viernes, 1 de noviembre de 2013
El sueño tras el ser humano
El sueño tras el ser humano
La he visto 27 veces y aún la disfruto como si fuese uno de sus personajes. Uno que salía a explorar los matorrales adyacentes al campo de asfalto donde llegaban uno a uno los muchachos, cada quíen colocaba una base hasta que armaban el diamante, y la emoción crecía como la de Ray Kinsella cuando escuchaba la voz que le decía “Constrúyelo y él vendrá”.
La imagen de Fenway Park repleto en una noche cuando apareció el nombre de Moonlight Graham en la pizarra, dibujó todos los cuentos de mis hermanos sobre Vidal López, Camaleón García, el estadio municipal de Cumaná y el estadio Universitario de Caracas. Siempre se iban a jugar al campo de asfalto. Era el momento más felíz para ellos, similar a la alegría de Ray Kinsella cuando vio a Joe Shoeless Jackson en el campo de béisbol que construyó. Ni siquiera los regaños más amargos de papá les borraba a quella sonrisa de estar sobre aquel asfalto. Se paraba en la esquina con los brazos en jarra y los llamaba. Yo le templaba los dedos. “¡Déjalos jugar!” Pero seguía llamándolos hasta que volvían con el rostro en el pecho.
Luego de almorzar me escondía un rato bajo la cama. Cuando escuchaba los ronquidos, salía en puntillas hacia la puerta de la calle. La mirada se me perdía en la inmensidad del diamante de asfalto. Veía cuentos y poesías de Terence Mann y Andrés Eloy Blanco levitar entre el home de cartones de leche y la segunda base de hojas de tabaquero.
Veía a Joe Shoeless Jackson y sus compañeros entrar al diamante desde el maizal. Las bromas y el ambiente competitivo me lanzaban hacia el asfalto justo en el momento cuando los muchachos escogían los equipos. La felicidad fluía por mis venas y sentía todas las hojas del maizal en el rostro.
La silueta de papá en la esquina me paralizó el guante. Casi se me cae de las manos. El pitcher lanzó y salió un roletazo por mis predios. Agarré la pelota y lancé a primera. Papá se empinaba detrás de tercera base. Empecé a salir del campo. Me abrazó entre tercera base y el home. “Sigue jugando. Si eso te hace feliz, a mi también”.
Corrí hacia segunda base con la misma emoción que siento cada vez que veo esa maravillosa película “El campo de los sueños”. Viéndola se entiende mejor porque el béisbol es una metáfora de la familia, todo empieza y termina en el hogar.
Alfonso L. Tusa C.
viernes, 25 de octubre de 2013
Koo foo the killer. (50 años de la Serie Mundial de 1963)
Liderados por Sandy Koufax, un joven con un brazo izquierdo letal, los Dodgers vencieron a los Yanquis en cuatro juegos. Los Yanquis estaban tan impresionados como sus fanáticos. Nunca antes los orgullosos neoyorquinos habían perdido una Serie Mundial de manera tan humillante.
William Leggett. 14 de octubre de 1963. Sports Illustrated
Para apoyar su brillante pitcheo, los Dodgers supieron aprovechar la velocidad en el momento apropiado y batear justo lo suficiente para ganar. Contra tal tipo de equipo, amolado por una fiera y competitiva temporada en la Liga Nacional, el ataque de los Yanquis colapsó. Habiendo hecho de nuevo una farsa de la carrera por el banderín de la Liga Americana, quizás los Yanquis pertenezcan a una liga diferente, podría ser una tercera liga, situada en algún limbo entre la Americana y la Nacional.
Juego 1
Luego de una separación de siete años y 3000 millas, los Yanquis y los Dodgers estaban ahí de nuevo. En una agradable tarde de octubre, 69000 personas asistieron al famoso estadio del Bronx para presenciar a los dos viejos rivales decidir el campeonato máximo del béisbol. Por lo menos esa era la razón reconocida por la que estaban ahí. En verdad ellos querían saber si Sandy Koufax podía realmente vencer a Whitey Ford.
Había expectativa por un gran duelo de pitcheo, y durante un inning dorado fue así. Ford fue el mismo viejo Ford. En el primer inning ponchó dos Dodgers y obligó al tercero a batear un inofensivo rodado a las paradas cortas. Era dificil imaginar como aún Sandy Koufax podría mejorar eso. Pero lo hizo. Koufax ponchó a los tres Yanquis que enfrentó. El gran duelo de pitcheo había empezado.
En el segundo inning todo terminó. Con un out, Frank Howard fue a batear. Howard es un gigante preocupado todo el tiempo. Cuando los Dodgers están en la carretera, Howard se excusa con diplomacia del resto de los peloteros y camina solo por las calles. Hace cinco años los Dodgers le dieron $108.000 a Frank Howard y le dijeron que pronto se convertiría en el mejor beisbolista vivo. Pero Frank Howard es un bateador de rachas, que puede ser engañado con vergonzosa regularidad por un astuto y talentoso pitcher como Whitey Ford. Así que Ford le lanzó una recta, y Howard despachó un linietazo a 460 pies entre left y center field para el doble más largo en los 41 años de historia del Yankee Stadium. Ese doble trajo a batear a Bill Skowron.
Esta había sido una mala temporada para Skowron, quién había sido un Yanqui por nueve años. Cuando los Dodgers lo adquirieron dieron por hecho que habían agregado poder derecho a su alineación. No resultó de esa manera. Moose bateó .203 y empujó sólo 19 carreras para los Dodgers, los aficionados de Los Angeles empezaron a abuchearlo cada vez que era anunciado como bateador emergente.
Cuando el manager de los Dodgers, Walt Alston decidió alinear a Skowron frente a Ford en el primer juego, Skowron estaba muy emocionado. "Espero", dijo, "Que pueda hacer algo para ayudar al equipo. Será divertido para mí batear frente a Ford porque somos viejos amigos, pero tengo que ayudar a mis compañeros. Les he fallado este año".
Skowron no le falló a los Dodgers el primer miércoles de octubre. Empujó a Howard con sencillo, con lágrimas en los ojos. Dick Tracewski vino a batear. Tracewski es el segundo ciudadano más famoso de Eynon, Pa. El más famoso es Joe Paparella, quién sería el árbitro detrás del plato. Debido a una lesión del tercera base Ken McMullen, los Dodgers tuvieron que mover a Jim Gilliam de segunda a tercera y colocar a Tracewski en la intermedia. Tracewski bateó solo .266 este año y fue usado principalmente a la defensiva hacia el final de juegos cerrados. Los Dodgers tienen una pequeña canción que cantan cuando requieren ayuda defensiva."One-ski, two-ski, pongan a jugar a Tracewski". Cuando Tracewski, quién jugó ocho años en las menores, caminaba hacia el plato, sintió algo extraño en el estómago. "Estaba desesperado porque el juego comenzara", dijo. "Tenía la corazonada de que algo iba a ocurrir y la oportunidad de jugar en una Serie Mundial se me iba a escapar. Al caminar hacia el plato, me sentí enfermo y con miedo, y Paparella dijo, 'Dick, ¿ni siquiera me vas a decir hola?' "
Tracewski miró a Ford y dijo, "Por favor Joe, ahora no". Lo haré la próxima vez, Joe". Tracewski bateó sencillo al centro. John Roseboro, el catcher de los Dodgers, siguió con cuadrangular a la derecha, cuando Tracewski pasaba por segunda era la vista más simpática del estadio, el único hombre trotando y aplaudiendo a la vez.
