jueves, 21 de abril de 2016
Milt Pappas, astuto jugador estrella cambiado por inquilino del Salón de la Fama, fallece a los 76 años.
Bruce Weber. The New York Times. 19-04-2016.
Milt Pappas, un astute pitcher derecho quien ganó más de 200 juegos en las Grandes Ligas pero legado más memorable, aunque desafortunado, es que fue cambiado por el futuro inquilino del Salón de la Fama, el jardinero Frank Robinson en el que ha sido considerado uno de los cambios más desbalanceados de la historia del beisbol, falleció este martes 19 de abril en su hogar de Beecher, Ill.
Su muerte fue confirmada por su esposa, Judi, quien dijo que no estaba segura de la causa.
Pappas apareció en su primer juego de Grandes Ligas con los Orioles de Baltimore en 1957, cuando tenía 18 años. La temporada siguiente ganó 10 juegos para un equipo que ocupó la sexta posición, se convirtió en el primer miembro de una joven rotación conocida como los pichones (Baby Birds); para 1961 estaba conformada por Chuck Estrada, Steve Barber y Jack Fisher, ninguno llegaba a 24 años.
Era un pitcher de control sin una recta poderosa, a lo largo de su carrera Pappas ponchó menos de cinco bateadores por cada nueve innings, pero también concedió solo 2.4 boletos y permitió menos de un jonrón. Para finales de 1965, con solo 26 años, él había ganado 110 juegos y había ido dos veces al Juego de Estrellas.
Entonces fue cuando los Orioles, quienes eran ricos en pitcheo pero de pobre bateo, lo cambiaron (junto a dos peloteros de menores consecuencias) a los Rojos de Cincinnati por Robinson, quien había cumplido 30 años y estaba a cuatro años de su premio al jugador más valioso en la temporada de 1961. En vista de todo eso, el cambio parecía razonable para ambas partes, quizás hasta favorecía a los Rojos.
Las cosas no se dieron de esa manera. Pappas tuvo una buena carrera, al ganar 99 juegos más (quedó a un juego de estar entre un puñado de pitchers en ganar 100 juegos en cada liga) con los Rojos, los Bravos de Atlante y los Cachorros de Chicago.
Robinson, sin embargo, de inmediato lideró la Liga Americana con promedio de bateo de .316, 49 jonrones y 122 carreras empujadas, ganó la triple corona y el premio al jugador más valioso y llevó al equipo a su primera Serie Mundial desde 1944, cuando la franquicia aún estaba en San Luis, y a una barrida de los Dodgers de Los Angeles.
Robinson fue al Juego de Estrellas en cuatro de las próximas cinco temporadas, y en seis como Oriol promedió casi 30 jonrones por temporada y más de 90 carreras empujadas. Sus Orioles jugaron tres Series Mundiales más, perdieron ante los llamados Milagrosos Mets de 1969 y ante Pittsburgh en 1971. Vencieron a Cincinnati en 1970, pero para entonces Pappas, quien nunca pitcheó en una Serie Mundial, ya se había marchado de ese equipo.
Había sido cambiado a Atlanta en junio de 1968, poco después del asesinato de Robert F. Kennedy. Varios equipos declinaron jugar el 8 de junio, el día del entierro, pero los peloteros de los Rojos votaron por jugar, se reportó que por margen estrecho y solo después que fueron presionados por la gerencia. Molesto, Pappas renunció como representante de los peloteros del equipo, y fue cambiado tres días después.
Los Bravos, a mediados de 1970, vendieron su contrato a Chicago, donde, además de ganar 51 juegos en menos de cuatro temporadas (incluyendo 17 en 1971 y 1972), él tuvo un momento notable más. El 2 de septiembre de 1972, él tenía un juego perfecto en curos contra los Padres de San Diego con dos outs en el noveno inning cuando concedió boleto a Larry Stahl en conteo de 3-2. El lanzamiento pareció estar afuera, pero Pappas responsabilizó al árbitro, Bruce Froemming, y aunque completó su no-hitter, estuvo molesto con esa sentencia por el resto de su vida. Él alegaba que al no estar nada en juego excepto la historia del beisbol, Froemming debió haberle concedido el último pitcheo y estirar la zona de strike.
“Hasta este día todavía no entiendo que pasaba por la mente de Bruce Froemming en ese momento”, le dijo Pappas a ESPN en 2007. “¿Por qué no levantó su mano derecha como hizo el árbitro en el juego perfecto de Don Larsen?” Él agregó: “Era un juego como local en Wrigley Field. Yo lanzaba para los Cachorros de Chicago. El marcador estaba 8-0 a favor de los Cachorros. ¿Qué tenía que perder él al no cantar el último pitcheo como strike para completar un juego perfecto?”
Milton Steven Pappastediodis nació en Detroit el 11 de mayo de 1939. (La mayoría de las fuentes dicen que su segundo nombre era Stephen, pero Judi Pappas sijo que se deletreaba con una v). Sus padres era inmigrantes griegos quienes recortaron su apellido; su padre era dueño de una farmacia y una fuente de soda.
Él se graduó en Cooley High School en Detroit antes de firmar como agente libre amateur con los Orioles. Apareció en solo tres juegos de ligas menores. Su marca vitalicia fue 209-164, con 3.40 de efectividad.
La primera esposa de Pappas, Carole, fue objeto de algún misterio cuando la familia Pappas vivía en Wheaton, Ill., un suburbio de Chicago. El 11 de septiembre de 1982, ella desapareció un sábado mientras hacía diligencias. Hubo alguna sospecha de juego ilegal, pero cinco años después, en agosto de 1987, su cuerpo fue descubierto dentro de su carro en el fondo de un estanque de retención a cuadras de su hogar.
Además de su esposa, la antígua Judi Bloome, con quién se casó en 1987, los sobrevivientes de Pappas incluyen a su hija, Alexandria Arlis; un hijo de su primer matrimonio, Steven; y cinco nietas. Una hija de su primer matrimonio, Michelle, falleció en 2015.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
miércoles, 20 de abril de 2016
69 años después, Filadelfia se disculpa con Jackie Robinson.
Marc Tracy. The New York Times. 14-04-2016.
El pasado verano, los Monarchs de Anderson, el equipo de beisbol de Filadelfia que se hizo famoso un año antes cuando llegó a la Serie Mundial de Pequeñas Ligas amparado por el brazo poderoso de Mo’ne Davis, se adentraron en el sur. Jugaron beisbol, y también visitaron lugares significativos del movimiento de los derechos civiles como homenaje a la herencia del equipo, después de todo, tomaron su nombre, por los Monarchs de Kansas City, el equipo de las ligas negras para el cual una vez jugara Jackie Robinson.
“Me paré donde se pararon Martin Luther King y John Lewis”, escribió el jardinero Myles Eaddy en un blog del equipo después de una visita a Selma, Ala., y agregó, “Es muy agradable saber que tan lejos hemos llegado”.
Casi un año después, el viaje del equipo ha ayudado a inspirar una disculpa ofrecida por Filadelfia a Robinson, quién rompió la barrera racial de Major League Baseball cuando debutó con los Dodgers de Brooklyn al comienzo de la temporada de 1947.
La disculpa llega cuando Major League Baseball celebra este viernes, el aniversario 69 del primer juego de Robinson con los Dodgers con su Jackie Robinson Day, el cual empezó en 2004. Cada jugador de Grandes Ligas usa el 42 de Robinson, un acontecimiento anual del beisbol. Lo que es diferente este año es la disculpa de la ciudad de Filadelfia por la manera como los Filis trataron a Robinson cuando empezó su carrera.
“Obviamente, todos saben de Jackie Robinson cuando son niños colegiales”, dijo Helen Gym, la miembro del concejo quien introdujo la resolución para disculparse con Robinson, la cual fue aprobada por unanimidad.
