martes, 28 de junio de 2016

Tommy Leach y su Legado.

The Hard Ball Times. Frank Jackson. 10 de mayo de 2016. Cuando aparece el tema de las marcas que nunca serán batidas, Tommy Leach, cuya carrera de Grandes Ligas se extendió desde 1898 hasta 1915 más 1918, no es probablemente el primer nombre que venga a la mente. Pero él tiene un par que resisten la prueba del tiempo. Primero, el tiene la marca de triples en una Serie Mundial. Leach, jugando con los Piratas tuvo cuatro en la primera Serie Mundial de 1903. Haciendo honor al apodo “Wee Tommy” (de estatura pequeña y un pesode 67 kilogramos cuando debutó en las Grandes Ligas a los 20 años en 1898), Leach era ligero de piernas. Haciendo comparaciones era tan alto como José Altuve, pero aún teniendo una complexión similar pesaba 7 kilogramos menos que Altuve. La velocidad de Leach también figura en su segunda marca. Es el único pelotero en liderar su liga en jonrones sin sacar una pelota del parque. Lo hizo con seis jonrones dentro del parque en 1902. (También lideró la Liga Nacional en triples con 22, así que él estaba levantando un poco las pelotas y volando bajito mucho esa temporada). Eso suena como un clásico logro de “solo en la época de la pelota muerta”, pero no estén tan seguros. En 1979, Willie Wilson de los Reales bateó cinco jonrones dentro del parque de su gran total de seis. Bien, después de seis jonrones dentro del parque (el total más bajo que lideró la liga en el siglo veinte), ¿Qué más podía hacer Tommy Leach para mejorar eso? Bien, la próxima temporada, todos sus siete jonrones fueron dentro del parque, pero ese no fue el tope de la liga (Jimmy Sheckard de Brooklyn terminó como líder con nueve). De los 63 jonrones vitalicios de Leach (compilados en 19 temporadas, 13 con los Piratas) 48 fueron dentro del parque. En otras palabras, se fue para la calle (en el sentido tradicional), en promedio, menos de una vez por temporada. Thomas William Leach casi podría ser el muchacho del afiche de la era de la pelota muerta. Para los registros, Leach compiló 2143 imparables y bateó para .269 en su carrera. Terminó seis veces entre los primeros diez mejores bateadores de triples, jonrones y bases totales. Como era el caso de muchos veteranos de Grandes Ligas de su tiempo, Leach regresó a las ligas menores por siete temporadas más, y finalmente se retiró a los 44 años. Leach se ubica cuarto en la lista de todos los tiempos de bateadores de jonrones dentro del parque y comanda a la Liga Nacional en esa categoría. El líder de todas las grandes Ligas fue Jesse Burkett, quien bateó 55 (de un total de 75 jonrones) entre 1890 y 1905 en las Ligas Nacional y Americana. Le sigue Sam Crawford, quien bateó 51 (de un total de 97) en ambas ligas entre 1899 y 1917, seguido de Ty Cobb ( el líder de todos los tiempos de la Liga Americana) con 46 (de 117) empatado con Honus Wagner (46 de 101),. Para completar los mejores diez están Jake Beckley y Tris Speaker con 38, Roger Hornsby con 33, Edd Roush con 31, y Jake Daubert y Willie Keeler empatados con 30. De todos los nombres de esos primeros 10, solo Leach y Daubert no están en Cooperstown. También es importante notar que existe alguna duda en cuanto a los números oficiales. Los de arriba son de la página web Baseball Almanac, The SABR Baseball List and Record Book, publicado en 2007, tiene pequeñas diferencias totales para algunos de esos peloteros. Es poco sorprendente que intentar determinar cuales jonrones salieron del parque y cuales no en juegos efectuados hace más de un siglo es un reto investigativo. Al decidirme por Baseball Almanac, asumo que sus estadísticas reflejan los totales más actualizados. Tan inusuales como los seis jonrones dentro del parque de Leach puedan parecer, el total estaba lejos de ser considerado como una nueva marca. Seis peloteros han bateado ocho jonrones dentro del parque en una temporada, y cinco peloteros han bateado nueve. La marca pertenece s Sam Crawford, quien recorrió los 360 pies 12 veces con los Rojos en 1901. Ty Cobb mantiene la marca de la Liga Americana con nueve en 1909. Al considerar que Crawford y Cobb fueron compañeros de equipo desde 1905 hasta 1917, los asistentes a los juegos en Detroit tuvieron una oportunidad decente de presenciar algun jonrón dentro del parque en ese período. Una estadística relacionada es que Crawford (309) y Cobb (295) son los lideres en triples de todos los tiempos en las Grandes Ligas. No es sorpresa que en esas 13 temporadas Cobb y Crawford jugaron en la esquina de Michigan y Trumbull donde había jardines espaciosos diseñados para ayudar sus totales de jonrones dentro del parque. Tanto Bennett Park (demolido después de la temporada de 1911) como Navin Field (cuyo entorno luego se convertiría en Tiger Stadium), fueron construidos con espaciosos jardines. Pudo haber sido terrenos como estos los que inspiraron el término del argot “suburbanitas” para los jardineros. El denso infield “urbano” ha permanecido igual a través de la historia del beisbol, a excepción de la adición gradual de árbitros, pero los suburbanitas tenían más terreno que patrullar en la era de la pelota muerta que el que tienen sus pares de hoy. Llamar a un jonrón dentro del parque una pelota bateada a lo lejos o un elevado grande suena inapropiado, pero no necesariamente es así, gracias a esos espaciosos jardines. En el libro del Bil Jenkinson, Baseball’s Ultimate Power, él ha compilado una lista de los jonrones dentro del parquet más largos de la historia. Sus primeros 10 abarca desde dos estacazos de 455 pies (ambos batazos solitarios en Polo Grounds) uno de Gil Hodges ante Dick Ellsworth de los Cachorros el 16 de mayo