Ford se paró en el montículo con las manos en jarra. Nadie espera que Whitey Ford permita cuatro carreras a nadie en un inning, especialmente a los Dodgers. Desde el 10 de agosto, a través de 437 innings en 48 juegos, los Dodgers fueron capaces de anotar cuatro carreras en un inning solo cuatro veces, y se las ingeniaron para hacerlo en el segundo inning del primer juego de la Serie Mundial contra el mejor pitcher de la Liga Americana.
Por casi cinco innings Koufax estuvo más allá de la perfección. Ponchó en fila a Tony Kubek, Bobby Richardson, Tom Tresh, Mickey Mantle y Roger Maris. Elston Howard salió en elevado de foul al catcher, luego Joe Pepitone se ponchó también. Después que Koufax dominó a Cletis Boyer con rodado al cuadro y a Ford con bombo a tercera, ponchó a Kubek, Richardson, Tresh y Mantle en fila otra vez.
Las dificultades llegaron a Koufax con dos fuera en el quinto. Le llenaron las bases con tres sencillos, entonces ponchó a Héctor López. En el sexto concedió dos boletos pero dominó a Mantle y Maris con elevados al cuadro interior. Los Yanquis finalmente anotaron en el octavo cuando Tom Tresh largó jonrón de dos carreras. Eso fue todo lo que pudieron hacer los neoyorquinos. Con el último envío del juego, Koufax ponchó a Harry Bright para romper el record de Carl Erskine de más ponches (14) en un juego de Serie Mundial. Koufax había ponchado a cada Yanqui de la alineación regular por lo menos una vez a excepción de Clete Boyer, y ponchó a los tres emergentes de los Yanquis. Bobby Richardson, abanicó tres veces, y Richardson solo se ponchó 22 veces en 630 turnos al bate esa temporada.
Los Dodgers mostraron su velocidad en el primer juego solo dos veces. En el tercer inning, Willie Davis corrió desde primera base con un imparable hacia la derecha y con un deslizamiento excelente batió un tiro casi perfecto de Roger Maris. Luego vino Skowron a batear, y Skowron sencilleó por el medio para traer a Davis con la última rayita de los Dodgers, que dejaría el marcador final 5-2. En el sexto inning, Tommy Davis robó segunda venciendo fácilmente disparo apurado y alto de Howard. Tommy no anotó, pero, esto debió ser una señal para los Yanquis de lo que estaba por venir.
Juego 2
El primer bateador que enfrentó a Al Downing en el primer inning del segundo juego fue Maury Wills. Wills sencilleó sobre el montículo, mientras permanecía en primera base, estudiaba el movimiento del joven zurdo de los Yanquis mientras le lanzaba un strike a Jim Gilliam. En el segundo lanzamiento Wills salió hacia segunda base, un pequeño objeto azul y gris. "Una vez que vi que levantó el pie del suelo, me fui", dijo Wills.
Downing es un pitcher joven, pero nada inocente y, como las otras 66000 personas presentes en Yankee Stadium aquel jueves, sabía exactamente que esperar. Su pie no se movió hacia el plato sino hacia primera, y le lanzó la pelota a Joe Pepitone.
Epa, Wills fue sorprendido. En cuestión de segundos, el excelso infield de los Yanquis convertiría al pobre Wills en el primer out del juego. Pero Maury había salido, con determinación, para no ser atrapado por el astuto movimiento de Al Downing. Wills nunca se detuvo en su vuelo, y los Yanquis, sin la dificultad de un corre y corre, se colocaron en posición para tocarlo en segunda base. El tiro de Pepitone, sin embargo, fue hacia el lado interno de la base, y el camarero de los Yanquis, Bobby Richardson tuvo que estirarse sobre la base para tomarlo. Wills, aún a 15 pies de la base, se lanzó sobre su estómago y llegó de cabeza por el lado externo de la base, lejos de Richardson en un ángulo de 45 grados. La rapidez de Wills, su reto, su deslizamiento, el tiro de Pepitone, todo pareció llegar a tiempo. El impulso de Richardson se lo llevó muy lejos. Tony Kubek, llegando del shortstop en línea directa para respaldar la jugada, pudo haber tomado el tiro y hacer el out, pero Richardson tenía la pelota y no pudo volverse a tiempo. Mientras buscaba al corredor, semejando una versión de una danza cosaca en segunda, los brazos de Wills abrazaban la base. Así comenzó el segundo juego y, para todos los propósitos, el segundo juego había terminado. Maury Wills, el hijo de un sacerdote, una vez más había roto con éxito el octavo mandamiento.
Los Yanquis estaban atontados, Downing estaba sobreexigido y los Dodgers estaban al ataque. Downing le lanzó tres bolas seguidas a Gilliam, luego dejó una sobre el plato. Gilliam soltó imparable a la derecha de Pepitone, y Wills se detuvo en tercera con ganas de seguir hacia el plato. Roger Maris lanzó la pelota desde el jardín derecho, pero su disparo llegó de aire al plato. No fue posible hacer el corte, y Gilliam se metió hasta segunda.
Con Wills amagando en la línea de tercera base, Downing se resistía a usar su curva. Willie Davis se paró en el plato y vino una recta. Salió un linietazo hacia Maris. Wills, parecía un hecho, anotaría luego de la atrapada. Pero Maris tuvo problemas siguiendo la trayectoria de la pelota. Arrancó, luego se detuvo, trató de voltearse y regresar, luego se resbaló y cayó. La pelota rebotó de la cerca de la derecha, y entraron dos carreras. La liebre aventajaba a la tortuga, y Johnny Podres se encargaría de que todo se mantuviese de esa manera.
Podres, otro zurdo, fue el hombre que venció dos veces a los Yanquis en 1955, incluyendo un blanqueo 2-0 en el séptimo juego para darle a los Dodgers su primer campeonato mundial. Sólo en el noveno inning los Yanquis pudieron anotar. Frank Howard hizo una atrapada sensacional sobre un batazo largo pero rutinario de Mantle para terminar el primer inning; Podres ponchó dos hombres en fila para terminar el segundo, dos hombres quedaron en base.Este fue el inicio de 13 outs consecutivos. Cuando Tom Tresh sencilleó en el sexto, Willie Davis decapitó un batazo largo de Mantle hacia el centro. Y cuando Skowron sonó jonrón en el cuarto, una conexión sobre la línea del right field, como muchas que había bateado en el pasado, los Dodgers aumentaron su ventaja a tres carreras.