Pero Gym agregó que la gira de los Monarchs al sur y la película de 2013 sobre la vida de Robinson, titulada “42”, incentivó su interés y el del Concejo de la Ciudad para recordar a Robinson y reconocer la contribución de los Filis a la hostilidad que él encontró inicialmente.
Aunque la resolución se refiere al racismo que Robinson encontró como pelotero visitante en Filadelfia, en general se reconoció que la peor conducta que los Filis mostraron contra él ocurrió al principio de esa temporada, en Ebbets Field en Brooklyn, durante uno de los primeros juegos de los Dodgers.
Fue entonces que los Filis, liderados por su manager, Ben Chapman, gritaron reiterados epítetos raciales a Robinson cuando llegaba al plato, un enfrentamiento que fue retratado vívidamente en “42”.
La resolución del Concejo de la ciudad declara que a Robinson le dijeron “regrésate a los algodonales”. De acuerdo a Jonathan Eig, cuyo libro de 2008 “Opening Day” hizo una crónica de la temporada de novato de Robinson, Chapman y varios Filis también hicieron comentarios acerca de las características físicas de Robinson.
Robinson dijo después que eso fue lo más cerca que estuvo de estallar y tomar retaliación.
“Por un minuto de rabia, pensé, ‘Al infierno con el noble experimento de Mr. Rickey’”, recordó una vez Robinson, refiriéndose a Branch Rickey, el ejecutivo de los Dodgers quién escogió a Robinson como el pelotero que el sentía capaz de integrar el juego al tener la disciplina para no responder a los insultos y provocaciones que enfrentaría.
En aquellos juegos iniciales contra los Filis, Robinson contuvo su rabia.
“Él sabía que esto no era solo simbolismo”, dijo Eig. “Él sabía que si podía integrar a Major League Baseball, eso afectaría las vidas de muchas personas. Y él sabía que si titubeaba, podía perder la oportunidad”.
Por su parte, Chapman insistiría años después que los insultos fueron motivados menos por racismo que por el deseo de ganar ventaja competitiva sobre un novato presumiblemente frágil. Le dijo al periodista Allen Barra que él también había usado epítetos contra Joe DiMaggio, quien era descendiente de italianos, y Hank Greenberg, quien era judío.
”Puedo imaginar la posibilidad de que ambas cosas sean verdad”, Dijo Eig de Chapman, “que él era profundamente racista y que pensaba que al atacar al tipo negro con este lenguaje racista podía provocarlo, hacerle perder la compostura, sacar lo más primitivo del pelotero, hacer que lo expulsaran por la mitad de la temporada, hacerlo renunciar”.
De cualquier modo el insulto inicial de Robinson por Chapman y sus peloteros creó una respuesta. En el segundo juego de esa serie, de acuerdo a “Opening Day”, Eddy Stanky de los Dodgers, un jugador del cuadro y nativo de Filadelfia, confrontó a los Filis, les gritó y los llamó cobardes por abusar verbalmente de alguien quien no podía responderles.
Los comentaristas intervinieron, y mostraron respaldo por Robinson. “Fue la primera vez que tantas personas blancas y reporteros blancos en particular notaron el abuso del cual era objeto Robinson”, dijo Eig y agregó, “Entrevisté a un aficionado quien asistió a uno de esos juegos cuando era adolescente, él oyó las barbaridades, y estaba impactado”.
Chapman había recibido presiones desde dentro del beisbol para el momento cuando los Dodgers hicieron su primera visita a Filadelfia esa temporada, del 9 al 11 de mayo, a Robinson no le permitían compartir el mismo hotel con sus compañeros. Él pidió tomarse una fotografía con Robinson, una petición, dijo Eig, a la que Robinson accedió con los dientes apretados. Los dos hombres posaron rígidos, sosteniendo el mismo bate.
Todos estos años después, la resolución del Concejo de la Ciudad parece un genuino gesto de enmienda. “Estoy seguro que Robinson estaría de acuerdo en que una disculpa es válida”, dijo Eig.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
jueves, 14 de abril de 2016
Un pueblo alimentado por el legado de Mickey Mantle, mas no aún por la prosperidad.
Michael Shenker. The New York Times. 10-04-2016.
Commerce, Okla.—El nombre de Mickey Mantle vale millones, pero no se encontrará ese dinero en el pueblo donde Mantle aprendió a batear a ambas manos golpeando pelotas de tennis usando el lateral de un almacen de metal como malla trasera.
Commerce tiene más que una buena cantidad de portales deprimidos, pintura descascarada y terrenos llenos de monte. La vía principal es tranquila, con solo el Western-themed Hitch N’ Post Antique, el mercado de las pulgas y otros pocos negocios tratando de tener actividad. En un día reciente de semana por la tarde, se sentía como si todos se hubiesen ido a otra parte.
Aún, hay cierto orgullo Yankee, aquí en el país de los Reales de Kansas City, cerca del límite de Kansas. En el medio del pueblo, la torre de agua de Commerce está pintada con líneas verticales y un número 7. Una estatua de Mantle, el “Commerce Comet” (“Cometa de Commerce”), saluda a los visitantes en Mickey Mantle Boulevard en un extremo del pueblo, detrás de la pared del jardín central de la escuela secundaria que lleva su nombre.
Todo el que viene aquí para reconectarse con su ídolo de la niñez busca el hogar de Mantle, la casa blanca cuadrada de cuatro habitaciones con un patio grande y un almacen de metal oxidado y corrugado, donde dice la historia, que el padre y el abuelo de Mantle le lanzaban al muchacho mientras este bateaba a la zurda y luego a la derecha, por horas cada tarde hasta que el sol se ocultaba. El techo del almacen está parcialmente levantado, pero la leyenda está intacta. Este es el lugar donde creció el bateador ambidextro más grande del beisbol.
Acercarse así a Mantle, quién recorrió su ruta hacia el estrellato en la época de Marilyn y Elvis, es suficiente para hacer llorar a un hombre adulto. “Los hemos visto romper en llanto hablando de Mickey Mantle y que él era su héroe y todo eso”, dijo Tisha Nading, una cajera en la tienda Tammi’s L & M. “Es importante saber que alguien de aquí significó tanto para alguien cuando crecía”.
Ahora que regresó la primavera, los peregrinos empezaran a venir en grandes cantidades otra vez. Nadie sabe cuantos vienen cada año, aunque Michael Hart, el alcalde de Commerce, se aventuró a decir que “son miles; se lo puedo asegurar”.
Nadie sabe por cuanto tiempo se quedan los visitantes, o, cuanto gastan, pero mayormente no es mucho. Commerce no tiene hotel. Los visitantes pueden conseguir almuerzo, y podrían llevarse algunas antigüedades, o llegarse hasta Dairy King por una barquilla, pero eso es todo. Nadie ofrece a la venta la barajita de novato de Mantle por 225.000 $, o maneja alrededor como si hubiese comprado una.
“Vemos personas que dicen todo el tiempo, ‘Hey, ¿Hay algun lugar donde podamos comprar una franela de Mickey Mantle, o un llavero, o un imán?’__ solo algún tipo de recuerdo que se puedan llevar, y luego puedan decir, ‘Estuve en Commerce, Okla., y compré una postal, y compré esto’”, dijo Hart, 33, quien creció al lado del hogar de Mantle. “Y siempre tenemos que decir, lo siento, no tengo nada eso’”.
Pero casi 70 años después que Mantle saliera de esta esquina de Oklahoma, donde su padre mantenía la familia con su trabajo en las minas de plomo y cinc, las personas aun buscan una manera de levantar al pueblo en los amplios hombros de Mantle, o por lo menos hacer algo más por rendirle tributo. Ellos tuvieron grandes planes una vez, sueños más grandes que un armario de recuerdos, y tal vez muy grandes para Commerce.
