, Doerr, un producto de los años de la depresión, le dijo a Cynthia Wilber que su generación “no renunciaba ante las dificultades, eso era un estilo de vida”. En cuanto a su carrera de grandeliga, Doerr dijo: “En aquellos días, no pienso que nadie fuera muy complaciente. Aun después que había jugado 10 años de beisbol, sentía que tenía que jugar bien o alguien me quitaría el trabajo. Me fajaba y hacía el esfuerzo extra todo el tiempo”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

lunes, 13 de noviembre de 2017

La Humildad y la Ferocidad de Roy Halladay.

El mejor pitcher de su generación falleció este martes 7 de noviembre. Era tan distinto como ser humano de la misma manera en que era un lanzador dominante. Tom Verducci. SI.com 07 de noviembre, 2017 Nunca oi a Roy Halladay levantar la voz, nunca lo vi perder un ápice de su perpetua jovialidad, nunca lo vi dudar o mostrar miedo en los ojos. Su padre Roy Sr., me dijo una vez que su hijo creció de la misma manera que lo vimos en las ligas mayores. “Me recuerda a un golden retriever”, dijo su padre. Una vez escribí que él era el estoico moderno, un Marco Aurelio sobre el montículo. “Confinate en el presente”, dijo Aurelio, y ese era Halladay, especialmente cuando se trataba de su arte. Se dedicaba por completo al próximo pitcheo, a un lado quedaba el dinero, la fama y las estadísticas. Halladay era tan humilde que le entregaba el recibo de pago de la quincena a su esposa, Brandy, sin mirarlo. “Probablemente somos las únicas personas en el negocio quienes piensan que a los beisbolistas les pagan mucho dinero”, me dijo ella una vez. “Él siente que su trabajo es dar lo mejor de sí todos los días, y el hecho de que esté ganando tanto dinero es una gran responsabilidad”. Al ser de la manera que es, Halladay se convirtió en el mejor pitcher del beisbol sin hacerse notar. Cuando le pregunté una vez acerca de tan raro logro en este ruidoso mundo de los deportes, él replicó, “Definitivamente es una decisión. Para mí la satisfacción siempre está en la competencia, y en la gratificación de saber que hiciste algo con lo mejor de tus habilidades, pienso que eso siempre será así para mí. No se trata de quien me conoce y que piensan de mí. Todo se reduce a como me fue al hacer mi trabajo”. Nunca antes o después he visto la ferocidad de la grandeza combinada con tal humildad. Hallladay era genuino: un alma gentíl, caritativa con el estilo de pitcheo más agresivo que se pudiera encontrar. Usar el tiempo pasado para describirlo es doloroso. Roy Halladay se marchó. Con solo 40 años de edad. Padre, esposo, hijo, amigo, entrenador, voluntario, humanitario, todo lo que se desea para un muchacho cuando se convierte en hombre, en eso se convirtió Roy. Falleció este martes 7 de noviembre haciendo lo que le gustaba: volar su propia avioneta. Era un piloto experimentado. Su Icon A5, un modelo anfibio del estado del arte de unos 200.00 $, de unos dos meses de comprada, se estrelló en el Golfo de México cerca de su hogar de Florida. Llevaba la aviación en la sangre. El papá de Roy fue piloto comercial. Roy aprendió a volar cuando estaba en la escuela secundaria en Colorado y obtuvo su licencia después de su carrera como jugador activo. “Es un buen piloto”, me dijo su padre una vez, orgulloso de que Roy llevara al fuselaje el mismo sentido de calma y seguridad en si mismo que mostraba en todas partes. Cuando Roy Sr., compró una casa nueva en Colorado, cuando su hijo era un niño, tenía un requisito: el sótano tendría que tener al menos 20 metros de largo. Encontraron una. El padre construyó una jaula de bateo en ese sótano, colgó un neumático con un colchón detrás, y el muchacho practicaba a lanzar rectas humeantes a través del blanco. Cuando el padre pasaba por su habitación en la noche, antes de apagar la luz. Casi siempre hablaban de beisbol. “Puedes imaginar”, decía el padre, “¿como sería jugar en las grandes ligas? ¿Puedes decirme como se sentiría eso?” Y el niño lo imaginaba. Otras noches, el padre le preguntaba como sería pitchear en Yankee Stadium, o en la Serie Mundial. Todo eso se hizo realidad, menos la Serie Mundial. La primera vez que Roy pitcheó en postemporada, en 2010 con los Filis de Filadelfia, dejó sin hits ni carreras a los Rojos de Cincinnati. En su apogeo, nadie fue mejor. Halladay era tan enfocado que cada año tenía un a meta: terminar