Mientras tanto, los Yanquis perdieron, al principio indefinidamente, luego definitivamente por el resto de la serie, a Maris su segundo toletero. Con dos outs en el tercer inning, Tommy Davis devolvió un pitcheo de Downing al rincón del jardín derecho. Tratando de atrapar la pelota, Maris chocó contra la pared. Davis llegó hasta tercera con un triple, y Maris salió del terreno con un brazo muy golpeado, para nunca regresar a jugar. Su sustituto, Héctor López, bateó dos dobles y anotó la única carrera de los Yanquis, a los Yanquis se les dificultaba salir adelante con la pérdida de un buen jugador.
Willie Davis fue el segundo bateador de los Dodgers en el octavo inning. El 13 de septiembre, cuando Willie se ponía a tono para jugar ante los Filis de Filadelfia, recibió una llamada telefónica de Kenny Myers, el scout que lo había firmado por $5000 hacía cinco años. "Willie", dijo Myers, "te estás parando muy erguido en el plato. Dóblate un poco para que puedas ver mejor los lanzamientos. Eres muy buen atleta para estar bateando .220". Davis fue al estadio y copió el estilo de Stan Musial. Desde ese día, Davis ha bateado para .344.
Descargó un doble a la derecha ante Ralph Terry y luego llegó al plato con un tremendo triple de su compañero de habitación, Tommy Davis, un imparable que elevó temporalmente el promedio de bateo de Tommy en Series Mundiales a .625. Podres llegó hasta el séptimo episodio, pasó el octavo y logró un out en el noveno. Entonces se cansó, él lo admitió. Walter Alston trajo a Ron Perranowski del bull pen. El mejor relevista del béisbol controló un pequeño alzamiento de los Yanquis y mantuvo el marcador 4-1.
En el club house Tommy Davis estrechó la mano de Willie Davis.
"¿Que dices nené?", le preguntó.
"Le digo adiós a Nueva York. No regresaremos".
Juego 3.
Los Ángeles estaba lista para el tercer juego de esta Serie Mundial, todo el trayecto desde Disneylandia a Pasadena y de regreso al centro en el punto de unión entre las avenidas Principal y Tercera, allí todos los anuncios principales apuntaban hacia un tal Sandi Cofacks. La ciudad de Los Ángeles, sin embargo, no creía que los Dodgers podían ganar el tercer juego de la serie. Esta temporada, Los Ángeles se había convencido de que Don Drysdale, con una marca de 19-17, era sólo un buen pitcher, porque su record no era tan impresionante como fue en 1962 cuando ganó 25 juegos y perdió solo nueve. Necia ciudad.
Una vez este año, cuando Drysdale se vio envuelto en una artillería de críticas de la prensa de Los Ángeles, Walter Alston solicitó una reunión con los periodistas para discutir sobre su mejor pitcher derecho. "Considero que Don Drysdale", dijo Alston, "ha sido un pitcher tan efectivo este año como lo fue el año pasado. Revisen su efectividad y no su récord de ganados y perdidos. En muchos juegos que ha perdido no lo hemos respaldado. Pero su efectividad es más baja ahora que en la temporada pasada (2.66 versus 2.84)".
Cuando Drysdale llegó a Dodger Stadium para el tercer juego estaba abajo en las apuestas 11-10, universalmente, estaba casi destinado a perder. Había pocas personas en Los Ángeles dispuestos a apostar por él. Había perdido muchos juegos cerrados este año, 1-0, 2-1, 3-2, pero perder es perder, y Los Ángeles tiene un sentido definido sobre lo que significa perder. Antes de cruzar la línea del left field para tomarse fotografías y hablar a los reporteros, le hicieron dos preguntas a Drysdale:
Q. Hay muchas personas que presienten que perderás hoy. ¿Como te sientes?
A. Si pierdo hoy, perderé porque no soy lo suficientemente bueno. Me siento bien física y emocionalmente, como me he sentido todo el año.
Q. ¿Sientes que puedes lanzar tan bien como Koufax y Podres lo hicieron en los primeros dos juegos?
A. Mira, Sandy y Johnny lanzaron grandes juegos.¿Quieres que te diga que voy a hacer lo imposible? Lo que ellos hicieron estuvo a un nivel muy alto. Me gustaría alcanzar ese nivel en esta serie. Me gustaría hacerlo, pero ellos han fijado un listón bien alto, y no quiero tratar de alcanzarlo para chocar contra él. Claro, quiero hacerlo mejor que ellos. Ellos querrán hacerlo mejor si tienen que lanzar otra vez. Hoy se trata de mí y los Dodgers contra los Yanquis. Este es mi juego. Tengo que lanzarlo.
En dos horas y cinco minutos, Don Drysdale lanzó el mejor juego de esta serie de gran pitcheo. Los Dodgers le dieron solo una barata, sortaria, idiota, preciosa carrera, y él la defendió. La carrera llegó cuando Jim Bouton, el joven derecho de los Yanquis ganador de 21 juegos, caminó a Jim Gilliam con un out en el primer inning, lo llevó a segunda con un wild pitch y lo vio anotar mediante un sencillo de Tommy Davis.
Davis bateó roletazo a la mano izquierda de Bouton, mientras se doblaba para atraparla, la pelota se deslizó sobre el lado izquierdo de la goma de lanzar, hacia Bobby Richardson en segunda base. Richardson perdió parcialmente la pelota en el fondo de las camisas blancas de la tribuna. En el último segundo intentó moverse hacia la pelota, pero esta se movió hacia su pierna izquierda y se internó en el jardín derecho. "Si el viento estuviese a nuestro favor", dijo Richardson, "la pelota hubiese rebotado hacia el campocorto y se hubiese quedado en el infield, por lo tanto no hubiese entrado la carrera. El viento estaba en contra, y ellos lograron la carrera".
En el segundo inning, Drysdale ponchó a Bouton con las bases llenas para terminar una amenaza de los Yanquis. En el tercero paralizó a Mickey Mantle con un lanzamiento que pudo haber sido una bola de saliva. En el sexto, con la posible carrera del empate en tercera y Mantle de nuevo al bate, Frank Crossetti, el coach de tercera base de los Yanquis, entró en escena. Dijo que Drysdale estaba lanzado con saliva. Crossetti corrió por la línea de tercera base y señaló a Drysdale. El árbitro principal, Larry Napp le dijo a Drysdale que se secara los dedos luego de llevarlos a la boca. Dos lanzamientos más tarde le hizo un lanzamiento a Mantle que se hundió para el tercer strike. Mantle se quedó mirando la pelota. John Roseboro, el catcher de los Dodgers, dijo que fue una recta adentro. Ni siquiera sonrió cuando lo dijo.
