En el cumpleaños de Luis Aparicio un juego que ilustra su nivel.
El 11 de agosto de 1961 los Medias Blancas de Chicago reciben a los Atléticos de Kansas City en Comiskey Park. El zurdo Billy Pierce abrió por los patiblancos. El tambien zurdo Jim Archer empezó el juego por Kansas City. En la próxima hora y 32 minutos, ambos serpentineros se enfrascaron en un ardoroso duelo de pitcheo. Ninguno concedió boleto a lo largo del encuentro. Pierce aceptó cinco imparables, todos sencillos. Uno de Haywood Sullivan en el segundo inning y luego fue puesto out de right fielder Al Smith al campocorto Aparicio. Otro de Leo Posada en rodado al pitcher a continuación del out de Sullivan en segunda base. El tercero salió del bate de Joe Pignatano en línea a la derecha que llevó a Posada a la tercera base.
La amenaza de los Atléticos terminó cuando Deron Johnson la rodó por las paradas cortas y allí Aparicio recogió la pelota la pasó a Nellie Fox para forzar a Pignatano y este relevó a primera para completar el dobleplay en el mascotín de Roy Sievers.
El cuarto imparable de los Atléticos lo despachó Wayne Causey hacia el jardín derecho en la cuarta entrada. El quinto lo consiguió Pignatano con un toque por primera en el octavo inning. Nadie más se embasó por los Atléticos.
Archer aceptó 6 imparables. El primero de Jim Landis en línea a la derecha en el primer inning. El segundo un jonrón de Luis Aparicio en el tercer episodio. El tercero un sencillo al centro de Tim Lollar en el quinto inning. El cuarto, otro sencillo de Fox a la izquierda en el sexto inning. Landis siguió con el quinto en el mismo inning. El sexto fue un doble de Smith en el séptimo episodio.
El otro corredor de los Medias Blancas fue Sievers quién se embasó por error de Causey en el cuarto inning.
Pierce abanicó a 6 contrarios (Jerry Lumpe, Oswaldo Virgil, Deron Johnson y Archer en 3 ocasiones).
Archer ponchó 3. (Fox y Pierce 2 veces).
Aparicio realizó 3 outs y 2 asistencias.
Alfonso L. Tusa C.
lunes, 29 de abril de 2013
En el cumpleaños de Luis Aparicio un juego que ilustra su nivel.
En el cumpleaños de Luis Aparicio un juego que ilustra su nivel.
El 11 de agosto de 1961 los Medias Blancas de Chicago reciben a los Atléticos de Kansas City en Comiskey Park. El zurdo Billy Pierce abrió por los patiblancos. El tambien zurdo Jim Archer empezó el juego por Kansas City. En la próxima hora y 32 minutos, ambos serpentineros se enfrascaron en un ardoroso duelo de pitcheo. Ninguno concedió boleto a lo largo del encuentro. Pierce aceptó cinco imparables, todos sencillos. Uno de Haywood Sullivan en el segundo inning y luego fue puesto out de right fielder Al Smith al campocorto Aparicio. Otro de Leo Posada en rodado al pitcher a continuación del out de Sullivan en segunda base. El tercero salió del bate de Joe Pignatano en línea a la derecha que llevó a Posada a la tercera base.
La amenaza de los Atléticos terminó cuando Deron Johnson la rodó por las paradas cortas y allí Aparicio recogió la pelota la pasó a Nellie Fox para forzar a Pignatano y este relevó a primera para completar el dobleplay en el mascotín de Roy Sievers.
El cuarto imparable de los Atléticos lo despachó Wayne Causey hacia el jardín derecho en la cuarta entrada. El quinto lo consiguió Pignatano con un toque por primera en el octavo inning. Nadie más se embasó por los Atléticos.
Archer aceptó 6 imparables. El primero de Jim Landis en línea a la derecha en el primer inning. El segundo un jonrón de Luis Aparicio en el tercer episodio. El tercero un sencillo al centro de Tim Lollar en el quinto inning. El cuarto, otro sencillo de Fox a la izquierda en el sexto inning. Landis siguió con el quinto en el mismo inning. El sexto fue un doble de Smith en el séptimo episodio.
El otro corredor de los Medias Blancas fue Sievers quién se embasó por error de Causey en el cuarto inning.
Pierce abanicó a 6 contrarios (Jerry Lumpe, Oswaldo Virgil, Deron Johnson y Archer en 3 ocasiones).
Archer ponchó 3. (Fox y Pierce 2 veces).
Aparicio realizó 3 outs y 2 asistencias.
Alfonso L. Tusa C.
jueves, 18 de abril de 2013
La elección tiene preocupado al catcher de los Yanquis Francisco Cervelli
David Waldstein. 17-04-2013.
Francisco Cervelli se paró en su casillero este martes, sacudió la cabeza y señaló hacia el campo, recordaba el día hace dos años cuando Henrique Capriles Radonski, el hombre que estuvo a un tris este domingo de convertirse en Presidente de Venezuela, visitó Yankee Stadium.
“Él estuvo aquí”, dijo Cervelli el martes. “Fue en 2011, cuando Freddy estaba aquí. Lo conocemos. Es un buen hombre.
Freddy, es Freddy García, el antíguo pitcher de los Yanquis quién es muy allegado a Capriles, al punto de que este apadrinó su boda. García y Cervelli, ambos venezolanos, fueron anfitriones de Capriles en su visita al estadio y la ciudad. Desde entonces, Cervelli ha hecho apariciones públicas en clínicas de béisbol y eventos de caridad junto a Capriles en Venezuela, y se ha convertido en su admirador.
Ahora, como muchos jugadores venezolanos de Grandes Ligas, Cervelli sigue con nerviosismo lo que ha ocurrido luego de una cerrada elección que ha dividido a su país, preocupado porque la elección estuvo plagada de irregularidades, y temeroso de que la disputa pueda llegar a la violencia.