En los años posteriores a la muerte de Mantle en 1995 a la edad de 63 años, algunos de sus compañeros de la escuela secundaria y otras personas vinieron con un plan de un museo multimillonario. Crearon el fondo financiero Mickey Mantle Memorial, compraron 17.5 acres de tierra al otro lado de Mickey Mantle Boulevard y contrataron un arquitecto para que hiciera un diseño. El resultado: los planos detallados del complejo para un museo con cuatro diamantes de beisbol y un edificio con exhibiciones interactivas, a un costo total aproximado de 10 millones de dólares.
Las personas involucradas en el proyecto dan visiones diferentes de porque este fracasó. Algunos dicen que no había suficiente dinero recaudado para empezar el museo, y ellos aún se preguntan si habrían venido suficientes visitantes para sustentarlo.
Para el tiempo cuando Hart se convirtió en alcalde en 2008 y se unió al comité del fondo financiero, dijo, que el plan del museo ya había colapsado y los abogados de la familia Mantle le pidieron que removiera el nombre de Mantle del fondo.
El legado de Mantle en Commerce ahora está en manos de las personas que crecieron después que él se retiró en 1969. Brian Waybright, 51, quien enseña estudios sociales en la escuela secundaria local, supo desde joven que Mantle era importante para Commerce, oía a sus padres hablar, él conocía a los homónimos del pueblo, pero sorpresivamente, no había notado cuan importante era Mantle en muchas otras partes.
“Mi vecino del lado, su nombre era Mickey, mi amigo, su nombre era Mickey”, dijo Waybright. “Había un gran orgullo por Mickey Mantle, pero todo era a nivel personal”.
Entonces en 2000, Waybright ayudó a crear el Mickey Mantle Classic, un torneo local de beisbol que él continúa haciendo cada año, y aprendió lo que el nombre podía hacer.
Aún se maravilla con su primera llamada telefónica al Salón de la Fama del Beisbol de Cooperstown, NY para discutir sus planes.
“Lo que de verdad me hizo voltear la cabeza es que podías llamar al Salón de la Fama del Beisbol y mencionar al nombre de Mickey Mantle, y ellos te devuelven la llamada”, dijo él. “Eso es de verdad impresionante”.
El torneo, que empezó el 4 de abril este año, es la única vez en el calendario cuando se puede encontrar a la venta en Commerce una franela con el nombre de Mantle impreso. Waybright trae una estrella de beisbol cada año para firmar autógrafos y dar un discurso en el banquete de cierre. El antiguo pitcher de los Yanquis, Ron Guidry estuvo ahí el sábado. David y Danny Mantle, los dos hijos sobrevivientes de Mantle, donaron una litografía autografiada para ser subastada esa noche, para ayudar a que el torneo cubriera sus gastos. Waybright fue el ofertante ganador: 575$.
Si hay un legado no deseado que persiste desde los años de Mantle, es la falta de prosperidad. Commerce, que está en la esquina noreste de Oklahoma, está clasificado entre los pueblos más pobres del estado. Las minas de plomo y cinc de Picher, unas cinco millas al norte, donde el padre de Mantle, Elvin Charles, conocido como Mutt, trabajó, cerraron hace mucho tiempo.
Las compañías mineras dejaron atrás un desastre: aguas y suelos contaminados, pilas de desechos de minería que aumentaron el nivel de plomo en los niños que vivían en las cercanías. Varios pueblos fueron evacuados por orden gubernamental, dejando atrás pueblos fantasmas donde las casas eran arrancadas desde sus cimientos luego que las comunidades fueron desalojadas.
Se puede conseguir algo de empleo en las escuelas de Commerce, en el area de casinos y en las ventas al detal del cercano Miami, Okla. Pero no hay mucho dinero que ganar. El presupuesto típico anual de una familia está alrededor de 26.000 $ al año.
Waybright, quien dirige el fondo financiero, lo renombró como Commerce Sport Authority, dijo que el pueblo ahora tiene ambiciones más modestas. Hay planes de vender el terreno comprado hace doce años para el museo y usar el dinero para acondicionar los alrededores de una estatua de bronce de Mantle. El lugar sería llamado Mickey Mantle Monument Park.
El progreso es lento. Waybright al menos quiere poner un aviso en la estatua para informarle a los visitantes comprar ladrillos (107$ la pieza) y baldosas (277 $) para grabarlos con mensajes personales e instalarlos a lo largo de un camino pavimentado que conduce a la estatua.
“Para ser honesto, todo esto ha sido un gran impulso, y hemos logrado mucho, pero cuando haces cosas con voluntarios que trabajan durante el día y otras cosas, se hace difícil”, dijo él.
En el Dairy King, el cual funciona en una antigua estación de gasolina old Marathon remodelada, Treva Duboise dijo que ella no pensaba que Mickey Mantle la ayudaría a pagar las cuentas. Eso no significa que ella y su hijo, Charles, no reciban a los peregrinos del beisbol. Él obsequia a los clientes con imágenes fotocopiadas de Mantle en sus días de pelotero activo. Y si ellos se quedan para comer un helado o hamburguesa, Charles, 49, les regalará cada cuento que ha oído de Mantle.
Pero Treva Duboise es rápida para abrir su libro de visitantes y mostrar de donde vienen la mayoría de sus clientes de fuera del pueblo, y no es de países beisboleros: Italia, Nueva Zelanda, Irlanda, Dinamarca, Noruega y otros lugares lejanos. Ellos vienen por un diferente tipo de nostalgia: la histórica Route 66, la cual pasa por Commerce en su camino desde Chicago hasta Los Angeles.
Entre su clientela, Treva Duboise dice, que hay más interés en un capítulo oscuro de la historia de Commerce, cuando una sediciosa pareja llegó al pueblo en carro y mató a un policía un año antes que los Mantle llegaran.
“Más gente viene aquí queriendo saber de Bonnie and Clyde”, dijo ella. “Ellos son héroes folklóricos en todo el mundo”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
lunes, 11 de abril de 2016
Ellos estuvieron ahí: Jim Landis.
Jim Landis fue firmado por los Medias Blancas de Chicago como agente libre amateur en 1952 y jugó por ocho años antes de ser cambiado en 1965 a los Atléticos de Kansas City. Entonces se movió hacia los Indios de Cleveland, Astros de Houston, Tigres de Detroit y finalmente Medias Rojas de Boston. Fue integrante del equipo de la Liga Americana en el Juego de Estrellas de 1962, ganó cinco veces el guante de oro (todos consecutivos en el lapso 1960-64) y jugó en la Serie Mundial de 1959. Landis jugó su encuentro final en las Grandes Ligas con los Astros el 28 de junio de 1967. Ahora vive en Napa, California, con su esposa Sandy (Foster)
Como le fue contado a Ed Attanasio, This Great Game.
Sobre su primer juego en las Grandes Ligas en 1957: “Yo era un conejo asustado. La mitad del tiempo no me percataba de que estaba en el campo. Así de nervioso estaba. Todo lo que recuerdo fue enfrentar a Herb Score, quien lanzaba a 100 millas por hora. Mi primera impresión fue más me vale ganarme el almuerzo en otra cosa si voy a enfrentar tipos como este todo el tiempo. Me dije que mejor buscaba otro trabajo. Estaba tan nervioso que era increíble. Eso fue un problema por un tiempo. Eso fue todo un tema para mi, porque estar en las Grandes Ligas era como un sueño, pero no me podía despertar. Me enviaron a Indianapolis, porque estaba jugando muy mal ese primer año.
Sobre su relación con el manager Al López: “Pongámoslo de esta manera, todo tiene dos lados. Él era uno de los mejores managers para entender como manejar a las personas. Era como mi psiquiatra. Sabía cuando palmear a los peloteros en la espalda, y cuando patearles el trasero. Esos eran uno de sus principales atributos, creo. Él sabía como manejar a cada pelotero muy bien. Por otro lado, no siempre era un gran juez de talento, en mi opinión. Si a él no le gustaba cierto tipo de pelotero, lo sentaba y lo dejaba ahí”.
