martes, 12 de febrero de 2019
Edgar Martinez confunde a sus pares aun cuando los acompaña en Cooperstown.
Tyler Kepner. The New York Times. 23 de enero de 2019.
Los años pasan, los peloteros se retiran, y si se les conoció un poco, se recuerda algo de sus rutinas en el clubhouse.
Mariano Rivera firmando pelotas cuidadosamente, siempre legibles, y soplando la tinta para que no se chorreara. Mike Mussina resolviendo crucigramas, retando su mente para pasar el tiempo. Edgar Martínez pesando sus bates en una balanza de comida, marcando un más o un menos en la escala para tener una medida más precisa.
Roy Halladay rara vez aparecía en su casillero en Toronto o Filadelfia. Usualmente estaba sudando en otra parte.
“Trabajo duro y humildad”, dijo Brandy Halladay, su viuda, para resumir el legado de su difunto esposo este miércoles. “No puedes entrar ahí sin expectativas. Tienes que trabajar por cada cosa que quieras conseguir, y eso fue lo que hizo cada día”.
Rivera, Mussina, Martinez y Halladay lograron el honor más alto por su meticulosa preparación esta semana, con su elección al Salón de la Fama del beisbol. Todos fueron contemporáneos de la Liga Americana en la década de 2000, quienes se conocieron entre sí como competidores.
Rivera estableció la marca de juegos salvados y ganó cinco campeonatos con los Yanquis, mientras Mussina tuvo longevidad, se acreditó 270 victorias por 203 de Halladay, pero Halladay, dos veces ganador del premio Cy Young con un juego perfecto y un sin hits ni carreras de playoff, tuvo los momentos y herramientas que eludieron a Mussina.
Estuvieron de acuerdo en una cosa: Martínez de seguro podía batear. Bateó ,312 en su carrera pero fue aun mejor ante Rivera, Halladay y Mussina, con .375. Rivera bromeó este miércoles al decir que Martínez le debía una cena.
“También lo ayudé”, dijo Mussina, “No tanto como tú”.
Martínez largó cinco jonrones contra Mussina, su mayor cifra ante cualquier pitcher, y le bateó .307 (de 75-23). Se fue de 18-8 ante Halladay y de 19-11 ante Rivera. Solo David Ortíz y Jason Varitek tuvieron más imparables ante Rivera, pero ambos tuvieron al menos el doble de turnos al bate contra él.
“Especialmente al principio de mi carrera, hombre, ponía en dos strikes a Edgar y el tercero nunca llegó”, dijo Rivera después de su elección este martes, y agregó el miércoles, “Cuando se enfrenta al tipo de bateador que fue Edgar, tienes que de verdad dar lo mejor de ti, de lo contrario te comerá en el desayuno, almuerzo y cena como hizo conmigo”.
Martínez se fue de 9-8 ante Rivera hasta 1997, cuando Rivera descubrió su recta cortada mientras jugaba a lanzarse la pelota con Ramiro Mendoza antes de un juego en Detroit. Después de eso, las cosas se normalizaron entre Martínez y Rivera, de 10-3, incluyendo el encuentro que aun molesta a Martínez.
En la serie de campeonato de la Liga Americana en 2000, Martínez fue a batear como la carrera del empate con dos outs en la apertura del noveno inning del sexto juego.
“Me dije: ‘Bien, me va a lanzar la recta cortada. Miré de la mitad hacia afuera como siempre hacía’. Y ahí estaba la primera sinker que había visto lanzar a Mariano en toda mi carrera, me lanzó una sinker”, dijo Martínez, quien bateó un manso rodado al campocorto. “Se acabó el juego, nos fuimos a casa. Habría cambiado todos esos imparables por ese turno al bate”.
Los Marineros desde entonces no se han acercado tanto a la Serie Mundial; perdieron con los Yanquis de nuevo en la próxima serie de campeonato de la Liga Americana, en cinco juegos. Mussina ganó su apertura en esa serie, pero Martínez usualmente lo confundía,
“Podía tener un orden diferente de lanzamientos, podía tratar con rectas primero, curvas primero, ponerme adelante en la cuenta, atrás en la cuenta, no importaba”, dijo Mussina.
“Cuando se es tan buen bateador como era él, entonces te dices, ‘Escucha, voy a lanzarla en el medio y espero que la batee duro de frente hacia alguien, porque si me esmero y de todas formas él consigue un imparable, eso me va a molestar’. Y honestamente, a veces haces eso. Dices: ‘Voy a lanzar una sinker en el medio, hombre. Solo batéala y sigamos adelante, porque de todas formas vas a conseguir un imparable’”.
