lunes, 30 de enero de 2017
Los Materiales de libro ‘Ball Four’ de Jim Bouton a la Una, a las Dos…
Tyler Kepner. The New York Times. 13-01-2017.
Paula Kurman conoció a su esposo, Jim Bouton, en 1977, en un evento para recaudar fondos para un hospital en un Bloomingdale de Hackensack, N.J. Ella pensó que era bien parecido, pero no entendía porque las personas querían su autógrafo. Él dijo que una vez lanzó para los Yanquis, pero para Kurman eso no era una buena razón. Ella es doctora, una científica conductual, y mientras más hablaba con Bouton, más notaba que había algo más ahí. Ella lo encontraba divertido, tal vez hasta brillante, y sabía que él le gustaba.
“Pero no pude llamar amor a eso hasta que leí el libro”, dijo Kurman este miércoles 11 de enero, “porque me di cuenta de algo que Jim aún no absorbe, lo cual es que él es uno de los mejores científicos sociales de los alrededores”.
El libro por supuesto era “Ball Four”, el cual hizo a Bouton, quien lo publicó en 1970, mucho más famoso que su carrera como pitcher. Bouton tuvo dos grandes años con los Yanquis y ganó dos veces en la Serie Mundial de 1964. Del resto, fue un pitcher promedio, con una destreza extraordinaria: observación.
Bouton se daba cuenta de todo, y lo anotó todo para la posteridad en 1969, cuando decidió escribir un diario de su temporada con el equipo de expansión Pilotos de Seattle (y, al final de ese año, con los Astros de Houston). Desde un tiraje inicial de 5000 copias, el libro ha vendido millones de ejemplares alrededor del mundo. Es probablemente el libro más honesto y comprometido escrito alguna vez acerca de las divertidas y fascinantes personas quienes juegan beisbol.
Ahora, Bouton y Kurman están subastando todos los materiales que aparecieron con la escritura y el tormentoso tiempo posterior a la publicación de “Ball Four”: cada nota que Bouton garabateó, cada cinta que grabó, el manuscrito completo y toda la caldeada correspondencia de Major League Baseball, la cual le ordenaba retractarse. Bouton rechazó hacerlo, al entender que el problema de la liga no era con sus desvergonzados cuentos de borracheras, los cuales ahora parecen más divertidos que exhibicionistas, sino con su recuento del carácter unilateral de los dueños de equipo en la era anterior a la libre agencia.
Bouton escribió notas en cualquier cosa desde tarjetas de citas, hasta bolsas de aviones para vomitar, hasta cajas de cereales.
Dan Imler, el director gerencial de SCP Auction, dijo que la colección de “Ball Four” había atraído a varios ofertantes. La oferta mínima es 50.000 $ pero Imler dijo que esperaba que subiera hasta algun lugar en el rango entre 300.000 $ - 500.000 $. La subasta cierra el 21 de enero.
Bouton también está subastando unas 29 piezas de implementos y uniformes de su carrera de 10 años con los Yanquis, Pilotos, Astros y Bravos de Atlanta. Pero el premio es el material crudo que produjo el trabajo del libro.
“Es increíble ver los huesos, de un libro como este”, dijo Imler.
Bouton, 77, tuvo un infarto hace dos años que le dificultó hablar, leer o escribir. Se ha recuperado bien, aunque no completamente, y Kurman ayuda en las entrevistas. Ella dijo que Bouton ha mantenido las notas de “Ball Four” meticulosamente organizadas en su hogar de Massachusetts occidental, y a menudo ha disfrutado sumergirse en ellas para agitar algun recuerdo viejo.
Pero después de entregar algunos artículos de beisbol a sus hijos, y mantener algunos para ellos, decidieron que era tiempo de deshacerse del resto. La familia retiene los derechos de reproducción de todas las notas, pero el comprador está en la ruta de descubrir numerosas anécdotas no publicadas, en cada cosa desde tarjetas de citas hasta bolsas de aviones para vomitar hasta servilletas de coctel hasta papel de carta del Radisson de Minneapolis.
“La idea era escribir algo que fuera interesante, así que tuve que cargar un cuaderno conmigo, pedazos de papel, cajas de cotufas”, dijo Bouton. “Yo escribía notas en la parte trasera de las cajas de cereal en el dugout. Recuerdo a Fred Talbot”, un compañero pitcher, “diciendo, ‘Sabes Bouton, ¡tomar notas así es peor que chismear!’”
“Pero había tantos personajes como ese que todo era muy divertido. Estábamos en un equipo de expansión, por lo que éramos rechazados por los otros equipos y nos estábamos conociendo. Eso era parte de la diversión”.
A través de “Ball Four”, Bouton reflexionó en más que solo la temporada de 1969; también compartió historias del resto de su vida y carrera. Por décadas, él no fue invitado al día de las viejas glorias en Yankee Stadium, supuestamente por haber escrito acerca de los hábitos de bebida de Mickey Mantle. En 1994, luego que Bouton enviara una nota de condolencia por la muerte del hijo de Mantle, recibió un sorpresivo correo de voz de Mantle, diciéndole que nunca se sintió herido por el libro y que nunca le pidió a los Yanquis que lo excluyeran. Esa cinta está incluída en la subasta.
Kurman dijo que ella y Bouton esperaban que el comprador permitiese que los materiales estuvieran accesibles para estudios, e Imler dijo que varias instituciones, que no especificó, se habían mostrado interesadas. El Salón de la Fama del beisbol no compra artefactos, pero el comprador, en teoría, podría facilitar el material a Cooperstown. Donde sea que termine el material, los antiguos compañeros de Bouton pueden descansar en paz.
“Casi 50 años después de los eventos, nadie se va a sentir herido por alguna revelación”, dijo Kurman. “Es hora de sacar todo afuera”.
Quizás el único artículo relacionado a “Ball Four” que se perdió en el tiempo es la persona quien le dio el nombre. Bouton dijo que la inspiración llegó cuando él y su editor, Leonard Shecter, fuerona una taberna en Greenwich Village después de la temporada.
“Shecter y yo teníamos el manuscrito final, y fuimos al Lion’s Head”, dijo Bouton. Estábamos entusiasmados de tener el libro en camino, ¡pero aún no teníamos un nombre! Así que le dije: ‘¿Cómo lo llamamos? Todavía no tenemos un nombre’. Y en ese momento, una dama borracha dijo en la barra, ‘¿Por qué no lo llaman “Ball Four”?’
“Nos reimos y pensamos que era muy divertido, y después mientras caminábamos en la calle, el dijo, ‘Sabes, “Ball Four” no es un mal nombre’”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
miércoles, 18 de enero de 2017
Esquina de las Barajitas: Elrod Hendricks. Topps. 1969
Bruce Markusen
Los trabajadores del Salón de la Fama también son aficionados al beisbol y les gusta compartir sus historias. Aquí está la perspectiva de un aficionado desde Cooperstown.
La colección 1969 de Topps se ha ganado su cuota de críticas a través de los años. Esa fue la temporada cuando Topps tuvo que usar fotografías viejas, algunas de dos o tres años atrás, debido a que los peloteros rechazaron posar para nuevas fotos, estaban disgustados con la compensación que estaban recibiendo de la compañía de barajitas. Por eso vemos tantos peloteros sin gorras, o usando uniformes que no corresponden con sus equipos para ese momento.
A pesar de eso me gusta la colección de 1969. La fotografía es muy sólida a través de toda la serie. Hay muchos primeros planos de peloteros, hechos de frente y de perfil. También disfruto el diseño de las barajitas. Es simple y limpio. El nombre del equipo aparece en un tipo de letra atractiva en la parte baja, mientras un círculo coloreado cerca del tope contiene el nombre y la posición del pelotero. El diseño es balanceado y sin interferencias, permite que la fotografía ocupe la mayor parte del espacio en blanco del frente de la barajita.
La barajita de Elrod Hendricks de 1969 nos regala una curiosidad especial. La mayor parte de su carrera él fue conocido como “Elrod” o “Ellie”. No puedo recordar , ni siquiera una vez, que un locutor o periodista se haya referido a él como “Rod”. Aún así ese es el nombre que aparece en el frente de la barajita. “Rod Hendricks”. Como pelotero joven que venía de su temporada de novato, Hendricks aún no era un nombre reconocido en 1969. Quizás alguien asumió que su nombre era Rod. O tal vez el quería ser llamado Rod, y cambió de opinión más adelante en su carrera. O tal vez el diseñador de Topps simplemente no sabía el nombre. Me parece que podemos estar agradecidos de que nadie lo llamara “E-Rod”.
En 1970, Topps notó el error y corrigió el nombre para que se leyera “Elrod Hendricks”. Permaneció de esa manera en 1971. Para 1972, Topps usó el menos formal nombre de Ellie. En 1973, Topps no sacó barajitas de Hendricks, pero lo devolvió a la carpeta en 1974. Permanecería como Ellie en sus barajitas Topps por el resto de su carrera.
Fui lo suficientemente afortunado de compartir con Elrod Hendricks una vez. Fue en la primavera de 1996. Realizábamos entrevistas con video para el archivo del Salón de la Fama, y Hendricks estuvo más que complacido de cumplir con nuestra solicitud. Con los Orioles preparándose para jugar ante los Yanquis en su nueva facilidad de entrenamientos primaverales en Tampa Fla., Hendricks estaba en su lugar usual: Sobre el terreno de juego, donde adoraba estar cada vez que fuese posible.