con menos boletos que juegos iniciados. Lo consiguió tres veces (2003, 2005 y 2010) incluyendo dos veces con más de 200 ponches. Halladay y Cy Young son los únicos pitchers en la historia en combinar precisión y poder de esa manera. Su historia es única. Halladay tuvo efectividad de 10.64 en 2000, estuvo tan mal que fue bajado a Clase A para reaprender como lanzar una pelota. Con la ayuda del coach de pitcheo de ligas menores de los Azulejos, Mel Queen, y un libro que Brandy le compró acerca de la parte mental del pitcheo, de Harvey Dorfman, Halladay cambió desde lanzar rectas y curvas de cuatro costuras por encima del brazo hacia un pitcher que lanzaba sinkers y rectas cortadas a tres cuartos de brazo. En las siguientes 11 temporadas, y hasta que su brazo se agotó a la edad de 36 años, Halladay tuvo marca de 175-78 con efectividad de 2.98. En ese período nadie tuvo un mejor porcentaje de victorias (.692), nadie lanzó más blanqueos (19) y nadie se acercó a lanzar tantos juegos completos (64). Halladay cambió el pitcheo. Sus aburridas rectas cortadas y sinkers, dos envíos que parecían iguales a los bateadores, excepto que uno rompería a última hora hacia la izquierda y el otro hacia la derecha, se convirtieron en un nuevo modelo. Muchos pitchers copiaron su estilo. Nadie era tan experto en eso como Halladay. Halladay merece ir al Salón de la Fama inmediatamente. Eso podría sorprender a algunas personas. Fue aceptado como el mejor pitcher del juego por un período apreciable. Pero las personas se sorprenden porque Halladay nunca se promovió, nunca quiso los elogios que hubiesen elevado su perfil. “Pienso que ahí es donde él encontraba mucha de su felicidad”, me dijo su padre una vez. “Presentarse y hacer lo que le pedían. Se esperaba que actuara bien y él esperaba estar ahí para justificar el dinero que ganaba y retribuirles lo que le pagaban. Siempre he estado orgulloso de él”. El trabajo duro le sirvió mucho para fortalecer su mente y alma tanto como su cuerpo. Salía para ejercitarse en el campo de entrenamiento primaveral a las 5 am, hasta que alguien llegó primero que él un día al complejo de los Filis, al día siguiente salió de casa a las 4:45 de la mañana. Llegué a conocerlo bien en 2005, cuando estuve con los Azulejos de Toronto por una semana del entrenamiento primaveral para un reportaje de Sports Illustrated. Habló poco, y cuando lo hizo fue suave, con tonos medidos, todos en el complejo, compañeros de equipo, trabajadores, lo reverenciaban. El coach de pitcheo, Brad Arnsberg, lo llamaba TP: Paquete Completo. (Total Package). Nunca olvidaré entrar a la caja de bateo para enfrentarlo. La pelota parecía tan pesada y se movía tan rápido que tuve la impresión de que podía a travesar una pared de ladrillos. Esa acción aburrida era así de poderosa. La pelota cortaba el aire cuando pasaba frente a mí, las costuras giraban tan rápido que silbaban mientras laceraban el aire. Pocos años después, durante otro entrenamiento primaveral, esta vez en Clearwater con los Filis, Roy se sentó conmigo en un banco cercano a los campos de prácticas de los Filis. El sol bajaba en el cielo. Ver a Halladay en reposo de esa manera me impactó, el hombre no lucía bien inactivo. Entonces le pregunté que quería de la vida, luego de haber ganado millones de dólares y el respeto de sus pares. “Mi esposa y yo hablamos mucho de eso, especialmente con nuestros hijos”, dijo él. “Creo que si llevas una buena vida y siempre tratas de hacer las cosas bien, siempre impactarás a alguien. Eso es lo que hemos tratado de inculcar en nuestros hijos. Para nosotros es más importante tratar de ser una buena persona, en todo momento, especialmente con otras personas”. “Nuestros hijos van a escuelas cristianas, aun tenemos esas creencias pero para nosotros todo se reduce a tratar de vivir una vida de calidad tanto como podamos. Y esperar que nuestros hijos puedan hacer lo mismo y tratar de ser buenas influencias”. Halladay hizo el bien en una vida muy breve. Se fue en esa avioneta, sin duda llena con la alegría que siempre sintió al volar. Dejó una hermosa familia y un hermoso legado, y para aquellos a quienes conoció, ese legado está más acerca del hombre que fue, menos del pitcher en que se convirtió. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Luto por Roy Halladay, un Maestro quien deseaba los Grandes Momentos.