Mussina dominó muchos toleteros al descifrar sus swings y servirles un lanzamiento que no podían manejar. David Ortíz, Rafael Palmeiro, Alex Rodríguez y Jim Thome, quienes combinados largaron más de 2400 jonrones, batearon combinados .240 ante él.
Pero Martínez era difícil de leer para Mussina, porque nunca trataba de hacer mucho. Martínez dijo que aprendió su estilo observando a bateadores como George Brett, José Cruz y Kirby Puckett, quienes jugaron 52 temporadas combinadas, sin poncharse 100 veces en alguna de ellas. Martínez solo lo hizo una vez, en 2004, su temporada final.
“La mayoría de los bateadores tratan de halar la pelota cuando el lanzamiento está de la mitad para adentro. Yo miraba de la mitad hacia afuera y si venía adentro reaccionaba. Si trabajaba en la mecánica de la trayectoria de mi swing y de mi mitad inferior, era capaz de mantener el bate en la zona por más tiempo. Por eso, aun si el envío era algo suave, el bate aun estaba en la zona, y podía dirigir la pelota en todas direcciones o batear línea tras línea”.
Naturalmente, algunos pitchers molestaban a Martínez. Tenía dificultades contra Nolan Ryan (de 19-1) y Pedro Martínez (de 25-3) y se fue en blanco ante Greg Maddux en el único juego donde lo enfrentó. Pero esos tres no rodearan su placa en Cooperstown. Para los inquilinos más nuevos del Salón de la Fama, Martínez es parte de su clase pero pertenece a una clase particular.
“Los bateadores trataban de llevar la pelota hasta la cerca muy a menudo, y yo los dominaba con rodados al campocorto o elevados al jardín central, así era como sobrevivía. Edgar no hacía eso”, dijo Mussina “Él solo se conformaba con disparar un linietazo al jardín derecho. Eso funcionaba para él, así empujó una tonelada de carreras y eso me frustraba a morir. Por eso es que está aquí. Le hizo eso a todos”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C. 12-02-2019.
lunes, 11 de febrero de 2019
Frank Robinson, toletero inquilino del Salón de la Fama y primer manager negro, fallece a los 83 años de edad.
Richard Goldstein. The New York Times. 07 de febrero de 2019.
Frank Robinson, el jardinero inquilino del Salón de la Fama quien bateara 586 jonrones y se convirtiera en pionero racial como primer manager negro en Grandes Ligas, casi tres décadas después que Jackie Robinson rompiera la barrera del color del beisbol moderno al jugar para los Dodgers de Brooklyn, falleció este jueves 7 de febrero en su hogar de Los Angeles
Major League Baseball anunció la muerte pero no especificó la causa. The Baltimore Sun reportó recientemente que Robinson estaba en las etapas finales de una larga enfermedad.
Jugó durante 21 temporadas, principalmente con los Rojos de Cincinnati y los Orioles de Baltimore, Robinson fue el único ganador del premio al jugador más valioso (MVP) en ambas ligas (Nacional y Americana).
Fue una presencia intensa y a menudo intimidante, se abalanzaba sobre el plato desde su estilo de bateador derecho, incitando a los pitchers para que lo golpearan (lo cual hicieron 198 veces) luego tomaba revancha con batazos largos, “castigaba a los pitchers con una fina imparcialidad” como escribiera alguna vez el periodista deportivo Roger Kahn. Rompía los dobleplays con deslizamientos temibles.
Como jugador, Robinson insistía en que sus compañeros estuviesen a su nivel de competitividad. Como manager, tenía poca paciencia con la falta de ganas de ganar.
Robinson ganó la triple corona de bateo en 1966, al despachar 49 jonrones, empujar 122 carreras y batear para .316 en su primera temporada con los Orioles y ayudó a su equipo a capturar el campeonato de la Serie Mundial por vez primera en la historia de la franquicia.
Bateó por lo menos para .300 de promedio en nueve temporadas, acumuló 2943 imparables vitalicios, empujó 1812 carreras y jugó en cinco equipos ganadores del banderín. Fue elegido al Salón de la Fama del beisbol en 1982, su primera vez en las papeletas.
Robinson debutó como el primer manager negro de las ligas mayores con los Indios de Cleveland el 8 de abril de 1975, 28 años después que Jackie Robinson (sin relación familiar) salió al campo por primera vez con los Dodgers. Rachel Robinson, la viuda de Jackie Robinson, efectuó el lanzamiento de la primera bola.