de 1962, el otro de Bill Terry ante Walter “Huck” Betts de los Bravos el 20 de septiembre de 1932; hasta uno de 478 pies, un batazo de dos carreras conectado por Lou Gehrig, en el League Park de Cleveland (conocido entonces como Dunn Field), ante Garland Buckeye el 19 de mayo de 1927. En los estadios de hoy, sería imposible batear pelotas a esa distancia y que se mantuvieran dentro del parque. Los pasillos extensos de los callejones y el jardín central de Polo Grounds eran legendarios (piense en la famosa atrapada de Willie Mays en 1954 ante el batazo de Vic Wertz), y el lado izquierdo del League Park (376 pies por el poste de foul del jardín izquierdo cuando Gehrig despachó su batazo) significaba que algunos bateadores, lentos de piernas, no podían relajarse luego de batear largo. El libro de Jenkinson, por cierto, no está limitado a los jonrones. No solo incluye los dobles y triples más largos de la historia del beisbol, ¡también incluye los elevados que fueron out! A través de los años, a medida que se ha reducido el terreno de los jardines, también han disminuido los jonrones dentro del parque. Consecuentemente, el número de peloteros que ha bateado dos jonrones de este tipo en un juego se ha hecho cada vez más raro. Eso ocurrió 17 veces en la Liga Americana y 34 veces en la Liga Nacional. Los totales de la Liga Nacional incluyen jonrones de finales del siglo 19, los cuales eran más numerosos en esos días debido a que algunos parques no tenían cerca. Entre los bateadores que conectaron dos jonrones dentro del parque en un juego está nuestro amigo Tommy Leach, quien lo hizo el 21 de mayo de 1903. Dan Brouthers, Jesse Burkett y Ed Delahanty cumplieron ese hecho dos veces en la Liga Nacional y Roger Breshan una vez en cada liga. Reconocimiento especial para Tom McCreery de los Colonels de Louisville (de la American Association), quien bateara tres el 12 de julio de 1897. Se llevó ese record a su tumba en 1941. Aún sin un apocalipsis de zombies, es más probable que McCreery se levante de la tumba que su record sea igualado o batido. Los últimos dos jonrones dentro del parque fueron bateados hace tres décadas cuando Greg Gagne de los Mellizos lo hizo el 4 de octubre de 1986, en el penúltimo juego de la temporada. Bateó ambos jonrones ante Floyd Bannister en el Metrodome. El primero fue un batazo solitario en el segundo inning, y el segundo un estacazo de tres carreras, dos innings después. Hay que ir a un juego Gigantes-Dodgers en Polo Grounds el 16 de agosto de 1950 para los últimos dos jonrones dentro del parque en un juego de la Liga Nacional. En el cierre del primer inning, Hank Thompson descargó un batazo de tres carreras ante Carl Erskine. Siguió con un estacazo solitario ante Dan Bankhead en el séptimo inning. Tan raro como son los juegos de dos jonrones dentro del parque, aún son mas raros los juegos con jonrones seguidos dentro del parque. Esto ha ocurrido solo dos veces, una en cada liga. La más reciente fue el 27 de agosto de 1977 cuando los Rangers realizaron el hecho en Yankee Stadium. De hecho, lo hicieron ante lanzamientos seguidos. En la apertura del séptimo inning, Lou Piniella se estrelló contra la pared del jardín derecho en un intento por atrapar un batazo de Toby Harrah. El lento de piernas Piniella (32 robos en 18 temporadas) no se pudo recuperar antes que Harrah circulara por todas la bases. Luego Bump Wills bateó una pelota al centro que burló el guante de Mickey Rivers y rodó lo suficientemente lejos para permitir que el veloz Wills completara el circuito. El pitcher Ken Clay oprobablemente fallo al apreciar la historia que estaba presenciando. Más de tres décadas antes, los Cachorros batearon jonrones dentro del parque seguidos contra los Gigantes. La fecha fue 23 de junio de 1946, y la víctima fue Nate Andrews, quien permitió batazos solitarios a Marv Rickert y Eddie Waitkus para abrir el cuarto inning. Eso fue suficiente para sacar a Andrews del juego, pero en el cierre del inning los Gigantes anotaron nueve carreras para rescatarlo del gancho de la derrota. Hoy, si usted atestigua solo un jonrón dentro del parque en su vida, es tan extraño como llegar a tener oportunidad de ver un unicornio. El jonrón de “la bola se va…se va…” es el protagonista de los avances publicitarios de ESPN y el derby de jonrones es sin discusión más entretenido que el propio Juego de Estrellas. Aún así, los aficionados contemporáneos podrían estarse perdiendo algo. Para la última palabra sobre el tema, dejemos hablar a Tommy Leach, como fue citado en The Glory of Their Times, el clásico de Lawrence Ritter: Hoy ellos parecen pensar que el batazo más excitante del beisbol es el jonrón. Pero en mi libro el batazo más emocionante es el triple, o un jonrón dentro del parque. Se solía ver un buen número de ellos en el pasado, pero ahora son los batazos más raros del beisbol. En lo referente a emociones pienso que nada puede superar a ver ese tipo corriendo alrededor de las bases y deslizarse en tercera base o en el plato, con la pelota viniendo en línea directa desde los jardines al mismo tiempo. Ahora si hay algo de que escribir al volver a casa. ¿Trote de jonrón o galope de jonrón? Literalmente ¡un cambio de paso! Para ver más galope, sugiero nuevos estadios con cercas más lejanas…o sin cercas. No tengo confianza en que mi sugerencia será implementada. I have no confidence that my suggestions will be implemented. Acerca de Frank Jackson Frank Jackson escribe de beisbol, cine e historia, algunas veces de todo a la vez. Ha visitado 47 estadios de Grandes Ligas, muchos de los cuales todavía existen. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