Sobre los tres compañeros de los Medias Blancas, inquilinos del Salón de la Fama: “Luis Aparicio, Nellie Fox y Early Wynn eran sorprendentes. Aparicio era nuestro líder, Nellie era uno de los mejores jugadores que haya visto y estaba feliz de que Wynn estuviera en mi equipo, porque casi siempre era literalmente imbateable”.
Sobre los pitchers más dificiles que enfrentó: “Guao, había tantos grandes pitchers en las Grandes Ligas en ese entonces, diferente de lo que es hoy. Podíamos jugar contra el equipo sotanero y enfrentábamos a tres buenos pitchers de ese equipo. Solo había 16 equipos, así que era más compacto. Ante los grandes como Whitey Ford, yo tenía que batallar cada vez que lo enfrentaba. Él nunca se rendía y era un pitcher muy bueno. Otros que recuerdo son tipos que no recordarás, quienes eran abridores decentes para equipos más o menos, como Dick Donovan (Cleveland), Hank Aguirre (Detroit), Bill Monbouquette (Boston) y Camilo Pascual (Minnesota).”
Sobre el uso de drogas de alto rendimiento: “Un día en el estadio yo estaba cansado y un par de tipos que me dieron algo de velocidad. Ellos las llamaban verde o azules…Pero, eso no hizo nada excepto que esa noche no pude dormir. Yacía allí dando vueltas y esperando que el sol se proyectara en la pared. Y entonces tenía un juego el día siguiente. Estaba abatido esa tarde y me dije que nunca más tomaría esas píldoras”.
Landis versus la pared del Comiskey Park: “Nunca le tuve miedo a la pared y pienso que en cierto modo la pared era un estímulo. Recuerdo correr hacia esa pared en Chicago y era de puro concreto. Eso te hacía reflexionar, lo sabes. Recuerdo una vez que choqué muy duro contra la pared. Estuve mareado por el resto del juego. Casi me caía y no sé como me mantuve en el juego. No regresé a jugar hasta la próxima noche. Creo que si le hubiera tenido miedo a esa pared, no habría sido capaz de hacer las jugadas que hice”.
Sobre ser golpeado en la cara en la Serie Mundial de 1959: “(Johnny) Podres de los Dodgers me golpeó bien duro y años después vi a Podres en un evento y me dijo que él me estaba lanzando a pegar ese día. “Tengo que admitirlo”, me dijo Podres. “Estábamos tratando de intimidarlos un poco y me pidieron que te recostara la pelota”. Bien, él me la recostó mucho más cerca. Los pitchers te lanzan muy pegado y eso es parte del juego. La mayoría de las veces me golpeaban en las piernas o la espalda. Nunca fui lesionado por un pelotazo en la cara. Fui muy afortunado en ese sentido”.
Sobre ganar cinco guantes de oro seguidos: “Estoy muy orgulloso de ese logro. Yo siempre reaccionaba rápido ante la pelota y eso hizo mi vida más fácil en el jardín central. Anticipaba bien y estudiaba a los bateadores, trataba de imaginar hacia donde podrían batear la pelota. Eso ayudaba mucho. Aprendes mientras juegas más y te sientes mejor. Estaba muy orgulloso de jugar versus Mickey Mantle, pero él perdió varios pasos en el campo cuando se lesionó la rodilla. Cuando él estaba sano, era el mejor jardinero central defensivo que vi. Él era mi ídolo. No sé como hacia Mick para jugar en ese inmenso jardín central de Yankee Stadium. Los monumentos nunca me molestaron tanto, pero era un jardín muy grande. El callejón entre el jardín central y el izquierdo tenía más de 400 pies y tenía ese drenaje donde el suelo tenía un declive para escurrir el agua. Perdí el balance dos veces en la zona de ese drenaje en un juego. Era peligroso, ahí fue donde Mickey se lesionó la rodilla”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
viernes, 8 de abril de 2016
Mi papa y los Yanquis.
Stacey Gotsulias. 19 de enero de 2016. The Hard Ball Times.
La noche del jueves 25 de septiembre de 2014, me dirigí a la estación de la calle 86th en Lexington Avenue en Manhattan, lo cual para ese día, se había convertido en rutina para mi. Mi hogar por las dos semanas previas había sido un hermoso apartamento, en un bien mantenido edificio de la calle 89th. Había pasado ese tiempo cuidando los gatos de unos amigos quienes viajaban fuera del país. Aquella era mi última noche con los felinos antes de ser relevada de mis deberes el próximo día.
Mi viaje, considerado breve por la mayoría de los manhattanienses, era solo de dos paradas del metro y una caminata de cuatro cuadras de la avenida. Mi destino era la habitación 8-537 de la unidad de quemaduras del Weill-Cornell Medical Center. Esa había sido mi rutina desde finales de agosto cuando mi padre fue ingresado al hospital luego de desarrollar el síndrome Stevens-Johnson, un raro y a veces fatal desorden de la piel que causa una erupción que se extiende y supura. Eso afecta la piel y las membranas mucosas, así que el interior de la boca, garganta y naríz también puede llenarse de ampollas. Es extremadamente doloroso y debido a que el caso de mi padre era muy severo, hubo que entubarlo y le practicaron una traqueotomía para que pudiese respirar.
Para mediados de septiembre, mi padre se había recuperado completamente del SJS. De hecho, había desarrollado una piel nueva. Cada lugar afectado por las quemaduras estaba curado y él lucía en su mejor forma en mucho tiempo, pero desafortunadamente tenía dificultades con una neumonía que había contraído en el hospital y estaba teniendo momentos difíciles tratando de controlarla. Los pulmones de mi padre estuvieron comprometidos por décadas de fumar y cada vez que los médicos reportaban que la neumonía desaparecía, reaparecía con venganza.
Mientras avanzaba por la calle 68th y me acercaba al hospital, miraba hacia el cielo, me aliviaba ver que había aclarado porque no era solo una noche ordinaria de visitar a mi padre en el hospital. Era la noche del último juego en casa de Derek Jeter. El tiempo había estado nublado casi todo el día, y las personas temían que el juego pudiera ser retrasado o peor aún, suspendido.
Cuando llegué a la acera del hospital, miré hacia la ventana de la habitación de mi padre, la cual se podía ver mientras avanzabas en la entrada principal de Weill-Cornell. Usualmente cuando miraba hacia arriba, veía a alguien parado en la ventana con un uniforme amarillo, o veía el bolso de mi mamá en el alfeizar de la ventana. Esa noche solo vi algunas almohadas y sábanas adicionales.
Sonreí y dije “Hola”, mientras mostraba mi tarjeta de identidad a los guardias de seguridad en la recepción y avancé a través del laberinto de pasillos, porque ¿Quién mejor para ver el último juego de Derek Jeter en casa que el hombre quien me introdujo y ayudó a que me enamorara del beisbol y de los Yanquis de Nueva York?
No estoy segura de cuantos años tenía cuando empecé a ver deportes por televisión, pero pienso que estoy en lo cierto al asumir que era extremadamente pequeña, tanto como de semanas o meses de nacida, y todo por culpa de mi papá. Yo era la primogénita, la hija de papi, así que cualquier cosa que veía papi, yo la veía. Eso incluía programas como Barney Miller, Chico and the Man, Sanford and Son y All in the Family, y eso incluía los deportes de Nueva York. Todos. Porque aunque las alianzas de mi papá estaban con los Yankees, Giants, Rangers y Knicks, él también veía a los Islanders, Jets, Mets y Nets (entonces de Nueva York y de la American Basketball Association). Veíamos hasta Bowling for Dollars juntos. Si estaban pasando algo relacionado con deportes, golf, carreras de caballos, futbol, bowling, etc., encontrabas a mi papá viéndolo. Y mientras yo aún veo casi todos esos deportes como adulto, ninguno de ellos capturó mi corazón, o nos vinculó tanto como el beisbol.