Frank Robinson, quien aún era jugador activo, marcó la histórica ocasión al descargar un vuelacercas en su primer turno al bate, como bateador designado, para liderar a los Indios a una victoria 5-3 sobre los Yanquis.
Dirigió 16 temporadas entre completas y parciales, con los Indios (1975-1977), Gigantes de San Francisco (1981-1984), Orioles (1988-1991), Expos de Montreal (2002-2004) y su franquicia sucesora Nacionales de Washington (2005-2006). Nunca dirigió a un ganador de banderín, pero la Baseball Writers Association of America lo nombró manager del año de la Liga Americana en 1989, cuando sus Orioles terminaron segundos en la división este, dos juegos detrás de los Azulejos de Toronto.
“Tenía grandes instintos beisboleros y unos atributos físicos tremendos que le permitían hacer todo en el terreno de beisbol”, escribió el antíguo manager de los Orioles, Earl Weaver en su memoria “It’s What You Learn After You Know It All That Counts” (“Lo que cuenta es lo que aprendes después de saber como es todo”) (1982).
Como lo asentara Weaver: “Nunca se quejaba y siempre estaba dispuesto para aconsejar a cualquier pelotero joven quien buscara su apoyo. A veces aconsejaba a algunos que no lo buscaban, cuando los oía quejarse. ‘¡Es suficiente!’ gritaba. ‘No compliquen las cosas’”.
El pitcher inquilino del Salòn de la Fama de los Orioles, Jim Palmer, le dijo a Baseball Digest en 2006 que la llegada de Robinson a Baltimore vía cambio con Cincinnati había iniciado el resurgimiento de la franquicia. “Si Frank veía algo, iba a decir algo”, dijo Palmer. “Cuando llegó aquí, fue el líder. Era el tipo. Nos hizo mejores”.
Otro de los pitchers estelares de los Orioles de esa época, Dave McNally, fue citado en la historia oral del equipo de John Eisenberg, “From 33rdStreet to Camden Yards” (2000): “Lo bueno que era Frank se reflejaba en el impacto que generaba al jugar duro. La intensidad del tipo era realmente increíble”.
Frank Robinson nació el 31 de agosto de 1935, en Beaumont, Tex., y creció en Oakland, Calif., era el más joven de 10 hermanos. Jugó beisbol en McClymonds High School en Oakland, donde fue compañero de Bill Russell en el equipo de baloncesto. Firmó con la organización de los Rojos en 1953 y debutó en las ligas mayores en el jardín izquierdo de Cincinnati tres años después.
En esa temporada largó 38 cuadrangulares en una alineación plagada de bateadores de poder como Ted Kluzewski, Wally Post y Gus Bell, y fue nombrado Novato del Año.
Robinson despacharía 37 jonrones, empujaría 124 carreras y batearía .323 para los Rojos ganadores del banderín en 1961, y fue elegido jugador más valioso de la Liga Nacional ese año. Siguió siendo una figura formidable para Cincinnati hasta mediados de la década de 1960.
Robinson describió su actitud al bate en su memoria “Extra Innings” (1988), escrita con Berry Stainbeck.
“Yo era tan agresivo en el plato como en las bases y en los jardines”, escribió. “Me paraba tan cerca del plato como podía y estiraba el cuello para tener la mejor vista posible de la pelota cuando salía de la mano del pitcher, así protegía la esquina de afuera. Si los pitchers me sorprendían, mis muñecas eran suficientemente rápidas para ajustarse al pitcheo”.
En lo que se convirtió en uno de los cambios más desiguales del beisbol, los Rojos cambiaron a Robinson a los Orioles después de la temporada de 1965. Cincinnati recibió al pitcher Milt Pappas y otros dos peloteros destinados a no tener mucho impacto. Bill De Witt, el gerente general de los Rojos, fue citado diciendo que Robinson era “un viejo de 30 años”, sugiriendo que había visto pasar sus mejores años.
Pero Robinson fue nombrado jugador más valioso de la Liga Americana y jugador más valioso de la Serie Mundial de 1966, ,cuando los Orioles barrieron a los Dodgers de Los Angeles con una alineación que también incluía a Boog Powell en primera base, Davey Johnson en segunda y el futuro inquilino del Salón de la Fama, Brooks Robinson en tercera.
Los Orioles también tenían un magnífico cuerpo de lanzadores liderado por Dave McNally, Palmer, Wally Bunker y Steve Barber. Robinson despachó dos jonrones en esa serie, ambos ante Don Drysdale, el primero en el juego inicial y el segundo en el cuarto y decisivo de la serie, una victoria 1-0 de Baltimore.