Tyler Kepner. The New York Times. 07-11-2017. Roy Halladay nunca hizo un lanzamiento en la Serie Mundial. Esperaba que eso lo molestara algun día. En la mayoría de su docena de años con los Azulejos de Toronto, Halladay fue probablemente el mejor pitcher del beisbol, y solo un cambio hacia los Filis de Filadelfia pudo llevarlo a la postemporada. Lo hizo dos veces, en 2010 y 2011, sin ganar un banderín. “Recuerdo estar sentado en Toronto viendo los playoffs, preguntándome como me iría en esa instancia, si eso me cambiaría, si yo sería un pitcher diferente, si tendría éxito”, dijo Halladay en marzo, en una mesa de picnic cercana a los campos de entrenamiento primaveral de los Filis en Clearwater, Fla. “Siempre me preguntaba como sería vivir esas situaciones, y todo el tiempo pensaba como sería ganar un campeonato. Y entonces, después de vivirlo dos veces, me di cuenta de que solo me preguntaba, ¿Cómo me iría? ¿Sería como pensaba que era? Y lo fue”. “Así que para mí, solo tener la oportunidad significó tanto como ganarlo o no ganarlo. El resto, como dicen ellos, está en las cartas. Pero en cuanto a lo que puedes controlar, tener esas oportunidades fue todo lo que quería”- Halladay falleció este martes 7 de noviembre cuando la avioneta que pilotaba se precipitó en el Golfo de México. Tenía 40 años de edad, y era el único pasajero. Dejó una esposa y dos hijos. Entrenaba equipos juveniles y parecía disfrutar un agradable retiro, “en el aire o en el agua” como escribió en su página Twitter, donde publicó esto “¡Coraje no es carecer de miedo sino actuar a pesar de la existencia de este!” Ese debut en el playoff, por el cual se había preguntado tanto, permanecerá como su actuación principal. Lanzó un juego sin hits ni carreras contra los Rojos de Cincinnati, el primero de postemporada desde el juego perfecto de Don Larsen en la Serie Mundial de 1956. En el juego final de Halladay en playoff, el siguiente otoño, perdió 1-0 ante los Cardenales de San Luis y Chris Carpenter, un viejo compañero de equipo quien le había enseñado a Halladay su curva mientras jugaban a lanzarse la pelota en las ligas menores. Alguien tenía que ganar ese día, y ese fue su amigo, no él. Halladay había dado lo mejor de sí, y perdió. Eso ocurre, y él fue lo suficientemente racional para entenderlo. Yo estaba en el clubhouse de los Filis después de esa derrota, cuando Halladay expresó una versión del comentario de arriba. Eso siempre me ha impresionado desde entonces como la esencia del competidor. Todo lo que se quiere es una oportunidad para probarse, para ver que ocurre cuando todo está en juego. Halladay había tenido sus oportunidades. Esta orgulloso de cómo las había manejado. Hablamos esta primavera como parte de mi investigación para un libro que escribo acerca del pitcheo. Yo había perseguido a Halladay por dos años, a través de su agencia y sus antiguos equipos, sin suerte. En mi visita a Clearwater, Greg Casterioto, el director de comunicaciones de beisbol de los Filis, me dijo que Halladay estaba ahí, trabajando con los prospectos en el lado de ligas menores. Se reunió conmigo en la mesas de picnic mientras los grandes ligas jugaban en el terreno principal. Halladay estaba un poco más grande de lo que yo recordaba, como muchos cuando dejan de entrenar. Él había sido un fanático de estar en forma cuando jugaba, y dijo que el trabajo, la manera como este fluía en la competencia, era lo que más extrañaba desde su retiro en 2013, a los 36 años de edad. La durabilidad fue la marca de Halladay. Lanzó 63 juegos completos desde 2002 hasta 2011, 30 más que cualquier otro pitcher en esa década. Su espalda se resintió, pero dijo que su brazo siempre se mantuvo fuerte. La carga de trabajo nunca le afectó porque la medía con precisión. “Si lanzaba 120 envíos en un juego, yo ejecutaba 20 pitcheos en el bullpen”, explicó Halladay. “Si