Encontré a Hendricks, quien hablaba con cualquiera, tan accesible como cualquiera. Empecé preguntándole por sus memorias favoritas, incluyendo momentos de Serie Mundial. También le pregunté acerca de jugar en la serie de 1971 ante Roberto Clemente, quién llevó a Pittsburgh a la victoria en siete juegos. Hendricks tuvo el mayor respeto por Clemente. También recuerdo a Hendricks sonriendo a través de la entrevista. Fue afable al poner de su parte para aportar buenas visiones íntimas para el archivo del museo.
Mientras los peloteros estrella a menudo se convierten en los rostros de las franquicias, a veces los peloteros polifuncionales se hacen sinónimos de un equipo mediante su trabajo duro, longevidad, un espíritu orientado hacia la comunidad, y una amigabilidad general. Hendricks representaba todas esas cualidades, lo cual lo hacía tan reconocible como Cal Ripken Jr., o Brooks Robinson. De muchas maneras, Hendricks era los Orioles. Su carrera con los Orioles se extendió desde 1968 hasta 2005, cuando trabajó con la organización como coach. Si no hubiera sido por breves pasantías con los Cachorros de Chicago en 1972 y los Yanquis de Nueva York en 1976 y 1977, Hendricks habría sido asociado continuamente con los Orioles por 38 temporadas seguidas.
Por más que recuerdo a Hendricks por sus días con los Orioles, ellos no fueron su primera organización. Hendricks firmó con los viejos Bravos de Milwaukee en 1959, pero solo duró dos temporadas en su sistema de granjas antes de ser cesanteado. Entonces firmó con los Cardenales de San Luis, pasó temporada y media en su sistema de ligas menores antes de recibir otro despido. Buscó refugio en la liga mexicana, firmó con el Jalisco. Allí se convirtió en figura legendaria, particularmente luego de largar 41 jonrones y batear .316 en una temporada. En algún momento de agosto de 1966, Jalisco decidió obtener efectivo por Hendricks y vendió su contrato a los Angelinos de California. Luego de terminar 1966, él jugó otra temporada en el sistema de los Angelinos. Cuando los Angelinos decidieron no protegerlo en el draft de la regla 5, los Orioles lo reclamaron, lo habían seguido en la liga invernal puertorriqueña. Los Orioles lo subieron a las grandes ligas en 1968, para terminar su larga década de aprendizaje en las ligas menores.
La perseverancia de Hendricks pagó resultados, debido a que las reglas dictaban que los Orioles tenían que mantenerlo en su roster por todo 1968. Lo usaron como catcher a medio tiempo, alternándolo con Andy Etchebarren. Solo bateó .202 en 79 juegos, pero jugó tan bien defensivamente y tuvo una personalidad tan llevadera que se ganó el favor del manager Earl Weaver y se convirtió en una constante en Baltimore.
Hendricks nunca se convertiría en estrella, pero fue uno de esos maravillosos jugadores alternativos a quienes Weaver apreciaba y usó tan efectivamente durante la carrera por el campeonato desde 1969 hasta 1971. El pico de su carrera llegó en la Serie Mundial de 1970, cuando bateó para .364 y descargó un jonrón en la victoria del quinto juego sobre los Rojos de Cincinnati.
Como cátcher quien bateaba a la zurda, Hendricks se alternaba con Etchebarren, dándole a los Orioles un jonrón ocasional y un catcher capaz de forjar una buena comunicación con su talentoso cuerpo de lanzadores. Fue particularmente ágil detrás del plato, una destreza que le permitió moverse y bloquear pitcheos que pudieron haber burlado a otros catchers.
Hendricks no lucía como un catcher típico. Alto y flaco, tenía la contextura de un campocorto o la de un jardinero central. Le tocó ser cátcher en una época cuando a pocos peloteros negros o latinos les daban la oportunidad de jugar detrás del plato. No por sorpresa, catchers élite defensivos como Hendricks y Manny Sanguillén brillaron una vez que les dieron la oportunidad.
Permaneció con los Orioles hasta mediados de la temporada de 1972, Hendricks se hizo canjeable debido a la insurgencia de otro joven cátcher quien bateaba a la zurda, Johnny Oates. Ahora con exceso en esa posición, los Orioles cambiaron a Hendricks a los Cachorros por el jardinero veterano Tommy Davis. Debido al desgaste de Randy Hundley, los Cachorros necesitaban ayuda en la receptoría, pero la pasantía de Hendricks en Chicago se convirtió casi en un desastre. Bateó solo .116 en 56 turnos. ¿La razón? Tenía un depósito de calcio en el cuello, una condición que le causaba parálisis parcial en su brazo y mano derechos. Era muy difícil para Hendricks sostener las llaves de su carro, ni hablar de controlar un bate de madera.
Desilusionados con su pobre juego, los Cachorros cambiaron a Hendricks ese invierno. Lo enviaron de vuelta a los Orioles, acordaron por el catcher de ligas menores Frank Estrada como compensación del cambio. Al haber negociado a Oates durante el invierno, los Orioles ahora necesitaban un catcher que bateara a la zurda para respaldar a recién adquirido Earl Williams. Era un cargo para el cual Hendricks, un gran jugador defensivo, estaba dotado perfectamente. Tampoco dolió que Hendricks hablara inglés y español, una habilidad que le permitió comunicarse mejor con el as zurdo Mike Cuellar.
Hendricks permaneció en la posición de reserva hasta la fecha límite de cambios de 1976, cuando los enviaron lo enviaron hacia Nueva York como parte de un cambio múltiple que llevó a Rick Dempsey y a Scott McGregor hasta los Orioles. Hendricks se convirtió en cátcher reserva de los Yanquis, al jugar detrás del duradero y talentoso Thurman Munson. Como bateador zurdo y tipo de un fuerte carácter en el clubhouse, Hendricks pareció ajustarse perfectamente como cátcher reserva en el Bronx. Pero pasó la mayor parte de la temporada en el Syracuse AAA. Quizás eso explica porque los Yanquis lo dejaron ir después de es temporada, permitiéndole regresar a Baltimore por tercera vez- Se convirtió en coach/jugador para los Orioles en 1978 y entonces apareció en un juego final en 1979 antes de su carrera como jugador activo.
Hendricks se convirtió en coach a tiempo completo. Como coach de bullpen de los Orioles, trabajó con varios managers, durante algunos años que se extendieron desde 1978 hasta 2005. A lo largo de ese trayecto, sobrevivió un enfrentamiento con el cáncer testicular y un ataque cardíaco, pero siguió trabajando como coach. Despues de la temporada de 2005, los Orioles lo reasignaron debido a las preocupaciones por su salud. El 21 de diciembre de ese año, sufrió un ataque masivo cardíaco que se llevó su vida. Estaba a un día de su cumpleaños 65.
Las estadísticas vitalicias de Hendricks dificilmente son impresionantes, pero para los aficionados del beisbol de la década de 1970, el valor de él excedía a los números. Como dijo el pitcher derecho del Salón de la Fama, Jim Palmer acerca de Ellie en una entrevista de 2001: “Él era el receptor perfecto. Si yo le decía que se sentara hacia la esquina, él se sentaba en la esquina. Si yo lanzaba la pelota a tiempo, él podía sacar out al corredor. Él recibió mi juego sin hits ni carreras en 1969. Yo tenía la máxima confianza en él”.
Además, Hendricks podría ser el mejor pelotero que hayan producido las Islas Vírgenes. El nativo de St. Thomas no empezó a practicar el juego hasta que tuvo 13 años de edad, y solo después que sus empeines habían sido aplastados por las ruedas de un camión. Pero él se las arregló para recuperarse de la lesión, aprender el juego, y eventualmente llamar la atención de Hank Aaron, quien estaba de visita en las Islas Vírgenes durante el receso invernal. Aaron recomendó a los scouts de los Bravos que firmaran a Hendricks. Los Bravos siguieron su consejo.
Lo más importante, es que Ellie fue una de las buenas personas del beisbol. Entusiasta, optimista y siempre dispuesto a retribuirle al juego, Hendricks dejó una impresión positiva en todas las personas con quienes compartió. Estoy agradecido de haber sido una de esas personas. Por esa y muchas otras razones los aficionados de los Orioles seguramente entienden, porque el juego extraña a tipos como Ellie Hendricks.
Bruce Markusen es el gerente de Digital and Outreach Learning at the National Baseball Hall of Fame. Ha escrito siete libros de beisbol, incluyendo biografías de Roberto Clemente, Orlando Cepeda y Ted Williams, y A Baseball Dynasty: Charlie Finley’s Swingin’ A`s, el cual fue premiado con la Seymour Medal de SABR
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
miércoles, 11 de enero de 2017
El antíguo pitcher de los Rangers, el coach Jackie Brown ha fallecido.
Stefan Stevenson. Star-telegram.com. 09-01-2017.
El antíguo lanzador de los Rangers de Texas y coach Jackie Brown falleció este domingo 08 de enero luego de batallar con una larga enfermedad..
Brown, nativo de Holdenville, Okla., tenía 73 años de edad.
El derecho debutó en grandes ligas con los Senadores de Washington en 1970. También jugó con los Indios de Cleveland y los Expos de Montreal durante una carrera de siete años. Fue firmado como agente libre amateur por los Filis en 1962.