Cuando nací, en agosto de 1974, el hogar era un apartamento de pre-guerra de una habitación en la parte alta de Manhattan. Papá trabajaba en New York Telephone y mama trabajó, hasta pocas semanas antes de mi nacimiento en la oficina de negocios de City College. Por aquellos primeros meses, viví en la habitación de mis padres, así que estuve expuesta a los deportes desde bien temprano.
Nueve mese después, en mayo de 1975, nos mudamos a un apartamento más grande en el mismo edificio, fue allí donde floreció mi amor por los deportes.
Mi primera habitación era verde Kelly, y debido a que era muy pequeña para ese momento, no recuerdo la mudanza hacia el apartamento del primer piso, pero recuerdo esa habitación porque viví ahí hasta que tuve cuatro años de edad. Tenía una esquina de ventana la cual dominaba la entrada trasera de la recepción del edificio y la calle West 215th. También se veía el puente Henry Hudson, y más allá en la distancia, las Palisades y Nueva Jersey, pero solo si te sentabas en el lugar correcto, en la esquina de la ventana.
Menciono esto porque mi cuarto estaba al lado de la sala. En vez de servir como comedor, el espacio fue convertido en una segunda habitación. Tenía dos puertas, una que llevaba a la cocina naranja zanahoria estilo años ’70 y la otra que tenía dos escalones que bajaban a la no tan brillante sala beige.
Recuerdo estar acostada despierta en la noche y oir ruido de multitud desde el televisor.
A veces papá se retiraba hacia su habitación para ver el televisor sin despertarme, pero otras veces se recostaba en el sofá o se sentaba en la silla reclinable de cuero negro y lo veía desde la sala. Ocasionalmente me sentaba con él en esa silla reclinable, en su regazo. Debido a que era tan pequeña, solo veía retazos de juegos cuando eran nocturnos. A medida que crecí, el tiempo que pasamos juntos viendo deportes aumentó y me empezó a gustar lo que veía.
Papá jugaba softbol con sus amigos de la compañía telefónica cuando aún vivíamos en Manhattan. Había un parque al cruzar la calle desde nuestro apartamento y había varios campos, así que lo veía jugar en blue jeans, o dungarees como le gustaba llamarlos, y sus Pumas. Usualmente lanzaba, con una lata de cerveza al alcance.
El amor de mi papa por el beisbol empezó cuando era niño, creciendo en el Bronx. Sus padres eran inmigrantes griegos quienes fueron a Estados Unidos porque eso era lo que todos hacían en aquellos días. Mi Papou y Yia Yia están inmortalizados por siempre en Ellis Island; sus nombres están grabados en piedra a la vista de los visitantes. Nunca conocí a mi Yia Yia; ella falleció en 1965 cuando papá estaba con la armada en Fairbanks, Alaska, nueve años antes que yo naciera y dos años antes que mis padres se conocieran. Solo tengo memorias vagas de mi Papou, quien falleció en 1980 cuando yo tenía cinco años.
Papá asistió a su primer juego a finales de los años ’40 e iba a juegos de los Yanquis y Gigantes mientras crecía. Su homónimo, mi tio abuelo Gus, era un fanático acérrimo de los Gigantes de Nueva York y llevaba a mi padre a Polo Grounds con la esperanza de convertirlo en fanático de los Gigantes, pero el corazón de mi padre siempre permanecería con los Yanquis. Él nos contaba historias de cómo mi Yia Yia le preparaba una bolsa con almuerzo para que tuviese algo de comer mientras se sentaba en las gradas de Yankee Stadium de niño.
Al crecer, mi hermano James y yo estábamos asombrados del conocimiento casi enciclopédico de papá acerca del juego. No solo de las particularidades del deporte, sino de los equipos y peloteros. Nos gustaba mucho mencionar peloteros de los años ’50 y ’60 porque mi padre no solo diría, “Lo recuerdo”, agregaba detalles de los equipos para los cuales jugó y por quién fue cambiado junto con su posición y a que mano bateaba o lanzaba. Era Beisbol-Reference antes que este existiera.
A papa también le gustaba molestarme por ser el único miembro de mi familia inmediata en haber nacido en un año cuando los Yanquis no ganaron la Serie Mundial, él nació en 1941, mi mamá en 1947 y mi hermano en 1978. Especialmente le gustaba molestarme porque no solo nací en un año cuando los Yanquis no llegaron a los playoffs, 1974, sino que nací en una de dos temporadas cuando ellos jugaron en Shea Stadium porque Yankee Stadium estaba en proceso de renovación.
Esa molestadera llevó a una pieza que escribí hace pocos años acerca de mi familia, tios, tías, primos y abuelos incluidos. Yo quería ver cuantos de ellos nacieron en un año cuando los Yanquis ganaron la Serie Mundial. La cosa más divertida fue que no le dije a mi padre que estaba escribiendo la pieza y cuando le pregunté en que año había nacido su hermana Tina, el contestó, “1939. Los Yanquis ganaron la Serie Mundial”. Típico de papá. Ladeé la cabeza, sonreí y seguí escribiendo.
En 1983, cuando faltaban tres semanas para mi noveno cumpleaños, mi papá finalmente me llevó a Yankee Stadium. Recuerdo estar irritada porque le había tomado tanto tiempo llevarme a un juego de beisbol y sentí, aún entonces, que si yo hubiese sido un niño, me hubiera llevado a un juego mucho antes. Pero ese sentimiento se disipó en el momento de entrar al estadio. Ver un estadio en persona está a mundos de distancia de verlo en una pantalla de televisión. Los colores son mucho más vivos en la vida real, el verde del campo parecía esmeralda y las paredes acolchadas azules son casi ultramarinas, y el olor punzante de cotufa y perros calientes, pero no de manera negativa. Está ahí, flotando en el aire para hacerte saber que estás en un estadio de beisbol.
Fuimos a un doble juego ese día caliente de verano. Los Yanquis jugaban contra los Azulejos de Toronto y yo estaba emocionada porque finalmente veía beisbol en vivo y porque mi papá también invitó algunos de mis amigos, incluyendo el niño con quien tenía un enfrentamiento. Los Yanquis barrieron, Ron Guidry lanzó un juego completo en el primer desafío y hablamos con Dave Winfield en el intermedio y esa experiencia inició mi escarceo amoroso con los Yanquis de Nueva York, el cual ha durado mucho más que cualquier otra relación de mi vida.
No me permitían jugar beisbol o softbol cuando era niña porque nací con dificultades oculares. Tengo visión monocular. Mi ojo derecho domina mi ojo izquierdo y eso causó que mi ojo izquierdo se hiciera torpe. Agréguese el hecho de que soy derecha, tener una pelota lanzada hacia mi cuando mi ojo izquierdo apenas podía verla habría sido una receta desastrosa. Mi madre me imaginaba siendo golpeada todo el tiempo. Pero eso no privó a mi papá de darme un guante de beisbol, comprarme juegos de barajitas de beisbol, y jugar a lanzar la pelota conmigo de vez en cuando.
En vez de jugar beisbol o softbol, yo asistía a muchos juegos de pequeñas ligas porque papá era entrenador. Entrenaba a mis amigos y eventualmente a mi hermano cuando tuvo la edad para jugar. Mi papá no era el entrenador más paciente. Sus gritos eran muy infames, pero hacía a los muchachos mejores jugadores y hasta este día, los muchachos que mi papá entrenó hace todos esos años todavía hablan de cómo les bateaba roletazos con un cigarrillo encendido en su boca.