“Estoy preocupado por mi país”, dijo Cervelli. “Lo que ocurrió no es justo”.
En los días previos a la elección, Cervelli predecía que Capriles sorprendería a la gente, que la elección sería cerrada. En las giras con los Yanquis en Tampa, Detroit, y Cleveland, Cervelli monitoreó la campaña y tenía un gran optimismo. Cada día que pasaba, la esperanza y la excitación en su voz crecían.
Él no pudo votar el domingo porque estaba jugando, y muy bien, con los Yanquis. Pero estuvo despierto hasta tarde revisando los resultados a medida que los publicaban. Ahora, Cervelli revisa constantemente su iPad o computadora para conocer los últimos acontecimientos, esperando una salida diferente.
El lunes, Nicolás Maduro, el sucesor de Hugo Chávez escogido a mano, fue declarado ganador por un margen extremadamente estrecho sobre Capriles, el gobernador del estado Miranda. Se dijo que Maduro ganó con 50.8 porciento y Capriles 49.0, una diferencia de apenas 265.000 votos.
Capriles ha solicitado un reconteo de los votos, el cual avalan sus partidarios incluido Cervelli.
“Solo abran las cajas”, dijo Cervelli. “Tan simple como eso. Si cuentan los votos otra vez y Maduro gana, bien. Entonces cada quién se puede ir a casa. Pero cuenten los votos y háganlo una realidad”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
martes, 16 de abril de 2013
Recordando la pasión y la furia de Jackie Robinson.
Dave Anderson. New York Times. 11-04-2013.
El Jackie Robinson que vi en la película “42” era diferente pero también el mismo que conocí como periodista deportivo con el hace tiempo desaparecido Brooklyn Eagle y el New York Journal American.
En la película, que empezó a exhibirse este viernes 12 de abril, el actor Chadwick Boseman encarna al novato de los Dodgers de Brooklyn en 1947, cuando el gerente general Branch Rickey le ordenó “no caer en provocaciones” del racismo que hervía entre algunos de sus compañeros, sin mencionar a los rivales y el público. Como adolescente, solo vi a Robinson desde la tribuna de Ebbets Field.
Y era el mismo porque Boseman parecía arder con la llama que a menudo vi aflorar en él durante los juegos que cubrí de los Dodgers en las últimas cuatro temporadas de Robinson, desde 1953 a 1956. La llama que una vez pareció alcanzarme.
Una vez cubrí una derrota de los Dodgers ante los Gigantes de Nueva York en Polo Grounds. Temprano en la noche del día siguiente, abordé un tren en Penn Station que llevaba a los Dodgers en una gira cuando Lee Scott, el secretario de viajes del equipo, me dijo: “Ten cuidado. Robinson te anda buscando”.
Me anda buscando. No podia imaginarme que había hecho para molestar a Robinson, cuando me senté en mi compartimiento, pude oir su voz gritar, “¡Dave Anderson!” y agregar, a más volumen, que me iba a golpear. Cada vez que gritaba, esa voz se acercaba a través del tren. De pronto, ahí estaba, quemándome con la llama de sus ojos.
“¿Cómo pudiste escribir eso?”
“¿Escribir qué?”, pregunté.
“Que Campy decía, ‘Robinson, ¿por qué no te callas?’, dijo, refiriéndose a Roy Campanella, el catcher de los Dodgers.
Ahora lo entendía. Durante la derrota de la noche anterior, Robinson tuvo una fuerte discusión con un árbitro. Más tarde, en el clubhouse de los Dodgers, él todavía gruñía con aquella voz gritona que a través de los años había llevado a sus compañeros a decir: “Robinson ¿por qué no te callas?” Sin molestarse y un poco cansados. Nadie lo decía más a menudo que Pee Wee Reese, el shortstop de los Dodgers y capitán, quién ayudó a Robinson más que ningún otro compañero.
“Campy no estaba enojado contigo”, le dije. “Sólo quería que dejaras de gritar”.
“Pero me hizo sentir mal frente a mis compañeros”, dijo Robinson.
A continuación, se volteó y avanzó hacia el vagón de los peloteros. Nunca lo mencionó otra vez, nunca volvió a hablarme enojado en todos los años antes de su muerte prematura en 1972, pero siempre he recordado con afecto haber sido confrontado por un Jackie Robinson muy molesto aquel día, cara a cara, de la manera como muchos compañeros y rivales lo vieron.
De todos los momentos inolvidables que tengo de él bateando o corriendo las bases, mi favorito sigue siendo haber oido aquella voz acercarse a través del tren y de pronto ser el blanco de la rabia en sus ojos.
Así como resentía lo que consideraba un comentario crítico de un compañero, él sabía como obsequiarle a un reportero un historia que coincidencialmente involucraba a Campanella. En el tercer juego de la Serie Mundial de 1953 con los Yanquis, el jonrón de Campanella en el octavo inning ante el derecho Vic Raschi, los llevó a una victoria 3-2. Cuando llegué al clubhouse de los Dodgers, Robinson me llevó a su casillero.
“Antes que Campy bateara el jonrón”, me dijo tranquilamente, Casey Stengel, el manager de los Yanquis, “señalaba su oreja izquierda y le gritaba a Raschi: ‘Pégasela en la oreja. Pégasela en la oreja’”.
En aquella época era común que desde el dugout, los managers ordenaran lanzamientos intimidantes. En aquella serie, los Yanquis le estaban lanzando pegado a Campanella, con éxito. En el segundo inning del primer juego, una recta del derecho Allie Reynolds había golpeado a Campanella en la mano derecha. Cuando vino a batear con un out en el octavo inning del tercer juego contra Raschi, Campanella bateaba de 11-1 en la serie, su único hit lo había conseguido en la derrota 9-5 del primer juego.
“Me dijeron”, le dije a Campanella, “que antes de batear el jonrón, Stengel estaba gritando, ‘Pégasela en la oreja’. ¿Lo viste hacer eso?”