Él lanzó para los Rangers desde 1973 hasta 1975 antes de ser cambiado a los Indios durante la temporada de 1975. Su mejor año en las mayores fue 1974 cuando tuvo marca de 13-12 con 3.57 de efectividad. Lanzó nueve juegos completos, incluyendo dos blanqueos esa temporada.
“Él es un tipo que muchas personas lo consideraban su mejor amigo”, dijo Tom Grieve comentarista y antiguo compañero de equipo y de habitación de Brown. “Siempre tenía buen ánimo, el compañero de equipo perfecto. Uno de esos tipos que todos pensaban que el mundo les pertenecía”.
Brown fue coach de pitcheo de los Rangers para los managers Pat Corrales, Don Zimmer y Darrell Johnson desde 1979 hasta 1982. También fue coach de los Medias Blancas (1992-95) y de los Rays (2002).
El hermano de Brown, Paul lanzó en las mayores con los Filis en los años ’60. Su sobrino, Daren Brown es un manager de ligas menores en la organización de Seattle y fue manager interino de los Marineros por 50 juegos en 2010.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
Nota del traductor: Números de Jackie Robinson con los Cardenales de Lara en la temporada 1970-71: 12 J, 4 C, 8 I, 3 G, 5 P, 1 S, 79.0 IP, 76 HP, 24 CL, 46 K, 28 BB, 2.73 EFE. Regresó con as Águilas del Zulia en las temporadas 1971-72 y 1972-73.
miércoles, 7 de diciembre de 2016
El antiguo pitcher de los Medias Rojas de Boston, David ‘Boo’ Ferris, fallece a los 94 años de edad.
Jack Murphy. Viernes, 25 de noviembre de 2016. The Boston Herald.
El pitcher David “Boo” Ferris, quien ganó 25 juegos para el equipo ganador del banderín en 1946, falleció ayer en su hogar de Cleveland, Miss.
En 1946, cuando él tenía 24 años de edad, tuvo marca de 24-6 para ayudar a los Medias Rojas a llegar a la Serie Mundial. Lanzó un blanqueo, 4-0, de seis imparables en el tercer juego de la Serie Mundial contra los Cardenales de San Luis y abrió el decisivo séptimo juego en el cual los patirrojos perdieron 4-3.
En su año de novato en 1945, tuvo marca de 21-10 con 2.26 de efectividad y terminó cuarto en la votación por jugador más valioso de la Liga Americana.
“Eso fueron grandes años para él”, dijo su viuda, Miriam Ferriss, 94, ayer desde su hor en Cleveland. “Amamos a Boston y a los Medias Rojas de Boston. Siempre han pensado en nosotros y nos han llevado de vuelta muchas veces. Tenemos memorias agradables de Boston”.
Ferriss pitcheó hasta 1950 para los Medias Rojas y fue inducido al Salón de la Fama del equipo en 2003. Pero no fue el mismo luego de sufrir una lesión en el brazo en 1947.
“Fue en un juego en Cleveland contra los Indios en una noche fría, la pizarra estaba 0-0 en el octavo inning”, dijo Miriam. “Él lanzó una curva, probablemente, y lo sintió. Algo estalló en su brazo. Siguió pitcheando y Bobby Doerr bateó un jonrón en el octavo inning y el ganó. Pero el día siguiente no podía levantar el brazo”.
Ferriss dejó marca de 12-11 la temporada siguiente, pero la lesión esencialmente terminó su carrera. Regresó al equipo como coach de pitcheo entre 1955 y 1959 y él y Miriam, quienes se conocieron en 1948, establecieron su hogar en Needham.
El lunes habría sido su aniversario de bodas 68.
“Boston fue de verdad un lugar en su corazón”, dijo Miriam Ferriss.
Ferriss eventualmente se encargó del puesto de entrenador principal en Delta State University en 1960 y se estableció como una leyenda en su estado Mississippi. Llevó a la universidad a un registro de 639-387-8 y tres apariciones en la Division 2 World Series antes de retirarse en 1988.
“Su relación con los muchachos, era de lo que él estaba más orgulloso”, dijo Miriam. “Estaba interesado en sus vidas y sus familias. Veía todos sus juegos aún después que dejó de entrenar. Hasta el equipo actual. Eso era parte de su vida. Siempre disfrutó a las personas. Quería asegurarse de que estuviesen en el camino correcto y se hiceran de una educación”.
Además de su esposa, a Ferriss le sobreviven un hijo, Dr. Favid Ferriss Jr., y su esposa, Pam, de Brentwood, Tenn., una hija, Margaret White, y su esposo, John, de Madison, Wis., un nieto, David Ferriss III, de Nashville, Tenn., una nieta, Miriam Pittman, y su esposo, Chase, de Memphis, Tenn., tres bisnietas, Mary Chase Pittman, Kathryn Pittman y jane Pittman, y numerosos sobrinos y sobrinas.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
viernes, 2 de diciembre de 2016
El prospecto de Grandes Ligas quien se convirtió en criminal.
Maurice Lerner.
Dan Barry. The New York Times. 24-10-2016.
El Buick de cuatro puertas avanzaba por las calles de Providence. El cielo de abril era azul claro, el aire agradable y suave. El clima perfecto para el beisbol. El hombre recostado en el asiento trasero una vez vivió días como ese.
Cuando el carro marrón se detuvo frente a Pannone’s Market en la Pocasset Avenue, su pasajero del asiento trasero saltó con una gracia poco común, una máscara sobre su rostro bien parecido, una pistola en sus manos grandes. Un cómplice armado lo seguía de cerca.
Los empleados del lugar se agacharon cuando el pistolero encontró su objetivo, un negociante quien había desafiado a Raymond L. S. Patriarca, el jefe de ojos carbón, del crimen organizado de Nueva Inglaterra. El negociante se percató a tres pies de distancia, su pistola sin usar reposaba a escasos centímetros de su mano estirada. Su paso lateral se cayó cerca de un anaquel de latas de tomate, su rostro se desencajó ante la inminencia del disparo.
Los niños del vecindario pronto presionaban sus narices contra la ventana frontal de la tienda, mientras los investigadores examinaban los dos cuerpos sobre el charco de sangre. El Buick ya era una memoria.
El matón y sus compinches se reunieron esa noche en un motel a pocas millas de distancia. Uno de ellos recordó después como el atlético pistolero, cuyo apodo era Pro, se ufanaba de sus estadísticas personales. Como fue el primero que atravesó la puerta, el que golpeó al librero, el que mató al guardaespaldas que trataba de escurrirse.
Se notaba. Los hábitos de los peloteros de antaño son difíciles de exterminar.
Si tienes talento, viajarás.
Los periódicos desde Burlington, N-C., hasta Walla Walla, Wash., contaban la misma historia: Maury (Pro) Lerner podía batear.
“Maury Lerner estrelló un triple contra el reloj de la pizarra y anotó con sencillo de Jacoby”. “Maury Lerner empujó dos carreras con un doble el domingo en la noche para llevar a Boise a una victoria 7-5 sobre Pocatello en un juego de la Pioneer League”. Maury Lerner sencilleó, bateó doble, triple y jonrón y ganó el juego.
Siempre pudo batear. Un prospecto espigado de Brookline, Mass., el estudiante de secundaria Lerner bateó .364 en su año final. El breve subtítulo debajo de su retrato en el anuario expresaba un propósito singular (“Baseball, 2, 3, 4”) y ese apodo singular: Pro. Eso fue supuestamente derivado desde haber sido llamado Little Professor al ser un niño precoz.
Lerner decía haber tenido una niñez feliz, al pasar parte de su juventud en una vivienda dúplex de Verndale Street, a unas dos millas de Fenway Park. Pero el hijo de Maury, Glen Lerner, disputa esa afirmación sobre la felicidad de la niñez. El padre de Maury, dice Glen, nunca le dijo a Maury que lo amaba, nunca fue a sus juegos de beisbol.
Tal vez esto explica las cosas, dice Glen.
Tal vez.
Lerner firmó con los Senadores de Washington a los 18 años y fue enviado a jugar a nivel de novatos en Erie, Pa. Bateó para un miserable .167 en 13 juegos y pasó los años siguientes en la milicia.
Pero regresó en 1957 para unirse a la franquicia de los Bravos de Milwaukee en Boise, Idaho, donde despachó 158 imparables en 127 juegos y bateó para un impresionante .328 (“El segunda base Maury Lerner bateó el imparable decisivo, un doble entre el jardín central y el derecho”). Entonces, arriba en Yakima, Wash., bateó .348 (“La línea de Lerner se estrelló contra la cerca del jardín derecho”). Luego en la organización de los Piratas de Pittsburgh, bateó ,372 con los Tobs de Wilson en North Carolina. (“Lerner mandó una pelota sobre la pared recortada del jardín central”).
La oficina principal de Pittsburgh estaba pendiente, en caso de que Bill Mazeroski o Dick Groat se lesionaran. Ese infielder del medio que emergía, ese muchacho Lerner, parecía respetuoso, competitivo, hasta erudito. Un real caballero, excepto cuando no lo era.
Al jugar en Nicaragua durante la temporada invernal 1959-60, Lerner bateaba cerca de .400 y tenía un buen momento. Tan bueno, que su manager, el grandeliga Earl Torgeson, anunció que lo suspendería por violar la hora límite de presentarse al hotel y otras transgresiones.