lanzaba 100 envíos en un juego, yo ejecutaba 40 pitcheos en el bullpen. Si solo lanzaba 80, ejecutaba 60 pitcheos en el bullpen. Así que siempre tenía la misma cantidad de pitcheos en el período de cinco días”. Hablamos un poco acerca del estado moderno del pitcheo. Halladay tuvo ocho temporadas de al menos 220 innings, un total que ningún pitcher alcanzó en 2017. Dijo que los pitchers de la actualidad, con sus rectas turbo, insisten mucho en ponchar a los bateadores. “Yo sentía que con dos strikes, 0-2, 1-2, si los bateadores no hacían swing, ese iba a ser el tercer strike”, dijo él. “Quería lanzar algo a lo cual ellos tuvieran que hacer swing y poner la pelota en juego, o sino eso iba a ser strike en cuenta de 0-2. Ahora se hacen dos pitcheos adicionales, y se llega a la cuenta de 2-2 y continúa el turno del bateador. Pienso que la manera como se entiende el pitcheo ha cambiado mucho. Ellos quieren mantenerse fuera de la zona de strike para evitar el contacto”. Halladay inducía contactos débiles, y muchos swings defectuosos, al usar el modelo de Greg Maddux para mover la pelota adento o afuera en cualquier lugar del plato. Los bateadores sabían que Halladay podría haber marcado una X en el aire, abajo a las manos o afuera al mango del bate, con sus sinkers y rectas cortadas. También podía amarrarlos con curvas en la zona, o un semi cambio, un lanzamiento que aprendió de Rich Dubee, un coach de los Filis, contra el suelo. “Quería que le hicieran swing a todos los pitcheos”, dijo él. Y con un arsenal como ese ¿por qué no? El éxito de Halladay fue logrado con mucho esfuerzo. Luego de tres temporadas parciales en las mayores, los Azulejos lo enviaron a Clase A para reconstruir su psique y desarrollar un ángulo de lanzamiento más bajo. Él apreció cuan breve podía ser el éxito, y asumió su trabajo con una conducta seria que evocaba a Steve Carlton, un antiguo as de los Filis. Carlton fue mi héroe en el beisbol cuando era joven. Mi hijo es seguidor de los Filis, sus abuelos lo llevaban a los juegos, y Halladay era su favorito. Cuando lo llevé al Salón de la Fama hace dos años, tomó una foto de la gorra que Halladay usó en su juego perfecto de 2010. Luego de nuestro recorrido, me pidió un collage de fotografías de Halladay enmarcado en una tienda de Main Street, Este martes, mi hijo hizo inventario del rincón de Halladay que tiene en su habitación: dos afiches enmarcados, dos bobbleheads, un banderín y una barajita de beisbol. No lloró al conocer la noticia del accidente aéreo; tiene 15 años de edad, está muy metido en otras cosas para eso. Preguntó si podía ir al gimnasio para practicar lanzamientos al canasto. Las pruebas de baloncesto están cercanas. Le dije que iría a buscarlo mientras escribía esta columna, me dijo que no me molestara, él quería que yo escribiera una buena historia. Insistí en buscarlo, porque Halladay lo hubiese querido. Él se rió, es algo banal de decir, yo casi no conocía al hombre. Pero lo sentí así. Aprendí mucho de Halladay en nuestra entrevista esta primavera, como manejaba cada uno de sus pitcheos, como los sostenía, como los usó para ganarse una placa en el Salón. Pero principalmente aprendí que lo que de verdad lo motivaba no era el logro, sino ganar la oportunidad de tenerlo. Si él podía hacerlo de manera perfecta, podía vivir con el resto. Halladay no vivió lo suficiente. Pero su legado, para mí, es poderoso e instructivo en cualquier campo: La pureza del esfuerzo importa más. Traducción: Alfonso L. Tusa C. Nota del traductor: Números de Roy Halladay con Cardenales de Lara en la temporada 1997-98: 5J, 1G, 1P, 22 IL, 18 HP, 9K, 3 BB, 1.64 EFE. En la semifinal: 4J, 2G, 1P, 26 IP, 22 HP, 12K, 8 BB, 3.12 EFE. En la final: 2J, 1G, 0P, 10 IL, 10 HP, 3 K, 2 BB, 3.60 EFE.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Esquina de las barajitas: Mark Fidrych. Topps. 1977.

