viernes, 27 de diciembre de 2013

Mark Weems el relevista que sigue en el montículo ocho lustros después

La brisa fresca de enero aplacaba el inclemente sol del mediodía cumanés. Alberto y Moncho llegaron hasta el fondo del pasillo. Todavía flotaba en el aire la euforia del año nuevo. Nunca antes había deseado que mis amigos no hubiesen ido a casa de mis abuelos. La risa de Alberto se tornó macabra. “MarkWeems, se ahogó en una playa de Valencia”. Me lo quedé mirando y volteé hacia el rostro de mamá. “Eso es mentira. Estás echando broma”. Moncho lo confirmó con un temblor en la barbilla. Estuve como media hora con la cabeza debajo de la almohada. Mamá trató de explicarme el significado de la muerte. Alberto y Moncho me preguntaron si iba a jugar pelota. Les dije que se fueran y mamá me regañó. “Así no se trata a los amigos”. Templé el interruptor del televisor, los Tigres de Aragua amenazaban en el cierre del noveno inning. El narrador de Radio Caracas Televisión anunciaba que el manager Jim Frey hacía señas hacia el bull pen. Un catire de melena, patillas largas y rostro redondo trotaba hacia el montículo. Iba y venía al cuarto porque preparaba la bata y la guía de laboratorio de biología en la fiebre de comienzos del primer año de bachillerato. El pitcher hizo su calentamiento con un estilo heterodoxo sobre el montículo. Apenas si llevaba la mano detrás de la oreja y adelantaba la pierna izquierda a la hora de soltar la pelota. Logró contener la ofensiva felina y salvó el juego para los Navegantes. No me entusiasmé mucho con aquel lanzador, pensé que era uno de esos importados que traen mientras llegan los caballos. Me preguntaba que pudo haber motivado a la gerencia para traer aquel pitcher. Tiempo después busqué sus números. 1972 con los Orioles de Asheville en la Liga del Atlántico Sur AA, participa en 48 juegos, deja marca de 4-2, 22 salvados, 70 innings, 60 hits, 30 carreras, 23 limpias, 10 jonrones, 43 boletos, 74 ponches, 2 wild pitches, efectividad 2.96. En 1973 juega con los Alas Rojas de Rochester en la Liga Internacional AAA, deja marca de 9-7 en 39 juegos, salva 4 juegos en 92 innings, 83 hits, 49 carreras, 40 limpias, 7 jonrones, 57 boletos, 57 ponches, 4 wild pitches, efectividad 3.91. En la importación de aquel Magallanes destacaban Bob Darwin y Wayne Garland, tambien Bob Bailor y Mike Reinbach. La presencia de novatos como Jim Rice yMark Weems, sólo traía ideas de venir por un segmento de la temporada mientras esta se ponía más intensa. En ese entonces desconocía que Weems en 1971 formó parte del staff de pitcheo de las Espuelas de Dallas-Fort Worth en la Liga de Texas AA, junto a Wayne Garland (19-5, 1.71), Tom Walker, Jesse Jefferson, Don Hood. Dejaron una efectividad colectiva de 2.61 que lideró la liga y les valió el tí­tulo del “Mejor Staff de pitcheo de todas la Ligas Menores”. Los números de Weemsaquel año fueron: 36 juegos, 6-2, 11 salvados, 53 innings, 41 hits, 15 carreras, 14 limpias, 2 jonrones, 22 boletos, 51 ponches, 1 wild pitch, efectividad 2.38. El juego que mas recuerdo de Weems en la temporada 1973-74 ocurrió el 29 de noviembre de 1973. Magallanes llegó al José Pérez Colmenares para enfrentar a los Tigres. James McKee versus Jim Willoughby. Se enfrascaron en duelo de pitcheo hasta que en el séptimo inning Ivan Murrell descargó doble entre left y centerfield. Edito Arteaga lo movió a la antesala con reoletazo dificil al campocorto y le quitó el celofán al plato mediante un toque de squeeze play ejecutado por McKee. En el octavo Jim Rice la desapareció por el bosque izquierdo. En el noveno Roberto Muñoz ponchó a Arteaga y McKee, luego Bob Bailor tronó doble entre dos y Gustavo Gil lo remolcó con sencillo a la izquierda. Luego que Teolindo Acosta y Adrian Garret iniciaran el cierre del noveno con imparables, Jim Frey llamó a MarkWeems quién de inmediato obligó a Kurt Bevacqua a rodarla por la intermedia para facturar la doblematanza. Acosta anotó por wild pitch de Weems, quien de inmediato se recompuso para sacar el out 27. Aquel 1 de enero de 1974, Mark Weems se fue a disfrutar de la playa junto a sus compañeros de equipo Wayne Garland, Don Hood y Bob Bailor. La pasaron muy bien hasta mediodía. Luego de almorzar Weems, un experimentado nadador y surfista, se metió al mar de Patanemo, Carabobo y más nunca regresó. Se sospecha que le sorprendió una embolia en la zambullida y le resultó imposible vencer la resaca. "Eso me hizo entender cuan frágil es la vida", declaró Bailor al periodista canadiense Earl McRae. Con Magallanes participó en 26 encuentros, 25 como relevista, 2-1, 11 salvados, 38.1 innings, 26 hits, 14 carreras limpias, 34 ponches, 33 boletos, efectividad 3.29. Al momento del accidente de Patanemo, Weems lideraba la liga en juegos salvados con 11. Al final de la temporada terminó igualado con el cubano Carlos Alfonzo, quién alcanzó los 11 salvamentos en 10 juegos más, los que Weems dejó de jugar en enero de 1974. Aquella tarde salí a jugar a duras penas. Moncho y Alberto se reían porque todos los lanzamientos los hacía sin levantar ninguno de los pies. Weems apenas levantaba el pie izquierdo cuando lanzaba. Dias más tarde hube de regresar del barbero, papá me llevó de vuelta. Tenía la melena muy larga y las patillas casi en la mandíbula. Alfonso L. Tusa C.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Esa clase de Maestro

Era un maestro joven, donde hacía veinticinco años había usado camisas desgastadas para ir a la escuela, había visto los Estados Unidos negros y los blancos y creía en la unidad de ambos, una posición moderada la cual asumió con intensidad inmoderada. Alrededor del 60 por ciento de los estudiantes de Plainfield Junior High eran negros. La mayoría del 40 por ciento blanco era judía. Un viernes, a finales del otoño de 1959, (Joe) Black se dio cuenta que algunos negros le estaban quitando dinero bajo extorsión a algunos judíos. El lunes siguiente, se levantó, se colocó al frente del escritorio y empezó a conversar con su clase. "Las personas deben vivir", dijo Black. "He estado en algunos lugares, he visto algunas cosas y lanzado en la Serie Mundial, y puedo decirles que eso es básico. Tenemos está única vida, y no es muy larga, y todos queremos vivir. Voy a hablar con ustedes de lo que significa vivir". "Algunos de ustedes son negros y otros blancos. Se que es dificil llevarse bien. Era más dificil cuando yo crecí. Honestamente pienso que las cosas son más fáciles ahora. Hay más comida. Pero las cosas son diferentes. ¿Me entienden?" Solo un murmullo sin indicativos. "Está bien, ustedes chicos negros. Yo fui un niño negro aquí. Conozco las desventajas. Pero sé que algunos de ustedes están golpeando a los muchachos blancos y no traten de negarlo. Y sé por qué. Porque cada día les quitan 50 centavos a cambio de no golpearlos. Bien, eso va en contra de la ley. Si yo trajera un policía aquí y los hiciera admitir lo que están haciendo, para lo cual soy lo suficientemente fuerte, ustedes irían a la cárcel". "Ahora muchachos blancos, a ustedes les dan algo de dinero. Ustedes tienen cincuenta centavos. Quiero preguntarles algo aquí y ahora, ¿porqué no defienden lo que es suyo?" Un muchacho judío dijo: "Ellos nos pueden dar una golpiza". "Está bien. Es una buena razón para no pelear. Ustedes no quieren que los maten. Pero tenemos gimnasio los miércoles y los voy a enseñar a pelear. Boxeo. Vamos a tener protectores de cráneo, son como cascos, y protectores bucales, y guantes grandes de 16 libras. Nadie saldrá maltrecho". El miércoles en el gimnasio, los muchachos estaban emocionados. Los muchachos negros se reunieron en un lado del cuadrilátero. "Métete ahí hombre, y golpea, golpea, golpea". Los muchachos judíos de clase media se pararon al otro lado. Los negros caminaron hacia ellos pavoneándose. "No se preocupen. Boxeen en su propio estilo. Ellos los van a arrollar al principio. Déjenlos. Yo soy el árbitro. No pasará nada grave". En cada uno de seis combates, el negro empezó arrollando al blanco. Pero el peso de los guantes suavizó los golpes, y luego de los primeros impactos, los negros fueron menos violentos. Lanzar puñetazos con guantes pesados es extenuante. Un muchacho ataca por treinta segundos. Luego pierde el deseo de atacar y quiere bajar los brazos". Cuando terminó el boxeo, Black se paró entre los muchachos judíos. "Está bien, ellos los arrollaron", dijo. "Bomp, bomp, bomp. Y ustedes no murieron, ¿o sí? Los muchachos empezaron a sonreir. "Está bién", dijo Black. "Ya llegará su día". Joe Black. Pitcher de los Dodgers de Brooklyn. The Boys of Summer. Roger Kahn. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Los ojos de un tercera base.

Billy Cox, tercera base de los Dodgers de Brooklyn en los años 50. Se decía que fue tan bueno o mejor defensivamente que Brooks Robinson. Roger Kahn lo fue a visitar a un bar de Newport donde trabajaba, a fin de recopilar información para su libro “The boys of summer”. Le preguntó cual era su contacto en ese momento con el béisbol. “Voy a ver los niños jugar tercera base. Hacen buenas jugadas”. Cuando Dámaso Blanco custodiaba la esquina caliente de los Navegantes del Magallanes, me quedaba dormido y muchas veces me despertaba con el escándalo del locutor, “¡espectacular jugada de Dámaso Blanco, se zambulló sobre la raya de cal para decapitar un linietazo que parecía extrabases!” Ahora cuando comenta los juegos también me quedo dormido. De pronto aparecen dos diamantes frente a mis ojos. Las voces que más escucho son las del campo donde un señor se acerca a la almohadilla de tercera ante los gritos de los chipilines. Habían bateado un roletazo que se durmió en la arena. “Tienes que atacar la pelota. Cuando el bateador puede dar cualquier tipo de batazo, hay que jugar a medio camino hasta que descubres su intención. Entonces te vienes adelante o retrocedes hasta la almohadilla sin quitar la vista de la pelota”. Uno de los niños se le quedó mirando a los ojos. “Sr. Dámaso ¿Y como hacía usted cuando sale un linietazo durísimo y jugaba casi sobre el plato?” Dámaso se pasó la mano por la nuca y sonrió. Era una respuesta complicada porque tenía muchísimo que ver con reflejos, pero también con disciplina y concentración. Había mucho de línce y de gato en las intervenciones que hacía Brooks Robinson sobre la raya o saltando sobre los toques. También cuando las líneas salían imperceptible y sólo en el último instante levantaba el guante para atrapar la pelota como un mosquito o una bala de colt 45. Dámaso apretó la mano del niño. Le dijo que jugara adelantado y bateó una línea suave. El niño reclamó que así no practicaría para un linietazo de candela. “Poco a poco hijo. Esto es un proceso para saltar los pozos grandes, primero debes brincar las charcas”. Otro muchacho cubría paralelo a la almohadilla. Veía hacia atrás y hundía la mirada sobre la raya de cal. Parecía revisar con precisión microscópica cada centímetro adyacente a la cinta blanca. ¿Cómo hace un tercera base para saltar hacia atrás y agarrar la pelota en el aire cuando batean un lineazo o un roletazo caliente que parece humear rumbo a la pared del jardín izquierdo? ¿Eso se aprende o es puro reflejo? Dámaso sonrió. Agarró un guante y se dobló hacia delante en la punta de los pies. Hizo ademanes para venir adelante a buscar un toque a escasos centímetros del plato. Luego se impulsó hacia atrás y cual acróbata se lanzó a todo lo largo de la humanidad hasta precipitarse sobre la raya de cal. Hay que estar preparado para cualquier batazo. La práctica y la experiencia te dicen como debes jugar ante tal o cual bateador. Y otra cosa es que debes jugar relajado, disfrutar al máximo. Casi al final de la clínica saltó un muchachito de gorra anaranjada. Corría agachado con el guante a la altura de las rodillas. “Señor Dámaso, cuénteme del cuipley. Mi papá siempre me cuenta de una jugada que usted hizo en una Serie del Caribe contra Puerto Rico. ¿Cómo hizo usted para que le diera tiempo de agarrar la pelota y lanzar al catcher, si el corredor salió con la jugada?” Dámaso respiró profundo. “¡Tu papá te está contando historias de terror! En la jugada de squeeze play hay que estar más que nunca atento al juego, las señas de los contrarios, acercarte al pitcher y alertarlo, también al catcher. Es una disciplina contínua, porque pueden cambiar la seña. Lo esencial es observar todo lo que ocurre y sobre la marcha actuar. Si presientes el squeeze play debes estar preparado para atacar la pelota y soltarla lo antes posible hacia el catcher”. Alfonso L. Tusa C. “Aún en las Grandes Ligas, la tercera base comienza con las verdades duras y mudas que mi padre y yo exploramos hace treinta años. Tienes que ver la pelota. Tienes que procurar que la pelota entre en tu guante. Pero mientras lo haces, tu cara esta expuesta a cualquier rebote inesperado, y mientras bajas tu guante, de la manera debida, dejas descubierto el tronco y la cintura”. “Es igual en las Grandes Ligas. Los terrenos son mejores, los rebotes son más regulares, pero los bateadores son más fuertes. La balanza oscila y algunas veces hay sobresalto por un tercera base, pero no por Billy Cox. Con Billy agachado, inmóvil, al acecho del bateador, la pelota, no él, será la víctima”. Roger Kahn. The Boys of Summer.