Pero entonces Torgeson y Lerner hicieron causa común contra algunos peloteros cubanos, luego que Lerner reclamó que le estaban lanzando mucho a la espalda. Torgeson se lio a puñetazos con un pelotero cubano y renunció. Lerner atacó a un pitcher y a un árbitro cubano pero siguió jugando. Y bateando.
Frank Kostro, un futuro grandeliga conocido por ser bateador emergente, compitió contra Lerner ese invierno. “Yo bateaba bien por encima de .300”, dice él. “Pero ni siquiera estaba cerca del líder, quien era Maury Lerner.
Lerner regresó a Estados Unidos con un título de bateo, la reputación de ser un buen compañero, y un cachorro de gato salvaje que escondió en una cesta, de acuerdo al libro “Memories of Winter Ball” de Lou Hernández.
También pareció arrastrar un miedo autodestructivo por el éxito. La historia de la familia dice que él saboteó la oportunidad de subir con los Piratas después que Mazeroski se lesionó, es verdad, al menos, que Mazeroski, un futuro inquilino del Salón de la Fama se lesionó dos veces, entonces peleó con su manager.
“Uno de sus lamentos más grandes”, dice Glen Lerner. “Cada vez que iba a ser promovido, hacía algo que lo desacreditaba. No sabía como explicarlo”.
Deslizándose hacia el crímen.
Maury Lerner, tuvo 24, 25, 26 años, llego a la mediana edad en las ligas menores. Un veterano que hacía 700 dólares por unos pocos meses del año. Un prospecto del pasado sin futuro.
Él aun se las arreglaba para sobresalir, aunque, leyendo libros, observando su dieta y ejercitándose con pesas. Eso fue en una época cuando casi nadie en el beisbol se concentraba en el acondicionamiento físico, de acuerdo a Gene Michael, el antiguo campocorto y gerente general de los Yanquis quien jugó tres juegos con Lerner en los Pirates de Savannah, en Georgia, en 1960.
Aunque los dos peloteros solo coincidieron brevemente hace más de medio siglo, uno en ascenso, el otro en descenso, Michael nunca olvidó a Lerner, buen guante y gran bateador de líneas quien solía batear la pelota contra el suelo para vencer el tiro a primera. Una noche en la cena, Lerner disertó sobre la estrategia y el entrenamiento del beisbol de una manera que el joven y poco experimentado Michael no había oído nunca antes.
“Él estaba muy adelantado respecto a nosotros”, dice Michael. “Muy adelantado”.
Pro Lerner miraba hacia adelante. Para el verano de 1961, el pelotero profesional también estaba buscando una vida en el crímen.
Para ese momento él jugaba con los Peaches de Macon, una colección de peloteros que pudieron haber sido y nunca fueron. Un veterano que se había ponchado en sus tres turnos al bate en las mayores. Otro había jugado 16 años en las menores, fue llamado para un juego arriba, y ni siquiera llegó a tomar un turno al bate.
“Un equipo bastardo”, dice Tony Bartirome, uno de sus peloteros. “Todos de capa caída”. Incluyendo a su buen bate infielder del medio.
Bartirome recuerda que Lerner era de tan buenas manera que “él era casi como un cura”. Y otra cosa. Ocasionalmente abandonaba el equipo para atender algunos asuntos personales.
Esos asuntos personales podrían haber incluido el arresto de Lerner ese verano por el atraco a mano armada de una mueblería en Boston. Despues fue sentenciado a tres años de prueba.
Lerner fue arrestado de nuevo pocos meses después, por cargo de conspirar por cometer robo portar arma de fuego sin permiso. De acuerdo a los registros de la policía de Brookline, los policías sorprendieron a Lerner y su ex compañero en medio de un robo a un conocido.
Interrogado por la policía, Lerner mintió repetidamente. Y mientras eventualmente pasó la prueba, el joven pelotero dejó una impresión desfavorable. “Sé que la policía de Brookline no le tenía buena intención”, dice Glen Lerner. “Un judío problemático nunca será bien visto por una fuerza policial irlandesa”.
Maury Lerner mantuvo un poco más sus sueños de beisbol. Pasó parte de la temporada de 1962 con los Capitals de Raleigh, de la organización de los Senadores, bateó .308 con ocho jonrones, el tope de su carrera profesional (“Un jonrón de dos carreras del primera base Maury Lerner en el octavo inning ganó el juego”).
Un compañero de equipo John Kennedy, futuro grandeliga, no ha olvidado los sonidos de obsesión que emanaban del hogar de Lerner en Raleigh, los latigazos de un bateador enfocado en golpear un neumático con un bate.
Tum, tum, tum.
“Solo le preocupaba batear, batear, batear”, dice Kennedy.
Una vez Lerner subió a un mendigo quien solía merodear por el estadio Deveraux Meadow, al bus del equipo. Escondió al hombre del manager, y le dio suficiente cerveza a lo largo del viaje por carretera. Un acto de bondad, dice Kennedy. “Hasta donde sé, él era un gran tipo”.
Un gran tipo quien también pasaba cheques sin fondo en Tennessee, robaba un televisor de un hotel cercano a Fenway Park y estafaba a algunos universitarios en juegos de pool.
Los scouts de beisbol solían escrutar cada movimiento de Lerner. Ahora los agentes de FBI eran quienes lo observaban.
Un Rastro de Violencia
Para ese momento, Lerner andaba con los reconocidos criminales de Nueva Inglaterra, John Kelley, también conocido como Red, y George Agisotelis, también conocido como Billy. Esos dos fueron sospechosos principales en el notorio y aun irresuelto robo del camión de correo en Plymouth, Mass., en 1962, en el cual hombres vestidos como oficiales de policía manejaron un camión del servicio postal y se escaparon con el entonces botín record de 1.5 millones de dólares en efectivo.
Pero él aún jugaba beisbol, manteniéndose con el equipo afiliado de los Senadores en Pennsylvania con el exquisito nombre de los White Roses de York. Bateó solo .250 en solo 28 juegos, las razones de su truncada temporada de 1963 no están claras, excepto por un documento interno del FBI de aquella época:
Joseph McKenney, Director de Publicidad, de la Liga Americana de beisbol, y Joseph Cronin, Presidente de la Liga Americana, luego de revisar los registros, determinaron que Maurice Lerner está actualmente en la lista de suspendidos del equipo de beisbol de York, Pennsylvania, sujeto a moverse a una clasificación superior de infracción.
Cronin declaró que estar en la lista de suspendidos indica o que Lerner no se reportó al equipo de York o fue suspendido mientras estaba ahí por alguna infracción de las regulaciones de entrenamiento del equipo.
No hubo anuncio formal, ni reporte noticioso. Pero Pro Lerner había renunciado al beisbol para concentrarse en una nueva carrera. El nombre que una vez apareció en las páginas de los scouts y los periódicos de los pueblos pequeños ahora frecuentaba en los reportes policiales de inteligencia.
Maurice Lerner, alias Pro, alias Reno. Recien casado con Arrene Siegel. Sospechoso de robos en el Boston Five Cent Savings Bank y el Suburban National Bank. Socio de los conocidos criminales Kelley y Agisotelis. Antiguo beisbolista profesional. Considerado armado y peligroso, con pistola o bate, así parece.
Parte de la creciente reputación de Lerner venía de cómo Pro una vez aplicó sus destrezas de bateo a su nueva profesión al tocar el timbre de una casa y partirle la cabeza al hombre quien contestó. La historia contada a menudo puede ser apócrifa, pero los rumores de la inclinación de Lerner por la violencia janía llegado a kla oficina principal de la familia criminal Patriarca, los Medias Rojas de Boston del mundo subterráneo. Y él fue reclutado.
Cuando algunos hombres tomaron la decisión de robar una operación de negocios ligada al mafioso, fue Lerner junto a Kelley, quien fue enviado a solucionar las cosas. Cuando ciertas personas desaparecieron o dejaron de respirar, Lerner a menudo parecía ser, parte de la conversación postmortem.
En enero de 1965, el cuerpo de un pandillero inconsecuente llamado Robert Rasmussen, fue encontrado en Wilmington, Mass., con una bala calibre .36 alojada en la perte trasera de su cabeza. Un informante, luego expresó que Rasmussen había tratado de extorsionar a Kelley, por lo que fue direccionado hacia el apartamento de Lerner con la promesa de un arreglo jugoso, solo para terminar muerto en un banco de nieve, usando poco más que una bufanda.
Entonces estaba Tommy Richards, otro miembro del grupo de Kelley, quien desapareció antes del juicio de 1967 por el robo del correo de Plymouth. El reconocido abogado F. Lee Bailey, quien representaba a Kelley, recuerda que cuando preguntó por el paradero de Richards, le dijeron, “Bien, Tommy no estará con nosotros”.
Richards tenía una excusa decente, estaba muerto. Otro socio de Kelley le dijo después a Bailey que estaba presente cuando Lerner le disparó en la cabeza a Richards, justo después que el hombro imploró por su vida, diciendo, “Nunca hice nada por hacerle daño a ustedes”.
No se trataba de lo que Richards había hecho, sino de lo que podía hacer. Kelley no creía que su amigo se mantendría callado en el estrado, así, que se tendría que ir. Kelley y otros agresores fueron declarados no culpables en el caso de Plymouth, y la desaparición de Richards permanece irresuelta.
Descifrando el mundo subterráneo.