“No, no lo vi”, me dijo.
“¿Pero escuchaste lo que dijo?”
“Si, lo oí”.
Al primer lanzamiento de Raschi, el próximo sonido que Campanella y todo el mundo en Ebbets Field oyó fue el contacto de su bate descargando un jonrón a la parte baja de las gradas del left field. Ese batazo ganó el juego en el cual el derecho Carl Erskine de los Dodgers logró un record de 14 ponches. Y gracias al obsequio de Robinson, escribí una buena historia. Los Yanquis ganaron en seis juegos, pero dos años después los Dodgers finalmente ganaron una Serie Mundial, su único campeonato en Brooklyn. Quizás más que ningún otro, Robinson entendía una razón del porque aquellos equipos de Stengel vencieron a sus Dodgers en cinco de seis series.
“Mickey Mantle es un gran bateador”, me dijo Robinson una vez, “pero ese Yogi Berra es el tipo que me asusta. No se le puede pitchear”.
Robinson conocía a los bateadores. Cuando los Dodgers viajaban al norte luego de terminar el entrenamiento primaveral de 1954, hicieron una parada en Mobile, Ala., para un juego de exhibición contra los Bravos de Milwaukee. Me paré junto a Robinson mientras un novato de los Bravos tronaba líneas en la práctica de bateo.
Robinson se volteó hacia mí y dijo: “Vas a estar viendo a ese muchacho por mucho tiempo”.
Ese muchacho era Henry Aaron, quién había cumplido 20 años y todavía no era Hank o The Hammer (El martillo), era sólo un jardinero delgado que batearía .280 esa temporada con los primeros 13 de sus 755 jonrones. Años después le pregunté a Robinson cuantos grandes ligas afroamericanos le habían agradecido personalmente por romper la barrera racial.
“Hank Aaron ha sido fantástico”, dijo. “Él ha mostrado su aprecio”.
Cuando Aaron rompió la marca de 714 jonrones de Babe Ruth (a unos 18 meses después de la muerte de Robinson en 1972), las cartas racistas lo acosaron, pero nunca habló de ellas en público hasta años después. Y si el ve “42”, apreciará mucho más a Jack Roosevelt Robinson.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
martes, 9 de abril de 2013
Preguntas y respuesta con Pete Rose en el quincuagésimo aniversario de su debut en Grandes Ligas.
Gabrie Baumgaertner. 08-04-2013.
A cincuenta años de su primer juego en Grandes Ligas, Pete Rose aún recuerda como en la hora el periplo que lo llevó de ser un invitado en el campo de entrenamientos a ser el segunda base de los Rojos de Cincinnati el día inaugural de la temporada de 1963. Rose debutó el 8 de abril de 1963 ante los Piratas, el primero de lo que sería un record de Grandes Ligas, 3.562 juegos, 15.890 apariciones en el plato y 14.053 turnos al bate, pero no el primero de sus 4.256 hits, otro record.
Rose se fue de 3-0, aunque negoció boleto en su primera aparición, y anotó la primera carrera de la temporada en la victoria de los Rojos 5-2. Pasarían tres juegos y cinco días para que Rose consiguiera su primer imparable, terminó la temporada con 170 y sería nombrado Novato del Año de la Liga Nacional.
SI.com conversó hace poco con Rose sobre esos primeros días en Grandes Ligas, incluyendo el drama que había en el clubhouse a su llegada, su inevitable nerviosismo antes de salir al campo con los Rojos, el equipo de su ciudad y sus pensamientos del juego en la actualidad. A más de nueve años de haber admitido que apostó en el béisbol, Rose ahora pasa la mayor parte del tiempo en Las Vegas haciendo algo de trabajo promocional y viendo mucho del juego que ama.
SI: ¿Cuando te notificaron que ibas a las Grandes Ligas? ¿Recibiste la llamada?”
PR: Bien, no ocurrió de esa manera. Estás en el campo de entrenamientos y entonces vas de lugar en lugar hasta llegar a Cincinnati. Yo era un invitado y mientras íbamos al norte, jugamos un encuentro de exhibición en Annapolis, tenía el número 27. Tres o cuatro horas antes del juego del día siguiente fui a la oficina de los Rojos y firmé un contrato de Grandes Ligas. Cuando regresé al clubhouse el número 14 colgaba en mi casillero. Nadie me dijo nada porque si estabas viajando hacia el norte, sabías que habías hecho el equipo porque no te iban a llevar para después pagar para regresarte a Tampa, Florida.
SI: ¿Cuan lejos estaba Crosley Field de donde creciste? ¿Quién fue a tu primer juego si el estadio estaba tan cerca?
PR: Nací a tres millas de Crosley Field y crecí a 10 minutos de distancia. Mi mamá, mi papá y mi hermano fueron a mi primer juego. Fue algo grande para nosotros. Al crecer en Cincinnati cada muchacho quiere jugar con los Rojos. No me sentía nervioso hasta casi 20 minutos antes del juego, cuando mi mamá, mi papá y mi hermano llegaron al dugout y el Cincinnati Enquirer quiso obtener su fotografía. En ese punto me di cuenta donde estaba y lo que quería hacer.
SI: ¿Qué recuerdas del juego?
PR: Recuerdo haber ganado, que era lo más importante. En mi primer turno recibí boleto en cuatro lanzamientos de un pitcher llamado Earl Francis. El próximo bateador salió en roletazo al cuadro y luego vino Frank Robinson, quién largó un jonrón de dos carreras, así que anoté la primera carrera de la temporada de Grandes Ligas porque Cincinnati solía ser el lugar del juego inaugural cada año.
SI: ¿Cuánto tiempo pensaste que pasarías con el equipo?