Esquina de las Barajitas: El sucesor de Mazeroski

Bruce Markusen. Los trabajadores del Salón de la Fama también son aficionados del beisbol y les gusta compartir sus historias. Aquí está la perspectiva de un aficionado desde Cooperstown. ¿Donde empezó todo esto, esta extraña y absorbente obsesión por las barajitas de beisbol? Supongo que cada coleccionista tiene una historia del origen. Para mí, esto empezó durante la primavera de 1972. Yo vivía en el límite de Yonkers y Bronxville, NY. (En el último pueblo vivía Ford Frick, inquilino del Salón de la Fama, pero nunca nos invitó a cenar). Tomaba cerca de 15 minutos caminar desde mi casa hasta la villa de Bronxville, un pequeño pueblo de alrededor de 6.000 residentes. Una soleada mañana sabatina, hice el trayecto, con el propósito expreso de visitar Gillard’s Stationary Store, la cual estaba ubicada en la calle principal de la villa. Mientras se entraba a la villa, Gillard’s era la primera tienda con que tropezabas. Era una papelería a la antígua que vendía periódicos, tarjetas de ocasiones especiales, revistas voluminosas, y si, barajitas de beisbol. En este viaje a Gillerd’s, llevando mi propio dinero, yo estaba interesado en comprar barajitas. Fue en Gillard’s que compre mi primer paquete de barajitas. Recuerdo con claridad la primera barajita del paquete: Era la de Dave Cash 1972, Nº 125 de la colección. Como la barajita de Cash estaba arriba, y por tanto fue la primera barajita que vi, la identifiqué como la primera barajita de mi colección. Había otras barajitas notables en ese paquete, como la barajita final de Topps de Jim “Mudcat” Grant (quien luego se convertiría en visitante frecuente de Cooperstown), pero la de Cash fue la que se mantuvo por encima del resto. En su superficie, la barajita es relativamente simple. Es una pose clásica de bateo, con Cash ubicado contra el fondo del cielo azul, en la esquina superior derecha aparecen las torres de alumbrado del entrenamiento primaveral. Cash empuña el bate con expresión de intento serio evidente en su rostro, para el fotógrafo de Topps. Cash luce tan serio que parece casi un poco molesto, lo cual imaginaba podía ser atribuido al difícil e importante asunto de tratar de batear una pelota. En el fondo de mi mente, me preguntaba si Cash era una especie de tipo poco complaciente, alguien con quien no se podía jugar, ni de parte de los pitchers rivales ni los fotógrafos de barajitas. Como jóvenes impresionables, es importante considerar lo que ocurre en nuestras mentes. Desde el punto de vista del beisbol, la barajita de Cash del ’72 era una muy buena. Despues de todo, él era el segunda base regular de los campeones mundiales defensores Piratas de Pittsburgh, un equipo que me gustaba, pero también era el equipo que había sacudido a casi cada observador veterano del juego al vencer a los Orioles de Baltimore en una interesante Serie Mundial el otoño previo. Para ese momento yo sabía muy poco acerca de Cash, pero aprendería mucho más mientras mi fanatismo progresó. Desde temprana edad, él idolatró a Jackie Robinson, quién jugaba con los Dodgers de Brooklyn durante la infancia de Cash. Cash creció en Utica, NY, un lugar poco apropiado para el beisbol debido a sus largos inviernos, sin embargó él destacó en futbol americano, baloncesto y beisbol en Proctor High School. El talento de Cash para el baloncesto llamó la atención de Syracuse University, la cual lo reclutó, pero sus notas de escuela secundaria estaban por debajo de los requerimientos de los Orangemen. Sin beca de baloncesto a la mano, Cash se dedicó al beisbol a tiempo completo. Esa decisión empezó a pagar dividendos en 1966, cuando los Piratas lo hicieron su escogencia de la quinta ronda en el draft de MLB. Los Piratas cambiaron a Cash desde el campocorto a la segunda base y lo vieron avanzar con estabilidad a través de su sistema de ligas menores, para ganarse su primer llamado a Pittsburgh en septiembre de 1969. Bateó para un respetable .279 en 18 juegos, dada la esperanza de los Piratas de que habían encontrado al sucesor de su envejecido futuro inquilino del Salón de la Fama, Bill Mazeroski. Para 1971, Cash había suplantado a Mazeroski. Para su crédito, Maz dio lo mejor par ayudar a Cash, lo aconsejó acerca de cómo jugar la posición y hacer el dobleplay. Al ser apoyado grandemente por el hombre cuyo trabajo estaba asumiendo, Cash empezó a destacar. Al batear entre los callejones, alcanzó un sólido .289 como el segunda base principal de los Piratas en 1971, mientras también colaboraba en tercera base y el campocorto. En el plato, coleccionó más boletos que ponches; en el campo, mostró alcance y condiciones físicas. Aunque estaba a la sombra de grandes compañeros como Roberto Clemente y Willie Stargell, Cash cumplió su papel par ayudar a los Piratas a ganar su primera Serie Mundial desde 1960. Cash siguió con buenas actuaciones ofensivas y defensivas las próximas dos temporadas, pero su compromiso como reservista de la armada afectó claramente su desarrollo. Debido a sus deberes militares, los cuales tocaban usualmente en varios fines de semana de cada verano, Cash tuvo que perder períodos significativos de tiempo de juego. Una vez Cash perdió 15 días seguidos. Los Piratas también tenían un grupo de jóvenes camareros, con Rennie Stennett ya en el equipo grande y un joven Willie Randolph en formación. Así que luego de la temporada de 1973, los Piratas hicieron canjeable a Cash, y lo enviaron a los Filis de Filadelfia por el pitcher