“No vi nada, no oí nada”, dijo el dueño de una tienda pequeña cercana a Pannone’s Market. El sábado claro y frío del 20 de abril de 1968, un par de pistoleros enmascarados habían dejado dos cuerpos sin vida sobre el piso del mercado. El Buick en el cual escaparon, luego fue recuperado, con una carabina M1 recortada, dos pistolas recortadas y dos pistolas calibre .38, dentro.
“¿Quieres información?” le dijo alguien a un inquisitivo reportero del Providence Journal. “Llama al 411”.
Pasaron meses sin pistas sólidas, aunque se sabía de la participación de Patriarca, el jefe criminal de Nueva Inglaterra. Nada se hacía en Providencia sin el consentimiento de “el viejo”, quien se sentaba fuera de su pequeño negocio de venta de monedas en Federal Hill, preparando su tabaco mientras veía a los policías observándolo.
“Él era uno de los jefes criminales más poderosos del país”, dijo Thomas Verdi, jefe de policía de Providence y antíguo comandante de la unidad del crimen organizado en del departamento. “Era reverenciado y temido por todos”.
Pero en 1969, la operatividad de Patriarca sufrió un golpe crítico cuando uno de sus socios se convirtió en informante. Desafortunadamente para Pro Lerner, el canario fue su amigo y mentor, Red Kelley.
Un robo reciente en Brink de medio millón de dólares había sido muy sospechoso para ser considerado como un trabajo interno, eso llevó a los investigadores a interrogar a un empleado de Brink quien rápidamente nombró a sus cómplices. Entre ellos estaba Kelley, quien pronto indicó su deseo de intercambiar información a cambio de custodia protectora.
Kelley le dijo a los investigadores federales que Lerner, el pistolero principal, era brillante, corajudo y homicida: el hombre más peligroso que había conocido en sus 25 años en el bajo mundo.
Kelley siguió hablando. Acerca de cómo un teniente de Patriarca, Luigi Manocchio había reclutado a Lerner por su violencia controlada, y como Lerner había reclutado a Kelley por su meticulosidad en los planes de escape. Como seguían los movimientos diarios de sus víctimas, el negociante, Rudy Marfeo y su guardaespaldas, Anthony Melei. Como Manocchio después les estrechó las manos luego de haber hecho bien el trabajo y les transmitió el mensaje de que “George”, código de Patriarca, estaba complacido.
Los agentes del FBI arrestaron a Lerner una mañana en el apartamento que compartía con su esposa y dos hijos pequeños. Mientras Lerner se vestía, un agente notó e estuche marrón de una pistola. Cuando los oficiales legales regresaron horas después con una orden de cateo, descubrieron su contenido, una pistola pump-action y otra calibre .45.
Mientras la esposa de Lerner se deprimía y subíó arriba, ellos bajaron al sótano donde encontraron un espacio para disparar. La silueta de un blanco había sido dibujada en una pared a prueba de bales, y había esquirlas de plomo dispersas en el piso.
Parecía que dispararle a hombres imaginarios, había reemplazado a batear pelotas imaginarias. Tum, tum, tum.
El arresto de Lerner permitió que otros se relajaran. De acuerdo a los registros del FBI, otro informante federal, Richard Chicofsky, le dijo a sus manejadores que “ese bastardo de Lerner recibió lo que merecía”.
Cuando le preguntaron que quiso decir con eso, replicó que Lerner era un matón sádico que disfrutaba viendo a las personas desangrarse. Contó de la vez cuando Lerner le alardeó de cómo había matado a Billie Aggie (Agisotelis) con una .45 mientras él y Aggie tenían una conversación casual en un automóvil.
“Chicofsky declaró después que se sentía mucho mejor ahora que Lerner no estaba en la calle porque cuando estaba, siempre temía que Lerner decidiera lincharlo”.
Las audiencias y el juicio de los asesinatos Marfeo-Melei incluyeron los usuales teatros del crimen. Un acusado gritó a un fiscal (“Te agarraré, bastardo. Te veré llorar antes que esto termine”), golpeó una puerta de madera y se rompió la mano. Una testigo de la fiscalía desapareció por un día, luego reapareció con un cuento de haber sido llevada a un lugar secreto donde le pidieron que testificara contra todos excepto Patriarca y Lerner, mientras la testigo salía del estrado, un familiar del acusado la amenazó de muerte.
Era Lerner, un judío de Brookline, no un italiano de Providence, quien buscaba alivio con las visitas regulares a prisión de un rabí de Boston.
Despues de tres días de deliberaciones en marzo de 1970, un jurado de Providence sentenció a Lerner, Patriarca y otros tres por conspirar, mientras Lerner también fue sentenciado por asesinato. El hombre con un promedio de bateo vitalicio de .308 recibía dos cadenas perpetuas. Tenía 34 años de edad.
El antíguo beisbolista notificó que no quería más visitas del rabi.
John Kennedy y Gene Michael. Ed Brinkman y Bernie Allen. Rich Collins y Donn Clendenon. Tany Perez y Rusty Staub y Steve Blass y Rico Petrocelli y Tommie Agee y Cesar Tovar y Roy White y Mel Stottlemyer. Todos esos antíguos compañeros de equipo y rivales aun jugaban y hasta destacaban en Grandes Ligas.
¿Y donde estaba Maury Lerner, el prospecto absesionado con el bateo quien una vez se sentó al lado de ellos en los dugouts, los acompañó en aquellos largos viajes en autobús y compartió pequeñas charlas alrededor de segunda base? Ocupando una celda de primer piso en una infame esquina en el Rhode Island’s Adult Correctional Institution.
“Uno de esos debió haber sido”, dice su hijo. “Una tragedia estadounidense, cuando piensas en eso”.
Un recluso modelo.
Al enfrentar la vida tras las barras, Lerner pudo fácilmente haberse asimilado a la cultura dura del ala, norte de la prisión, un area reservada para reclusos de nombres resonantes que era controlada por Gerard Ouimette, un pandillero vicioso e impredecible relacionado con la familia Patriarca. La reglas eran tan vagas, y Ouimette tan poderoso, que los reclusos no podían hacer otra cosa que irse.
“Recuerdo entrar en la prisión una vez para trabajar en un caso, y en una oficina estaban esos grandes contenedores de comida llenos de filetes de res y colas de langosta”, recuerda Vincent Vespia, un antíguo detective de la policía del estado. “Así que pregunté: “¿Para qué es todo esto?”
La respuesta: “Ouimette tiene una fiesta”.
Pero antes que unirse, Lerner se alejó, capitalizando la poco común deferencia que se había ganado al mantenerse callado acerca de Patriarca. Era después de todo un pro.
Un lector incansable, Lerner tenía el segundo coeficiente intelectual de la prisión, y estaba orgulloso de aprender a diario una palabra nueva para su vocabulario. Fanático e estar en forma, desde el principio abogó por los beneficios para la salud de los vegetales crudos. Y cada vez que llegaba un oficial de cumplimiento de la ley para provocarlo, él se mantenía callado.
“Un tipo disciplinado, el más frio y duro de allí”, dice Brian Andrews, un antíguo comandante de detectives de la policía del estado de Rhode Island. “Y Pro no hablaba. A veces te miraba y ni siquiera contestaba”.
Lerner “se plegaba estrictamente a las reglas de la institución”, dice un registro de la prisión. Cuando reventaba una pelea él se refugiaba en su celda, cumplía sus asignaciones de tareas, asumió múltiples períodos de inactividad sin incidentes y fue capaz de manejar un despido de un trabajo en un terreno cercano. Un recluso modelo.
En 1980, Lerner fue al rescate de un oficial del correccional quien estaba siendo ahorcado con una cuerda por otro recluso. Él contuvo al recluso y escoltó al oficial herido a la enfermería. Eso generó una nota de recomendación en el archivo de Lerner, alabándolo por una “acción heroíca” que no sería olvidada.
Gerald Tillinghast pasó mucho tiempo con Lerner en prisión. Ahora tiene 70 años y en libertad bajo fianza, Tillinghast fue una figura temida en el bajo mundo de Rhode Island, las razones de eso se aclararon durante una conversación de desayuno. Sobre la escena de un plata de huevos revueltos con salsa de tomate, Tillinghast recuerda la carnicería que tuvo una vez con un informante federal:
“Me le acerco por detrás, lo rodeo y le digo ¿Qué estás haciendo? Él dijo que eso no era de mi incumbencia. Bum. Lo tumbé de un puñetazo, lo tiré por las escaleras y ah, lo herí con un punzón de hielo un par de veces”.
Él dice que Lerner, a quien él respetaba, era un tipo de prisionero distinto a la mayoría.
“Deje a un lado el crimen organizado, o cualquier tipo de crímen”, dice Tillinghast. “Si quería conocerlo, nunca había que hablarle de eso. Nunca. ¿Cuando llegaba a conocerlo? Era muy carismático, si usted le caía bien. Muy rara vez lo veía reir”.
Todo el tiempo, Lerner siguió siendo un hombre de familia; esto es, de su familia. Cuando las apelaciones para revertir su sentencia parecieron llegar a un punto muerto, Lerner mudó a su esposa Arrene, y sus dos hijos pequeños, Glen y Jenni, a una casa pequeña cercana a la prisión.
“Nunca conocí a una mujer más leal en mi vida”, dice Tillinghast de Arrene. Y cuando Pro llegaba al salón de visitas, dice él, “los niños corrían hacia él”.