En sus seis temporadas con los Orioles, colaboró para llevar al equipo a ganar cuatro banderines y dos campeonatos de Serie Mundial.
El 26 de junio de 1970, Robinson descargó dos jonrones consecutivos con las bases llenas contra la segunda franquicia de los Senadores de Washington en RFK Stadium.
Antes de dirigir a los Indios, Robinson había sido el primer manager afroamericano de un equipo profesional integrado fuera de la estructura del beisbol organizado, los Cangrejeros de Santurce de la liga invernal puertorriqueña. Se mantuvo en ese cargo por varias temporadas, comenzó en la campaña 1968-1969, para ganar experiencia en ruta a convertirse en manager de ligas mayores.
“Los peloteros negros pensaban que yo era más estricto con ellos que con los blancos”, The New York Times lo citó mientras ocupaba ese cargo. “Pero siempre lo hacía en broma”.
Robinson fue cambiado por los Orioles a los Dodgers de Los Angeles después de la temporada de 1971 y luego jugó con los Angelinos de California y brevemente con los Indios. Luego de ser nombrado manager, siguió jugando como bateador designado.
Cuando los Indios anunciaron en octubre de 1974 que Robinson sería su manager, un evento histórico en las relaciones raciales del beisbol, recibió un telegrama de felicitaciones del Presidente Gerald R. Ford.
“Pienso que no fui empleado porque era negro”, dijo Robinson. “Espero que no. Pienso que he sido empleado debido a mi habilidad”.
Luego añadió, “El único deseo que puedo tener es que Jackie Robinson pudiese estar aquí hoy para ver esto”.
Jackie Robinson había reclamado la presencia de un manager negro en las ligas mayores cuando lanzó la primera pelota en el segundo juego de la Serie Mundial de 1972. Más adelante, ese octubre, falleció a los 53 años de edad.
Cuando Frank Robinson alineó con su equipo frente al dugout de los Indios en la inauguración de la temporada ante una multitud de 56.204 aficionados en Cleveland Municipal Stadium, recibió una sonora ovación.
“Cien mil aficionados no habrían sido más ruidosos”, recordó en su memoria, “Fue la ovación más grande que recibí en mi carrera, casi me hizo llorar. Después de tantos años esperando para convertirme en manager de grandes ligas, ignorado porque muchos dueños de equipo sentían que los fanáticos no aceptarían un manager negro, yo tenía el trabajo y las personas estaban felices”.
Los Indios habían sido un equipo perdedor por años, los equipos de Robinson terminaron cuartos en el este de la Liga Americana en 1975 y 1976. Luego de una arrancada de 26-31 en 1977, fue despedido.
Los reporteros le preguntaron si pensaba que la carrera por el banderín había tenido que ver con el despido. “Si la competencia fue un factor”, le dijo a Mr. Kahn para una columna en The Times, “No estoy al tanto de eso. Nunca oi una observación seria acerca de la competencia. Nunca oi a nadie hacer una observación al respecto. No tengo amargura por Cleveland. Hice lo mejor que pude”.
Cuando Robinson regresó a dirigir en las mayores con los Gigantes en 1981, el camino que había iniciado había sido transitado por otros dos. Larry Doby, quien se convirtió en el primer pelotero negro de la Liga Americana con los Indios en 1948, fue nombrado manager de los Medias Blancas de Chicago en 1978. Maury Wills, mejor conocido por haber brillado con los Dodgers de Los Angeles, fue nombrado manager de los Marineros de Seattle en 1980.
Luego de lograr un modesto éxito dirigiendo a Gigantes y Orioles, Robinson tuvo marcas ganadoras dos veces con una franquicia de los Expos que había sido asumida por Major League Baseball y solo disponía de unos recursos económicos relativamente magros. Luego de dirigir a los Nacionales de Washington por dos temporadas, Robinson ocupó cargos administrativos en la oficina del comisionado del beisbol con Bud Selig y después con Rob Manfred.
El Presidente George W. Bush premió a Robinson con la Presidential Medal of Freedom, el reconocimiento más alto de la nación para un civil, en una ceremonia de la Casa Blanca en 2005, lo elogió por sus “extraordinarios logros como beisbolista y manager y por servir como ejemplo duradero de carácter en el deporte”.
Los Orioles, Rojos e Indios han erigido estatuas de Robinson en sus estadios.
Barbara Ann Cole fue la esposa de Robinson. Tuvieron un hijo, Frank Kevin, y una hija, Nichelle. La información de sus sobrevivientes no estuvo disponible de inmediato.