Una vez que me llevó a mis primeros juegos, papá siempre hallaba la forma para que fuéramos al estadio. En un juego del siguiente verano, le había propuesto a mi amiga Theresa para gritarle, “¡Don amamos tus nalgas!” a Don Mattingly mientras él cubría primera base. Nuestros asientos estaban justo detrás de primera base, así que definitivamente él nos oyó y hasta volteó ligeramente en nuestra dirección. Estaba probablemente horrorizado ante las palabras de dos niñas que admiraban su trasero. Tan pronto como lo hicimos, me puse tensa porque imaginé que mi papá empezaría a gritarme. En vez de eso, agitó la cabeza y rió. Como lo hizo la mayoría de los adultos de nuestra sección.
Mi relación con mi papá evolucionó a medida que crecí. Teníamos los altibajos usuales como la mayoría de padres e hijas, especialmente durante mis años adolescentes, y no eramos tan cercanos como cuando yo era pequeña, y nunca coincidímos en política en mi tráfago hacia la adultez, pero aun a través de esos tiempos duros, y ocasionales discusiones caldeadas, teníamos al beisbol para acercarnos.
Un martes en la tarde de 1996, él llamó a casa para preguntarme si quería ir al juego de los Yanquis esa noche. Yo había regresado de clases y estaba agotada física y emocionalmente después de la semana de exámenes finales. No tenía actividad en mi trabajo en un campo de golf hasta más adelante en la semana y apenas había salido de mi habitación los dos días que estuve en casa. Le dije que no estaba segura de querer hacer algo. Él me dijo que no tenía que decidir en ese momento. Que el llegaría a casa del trabajo y si yo quería ir al juego, iríamos.
A las 5:30 de esa tarde decidí que si, me gustaría ir. No había ido a un juego de beisbol en toda la temporada y tampoco había visto ninguno por televisión mientras me fajaba en la escuela, solo los resúmenes de ESPN.
Esa noche era 14 de mayo de 1996. Terminamos presenciando el juego sin hits ni carreras de Dwight Gooden. Fue una manera muy agradable de regresar a ver beisbol en vivo luego de un largo paréntesis.
Hasta el día de hoy, les digo a todos que estar en el estadio esa noche fue como ver una película. Casi no parecía real. Veía como los compañeros de Gooden lo llevaban en hombros; él levantaba sus brazos en el aire y aún se sentía como si lo estuviera viendo en una pantalla en otra parte. No podía creer lo que habíamos experimentado. Luego de unos momentos, mi papá, quién estaba parado a mi derecha se volteó hacia mi y dijo, “¿No estás feliz de haber venido? Recuerdo mover la cabeza varias veces antes de ser capaz de replicar, “Si”.
Papá y yo tuvimos unos cuantos momentos de beisbol juntos. Algunos fueron divertidos. Como la vez durante la serie de campeonato de la Liga Americana de 2004, antes del infame colapso, cuando estaban presentando la obra de teatro “Lean Back” de Terror Squad, Fat Joe y Remy y le dije, “Papi , inclínate hacia atrás”. Le mostré que hacer y luego de unos momentos de confusión temporal, él me imitó. Desafortunadamente, eso fue antes de la llegada de Youtube y la memoria de eso solo existe en mi mente, pero puedo garantizar que si usted hubiese visto a mi padre griego de 63 años inclinándose hacia atrás, se habría cuajado de la risa.
Algunos momentos estuvieron cargados de nervios, como, todos los otros juegos de playoff que presenciamos juntos. Mi favorito de esos juegos fue uno al que asistimos solos, cuando mi hermano todavía estaba en la escuela.
Papá me había llamado al trabajo y me preguntó si quería ir al juego de esa noche. Para algunas personas, esa sería una típica noche de lunes de octubre, pero para los fanáticos de los Yanquis, sería una noche de lunes de nauseas y arrancarse los cabellos porque verían a su equipo en un quinto juego de vida o muerte contra los Atléticos de Oakland en la serie divisional de 2001.
Pocos días antes estábamos en el estadio para el segundo juego con mis dos primos. Fue la noche que el Presidente Bush informó a la nación acerca de lo que estaba pasando en Afganistán y mostraron su discurso en la pantalla Diamond Vision del right center field. Miramos con incomodidad como nuestro Presidente hablaba acerca de atacar a los enemigos y las cosas no mejoraron para nada, porque Oakland tomaría una ventaja de 2-0 en la serie, de regreso a la bahía. Bien, yo estaba incómoda y desilusionada, pero papá no. Él creía que los Yanquis ganarían la serie.
Vimos los dos próximos juegos por TV, papá en el sofá y yo en la silla frente a él en nuestro estudio. Esas eran nuestras posiciones típicas. También vimos por televisión el juego sin hits ni carreras de Jim Abbott ocho años atrás desde esas posiciones. Cuando Derek Jeter hizo “la jugada”, fue solo la segunda vez en mi vida que había visto a mi padre saltar de su silla mientras veía un evento deportivo. (La primera vez fue en mayo de 1993 cuando John Starks hizo una clavada ante los Bulls de Chicago). Mi papá, de nuevo, luego que Jeremy Giambi fue decretado out, proclamó, “Los Yanquis definitivamente van a ganar la serie. Oakland está listo”.
Aquella tarde de lunes de octubre, yo sonreía mientras levanté el auricular de mi teléfono en el trabajo y antes que pudiera terminar de decir, “Hola papi”, el me preguntó. “Hey Stace, ¿Quieres ir al juego de esta noche?”
En un día normal de temporada, yo habría saltado ante la oportunidad y dicho si en milisegundos, pero este era un juego de vida o muerte. Si los Yanquis perdían, se acababa la temporada. Y ¿quería yo estar en Yankee Stadium, rodeada de extraños mientras lloraba porque mi equipo había perdido? Por otro lado si los Yanquis ganaban, avanzarían a la serie de campeonato de la Liga Americana y sería la primera vez que los vería ganar una sería de playoff en persona.
Era una encrucijada. Y mientras pueda parecer que me tomaría 10 minutos contestarle, en verdad solo me tomó cerca de 10 segundos. Nos encontramos en el bate a las 6:30. El bate es un tubo de escape de cuarenta metros modelado a partir de un Louisville Slugger ubicado fuera de la entrada principal en el estadio viejo y servía como punto de encuentro para todos.
Los Yanquis ganaron el juego esa noche y avanzaron para jugar ante los Marineros de Seattle en la serie de campeonato de la Liga Americana. Siempre atesoraré mis memorias de ese juego porque estábamos solo mi papá y yo, como cuando yo era pequeña. Como era usual, el era agradable, calmado y comedido a través del juego; mi opuesto polar. Mientras él se mantenía reasegurándome que los Yanquis ganarían, yo oscilaba adelante y atrás casi todo el juego. Estaba tan nerviosa que hasta desperdicié una oferta de maní, lo cual rara vez hacía. Siempre envidié la habilidad de mi papá para siempre creer que los Yanquis ganarían sin importar lo que tuvieran en contra. Yo no heredé ese gen.
Me fui del hospital después de ver el sencillo de Jeter para ganar el juego repetido varias veces y me fui al apartamento, donde vi el juego otra vez y estuve despierta hasta tarde.
Mi pobre papá tuvo fiebre esa noche y apenas duró hasta el segundo inning. Llegó a ver el doble de Jeter en el primer inning y señaló hacia el televisor cuando Jeter llegó quieto a segunda. Sostuve su mano mientras él dormía y miraba el juego.
En un momento durante los últimos innings del juego, papá despertó y miró un poco agitado. Trató de arrancarse el tubo de la traquea y tuve que ajustárselo porque la enfermera que le asignaron no podía ser encontrada. Le dije que no podía hacer eso porque el tubo lo ayudaba a respirar y el me miró, sonrió levemente, y entonces pestañeó un par de veces. Entonces se relajó, se recostó, puso su cabeza en la almohada y se durmió.
Fue la última vez que hicimos contacto visual.