Glen, quién fue criado en la creencia de que su padre era víctima de un fraude, dice que pasó más tiempo con él que la mayoría de los niños tienen con sus padres libres. “Lo veía cinco veces a la semana, dos horas diarias, a través de una mesa en la sala de visitas”, dice él.
Aún así, eso no fue fácil para los hijos de Lerner. Glen dice que a menudo se liaba a golpes con otros niños quienes se burlaban de él porque su padre pagaba cadena perpetua por un doble homicidio. Además, su padre podía ser controlador, “Tienes que hacer esto, tienes que hacer lo otro”, en parte porque él había perdido control de su vida, y en parte porque quería alejar a sus hijos de esa vida.
Pero Glen dice con admiración que la normalidad doméstica de alguna manera se estableció en una situación profundamente anormal. “Mis padres hicieron un gran trabajo para sobreponerse a ese estigma”, dice él, y para aclararle a otros que “no somos lo que piensas”.
Su padre instaló una pared de concreto en el patio para que Glen pudiera practicar futbol, y aprendiera todo lo que pudiera de un juego que él nunca jugó y por tanto no podía aconsejar a su hijo. Cuando el tiempo libre le permitía alguna libertad, él iba a los juegos de futbol de su hijo en la escuela secundaria, y animaba a Glen.
“Nos dio todas alas oportunidades para triunfar”, dice Glen. “Todos me decían siempre, ‘Me gustaría tener un papá como el tuyo’”.
Glen agregó: “Nunca lo cambiaría por cualquiera como mi padre”.
Encontrando la libertad.
Maury Lerner vio pasar el tiempo: 1975, 1980, 1985. A través de ese período, él encontró distracción, y tal vez hasta sustento, en su antígua profesión como beisbolista. Cuando supo que un consultor de la prisión, Joseph Filipkowski, era el padre de un prometedor jugador de pequeñas ligas, se ofreció para trabajar en la mecánica del muchacho. En un campo de juego de la prisión, un recluso vestido de caqui, le lanzaba pelotas Wiffle a un niño de 12 años de edad.
El niño lo está haciendo bien, reportó el exbeisbolista encarcelado.
Lerner también se convirtió en el exigente entrenador de un competitivo equipo de softbol que se nutría de todos los que llegaban, oficiales correctivos, jugadores de futbol americano profesional, cualquiera dispuesto jugar ante un oponente quien siempre tendría la ventaja de la localía. Los jugadores más jóvenes lo escuchaban, dice Tillinghast, porque le temían.
“Él quería perfección”, dice Tillinghast, agregando, “Dios te salve por perder un juego, ¿sabes lo que quiero decir?”
En algunas maneras, Lerner todavía se consideraba parte de la familia del beisbol profesional. Una vez contactó a un antíguo manager de ligas menores suyo para decirle que tenía a un buen prospecto en el equipo de softbol de la prisión: Este muchacho lo podía hacer todo. El antíguo manager, para entonces ejecutivo de los Piratas, envió un scout para observar al recluso en un entrenamiento.
El jugador resultó excepcionalmente bueno, en softbol.
De acuerdo a Tillinghast, la interacción de Lerner con sus peloteros terminaba en el terreno de juego. Podía decir hola a un compañero en el terreno, pero rara vez tenía una conversación seria.
“Él solo quería aprovechar el tiempo”, dice Tillinghast, al limpiar sus dientes con un palillo. “Hacía su trabajo sin importar el volumen. Nunca se quejaba”.
Y luego de 18 años en prisión, Pro Lerner finalmente ganó.
Su antiguo mentor, Red Kelley, estaba reconociendo que había alterado su testimonio durante el juicio de asesinato en 1970. No lo malinterpreten. Las cosas ocurrieron como las había descrito, excepto por unos detalles, incluyendo esa parte acerca de cómo se había reunido con Patriarca para discutir los planes para el golpe Marfeo-Melei. Admitió que eso nunca ocurrió. Un agente corrupto del FBI, quien luego moriría en prisión mientras esperaba juicio por cargos de homicidio, lo había puesto en evidencia.
Este asunto del perjurio finalmente persuadió a la Corte Suprema de Rhode Island de revertir la sentencia por homicidio de Lerner. Así que, pocos días antes de la Navidad de 1988, el viejo pelotero y sedicioso fue declarado incompetente a los cargos de asesinato y conspiración, recibió crédito por el tiempo en prisión, y salió hacia el ambiente frío de Providence.
Tenía 53 años.
Lerner y su esposa salieron rápidamente de Rhode Island para california y luego a Las Vegas, como para alejarse todo lo posible del pasado. Patriarca estaba muerto y ahora también lo estaba una parte de Lerner. Él no tenía deseo de reconectarse con sus antíguos cómplices, ni interés en ser compensado por mantener su boca cerrada. Sólo quería dejar atrás todo eso.
“Él se alejó de cualquier cosa que le recordara esa vida”, dice Glen, su hijo.
Para ese momento, sus hijos habían asistido a Duke University, y su hijo, el futbolista estrella, había jugado con el equipo campeón nacional de Duke en 1986 y había ido a la escuela de leyes de Tulane. Una foto de Glen en la graduación de la escuela de leyes muestra a sus sonrientes padres abrazados, su padre lleva un sweater a rayas, y mira hacia abajo.
Una imagen agridulce. Pocos años después, Arrene, la esposa leal quien hanía mantenido unida la familia, fallecía de cáncer a la edad de 56 años. Su esposo estaba devastado.
Lerner nunca se volvió a casar. Siguió viviendo en Las Vegas, donde ayudaba en el bufete personal de su hijo, y tenía algo de acción en un local de apuestas deportivas. A veces llevaba a su nieta pequeña a pasear por Sin City, tarareando canciones de Sinatra y Ella.
De vez en cuando, Glen Lerner trataba de llevar a su padre a una discusión acerca de su pasado; más específicamente, cómo liberarse del pasado. “¿Por qué no te puedes perdonar?” le preguntaba el hijo a un padre quien fue famoso por atacar a otros, y parecía que a el mismo. Aun ahora, no hablaba.
“Yo podia mirar su cara, y podía notar el lamento”, dice Glen, agregando: “Puede haber sido cosas que hizo que él no quiso hacer”.
El antíguo atleta quien una vez se desplazara graciosamente desde la caja de bateo, bate en mano, y desde un sedan, pistola en mano, no pudo burlar al tiempo. Hace pocos años, se le instaló la demencia. Se cayó y se fracturó la cadera. Cuando llegó la muerte en 2013, a los 77 años, dejó un hijo, una hija, nietos y muchas preguntas.
“Esto es una historia detectivesca”, dice Glen. “Sabes quien lo hizo pero ¿por qué?
Tal vez Lerner había gravitado hacia la figura del padre quien lo había encauzado por el camino equivocado, dice su hijo. Tal vez el buscaba a alguien a quien seguir.
“Él fue muy dulce al final”, dice Glen. “Perdió mucho de su agresividad”.
Pero Maury Lerner nunca perdió su sentido de pertenencia a la fraternidad del beisbol profesional. Entre sus miembros, él era conocido como un compañero de equipo leal quien podía batear muy bien. Un verdadero profesional.
En los años posteriores a la prisión, Lerner empezó a llamar a antíguos compañeros y contrincantes alrededor del país, personas que ahora están en sus 70 u 80, quienes lo conocían desde antes. Él disfrutó recordar los viejos días, los momentos que pasó en los pueros beisboleros: Erie y Boise, Macon y Raleigh, Yakima y Managua.
“Él me llamó”, recuerda el antíguo grandeliga Frank Kostro. “Y le dije, ‘Maury, ¿donde has estado?’”
Lerner se explicó lo mejor que pudo.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
viernes, 25 de noviembre de 2016
Ralph Branca, Quien recibió el “batazo que se oyó alrededor del mundo”, fallece a los 90 años.
Richard Goldstein. The New York Times. 23-11-2016.
Ralph Branca el pitcher quien tuvo tres temporadas seguidas como integrante del equipo todos estrellas con los Dodgers de Brooklyn pero a quien no se le permitió olvidar un lanzamiento que los aplastó, falleció temprano este miércoles 23 de noviembre en Rye Brook, N.Y.
La imperdonable ofensa de Branca (al menos para los fanáticos de los Dodgers) ocurrió la tarde del 3 de octubre de 1951, cuando, en un juego final con los Gigantes de Nueva York para dilucidar el campeonato de la Liga Nacional, él hizo un envío ante el cual Bobby Thomson descargó el electrizante (al menos para los fanáticos de los Gigantes) jonrón ganador del banderín, el “batazo que se oyó alrededor del mundo”, probablemente el más memorable de la historia del beisbol.
Los Dodgers habían estado en el primer lugar con ventaja de 13.5 juegos a mediados de agosto, pero los Gigantes habían remontado para empatar el liderato en el fin de semana final de la temporada.
“Un tipo comete asesinato y es perdonado 20 años después”, dijo una vez Branca en un juego de viejas glorias. “Yo nunca fui perdonado”.
Su hija Patti Barnes dijo que él fue declarado muerto poco despues de la medianoche en un centro de rehabilitación cercano a su hogar.
En los anales del beisbol el jonrón de Thomson ha sido preservado en ámbar. Est{a al lado de la despedida de Lou Gehrig en Yankee Stadium, el juego perfecto de Don Larsen en la Serie Mundial y “la Atrapada” espectacular de Willie Mays de espaldas al plato, corriendo hacia la zona de seguridad durante un juego de Serie Mundial en Polo Grounds, tres años después del “batazo” de Thomson.