zurdo Ken Brett. Mientras Cash había jugado bien con Pittsburgh, él brilló en Filadelfia. Constante disciplinado, solo perdió dos juegos en las próximas tres temporadas, bateó dos veces sobre .300, y asistió tres veces seguidas al Juego de Estrellas. Con Cash y Larry Bowa solidificando el medio del infield, los Filis ganaron tres títulos seguidos del, este de la Liga Nacional. En términos de lo intangible, Cash aportó liderazgo y consejo a sus compañeros de equipo, al ayudar a calmar al inquieto Bowa y animar a un joven Mike Schmidt en tercera base. El fin de la temporada de 1976 vio la llegada de la libre agencia al beisbol. Entre aquellos quienes se beneficiaron de esa primera clase de agentes libres estaba Cash. Los Expos de Montreal aparecieron con la mejor oferta, y firmaron a Cash en un contrato de cinco años por más de un millón de dólares. Cash siguió siendo productivo, pero no jugó tan bien con los Expos como la había hecho en Filadelfia, eventualmente perdió su trabajo con Rodney Scott quien lo superaba en la defensiva. Despues de la temporada de 1979, los Expos cambiaron a Cash a los padres de San Diego, donde retomó su trabajo de segunda base pero solo bateó .227 en 130 juegos. La prim,avera siguiente, los Padres dejaron en libertad al envejecido Cash, para terminar su carrera antes del inicio de la temporada de 1980. A los 32 años, la carrera de jugador activo de Cash había terminado. Por los próximos ocho años, trabajó fuera del beisbol, primero para una empresa inversionista y luego como vendedor de carros en Pittsburgh. En 1987, mientras pasaba el tiempo como instructor en un campamento de fantasía de los Filis en Clearwater, Fla., Cash notó cuanto extrañaba el juego. Contactó a los Filis, quienes le ofrecieron un trabajo como coach de infield de su filial Clase A de Batavia, NY. Dada su inteligencia y su reputación de liderazgo, un trabajo como entrenador tenía mucho sentido. En tres años, Cash ganó una promoción, se convirtió en manager del equipo de la NY-Penn League. Cash entonces trabajó por varios años como coach de primera base en Scranton-Wilkes Barre, el equipo de AAA de Filadelfia. En 1996, Cash consiguió una promoción al cuerpo técnico de Grandes Ligas, pero después perdió su trabajo cuando Terry Francona fue nombrado manager. Cash entonces regresó a trabajar con la organización de los Orioles, en ligas mayores y ligas menores. Su último período como entrenador ocurrió en un equipo de liga menor independiente en la Golden Baseball League. Despues de la temporada de 2010, se retiró a su casa en Florida. Poco sabía de eso para el momento cuando conseguí su barajita Topps de 1972, pero yo desarrollaría dos nexos comunes con Cash. Quince años después de mi viaje a Gillard’s, durante la primavera de 1987, comenzaría mi primer trabajo. Trabajaba como narrador deportivo para Radio WIBX en Utica, el mismo pueblo del estado, donde Cash había pasado sus años de formación en los ’50 y ’60. No había manera de que yo supiese que iba a terminar trabajando en esa pequeña ciudad de Nueva York central. Caramba, yo tenía solo siete años de edad y no había oído de Utica en 1972. Mientras trabajaba en la estación radial, tuve la oportunidad de entrevistar via telefónica a Cash. Para mi satisfacción, él no era extremadamente serio o molesto, no de la manera como su barajita lo había mostrado. No, él era muy cordial, agradecido por la oportunidad de ser escuchado por los aficionados de su pueblo de Utica. No solo eso, estaba claro que él era inteligente y bien hablado. Durante nuestra conversación, Cash mencionó su interés en convertirse en manager de Grandes Ligas. Basado en sus destrezas de comunicación y su conocimiento del juego, parecía que Cash estaba en camino de lograrlo. Yo seguí en la estación de radio hasta marzo de 1995, cuando empecé a trabajar en el Salón de la Fama del beisbol. Poco sabía que Cash también terminaría conectado a Cooperstown, aunque fuese de una manera limitada. Como destacado jugador amateur del beisbol American Legion, Cash hizo varios viajes para jugar juegos organizados en el histórico Doubleday Field de Cooperstown. Ese fue un estadio donde Cash regresaría como profesional, para jugar con los Piratas en el juego anual del Salón de la Fama en Doubleday Field. Cash jugó en Doubleday en el verano de 1973, el año de la elección póstuma de Clemente al Salón de la Fama y solo un año después que yo coleccionara mi primera barajita de beisbol. Aunque él tuvo una buena carrera, Dave Cash nunca llegará al Salón de la Fama como jugador, y tristemente, no realizó el sueño de ser manager de Grandes Ligas. De todas formas, forjó una carrera duradera de la cual debería sentirse orgulloso, al jugar para los campeones mundiales Piratas de Pittsburgh en 1971, convertirse en parte integral de varios buenos equipos de los Filis a mediados de los años ’70, y lograr el éxito como manager y coach de ligas menores. A un nivel personal, Cash siempre será un nombre importante. Para este coleccionista de barajitas de beisbol, Dave Cash siempre será la barajita Nº 1, la que empezó todo. Acerca de Bruce Markusen Bruce Markusen es el gerente de Digital and Outreach Learning at the National Baseball Hall of Fame. Ha escrito siete libros de beisbol, incluyendo biografías de Roberto Clemente, Orlando Cepeda y Ted Williams, y A Baseball Dynasty: Charlie Finley’s Swingin’ A`s, el cual fue premiado con la Seymour Medal de SABR. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