La mañana siguiente, antes que yo llegara al hospital, mi papá colapsó. Los doctores fueron capaces de traerlo de vuelta, pero nunca sería el mismo. Nunca supimos hasta pocos días después que el daño cerebral sufrido era catastrófico e irreversible. Nunca fue mi papá de nuevo y teníamos la decisión de mantenerlo vivo de esa manera, o dejarlo pasar a mejor vida. Y justo más de una semana después que vi el último juego de Derek Jeter en casa, veía como el hombre que me introdujo en el beisbol tomaba su último aliento en ese mismo hospital, el 3 de octubre de 2014 a las 6:48 pm. Fue pacífico, tranquilo, y de una manera hermoso. Fuimos capaces de estar con él y sostener su mano durante sus últimos momentos en la Tierra. Falleció rodeado por su esposa, hijos, hermana, una de sus sobrinas y uno de sus sobrinos.
Pocos meses antes de que él falleciera, caminé hacia mi papá temprano una mañana dominical, con mi laptop en mano y le mostré la página principal de beisbol de un portal deportivo. Me habían asignado un artículo la noche anterior y fue publicado mientras él dormía, “¿Alguna vez pensaste que verías nuestro loco apellido griego en ESPN?” Él sonrió y yo dije, “Gracias”. Me preguntó porque le estaba agradeciendo y le dije, “Es por ti que estoy tan loca por el beisbol, y eres la razón de que escriba acerca de eso”. Él agitó su cabeza y dijo, “Nah, todo se debe a ti”.
No, papi, todo se debe a ti.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
miércoles, 6 de abril de 2016
La puja obstinada de David Peralta desde el beisbol independiente hasta las ligas mayores.
Tyler Kepner. The New York Times. 25-03-2016.
Scottsdale, Ariz. David Peralta tenía un sueño y un problema. Su sueño era jugar beisbol de nuevo. Su problema era que no podía pagar los gastos.
Peralta contó su historia el otro día antes de una práctica en el complejo de entrenamientos primaverales de los Cascabeles de Arizona. El sería el cuarto bate y jugaría en el jardín derecho en el juego de esa noche, y con otra temporada o dos como la del año pasado, cuando bateó .312 con 17 jonrones, Peralta será muy rico.
Hace cinco años, él era pobre. Peralta trataba de revivir su carrera, la cual había naufragado en la liga de novatos mientras pitcheaba para la organización de los Cardenales de San Luis. En dos temporadas, Peralta tuvo dos ganados, seis derrotas, una efectividad de 5.69 y un hombro lesionado. Su recta de 92 millas por hora era inservible porque no podía lanzarla sin dolor. Los Cardenales lo dejaron libre.
“Las lesiones y todo ese tipo de cosas, son parte del juego, es duro, pero tienes que lidiar con eso”, dijo Peralta, 28, quien tuvo dos operaciones en el hombro. “Pero cuando te llaman a la oficina y dicen, ‘Hey, tenemos que dejarte libre’, es difícil recuperarse”.
Su padre, también llamado David, pensó que su hijo podría tener futuro como entrenador. Pero también recordó que tan bien había bateado su hijo alguna vez, lo rápido que podía mover las muñecas para despachar líneas. Él había pulido el swing de su hijo haciéndolo practicar cerca de una pared. Si el joven David se retrasaba con su codo, podía reventar la pared. Él necesitaba estar presto, a tiempo, y dejar que las muñecas atacaran.
No se suponía que Peralta fuese pitcher. Pero los Cardenales lo habían visto en su nativa Venezuela en una rara aparición en el montículo, y Peralta lanzó cinco buenos innings.
“Hemos tenido toneladas de bateadores allá afuera”, dijo el padre de Peralta, citando a los scouts. “Los pitchers zurdos controlados, son mucho menos, así que tenía una mejor oportunidad de llegar como pitcher”.
Eso tenía sentido, y Peralta aceptó un bono de 35.000 $. Pero también era riesgoso.
Si un jugador de posición deja de batear pero aún puede lanzar duro, las organizaciones podrían dejarlo pitchear; nadie quiere perder un brazo prometedor. Pero los pitchers que fallan rara vez regresan como bateadores. Con tanta especialización que hay ahora en el juego aficionado, los pitchers casi nunca batean. Y las ligas menores usan el bateador designado, lo cual desvanece cualquier destreza de bateo que pueda tener un pitcher.
“Una vez que llegas al deporte profesional, te perfeccionas en un aspecto o el otro”, dijo el manager del Salón de la Fama Tony LaRussa, actual jefe de operaciones de beisbol de los Cascabeles.
Peralta trató de perfeccionar uno, y no fue a ninguna parte. Con el apoyo de su familia, empezó a trabajar en el otro, primero en una liga independiente administrada por el gobierno venezolano. Peralta regresó a Estados Unidos, vive en Stuart, Fla., con su esposa Jordan, y actuó como su propio agente, para conseguir una prueba con Eddie Dennis quien dirigía un equipo en una liga independiente.
Peralta hizo el equipo, lo que lo llevó a su gran problema: El equipo, los White Wings de Rio Grande Valley, estaba en Harlingen, Tex., en la ahora desaparecida North American League.
“Era un largo viaje para mi desde Florida hasta Texas”, dijo Peralta. “El pasaje aéreo costaba como 600$, y no tenía ese dinero. Necesitaba dinero para la gasolina”.
Un amigo era el gerente de un McDonald’s 24 horas en Stuart, y le dio trabajo a Peralta. Hacía papas fritas y tomaba órdenes, dijo él, a veces trabajaba en el turno de amanecida de 8 pm a 8 am. Recibió su pago, manejó a Texas, bateó .392 y resolvió no volver a trabajar en McDonald’s de nuevo.
Es un honor hacer ese trabajo, Peralta lo reconoce. Pero eso no era para él, no cuando aun podía jugar beisbol.
“Esas personas trabajan duro todos los días, y para el dinero que haces, no es mucho lo que ganan”, dijo él. “Solo ganas lo mínimo. Y yo no soy así. Eso me motivó a decir: Esto no es lo que quiero. Quiero algo mejor para mi y mi esposa y para mi vida y para mi familia. Asi que eso me puso en la situación donde me dije, tengo que seguir adelante y no volver atrás”.
En 2012, Peralta jugó para otro equipo independiente, en Kansas, los Wingnuts de Wichita. Bateó ,332. En 2013, estaba de vuelta en Texas con los Sox de Amarillo. Bateó .352.
Para entonces Peralta había tenido noticias de Chris Carminucci un cazatalentos de los Cascabeles quién había jugado y dirigido en la pelota independiente, y hasta fue copropietario de un equipo con Van Schley y el actor Bill Murray. Generalmente, dijo Carminucci, los equipos firman peloteros de las ligas independientes simplemente para completar los rosters de ligas menores. Pero esos peloteros vienen con una meta.
“Cuando esos tipos llegan, te quieren arrancar la cabeza”, dijo Carminucci. “Ellos no están ahí para hacer amigos y pasear por un rato y usar el uniforme. Ellos saben que si no rinden pronto, se tendrán que ir”.
Peralta trabajó en privado con Carminucci, quien estaba impresionando por su control del bate, fuerza y habilidad para batear hacia todos lados. Los Cascabeles no tenían espacio, dijo él, pero le pidió a Peralta que se mantuviera en contacto.
Peralta hizo lo que se le indicó. Llamaba o enviaba mensajes de texto todos los días al cazatalentos parar actualizar su trabajo. Eso no molestaba a Carminucci. Estaba intrigado por las destrezas y la confianza.
“Parte de la razón era su tenacidad”, dijo Carminucci. “No te podías negar con este muchacho. Era diferente. Algunos tipos dicen que quieren estar en las Grandes Ligas, pero lo que en verdad dicen es que quieren ser grandes. Este muchacho iba a llegar desde el primer minuto que lo vi”.
Nunca se abrió un espacio, pero Mike Bell, el director de desarrollo de peloteros de los Cascabeles, decidió que Peralta se había ganado una oportunidad. Carminucci compró su contrato por alrededor de 3.000 $ en julio de 2013. “¿Por qué te tomó tanto tiempo?” le dijo Peralta.