El equipo en el alma

"Entre el pitcher y el catcher se desarrolla una verdadera intimidad. Trabajan 120 lanzamientos juntos cada pocos días, luego de un tiempo piensan como un sólo hombre. Bien, Campy (Roy Campanella) se lesiona en el invierno 1957-58. Ese fue el mismo invierno cuando el equipo se mudó a California. Empezamos a jugar en un campo de fútbol americano, el Coliseo, el left field era muy corto, una muralla china. Se sabe como Campy bateaba largas conexiones hacia la izquierda; tan pronto como vi la muralla china, pensé, 'Caramba, si Campy estuviera bien, rompería el record de Ruth, elevando globos sobre esa pared'". "Comenzamos mal. Fuimos a Filadelfia. Se suponía que debía lanzar. Llovió. Campy nació en Filadelfia. Empecé a pensar en él y su espina dorsal rota, no le dije nada a nadie. Me fui a la estación en medio de la lluvia y tomé un tren hacia Nueva York. Llamé un taxi y fui a University Hospital. Dijeron que no podía verlo. Insisto. Al final, me dejan pasar". "Soy la primera persona fuera de la familia que lo visita, el primer hombre que viene del equipo". "Llego a su habitación. Aun pienso en el left field corto y el record de Ruth. Abro la puerta y ahí está un cuerpo encogido atado a una estrucutura. Me quedo parado mirándolo un largo rato. El mira de vuelta. No sólo me ve. Ve al equipo. Empieza a llorar. Lloro también. Llora por diez minutos, pero es quien se recupera primero. 'Ersk', Campy dice, 'eres representante de los peloteros. Consigue mejor seguro médico para los muchachos. Esto me costó ocho mil dólares por los primeros dos días'" "Le digo, 'Seguro Campy'". " 'Ersk', dice él, '¿sabes lo que voy a hacer mañana? Voy a trabajar con pesas y voy a levantar cinco libras'" "Voy allí pensando que el romperá el record de Babe Ruth, él piensa en levantar cinco libras. Pero es entusiasta. Empieza a sonar como el viejo Campy. Quiere saber cuando voy a lanzar. Él se prepara para algo importante cuando voltean la estructura y puede ver televisión. Voy a lanzar mañana si no llueve, y Campy se emociona. Ese juego lo televisarán a Nueva York. 'Te voy a ver Ersk', dice. 'Lanza uno bueno'". "Me voy. Para esta época tengo el brazo adolorido, pero tengo que ganar. Tengo que ganar, no me importa si suena a película, por Roy". "El próximo día salgo a lanzar con el brazo adolorido. Lanzo sin hits por cinco innings. Termino el juego aceptando solo dos imparables. Gané por Campy. Ese fue el último juego completo que lancé en las Grandes Ligas". Carl Erskine. Pitcher de los Dodgers de Brooklyn. The Boys of Summer. Roger Kahn Traducción: Alfonso L. Tusa C.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Carl Erskine recuerda a Jackie Robinson

"En mi vecindario creció un muchacho negro, Johnny Wilson. Jugábamos baloncesto en la escuela; él calificó para jugar con el equipo del estado cuando estudiaba secundaria y luego jugó con los Globetrotters. Ahora es entrenador en secundaria. Jumpin' Johnny Wilson tal vez almorzó tantas veces en mi casa como en la suya. Con un pasado como ese, la experiencia de (Jackie) Robinson no era una dificultad para mí. Fue maravillosa para mí. De alguna manera Jack dijo que agradecía la ayuda de algunos de sus compañeros de equipo blancos para establecerse en el equipo, debo decir que para mi fue al contrario. Es 1948. Los Dodgers me llaman de Fort Worth. Tengo 21 años y estoy asustado. No conozco a nadie en el equipo grande. Recortaba sus nombres de los periódicos cuando era niño. El equipo está en Pittsburgh. Entro al club house de Forbes Field con mi bolso. A un lado de la puerta, Jackie Robinson viene, me extiende la mano y dice "Sabía desde que bateé contra tí en el entrenamiento primaveral, que pronto estarías aquí arriba. No sabía cuando, pero sabía que ocurriría. Bienvenido..." El rostro de Erskine brillaba. "Hombre", dijo, "Me hubiese bastado si alguno hubiera dicho "Hola". ¡Pero que lo haya hecho Jackie Robinson!. Ese día pitcheé y gané en relevo". "Cada vez que Jack iba al montículo, siempre me hacía sentir que podía hacer el trabajo. Sólo quería darme más confianza. Cualquier palabra que utilizara, el efecto era: No hay ninguna duda. Sabemos que puedes hacerlo. Aquí tienes la pelota. Hazlo. Las veces cuando no estaba seguro de que podía hacerlo, él parecía saber que yo sí podía". "Ahora esto es lo que me molesta. El gana un juego. Vamos a la siguiente ciudad. Pero al salir de la estación él no se monta en el bus del equipo. Tiene que irse por su cuenta. No se puede quedar en el mismo hotel. Pero yo no hice nada respecto a eso. ¿Por qué? Por qué no dije, "Hay algo injusto aquí. No voy a dejar que esto ocurra. Dondequiera que él vaya, voy con él". "Nunca lo hice. Me sentaba como los demás, y pensaba 'Bien. El tiene la oportunidad de jugar béisbol de Grandes Ligas ¿No es eso algo grande?' Y eso era todo". "Ahora oigo a personas hablando mal de él. Personas negras. Cuando los oí sentí pena por ellos. Nunca entenderán lo que hizo Robinson. Cuan dificil fue. Que gran victoria". Carl Erskine. Pitcher de los Dodgers de Brooklyn. The Boys of Summer. Roger Kahn Traducción: Alfonso L. Tusa C.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Isaías “Látigo” Chávez debutó hace 50 años en LVBP

Apertura del noveno episodio, La Guaira 9 carreras. Orientales 7. La señora Carmen, probó el guiso de las caraotas y bajó el fuego de la hornilla. Se acercó a la sala y llegó hasta el rincón al lado del sofá. Subió el volumen del radio hasta que el señor Sebastián asomó el rostro en la puerta del dormitorio. “¿Qué pasa Carmen? ¡Mira que ya pasan de las diez y media de la noche!” Desde muy temprano en la mañana había conversado con Isaías. Quería saber cuando lanzaría su primer juego. “Mamá, eso sólo lo sabe el manager. El señor Genovese me dijo que estuviera preparado, que mantenga el tono de los ejercicios, porque en cualquier momento me llama al montículo”. La señora Carmen pasó una mano por el brazo derecho de Isaías. “Se que lo vas a hacer muy bien, hijo de mi corazón”. Isaías sonrió y le dio un beso en la mejilla. En el estadio pocos se detenían a conversar con aquel larguirucho que corría en los jardines y avanzaba hacia el bull pen sin quitar la mira del abridor de aquella noche del 03 de diciembre de 1963, Eli Grba quién venía de lanzar en la Liga de la Costa del Pacífico con los Islanders de Hawaii (9-7, 4.60, 129 innings) y en la Liga Americana con los Angelinos de Los Ángeles (1-2, 4.67, 17.1 innings). Su hermano Valerio le había aconsejado que observara como los pitchers de experiencia soltaban la pelota, como caían al terminar cada lanzamiento “es muy importante que quedes en buena posición para atacar cualquier batazo que salga por el montículo”. Isaías se plantó un rato a ver la sesión y en cuanto tuvo la primera oportunidad se comunicó con Grba mediante señas y algún inglés rudimentario. George Genovese hizo una seña al bull pen. Isaías levantó la visera de la gorra y empezó a trotar hacia el montículo. Habría unas cuatro mil personas en la tribuna central. Al subir el montículo sintió varios calambres en las piernas. El primer envío de calentamiento se enterró en el plato. El receptor Luis Rivas se levantó y corrió hacia el montículo. “Tranquilo Isaías. Esto es como el amateur, sólo que hay más técnica”. En el círculo de prevenidos estaba Elio Chacón. El Látigo bajó del montículo y se quitó la gorra. Se persignó. “Elio Chacón, el mismo que jugó la Serie Mundial de 1961 con los Rojos de Cincinnati y después fue short stop del primer equipo de los Mets de Nueva York en 1962”. Apretó la pelota en su mano derecha hasta que dejó de temblar. El primer lanzamiento fue bola. Luego Chacón bateó un roletazo a segunda base que manejó Mike White e hizo el out en primera base. Carmen levantó la mano derecha y empezó a caminar hacia el rincón del radio. Sebastián se atravesó en su camino. “¡Ese es mi hijo caramba! ¡Hizo out al peligroso Elio Chacón! Ya vas a ver como va a terminar de sacar el cero”. Le reclamó porque no la dejaba pasar. Sebastián hizo señas, señaló hacia el rincón e hizo una pantalla con las manos en sus orejas. “¡Vamos a ver que dice el narrador! ¡Acuérdate que es el primer juego de Isáias, seguro está nervioso! Hay que ver como enfrenta a Dave Roberts. Ese es un pelotero de mucho cuidado también. Viene de batear 16 jonrones y empujar 86 carreras con el Oklahoma City de la Liga de la Costa del Pacífico”. Carmen se sentó en el sofá. Sus ojos se tornaron líquidos cuando el narrador anunció. Y es la cuarta bola. Roberts llega a primera base. La inquietud llevó a Carmen hasta la cocina. Un olor a quemado la hizo precipitarse sobre la olla. A duras penas despegó la capa de caraotas a punto de carbonizar en el fondo. Apagó la hornilla y removió las caraotas hasta que tomaron un mejor aspecto. Estiró el cuello hacia la puerta. Sólo escuchaba la pachanga de los grillos y el rumor del radio. En el patio vio una de las franelas preferidas de Isaías. Tenía dos líneas horizontales a la altura del pecho. Apretó el pasó hacia la sala. “¡Cuéntame Sebastián! ¿Qué ha pasado?” El hombre casi adhiere su oreja derecha a la corneta del radio. Levantó una mano. “¡Espérate, espérate! Isaías dominó a Graciano Ravelo y ahora viene José Herrera. Es un novato, pero de altos pergaminos. Le puede dar un batazo al más pintao”. Carmen arrimó uno de los sillones movió la mesa a un lado. La mano giró la llave. En medio de la oscuridad sopló una brisa cálida. Varios empujones hicieron rebotar al muchacho en medio de la sala. Isaías levantó la voz. “¿Qué es esto?” Un coro encerró el momento hacia el pasillo. Valerio y Miguel lo abrazaron y felicitaron. “¡Tenemos un pitcher profesional en la casa! Sebastían carraspeó a un costado.”Me preocupó un momento que ese muchacho José Herrera te pudiera echar una broma, porque será novato también pero riega líneas por todos lados”. Carmen besó a Isaías en las mejillas. “Yo sabía que mi muchacho iba a sacar a Herrera para el último out del inning. No importa que se perdiera el juego, pero usted hizo su trabajo, hijo de mi corazón”. Valerio y Miguel acompañaron a Isaías hasta la habitación y le preguntaban que tipo de lanzamientos había usado para dominar a Elio Chacón. Isaías sonrió y dijo que quería dormir. Alfonso L. Tusa C.