PR: Nunca sabes si te vas a quedar mucho tiempo. Tu única meta es llegar a Grandes Ligas. Tratas de dar lo mejor porque hay mucha competencia. Te empiezan a pasar cosas buenas. Empiezas a batearle a los pitchers y a rodearte de gente buena. Luego empiezas a ganar juegos y títulos de bateo y cosas como esas. Pienso que nadie llega a las Grandes Ligas y piensa que jugará 20 años. Te sientes sortario si juegas 20 días.
SI: ¿Cómo eras tratado por los veteranos? ¿Te llevó un tiempo sentir que eras parte del clubhouse?
PR: Conmigo fue diferente, porque para ser honesto, durante ese año me llamaron a la oficina de los Rojos y me dijeron que pasaba mucho tiempo con los peloteros afroamericanos. Andaba con ellos porque Frank Robinson y Vada Pinson me trataban como si fuera del equipo. Tienes que entender que los Rojos ganaron el banderín en 1961 y llegaron cerca en 1962 y tenían un segunda base llamado Don Blasingame que tuvo un gran año. En el ’63, pensaron que podían ganar de nuevo, y el manager (Fred Hutchinson) escoge a este chico de nombre Rose para jugar en segunda base, pero la mayor parte del equipo pensaba que Blasingame debía ser el segunda base.
SI: ¿Tienes buenos recuerdos de tu temporada de novato?
PR: Batear 170 hits y ser Novato del Año es lo que recuerdo de esa temporada, pero lo que recuerdo más es que después de esa temporada serví en el ejército. Fui a Fort Knox para hacer mi entrenamiento básico después de la temporada, como resultado solo bateé .269 el próximo año. Después de eso fui a Venezuela para pulir mis destrezas. Fui allá en el invierno luego de la temporada de 1964 y aprendí a batear de verdad. Después de eso bateé sobre .300 10 o 12 temporadas. Trabajamos. Ibamos al estadio todos los días. Eso fue crecer para mí. No había muchos muchachos de 19, 20 o 21 años dominando las Grandes Ligas en aquellos días, pero cuando regresé tenía mucha confianza y empecé a batear 200 hits por temporada. En Venezuela se toman el béisbol muy en serio en la temporada invernal. También en República Dominicana, y fuimos a jugar allá por dos semanas como parte del calendario. Teníamos tres juegos semanales, a veces dos. Cuando no jugábamos íbamos a trabajar al estadio.
SI: ¿Cuánto béisbol has visto esta temporada?
PR: Lo veo todo. Vi el juego inaugural en Cincinnati, al cual voy cada año. Veo tres juegos diarios en mi telefono. Ahorita estoy viendo el de Baltimore, los Rojos y Oakland también. Solo soy un aficionado.
SI:¿Cuáles peloteros te gusta ver?
PR: Mi pelotero favorito es Joey Votto. Es un gran bateador, es zurdo y primera base de los Rojos, por supuesto que me va a gustar. Me gustan mucho Dustin Pedroia, Derek Jeter y Mike Trout. Hay muchos. Hay muchos buenos jugadores hoy. Me gusta ver a Bryce Harper. Asume el juego de la manera correcta. No quiero sonar mi corneta, pero hoy tenemos más peloteros que se enfocan en el juego de la forma como yo lo hacía. Se están divirtiendo. Y seguro saben la diferencia entre ganar y perder.
SI: ¿Cuáles pitchers de hoy piensas que te hubieran hecho pasar momentos difíciles?
PR: Es como si todo el mundo tuviera un mal rato con Sandy Koufax, Juan Marichal o Bob Gibson. Yo tendría momentos difíciles con Justin Verlander o David Price o CC Sabathia. Tendría que escoger bien mis pitcheos para poder batearles. O fajarme con algunos fouls para negociar un boleto. Nadie es imbateable. El tipo más cercano a ser imbateable en mis dos primeros años en la liga fue Koufax. Así de bueno era. Cada vez que salía a lanzar tenía oportunidad de completar un juego sin hits ni carreras.
SI: ¿Hay algo en el juego de hoy que no reconoces?
PR: Esto no es baloncesto donde los jugadores salen un buen rato a descansar. No es futbol americano donde no se deja de pensar en las lesiones. En el béisbol los peloteros juegan y les pagan mucho dinero. En el mundo de los salarios, negocias. Si alguien consigue un gran contrato, no hay de que quejarse. Consigue alguien que te ayude a resolver ese problema.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
lunes, 8 de abril de 2013
Sandy Amorós, un héroe de la Serie Mundial de 1955, fue degradado por Fidel

Las batallas de Sandy A.
Nicholas Dawidoff. Julio 10, 1989. Sports Illustrated.
El 4 de octubre de 1955, en la parte baja del sexto inning del séptimo juego de la Serie Mundial, el casi desconocido Sandy Amorós de los Dodgers de Brooklyn trotó hacia el jardín izquierdo del Yankee Stadium como sustituto defensivo de Junior Gilliam. Nadie le dio mucha importancia. En un equipo lleno de atletas vibrantes y efusivos, el jardinero izquierdo ocasional quién hablaba poco inglés era casi tan anónimo como cualquier Dodger.
Pero no por mucho tiempo. La pizarra estaba 2-0 ganando los Dodgers, había dos Yanquis en base, y Yogi Berra, el bateador más oportuno del juego, al bate. Berra despachó una línea tendida hacia la línea del jardín izquierdo, un seguro doble que empataría el juego. Amorós corrió hacia la línea de foul, donde convergieron pelota, cerca y jardinero. Estiró su brazo derecho y atrapó la pelota a la altura de la cintura, giró y lanzó la pelota al shortstop Pee Wee Reese, quién estaba en territorio corto del jardín izquierdo cerca de tercera base, este la pasó al primera base Gil Hodges para el dobleplay.
En efecto, la serie había terminado, ningún equipo volvió a anotar. “Nunca hubiera hecho esa atrapada”, dijo Gilliam. Cuando los periodistas abordaron a Amorós, éste sonrió y ladeó la cabeza, “Sortario, tuve mucha suerte”.