lunes, 27 de junio de 2016

Jim Palmer, a los 70 años, aún habla de pitcheo.

Tyler Kepner. The New York Times. Extra Bases. 28 de mayo de 2016. Baltimore.- Es mediodía de miércoles, y Jim Palmer camina desde su casa hacia un lugar favorito en Little Italy, Da Mimmo, donde él ha estado cenando por décadas. El restaurant está vacío, lo cual significa que se puede oir a los cocineros preparando la ternera en la parte trasera. Habrá muchos clientes más tarde. La primera vez que Palmer fue allí, en 1984, también estaba vacío. Él se asomó y se fue lejos, pero la dueña lo impresionó. Cuando ella era más joven y formaba parte de un club de fanáticos de los Orioles, explicó ella, siempre había querido el autógrafo de él. Palmer entró al restaurant, le encantó, y cuando supo que el lugar tenía dificultades, habló con un columnista local. Ahora aquí sigue el restaurant, todos estos años después, destacando. Así también está Palmer, quien te impresiona, en su ciudad adoptiva, un poco como Rocky Balboa en “Creed” la última película de la serie “Rocky”. El personaje se maneja en Filadelfia, con la confianza de una leyenda del vecindario quien ha destacado en los años ’70, nunca ha tenido que probar más nada de nuevo, y nunca abandonó sus raíces. Así es Palmer en Baltimore, sin la soledad que rodeaba a Rocky. Palmer a los 70 años, es cualquier cosa menos solitario. Está casado, con un hijastro y dos hijas crecidas, y aun trabaja en juegos de gira y en casa en la cabina de transmisión de los Orioles. Está rodeado por el beisbol, y por aficionados quienes lo adoran. “Siempre le digo ahora a las personas, ‘Díganles quién era yo’”, dijo Palmer. “Los padres se acercan a mi en los actos de barajitas, o me ven en el estadio y van a buscarme, ‘Él fue uno de los mejores pitchers de todos los tiempos’. Nunca pensé en eso. Me refiero a que estaba orgulloso de lo que era capaz de hacer, pero todo lo que hacíamos era algo colectivo”. Los Orioles han jugado seis Series Mundiales, y Palmer es el único pelotero quien las ha jugado todas. Ganó un juego en cada una de sus series victoriosas, en 1966, 1970 y 1983, y fue inducido en el Salón de la Fama. Palmer tuvo ocho temporadas de 20 victorias en un período de nueve años y ganó tres premios Cy Young de la Liga Americana. Es un miembro orgulloso de la última generación de pitchers quienes trabajaron 300 innings en una temporada, lo hizo cuatro veces. “Cuando llegué al Salón de la Fama, dije que mi miedo más grande acerca del beisbol es que si pagas más por menos, eso es probablemente eso es lo que vas a conseguir”, dijo él. “Y estaba hablando de pitcheo”. Palmer habla mucho acerca de pitcheo, y de su vida como pitcher, en una nueva memoria escrita con Alan Maimon, “Nine Innings To Success” (Triumph). El libro usa ejemplos de la vida de Palmer para ilustrar puntos con más amplitud, y su autor entiende su buena fortuna al vivirlos todos. Palmer llegó a las mayores en 1965 en relevo de Robin Roberts, un futuro inquilino del Salón de la Fama quien también fue su compañero de cuarto y mentor. Terminó la próxima temporada lanzando un blanqueo en la Serie Mundial en Dodger Stadium, para vencer a uno de sus héroes, Sandy Koufax, en el último juego de la carrera de Koufax. “Salgo a batear y Koufax me lanza la primera recta alta, shoooo”, dijo Palmer, imitando el sonido. “Luego me lanza la curva y parece igual. ¡Igual! Y John Roseboro la atrapa contra el suelo. Y me digo, este es Sandy Koufax”. Palmer estaba describiendo lo que resultó ser el último ponche que Koufax consiguió. Él se retiró después de la Serie Mundial, su brazo se arruinó. Casi se ha olvidado que Palmer casi se retira también. Él pitcheó solo nueve juegos la próxima temporada y se lesionó el manguito rotador en las menores en 1968. “Oi que todo estalló”, dijo él. “Fue como Rice Krispies”. Ese pudo haber sido el fin. Los Orioles estaban tan desesperados que ordenaron que le sacaran los dientes a Palmer como remedio para el hombro. Palmer aprobó un examen para hacerse vendedor de seguros de vida. Estaba tan desahuciado que los Reales de Kansas City y los Pilotos de Seattle lo dejaron pasar en el draft de expansión. “Mark Trumbo me preguntó, ‘¿Cómo lidiaban ustedes con la cirugía Tommy John, los problemas de ligamentos y todo eso?’” dijo Palmer, refiriéndose al jardinero de los Orioles. “Le dije que ellos tenían dolor en el codo y nadie sabía por qué. Algunos mejoraban, otros no”. Palmer fue uno de los afortunados. Una noche de diciembre de 1968, en un juego de baloncesto de los Bullets de Baltimore, un amigo quien trabajaba en una droguería escuchó a Palmer describir sus problemas. El amigo, Marv Foxman, se fue en medio de la conversación, fue a su carro y le trajo a Palmer una bolsa de papel marrón llena con píldoras de Indocin, un calmante anti-inflamatorio sin esteroides. Palmer las tomó como Foxman le indicó, fue al beisbol invernal de Puerto Rico y reencontró su recta de 96 millas por hora. De esa manera, estaba de vuelta, un lanzador potente con notable durabilidad quien sería el mayor ganador del beisbol (186 victorias) en los años ’70. Los pitchers de entonces, dijo Palmer, no eran necesariamente mejores que los de hoy. La diferencia son los patrones. A él le gustaba lanzar cuando lo hacía, disfrutaba el reto de trabajar a lo largo de todo el juego, de la manera como Roberts lo había hecho antes que él. “Eso es lo que hacías, porque podías hacerlo”, dijo Palmer. “Aprendes mucho de ti. Eso requiere malicia, inteligencia, acondicionamiento, agallas”. Un pitcher, dijo él, sobresale hoy, no solo por su talento, sino, le parece a Palmer, por su empeño en llegar más lejos que la mayoría: Clayton Kershaw de los Dodgers, quien lanza en el mismo estadio donde Palmer venció a Koufax hace casi 50 años. El juego que él analiza ha cambiado respecto al que él jugaba, pero Palmer está ansioso de ver al maestro moderno en julio. “No lo conozco, pero lo voy a hacer este año”, dijo sonriendo. “Vamos a jugar en Dodger Stadium”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

martes, 21 de junio de 2016

Carl Erskine ayuda a rendirle honores a un amigo de la niñez.