En el noveno inning Joe Pepitone terminó el juego con un batazo largo hacia el jardín derecho que parecía jonrón. Ron Fairly, el jardinero derecho de los Dodgers, corrió hacia la cerca y miró la pelota con nerviosismo. "En principio", dijo, "No pensé que llegara tan lejos. Luego vi que subía y seguía avanzando, pensé que saldría del parque. En el último minuto se detuvo, di un par de pasos y la atrapé".
El club house de los Dodgers no estaba muy exultante. Ron Perranowski, el experto relevista, dijo, "Don lanzó un gran juego". Cerca de Perranowski estaba Sandy Koufax, tratando de no robar la atención en Drysdale. "Koo-foo va mañana", dijo Perranowski. "Si viene bien, no tendré necesidad siquiera de calentar en el bull pen. Podría no tener que relevar más este año. Necesito algo de acción. Me voy a ir a casa para lanzar la pelota contra las escaleras”.
Los Yanquis habían perdido los primeros tres juegos, y sus anotaciones habían sido cada vez peores, dos carreras en el primer juego, una carrera en el segundo, 0 carreras en el tercero. Desde junio los directivos de los Yanquis habían catalogado a este como "el equipo más grande de los tiempos modernos". Pero este gran equipo había estado abajo en 26 de los 27 innings. ¿Que estaba pasando?
Juego 4
Temprano en la mañana del cuarto juego de la serie, un hombre se paró en la esquina entre Wilshire Boulevard y Figueroa Street en Los Ángeles.Tenía un vaso de whisky con agua en su mano derecha. Dijo que el clima lucía maravilloso. Usaba una gorra azul de los Dodgers con brillantes orejas de conejo apuntando hacia el cielo. Seguía sintonizando un radio transistor en el bolsillo de su paltó. Cada vez que un carro pasaba por la esquina él levantaba su vaso y ofrecía este consejo: "Relájese con Koufax".
A pesar de una actuación donde Whitey Ford solo permitió dos imparables, resultó que el hombre estaba en lo cierto. Sólo que nadie estuvo completamente relajado hasta el último out. Aún con Whitey Ford de tu lado, la idea de tener a Sandy Koufax en un montículo de lanzar es algo que ningún oponente puede dejar de contemplar. Si a Koufax le dan una carrera de ventaja, él la protegerá. Una vez que está adelante, el oponente no sólo tiene que fajarse con Koufax sino también con la idea de que una carrera comienza a parecer como 19. Lo mejor que se puede hacer es esperar que un error lo meta en problemas y que entonces te las ingenies para batear dos imparables a continuación.
Por tres episodios Koufax estuvo excelente. Sin errores, sin hits. Por supuesto, no tan bueno como estuvo en el primer juego, pero nadie puede lanzar tan bien como lo hizo Sandy Koufax en los primeros cuatro innings del miércoles 2 de octubre de 1963. Sin embargo, en la apertura del cuarto inning del domingo 6 de octubre, Koufax se encontró en medio de un torbellino. Con la pizarra 0-0 y el ataque de los Dodgers atenazado por los pitcheos a la altura de los tobillos de Whitey Ford, Maury Wills, Dick Tracewski y Willie Davis corrieron detrás de un elevado bateado por Bobby Richardson al jardín central corto. Cada uno asumió que el otro ejecutaría la atrapada. Ninguno lo hizo. La pelota aterrizó en la grama, y Richardson llegó hasta la intermedia con el primer imparable de los Yanquis. Koufax salió del temporal por propios medios con un bombo de foul y un rodado, pero a través de la vastedad de Dodger Stadium flotaba un presentimiento de tristeza. Le habían bateado a Koufax, los Dodgers habían fallado. Lo peor de todo era que el ataque de los Dodgers parecía inmovilizado por un revitalizado Whitey Ford.
¿Podía alguién batearle a Ford? ¿Podía alguien darle a Koufax una o dos carreras que necesitaba para ganar? La respuesta llegó en el quinto inning. Ford lanzó una curva lenta, casi con desaprobación, a aquella eminencia Dodger, Frank Howard. Howard la devolvió a 450 pies hasta el segundo piso del jardín izquierdo. Nunca antes había sido bateada una pelota hacia esa zona. Nunca una carrera fue más necesitada que esa.
La ventaja no duró mucho. Mickey Mantle vino a batear en el séptimo inning con un out. Mantle había sufrido en toda la serie. Había bateado dos posibles jonrones en Nueva York en el segundo juego, pero cada uno se quedó corto de la cerca, solo fueron dos outs lejanos. Su único imparable en 13 turnos fue un toque fortuito que llegó hasta los jardines en el tercer juego. Esta vez, sin embargo, ante el primer lanzamiento de Koufax, Mantle descargó cuadrangular. Mientras llegaba al plato la banca entera se levantó para felicitarlo. Por primera vez en 34 innings los Yanquis habían venido de atrás para empatar el juego.
El empate sólo duró dos outs. En el cierre del séptimo Jim Gilliam bateó una pelota que rebotó alto hacia tercera base. Parecía que iba a pasar sobre la cabeza de Clete Boyer cuando el mago de los Yanquis estiró su cuerpo como un payaso que salta de su caja de resortes y la atrapó. Su tiro a Pepitone fue perfecto, pero Pepitone perdió la trayectoria de la pelota en las camisas blancas de la tribuna. La pelota rebotó de la muñeca del primera base, de su antebrazo, su pecho y finalmente rebotó hacia la cerca, a 70 pies de distancia. Cuando Pepitone recuperó la pelota, Gilliam estaba en tercera base y Willie Davis venía a batear.
"Cuando llegué allí, sabía", dijo Davis después, "que daría un batazo. Iba a hacer swing si Ford acercaba la pelota a cualquier lugar del plato". El primer lanzamiento de Ford llegó, y Davis la conectó hacia Mantle entre right y center. A pesar de un buen tiro de Mantle al plato, Gilliam anotó de pie. En su frustración, Elston Howard tomó la pelota y la disparó hacia Boyer, quien estaba parado sobre la tercera base. Boyer miró al árbitro Larry Napp, rogando que Napp dijera que Gilliam había salido hacia el plato antes de la atrapada. Napp separó sus manos en un corto gesto de que todo estaba en orden y sacudió su cabeza.
Los Yanquis embasaron la carrera del empate en el octavo inning y la posible carrera del triunfo en el noveno, pero Koufax los dominó. Sandy Koufax, por segunda vez en cinco días, había vencido a Whitey Ford. Lo hizo con seis imparables, un ala (su izquierda) y una oración, y el error de Joe Pepitone. Whitey Ford había permitido solo dos hits, pero el nombre del juego es carreras. El premio de Koufax y los Dodgers fue el más grande que el beisbol puede ofrecer: un campeonato mundial.