Treinta y cuatro años después, Amorós, 59, está sentado en la mesa del comedor de su apartamento de dos habitaciones en Tampa. Aunque es una tarde soleada y caliente, las ventanas están cerradas y el lugar huele a humedad. Amorós tiene una medalla de oro religiosa en el cuello. Su barriga sobresale bajo una guardacamisa blanca, sobre la pretina de sus viejos pantalones azules. “Creo en Dios”, dice Amorós en español, todavía el lenguaje con el cual se siente mejor. “Pero no creo que Dios me puso en esta situación. Viviendo de esta forma, no me siento bien de la cabeza. Oigo ruidos en mi mente. Es de locos. Por lo menos cuando comienza la temporada de beisbol me concentro en ella. No sé porque vivo aquí. No tengo nada, y nadie me puede dar lo que quiero. Quiero sentirme sano. Así puedo buscar un trabajo y conseguir compañía. Tampoco puedo caminar por el parque y ver a los niños jugar como antes. No me puedo sentir feliz, no puedo moverme”.
Amorós mira hacia el extreme vacío de la pierna izquierda de sus pantalones. Parte de su pierna fue amputada en 1987. “Dijeron que tenía algunos problemas de circulación. Estaba al límite de la gangrena. Los dedos de los pies se me empezaron a dormir. Cortaron debajo de la rodilla. Todo vino al mismo tiempo. Nunca le deseé a nadie algo malo. ¿A quién pude haber dañado para que me pasara esto?”
En verdad, las cosas son mejores para Amorós de lo que habían sido. Hace un año vivía de una pensión mensual del béisbol de 495 $ en la sección Ybor City de Tampa. Estaba inmóvil, pasando los días balanceando su muñón vendado sobre su andadera, mientras se sentaba en una silla plegable a la entrada de su casa. A menudo tenía hambre.
Al menos este nuevo apartamento es limpio y sin plagas. Hay arroz amarillo y pollo en la nevera y una muda de ropa interior junto a las camisas y pantalones que Don Zimmer envió cuando supo de las penurias de su antíguo compañero. Amorós dice, “Tengo suerte de vivir en Florida. No se necesita mucha ropa.” A menudo ve televisión todo el día mientras se recuesta en un sofá desgastado. Luego de un año con el muñón vendado, ahora tiene una prótesis en su pierna izquierda y un suplemento mensual de 400 $ a su pensión, ambos cortesía del Baseball Alumni Team (BAT), una organización dedicada a asistir peloteros retirados que pasen por situaciones difíciles. El amigo de Amorós, Mario Núñez, el maitre de at the Tampa Bay Downs racetrack restaurant, dice, “Para un hombre de su calibre, vivir así es una locura”. Amorós dice, “Mi vida está dentro de mí. No sé que le hice a ese tipo para merecerme esto”.
El tipo de quién habla Amorós es Fidel Castro.
Edmundo Amorós creció en Matanzas, un suburbio de La Habana, donde su padre era un trabajador a destajo. Amorós se hizo de un nombre en los juegos de béisbol efectuados a un lado de los cañaverales, y en 1950, a los 20 años, salió de Cuba para jugar en los jardines con los Cubans de New York de las ligas negras. Ese invierno regresó a Cuba, donde destacó con La Habana en la liga invernal cubana. En la temporada de 1951, el scout de los Dodgers Al Campanis lo observó en La Habana. “Lo vi batear una pelota de un bote al segunda base y casi se embasa”, dice Campanis. “Eso me abrió los ojos”. Pronto Amorós tenía un puesto en el roster del equipo de ligas menores de los Dodgers en St. Paul. Sus nuevos compañeros lo llamaban Sandy, por su parecido con el campeón peso pluma Sandy Saddler. Luego de batear .337 con St. Paul en 1952, Amorós fue subido a Brooklyn, lo presentaron como el próximo Willie Mays.
No lo fue. Amorós pasó los próximos cinco años oscilando entre Brooklyn y el equipo AAA de los Dodgers en Montreal. Lideró la Liga Internacional con promedio de bateo de .353 en 1953, pero su inconsistencia en el plato cuando subía a Grandes Ligas le impidió ganarse la regularidad. En Brooklyn, Amorós era inolvidable por su estilo de bateo poco común. “Evidentemente agita las muñecas cuando espera por el pitcheo”, escribió Bill Roeder en el New York World-Telegram, “lo que causa que el bate vibre en el otro extremo y este pequeño movimiento tiene un extraño efecto refrescante en los que en el palco de prensa podemos salirnos de nuestros suplementos de comiquitas”.
Además de la atrapada salvadora de la serie, Amorós tuvo otros momentos especiales. Bateó tres jonrones en tres días mientras los Dodgers aseguraban el banderín en los momentos culminantes de la temporada de 1956. En el juego inaugural de la serie de ese año le bateó un sencillo impulsor clave a Whitey Ford, y en el quinto juego casi le rompe el juego perfecto a Don Larsen con una línea que curveó hacia el lado equivocado del poste de foul. Pero en 1958, cuando tenía 28 años, estaba fuera del equipo, pasó toda la temporada y la mayor parte de la siguiente con Montreal antes de ser cambiado a Detroit. Un año con los Tigres, una temporada de 1961 con el equipo filial en Denver, y luego el único trabajo disponible para Amorós fue como jardinero en la Liga Mexicana. En 517 juegos en Grandes Ligas, Amorós bateó .255 con 43 jonrones. Falló por una semana para calificar por una pensión de Grandes Ligas.
Fue un héroe en Cuba. Los Dodgers habían tenido entrenamientos primaverales en La Habana en los años ’40, lo que hizo a los aficionados de Brooklyn pertenecer a las grandes multitudes que iban a ver practicar los equipos de Leo Durocher. Para un cubano haber jugado con los Dodgers y destacado con ellos en la Serie Mundial era un asunto de orgullo nacional. Aún cuando su carrera de Grandes Ligas desmejoró, Amorós tenía una mansión de 30000 $, compraba un carro nuevo cada año y tenía mucho dinero en el banco. Los chiquillos lo seguían en las calles de La Habana.