martes, 19 de noviembre de 2013

John F. Kennedy y el béisbol cincuenta años después

Varias veces te despertabas asustado, el carro negro descapotado avanzaba por una avenida llena de gente y un viento gélido que te hacía guarecer bajo la cobija. Imágenes borrosas en el blanco y negro del Zenith. Tu pdre conversaba de porque el ser humano siempre tenía una mano escondida en la espalda, ¿por qué no se podían poner todas las cartas sobre la mesa? Ese presidente nunca debió desaparecer aquel día. Tenía muchos proyectos en marcha, muchos retos encarados, mucha disposición a buscar la justicia. 22 de noviembre. Dealey Plaza. Dallas. Texas. Un laberinto de voces se metía en tus noches y varias veces salías corriendo sonámbulo hacia el patio de la casa. Al despertar sentías el frío de la tierra del patio en los pies y un dolor intenso en las sienes, habías impactado la frente contra el tallo de una mata de cambur. Entre las visiones más contundentes que recuerdas de aquel magnicidio, aparece un dia de principios de abril de 1967. Dia inaugural en Yankee Stadium. Los Medias Rojas visitan a los Yanquis. Resulta inevitable imaginar a John F.Kennedy lanzando la primera pelota del juego como lo hiciera en juegos inaugurales de 1961, 1962 y 1963. El carro descapotado seguía avanzando en Dealey Plaza: La voz de un niño perforaba el silencio. ¿Cuando vamos a jugar béisbol? Corría tras los pasos del hombre quién en 13 minutos tuvo la disposición de tomar el auricular para desmontar la violencia y el odio junto a su homólogo soviético Nikita Krushev. La voz pausada, la humildad suelta en la mano izquierda y la continuidad de objetivos y búsquedas de victorias conjuntas. Habían apagado el fuego nuclear. Los falsos héroes se templaban las barbas y apelaban a nuevas excusas. La mirada profunda en medio de la sonrisa desnudaba la deuda de no haber asistido a Fenway Park. Ahora apretaba los ojos al ver al niño cabizbajo. Los Yanquis habían vencido a los Medias Rojas en Boston y levitaba entre aquel murmullo de Dallas y los brazos extendidos del niño. Siempre que había alguna información sobre el episodio de Bahía de Cochinos escuchaba la versión de la "izquierda humanista" y la victoria ante el gigante yanqui. Mucho tiempo después entendiste mejor una de las pocas expresiones que le escuchaste a tu padre sobre el tema. "Nunca creas a pie juntillas lo que diga una versión de la historia. Investiga. Registra hasta el último rincón". Muchos reconocen que la decisión de Kennedy de sólo respaldar con alguna logística el intento de invasión de algunos exilados de la revolución cubana, fue apropiada aun cuando había razones para participar activamente por cuanto la "revolución" había escamoteado bienes de particulares norteamericanos bajo la figura de "expropiaciones" que recuperaban esos bienes para el pueblo cubano. Hace unos meses conseguiste un libro que proyectó la marcha de aquel carro descapotado, nítida, lenta, serena. Leíste la contraportada y escuchaste muchos gritos en la distancia. El miedo y el desespero empujaban en los pasos del niño que veía la pelota resbalar entre los resquicios de las luchas por los derechos civiles de los negros y la prosecución de las investigaciones en pos de hacer que los grupos poderosos, entre ellos los de Texas, cancelaran los impuestos que debían al estado. La pelota rebotaba en el aire, se estrellaba contra la barda del jardín central, el niño la perseguía y llegaba hasta la zona de seguridad. Gritaba y miraba hacia la segunda base como aquel atardecer de abril de 1967 cuando Jackeline Kennedy asistió junto a su hijo John Kennedy Jr. a ver el juego inaugural en Yankee Stadium, los Medias Rojas de Boston con Billy Rohr en el montículo enfrentaban a un Whitey Ford en su temporada final. Mucho tiempo llevaste aquel libro contigo a todas partes, indagaba con fruición entre la polvareda levantada aquel 22 de noviembre. El último testigo de William Reymond y Billie Sol Estes. Hojeando esas páginas desmadejaste el horror descargado aquel mediodía en Dealey Plaza. Todo iba más allá del francotirador y de quién lo había contratado. Los tentáculos del poder más inmenso movían un escenario que se movía desde mucho antes. Ahora entendías el semblante de tu padre con signos de larga historia de contar. Historia de traición y mafia desde lo más profundo de una institución. El espíritu de John F. Kennedy siempre rondará en todos los proyectos por concluir y logrados y en la esencia de un país marcado por el béisbol, quizás por esa razón de seguro estaba muy cerca de su hijo cuando Billy Rohr estuvo a punto de lanzar un no-hitter en Yankee Stadium aquella noche de abril de 1967. Alfonso L. Tusa.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Mel Nelson alcanzó la gloria hace cincuenta años.

Desde el sexto inning, a pesar de que Domingo Carrasquel acabó el juego perfecto con una base por bolas, el público, en especial los magallaneros que seguían al equipo Orientales por defecto del equipo de sus preferencias, coreaban el nombre del rubicundo lanzador quién los dos inviernos anteriores (1961 y 1962) había trabajado en la ciudad de San Bernardino, a unas 60 millas al norte de Los Ángeles, California, como jardinero podando los árboles de las calles y jardines públicos, y cambiando los bombillos quemados en los postes de las avenidas. En esta ocasión los Angelinos de los Ángeles le consiguieron contrato para que viniese a la LVBP para jugar con el equipo Orientales, aunque los Criollos de Caguas lo habían pretendido con anterioridad. Nelson se recompuso para retirar en orden a los próximos tres bateadores del sexto episodio, mientras trotaba hacia el dugout se pasaba la mano por la visera de la gorra. Un eco de emotividad retumbaba desde los cimientos del estadio hasta las entrañas del Ávila. Sólo el reflejo distante de una canción que traspasaba el tropel del Guaire, distraía la atención de Alberto. Todavía recordaba aquel último inning cuando Lenny Yochim dejó sin hits ni carreras a los Navegantes del Magallanes. No le importaba que el equipo no se llamara así en ese momento, igual tenían enfrente al equipo autor de aquella derrota. Quizás por eso escuchaba con nitidez la voz de Bobby Vinton: “She wore blue velvet…bluer than velvet was the night…softer than satin was the night…from the stars…” Melvin Frederick Nelson, había nacido el 30 de mayo de 1936 en San Diego, California, lo más cerca que había estado de un juego sin hits ni carreras fue un desafío ante el Veracruz de la Liga Mexicana en 1959, entre ese año y 1961, la Liga de Texas se fusionó con la mexicana para formar la Panamerican Association de categoría AA. En aquel juego, Nelson dejó en dos imparables a los veracruzanos como lanzador de los Oilers de Tulsa. Dejó marca de 9-9, 140 innings, 3.03 efectividad, 10 juegos completos, 3 blanqueos, 92 ponches, 44 boletos. Eso le valió la promoción a los Cardinals de Omaha en la Liga American Association AAA. Luego del boleto de Carrasquel, Alberto subió al último escalón de la preferencia de la derecha. Apretó la cartulina del boleto de entrada hasta casi desaparecerlo en la mano. Se había escapado el juego perfecto. Ante las sonrisas caraquistas, gritó hasta que le ardió la garganta. “Vamos Nelson. Tienes que completar este no hit no run. Se asomó al pretil y trató de refrescarse con la brisa nocturnal al tiempo que seguía escuchando a Bobby Vinton. “She wore blue velvet…Bluer than velvet were her eyes…Warmer than May her tender sighs…Love was ours…” En el séptimo episodio Las respiraciones corcovearon y en el estadio apenas se percibía el frío que atacaba en algodones de neblina que bajaban del Ávila. Después del primer out, Victor Davalillo la rodó por la intermedia y Mike White incurrió en marfilada. Alberto miraba hacia el cielo mientras bajaba diez escalones y subía siete en diagonal. Trataba de eludir los comentarios que ligaban un imparable del próximo bateador. Imaginaba que estaba a un lado del montículo y le decía a Nelson con cual lanzamiento podía dominar al bateador. En 1955 bateó 27 jonrones y empujó 112 carreras con los Cardenales de Fresno en la California League (C). Al año siguiente solo bateó .244 con los Red Wings de Rochester en la International League (AAA). En esa misma temporada hizo la transición a lanzador. En 1960 pasó a la organización de los Dodgers de Los Angeles y dejó marca de 13-7 y 3.69 de efectividad en 161 innings con los Indians de Spokane en la Pacific Coast League. En 1963 ganó 2 juegos por 3 derrotas, 5.30 de efectividad en 52.2 innings con los Angelinos de Los Angeles de la Liga Americana. Alberto casi se cae en la espalda de otro espectador cuando César Gutierrez soltó un roletazo algo adormecido que el campocorto Nelson Castellanos tomó a mano limpia para sacar a Gutiérrez en el salto, había caído el out 25. Alberto respiró profundo y trató de gritar pero todo lo que le salía era sonidos incomprensibles. Con dos outs en la pizarra, Dámaso Blanco la rodó por la antesala y Camaleón García lanzó desviado a primera. Los caraquistas aún ligaban el sencillo. Los magallaneros solo se estrujaban las manos. Venía a batear Victor Davalillo. Camaleón y Nelson Castellanos se acercaron a conversar con Nelson. De las tribunas los caraquistas pedían que rompiera el no-hitter. Un silencio escandaloso arropó todo la parte derecha de la tribuna. La figura de Davalillo lucía imponente en el plato. Nelson frotó la pelota y la soltó. Al caer el out 27, Alberto volvió a tararear “Blue velvet”, bajó al campo y leyó por detrás del periodista las anotaciones que hacía de la entrevista con Nelson. “A partir del sexto inning me encontré en un camino extraño, con una emoción fantástica cuando empezaron a corear mi nombre”. Seis de los outs aterrizaron en el guante del jardinero central. Dos globos al jardín derecho. Dos rodados al pitcher. Seis ponches. Cuatro rodados al campocorto. Dos elevados al campocorto. Una línea al campocorto. Dos roletazos a la antesala. Un globo en foul a primera base. Un globo a la intermedia. Orientales 5 – Caracas 0. Alfonso L. Tusa C.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Go Sox