En el club house de los Dodgers todos querían a Koufax, la radio, la televisión, fotografos, la prensa. Tommy Davis se paró con lágrimas en los ojos dentro de su camerino. Este año había liderado la Liga Nacional en bateo con .326 de promedio, y en la serie había bateado .400, el promedio más alto logrado por Dodger alguno. Finalmente Koufax escapó de sus perseguidores y llegó al camerino de Davis. Abrazó a Tommy, y Davis le dijo: "Sandy, eres el pitcher más grande que jamás haya existido".
Walter Alston, el manager, se sentó en su oficina, con paciencia evitó decir algo despectivo de los Yanquis. Le preguntaron que iba a hacer. ¿Iría a la ciudad? ¿Que pensaba de las oportunidades de su equipo el próximo año? "Lo que estoy pensando en este momento", dijo, "es en empacar mi equipaje y regresar a Dartown, Ohio. Voy a manejar lentamente, y cuando llegué allá voy a llevar a mi nieto de 10 años a cazar ardillas. Su nombre es Robin Dean Ogle. Robin por Roberts, Dean por Dizzy. Es un primera base ambidextro. Cuando salgamos a cazar pienso que me sentaré con él en un viejo tronco y veremos caer las hojas".
Los Yanquis habían jugado buen beisbol, solo que el pitcheo de los Dodgers fue mucho para ellos. Los Yanquis fueron buenos pero no lo suficiente. Habían sido las víctimas del mejor pitcheo que nadie hubiese visto en la Serie Mundial por mucho, mucho tiempo.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
martes, 22 de octubre de 2013
Extracto de "Esperanzas entre Leones y Navegantes
3.a Pisa y corre
La tarde se presentaba ardorosa y exigente en aquel pedazo de tierra aplanado en el cual bullía la efervescencia de los cálculos matemáticos con el trabajo pesado realizado por los obreros, la manos callosas y los músculos tensos de mover carretillas, cargar baldes de granza o fajarse a pico y pala. La actividad era incesante; había necesidad de terminar aquel tramo para fines de mes y sólo faltaban quince días.
Todo aquel vaporón sofocaba a cualquiera, pero la terapia de relajación del ministro no le fallaba de manera alguna. Esta vez se puso a recordar la vez que Esteban, su hijo adolescente, fue a una fiesta de sus amigos de bachillerato: ¡Muchacho, ¿y para dónde llevas tú ese radio?!, preguntó sorprendido y escandalizado el hombre del despacho comunicacional a su vástago. No te preocupes papá que tengo una táctica para camuflajearlo.
A la distancia en el tiempo, el funcionario público se sonríe como cualquier padre que rememora las travesuras de sus hijos. Qué muchacho del carajo ése, chico. Yo tan caraquista y él que me viene a salir magallanerísimo. Eso no lo habría hecho yo por escuchar un juego del Caracas. Y éste se las arregla para escuchar un juego entre Caracas y Magallanes en una fiesta de la época más intensa de su vida.
El hecho es que al día siguiente de la fiesta hubo una conversación entre padre e hijo que no dejó de contagiar el susto. Sucedió que regresando de la fiesta, a eso de las 10 de la noche, Esteban había sacado el transistor de entre la ropa y había comenzado a escuchar el juego. Estaba tan ansioso por saber cómo iba el partido, que se adosó el aparato en la oreja, abstrayéndose de manera tal que no se dio cuenta de la embestida que venían fraguando tres malandros que caminaban empujando el cuerpo hacia adelante, contorsionadamente, como si esto les diera ánimo para asustar a los demás, a unos treinta metros detrás de él. A pesar de ir acompañado por un amigo, los sediciosos arremetieron contra ellos de manera sutil al principio: Bueno, chamo, van a tené que bajase de la mula y ya, fueron las palabras pronunciadas por el comandante de los hampones.
Papá, ahí sí fue verdad que me asusté tanto que no sentía las manos. Imagínate que por instinto le di todo el volumen al radio en el justo momento en que Bob Abreu conectó un batazo inmenso que amenazaba con desbalancear el encuentro que hasta ese entonces se hallaba igualado a cuatro anotaciones. Sentí cómo la presión ejercida por el filo de la navaja del malandro se aflojaba un tanto, mientras comenzaba a desviar su atención cada vez más hacia lo que decía el narrador en la radio. "Es un batazo muy largo; Abreu una vez más está metido dentro de la jugada importante del equipo. Allá aparece Melvin Mora corriendo desesperadamente tras la bola...." Allí comenzó a volvernos el alma al cuerpo porque por lo menos esto hizo que los malandros terminaran de soltarnos a mí y a mi amigo para enterarse por el radio, repentinamente en sus manos bastas, cómo iba a terminar aquella jugada. Entonces intercambiamos miradas desesperadas y comprendimos que era en ese instante o nunca. Primero nos movimos unos pasos mientras el narrador había subido su voz al máximo para ilustrar con lujo de detalles la jugada fantasmal que había realizado Mora para convertir el casi seguro extrabase de Abreu en un out espeluznante, como espeluznante fue la carrera que emprendimos mientras los comentarios enfebrecidos sobre lo que ocurría en el campo de juego retenían algo más a los malandros para permitir que tomásemos más de una cuadra de ventaja en nuestra huída. Caramba, Esteban, ¿ y cómo hicieron ustedes para despistar a esos tipos que deben sabérselas todas en ese tipo de persecución?, preguntó el ministro visiblemente conmovido. Bueno, papá, sinceramente la ventaja que nos dio el que ellos se quedaran escuchando cómo terminaba la jugada de Mora y Abreu fue decisiva para nosotros. Porque aunque en un determinado momento sentimos cómo nos faltaba el aire y hasta llegamos a tropezarnos, ellos nunca pudieron alcanzarnos. Quizás el chorro de adrenalina que aquella situación de vida o muerte vertió en nuestro torrente sanguíneo nos llevó a correr más duro que el mismísimo Paavo Nurmi cuando lo ponían a correr con la carabina en brazos en el ejército. ¡Pero yo ni siquiera te sentí llegar anoche!. ¡Lo que pasa es que una vez que los perdimos, quisimos estar bien seguros de que no nos iban a encontrar otra vez y pasamos un buen rato encaramados en una mata de almendrón que está frente a la plaza Bolívar. Desde allí me enteré de que el juego entre Caracas y Magallanes había estado a punto de ir a extrainning a no ser por el empuje de Carlos García, quien se vino hasta la goma desde primera aprovechando un toletazo atravesado de Raúl Chávez que lo hizo tomar aliento hasta el último alveolo de sus pulmones, cruzando de tercera para el home, así como lo tomamos todos los que seguíamos el juego y corrimos mentalmente con García los veintisiete metros que separaban al barco del muelle de la victoria para estallar en un grito de alegría que tuvo su origen en el micrófono que generaba la transmisión radial y que desencadenó un zaperoco tal que hasta nos llevó a olvidarnos de la situación en que estábamos, para bajar a celebrar con los magallaneros que estaban en la plaza y sus alrededores escuchando aquel dramático partido. Eso del triunfo magallanero es la única parte que no me gusta del cuento. Pero la alegría de saber que el mismo juego te salvó de las garras de la muerte me hace olvidar cualquier momento desagradable. Nunca pensé, cuando te vi salir con ese radiecito en la mano, que ésa iba a ser la razón para que te tuviera nuevamente con vida a mi lado, le dijo el Ministro a su hijo mientras lo abrazaba. Vamos a mandar a montar en un cuadro ese radio. Primero hay que encontrar a los malandros. Y no creo que el pobre radio haya sobrevivido a la furia de que nos hubiéramos escapado. A lo mejor, el radio se les cayó mientras corrían detrás de nosotros, o furiosos por la rabia y la impotencia de nuestra fuga es posible que lo hayan bataqueado contra el piso.