En 1959, un tipo llamado Castro, que una vez fue pitcher, se apoderó del gobierno cubano. Entre otras cosas, se hizo muy conocido por su afecto por el béisbol y por su confianza en sus destrezas peloteriles. Un día de 1960, Amorós se lo topó cuando Castro fue a una caimanera donde jugaban Amorós y sus amigos en Santa María del Mar. Castro pidió jugar. “Antes que llegara Castro íbamos a tener un buen juego”, dice Amorós. “Cuando él llegó, tuvimos que jugar de otra manera. Éramos mejores jugadores, no fue nada divertido”.
Dos años después las cosas empeoraron. Por mucho tiempo había habido rumores de que Cuba podría ser premiada con una franquicia de Grandes Ligas. Castro, sin embargo , decidió crear una liga profesional de verano en Cuba. Le pidió a Amorós, quién como siempre, pasaba sus vacaciones en Cuba, quedarse en el pais para dirigir uno de los equipos en vez de regresar a México ese verano. “Le dije a Castro que no sabía dirigir”, dice Amorós. “Si puedo jugar, ¿por qué tengo que dirigir?” En privado, Amorós tenía reservas sobre trabajar para el gobierno. Castro no se tomó a la ligera la negativa de Amorós. Expropió a Amorós de su mansión, carro y dinero. Amorós fue detenido en Cuba y no se le permitió reportarse a la temporada de 1962 en la Liga Mexicana. “Castro no me dejó salir”, dice. “No quiero hablar de él”. En 1981, Amorós le dijo al Sporting News, “No me simpatiza ese tipo. Pensé que estaba loco. Cuando me negué a dirigir, allí empezaron los problemas”.
Cinco años después, en 1967, Castro le permitió a Amorós salir con otros 64000 cubanos hacia los Estados Unidos. Amorós llegó a Miami con su esposa, Migdalia, y su hija Eloisa, sin un centavo, 15 kilos por debajo de su peso cuando jugaba y todavía hablando poco inglés. Sus únicas posesiones eran dos fluxes desgastados, cuatro camisas, ropa interior y un par de zapatos viejos.
Cuando le preguntaron como había pasado esos cinco años, dijo, “Casi no salía de la casa, excepto para ir a la esquina. No iba a restaurantes o cabarets. Algunas veces al cine. Pero todo lo que exhiben son películas rusas o checas, y no las entendía bien. Vivíamos con un kilo de arroz al mes en Cuba. Medio kilo de carne quincenal. ¿Caraotas? Un kilo mensual. Para mí, Cuba era mejor antes. Castro quería que mi hija se uniera a una organización juvenil, pero no la dejé.
Amorós se llevó su familia al South Bronx y empezó a buscar trabajo. El gerente general de los Dodgers, Buzzie Bavasi, al conocer la situación de Amorós, decidió colocarlo en el roster del equipo por una semana, para que Amorós pudiera empezar a recibir una pensión de Grandes Ligas. Amorós apareció otra vez en el banco de los Dodgers mientras el equipo jugaba ante los Filis y los Astros. Cuando terminó la semana, regresó a Nueva York y empezó a vender televisores en una tienda.
En diciembre de 1967, Migdalia se divorció de él, y se llevó a Eloísa. Luego de tres años, la tienda donde trabajaba se quemó. Amorós estuvo seis meses desempleado, hasta que un amigo del New York Post, quién tenía contactos en la oficina del alcalde de Nueva York, John Lindsay, lo ayudó a conseguir un trabajo en el departamento de parques del Bronx. Cuando terminó el período de Lindsay, también fue igual para Amorós. Vinieron dos años de desempleo.
En 1977, Amorós recibió el primer cheque de su pensión de Grandes Ligas y se mudó a Tampa, donde vivía sólo, del dinero que ganaba de una variedad de trabajos como mayordomo y de su pensión. Finalmente, su pierna le dolía tanto que a menudo no podía caminar, en la próxima década, el orgulloso hombre no le dijo nada a nadie sobre eso. “¿A quién se lo iba a decir? Pensaba que ellos no podrían hacer nada por mí”, dice. “Si llamaba a un viejo compañero, podía pensar que le estaba mintiendo. Cuando la gente de las caimaneras de Ybor City me llamaban para jugar y yo no podía, pensaban que era porque había jugado en Grandes Ligas y era muy grande para jugar con ellos”.
Finalmente, en septiembre de 1987 el dolor se hizo intolerable, y Amorós fue llevado al Memorial Hospital. Le removieron la parte inferior de la pierna. Debido a que Amorós todavía era ciudadano cubano, no pudo recibir el seguro social. El hospital absorbió sus gastos médicos.
Tarducción: Alfonso L. Tusa C.
Sandy Amorós falleció el 27 de junio de 1992.
lunes, 1 de abril de 2013
Ruth Ann Steinhagen fallece a los 83; le disparó a un beisbolista.

Bruce Webber. TNewYorkTimes. 23-03-2013.
La noche del 14 de junio de 1949, una mujer joven le dio una inmensa propina, 5 $, a un recepcionista del Edgewater Beach Hotel de Chicago para entregar una nota a otro cliente, Eddie Waitkus, el primera base de los Filis de Filadelfia, que visitaban la ciudad para jugar con los Cachorros. Los dos nunca se habían encontrado, pero ella necesitaba verlo, explicaba en la nota, en la cual se llamaba Ruth Anne Burns. ¿Podía él ir a su habitación?
Ella ordenó dos cocteles de whisky y un daiquirí al servicio de habitación y los bebió mientras esperaba. Waitkus recibió la nota tarde en la noche y telefoneó a su habitación a eso de las 11 p.m. Cuando ella contestó, dijo que se había acostado y necesitaba vestirse. ¿La esperaría media hora y luego tocaría la puerta?