En el sexto juego de la Serie Mundial de 2013, enfocaron un edificio de Boston cercano a Fenway Park, la emoción del estadio llegaba hasta las luces dispuestas en los niveles medios de la estructura, en luces bien atenuadas reflejaba el grito de apoyo al equipo de la ciudad. De inmediato identifiqué Prudential Center, el mismo edificio donde iba a conseguir comestibles en un supermercado de su planta baja. Una de las torres más emblemáticas de la ciudad junto a la John Hancock, regalaba espacios para soltar la vista hasta sus jardines y regresar a cumplir las normas de comportamiento, esas que tanto cuesta respetar cuando se regresa a Venezuela. Luego de las clases de inglés, el esparcimiento en el Public Garden y de intentar practicar inglés en la calle, emprendía la ruta hacia Fenway Park, a través de Boylston Street y Copley Square hasta llegar a Kenmore Square. En aquel 1983 los Medias Rojas de Boston eran un equipo de moderadas posibilidades de alcanzar el título, el manager era Ralph Houk, Antonio Armas había llegado en un cambio desde Oakland donde los Atléticos recibieron al antesalista Carney Lansford. Leer Go Sox sobre la cara de Prudential Center dirigida hacia Fenway Park, me llevó a una mañana de inicios de abril cuando recibimos el día libre en la escuela de inglés para que presenciáramos la histórica Maratón de Boston. La seguí cuando llegó al downtown, corría a través del Public Garden. Luego entré un momento en una heladería de Boylston Street, en aquellas temperaturas de alrededor de 5 ºC, compré un helado de mantecado y salí completamente adaptado al frío de la calle. Llegar a las inmediaciones de Prudential Center resultó apretado y emotivo. Todos querían un lugar privilegiado para admirar la llegada de la maratón. Estiraba el cuello entre la muchedumbre, pedía permiso. Sólo conseguí algo de espacio unos cinco metros detrás de la plataforma de llegada. Se sentían los latidos cardíacos de las personas y las respiraciones entrecortadas de los corredores a la distancia. Quería saltar a la calle y correr aunque fuese los últimos treinta metros, hubiese sido una gran carrera para mí. De allí seguí hacia Kenmore Square. Los Medias Rojas siempre han jugado temprano el día de la maratón. A unas tres cuadras de Fenway Park entré a un local de venta de barajitas de béisbol. Impresionante la oferta de memorabilia de distintas épocas y apasionantes discusiones de béisbol, casi todas relacionadas a los Medias Rojas. Una de ellas estuvo a punto de retrasar mi llegada al estadio. Discutían cual outfield era mejor entre Jim Rice, Fred Lynn y Dwight Evans versus Rice, Antonio Armas y Evans. Un tipo de sudadera de tres cuartos de manga se las remangó casi hasta los hombros cuando decía que Lynn era más completo que al campo no era segundo de nadie y con el madero bateaba para promedio y tenía poder. Un señor de chaqueta anaranjada y orejeras azules, se ajustó los anteojos y tosió. Si, pero Tony Armas también es muy bueno con el guante y tiene un brazo poderoso. A la ofensiva tiene mas poder que Lynn y es oportuno. Salí a regañadientes del local, la discusión subía en intensidad y argumentos, pero también quería ver el juego y ya eran casi las once de la mañana. Apreté el pasó y traspasé los torniquetes justo cuando anunciaban al primer bateador del juego. En 1983 ganaron Greg Meyer (2:09:00) y Joan Benoit (2:22:42). Si salí de Prudential Center muy alegre hacia Fenway Park, cuando cerró el noveno inning todo rastro de alegría había emigrado de mi rostro, los Cerveceros de Milwaukee habían zarandeado 14-0 a los Medias Rojas. Ni siquiera el crudo frío que soplaba en la Commonwealth Avenue me hizo olvidar la paliza. Treinta años más tarde, cuando se recordaba a Meyer como el último estadounidense en ganar la maratón de Boston, una tristeza mil veces mayor a la de 1983 invadió mis sentidos. La violencia oscureció el mediodía mediante dos bombas que se llevaron 3 vidas (dos de ellas de niños de 8 y 3 años) y dejó heridas 264 personas en el area de llegada de la maraton, esta vez ubicada frente a la Biblioteca Pública de Boston. En Fenway Park los Medias Rojas derrotaban 3-2 a los Rayos de Tampa Bay una hora antes de las explosiones. Con gusto hubiera cambiado la tristeza de la paliza 14-0 ante Milwaukee por el horror que dejó la violencia de dos bombas. Desisa Lelisa (2:10:22) de Etiopía y Rita Jeptoo (2:26:25) de Kenia vencieron en la maratón, pero la violencia arrebató sus triunfos con un reguero de sangre que inundó Boylston Street. Esas letras incrustadas en Prudential Center además de Go Sox, también querían rendir un homenaje eterno a todas las victimas de la maratón de 2013. Cuando los Medias Rojas desfilaron por la ciudad con el título de la Serie Mundial, se detuvieron un buen rato en la línea de llegada de la maratón. Alfonso L. Tusa C.

viernes, 1 de noviembre de 2013

El sueño tras el ser humano

El sueño tras el ser humano La he visto 27 veces y aún la disfruto como si fuese uno de sus personajes. Uno que salía a explorar los matorrales adyacentes al campo de asfalto donde llegaban uno a uno los muchachos, cada quíen colocaba una base hasta que armaban el diamante, y la emoción crecía como la de Ray Kinsella cuando escuchaba la voz que le decía “Constrúyelo y él vendrá”. La imagen de Fenway Park repleto en una noche cuando apareció el nombre de Moonlight Graham en la pizarra, dibujó todos los cuentos de mis hermanos sobre Vidal López, Camaleón García, el estadio municipal de Cumaná y el estadio Universitario de Caracas. Siempre se iban a jugar al campo de asfalto. Era el momento más felíz para ellos, similar a la alegría de Ray Kinsella cuando vio a Joe Shoeless Jackson en el campo de béisbol que construyó. Ni siquiera los regaños más amargos de papá les borraba a quella sonrisa de estar sobre aquel asfalto. Se paraba en la esquina con los brazos en jarra y los llamaba. Yo le templaba los dedos. “¡Déjalos jugar!” Pero seguía llamándolos hasta que volvían con el rostro en el pecho. Luego de almorzar me escondía un rato bajo la cama. Cuando escuchaba los ronquidos, salía en puntillas hacia la puerta de la calle. La mirada se me perdía en la inmensidad del diamante de asfalto. Veía cuentos y poesías de Terence Mann y Andrés Eloy Blanco levitar entre el home de cartones de leche y la segunda base de hojas de tabaquero. Veía a Joe Shoeless Jackson y sus compañeros entrar al diamante desde el maizal. Las bromas y el ambiente competitivo me lanzaban hacia el asfalto justo en el momento cuando los muchachos escogían los equipos. La felicidad fluía por mis venas y sentía todas las hojas del maizal en el rostro. La silueta de papá en la esquina me paralizó el guante. Casi se me cae de las manos. El pitcher lanzó y salió un roletazo por mis predios. Agarré la pelota y lancé a primera. Papá se empinaba detrás de tercera base. Empecé a salir del campo. Me abrazó entre tercera base y el home. “Sigue jugando. Si eso te hace feliz, a mi también”. Corrí hacia segunda base con la misma emoción que siento cada vez que veo esa maravillosa película “El campo de los sueños”. Viéndola se entiende mejor porque el béisbol es una metáfora de la familia, todo empieza y termina en el hogar. Alfonso L. Tusa C.

viernes, 25 de octubre de 2013

Koo foo the killer. (50 años de la Serie Mundial de 1963)