Robinson ingresó al Salón de la Fama junto a Hank Aaron, el rey de los jonrones en ese momento. Rachel Robinson asistió a la ceremonia, y le preguntaron acerca del legado de su esposo al liderar el camino de la primera generación de grandes peloteros negros en el juego.
“Jackie no hubiera querido que se les dejara a un lado”, dijo ella. “Ellos representan el epítome de los que Jackie quería: excelencia”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C. 1-02-2019.
sábado, 26 de enero de 2019
Mel Stottlemyre, as de los Yanquis durante los años difíciles, fallece a los 77 años de edad.
Richard Goldstein. The New York Times. 14 de enero de 2019.
Mel Stottlemyre, el as del pitcheo de los Yanquis en sus años difíciles de finales de la década de 1960 y comienzos de los ’70 y después coach de pitcheo por mucho tiempo de los equipos de los Mets y Yanquis que ganaron la Serie Mundial, falleció este domingo 13 en un hospital de Seattle.
Su esposa, Jean Stottlemyre, dijo que la causa fue complicaciones de mieloma múltiple, un tipo de cáncer de sangre por el cual había sido tratado durante por muchos años. A su muerte también tenía gripe y pneumonía, dijo ella. Stottlemyre, quien creció en Washington State, vivía en el área de Seattle.
Stottlemyre hizo su última visita a Yankee Stadium en junio de 2015, cuando los Yanquis lo sorprendieron al dedicar en su honor una placa en el Monument Park, al asistir a su Día de Veteranos anual. El tributo ocurrió después que el antiguo segunda base Willie Randolph, recibiera una placa como estaba programado.
Stottlemyre, apoyándose en un bastón, le dijo a la multitud, “Ha sido un honor haber usado este uniforme por muchos años. Dijo que si ese era su último Día de Veteranos “empezaría en otro equipo, entrenando allí, cada vez que me necesitaran”.
Al llegar a Yankee Stadium en agosto de 1964, Stottlemyre registró maca de 9-3 mientras ayudaba a los Yanquis a ganar su quinto banderín seguido. Entonces enfrentó tres veces en la Serie Mundial a Bob Gibson el futuro pitcher inquilino del Salón de la Fama de los Cardenales de San Luis.
Los Yanquis fueron vencidos por los Cardenales en siete juegos, pero Stottlemyre se convirtió en el ancla de su rotación de pitcheo. En sus 11 temporadas con los Yanquis, un largo período de sequía luego de décadas de dominio, él fue uno de los pocos puntos brillantes. Un derecho con una sinker magnífica, fue cinco veces al juego de estrellas y ganó 20 juegos en tres oportunidades.
Stottlemyre entrenó a los pitchers de los Mets por 10 temporadas, incluso su campeonato de Serie Mundial en 1986, y a los pitchers de los Yanquis por otras 10, en ese lapso ganó cuatro anillos de campeonato de Serie Mundial. Durante su estadía como coach de pitcheo de los Yanquis fue tratado por mieloma múltiple, el cual afecta las células de plasma.
Stottlemyre era un tipo tranquilo, pero aún como pitcher novato tenía una presencia poco común.
“Aquí tenemos un muchacho de 21 años de edad que salió de la nada con ese gran brazo y supercontrol quien tiene toda la confianza de un Whitey Ford, no es un genio, es más del tipo tranquilo”, dijo su compañero de equipo Tom Tresh en “Bombers” (2002), una historia oral escrita por Richard Lally.
Años después, Stottlemyre era admirado por los lanzadores que entrenaba, debido a su optimismo y habilidad para relacionarse con ellos. David Cone, pitcher de los Yanquis, dijo una vez que Stottlemyre anticipaba como les gustaba a los pitchers que los trataran. Stottlemyre a su vez, dijo que se había beneficiado al hablar con sus hijos Todd y Mel Jr. Quienes lanzaron en las grandes ligas. “Es como si nunca envejeciera”, dijo Cone de Stottlemyre.
“Él siempre está contigo cuando tienes dificultades”, declaró el relevista Mariano Rivera al periódico de Nueva Jersey, The Record, en octubre de 1998, luego que los Yanquis vencieran a los Padres de San Diego para iniciar su racha de tres títulos seguidos de Serie Mundial.
Dwight Gooden recuerda como Stottlemyre llegó al montículo y lo tranquilizó cuando estaba a dos outs de un juego sin hits ni carreras contra los Marineros de Seattle en Yankee Stadium en mayo de 1996. Gooden había caminado a dos bateadores y lanzado un wild pitch ante Jay Buhner, para colocar corredores en segunda y tercera mientras los Yanquis ganaban 2-0.