La mujer, mecanógrafa de 19 años en una compañía de seguros, cuyo verdadero nombre era Ruth Ann Steinhagen, planeaba apuñalear a Waitkus con un cuchillo cuando él entrara a la habitación, dijo después. Pero luego que ella abrió la puerta, el le pasó por un lado y se sentó en una silla. Entonces ella fue al armario y sacó un rifle calibre .22 que había comprado hacía poco.
“Tengo una sorpresa para ti”, le dijo.
Apuntándolo, lo forzó a levantarse y moverse hacia la ventana.
“Me has estado molestando por dos años, y ahora vas a morir”, le dijo a Waitkus, de acuerdo a un titular del The New York Times. Luego le disparó.
La historia fue una sensación en los periódicos, y un antecedente a una míriada de ataques a celebridades en décadas posteriores, incluyendo el asesinato de John Lennon y el ataque a cuchillo en plena cancha de la tenista Monica Seles.
Waitkus sobrevivió, el impacto fue en el lado derecho del pecho, y regresó al béisbol la próxima temporada. Ms. Steinhagen fue arrestada y acusada de asalto con intento de asesinato. Pero menos de tres semanas después del disparo, un juez la declaro enferma y la internó en un hospital psiquiátrico, donde pasó tres años. No tuvo más pena.
Poco se sabe de su vida posterior, excepto que en 1970, se mudó a una casa pequeña del norte de Chicago con sus padres y su hermana, a todos los cuales sobrevivió. Era una existencia tan reclusiva que cuando murió el 29 de diciembre, a los 83 años, su muerte pasó por debajo de la mesa hasta que el Chicago Tribune la reportó el 15 de marzo.
El periódico informó que la noticia de su muerte se atravesó cuando investigaban registros públicos para otro artículo.
Anthony Brucci, el investigador principal de la oficina de examinadores médicos de Cook County en Illinois, dijo que la causa de la muerte fue un hematoma subdural a consecuencia de una caída. Ms Steinhagen no deja supervivientes directos.
El encuentro en el Edgewater Beach Hotel fue recreado por Bernard Malamud, quien ubicó un evento similar en la sección inicial de su novela de 1952 "The Natural", la cual presenta al béisbol como una fuente de mitología norteamericana. Fue adaptada en una película de 1984 protagonizada por Robert Redford como el pelotero ficticio Roy Hobbs, cuyo ascenso al estrellato es interrumpido por una seductora mujer, interpretada por Barbara Hershey, quién lo invita a un hotel y le dispara.
Ruth Catherine Steinhagen nació en Cicero, Ill., el 23 de diciembre de 1929, y se graduó en una secundaria de Chicago, de acuerdo a una biografía de Waitkus de 2002, "Basebal's Natural", de John Theodore. Cuando era una muchacha adoptó el nombre de Ann.
Ms. Steinhagen tenía tendencia a enamorarse de hombres inalcanzables. Le dijo a la policía que antes de que empezara a fijarse en Waitkus, había fracasado con la estrella cinematográfica Alan Ladd y un infielder de los Cachorros, Peanuts Lowrey. Se obsesionó con Waitkus durante las tres temporadas que este jugó con los Cachorros, coleccionaba fotografías de él y hablaba de él a toda hora, dijo su familia luego del disparo.
Cuando Waitkus fue cambiado a Filadelfia luego de la temporada de 1948, ella tuvo un descalabro emocional, le dijo su madre a los reporteros, y se mudó a un apartamento pequeño donde construyó una especie de santuario para Waitkus. Mr. Theodore escribió que como Waitkus era del area de Boston, ella desarrolló un gusto desbordado por el guisado de frijoles. Debido a que Waitkus era descendiente de lituanos, ella estudió lituano.
“Lo vi por primera vez en 1947”, dijo Ms. Steinhagen de Waitkus en una nota autobiográfica que escribió luego del intento de asesinato, bajo la guía de un psiquiatra nombrado por la corte. “Solía ir a todos los juegos sólo para verlo. Solíamos esperarlos a que salieran del clubhouse después de los juegos, y todo el tiempo lo miraba, fui construyendo en mi mente la idea de matarlo. A medida que pasaba el tiempo, me ponía más loca por el tipo. Sabía que nunca lo conocería en circunstancias normales, por lo que concluí, nunca será mío, y si no puedo tenerlo, nadie lo tendrá. Entonces decidí que lo mataría. No sabía como o cuando, pero sabía que lo mataría”.
Su plan era suicidarse después, le dijo a la policía, pero no tuvo la valentía de hacerlo. En vez de eso, llamo al recepcionista del hotel y le dijo que le había disparado a un hombre. Se arrodilló al lado de Waitkus y le sostuvo la mano, dijo ella.
La bala había perforado uno de los pulmones de Waitkus y se alojó en los músculos de su espalda, esas lesiones requirieron varias operaciones.
Él jugó seis temporadas luego de la agresión, terminó su carrera con .285 de promedio de bateo. En 1950, jugó en la Serie Mundial con los Filis, un equipo apodado los Whiz Kids; perdieron con los Yanquis.
Waitkus, quién había servido con la armada en Filipinas durante la segunda guerra mundial, declinó presentar cargos contra Ms. Steinhagen cuando esta salió del hospital, y a través de su difícil experiencia, habló con una tranquilidad que le daba poca importancia al daño que le causó.
“Una vez que comprobó que ella no representaba una amenaza para él, no sentía rabia ni ansias de venganza”, dijo de su padre Edward Waitkus Jr., un abogado de Boulder, Colo., en una entrevista telefónica. “Entendió que fue una víctima producto de la fantasía”.
“El único resentimiento que tenía fue que el incidente le costó la temporada de 1949, y había estado jugando muy bien. Había sobrevivido tres años en las junglas de Filipinas con apenas unos rasguños, y regresa aquí y está ‘loca chica con una pistola”, como él solía decir, lo saca del juego”.