Michael Tackett. The New York Times. 28-05-2016. Anderson, Ind. – Mientras se acerca a su cumpleaños 90, Carl Erskine no siente que le queden muchas cosas por revisar. Pero había una. Él quería ver que su amigo de la infancia Johnny Wilson fuese homenajeado apropiadamente en su pueblo natal. Ese momento llegó este viernes cuando una escultura de bronce de tres metros de Wilson saltando, sus brazos estirados, una pelota de baloncesto en la mano derecha, fue develada en Anderson High School. Erskine, el lanzador de los Dodgers de Brooklyn quien apareció en 11 Series Mundiales y ejecutó dos juegos sin hits ni carreras en los años ’50, y Wilson ha sido amigos desde que se conocieron siendo niños, en un callejón donde había un aro de baloncesto pegado a un granero, Erskine hizo una invitación inocente: “¿Quieres jugar?” Un niño blanco, otro negro, estuvieron juntos desde entonces por su amor al deporte y sus delicadas circunstancias económicas durante la depresión en este pueblo de fábricas del centro-norte de Indiana. La amistad con Wilson fue el puente de Erskine para su cálida relación con Jackie Robinson, con quien se unió en los Dodgers en la segunda temporada de Robinson después de romper la barrera racial de Major League Baseball. Un día, Robinson se salió de su rutina para agradecer a Erskine por hablar con su esposa Rachel, e hijos frente a aficionados blancos. Erskine dijo que no era necesario el agradecimiento, y el viernes él dijo que un nombre lo explicaba todo: Johnny Wilson. La de ellos es una amistad que tiene ocho décadas y ambos hombres la ven como una poderosa contranarrativa a las tensiones raciales que han consumido muchas ciudades estadounidenses y por momentos inflamaron la campaña presidencial. Ellos simplemente nunca se vieron a través del prisma de la raza. Erskine dijo que la escultura era un tributo merecido para Wilson. “Mi esperanza es que esto significará mucho más que los méritos deportivos de Johnny”, dijo Erskine en una entrevista. “Lo que Johnny significa para mí es que el venció todos los pronósticos. La segregación era implacable en eso días. Blancos y negros estaban separados, excepto por la amistad, y entonces eso no hacía ninguna diferencia”. Wilson fue un atleta todo terreno al estilo de Robinson, al jugar cuatro deportes y ganar el máximo honor de la secundaria, Mr. Basketball, luego de llevar a Anderson al título estadal en 1946, al anotar 30 de los 67 puntos de su equipo en el juego por el campeonato. También compartía el campeonato estadal de salto alto, y jugaba futbol americano. En verano, se unía a Erskine para jugar beisbol y tenía sueños de jugar en Grandes Ligas. Pero mientras Erskine había tenido una vida de aceptación y adulación, Wilson a menudo era recibido con rechazo. Quería asistir a Indiana University, pero el entrenador de baloncesto le dijo que n o era lo suficientemente bueno aunque había sido nombrado mejor jugador del estado. No había que decir que la conferencia Big Ten no ofrecía becas deportivas a atletas negros. Luego que Wilson lideró al estado entre los anotadores mientras jugaba para la pequeña Anderson College, las ligas profesionales de baloncesto tampoco le ofrecieron oportunidad alguna. Así que Wilson firmó con los Globetrotters de Harlem en la época cuando el equipo era altamente competitivo, iban de gira por todo el país para enfrentar equipos de estrellas de las universidades y equipos profesionales de blancos, viajaban hasta Europa y Asia. Por más que Wilson fuese muy talentoso para el baloncesto, su primer amor fue el beisbol. Tuvo una prueba con los Cardenales de San Luis, bateó dos jonrones, y otros cuatro imparables, además de registrar los tiempos más rápidos en las carreras. Cuando le preguntaron al scout de los Cardenales que pensaba de Wilson, dijo, “¿Cuál era Wilson?” Era el único pelotero negro. Wilson firmó con los American Giants de Chicago, un equipo de las ligas negras, jugó una temporada antes de regresar a los Globetrotters. Desde muy jóvenes, Erskine y Wilson se las arreglaron alrededor de la segregación del momento. Wilson fue vetado de la piscina de YMCA, así que Erskine nadaba con él en la piscina para personas de color. Las personas negras no se podían sentar en la planta baja del cine el centro, Erskine subía al balcón para sentarse con su amigo. Cuando un restaurant rechazaba servirles, simplemente se retiraban juntos. Cuando Erskine le pidió a Wilson que jugara con el equipo juvenil de beisbol de puros blancos de la ciudad, estos ganaron fácilmente. El día siguiente, la ciudad hizo perder al equipo de Erskine en la mesa por usar un jugador negro, dijo Erskine. Cuando Erskine brillaba con los Boys of Summer de esa época de los Dodgers, Wilson trataba de conseguir un radio para escuchar los juegos donde lanzaba su amigo. Un día, sus equipos de beisbol coincidieron en Pittsburgh, y se encontraron en Schenley Park frente a Forbes Field y hablaron de lo lejos que habían llegado. “Mira todo lo que hemos avanzado desde el viejo vecindario”, recordó Erskine decirle a su amigo. Erskine regresó a Anderson luego del beisbol, para trabajar primero en seguros y después en una institución bancaria. También ha colaborado mucho en Special Olympics; su hijo más joven, Jimmy, nación con síndrome de Down, y Erskine aun lo lleva y lo trae en carro al trabajo. De muchas maneras es la cara más popular de la ciudad. Wilson, quién cumplirá 89 años en julio, tuvo un destino diferente. Fue rechazado dos veces como candidato a convertirse en el entrenador del equipo de baloncesto de la escuela secundaria, por razones que siempre ha asociado con asuntos raciales. Aún así, Wilson dice que no tiene tiempo para la amargura. Cuando le era negada una oportunidad, Wilson dijo, que su madre, Hazel, le decía. “Ellos son los que pierden. Te necesitan más de lo que tú a ellos. No vayas donde no te quieran”. Y así hizo Wilson. Wilson vive por su cuenta y rara vez se pierde un juego de baloncesto de Anderson High School. Cada semana, él es voluntario en la recolección de ropa de su iglesia, a menudo les hace llegar artículos a las familias necesitadas. Su pueblo ha llegado a valorarlo por completo. Fue premiado con un doctorado honorario de lo que ahora es Anderson University. Fue inducido al Salón de la Fama de Anderson High School, y el estado de Indiana le rindió honores como Sagamore of the Wabash, un premio entregado a aquellos quienes pasan a ser la herencia del estado. Wilson y Erskine hablan frecuentemente por teléfono, desayunan o juegan golf. Durante una ronda el pasado verano, Erskine hizo un hoyo en uno, y Wilson fue su testigo. Erskine quien ayudó a recaudar fondos para la escultura, la cual costó más de 60.000 $, dijo qu los terrenos de la escuela secundaria eran un lugar apropiado para rendir honor a uno de sus egresados más inspiracionales. Wilson fue más gráfico, al decir: “Si un muchacho puede mirar esa estatua y decir ‘Pienso que puedo hacer eso’, eso me satisfaría. En la mañana calienta y vaporosa, Erskine ayudó a desprender la envoltura púrpura de la escultura mientras esta se develaba, con Wilson en su uniforme de los Globetrotters de Harlem, con el cuerpo inclinado saltando hacia el cielo. “Él es mi hermano del alma”, dijo Erskine. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

miércoles, 15 de junio de 2016

Ellos estuvieron ahí: Herman Franks.