Alfonso L. Tusa C.
viernes, 11 de octubre de 2013
Dick Williams: Presencia de un manager
“Su segundo nombre era Oscar. Él firmaba Charlie O. Finley, porque decía que O significaba “el dueño” (owner)”. Dick Williams.
En muchas ocasiones cometemos el error de etiquetar a los seres humanos por algún rasgo de su personalidad que resalta en determinado momento. Dick Williams creó una apariencia de manager duro y despiadado, lo más cercano a un sargento en un campo de béisbol. A medida que pasa el tiempo, mientras se registran páginas de libros y se escuchan otras versiones del personaje, llegamos a entender su verdadera esencia. En una ocasión leí un libro sobre Tony Conigliaro, uno de los peloteros de los Medias Rojas de Boston en la temporada de 1967. Tenía ciertas diferencias con Williams por la forma como dirigía al equipo. Esta situación se complicó más cuando Conigliaro recibió un pelotazo en el ojo izquierdo y resintió que Williams se hubiera abstenido de visitarlo en el hospital. En su autobiografía, Williams escribió que intentó visitar a Conigliaro la misma noche del accidente y regresó la mañana siguiente. En ambas ocasiones le impidieron entrar a la habitación de su pelotero. Se sintió muy triste porque quería llevarle una palabra de aliento.
En su tercera temporada como manager de los Atléticos de Oakland, Williams solicitó al dueño de los Atléticos, Charlie O. Finley, contratar a su antiguo segunda base con los Medias Rojas de Boston, Mike Andrews, quería reforzar su cuadro interior. Así luego del Juego de las Estrellas, Finley contrató a Andrews vía agencia libre. Quizás el momento más difícil en su carrera como manager llegó para Williams el 14 de octubre de 1973. Oakland había derrotado 2-1 a los Mets de Nueva York en el primer juego. Para el segundo juego en el Coliseo de Oakland. Jerry Koosman abrió por los metropolitanos, y Vida Blue por los A’s. Andrews entró a batear de emergente por Ted Kubiak en el cierre del octavo inning, quién había suplantado a Ángel Mangual al campo en la apertura del séptimo inning, éste a su vez había sustituido a Dick Green en el cierre del sexto episodio.
El juego llegó igualado a seis carreras al inning 12. Bud Harrelson abrió con doble ante Rollie Fingers. Tug McGraw tocó la pelota y llegó a primera con infield-hit. Harrelson pasó a la antesala. Wayne Garrett se ponchó. Félix Millán salió en elevado a primera base. Willie Mays sencilleó al centro, Harrelson anotó la de irse arriba. McGraw pasó a segunda. Cleon Jones soltó imparable a la derecha para llenar las bases. Paul Lindblad reemplazó a Fingers. John Milner bateó un roletazo por segunda que le hizo un extraño a Mike Andrews y entraron las carreras de McGraw y Mays. Jones llegó a tercera y Milner a la intermedia. Jerry Grote descargó otro roletazo hacia Andrews, esta vez el inicialista Gene Tenace sacó el pie antes de tiempo, le cargaron otro error a Andrews. Luego en la repetición se comprobó la equivocación del árbitro por cuanto Tenace había mantenido el pie en la base. Jones anotó la cuarta carrera del inning. Milner pasó a tercera y Grote quedó en primera. Don Hahn salió de tercera a primera. Oakland amenazó en el cierre del inning, sólo pudieron anotar un carrera. Mets 10, Atléticos 7.
Luego del juego Williams pasó por el club house y le dio varias palmadas a un apesadumbrado Mike Andrews. “Recuerda que los errores físicos son parte del juego. Eres un ser humano”. Finley pensaba distinto e intentó sustituir a Andrews con Manny Trillo alegando una lesión. Para ello hizo que uno de los médicos del equipo redactara un informe donde diagnosticaba dolencias en la espalda de Andrews. Al principio Andrews se negó a firmar un papel reconociendo que estaba lesionado porque no lo estaba. Luego lo firmó bajo amenaza de Finley. Ese fue uno de los momentos más duros de la carrera de Williams como manager. Hubo de pasar un buen rato acompañando a Andrews quien se sentía muy mal anímicamente. Antes del tercer juego el comisionado Bowie Kuhn anunció que Finley no podía activar a Trillo y que debía reenganchar a Andrews. También antes de ese juego Williams convocó una reunión con sus peloteros donde dejó saber que desaprobaba totalmente los manejos de Finley y que continuaba al frente del equipo sólo por los peloteros, al final de la Serie Mundial renunciaría. Los peloteros usaron un parche con el número 17 en solidaridad con Andrews.
Andrews regresó al equipo para el cuarto juego. En el octavo inning de un juego que perdía 6-1, Williams sacó de emergente a Mike Andrews por el pitcher Horacio Piña. 55000 aficionados de los Mets en Shea Stadium se levantaron para ovacionar a un pelotero del equipo rival.
Aunque Oakland ganó la Serie Mundial la celebración fue muda.
Alfonso L. Tusa C.
Mike Andrews jugó en LVBP con Magallanes en la temporada 1965-66, fue quién anotó la carrera que le dio el triunfo a Graciliano Parra en el décimo inning de un juego inaugural donde Parra mantuvo sin hits ni carreras a los Tiburones de La Guaira por nueve episodios. 32 juegos. 108 turnos oficiales. 12 anotadas. 30 imparables. 1 doble. 1 triple. 9 empujadas. .278 de promedio al bate.
Dick Williams jugó en la Liga Occidental con Cabimas y Rapiños en la temporada 1962-63. 33 juegos. 130 turnos al bate.30 imparables. 1 triple. 2 jonrones. 9 empujadas. .231 promedio al bate.
jueves, 10 de octubre de 2013
Tres…dos…uno… ¡Rombo y esférica!