Desde ahí, Peralta subió rápidamente. Bateó .346 en el Visalia Clase A (Calif.) el resto de ese verano, era claro que los Cascabeles tenían un prospecto impacto. Bateó .297 con el Mobile AA (Ala.).
“Él tomaba en cuenta sus habilidades secundarias, que tan duro podía correr desde primera hasta tercera base, cada pequeño detalle”, dijo Andy Green, el manager de Mobile. “Quería aprender de todo”.
LaRussa llegó a los Cascabeles ese año y de inmediato se dio una vuelta por el sistema de ligas menores. Estaba sorprendido al descubrir que Peralta había jugado en la organización de los Cardenales mientras había sido el manager de Grandes Ligas. El jardinero de bateo consistente frente a él, nunca había cruzado su radar como pitcher de brazo adolorido.
“Cuando vi batear a Rick Ankiel por primera vez”, dijo LaRussa, en referencia al pitcher convertido en jardinero que él dirigió en San Luis, “Pensé: Stan Musial. No en el estilo, sino el final de su swing era como el de Stan Musial. Y cuando vi a Peralta, era un bateador hecho”.
Para el 1 de junio de 2014, Peralta había llegado a las Grandes Ligas. Green, quien ahora dirige a los Padres de San Diego, nunca olvidará la reacción de Peralta a la promoción.
“Desconectado”, dijo Green. “Indrédulo. No lo creía para nada, como, me estás mintiendo. Para cuando notó que era verdad, estaba literalmente tirado en el piso en posición fetal, llorando”.
Las lesiones afectaron a los Cascabeles esa temporada, y peloteros como Peralta aprovecharon eso. Bateó .286 en 88 juegos y se ganó el trabajo a tiempo completo la temporada pasada. La producción de peloteros como Peralta ayudó a persuadir a los Cascabeles, el equipo más joven de la temporada pasada, para firmar al abridor Zack Greinke, traer en un cambio al abridor Shelby Miller, con el propósito de competir en el oeste de la Liga Nacional.
“Él epitomiza la manera como jugamos”, dijo el manager Chip Hale de Peralta. “Juega duro todo el tiempo. Es como un retriever Labrador en la playa. Lo lanzas al agua y él seguirá allí hasta que lo detengas. Es un tren de carga (Freight Train).
Ese es el apodo de Peralta, el cual usa con orgullo en una franela en el clubhouse de los Cascabeles. Juega con el mismo abandono obstinado que lo llevó a las mayores, dijo que nunca se detendría.
“Todo lo que pido es una oportunidad, porque para mi, solo hubo una prueba”, dijo Peralta. “O lo haces bien o te vas a casa”.
Los Cascabeles sacaron al pelotero de una liga independiente. Pero el espíritu de la liga independiente vive en el pelotero”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
martes, 5 de abril de 2016
Meses después de un incidente agresivo, Noah Syndergaard de nuevo demuestra confianza
Meses después de un incidente agresivo, Noah Syndergaard de nuevo demuestra confianza
Tim Rohan. The New York Times. 03-04-2016
Kansa City, Mo. Luego de terminada la Serie Mundial del año pasado, el pitcher de los Mets Noah Syndergaard pasó algún tiempo en Nueva York de una manera que no podía durante la temporada. Asistió a eventos deportivos, visitó restaurantes y paseaba por vecindarios. Los aficionados de los Mets a menudo lo paraban y lo felicitaban por una cosa: su primer envío en el tercer juego de la Serie Mundial.
Syndergaard, un novato, lanzó una recta de 97 millas por hora cerca de la cabeza de Alcides Escobar, el bateador abridor de la alineación de los Reales de Kansas City. Eso le había mostrado al mundo del beisbol un lado más asertivo de Syndergaard y envió un mensaje: Los Mets no iban a bajar la cabeza ante los Reales.
En una serie que los Mets perdieron en cinco juegos, el pitcheo fue un punto alto.
“Ellos aplaudieron de verdad ese pitcheo”, dijo Syndergaard de la reacción de los aficionados.
Syndergaard está programado para hacer su primera apertura de la temporada de 2016 este martes 5 de abril contra esos mismos Reales, quienes han estado conversando sobre ese pitcheo, y ambos equipos están curiosos acerca del próximo acto.
Cuando Syndergaard tomó la pelota en el tercer juego, los Mets perdían la serie 2-0, y Escobar había estado atormentándolos.
Syndergaard dijo antes del juego que tenía una sorpresa “bajo la manga” para los Reales, y cuando el manager Terry Collins lo vio antes del juego, Syndergaard repitió el mensaje. Luego del juego, mientras los Reales estaban furiosos, Syndergaard dijo en una conferencia de prensa que el pitcheo había sido a propósito.
“Si ellos tienen algún problema porque les lanzo adentro, entonces me pueden buscar en el montículo”, dijo Syndergaard. “No tengo problema con eso”.
Este invierno, Under Armour mostró a Syndergaard en un commercial en el cual, con un video del él lanzándole al cátcher de los Mets Travis D’Arnaud, él hablaba de como aspiraba a ser intimidante en el montículo y como lanzar adentro era uno de sus mejores atributos.
“Soy Noah Syndergaard”, dijo ante la cámara, “y no voy a bajar la cabeza”.
Este ha sido un tema a través de la joven carrera de Syndergaard. De los cinco jóvenes pitchers estrella de los Mets, Syndergaard es el de físico más imponente. Durante su primera estadía en las mayores, en un campo de entrenamientos primaverales, sus compañeros pegaron en su casillero una foto de Ivan Drago, el personaje de “Rocky IV” quien dijo, “Debo romperte”.
Dado el tamaño, la fuerza y el repertorio de pitcheo de Syndergaard, muchos evaluadores de talento lo consideran el abridor de los Mets con más potencial. Pocos pitchers pueden llegar a los 100 mph con su recta y luego soltar una curva como lo puede hacer él.
En el entrenamiento primaveral de este año, Syndergaard pareció sutilmente más confiado. Y no estaba haciendo apenas su trabajo; él fue con todo, con una efectividad de 2.61 y 20 ponches en 20.2 innings.
En un movimiento agresivo, Syndergaard habló con el jardinero Yoenis Céspedes acerca de montar a caballo alrededor del complejo de los Mets un día, una actividad que el coordinó con SNY, la televisora de los Mets.Ellos dieron una vuelta y posaron para las cámaras, lo cual creó cierta excitación en un día monótono a principios del campamento. A Collins pareció no gustarle la escena. Más tarde ese día, él dijo, “Se acabó la diversión”.
Pero Syndergaard, el más joven de los cinco abridores de los Mets con 23 años, ha sido principalmente cordial y de maneras suaves. Si Syndergaard alguna vez cruza la línea entre confiado y fanfarrón, David Wright, el capitán del equipo, se acerca a él “a reclamarle” dijo Dan Warthen, el coach de pitcheo.
El pasado entrenamiento primaveral, Wright regañó a Syndergaard por comer en el clubhouse durante un juego, y el pitcher Bobby Parnell, ahora con la organización de los Tigres de Detroit, lanzó el almuerzo de Syndergaard a la basura.
“Más le vale estar pendiente”, dijo Warthen esta primavera, en referencia a Wright, “porque Noah podría cansarse y ponerlo en un pipote de basura un día”.
Pero cuando Newsday, al citar fuentes anónimas, reportó la semana pasada que los Reales buscarían retaliación el martes por el pitcheo de Syndergaard, Syndergaard declinó su fuerte declaración del año pasado. Dijo eso porque técnicamente no había golpeado a Escobar, no sabía porque los Reales tomarían retaliación.
“Simplemente lancé un pitcheo en la esquina de adentro”; dijo él. “Alto. Un pitcheo a propósito. No veo porque deba haber retaliación”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
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