“Dicen que yo le robé las señas a Brooklyn ese día y nunca lo he admitido. Ni lo haré. Se ha hablado mucho de eso desde 1951… Cuando Bobby bateó esa pelota fue uno de los momentos más grandes de mi carrera en el beisbol”. Un bateador zurdo quien lanzaba a la derecha, Herman Franks llegó al beisbol con los Stars de Hollywood de la Pacific Coast League en 1932, pero pronto fue adquirido por los Cardenales de San Luis y se unió a su gran sistema de granjas. Todo lo que necesitas saber de su carrera como jugador activo es que jugó principalmente como reserva y terminó con un promedio de bateo de .199 con tres jonrones en 188 juegos en partes de seis temporadas. En 1949, Franks recibió su primera asignación técnica como asistente de Leo Durocher con los Gigantes de Nueva York. Fue miembro de dos equipos campeones de la Liga Nacional (1951, 1954) y de uno campeón de la Serie Mundial (1954) hasta 1955. De acuerdo al autor Joshua Prager en su libro de 2006 The Echoing Green, Franks jugó un papel clave en el famoso jonrón ganador del banderín en el playoff de la Liga Nacional de 1951, The Shot Heard Round The World. De acuerdo a Prager, Franks estaba en el clubhouse de los Gigantes en el centerfield de Polo Grounds, su sede, robando las señas del catcher rival a través de un telescopio y pasándoselas al cátcher de reserva Sal Yvars (quien estaba en el bullpen) y este a los coaches y bateadores de los Gigantes. Cuando le preguntaron donde estaba cuando Thomson bateó su jonrón, Franks dijo, en 1996, que estaba “haciendo algo para Durocher” en ese momento. Cualquiera que pudo haber sido su papel ese día, Franks era conocido como devoto del estilo de Durocher, ganar de cualquier forma, incluyendo la intimidación mediante deslizamientos con los ganchos por delante y pitcheos en la espalda. El autor Roger Kahn citó al jardinero de los Dodgers Carl Furillo al afirmar que Franks asomaba su cabeza en el clubhouse de Brooklyn para amenazar a Furillo con que los pitchers de los Gigantes le lanzarían a la cabeza durante el juego de ese día. Furillo, cuyo odio por Durocher era tan intenso que se agarraría a puños con él en un dugout de los Gigantes lleno de peloteros rivales, dijo de los Gigantes en el libro Bums de Peter Golenbock, “Ellos eran peloteros sucios…Todos querían ser como Durocher, copiar a Durocher. Ese Herman Franks, él era otro más”. Las cuatro temporadas de Franks como manager de los Gigantes de San Francisco en el lapso 1965-68 produjeron cuatro frustrantes segundos lugares. Luego fue coach y manager de los cachorros de Chicago por un período de 11 años. Aunque Franks compiló una pobre marca como pelotero, logró un balance ganador como manager, 605 victorias y 521 derrotas. Como le fue contado a Ed Attanasio, This Great Game Sobre su papel en el jonrón de Bobby Thomson: “Dicen que me robé las señas de Brooklyn ese día y nunca lo he admitido. Y nunca lo haré. Se ha hablado mucho de eso desde el ’51. La gente no se ha cansado de hablar de eso. Debo haber hablado de estor con el escritor Prager más de 50 veces. Él hasta viajó en avión hasta Salt Lake City para entrevistarme. Prager investigó mucho sobre esa historia, déjeme decirle. Leí cosas ahí, que no sabía. Sal Yvars ha hablado mucho, pero nadie más lo ha hecho. Alvin Dark no habló, yo no hablé; Whitey Lockman no diría nada al respecto. Pero hay muchos de ellos, aun vivos, quienes hablaron mucho. Cuando Bobby bateó esa pelota fue uno de los momentos más grandes de mi carrera en el beisbol”. Sobre su relación con Carl Furillo: “Carl Furillo murió arruinado; enojado con el mundo. Fue vetado y estaba furioso con el mundo. No pudo conseguir otro trabajo en el beisbol y culpó a todo el mundo menos a él. Dijo una cantidad de barbaridades de mi. En aquellos días, todos gritábamos. Los Dodgers tenían unos pitchers rudos en aquel entonces, especialmente Don Newcombe, todos se lanzaban entre si y se lanzaban al piso todo el tiempo. Tratabas de protegerte. Ellos eran muy competitivos en aquellos días, Brooklyn y los Gigantes. Esos dos equipos se odiaban mutuamente. En ese tiempo había una regla en la liga, si hablabas con los peloteros del otro equipo en el terreno te multaban. No es como hoy cuando los peloteros conversan entre si, para nada. Ahora ellos salen a cenar después del juego, todos son amigos. Es muy diferente ahora”. Sobre los esteroides y dirigir el juego hoy: “Me molesta mucho verlos hablando de esteroides. Barry Bonds es uno de los mejores bateadores que haya visto. Puede batear sentado. Y estableció todas esas marcas cuando no había leyes contra los esteroides, ¿cierto? Muchas de estas barbaridades no ocurrirían si yo todavía fuera manager. Tal vez no podría dirigir en el juego de hoy. No sé. Pienso que los peloteros dirigen a los managers hoy, los agentes les dicen a los managers cuando pueden usar sus pitchers, y todo ese tipo de porquerías. Eso no iría conmigo. Y el dinero, lo más que gané como manager fue 125.000 $ con los Cachorros, lo cual para ese momento me hizo uno de los managers mejor pagados. Ahora ellos ganan millones. Sobre jugar desde el banco: “Durocher fue un gran provocador desde banco, eso es bien sabido. Pero em aquellos días podías gritar desde el banco. ‘Pégasela en la oreja’, cosas como esa. ‘¡Túmbalo!’ Hoy no se hace eso. Caramba, vi a Leo ir al plato y ser noqueado cuatro veces seguidas. Nunca se quejó. ¡Todos se gritaban entre si!” Sobre los Gigantes de 1965: “El mejor equipo que dirigí. No tenía campocorto ni segunda base. No podíamos hacer el dobleplay. Si hubiera contado con eso, hubiese ganado el banderín esos cuatro años. Tratamos con varios campocortos y segundas bases, pero no pudimos encontrar quien sellara esos huecos, Teníamos cinco futuros inquilinos del Salón de la Fama en ese equipo Gaylord Perry, Orlando Cepeda, Juan Marichal, Willie Mays y Willie McCovey. Le enseñé a Gaylord Perry a lanzar la bola de saliva; eso fue lo que lo consagró. Ganamos 90 juegos tres veces en esas cuatro temporadas y terminamos segundos cada vez. Hoy ganas 90 juegos y estás en los playoffs”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

lunes, 13 de junio de 2016

Desde un Infielder Central para un Espíritu Familiar.