Liderados por Sandy Koufax, un joven con un brazo izquierdo letal, los Dodgers vencieron a los Yanquis en cuatro juegos. Los Yanquis estaban tan impresionados como sus fanáticos. Nunca antes los orgullosos neoyorquinos habían perdido una Serie Mundial de manera tan humillante. William Leggett. 14 de octubre de 1963. Sports Illustrated Para apoyar su brillante pitcheo, los Dodgers supieron aprovechar la velocidad en el momento apropiado y batear justo lo suficiente para ganar. Contra tal tipo de equipo, amolado por una fiera y competitiva temporada en la Liga Nacional, el ataque de los Yanquis colapsó. Habiendo hecho de nuevo una farsa de la carrera por el banderín de la Liga Americana, quizás los Yanquis pertenezcan a una liga diferente, podría ser una tercera liga, situada en algún limbo entre la Americana y la Nacional. Juego 1 Luego de una separación de siete años y 3000 millas, los Yanquis y los Dodgers estaban ahí de nuevo. En una agradable tarde de octubre, 69000 personas asistieron al famoso estadio del Bronx para presenciar a los dos viejos rivales decidir el campeonato máximo del béisbol. Por lo menos esa era la razón reconocida por la que estaban ahí. En verdad ellos querían saber si Sandy Koufax podía realmente vencer a Whitey Ford. Había expectativa por un gran duelo de pitcheo, y durante un inning dorado fue así. Ford fue el mismo viejo Ford. En el primer inning ponchó dos Dodgers y obligó al tercero a batear un inofensivo rodado a las paradas cortas. Era dificil imaginar como aún Sandy Koufax podría mejorar eso. Pero lo hizo. Koufax ponchó a los tres Yanquis que enfrentó. El gran duelo de pitcheo había empezado. En el segundo inning todo terminó. Con un out, Frank Howard fue a batear. Howard es un gigante preocupado todo el tiempo. Cuando los Dodgers están en la carretera, Howard se excusa con diplomacia del resto de los peloteros y camina solo por las calles. Hace cinco años los Dodgers le dieron $108.000 a Frank Howard y le dijeron que pronto se convertiría en el mejor beisbolista vivo. Pero Frank Howard es un bateador de rachas, que puede ser engañado con vergonzosa regularidad por un astuto y talentoso pitcher como Whitey Ford. Así que Ford le lanzó una recta, y Howard despachó un linietazo a 460 pies entre left y center field para el doble más largo en los 41 años de historia del Yankee Stadium. Ese doble trajo a batear a Bill Skowron. Esta había sido una mala temporada para Skowron, quién había sido un Yanqui por nueve años. Cuando los Dodgers lo adquirieron dieron por hecho que habían agregado poder derecho a su alineación. No resultó de esa manera. Moose bateó .203 y empujó sólo 19 carreras para los Dodgers, los aficionados de Los Angeles empezaron a abuchearlo cada vez que era anunciado como bateador emergente. Cuando el manager de los Dodgers, Walt Alston decidió alinear a Skowron frente a Ford en el primer juego, Skowron estaba muy emocionado. "Espero", dijo, "Que pueda hacer algo para ayudar al equipo. Será divertido para mí batear frente a Ford porque somos viejos amigos, pero tengo que ayudar a mis compañeros. Les he fallado este año". Skowron no le falló a los Dodgers el primer miércoles de octubre. Empujó a Howard con sencillo, con lágrimas en los ojos. Dick Tracewski vino a batear. Tracewski es el segundo ciudadano más famoso de Eynon, Pa. El más famoso es Joe Paparella, quién sería el árbitro detrás del plato. Debido a una lesión del tercera base Ken McMullen, los Dodgers tuvieron que mover a Jim Gilliam de segunda a tercera y colocar a Tracewski en la intermedia. Tracewski bateó solo .266 este año y fue usado principalmente a la defensiva hacia el final de juegos cerrados. Los Dodgers tienen una pequeña canción que cantan cuando requieren ayuda defensiva."One-ski, two-ski, pongan a jugar a Tracewski". Cuando Tracewski, quién jugó ocho años en las menores, caminaba hacia el plato, sintió algo extraño en el estómago. "Estaba desesperado porque el juego comenzara", dijo. "Tenía la corazonada de que algo iba a ocurrir y la oportunidad de jugar en una Serie Mundial se me iba a escapar. Al caminar hacia el plato, me sentí enfermo y con miedo, y Paparella dijo, 'Dick, ¿ni siquiera me vas a decir hola?' " Tracewski miró a Ford y dijo, "Por favor Joe, ahora no". Lo haré la próxima vez, Joe". Tracewski bateó sencillo al centro. John Roseboro, el catcher de los Dodgers, siguió con cuadrangular a la derecha, cuando Tracewski pasaba por segunda era la vista más simpática del estadio, el único hombre trotando y aplaudiendo a la vez. Ford se paró en el montículo con las manos en jarra. Nadie espera que Whitey Ford permita cuatro carreras a nadie en un inning, especialmente a los Dodgers. Desde el 10 de agosto, a través de 437 innings en 48 juegos, los Dodgers fueron capaces de anotar cuatro carreras en un inning solo cuatro veces, y se las ingeniaron para hacerlo en el segundo inning del primer juego de la Serie Mundial contra el mejor pitcher de la Liga Americana. Por casi cinco innings Koufax estuvo más allá de la perfección. Ponchó en fila a Tony Kubek, Bobby Richardson, Tom Tresh, Mickey Mantle y Roger Maris. Elston Howard salió en elevado de foul al catcher, luego Joe Pepitone se ponchó también. Después que Koufax dominó a Cletis Boyer con rodado al cuadro y a Ford con bombo a tercera, ponchó a Kubek, Richardson, Tresh y Mantle en fila otra vez. Las dificultades llegaron a Koufax con dos fuera en el quinto. Le llenaron las bases con tres sencillos, entonces ponchó a Héctor López. En el sexto concedió dos boletos pero dominó a Mantle y Maris con elevados al cuadro interior. Los Yanquis finalmente anotaron en el octavo cuando Tom Tresh largó jonrón de dos carreras. Eso fue todo lo que pudieron hacer los neoyorquinos. Con el último envío del juego, Koufax ponchó a Harry Bright para romper el record de Carl Erskine de más ponches (14) en un juego de Serie Mundial. Koufax había ponchado a cada Yanqui de la alineación regular por lo menos una vez a excepción de Clete Boyer, y ponchó a los tres emergentes de los Yanquis. Bobby Richardson, abanicó tres veces, y Richardson solo se ponchó 22 veces en 630 turnos al bate esa temporada. Los Dodgers mostraron su velocidad en el primer juego solo dos veces. En el tercer inning, Willie Davis corrió desde primera base con un imparable hacia la derecha y con un deslizamiento excelente batió un tiro casi perfecto de Roger Maris. Luego vino Skowron a batear, y Skowron sencilleó por el medio para traer a Davis con la última rayita de los Dodgers, que dejaría el marcador final 5-2. En el sexto inning, Tommy Davis robó segunda venciendo fácilmente disparo apurado y alto de Howard. Tommy no anotó, pero, esto debió ser una señal para los Yanquis de lo que estaba por venir. Juego 2 El primer bateador que enfrentó a Al Downing en el primer inning del segundo juego fue Maury Wills. Wills sencilleó sobre el montículo, mientras permanecía en primera base, estudiaba el movimiento del joven zurdo de los Yanquis mientras le lanzaba un strike a Jim Gilliam. En el segundo lanzamiento Wills salió hacia segunda base, un pequeño objeto azul y gris. "Una vez que vi que levantó el pie del suelo, me fui", dijo Wills. Downing es un pitcher joven, pero nada inocente y, como las otras 66000 personas presentes en Yankee Stadium aquel jueves, sabía exactamente que esperar. Su pie no se movió hacia el plato sino hacia primera, y le lanzó la pelota a Joe Pepitone. Epa, Wills fue sorprendido. En cuestión de segundos, el excelso infield de los Yanquis convertiría al pobre Wills en el primer out del juego. Pero Maury había salido, con determinación, para no ser atrapado por el astuto movimiento de Al Downing. Wills nunca se detuvo en su vuelo, y los Yanquis, sin la dificultad de un corre y corre, se colocaron en posición para tocarlo en segunda base. El tiro de Pepitone, sin embargo, fue hacia el lado interno de la base, y el camarero de los Yanquis, Bobby Richardson tuvo que estirarse sobre la base para tomarlo. Wills, aún a 15 pies de la base, se lanzó sobre su estómago y llegó de cabeza por el lado externo de la base, lejos de Richardson en un ángulo de 45 grados. La rapidez de Wills, su reto, su deslizamiento, el tiro de Pepitone, todo pareció llegar a tiempo. El impulso de Richardson se lo llevó muy lejos. Tony Kubek, llegando del shortstop en línea directa para respaldar la jugada, pudo haber tomado el tiro y hacer el out, pero Richardson tenía la pelota y no pudo volverse a tiempo. Mientras buscaba al corredor, semejando una versión de una danza cosaca en segunda, los brazos de Wills abrazaban la base. Así comenzó el segundo juego y, para todos los propósitos, el segundo juego había terminado. Maury Wills, el hijo de un sacerdote, una vez más había roto con éxito el octavo mandamiento. Los Yanquis estaban atontados, Downing estaba sobreexigido y los Dodgers estaban al ataque. Downing le lanzó tres bolas seguidas a Gilliam, luego dejó una sobre el plato. Gilliam soltó imparable a la derecha de Pepitone, y Wills se detuvo en tercera con ganas de seguir hacia el plato. Roger Maris lanzó la pelota desde el jardín derecho, pero su disparo llegó de aire al plato. No fue posible hacer el corte, y Gilliam se metió hasta segunda. Con Wills amagando en la línea de tercera base, Downing se resistía a usar su curva. Willie Davis se paró en el plato y vino una recta. Salió un linietazo hacia Maris. Wills, parecía un hecho, anotaría luego de la atrapada. Pero Maris tuvo problemas siguiendo la trayectoria de la pelota. Arrancó, luego se detuvo, trató de voltearse y regresar, luego se resbaló y cayó. La pelota rebotó de la cerca de la derecha, y entraron dos carreras. La liebre aventajaba a la tortuga, y Johnny Podres se encargaría de que todo se mantuviese de esa manera. Podres, otro zurdo, fue el hombre que venció dos veces a los Yanquis en 1955, incluyendo un blanqueo 2-0 en el séptimo juego para darle a los Dodgers su primer campeonato mundial. Sólo en el noveno inning los Yanquis pudieron anotar. Frank Howard hizo una atrapada sensacional sobre un batazo largo pero rutinario de Mantle para terminar el primer inning; Podres ponchó dos hombres en fila para terminar el segundo, dos hombres quedaron en base.Este fue el inicio de 13 outs consecutivos. Cuando Tom Tresh sencilleó en el sexto, Willie Davis decapitó un batazo largo de Mantle hacia el centro. Y cuando Skowron sonó jonrón en el cuarto, una conexión sobre la línea del right field, como muchas que había bateado en el pasado, los Dodgers aumentaron su ventaja a tres carreras. Mientras tanto, los Yanquis perdieron, al principio indefinidamente, luego definitivamente por el resto de la serie, a Maris su segundo toletero. Con dos outs en el tercer inning, Tommy Davis devolvió un pitcheo de Downing al rincón del jardín derecho. Tratando de atrapar la pelota, Maris chocó contra la pared. Davis llegó hasta tercera con un triple, y Maris salió del terreno con un brazo muy golpeado, para nunca regresar a jugar. Su sustituto, Héctor López, bateó dos dobles y anotó la única carrera de los Yanquis, a los Yanquis se les dificultaba salir adelante con la pérdida de un buen jugador. Willie Davis fue el segundo bateador de los Dodgers en el octavo inning. El 13 de septiembre, cuando Willie se ponía a tono para jugar ante los Filis de Filadelfia, recibió una llamada telefónica de Kenny Myers, el scout que lo había firmado por $5000 hacía cinco años. "Willie", dijo Myers, "te estás parando muy erguido en el plato. Dóblate un poco para que puedas ver mejor los lanzamientos. Eres muy buen atleta para estar bateando .220". Davis fue al estadio y copió el estilo de Stan Musial. Desde ese día, Davis ha bateado para .344. Descargó un doble a la derecha ante Ralph Terry y luego llegó al plato con un tremendo triple de su compañero de habitación, Tommy Davis, un imparable que elevó temporalmente el promedio de bateo de Tommy en Series Mundiales a .625. Podres llegó hasta el séptimo episodio, pasó el octavo y logró un out en el noveno. Entonces se cansó, él lo admitió. Walter Alston trajo a Ron Perranowski del bull pen. El mejor relevista del béisbol controló un pequeño alzamiento de los Yanquis y mantuvo el marcador 4-1. En el club house Tommy Davis estrechó la mano de Willie Davis. "¿Que dices nené?", le preguntó. "Le digo adiós a Nueva York. No regresaremos". Juego 3. Los Ángeles estaba lista para el tercer juego de esta Serie Mundial, todo el trayecto desde Disneylandia a Pasadena y de regreso al centro en el punto de unión entre las avenidas Principal y Tercera, allí todos los anuncios principales apuntaban hacia un tal Sandi Cofacks. La ciudad de Los Ángeles, sin embargo, no creía que los Dodgers podían ganar el tercer juego de la serie. Esta temporada, Los Ángeles se había convencido de que Don Drysdale, con una marca de 19-17, era sólo un buen pitcher, porque su record no era tan impresionante como fue en 1962 cuando ganó 25 juegos y perdió solo nueve. Necia ciudad. Una vez este año, cuando Drysdale se vio envuelto en una artillería de críticas de la prensa de Los Ángeles, Walter Alston solicitó una reunión con los periodistas para discutir sobre su mejor pitcher derecho. "Considero que Don Drysdale", dijo Alston, "ha sido un pitcher tan efectivo este año como lo fue el año pasado. Revisen su efectividad y no su récord de ganados y perdidos. En muchos juegos que ha perdido no lo hemos respaldado. Pero su efectividad es más baja ahora que en la temporada pasada (2.66 versus 2.84)". Cuando Drysdale llegó a Dodger Stadium para el tercer juego estaba abajo en las apuestas 11-10, universalmente, estaba casi destinado a perder. Había pocas personas en Los Ángeles dispuestos a apostar por él. Había perdido muchos juegos cerrados este año, 1-0, 2-1, 3-2, pero perder es perder, y Los Ángeles tiene un sentido definido sobre lo que significa perder. Antes de cruzar la línea del left field para tomarse fotografías y hablar a los reporteros, le hicieron dos preguntas a Drysdale: Q. Hay muchas personas que presienten que perderás hoy. ¿Como te sientes? A. Si pierdo hoy, perderé porque no soy lo suficientemente bueno. Me siento bien física y emocionalmente, como me he sentido todo el año. Q. ¿Sientes que puedes lanzar tan bien como Koufax y Podres lo hicieron en los primeros dos juegos? A. Mira, Sandy y Johnny lanzaron grandes juegos.¿Quieres que te diga que voy a hacer lo imposible? Lo que ellos hicieron estuvo a un nivel muy alto. Me gustaría alcanzar ese nivel en esta serie. Me gustaría hacerlo, pero ellos han fijado un listón bien alto, y no quiero tratar de alcanzarlo para chocar contra él. Claro, quiero hacerlo mejor que ellos. Ellos querrán hacerlo mejor si tienen que lanzar otra vez. Hoy se trata de mí y los Dodgers contra los Yanquis. Este es mi juego. Tengo que lanzarlo. En dos horas y cinco minutos, Don Drysdale lanzó el mejor juego de esta serie de gran pitcheo. Los Dodgers le dieron solo una barata, sortaria, idiota, preciosa carrera, y él la defendió. La carrera llegó cuando Jim Bouton, el joven derecho de los Yanquis ganador de 21 juegos, caminó a Jim Gilliam con un out en el primer inning, lo llevó a segunda con un wild pitch y lo vio anotar mediante un sencillo de Tommy Davis. Davis bateó roletazo a la mano izquierda de Bouton, mientras se doblaba para atraparla, la pelota se deslizó sobre el lado izquierdo de la goma de lanzar, hacia Bobby Richardson en segunda base. Richardson perdió parcialmente la pelota en el fondo de las camisas blancas de la tribuna. En el último segundo intentó moverse hacia la pelota, pero esta se movió hacia su pierna izquierda y se internó en el jardín derecho. "Si el viento estuviese a nuestro favor", dijo Richardson, "la pelota hubiese rebotado hacia el campocorto y se hubiese quedado en el infield, por lo tanto no hubiese entrado la carrera. El viento estaba en contra, y ellos lograron la carrera". En el segundo inning, Drysdale ponchó a Bouton con las bases llenas para terminar una amenaza de los Yanquis. En el tercero paralizó a Mickey Mantle con un lanzamiento que pudo haber sido una bola de saliva. En el sexto, con la posible carrera del empate en tercera y Mantle de nuevo al bate, Frank Crossetti, el coach de tercera base de los Yanquis, entró en escena. Dijo que Drysdale estaba lanzado con saliva. Crossetti corrió por la línea de tercera base y señaló a Drysdale. El árbitro principal, Larry Napp le dijo a Drysdale que se secara los dedos luego de llevarlos a la boca. Dos lanzamientos más tarde le hizo un lanzamiento a Mantle que se hundió para el tercer strike. Mantle se quedó mirando la pelota. John Roseboro, el catcher de los Dodgers, dijo que fue una recta adentro. Ni siquiera sonrió cuando lo dijo. En el noveno inning Joe Pepitone terminó el juego con un batazo largo hacia el jardín derecho que parecía jonrón. Ron Fairly, el jardinero derecho de los Dodgers, corrió hacia la cerca y miró la pelota con nerviosismo. "En principio", dijo, "No pensé que llegara tan lejos. Luego vi que subía y seguía avanzando, pensé que saldría del parque. En el último minuto se detuvo, di un par de pasos y la atrapé". El club house de los Dodgers no estaba muy exultante. Ron Perranowski, el experto relevista, dijo, "Don lanzó un gran juego". Cerca de Perranowski estaba Sandy Koufax, tratando de no robar la atención en Drysdale. "Koo-foo va mañana", dijo Perranowski. "Si viene bien, no tendré necesidad siquiera de calentar en el bull pen. Podría no tener que relevar más este año. Necesito algo de acción. Me voy a ir a casa para lanzar la pelota contra las escaleras”. Los Yanquis habían perdido los primeros tres juegos, y sus anotaciones habían sido cada vez peores, dos carreras en el primer juego, una carrera en el segundo, 0 carreras en el tercero. Desde junio los directivos de los Yanquis habían catalogado a este como "el equipo más grande de los tiempos modernos". Pero este gran equipo había estado abajo en 26 de los 27 innings. ¿Que estaba pasando? Juego 4 Temprano en la mañana del cuarto juego de la serie, un hombre se paró en la esquina entre Wilshire Boulevard y Figueroa Street en Los Ángeles.Tenía un vaso de whisky con agua en su mano derecha. Dijo que el clima lucía maravilloso. Usaba una gorra azul de los Dodgers con brillantes orejas de conejo apuntando hacia el cielo. Seguía sintonizando un radio transistor en el bolsillo de su paltó. Cada vez que un carro pasaba por la esquina él levantaba su vaso y ofrecía este consejo: "Relájese con Koufax". A pesar de una actuación donde Whitey Ford solo permitió dos imparables, resultó que el hombre estaba en lo cierto. Sólo que nadie estuvo completamente relajado hasta el último out. Aún con Whitey Ford de tu lado, la idea de tener a Sandy Koufax en un montículo de lanzar es algo que ningún oponente puede dejar de contemplar. Si a Koufax le dan una carrera de ventaja, él la protegerá. Una vez que está adelante, el oponente no sólo tiene que fajarse con Koufax sino también con la idea de que una carrera comienza a parecer como 19. Lo mejor que se puede hacer es esperar que un error lo meta en problemas y que entonces te las ingenies para batear dos imparables a continuación. Por tres episodios Koufax estuvo excelente. Sin errores, sin hits. Por supuesto, no tan bueno como estuvo en el primer juego, pero nadie puede lanzar tan bien como lo hizo Sandy Koufax en los primeros cuatro innings del miércoles 2 de octubre de 1963. Sin embargo, en la apertura del cuarto inning del domingo 6 de octubre, Koufax se encontró en medio de un torbellino. Con la pizarra 0-0 y el ataque de los Dodgers atenazado por los pitcheos a la altura de los tobillos de Whitey Ford, Maury Wills, Dick Tracewski y Willie Davis corrieron detrás de un elevado bateado por Bobby Richardson al jardín central corto. Cada uno asumió que el otro ejecutaría la atrapada. Ninguno lo hizo. La pelota aterrizó en la grama, y Richardson llegó hasta la intermedia con el primer imparable de los Yanquis. Koufax salió del temporal por propios medios con un bombo de foul y un rodado, pero a través de la vastedad de Dodger Stadium flotaba un presentimiento de tristeza. Le habían bateado a Koufax, los Dodgers habían fallado. Lo peor de todo era que el ataque de los Dodgers parecía inmovilizado por un revitalizado Whitey Ford. ¿Podía alguién batearle a Ford? ¿Podía alguien darle a Koufax una o dos carreras que necesitaba para ganar? La respuesta llegó en el quinto inning. Ford lanzó una curva lenta, casi con desaprobación, a aquella eminencia Dodger, Frank Howard. Howard la devolvió a 450 pies hasta el segundo piso del jardín izquierdo. Nunca antes había sido bateada una pelota hacia esa zona. Nunca una carrera fue más necesitada que esa. La ventaja no duró mucho. Mickey Mantle vino a batear en el séptimo inning con un out. Mantle había sufrido en toda la serie. Había bateado dos posibles jonrones en Nueva York en el segundo juego, pero cada uno se quedó corto de la cerca, solo fueron dos outs lejanos. Su único imparable en 13 turnos fue un toque fortuito que llegó hasta los jardines en el tercer juego. Esta vez, sin embargo, ante el primer lanzamiento de Koufax, Mantle descargó cuadrangular. Mientras llegaba al plato la banca entera se levantó para felicitarlo. Por primera vez en 34 innings los Yanquis habían venido de atrás para empatar el juego. El empate sólo duró dos outs. En el cierre del séptimo Jim Gilliam bateó una pelota que rebotó alto hacia tercera base. Parecía que iba a pasar sobre la cabeza de Clete Boyer cuando el mago de los Yanquis estiró su cuerpo como un payaso que salta de su caja de resortes y la atrapó. Su tiro a Pepitone fue perfecto, pero Pepitone perdió la trayectoria de la pelota en las camisas blancas de la tribuna. La pelota rebotó de la muñeca del primera base, de su antebrazo, su pecho y finalmente rebotó hacia la cerca, a 70 pies de distancia. Cuando Pepitone recuperó la pelota, Gilliam estaba en tercera base y Willie Davis venía a batear. "Cuando llegué allí, sabía", dijo Davis después, "que daría un batazo. Iba a hacer swing si Ford acercaba la pelota a cualquier lugar del plato". El primer lanzamiento de Ford llegó, y Davis la conectó hacia Mantle entre right y center. A pesar de un buen tiro de Mantle al plato, Gilliam anotó de pie. En su frustración, Elston Howard tomó la pelota y la disparó hacia Boyer, quien estaba parado sobre la tercera base. Boyer miró al árbitro Larry Napp, rogando que Napp dijera que Gilliam había salido hacia el plato antes de la atrapada. Napp separó sus manos en un corto gesto de que todo estaba en orden y sacudió su cabeza. Los Yanquis embasaron la carrera del empate en el octavo inning y la posible carrera del triunfo en el noveno, pero Koufax los dominó. Sandy Koufax, por segunda vez en cinco días, había vencido a Whitey Ford. Lo hizo con seis imparables, un ala (su izquierda) y una oración, y el error de Joe Pepitone. Whitey Ford había permitido solo dos hits, pero el nombre del juego es carreras. El premio de Koufax y los Dodgers fue el más grande que el beisbol puede ofrecer: un campeonato mundial. En el club house de los Dodgers todos querían a Koufax, la radio, la televisión, fotografos, la prensa. Tommy Davis se paró con lágrimas en los ojos dentro de su camerino. Este año había liderado la Liga Nacional en bateo con .326 de promedio, y en la serie había bateado .400, el promedio más alto logrado por Dodger alguno. Finalmente Koufax escapó de sus perseguidores y llegó al camerino de Davis. Abrazó a Tommy, y Davis le dijo: "Sandy, eres el pitcher más grande que jamás haya existido". Walter Alston, el manager, se sentó en su oficina, con paciencia evitó decir algo despectivo de los Yanquis. Le preguntaron que iba a hacer. ¿Iría a la ciudad? ¿Que pensaba de las oportunidades de su equipo el próximo año? "Lo que estoy pensando en este momento", dijo, "es en empacar mi equipaje y regresar a Dartown, Ohio. Voy a manejar lentamente, y cuando llegué allá voy a llevar a mi nieto de 10 años a cazar ardillas. Su nombre es Robin Dean Ogle. Robin por Roberts, Dean por Dizzy. Es un primera base ambidextro. Cuando salgamos a cazar pienso que me sentaré con él en un viejo tronco y veremos caer las hojas". Los Yanquis habían jugado buen beisbol, solo que el pitcheo de los Dodgers fue mucho para ellos. Los Yanquis fueron buenos pero no lo suficiente. Habían sido las víctimas del mejor pitcheo que nadie hubiese visto en la Serie Mundial por mucho, mucho tiempo. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