“Hay algo en su conducta, tan sincero, tan confiable, que te hace querer decirle la verdad”, dijo Gooden en su memoria, “Heat” (1999), escrita con Bob Klapisch.
Gooden recuerda como Stottlemyre usó su apodo para decirle: “No te voy a sacar del juego, Doc. Solo estoy aquí para darte un respiro. Este juego es tuyo, Doc. Tuyo a menos que me digas que no puedes seguir”.
Cuando Gooden insistió en que podía seguir, Stottlemyre le dijo, “Gánales”.
Gooden ponchó a Buhner y obligó a Paul Sorrento a batear un elevado a manos de Derek Jeter, el campocorto. Había logrado el juego sin hits ni carreras.
Don Zimmer el colega coach de Stottlemyre recordó que después que este revelara que tenía mieloma múltiple en abril de 2000, permaneció fuerte y estable mientras entrenaba a los pitchers de los Yanquis la mayor parte de la temporada regular, aun mientras recibía quimioterapia.
“Era una roca”, dijo Zimmer en “Zim: A Baseball Life” (2001), escrito con Bill Madden.
Luego de un trasplante de células madre en septiembre de 2000, Stottlemyre no pudo regresar con los Yanquis esa temporada, debido a que corría el riesgo de contraer una infección. Cuando los Yanquis vencieron a los Mets en la Serie Mundial, Zimmer llamó a Stottlemyre a su casa.
“Cuando Mel contestó el teléfono, se sintió emocionado”, recordó Zimmer. “Más adelante esa noche, supe que el hermano de Mel había fallecido temprano ese día de un tumor cerebral. Nunca dijo nada de eso mientras duró la llamada telefónica porque no quería arruinar la alegría de nosotros. Ese era el tipo de persona que era”.
Melvin Leon Stottlemyre nació el 13 de noviembre de 1941 en Hazleton, Mo., y creció en Mabton, Wash., hijo de un trabajador de la construcción. Fue firmado por la organización de los Yanquis en 1961 en lo que entonces era el Yakima Valley Junior College (ahora Yakima Valley College) en Washington State.
Cuando Stottlemyre llegó a los Yanquis, Ford, el zurdo inquilino del Salón de la Fama, se convirtió en su mentor. Cuando Ford se lesionó el hombro lanzando en el primer juego de la Serie Mundial de 1964, los Yanquis pusieron la mayoría de sus esperanzas en Stottlemyre. Venció a Gibson en el segundo juego, no tuvo decisión en el quinto y perdió el séptimo.
Los Yanquis nunca regresaron a la Serie Mundial durante la carrera como jugador activo de Stottlemyre pero él fue uno de los mejores lanzadores de la Liga Americana.
Tuvo marca de 20-9 en 1965, cuando lideró la Liga Americana en juegos completos con 18, y entradas lanzadas con 291. Los Yanquis empezaban su declive en ese momento, terminaron sextos en lo que era una liga de 10 equipos. Stottlemyre ganó 12 juegos y perdió 20 en 1966 cuando terminaron últimos por primera vez desde 1912. Pero él regresó con marcas de 21-12 en 1968 y 20-14 en 1969.
En junio de 1974, mientras lanzaba contra los Angelinos de California, Stottlemyre se lesionó el manguito rotador. En el invierno, los Yanquis le indicaron que descansara hasta al menos el 1 de mayo. Cuando lo dejaron en libertad al final de los entrenamientos primaverales, quedó sorprendido. El movimiento fue hecho por Gabe Paul, gerente general del equipo, pero Stottlemyre estaba convencido de que el dueño de los Yanquis, George Steinbrenner había influido en esa decisión, y eso lo dejó amargado.
Stottlemyre se retiró con marca de 164-139 y efectividad de 2.97 antes de empezar una segunda carrera como coach de pitcheo. Pero una tragedia familiar lo alejó del beisbol por un tiempo y eso atenuó sus sentimientos agridulces hacia la directiva de los Yanquis.
En marzo de 1981, Jason, el hijo de Stottlemyre, falleció de leucemia pocos días después de cumplir 11 años de edad. Stottlemyre dejó su cargo como instructor itinerante de pitcheo con los Marineros de Seattle el año siguiente, para estar con su familia. Dos décadas después, al reflexionar sobre la posibilidad de una relación entre su mieloma múltiple y la leucemia de su hijo, Stottlemyre pensó en los tratamientos de radiación que había recibido en su hombro, de parte del médico de los Yanquis a finales de la década de 1960 como estrategia para reducir el riesgo de calcificaciones. Un radiólogo le había advertido que debía detener el tratamiento porque habría potenciales consecuencias de salud, y él eventualmente lo hizo a pesar de que el cuerpo médico de los Yanquis le reconfirmó que la radiación no le afectaría.