Jeff Wallach. The New York Times. 28 de mayo de 2016. Hubo una época no hace mucho tiempo, cuando los jóvenes aficionados al deporte escribían cartas reales a sus héroes y a veces recibían de vuelta una foto o hasta una nota o carta, no de un agente de relaciones públicas, sino del propio atleta. A veces la respuesta venía autografiada, sin factura incluida. Por eso le escribí en 1971, mediante un amigo de la familia, al campocorto de los Mets, Bud Harrelson. Mis esfuerzos eran como esos buscadores de inteligencia extraterrestre, al enviar una señal en la oscuridad con la esperanza de que algo podría responder desde allá. Yo quería la dirección de la casa de Harrelson para invitarlo a mi bar mitzvah, el cual sería en dos años. También invitaría al Presidente Richard M. Nixon y a Don Adams, el actor que había protagonizado la comedia “Get Smart”. Harrelson fue lo suficientemente caballero para responder mi carta. Respondió en una hoja de papel de cuaderno que había circulado entre compañeros de equipo y coaches para que la firmaran, y en 1971 esos individuos incluían a Tom Seaver, Nolan Ryan, Gil Hodges, Yogi Berra y otros quienes, con Harrelson, fueron parte de los Milagrosos Mets de 1969, el equipo que ganó la Serie Mundial y me enseñó que absolutamente todo era posible. Harrelson, debería refrescarse, fue también el coach de tercera base del equipo de campeonato de los Mets en 1986 que será homenajeado esta semana en Citi Field. Él fue quien acompañó a Ray Knight hasta el plato luego que la pelota pasara entre las piernas de Bill Buckner en el sexto juego. Pero ese fue un milagro diferente. De vuelta a 1971, él se disculpó por no poder dar la dirección de su casa pero me animó a escribirle a Shea Stadium. También me aconsejó mantenerme en la escuela, aunque en ese momento tenía 11 años y no estaba pensando en desertar para probar suerte en las mayores. En nuestra era actual, cuando se muestra memorabilia deportiva autografiada en eBay por miles de dólares, estoy menos interesado en saber cuanto cuesta ahora esta carta que lo que me llevó a escoger a Harrelson como mi pelotero favorito. Despues de todo, él solo pesaba 82 kilogramos y tenía un promedio de bateo vitalicio de .236. Era apodado alternativamente Twiggy, o Mighty Mouse o Minik Hawk. En un equipo de extrovertidos, él pasaba desapercibido, aunque siempre fue divertido, como cuando contó acerca de la notoria trifulca con Pete Rose en 1973, “Lo golpeé en el puño con mi ojo”. Pero Harrelson también era un pequeño mago con guante de gran fildeador, un alquimista humilde en el shortstop quien podía escamotear un sencillo desde el contínuo del tiempo y el espacio y convertirlo en dobleplay. Terminó su carrera con un porcentaje de fildeo de .969, ganó un guante de oro en 1971 y participó en dos Juegos de Estrellas. También podía crecerse en algunas ocasiones, como cuando bateó uno de los pocos jonrones de su carrera sobe la cabeza de Rose en su primera visita a Cincinnati luego de la pelea. Ahora veo que algo en Harrelson reflejaba la manera como yo me veía cuando era un muchacho: Que yo tenía un poder sutil pero inherente, un brillo por pulir que se revelaría cuando más se necesitara, como al tomar instintivamente un roletazo caliente sobre el terreno y convertirlo en arte con un pivot y un latigazo por debajo del brazo hacia primera base. Nunca sería Rusty Staub, lo sabía desde entonces, pero seguramente había otras maneras de destacar. Cuando Harrelson se enfrentó a Rose aquel día de octubre de 1973, desafiando a uno de los peloteros más duros (quien también pesaba 20 kilogramos más que él), yo sentí como si me hubieran reconocido por mis habilidades ocultas, esas cualidades que algun día saldrían de mi como una aparente línea buena para un doble que luego ascendiera hasta sobrar la cerca. Fue como si Harrelson supiera esto de mi antes que lo hiciera, y por eso es que me había respondido la carta Traducción: Alfonso L. Tusa C.

martes, 7 de junio de 2016

Cincuenta años del no-hitter de Sonny Siebert.

Cleveland 2 vs Washington 0, 10 de junio de 1966. No-Hitters. The 225 games 1893-1999. Rich Westcott and Allen Lewis,2000. Como muchos pitchers antes y después de él, Wilfred Charles (Sonny) Siebert no empezó su carrera profesional en el montículo. El espigado derecho quién nació el 14 de enero de 1937 en St. Mary’s, Missouri, empezó a jugar profesional con el Batavia de la New York-Penn League como jardinero. Se convirtió en pitcher a tiempo completo en 1960 y llegó a las Grandes Ligas en 1964 con los Indios de Cleveland. También lanzó con los Medias Rojas de Boston, antes de hacer paradas al final de su carrera con los Rangers de Texas, Cardenales de San Luis, Padres de San Diego y Atléticos de Oakland. Totales de Grandes Ligas: Años: 12 (1964-1975). Juegos 399. Ganados: 140. Perdidos: 114. A pesar de contar con varios lanzadores destacados, los secundones Indios de Cleveland no habían tenido un juego sin hits ni carreras en 15 años cuando Sonny Siebert subió al montículo el viernes 10 de junio en Municipal Stadium ante los Senadores de Washington. Phil Ortega estaba en la lomita de los Senadores que ocupaban el octavo lugar de la clasificación. Ante una asistencia de 10.469 aficionados, Siebert, dueño de una marca de 4-4, efectuó 116 pitcheos mientras ponchaba siete y concedía un boleto. Solo dos Senadores se le embasaron mientras Siebert enfrentaba solo 29 bateadores. Siebert, cuyos envíos incluían una buena recta y curva con excepcional control, tuvo casi todo a su favor. Empezó dominando a Don Blasingame con elevadito a tercera base en el primer inning, retiró 13 bateadores seguidos. Ponchó a Eddie Brinkman y a Ortega en el tercer inning, y no fue hasta que, con dos outs, Jim King conectó un elevado corto a la izquierda que un bateador de los Senadores le sacó la pelota del cuadro. El lanzador de los Indios tuvo un juego perfecto hasta que caminó a Dick Nen con un out en el quinto inning, Nen se congeló en primera base cuando Siebert abanicó a Don Lock y retiró a Paul Casanova con rodado al campocorto. Solo otro bateador de Washington llegó a primera base. Eso fue en el octavo inning cuando con dos outs Casanova la rodó en conteo de 2-2 hacia el segunda base Chico Salmon, Salmon tomó la pelota pero su tiro a primera fue contra el suelo y Fred Whitfield no lo pudo manejar. A Salmon le apuntaron error. Casanova, sin embargo, se quedo varado en primera base mientras Siebert ponchaba con tres envíos al bateador emergente Bob Chance para terminar el episodio. Salmon había hecho una buena jugada en el sexto inning cuando con dos outs atacó un bote alto de Blasingame sobre el montículo, y sacó al corredor por medio paso en primera. Los Senadores solo batearon dos pelotas con fuerza, abriendo el séptimo inning, Bob Saverine en conteo de 3-2, metió un candelazo por la raya de primera base que tomó Whitfield. En el octavo, Lock bateó una línea por tercera base en conteo de 0-1 sobre una curva y Max Alvis atrapó la pelota de un salto. Siebert no tuvo problemas en el noveno inning. Llevó al emergente Fred Valentine a la cuenta completa antes de obligar al jardinero de los Senadores a rodar la pelota por los predios del segunda base Dick Howser. Blasingame entregó el segundo out en roletazo a Whitfield en conteo de 2-2, este pasó la pelota a Siebert quien cubrió primera base. El último out llegó cuando Bob Saverine bateó un manso elevado a la izquierda donde Chuck Hinton, quien había entrado como reemplazo defensivo al comienzo del inning, atrapó la pelota. Leon Wagner le dio a Siebert todas las carreras que necesitaba con un jonrón solitario en el segundo inning. La otra carrera de los Indios llegó en el terecr inning cuando Victor Davalillo negoció boleto, robó segunda base y anotó con sencillo de Salmon. Siebert continuó con una buena temporada, dejó marca de 16-8 y lideró la Liga Americana en porcentaje de juegos ganados. Traducción: Alfonso L. Tusa C. 19-05-2016.