Larry Brunt. Los trabajadores del Salón de la Fama también son aficionados al beisbol y les gusta compartir sus historias. Aquí está la perspectiva de un aficionado desde Cooperstown.
Esta es la mejor barajita de 1977. Yo había esperado todo el año por ella. Mark Fidrych. El Pájaro. Hubiera sido mejor si él usara su uniforme blanco de home club, pero los fotógrafos de Topps tomaban imágenes de tantos peloteros como podían en la ciudad de Nueva York, así que ahí está él, presumiblemente llamado para una foto antes de un juego, parado junto al dugout de visitador en Yankee Stadium. Hay mucho que disfrutar. Está la gorra “A.L. ALL-STARS” en la franja roja, un rojo que grita, ¡presta atención! ¡Aquí está alguien extraordinario! Y está el trofeo, la copa All-Star Rookie de Topps, símbolo de logro tempranero. Y por supuesto, el propio Fidrych. Esos sorprendente rizos que parecen crecer desde el interior de la gorra, en cascada alrededor de su rostro. Y la sonrisa. Nada de esas fotos de pose rígida tan típicas en las barajitas Topps de la década de 1970. No, aquí hay personalidad. Naturalidad. Falta de pretensión. Y si no es una sonrisa completa, la amplia jovialidad que Fidrych mostraba mientras se tocaba la gorra hacia la multitud después de los juegos, sin dudas era una sonrisa, genuina, cómoda, relajada. Es una cara generosa, receptiva, agradable. No había nada artificial en Mark Fidrych. La temporada anterior, había sido un invitado fuera del roster al campamento de los Tigres, tan lejano de hacer el equipo que el fotógrafo de Topps no se molestó en tomar una foto del muchacho espigado quien ya había sido apodado “El Pájaro” por su parecido con el personaje de Plaza Sésamo. Alto con cabello ensortijado, animado e inocente. Así que no hubo barajita Topps en 1976. Ni siquiera una compartida en una barajita de “Rookies”. Pero impresionó al manager Ralph Houk en el entrenamiento primaveral y quedó en el equipo. Hasta mediados de mayo, solo había pitcheado dos veces, para un total de un inning y fracción. Entonces, el 15 de mayo, Houk le entregó la pelota para su primera apertura. Fue un día frío en Detroit, con temperatura máxima de 19 grados Celsius. Fidrych había pensado en invitar a su padre al juego, pero temía que el mismo fuese suspendido por lluvia. Aunque solo asistieron 14.583 personas, la audiencia general fue mucho mayor, El juego Cleveland-Detroit era el juego alternativo de El Juego de la Semana sabatino, y cuando la lluvia causó retraso en el juego de Pittsburgh, la mayor parte del país fue movida hacia el juego de los Tigres y la oportunidad de ver la primera apertura de Fidrych.