“Me he convencido de que eso jugó papel determinante en ambas enfermedades”, dijo Stottlemyre de la radiación en su memoria, “Pride and Pinstripes” (2007), escrita con John Harper. “El servicio médico que suministraban los Yanquis no estaba a la altura de los patrones que se espera en el deporte profesional, y en una de las franquicias deportivas más exitosas de la historia”.
Despues de su receso del beisbol, Stottlemyre se convirtió en coach de pitcheo de los Mets en 1984, la temporada de novato de Gooden. No alteró la mecánica del inmensamente dotado Gooden, pero lo aconsejó sobre como manejarse en público y se vio como una especie de padre.
Cuando los Mets vencieron a los Medias Rojas de Boston en la Serie Mundial de 1986, Stottlemyre supervisó un destacado cuerpo de lanzadores compuesto por Gooden, Bob Ojeda, Sid Fernandez, Ron Darling, Roger McDowell y Jesse Orosco.
Stottlemyre fue despedido al final de la temporada de 1993 y fue coach de lanzadores de los Astros de Houston por dos temporadas antes que Steinbrenner le pidiera regresar a los Yanquis. Stottlemyre había rechazado invitaciones a Días de Peloteros Veteranos de los Yanquis por dos décadas molesto por lo que consideró mala fe del equipo al despedirlo en 1975. Pero decidió aceptar la oferta, se unió al cuerpo técnico del nuevo manager de los Yanquis, Joe Torre, cuando llegó a creer que Paul, el gerente general de, y no Steinbrenner, había sido responsable de su despido.
Los Yanquis ganaron la Serie Mundial de 1996, luego lograron campeonatos consecutivos desde 1998 hasta 2000, el año cuando Stottlemyre comenzó el tratamiento para mieloma múltiple.
Stottlemyre guió cuerpos de pitcheo que incluyeron a Cone, Rivera, Andy Pettite, Roger Clemens, Mike Mussina, David Wells y Gooden, quien regresaba de batallar con el abuso de drogas. Stottlemyre salió de los Yanquis después de la temporada de 2005 y fue reemplazado por Ron Guidry, el antíguo abridor zurdo del equipo.
Stottlemyre fue coach de lanzadores de los Marineros en 2008, pero no fue ratificado cuando Don Wakamatsu sustituyó a Jim Riggleman como manager la próxima temporada.
Además de su esposa, Jean Mitchell de soltera, le sobreviven su hermano, Jeff; su hermana, Joyce Lawerence; sus hijos, Mel Jr., y Todd; y ocho nietos. Todd Stottlemyre lanzó por 14 temporadas en grandes ligas. Mel Jr., quien lanzó una temporada, se convirtió en coach de pitcheo de los Marlins de Miami en diciembre de 2018 y antes había ocupado ese cargo con los Diamondbacks de Arizona y los Marineros.
Para sus dos últimas temporadas con los Yanquis, Stottlemyre había establecido su reputación como un destacado coach de pitcheo. Pero su resentimiento con Steinbrenner resurgió mediante las críticas que le hizo cuando el equipo falló en regresar a la Serie Mundial. Stotlemyre también estaba irritado por lo que entendió como una interferencia injusta de Billy Connors, el consejero de pitcheo de los Yanquis, quien trabajaba fuera de las instalaciones del equipo en Tampa Fla., y era muy cercano a Steinbrenner.
En una entrevista con USA Today en mayo de 2005, Steinbrenner se quejó de que Stottlemyre no había estado mejorando el cuerpo de lanzadores de los Yanquis. Pero Torre defendió rápidamente a Stottlemyre, quien lo había acompañado en cuatro equipos campeones. Este lunes, Torre, en una declaración, llamó a Stottlemyre “un modelo para nosotros y el hombre más sólido que haya conocido”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C. 26-01-2019.
domingo, 13 de enero de 2019
Esquina de las Barajitas: 1988. Topps. Joe Niekro.
Bruce Markusen
Los trabajadores del Salón de la Fama también son aficionados al beisbol y les gusta compartir sus historias. Aquí está la perspectiva de un aficionado desde Cooperstown.
En 1988, Joe Niekro apareció por vez final en una barajita Topps. Aunque la fotografía no obviamente no fue tomada en un juego, aun así aporta el sabor del movimiento de Niekro, y su intensidad.