Las 118 costuras centrifugarán con más vértigo que en los play offs y la Serie Mundial de Grandes Ligas. Ecos de una noche decembrina de 1968 traen la celebración de mis hermanos. La voz ebullente de Delio Amado León sacudía la tela blanca de las cornetas. El radio de tubos dominaba la escena del comedor. “La bola se va, se va, se va…joooooonróoooooon de Clarence Gaston. Magallanes deja en el terreno al Caracas. ¡Que momento tan emotivo señores, se puede sentir el latido cardíaco de los aficionados! Es una emoción que sólo se puede vivir en un juego de béisbol…” Ahora esperamos el vuelo de la esférica ante el inicio de una nueva temporada de béisbol profesional venezolano. Quizás un poco afectada por la ausencia del Winter Agreement que impide hasta el momento, la participación de todos los peloteros en roster de 40 de los 30 equipos de la Gran Carpa.
Aún así, los equipos se las han ingeniado para diseñar sus equipos y mantener la esperanza de garantizar la competitividad del campeonato. Una etapa más en el largo camino de obstáculos que MLB ha venido incrementando en los últimos años con respecto a las ligas del Caribe. Hay quienes piensan que en los próximos días habrá acuerdo y los peloteros inhabilitados podrán jugar. Mientras tanto hay razones para pensar que habrá buen béisbol, a pesar de la ausencia de mucho del talento emergente venezolano. La tendencia en los últimos torneos es que esos peloteros cada vez juegan menos partidos y quienes terminan animando la parte decisiva de las temporadas son los mismos peloteros de ligas independientes, agentes libres, jugadores que se recuperan de lesiones.
Son incontables los episodios de la historia cuando por diferentes razones el pelotero que debió suplantar al titular resultó tan bueno o mejor. Ahí están Wally Pip y Lou Gehrig, Humberto Pipita Leal y Luis Camaleón García. Es muy probable que en estas primeras de cambio de la 2013-14 varios peloteros asuman protagonismos dificiles de apagar, aún cuando lleguen después los peloteros de roster de 40. Ese será otro reto que pondrá más sabor a un evento que tantos momentos intensos ha proporcionado a sus seguidores. De hecho hay equipos que sin sus peloteros de roster de 40, presentan rostros respetables. ¿Quién sabe si Carlos Pérez se adueña de la receptoría caraquista? ¿O si Bob Abreu desbanca a alguno de los jardineros importados? Magallanes presentará una alineación casi completa, quizás se puedan colar Francisco Martínez y Reegie Corona se mantenga en la intermedia ante el impedimento de Rougned Odor y Wilfredo Tovar. En La Guaira Luis Sardiñas y Miguel González podrían convertirse en un agradable dolor de cabeza si están dando la talla cuando autoricen a jugar a Ehire Adrianza y Salvador Pérez.
La LVBP presenta un manto de peculiaridades que quizás permita entender mejor temas de actualidad como la sabermetría, un recurso muy a tener cuenta en la conformación de cualquier equipo de béisbol, sin embargo la verdad absoluta pertenece a muchos conceptos, ideas y lugares equilibrados mediante un sin fin de circunstancias que evolucionan en una dinámica incandescente. De allí que cuando un pelotero debe partir en algún momento de la temporada, por más sabermetría que se aplique, existe un factor determinante, la actitud, la capacidad de adaptación y ajuste en un ambiente nuevo y ante contrincantes que se ajustaran a su vez de acuerdo a las fortalezas de cada quién.
Es un gran reto detallar las costuras de la pelota a 140 km/h, tal vez similar al de apagarle el radio a mis hermanos aquella noche del jonrón de Gaston, tanto que una vez incrustados en la esencia del juego, resulta vertiginoso, como transcurren los días entre octubre y enero.
Alfonso L. Tusa C.
sábado, 5 de octubre de 2013
El campeonato rotatorio de LVBP a 60 años
La temporada 1952-53 además del título de los Leones del Caracas, trajo la desaparición de los Sabios del Vargas. Al empezar los preparativos de la temporada 1953-54 el equipo Venezuela informó que no participaría por dificultades económicas. Ante esta situación los directivos de la liga central conversaron con sus homólogos de la liga zuliana y acordaron efectuar el primer ensayo de integración del béisbol profesional venezolano. Leones del Caracas y Navegantes del Magallanes por la Liga Central. Gavilanes y Pastora por la Liga Zuliana, jugarían un campeonato en las ciudades de Caracas y Maracaibo. 78 juegos por equipo. Las series particulares serían a 26 encuentros.
El profuso número de juegos permitió la implantación de varios records que duraron mucho tiempo y otros se eternizaron.
Dave Pope, jardinero de Gavilanes implantó las siguientes marcas:
95 imparables, estuvo vigente hasta que Victor Davalillo conectó 100 imparables con los Tigres de Aragua en la temporada 1979-80.
22 dobles, vigente hasta que Adrián Jordán largara 23 dobles con Petroleros de Cabimas en la temporada 1993-94.
53 bases por bolas, hasta que Clint Hurdle negoció 59 boletos en la temporada 1977-78
Pope también fue lider bate (.345) y en slugging (567).
Bill Taylor, jardinero de Magallanes impuso las siguientes marcas:
16 jonrones, hasta que Brant Alyea despachara 17 vuelacerca con Cardenales de Lara en la temporada 1968-69.
63 carreras empujadas, hasta que Clarence Gaston remolcara 64 carreras con Magallanes em la temporada 1968-69.
164 bases alcanzadas (57 hits, 20 dobles, 1 triple, 16 jonrones)
El 24 de enero de 1954 en juego efectuado en Barquisimeto ante los Leones del Caracas Taylor se convirtió en el primer bateador de LVBP en conectar 3 jonrones en un juego.
Taylor y Pope implantaron la marca de extrabases (37), hasta que Pete Koegel de los Leones del Caracas en la temporada 1973-74 descargara 39 extrabases.
Cuatro bateadores de Gavilanes batearon al menos 10 cuadrangulares:
Jim Lemon 12
Piper Davis 12
Joe Frazier 11
Dalmiro Finol 10
Wally Moon, jardinero de Pastora impuso record de carreras anotadas (58), hasta que Antonio Armas con los Leones del Caracas, marcara 62 anotaciones en la temporada 1977-78. Moon también se convirtió en el primer jugador de LVBP en batear al menos 10 jonrones y robar 10 bases (11).
Pastora se tituló campeón con marca de 48-30. Buster Mills dirigió a los lacteos. 47 de esas victorias fueron conseguidas por su cuarteto de abridores, nunca ante ni despues en en béisbol profesional venezolano 4 pitchers de un equipo han ganado al menos 10 juegos cada uno.
Thornton Kipper 167 innings, 14 ganados (líder), 5 perdidos, 2.96 efectividad.
Tommy Byrne 119 innings, 12 ganados, 3 perdidos, 3.41 efectividad.
Howie Fox 140 1nnings, 11 ganados, 8 perdidos, 3.34 efectividad.
Ralph Beard 156 innings, 10 ganados, 7 perdidos, 4.09 efectividad.