Lo que vieron fue algo que nunca antes habían visto. En el inicio del segundo inning, Fidrych se arrodilló y aplanó la tierra delante del montículo. Había una razón para eso. Su papá le había enseñado a rellenar los huecos dejados por el pitcher rival en el inning anterior. Cuando se paró sobre la goma de lanzar y buscó la seña del receptor, mantuvo la pelota frente a sí, luego la llevó hacia su pecho, luego de nuevo frente a él. Y se habló, un conversación constante (a los medios les gustaba decir que él hablaba con la pelota). Entonces hacía un wind-up de patada prolongada y terminaba impactando el fondo de la zona de strike. Y energía. Mucha energía. Caminaba en círculo alrededor del montículo entre bateadores, subiendo y bajando la cabeza, agachándose. El Detroit Free Press lo llamaba “fidgety” (“inquieto”)y notaba como él “sacaba la lengua por el extremo derecho de su boca en casi cada pitcheo”. Pero nadie le pudo batear. Literalmente, a través de seis innings. Finalmente permitió un imparable para abrir el séptimo episodio. Cuando el juego terminó, logró una victoria 2-1, concedió solo dos imparables en nueve innings. Ponchó cinco, al mantener la pelota baja, indujo 16 roletazos. Y así fue como empezó todo. El primero de seis juegos completos seguidos, incluyendo desafíos de 11 innings (se convertiría en líder de la Liga Americana con 24 juegos completos). La primera de 19 victorias. Hasta julio tenía solo tres derrotas, en las cuales permitió un total de cuatro carreras, tres limpias (y no tuvo apoyo ofensivo). Fue el inicio de una carrera, en realidad un movimiento, un fenómeno, donde fue adorado no solo por Detroit, sino por los aficionados de todos lados. En el verano de 1976, un año bicentenario con círculos rojo, blanco y azul, nadie fue más grande que El Pájaro. Tiger Stadium se llenaba hasta el tope cuando lanzaba Fidrych, luego se mantenía vacío el resto de la semana. En las giras, iban multitudes a ver al Pájaro. Pitcheaba brillantemente, pero sobre todo, las personas iban a ver a Fidrych, el fenómeno, el carisma, la energía, las cosas que hacía que nadie había visto antes: Rodear el montículo, hablarse, hacer gestos con la pelota, aplaudir a sus compañeros por las buenas jugadas, dárle palmadas en la espalda, masticar chicle y soplar bombas grandes, tocárse la gorra, buscar la seña mientras se acercaba y alejaba la pelota. Eso no le gustaba a algunos peloteros, por lo menos al principio. El ctacher de los yanquis, Thurman Munson, una personalidad totalmente opuesta a Fidrych, lo llamaba “aficionado”, y decía que Fidrych era un “advenedizo” y un “pantallero”. Cuando le preguntaron a Fidrych acerca de eso, él respondió, “¿Quién es Thurman Munson?” Él prefería participar en los juegos que verlos, y Munson no había estado en la alineación, así que esa fue un a pregunta inocente, pero muchos la tomaron como una respuesta pintoresca. El propio Munson parece haberla tomado de esa manera, al salirse de su normalidad para entregarle una rama de olivo a Fidrych en el juego de estrellas de ese julio. En otra ocasión, Claudell Washington trató repetidamente de romper el ritmo rápido de Fidrych al salirse de la caja de bateo reiteradamente. Finalmente, Fidrych se salió de la goma de lanzar y se agachó, esperó, como diciendo, “Tomate tu tiempo. Estaré aquí cuando estás listo”. Cuando Washington entró a batear, Fidrych le hizo un pitcheo adentro, y Washington avanzó varios pasos hacia Fidrych con el bate en la mano, lo cual vació los dugouts. Pero la mayoría de los peloteros tomaba la conducta de Fidrych como divertida, aun los peloteros que no eran conocidos como graciosos. Acerca de la conducta inusual de Fidrych en el montículo, George Scott dijo, “Me gusta. Eso es confianza en si mismo. Mucha gente llama a eso estar fuera de ordeny otros lo llaman locuaz, pero me gusta”. Reggie Jackson: “Él es un tipo divertido y espero enfrentarlo”. Billy Martin: “Hace cosas extrañas en el montículo, pero si eso lo ayuda a ganar, hay que darle crédito”. Mientras tanto, los aficionados estaban cautivados. En la época pre-ESPN, la mayoría de las personas solo leían acerca de Fidrych, hasta su inolvidable debut en el lunes de beisbol por la noche, el 28 de junio de 1976. Todos hablaban de El Pájaro. Ahora todo el país podría ver finalmente a este fenómeno en acción. 