Ese batazo también fue inmortalizado en la literatura estadounidense por Don DeLillo, quien inició su novela de 1997, “Underworld”, con una recreación lírica de ese miércoles en Coogan’s Bluff, la cual se hace eco de la incrédula narración del locutor radial Russ Hodges mientras la pelota viaja hacia la cerca y pasa sobre el jardinero izquierdo de los Dodgers Andy Pafko, para terminar, en medio de un pandemonio, con la eufórica y repetida declaración, “¡Los Gigantes ganan el banderín!”
“Pafko llega hasta la pared”, escribió DeLillo. “Entonces miró hacia arriba. La gente piensa donde está la pelota. El instante fugaz, la fracción de segundo que dura un suspiro. Y Cotter se para en la sección 35 y mira a la pelota venir hacia él. Él siente que su cuerpo se mueve para fumar. Pierde la visión de la pelota cuando esta sube por encima del techo y él piensa que aterrizará en el primer piso. Pero antes que pueda sonreir o gritar o golpear a su vecina en el antebrazo. Ante que el momento lo pueda impactar, la pelota aparece de nuevo, se puede diferenciar las costuras en la rotación, así de cerca se estrelló, golpeando un pilar y rebotando por todas partes.
“Russ siente la multitud a su alrededor, un temblor avanza a través de la tribuna, y entonces grita en el micrófono y hay un estallido de color y movimiento, un choque que ocurre hacia arriba y a todo lo ancho del estadio, manos y rostros y camisas, bandas de hombres saltando, y él está gritando, su voz tiene un poder que él pensaba había perdido hacía tiempo, esta puede levantar el tope de su cabeza como un cohete de cartón.
“Él dice, ‘Los Gigantes ganan el banderín’”.
En cuanto al desafortunado pitcher, DeLillo escribió:
“Branca se voltea y toma la bolsa de la pezrrubia y la bataquea, ahora se dirige al clubhouse, sus hombros están inclinados, empieza el largo y tortuoso camino. Caen papeles por todos lados”.
Branca, un derecho quien había Ganado 13 juegos en la temporada regular, había inciado y perdido el primer juego de la serie de playoff a tres encuentros, recibió cuadrangulares de Thomson y Monte Irvin en la victoria de los Gigantes 3-1 en Ebbets Field. Pero los Dodgers ganaron el juego siguiente en casa de los Gigantes, el Polo Grounds en Upper Manhattan, lo cual sirvió la escena para el emotivo desafío.
Los Dodgers llegaron ganando 4-1 al cierre del noveno inning con su pitcher abridor Don Newcombe, quién seguía en el montículo. Entonces los Gigantes atacaron, anotaron una carrera y pusieron hombres en segunda y tercera con un solo out. Thomson, quien había bateado 31 jonrones esa temporada, venía a batear.
El manager de los Dodgers, Charlie Dressen, telefoneó a su bullpen, donde el coach, Clyde Sukeforth, observaba calentar a Branca y a Carl Erskine, otro de los piotchers estelares del equipo.
Dressen preguntó quien estaba listo.
Erskine solo había lanzado una curva, le dijo Sukeforth al manager.
Dressen pidió a Branca. Branca lanzó una recta, y Thomson aguantó un strike. Branca, lanzó una segunda recta, esta alta y quizás algo adentro.
La pelota saltó del bate de Thomson en línea hacia la pared verde de cinco metros de altura del jardín izquierdo.
“Baja, baja, baja”, dijo Branca en su mente.
Hodges, el locutor de los Gigantes, hizo la narración: “Es un batazo largo…creo que se va… ¡los Gigantes ganan el banderín! ¡Los Gigantes ganan el banderín! ¡Los Gigantes ganan el banderín! ¡Los Gigantes ganan el banderín!
Thomson había despachado un jonrón de tres carreras para darle a los Gigantes una victoria” 5-4, y coronar una carrera por el banderín conocida como “el milagro de Coogan’s Bluff” para darles el boleto a la Serie Mundial contra los Yanquis. (En esa serie, los Yanquis ahogaron las esperanzas de título de los Gigantes en seis juegos).
Luego de la derrota, Branca se sentó en los escalones de madera del clubhouse, con la cabeza gacha y los hombros encogidos.
En el estacionamiento de Polo Grounds, su prometida, Ann Mulvey, la hija de James y Dearie Mulvey, dueños parciales de los Dodgers, había estado esperando por él. Estaba acompañada de su sobrino, el reverendo Pat Rowley, un cura jesuita.
Cuando Branca salió, le preguntó al padre Rowley, “¿Por qué yo?”
El padre le respondió, “Ralph, Dios te escogió porque que sabía que eras lo suficientemente fuerte para cargar esa cruz”.
Branca asumió esa carga sin quejarse aun después de saber pocos años después que los peloteros de los Gigantes habían estado robándose las señas de los pitcheos buena parte de la temporada de 1951 mediante un esquema en el cual los Gigantes usaban un telescopio desde el clubhouse de Polo Grounds.
Los detalles del robo de señas fueron revelados públicamente por Joshua Prager en The Wall Street Journal en 2001 y en su libro “The Echoing Green” de 2006.
Thomson, quién falleció a los 86 años de edad en agosto de 2010, siempre mantuvo que él no fue informado de que Branca lanzaría una recta en lo que se convirtió en el pitcheo del dramático jonrón.
Pero Branca estaba convencido de lo contrario. “Cuando te robas las señas todo el año, y cuando tienes la oportunidad de conectar un batazo largo o un jonrón, ¿ignorarías esas señas? Dijo Branca en una entrevista semanas antes de la muerte de Thomson. “Él sabía lo que yo iba a lanzar. Seguro”.
Ralph Theodore Joseph Branca nació el 6 de enero de 1926, en Mount Vernon, N.Y., fue el décimoquinto de 17 hijos de John Branca, un conductor de tranvía, y su esposa, Katherine.
Despues de pitchear en su primer año en la New York University en la primavera de 1944, debutó con los Dodgers en junio.
De contextura espigada, con una recta resaltante, Branca brilló en 1947 cuando tuvo marca de 21-12. Tuvo marcas de 14-9 y 13-5 las siguientes temporadas, lo cual lo llevó al equipo de estrellas esos tres años.
Luego de una temporada negativa en 1950, él rebotó para agenciar marca de 13-10, hasta esa serie de playoff con los Gigantes.
Branca tuvo más infortunio en el entrenamiento primaveral de los Dodgers en 1952. Una silla donde estaba sentado sobre la punta de las patas traseras, se resbaló en un piso recién pulido y se cayó de espaldas sobre una botella de refresco. Se golpeó la espalda, la pelvis y eso afectó el movimiento de sus piernas.
Nunca recuperó su forma, solo ganó 12 juegos más con los Dodgers, los Tigres de Detroit, Yanquis y Dodgers de nuevo, terminó su carrera en 1956 con marca de 88-68.
Branca rechazó las especulaciones de que el jonrón de Thomson había afectado su psique. “Ellos decían que el jonrón de Bobby era un trauma que yo no podía superar”, le dijo a Sports Illustrated 40 años después. “Eso es ridículo. Si practicas deportes, sabes que vas a perder algunos juegos”.
Despues de retirarse del beisbol, Branca se convirtió en agente de seguros y fue presidente del Baseball Alumni Team, el cual provee ayuda financiera a los beisbolistas necesitados.
Branca y sus 16 hermanos y hermanas fueron criados católicos. Pero en 2011, Prager, el autor del libro sobre el jonrón de Thomson, le dijo a Branca que una investigación genealógica había determinado que su madre, quién llegó a Estados Unidos desde Hungría a los 16 años de edad, nació judía, que su nombre de pila era Kati Berger, y que dos de sus hermanos habían fallecido en campos de concentración.
De acuerdo a la ley judía tradicional, Branca y sus hermanos eran judíos. “Tal vez por eso Dios estaba molesto conmigo, porque no practicaba la religión de mi madre”, Prager citó a Branca diciendo con una sonrisa que quizás había encontrado una nueva reflexión sobre su destino en el beisbol. “Él me hizo lanzar ese envío de jonrón. Me hizo lesionarme el año siguiente”.
Antes de entrar al hogar de cuidados, Branca vivía en el Westchester Country Club de Rye, NY. Además de su hija Patti, le sobrevive su esposa Ann; otra hija, Mary Ellen Valentine; y tres nietos. Ms. Valentine está casada con Bobby Valentine, el antiguo pelotero y manager quien se hizo comentarista y ahora es director de deportes en Sacred Heart University en Fairfield, Conn. De sus 16 hermanos, Branca era el último sobreviviente.
A través de los años, Branca apareció con Thomson en juegos de viejas glorias, cenas de beisbol y cruceros. Ellos lograron una porción de sus ganancias de sus apariciones conjuntas para caridad y se hicieron amigos. Y Branca se resignó a ser conocido como un chivo expiatorio clásico de la historia del beisbol.
“Nadie recuerda que gané 21 juegos a los 21 años”, dijo él una vez. “Nadie recuerda que a los 25 años, yo tenía 75 triunfos. Todo lo que recuerdan es el jonrón”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
martes, 8 de noviembre de 2016
Como el amor inspira a la voz de los Dodgers a levantarse en canción.
Richard Sandomir. The New York Times. 01-10-2016.