martes, 22 de octubre de 2013

Extracto de "Esperanzas entre Leones y Navegantes

3.a Pisa y corre La tarde se presentaba ardorosa y exigente en aquel pedazo de tierra aplanado en el cual bullía la efervescencia de los cálculos matemáticos con el trabajo pesado realizado por los obreros, la manos callosas y los músculos tensos de mover carretillas, cargar baldes de granza o fajarse a pico y pala. La actividad era incesante; había necesidad de terminar aquel tramo para fines de mes y sólo faltaban quince días. Todo aquel vaporón sofocaba a cualquiera, pero la terapia de relajación del ministro no le fallaba de manera alguna. Esta vez se puso a recordar la vez que Esteban, su hijo adolescente, fue a una fiesta de sus amigos de bachillerato: ¡Muchacho, ¿y para dónde llevas tú ese radio?!, preguntó sorprendido y escandalizado el hombre del despacho comunicacional a su vástago. No te preocupes papá que tengo una táctica para camuflajearlo. A la distancia en el tiempo, el funcionario público se sonríe como cualquier padre que rememora las travesuras de sus hijos. Qué muchacho del carajo ése, chico. Yo tan caraquista y él que me viene a salir magallanerísimo. Eso no lo habría hecho yo por escuchar un juego del Caracas. Y éste se las arregla para escuchar un juego entre Caracas y Magallanes en una fiesta de la época más intensa de su vida. El hecho es que al día siguiente de la fiesta hubo una conversación entre padre e hijo que no dejó de contagiar el susto. Sucedió que regresando de la fiesta, a eso de las 10 de la noche, Esteban había sacado el transistor de entre la ropa y había comenzado a escuchar el juego. Estaba tan ansioso por saber cómo iba el partido, que se adosó el aparato en la oreja, abstrayéndose de manera tal que no se dio cuenta de la embestida que venían fraguando tres malandros que caminaban empujando el cuerpo hacia adelante, contorsionadamente, como si esto les diera ánimo para asustar a los demás, a unos treinta metros detrás de él. A pesar de ir acompañado por un amigo, los sediciosos arremetieron contra ellos de manera sutil al principio: Bueno, chamo, van a tené que bajase de la mula y ya, fueron las palabras pronunciadas por el comandante de los hampones. Papá, ahí sí fue verdad que me asusté tanto que no sentía las manos. Imagínate que por instinto le di todo el volumen al radio en el justo momento en que Bob Abreu conectó un batazo inmenso que amenazaba con desbalancear el encuentro que hasta ese entonces se hallaba igualado a cuatro anotaciones. Sentí cómo la presión ejercida por el filo de la navaja del malandro se aflojaba un tanto, mientras comenzaba a desviar su atención cada vez más hacia lo que decía el narrador en la radio. "Es un batazo muy largo; Abreu una vez más está metido dentro de la jugada importante del equipo. Allá aparece Melvin Mora corriendo desesperadamente tras la bola...." Allí comenzó a volvernos el alma al cuerpo porque por lo menos esto hizo que los malandros terminaran de soltarnos a mí y a mi amigo para enterarse por el radio, repentinamente en sus manos bastas, cómo iba a terminar aquella jugada. Entonces intercambiamos miradas desesperadas y comprendimos que era en ese instante o nunca. Primero nos movimos unos pasos mientras el narrador había subido su voz al máximo para ilustrar con lujo de detalles la jugada fantasmal que había realizado Mora para convertir el casi seguro extrabase de Abreu en un out espeluznante, como espeluznante fue la carrera que emprendimos mientras los comentarios enfebrecidos sobre lo que ocurría en el campo de juego retenían algo más a los malandros para permitir que tomásemos más de una cuadra de ventaja en nuestra huída. Caramba, Esteban, ¿ y cómo hicieron ustedes para despistar a esos tipos que deben sabérselas todas en ese tipo de persecución?, preguntó el ministro visiblemente conmovido. Bueno, papá, sinceramente la ventaja que nos dio el que ellos se quedaran escuchando cómo terminaba la jugada de Mora y Abreu fue decisiva para nosotros. Porque aunque en un determinado momento sentimos cómo nos faltaba el aire y hasta llegamos a tropezarnos, ellos nunca pudieron alcanzarnos. Quizás el chorro de adrenalina que aquella situación de vida o muerte vertió en nuestro torrente sanguíneo nos llevó a correr más duro que el mismísimo Paavo Nurmi cuando lo ponían a correr con la carabina en brazos en el ejército. ¡Pero yo ni siquiera te sentí llegar anoche!. ¡Lo que pasa es que una vez que los perdimos, quisimos estar bien seguros de que no nos iban a encontrar otra vez y pasamos un buen rato encaramados en una mata de almendrón que está frente a la plaza Bolívar. Desde allí me enteré de que el juego entre Caracas y Magallanes había estado a punto de ir a extrainning a no ser por el empuje de Carlos García, quien se vino hasta la goma desde primera aprovechando un toletazo atravesado de Raúl Chávez que lo hizo tomar aliento hasta el último alveolo de sus pulmones, cruzando de tercera para el home, así como lo tomamos todos los que seguíamos el juego y corrimos mentalmente con García los veintisiete metros que separaban al barco del muelle de la victoria para estallar en un grito de alegría que tuvo su origen en el micrófono que generaba la transmisión radial y que desencadenó un zaperoco tal que hasta nos llevó a olvidarnos de la situación en que estábamos, para bajar a celebrar con los magallaneros que estaban en la plaza y sus alrededores escuchando aquel dramático partido. Eso del triunfo magallanero es la única parte que no me gusta del cuento. Pero la alegría de saber que el mismo juego te salvó de las garras de la muerte me hace olvidar cualquier momento desagradable. Nunca pensé, cuando te vi salir con ese radiecito en la mano, que ésa iba a ser la razón para que te tuviera nuevamente con vida a mi lado, le dijo el Ministro a su hijo mientras lo abrazaba. Vamos a mandar a montar en un cuadro ese radio. Primero hay que encontrar a los malandros. Y no creo que el pobre radio haya sobrevivido a la furia de que nos hubiéramos escapado. A lo mejor, el radio se les cayó mientras corrían detrás de nosotros, o furiosos por la rabia y la impotencia de nuestra fuga es posible que lo hayan bataqueado contra el piso. Alfonso L. Tusa C.