48.000 personas colmaron Tiger Stadium, muchas con pancartas hechas en casa o agitando calcomanías que le habían entregado en la entrada. Durante todo el juego corearon, “¡Go, Bird, Go!” Fidrych tuvo una gran actuación, solo permitió una carrera en nueve innings. Despues del último out (un roletazo, uno de 14), Fidrych saltó a felicitar a sus compañeros, o a los empleados de mantenimiento del terreno, o hasta los guardias de seguridad. Los aficionados aplaudieron de pie y corearon “We want Bird! We want Bird!” A Fidrych, quien se había quitado el uniforme, no le gustaba quitarle reconocimiento a us compañeros, y dijo que solo saldría si Rusty Staub (quien había aportado la ofensiva con jonrón y tres carreras empujadas) lo acompañaba, Staub replicó que los aficionados no coreaban “Queremos a Staub”, y convenció a Fidrych para que saliese a corresponder el llamado de la afición. Eso se convertiría en una costumbre a lo largo de la temporada, a la cual Fidrych se adaptó, con límites, no pensaba que debía salir si los Tigres perdían, aun cuando él hubiese lanzado bien y la multitud coreara con intensidad. Durante todo ese período de reconocimientos, el respaldo multitudinario, la manía, Fidrych mantuvo su autenticidad y bajo perfil. Luego de ponchar a Hank Aaron, Fidrych dijo, “¡Caramba! ¡Ponché a Hank Aaron! Ahí está él, toda una superestrella ¿cierto? Y aquí estoy, un tipo pequeño, lanzándole”. Él tenía un apartamento casi sin muebles ni teléfono. Dijo que de no estar jugando beisbol, estuviera trabajando en una estación de gasolina, y estaba muy emocionado por eso. Constantemente eludía los reconocimientos: “Hace falta nueve peloteros para ganar, no se trata solo de mí. Vieron todo el respaldo defensivo que me dieron…por ellos es que gano”. Los apretones de mano y abrazos con sus compañeros de equipo expresaban gratitud genuina. Su entusiasmo era contagioso. El manager de Minnesota, Gene Mauch, dijo, “Honestamente, estoy más impresionado por su entusiasmo que por su pitcheo. Ese muchacho podría ser la mejor cosa que le ha ocurrido a este juego en mucho tiempo”. Y Fidrych parecía disfrutar el momento: “Aún no me he despertado”, dijo él. “Estoy disfrutando. Solo estoy disfrutando”. Fidrych siguió ganando. Ocho seguidos hasta junio. Abrió el juego de estrellas. El 16 de julio, lanzó un juego completo de 11 innings, un blanqueo de 1-0, en un punto retiró 16 bateadores en fila, 14 mediante rodados. Lanzó cinco juegos completos en extrainning ese verano. Luego de algunas derrotas hacia finales de agosto e inicios de septiembre, cuando muchos pensaban que empezaba a desfallecer, Fidrych cerró la temporada con cuatro victorias en sus últimas cinco aperturas. Pero más que eso, era una sensación. Un consentido de los medios. Un favorito de los aficionados. El tema de conversación del beisbol. La estrella del verano de 1976. El resto ha sido bien documentado. La lesión de la rodilla, el manguito rotador doblado, un intento de regreso doloroso tras otro. Las últimas barajitas Topps de Fidrych tienen un aire de la tristeza del “¿que hubiera pasado si…?” Entonces el murió muy pronto, en un accidente en su granja cuando solo tenía 54 años de edad. Pero enfocarse en esas cosas se aleja del punto. Porque Mark Fidrych fue entusiasmo y optimismo, humildad y felicidad. Aun luego de salir del juego, mantuvo una inocencia juvenil y la autenticidad. Se maravillaba de ser capaz de jugar beisbol, y esa dicha, capturada en aquella primera barajita, con esa etiqueta roja del juego de estrella y esos rizos y esa sonrisa que dice, “Aún no me despierto. Lo estoy disfrutando”. ________________________________________ Larry Brunt fue el pasante de estrategia digital del museo en la clase 2016 del programa Frank and Peggy Steele Internship para desarrollo del liderazgo juvenil. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

lunes, 2 de octubre de 2017

Miguel Cabrera paga el viaje de Venezuela al Panamericano sub 10

lunes, 2 de octubre de 2017 La Selección Nacional sub 10 de beisbol, cuyo viaje a México se daba prácticamente por cancelado este fin de semana, pudo hacer este domingo el periplo a suelo azteca, gracias al apoyo económico que a última hora ofreció el astro Miguel Cabrera. La Federación Venezolana de Beisbol informó a través de sus redes sociales que Cabrera surgió como salvador de la presencia de los muchachitos en el Campeonato Panamericano de la categoría, en el que aparecen entre los equipos favoritos. “La selección le dice a Cabrera: ¡Gracias! Por tu apoyo, sí estaremos en el Panamericano”, publicó el departamento de prensa del despacho federativo, junto con un video donde los chicos festejan y reconocen al slugger. Varios grandeligas criollos han asumido el necesario respaldo económico de distintas representaciones nacionales en 2017, ante la profunda crisis que sufre el país. “Sobran las palabras por tu noble gesto”, expresó Fevebeisbol, ante este aporte de Cabrera. Revisa otras noticias de los grandeligas venezolanos haciendo click aquí. Ignacio Serrano. El Emergente.