Mr. Waitkus dijo que su padre sufrió de síndrome post-traumático, posiblemente por su experiencia en la guerra, pero también por el intento de asesinato. Falleció de cáncer en el esófago en 1972.
“Sus nervios estuvieron alterados por un tiempo”, dijo Mr. Waitkus. “El bajón como atleta fue difícil para él. Y nunca reconoció los problemas, pero ellos lo afectaron el resto de su vida”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
Una canción que inflama la piel
La fotografía de los niños celebrando en el montículo estrujó varias zonas de mis antebrazos y algo ardió justo debajo del ojo izquierdo, hacia la parte inferior de la sien. El equipo venezolano de béisbol infantil había ganado invicto el VII campeonato mundial efectuado en el estadio José Antonio Casanova de Fuerte Tiuna.
Me levanté directo a cepillarme, la espuma se derramó sobre mi franela tres cuartos de manga y el agua chispeó sobre el pantalón. Mamá corrió detrás de mí hasta el borde del solar de asfalto. Hasta que mordí la mitad de la arepa me dejó entrar al campo. El fluído emocional al correr hacia la tercera base reflejaba la misma alegría de aquellos niños luego de vencer al equipo cubano 9-2 en el juego final del campeonato.
El frío de Kenmore Square apenas me hizo entrar a una tienda de barajitas mientras el reloj marcara una hora antes del comienzo de aquel juego de los Medias Rojas de Boston a principios de abril de 1983. Quería llegar al estadio sin preguntar, sentir cada una de las voces de historia y anécdotas, pasión y escalofrío contenidas en las calles aledañas a parque de pelota. A la distancia distinguí las torres de luz y apreté el paso. En medio de varias fachadas similares a locales residenciales, me paraba, giraba, soltaba la mirada hasta lo más alto. No puede ser. Si acabo de ver el estadio desde un lugar más lejano. Hice señas a un señor que pasaba. ¡Estás en toda la entrada de Fenway Park! Me quedé petrificado. El lugar donde Babe Ruth empezó su carrera en Grandes Ligas, el escenario de tantos estacazos de Ted Williams, la casa de los chicos cardíacos del Sueño Imposible de 1967, acerqué mis oidos al muro para ver si podía escuchar la algarabía de aquel jonrón de Carlton Fisk en el sexto juego de la Serie Mundial de 1975, o aquel vuelacercas agónico de David Ortíz en el cuarto juego de la Serie de Campeonato de la Liga Americana en 2004.
Salió un roletazo que zumbaba cual cigarrón. Antes que pudiera mover el guante sentí mil aguijones entre el ojo y la sien. Mamá corrió desde la acera y me cargó hacia el centro de salud ubicado al pasar la calle. Varios círculos escarlata estirados sobre la franela la hicieron correr con lágrimas en los ojos. El doctor presionó una gasa con agua fría en la herida. Fue sólo un raspón. Colocó algodón impregnado en yodo. Grité más duro que cuando el árbitro principal exclama ¡Play ball! Aún palpando la curita debajo de la sien agarré el guante. Pasé más de media hora rogando a mamá, me asomaba por la ventana y la pelota circulando de tercera a segunda a primera me hacía apretar los ojos hasta que las lágrimas bajaban por la garganta.
El señor me detuvo antes de traspasar los torniquetes. Había un brillo fantasmal en sus ojos. Tuve que echarme a un costado para evitar el tropel de aficionados. Es un juego muy hermoso. El naranja de infield embutido en ese penacho verde de grama y chispeado de tres puntos blancos y un pentágono de goma que llaman hogar donde llegan los lanzamientos y los corredores y el árbitro grita hasta que se le brotan todas la venas de la cara. Pero lo más profundo, lo más emocional, lo más fantasioso de este juego es lo que ocurre a mitad del séptimo inning. Luego que termina la parte de arriba del inning, ocurre el acto más sublime de cualquier deporte que haya presenciado. Entra y disfruta el encuentro, el wind up del pitcher, el dobleplay, los tiros del right fielder al hogar, más cuando llegue el séptimo inning ¡ya verás!
El silbato de la olla de presión distrajo la mirada de mamá. Corrí más duro que Emil Zatopek en el remate del maraton de los Juegos Olímpicos de Helsinki en 1952. Agarré el guante del cartón de la tercera base y antes que me lo pusiera salió un roletazo incandescente, agarré la pelota a mano limpia y lancé a primera, en la distancia escuchaba los gritos de mamá, ¡bravo hijo!, esa alegría la reconocí en los rostros de los chiquillos saltando luego de ganar el campeonato mundial. Dentro de Fenway Park, en medio de las vigas metálicas revestidas de un verde inmerso en el campo visual, escuché varios epítetos contra Antonio Armas, estaba recién llegado de Oakland y los fanáticos de Boston le conminaban a batear o regresar a California. Sólo el séptimo inning atenuó aquellos gritos. En un instante el tiempo se detuvo y empezó una ingravidez inexplicable. Todos los aficionados balanceandose de un lado a otro en una magia de armonía. “Take me out to the ball game. Take me out with the crowd. Buy me some peanuts and cracker jack. I don’t care if I ever get back. Let me root, root, root, for the home team, if they don’t win it’s a shame. For it’s a one, two, three strikes you’re out at the old ball game”. (“Llevame a la pelota. Lleváme al béisbol. Compra papitas, maní, tostón. No me importa si nunca regreso, pues voy a apoyar a mi equipo, si no ganan que dolor. A la una, dos, tres strikes y estás en el parque de béisbol”) Una electricidad fluía en las miradas, recordaba la sonrisa del hombre a la entrada de Fenway. Flotábamos en la emoción de sentir la esencia del béisbol. Y en los ojos ardían muchas humedades.
Alfonso L. Tusa C.
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