viernes, 11 de octubre de 2013

Dick Williams: Presencia de un manager

“Su segundo nombre era Oscar. Él firmaba Charlie O. Finley, porque decía que O significaba “el dueño” (owner)”. Dick Williams. En muchas ocasiones cometemos el error de etiquetar a los seres humanos por algún rasgo de su personalidad que resalta en determinado momento. Dick Williams creó una apariencia de manager duro y despiadado, lo más cercano a un sargento en un campo de béisbol. A medida que pasa el tiempo, mientras se registran páginas de libros y se escuchan otras versiones del personaje, llegamos a entender su verdadera esencia. En una ocasión leí un libro sobre Tony Conigliaro, uno de los peloteros de los Medias Rojas de Boston en la temporada de 1967. Tenía ciertas diferencias con Williams por la forma como dirigía al equipo. Esta situación se complicó más cuando Conigliaro recibió un pelotazo en el ojo izquierdo y resintió que Williams se hubiera abstenido de visitarlo en el hospital. En su autobiografía, Williams escribió que intentó visitar a Conigliaro la misma noche del accidente y regresó la mañana siguiente. En ambas ocasiones le impidieron entrar a la habitación de su pelotero. Se sintió muy triste porque quería llevarle una palabra de aliento. En su tercera temporada como manager de los Atléticos de Oakland, Williams solicitó al dueño de los Atléticos, Charlie O. Finley, contratar a su antiguo segunda base con los Medias Rojas de Boston, Mike Andrews, quería reforzar su cuadro interior. Así luego del Juego de las Estrellas, Finley contrató a Andrews vía agencia libre. Quizás el momento más difícil en su carrera como manager llegó para Williams el 14 de octubre de 1973. Oakland había derrotado 2-1 a los Mets de Nueva York en el primer juego. Para el segundo juego en el Coliseo de Oakland. Jerry Koosman abrió por los metropolitanos, y Vida Blue por los A’s. Andrews entró a batear de emergente por Ted Kubiak en el cierre del octavo inning, quién había suplantado a Ángel Mangual al campo en la apertura del séptimo inning, éste a su vez había sustituido a Dick Green en el cierre del sexto episodio. El juego llegó igualado a seis carreras al inning 12. Bud Harrelson abrió con doble ante Rollie Fingers. Tug McGraw tocó la pelota y llegó a primera con infield-hit. Harrelson pasó a la antesala. Wayne Garrett se ponchó. Félix Millán salió en elevado a primera base. Willie Mays sencilleó al centro, Harrelson anotó la de irse arriba. McGraw pasó a segunda. Cleon Jones soltó imparable a la derecha para llenar las bases. Paul Lindblad reemplazó a Fingers. John Milner bateó un roletazo por segunda que le hizo un extraño a Mike Andrews y entraron las carreras de McGraw y Mays. Jones llegó a tercera y Milner a la intermedia. Jerry Grote descargó otro roletazo hacia Andrews, esta vez el inicialista Gene Tenace sacó el pie antes de tiempo, le cargaron otro error a Andrews. Luego en la repetición se comprobó la equivocación del árbitro por cuanto Tenace había mantenido el pie en la base. Jones anotó la cuarta carrera del inning. Milner pasó a tercera y Grote quedó en primera. Don Hahn salió de tercera a primera. Oakland amenazó en el cierre del inning, sólo pudieron anotar un carrera. Mets 10, Atléticos 7. Luego del juego Williams pasó por el club house y le dio varias palmadas a un apesadumbrado Mike Andrews. “Recuerda que los errores físicos son parte del juego. Eres un ser humano”. Finley pensaba distinto e intentó sustituir a Andrews con Manny Trillo alegando una lesión. Para ello hizo que uno de los médicos del equipo redactara un informe donde diagnosticaba dolencias en la espalda de Andrews. Al principio Andrews se negó a firmar un papel reconociendo que estaba lesionado porque no lo estaba. Luego lo firmó bajo amenaza de Finley. Ese fue uno de los momentos más duros de la carrera de Williams como manager. Hubo de pasar un buen rato acompañando a Andrews quien se sentía muy mal anímicamente. Antes del tercer juego el comisionado Bowie Kuhn anunció que Finley no podía activar a Trillo y que debía reenganchar a Andrews. También antes de ese juego Williams convocó una reunión con sus peloteros donde dejó saber que desaprobaba totalmente los manejos de Finley y que continuaba al frente del equipo sólo por los peloteros, al final de la Serie Mundial renunciaría. Los peloteros usaron un parche con el número 17 en solidaridad con Andrews. Andrews regresó al equipo para el cuarto juego. En el octavo inning de un juego que perdía 6-1, Williams sacó de emergente a Mike Andrews por el pitcher Horacio Piña. 55000 aficionados de los Mets en Shea Stadium se levantaron para ovacionar a un pelotero del equipo rival. Aunque Oakland ganó la Serie Mundial la celebración fue muda. Alfonso L. Tusa C. Mike Andrews jugó en LVBP con Magallanes en la temporada 1965-66, fue quién anotó la carrera que le dio el triunfo a Graciliano Parra en el décimo inning de un juego inaugural donde Parra mantuvo sin hits ni carreras a los Tiburones de La Guaira por nueve episodios. 32 juegos. 108 turnos oficiales. 12 anotadas. 30 imparables. 1 doble. 1 triple. 9 empujadas. .278 de promedio al bate. Dick Williams jugó en la Liga Occidental con Cabimas y Rapiños en la temporada 1962-63. 33 juegos. 130 turnos al bate.30 imparables. 1 triple. 2 jonrones. 9 empujadas. .231 promedio al bate.

jueves, 10 de octubre de 2013

Tres…dos…uno… ¡Rombo y esférica!

Las 118 costuras centrifugarán con más vértigo que en los play offs y la Serie Mundial de Grandes Ligas. Ecos de una noche decembrina de 1968 traen la celebración de mis hermanos. La voz ebullente de Delio Amado León sacudía la tela blanca de las cornetas. El radio de tubos dominaba la escena del comedor. “La bola se va, se va, se va…joooooonróoooooon de Clarence Gaston. Magallanes deja en el terreno al Caracas. ¡Que momento tan emotivo señores, se puede sentir el latido cardíaco de los aficionados! Es una emoción que sólo se puede vivir en un juego de béisbol…” Ahora esperamos el vuelo de la esférica ante el inicio de una nueva temporada de béisbol profesional venezolano. Quizás un poco afectada por la ausencia del Winter Agreement que impide hasta el momento, la participación de todos los peloteros en roster de 40 de los 30 equipos de la Gran Carpa. Aún así, los equipos se las han ingeniado para diseñar sus equipos y mantener la esperanza de garantizar la competitividad del campeonato. Una etapa más en el largo camino de obstáculos que MLB ha venido incrementando en los últimos años con respecto a las ligas del Caribe. Hay quienes piensan que en los próximos días habrá acuerdo y los peloteros inhabilitados podrán jugar. Mientras tanto hay razones para pensar que habrá buen béisbol, a pesar de la ausencia de mucho del talento emergente venezolano. La tendencia en los últimos torneos es que esos peloteros cada vez juegan menos partidos y quienes terminan animando la parte decisiva de las temporadas son los mismos peloteros de ligas independientes, agentes libres, jugadores que se recuperan de lesiones. Son incontables los episodios de la historia cuando por diferentes razones el pelotero que debió suplantar al titular resultó tan bueno o mejor. Ahí están Wally Pip y Lou Gehrig, Humberto Pipita Leal y Luis Camaleón García. Es muy probable que en estas primeras de cambio de la 2013-14 varios peloteros asuman protagonismos dificiles de apagar, aún cuando lleguen después los peloteros de roster de 40. Ese será otro reto que pondrá más sabor a un evento que tantos momentos intensos ha proporcionado a sus seguidores. De hecho hay equipos que sin sus peloteros de roster de 40, presentan rostros respetables. ¿Quién sabe si Carlos Pérez se adueña de la receptoría caraquista? ¿O si Bob Abreu desbanca a alguno de los jardineros importados? Magallanes presentará una alineación casi completa, quizás se puedan colar Francisco Martínez y Reegie Corona se mantenga en la intermedia ante el impedimento de Rougned Odor y Wilfredo Tovar. En La Guaira Luis Sardiñas y Miguel González podrían convertirse en un agradable dolor de cabeza si están dando la talla cuando autoricen a jugar a Ehire Adrianza y Salvador Pérez. La LVBP presenta un manto de peculiaridades que quizás permita entender mejor temas de actualidad como la sabermetría, un recurso muy a tener cuenta en la conformación de cualquier equipo de béisbol, sin embargo la verdad absoluta pertenece a muchos conceptos, ideas y lugares equilibrados mediante un sin fin de circunstancias que evolucionan en una dinámica incandescente. De allí que cuando un pelotero debe partir en algún momento de la temporada, por más sabermetría que se aplique, existe un factor determinante, la actitud, la capacidad de adaptación y ajuste en un ambiente nuevo y ante contrincantes que se ajustaran a su vez de acuerdo a las fortalezas de cada quién. Es un gran reto detallar las costuras de la pelota a 140 km/h, tal vez similar al de apagarle el radio a mis hermanos aquella noche del jonrón de Gaston, tanto que una vez incrustados en la esencia del juego, resulta vertiginoso, como transcurren los días entre octubre y enero. Alfonso L. Tusa C.

sábado, 5 de octubre de 2013

El campeonato rotatorio de LVBP a 60 años

La temporada 1952-53 además del título de los Leones del Caracas, trajo la desaparición de los Sabios del Vargas. Al empezar los preparativos de la temporada 1953-54 el equipo Venezuela informó que no participaría por dificultades económicas. Ante esta situación los directivos de la liga central conversaron con sus homólogos de la liga zuliana y acordaron efectuar el primer ensayo de integración del béisbol profesional venezolano. Leones del Caracas y Navegantes del Magallanes por la Liga Central. Gavilanes y Pastora por la Liga Zuliana, jugarían un campeonato en las ciudades de Caracas y Maracaibo. 78 juegos por equipo. Las series particulares serían a 26 encuentros. El profuso número de juegos permitió la implantación de varios records que duraron mucho tiempo y otros se eternizaron. Dave Pope, jardinero de Gavilanes implantó las siguientes marcas: 95 imparables, estuvo vigente hasta que Victor Davalillo conectó 100 imparables con los Tigres de Aragua en la temporada 1979-80. 22 dobles, vigente hasta que Adrián Jordán largara 23 dobles con Petroleros de Cabimas en la temporada 1993-94. 53 bases por bolas, hasta que Clint Hurdle negoció 59 boletos en la temporada 1977-78 Pope también fue lider bate (.345) y en slugging (567). Bill Taylor, jardinero de Magallanes impuso las siguientes marcas: 16 jonrones, hasta que Brant Alyea despachara 17 vuelacerca con Cardenales de Lara en la temporada 1968-69. 63 carreras empujadas, hasta que Clarence Gaston remolcara 64 carreras con Magallanes em la temporada 1968-69. 164 bases alcanzadas (57 hits, 20 dobles, 1 triple, 16 jonrones) El 24 de enero de 1954 en juego efectuado en Barquisimeto ante los Leones del Caracas Taylor se convirtió en el primer bateador de LVBP en conectar 3 jonrones en un juego. Taylor y Pope implantaron la marca de extrabases (37), hasta que Pete Koegel de los Leones del Caracas en la temporada 1973-74 descargara 39 extrabases. Cuatro bateadores de Gavilanes batearon al menos 10 cuadrangulares: Jim Lemon 12 Piper Davis 12 Joe Frazier 11 Dalmiro Finol 10 Wally Moon, jardinero de Pastora impuso record de carreras anotadas (58), hasta que Antonio Armas con los Leones del Caracas, marcara 62 anotaciones en la temporada 1977-78. Moon también se convirtió en el primer jugador de LVBP en batear al menos 10 jonrones y robar 10 bases (11). Pastora se tituló campeón con marca de 48-30. Buster Mills dirigió a los lacteos. 47 de esas victorias fueron conseguidas por su cuarteto de abridores, nunca ante ni despues en en béisbol profesional venezolano 4 pitchers de un equipo han ganado al menos 10 juegos cada uno. Thornton Kipper 167 innings, 14 ganados (líder), 5 perdidos, 2.96 efectividad. Tommy Byrne 119 innings, 12 ganados, 3 perdidos, 3.41 efectividad. Howie Fox 140 1nnings, 11 ganados, 8 perdidos, 3.34 efectividad. Ralph Beard 156 innings, 10 ganados, 7 perdidos, 4.09 efectividad. Emilio Cueche (Gavilanes) implantó marca de más innings lanzados (208) y de más juegos completos (18) Terminó con 13 ganados, 10 perdidos y 3.65 de efectividad. George Spencer (Magallanes) lanzó en 47 encuentros (record). 10 ganados, 6 perdidos, 2.59 efectividad, 139 innings. George Spencer lanzó en 42 juegos como relevista (record). De los cuales 17 ocurrieron de manera seguida (record). Ramón Monzant (Magallanes) implantó marca de juegos iniciados (26). 14 ganados (líder), 6 perdidos, 2.81 de efectividad, 132 ponches (líder) Foster Coleman, Luis Camaleón García, Bill Taylor y George Wilson. Todos del Magallanes, implantaron la marca de más encuentros jugados en un temporada (79). Esto ocasionado a un juego empatado entre Caracas y Magallanes que debió ser reeditado. Bill Taylor y Foster Coleman impusieron record de más turnos oficiales en una temporada (308). En esa muy particular temporada también ocurrió el debut de Luis Aparicio Montiel al recibir de su padre el guante en un juego entre Gavilanes y Pastora efectuado el 18 de noviembre de 1953. Luego de esta especial experiencia lo, Pastora y Gavilanes regresaron para formar la Liga Occidental que se mantuvo hasta comienzos de los años sesenta. Caracas y Magallanes volvieron a la Liga Central hasta que en la zafra 1965-66 ocurrió la primera expansión hacia Aragua y Lara. Entonces empezó a fraguar un ensayo más formal de integración del beisbol profesional venezolano que terminó de cristalizar cuando en la temporada 1969-70 un grupo de Maracaibo compró la franquicia de Llaneros de Acarigua. Alfonso L. Tusa C.