jueves, 7 de septiembre de 2017

El antíguo pelotero de los Reales de Kansas City, Paul Schaal, el hombre a quien reemplazó George Brett, fallece a los 74 años.

RustinDodd. The Kansas City Star. 02-09-2017. Paul Schaal, un antíguo tercera base de los Reales de Kansas City conocido por sus experiencias post-carrera beisbolera como dueño de una pizzería y como fisioterapeuta, falleció este viernes 1 de septiembre en su hogar de Waikoloa, Hawaii, luego de una larga batalla con el cáncer, le confirmó su familia a The Kansas City Star. Schaal, quien jugó para los Reales desde su temporada inaugural en 1969 hasta 1974, era quizás mejor conocido por ser el hombre a quien reemplazó el inquilino del Salón de la Fama, George Brett, quien debutó en 1973 antes de convertirse en regular a tiempo completo en 1974. Años después que concluyese su carrera como beisbolista, Schaal mantenía un agudo sentido del humor acerca de su lugar en la historia del béisbol. “Ahora uso eso para mi beneficio”, le dijo Schaal a The Star en una entrevista de 2013. “Le digo a todos que hizo falta un inquilino del Salón de la Fama para quitarme el trabajo”. Schaal permaneció en Kansas City cuando su carrera terminó en 1974, ganándose la vida primero como dueño de Paul Schaal’s Pizza and Pub y luego como fisioterapeuta. En 2010, se mudó a Hawaii con su esposa Mónica, le dijo su yerno, Fred Hess, a The Star vía telefónica este sábado. Schaal estaba acompañado por su familia, incluyendo a Mónica y su hija, Cheryl, al morir en paz este viernes en la mañana. Schaal, quien se graduó en Compton (Calif.) High School, firmó con los Angels de Los Angeles antes de la temporada de 1962 y debutó en grandes ligas en 1964. Jugó cinco temporadas con los Angelinos, sobrevivió a un peligroso pelotazo del pitcher de los Medias Rojas, José Santiago, en Fenway Park, en 1968. Schaal fue seleccionado por los Reales la siguiente temporada muerta en el draft de expansión. Bateó .263 con 32 jonrones mientras jugaba partes de seis temporadas en Kansas City, incluyendo la mejor campaña de su carrera en 1971 cuando bateó .274 con .387 de porcentaje de embasado y 11 jonrones. Schaal fue enviado de vuelta a los Angels a cambio del jardinero Richie Scheinblum el 30 de mayo de 1974, para abrirle camino a Brett. Esa sería la última temporada de Schaal en grandes ligas. Aún así, siguió siendo la respuesta a una simple pregunta de trivia, al estar relacionado con Brett y sus gloriosas temporadas de finales de la década de 1970 e inicios de la de 1980. Años después, Schaal trataría a Brett en su clínica de fisioterapia, bromearon acerca de su conexión. Pero para entonces, dijo él, se sentía en paz con como terminó su carrera. “No tengo lamentos”, le dijo a The Star en 2013. En los años finales de su vida, dijo Hess, Schaal todavía recibía barajitas de beisbol de viejos aficionados. Él firmaba las barajitas y las devolvía por correo, luego llegaban más. En los meses finales, la familia contactó a los Reales y le pidió videos viejos, dijo Hess. Las imágenes de él jugando tercera base con el uniforme azul y blanco ponía de buen ánimo a Schaal. Traducción: Alfonso L. Tusa C. Nota del traductor: Números de Paul Schaal con los Leones del Caracas en la temporada 1967-68: 60 J, 218 VB, 32 CA, 64 H, 7 2H, 2 3H, 2 HR, 31 CE, 31 BB, 17 K, .294 AVG.