Por años, cada vez que le preguntaban a Vin Scully si regresaría para otra temporada como la voz de los Dodgers de Los Angeles, él respondía que necesitaba la bendición de su esposa, Sandi.
Así lo hizo en 2008, antes de regresar para su sexagésima temporada. Y de nuevo fue decisión de Sandi en 2013, como en 2014 y 2015. Cada vez, dijo él, primero consultó con Sandi, o Mrs. Scully, como siempre la ha llamado en público.
Ella siempre aceptaba.
“Ella es tan desinteresada que probablemente dirá, ‘Cualquier cosa que sientas que debes hacer la haremos’, y entonces regresábamos al cuadrante 1”, dijo él en 2008.
Pero después del juego del domingo 02 de octubre contra los Gigantes de San Francisco, Scully se retirará luego de 67 temporadas, desde los días de los Dodgers de Brooklyn. Esa es una decisión que Mrs. Scully dijo que siempre tomó él, no ella. Pero las personas que conocen la pareja dicen que él no habría regresado a la cabina de transmisión todas esas veces si ella hubiese estado contra eso.
“Él me dio mucho poder en la prensa”, dijo ella en una entrevista telefónica este lunes, después de un fin de semana lleno de homenajes como el llamó sus juegos finales en Dodger Stadium. “¿Cómo puede alguien decir si debe o no hacer lo que ama?”
Mrs. Scully, 71, es una asídua a Dodger Stadium, se sienta detrás de él en la cabina. En casa, ellos ven los juegos de los Dodgers en las giras por televisión. Pero, ella admitió, “A veces, cambiamos de canal”.
A través de la mayor parte de su carrera, ella ha sido el padre presente en casa, para ayudar a levantar a sus hijos, y sirvió como directora de una iniciativa de caridad, Share Inc., la cual ayuda a niños víctimas del abuso y discapacitados en su desarrollo.
Aún así, aunque ella casi siempre ha permanecido fuera de la luz pública, amigos de la pareja dijeron que ella ha sido una fuerza poderosa en las decisiones grandes y pequeñas de la vida de su esposo.
Dennis Gilbert, un amigo quién es un antíguo agente, dijo que ella había considerado todo desde que comer hasta cuando alejarse.
“Él nunca toma ninguna decisión sin ella”, dijo él. “Su mundo gira alrededor de ella y el de ella alrededor de él”.
Mrs. Scully, sin embargo, insiste que fue decisión de su esposo alejarse del micrófono.
“Él va a cumplir 89 años en noviembre”, dijo ella. “Sus hijos están en sus cuarentas y cincuentas. Hay un tiempo para estar con ellos. Él llegó a la conclusión de que ha hecho lo que debe hacer”.
Como parte de las despedidas de Dodger Stadium, ella lo acompañó al terreno el 23 de septiembre para una ceremonia que incluyó al otro Sandy de su vida, Koufax.
Y el domingo pasado, ellos se abrazaron y besaron mientras su interpretación de “Wind Beneath My Wings”, una grabación que él hizo para ella una navidad en una máquina de karaoke, sonaba en el sistema de sonido del estadio.
“Sé que es una interpretación aficionada”, le dijo a los fanáticos mientras presentaba la canción. “¿Les molestaría escucharla?” Mientras Sandi Scully escuchaba la canción escurrirse entre los fanáticos y los peloteros, recordó, “Quería llorar. Era verdadero desde su corazón, primero para mí, y luego para todos ellos”.
Los Scully asistieron a la misa esa mañana en Dodger Stadium. “Me senté y le recé a Dios, diciendo, ‘Dios, este es el último juego, no puedes dejarlo ir con una derrota, no puedes dejar que eso ocurra’”, dijo ella.
Con dos outs en el cierre del décimo inning, los Rockies y los Dodgers estaban empatados a 3 y el segunda base de los Dodgers, Charlie Culberson fue a batear.
“Dios, ¿por qué trajiste a alguien que no conozco?” recordó ella decir acerca de Culberson, un pelotero llamado a finales de temporada.
Pero él bateó el jonrón para ganar el juego, “¿Creerían este jonrón? Dijo Scully en su narración, y ella rezaba, con alegría.
“Dios, lo sabes todo”.
Mrs, Scully fue una de siete hijos criados en Lexington, N.C., donde ella era fanática del beisbol en una familia de tres hermanos quienes practicaban el juego.
Pero ella conoció a Scully a través del futbol americano, no del beisbol.
Ella era la asistente ejecutiva del dueño de los Rams de Los Angeles, Carroll Rosenbloom en 1973, trabajaba muy de cerca en los contratos del equipo con Ed Hookstratten, el consultor general de los Rams cuyos clientes externos incluían a Scully. Hookstratten jugó al casamentero.
“Sin que yo lo supiera, le dijo a Vin acerca de esta rubia joven que él debía evaluar”, dijo Mrs. Scully. “Y Vin le dijo, ‘No estoy en el negocio de evaluar rubias jóvenes’”.
Pero un día, Scully encontró una razón para ir a la oficina de los rams cuando ella estaba sustituyendo a otra mujer en el mostrador.
“Y de pronto”, dijo ella, “este hombre entre y es un tipo tan iluminado y estaba a hí para evaluarme”.
Al poco tiempo salían.
Ella era divorciada con dos hijos u había esperado conocer un hombre quien fuese buen padre para sus hijos y un buen esposo, dijo ella. Él era viudo con tres hijos pequeños.
Un día, él la llevó a ver una casa que planeaba comprar.
Le preguntó a ella que pensaba de la casa.
“’Esto no es para ti’”, recordó decir ella. “’Tienes tres hijos y no hay espacio para que ellos jueguen’”.
Entonces él le pidió que sacara una cajita de la guantera del carro, la cual contenía un anillo de compromiso. “Yo estaba impactada porque él nunca había dicho nada de casarse conmigo”. Ella agregó: “No puedo decir lo que dije. No fue propio de una dama. Pero dije si ese día”.
Ella tuvo un lamento, dijo ella. “Me gustaba el trabajo. Era maravilloso. Estaba casi deprimida por tener que renunciar”.
Despues que se casaron en 1973, tuvieron una hija (pero perdieron uno de los hijos de Scully de su primer matrimonio, Michael, en un accidente de helicóptero en 1994).
Scully ha acreditado a su esposa por mucho tiempo, por ser la fuerza conductora de la familia y ama oírla cantar canciones cristianas alrededor de la casa. Hoy, fuera del beisbol, sus vidas girarán alrededor de sus cinco hijos, 16 nietos y 3 bisnietos.
“Como fue ella capaz de hacer el entramado que es la familia Scully, solo ella puede decirlo”, dijo él de su esposa el año pasado.
Cualquier desavenencia que ellos hayan tenido, nadie lo menciona.
El hermano de Mrs. Scully, David, un vinatero, dijo: “Él siempre habla tan perfecto de ella como su ‘novia amorosa’. Dice cosas como, ‘Tu maravillosa hermana te espera para hablarte’”. Él agregó: “Ellos se tratan muy bien. Es un buen matrimonio”.
Ellos van a ferreterías, donde Scully compra herramientas “de las cuales no tenemos idea de como se usan”, dijo ella, y a un Costco de los suburbios de Los Angeles, donde él es detenido con frecuencia parta tomarse fotografías y firmar autógrafos. Un día de finales de 2014, ellos llenaban su carrito para una reunión navideña de la familia. Scully se encargó de embalar las costillas en bolsas plásticas.
“Revisamos todo y de pronto, Vin mira su mano y su anillo desapareció”, dijo ella en referencia al anillo de él de la Serie Mundial de 1988. “Buscamos en todas partes en el carro y no lo encontramos. Regresamos a la tienda y le dijimos al gerente y ellos pasaron la novedad y todos en el departamento de carnicería hicieron su búsqueda. Cada quien trataba de recordar por donde había pasado él”.
Al llegar a casa llamaron a los Dodgers, quienes publicaron un alerta de anillo perdido en Twitter.
Entonces, ella dijo que empezó a vaciar las bolsas de las costillas, y ahí, en una de ellas, estaba el anillo.
Ella concluyó: “Su mano se enfrió al tocar la carne y el anillo se aflojó”.
Por años, ella ha estado observando la virtual aclamación universal por su esposo en casi cualquier lugar donde van.
“Todos tienen un teléfono celular, asi que no tienes privacidad en cualquier lugar donde vayas”, dijo ella. Hace alrededor de tres años, ellos salían de Petco Park en San Diego luego de un juego de los Padres y apenas podían caminar desde el ascensor hacia el pasillo que conduce al hotel.
“Vin me tomó de la mano y no me soltaba”, dijo ella. “El ruido. El amor. La adulación. Nunca estuve más impresionada. Las personas decían, ‘Te queremos’, ‘¿Me puedo tomar una foto con usted?’ y todo ese ruido reverberaba en el concreto. Era asustante”.
Pronto él no estará obligado a salir de su casa a las 2¨30 pm, como lo hace para ir a los juegos nocturnos. No más transmisiones de los juegos en casa, y los de visita en San Francisco y San Diego. Él hará algún trabajo para los Dodgers, pero solo como a él le agrade.
“Nunca hemos estado juntos todo el tiempo en 43 años”, dijo ella. Ella rió y agregó: “Él puede ponerse terco por todo lo que sé y no ser esa persona iluminada que conozco”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
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