miércoles, 2 de octubre de 2013

La faceta olvidada de Rod Carew

En Cooperstown reza una placa que el señor Rod Carew merece un nicho en ese templo entre otras razones por haber alcanzado el liderato de bateo en la Liga Americana en 7 ocasiones, solo superado por Ty Cobb (11), Tony Gwynn (8) y Honus Wagner (8) y a su vez igualado por Roger Hornsby y Stan Musial. También bateó sobre .300 durante 15 temporadas seguidas (1969-1983). Fue elegido al Juego de Estrellas por 18 años seguidos. Quizás por esta habilidad sus colegas lo apodaban "Sir Rodney" mucho antes de alcanzar estos pergaminos. Nació el 1 de octubre de 1945, en el vagón de un tren mientras su madre se trasladaba desde Gatún hacia el hospital de Colón. Rompió fuente durante el viaje y la asistió el médico Rodney Cline, he allí la razón de los nombres del futuro beisbolista. Durante su niñez atravesó momentos dificiles cuando su padre le recriminaba por ser "delicado y afeminado". Sin embargo supo salir adelante y conectó con su mejor capacidad de ajuste ese cambio de velocidad. A los 16 años emigró a Nueva York, allí fue firmado por el el scout de los Mellizos de Minnesota, Herb Stein, recibió un bono de $5000, si hacía el grado con el equipo grande recibiría $7500 adicionales. Luego de fajarse por seis años en las ligas menores subió a la Gran Carpa en 1967. Su primer imparable lo consiguió ante el dificil Dave McNally. Gaylord Perry se quejaba de como Carew bateaba a placer su pelota grasosa, "Es el único pelotero que le pega con consistencia a mi pelota grasa. La ve con tanta claridad que imagino que le puede ver el lado seco".Lo único que lo pudo detener fue un ligamento desgarrado en su rodilla izquierda. Aún así terminó bateando .366 en 191 turnos. El pitcher Ken Holtzman decía que bateaba con tal facilidad sus mejores envíos que parecía empuñar una varita mágica en vez de un bate. Carew experimentó su mejor temporada en 1977 cuando coqueteó con los .400 de promedio al bate y terminó con .388, el promedio más alto desde que Ted Williams registrara igual marca en 1950. Sus 239 imparables fueron el registro más alto desde los 254 de Ralph Terry en 1930. Luego George Brett batearía para .390 en 1980 y Tony Gwynn .394 en 1994. En Venezuela jugó con los Tigres de Aragua en la temporada 1971-72. Como manager-jugador le tocó manejar aquel momento cuando 5 peloteros importados dejaron el equipo por exigir màs dinero. Esa temporada, para variar, fue campeón de bateo, .355 (72 hits en 203 turnos). Y fue campeón de LVBP con los Tigres. Lo que los aficionados normales al juego quizás poco recuerdan es una estadística que tiene su origen en una enseñanza que un manager facilitó a Carew. 17 robos de home en su carrera significa el premio Pulitzer, el premio Nobel, la medalla del Congreso y la triple corona, todo en uno."Empecé en 1969, Billy Martin dirigìa a los Mellizos. Se nos hacía dificil anotar carreras. Billy me dijo que no tuviera miedo de hacer el intento". Carew empezó a estudiar a los pitchers. "Miraba la forma como sostenían la pelota en el guante, la forma como la agarraban con la mano y como hacían el wind up. Trataba de calcular cuantos pasos podía adelantar desde tercera base. Si eran bastantes, los sorprendía y arrancaba hacia el plato". En 1967 Carew robó el home en 7 oportunidades. Desde ese momento fue vigilado como cualquier jefe mafioso. "No hay nada más humillante que perder un juego por un robo de home", dice Nolan Ryan, pitcher de los Angelinos de California en los años setenta. "Me ocurrió una vez ante Kansas City. Tenía al bateador en 2 y 2 y Amos Otis arrancó desde tercera base. El lanzamiento fue bola y él se deslizó quieto. Me sentí insignificante". "Cuando veo a Carew en tercera base", dice Ryan, "me concentro más en lo que él hace y el tercera base está pendiente de él. Al hacer eso, dejo de hacer el wind up y dejamos un hueco grande en tercera para el bateador". En una ocasión le preguntaron a Carew, "¿El bateador sabe cuando vas a salir hacia el plato?" "Doy la seña. Pero los bateadores no siempre la toman", respondió Carew. "Harmon Killebrew la perdió una vez e hizo swing mientras yo salía hacia la goma. Sentí un miedo terrible. Pensé que me iba a matar". Una situación similar asustó a Maury Wills cuando Frank Howard soltó un linietazo que pasó a centímetros de Wills. Wills temblaba cuando relató que la pelota rozando su cráneo parecía una torta de casabe y el bate de Howard tomó las dimensiones de la torre Eiffel. Quizás por eso se olvidó de los robos de home. Carew confesó que nunca sintió miedo de fallar, su alta efectividad en robos de home así lo certifica. "Cuando empiece a sentir que no lo puedo hacer, dejaré de intentarlo". Alfonso L. Tusa C.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Extracto de Remontada Escalofriante

Los pasos acompasados a ritmo de samba,aceleraron mi pulso. De pronto la monotonía de la acera se impregnó de las curvas más sinuosas. Casi me mareaba al seguir el ritmo de la cintura, las piernas largas y hasta los tobillos. La cabellera flotaba en el tafetán floreado que cubría la espalda. Sólo llegaba a cinco pasos de ella, los influjos de su perfume mezclados con su aroma natural me atornillaban a la acera. El morral casi se me resbalaba de las manos. Sentía un ardor en todo el cuerpo que me parecía que iba a salir disparado como el Apolo 11. Sólo cuando casi llegamos a la entrada de la escuela alcancé a ver la sonrisa de Marina. Me dijo que me había visto desde hacía dos cuadras. Que parecía desmayado. Le pregunté si le quedaba algún Pentro y ahogó una carcajada. __¿Vas a estar esta tarde en la farmacia? __Si, pero no te vayas a desmayar. Recién a las cinco y media de la tarde completé la tarea de sexto grado. Salí un momento al jardín y estiré los brazos. Me sentía feliz porque ahora podía hacerlo que me gustaba. En frente se extendía el solar de asfalto donde tantas veces jugamos pelota, esta vez ocupado por innumerables tubos de concreto del futuro sistema de cloacas. La nostalgia se desdibujó al escuchar la conversación de Ferdinando y Justo. Buscaban una emisora de Valencia que transmitía comentarios preliminares al juego del Magallanes. Aquello encendió una luz en mi memoria.Me llegué hasta la cocina y le pregunté a mamá si necesitaba algo de la farmacia. Me preguntó si había terminado la tarea. Luego de revisarla, me dijoque necesitaba dos papeletas Vicky-Vicky de color anaranjado. Su mano en mibrazo me hizo patinar en el piso de granito. __¡Ten cuidado y deja las carreras! Aún cuando en aquella época del año las noches son más largas, cuando subí los escalones de la Plaza Montes todavía quedaban algunas líneas carmesí que se hundían en el horizonte de penumbras. Justo antes de traspasar la puerta de la farmacia escuche el ruido característico de cuando se cambia una radio emisora. La figura sinuosa de Marina apareció bajo uno delos accesos internos del local. Tenía el dedo índice adosado a sus labios. Sus ojos inmensos iluminaban más que las lámparas. __Es que estoy aprovechando que el señor Basiliosalió a comprarse un café, para ver si ya empezó el juego de La Guaira. Me la quedé mirando, pesaba más la espontaneidad de su sonrisa que la desilusión de que simpatizara por los Tiburones. Me dijo que en su casa todos eran magallaneros, pero a ella siemprele había gustado La Guaira. Todo iba muy bien hasta que un carraspeo resonó desde la baranda. Las papeletas de Vicky-Vicky temblaron en las manos de Marina. __Disculpe señor Basilio, lo cambié un momentico para ver si había empezado el juego de La Guaira. En medio de la plaza volteé varias veces hacia la farmacia. Los matices cobrizos de sus mejillas delinearon la sonrisa de Marina.Sólo escuché la caricia de su voz cuando sentí la frialdad del mármol en el parietal. Marina se llevó las manos a la boca. Pasé unos instantes sobándome la cabeza frente a la estatua. Oi las carcajadas de Marina hasta que dejé atrás el cine Royal. Bajo las ramas de los jabillos de la acequia la litografía de las papeletas relumbró con la sonrisa de labios carnosos de Marina. Varios radios soltaban espirales que rebotaban sobre el talud de arenisca que bajaba desde la escuela. “En tres entradas completas, Cardenales vence a La Guaira 2 a 0”. La vegetación apenas dejaba el espacio por donde pasaba un carro. El crujido de las suelas de mis zapatos sobre los granos de arena desapareció ante un resoplido que terminó en estruendo. Solo volteé cuando pisé el escalón de la acera que terminaba en la esquina de la casa. Los resuellos de mi pecho desaparecieron por arte de magia al ver el rostro entre sonreído y adusto de mamá. Sólo la visión de una vaca blanca con manchas marrones, seguida por los pinchazos que dispensaba un hombre de brazos largos y un sombrero de cogollo. La cabuya silbaba entre sus manos. La vaca impregnó de mugidos toda la cuadra del hospital. Sólo aquella visión me salvó del regaño de mamá. Igual tuve que asistirla en el proceso de calentar agua en una olla grande. Agregarle varias cucharadas de sal. Y luego llevarla hasta el medio del patio. Allí abrí las papeletas. Ella las vació en el agua hirviente y luego sumergió dos blusas manga larga y una toalla. Desde el lavadero llegaban los impactos de la plancha sobre la mesa y los estornudos del radio de Carmela. “Cuando vamos para el cierre del noveno inning. La Guaira 2, Lara 2”. Intenté sacar las prendas de la olla. Mamá me empujó la mano a un lado y colocó la tapa. Me dijo que el anaranjado solo prendería si la olla recibía todo el sereno de la madrugada. Montó dos piedras de más de dos kilos cada una y se sintió un redoble en las paredes de la olla.Del lavadero llegaba el aullido del radio. La voz del locutor comercial salía por los bloques de dibujo. Fui a ponerme el pijamas. Al regresar al patio, las sombras de dos gatos saltaron desde la olla a la mata de anón. Me acerqué más al lavadero. El ritmo expectante del narrador seguía ausente. El comentarista hablaba y hablaba. Carmela bajó el volumen del radio y debía pegarme a los bloques. “George Manz se apunta el triunfo en trabajo completo, permitió 2 carreras, 1 limpia. Le conectaron 5 imparables. Ponchó a 5 y concedió 3boletos. Aurelio Monteagudo cargó con el revés. En 8 entradas permitió 3 carreras, 1 limpia. Recibió 8 imparables. Ponchó 1. Concedió 2 boletos”. Alfonso Tusa