Emilio Cueche (Gavilanes) implantó marca de más innings lanzados (208) y de más juegos completos (18) Terminó con 13 ganados, 10 perdidos y 3.65 de efectividad.
George Spencer (Magallanes) lanzó en 47 encuentros (record). 10 ganados, 6 perdidos, 2.59 efectividad, 139 innings.
George Spencer lanzó en 42 juegos como relevista (record). De los cuales 17 ocurrieron de manera seguida (record).
Ramón Monzant (Magallanes) implantó marca de juegos iniciados (26). 14 ganados (líder), 6 perdidos, 2.81 de efectividad, 132 ponches (líder)
Foster Coleman, Luis Camaleón García, Bill Taylor y George Wilson. Todos del Magallanes, implantaron la marca de más encuentros jugados en un temporada (79). Esto ocasionado a un juego empatado entre Caracas y Magallanes que debió ser reeditado.
Bill Taylor y Foster Coleman impusieron record de más turnos oficiales en una temporada (308).
En esa muy particular temporada también ocurrió el debut de Luis Aparicio Montiel al recibir de su padre el guante en un juego entre Gavilanes y Pastora efectuado el 18 de noviembre de 1953.
Luego de esta especial experiencia lo, Pastora y Gavilanes regresaron para formar la Liga Occidental que se mantuvo hasta comienzos de los años sesenta. Caracas y Magallanes volvieron a la Liga Central hasta que en la zafra 1965-66 ocurrió la primera expansión hacia Aragua y Lara. Entonces empezó a fraguar un ensayo más formal de integración del beisbol profesional venezolano que terminó de cristalizar cuando en la temporada 1969-70 un grupo de Maracaibo compró la franquicia de Llaneros de Acarigua.
Alfonso L. Tusa C.
miércoles, 2 de octubre de 2013
La faceta olvidada de Rod Carew
En Cooperstown reza una placa que el señor Rod Carew merece un nicho en ese templo entre otras razones por haber alcanzado el liderato de bateo en la Liga Americana en 7 ocasiones, solo superado por Ty Cobb (11), Tony Gwynn (8) y Honus Wagner (8) y a su vez igualado por Roger Hornsby y Stan Musial. También bateó sobre .300 durante 15 temporadas seguidas (1969-1983). Fue elegido al Juego de Estrellas por 18 años seguidos. Quizás por esta habilidad sus colegas lo apodaban "Sir Rodney" mucho antes de alcanzar estos pergaminos.
Nació el 1 de octubre de 1945, en el vagón de un tren mientras su madre se trasladaba desde Gatún hacia el hospital de Colón. Rompió fuente durante el viaje y la asistió el médico Rodney Cline, he allí la razón de los nombres del futuro beisbolista. Durante su niñez atravesó momentos dificiles cuando su padre le recriminaba por ser "delicado y afeminado". Sin embargo supo salir adelante y conectó con su mejor capacidad de ajuste ese cambio de velocidad.
A los 16 años emigró a Nueva York, allí fue firmado por el el scout de los Mellizos de Minnesota, Herb Stein, recibió un bono de $5000, si hacía el grado con el equipo grande recibiría $7500 adicionales. Luego de fajarse por seis años en las ligas menores subió a la Gran Carpa en 1967. Su primer imparable lo consiguió ante el dificil Dave McNally. Gaylord Perry se quejaba de como Carew bateaba a placer su pelota grasosa, "Es el único pelotero que le pega con consistencia a mi pelota grasa. La ve con tanta claridad que imagino que le puede ver el lado seco".Lo único que lo pudo detener fue un ligamento desgarrado en su rodilla izquierda. Aún así terminó bateando .366 en 191 turnos.
El pitcher Ken Holtzman decía que bateaba con tal facilidad sus mejores envíos que parecía empuñar una varita mágica en vez de un bate.
Carew experimentó su mejor temporada en 1977 cuando coqueteó con los .400 de promedio al bate y terminó con .388, el promedio más alto desde que Ted Williams registrara igual marca en 1950. Sus 239 imparables fueron el registro más alto desde los 254 de Ralph Terry en 1930. Luego George Brett batearía para .390 en 1980 y Tony Gwynn .394 en 1994.
En Venezuela jugó con los Tigres de Aragua en la temporada 1971-72. Como manager-jugador le tocó manejar aquel momento cuando 5 peloteros importados dejaron el equipo por exigir màs dinero. Esa temporada, para variar, fue campeón de bateo, .355 (72 hits en 203 turnos). Y fue campeón de LVBP con los Tigres.
Lo que los aficionados normales al juego quizás poco recuerdan es una estadística que tiene su origen en una enseñanza que un manager facilitó a Carew. 17 robos de home en su carrera significa el premio Pulitzer, el premio Nobel, la medalla del Congreso y la triple corona, todo en uno."Empecé en 1969, Billy Martin dirigìa a los Mellizos. Se nos hacía dificil anotar carreras. Billy me dijo que no tuviera miedo de hacer el intento".
Carew empezó a estudiar a los pitchers. "Miraba la forma como sostenían la pelota en el guante, la forma como la agarraban con la mano y como hacían el wind up. Trataba de calcular cuantos pasos podía adelantar desde tercera base. Si eran bastantes, los sorprendía y arrancaba hacia el plato". En 1967 Carew robó el home en 7 oportunidades. Desde ese momento fue vigilado como cualquier jefe mafioso.
"No hay nada más humillante que perder un juego por un robo de home", dice Nolan Ryan, pitcher de los Angelinos de California en los años setenta. "Me ocurrió una vez ante Kansas City. Tenía al bateador en 2 y 2 y Amos Otis arrancó desde tercera base. El lanzamiento fue bola y él se deslizó quieto. Me sentí insignificante".
"Cuando veo a Carew en tercera base", dice Ryan, "me concentro más en lo que él hace y el tercera base está pendiente de él. Al hacer eso, dejo de hacer el wind up y dejamos un hueco grande en tercera para el bateador".
En una ocasión le preguntaron a Carew, "¿El bateador sabe cuando vas a salir hacia el plato?"
"Doy la seña. Pero los bateadores no siempre la toman", respondió Carew. "Harmon Killebrew la perdió una vez e hizo swing mientras yo salía hacia la goma. Sentí un miedo terrible. Pensé que me iba a matar".
Una situación similar asustó a Maury Wills cuando Frank Howard soltó un linietazo que pasó a centímetros de Wills. Wills temblaba cuando relató que la pelota rozando su cráneo parecía una torta de casabe y el bate de Howard tomó las dimensiones de la torre Eiffel. Quizás por eso se olvidó de los robos de home.
Carew confesó que nunca sintió miedo de fallar, su alta efectividad en robos de home así lo certifica. "Cuando empiece a sentir que no lo puedo hacer, dejaré de intentarlo".
Alfonso L. Tusa C.
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