Basados en el número de asientos vacíos del entorno, la foto debió ser tomada mucho antes del juego. Niekro todavía usaba su camiseta de calentamiento; su equipo, los Mellizos de Minnesota, usaban camiseta a rayas como parte de su uniforme de visitador, no la indumentaria negra que aparece allí. El estadio que puede o no ser el Coliseo de Oakland ( a menudo el lugar de la fotografía de Topps). Aparece tan completamente vacío que probablemente la foto haya sido tomada varias horas antes del inicio del juego, o quizás haya sido en un día libre. Al mostrar el brazo derecho completamente extendido hacia adelante, podemos imaginar que Niekro ha terminado de lanzar uno de sus emblemáticos pitcheos de nudillos, un envío que aprendió luego que empezara su carrera en las grandes ligas.
Quizás lo que más llama la atención en esta barajita es la expresión facial de Niekro. Parece estar mordiéndose el labio, una muestra del esfuerzo y seriedad que le imprimía a su trabajo, aunque fuese una sesión de calentamiento en un día cuando probablemente no jugaría.
Recuerdo mucho la intensidad y el profesionalismo de Niekro, cuando pienso en un campamento de fantasía que el Salón de la Fama solía realizar a inicios de la década de 2000. El campamento se efectuó desde 2004 hasta 2008 y contaba no solo con un grupo de inquilinos del Salón de la Fama, sino con otras estrellas retiradas del juego. Niekro participó en ese campamento de fantasía en 2006, al cual también asistió su hermano Phil, miembro del Salón de la Fama. Una tarde sabatina de aquel octubre, Joe Niekro lanzó los innings finales de los dos juegos de una doble cartelera. Fue un destacado despliegue de resistencia para un hombre quien tenía 61 años de edad, pero parecía estar en excelente forma. Nadie imaginaba que más adelante ese mes, Joe Niekro se marcharía, víctima de una condición que le dio pocas señales de advertencia.
Luego de pitchear en el doblejuego ese día en Cooperstown, Niekro y su hermano participaron en un programa especial en el Salón de la Fama y el Museum’s Grandstand Theater. También participaron otros jugadores del campamento, contado historias y respondiendo preguntas de la audiencia. Como muchos en ese panel, los hermanos Niekro deleitaron a la audiencia esa noche. En particular, Joe Niekro sobresalió por ser llevadero, divertido y genuino.
El tema de los comentarios de Joe involucraba el cariño sincero y admiración por su hermano inquilino del Salón de la Fama. Esa noche, aprendí cuan cercanos eran Joe y Phil, y noté de cerca una completa falta de celos de parte de Joe hacia su más famoso hermano. No había rivalidad entre hermanos. Todo lo contrario, Joe transpirana respeto y amor por el hermano mayor, uno que era un pitcher del Salón de la Fama. Las sentidas declaraciones de Joe casi hicieron llorar a algunos miembros de la audiencia, algo impensable en una noche llena de chistes y risas.
Joe también habló de su hijo, Lance, un primera base de grandes ligas para ese momento. Lance había hecho el equipo con los Gigantes de San Francisco solo tres años antes. Decir que Joe tenía una mirada de orgullo hacia su hijo sería innecesario. Lance tomaría el lugar de Joe en los próximos dos campamentos de fantasía del Salón de la Fama, al acompañar a su tío Phil y pasar gratos momentos con los miembros del campamento.
La aparición de Joe de 2006 en Cooperstown resultó ser la última presentación pública de su vida. Fue una gran vida beisbolera, pero empezó con muchos momentos de dificultad, mientras trataba de establecerse como grandeliga. Joe lograría la mayor parte de su gloría como pitcher después de cumplir 30 años. Igual que Mike Easler y Bill Robinson, Niekro fue ese tipo de pelotero extraño quien fue mejor en sus 30 que en sus 20.
Esos años iniciales mostraron solo relumbrones momentáneos del futuro éxito de Niekro. Los Cachorros de Chicago lo seleccionaron en la tercera ronda del draft de junio de 1966 y lo subieron al equipo grande un año después. Pitcheó bien, mezclando la recta, slider y una curva ocasional para ganar 10 de 17 decisiones mientras marcaba una efectividad de 3.34. Entonces llegó la dificultad del segundo año. Los Cachorros lo designaron abridor del día inaugural, pero Niekro dio tumbos a través de toda la temporada de 1968, en un año extremadamente favorable a los pitchers, la efectividad de Niekro se hundió hasta 4.31, una carrera por encima del promedio de la Liga Nacional.
Despues de solo abrir tres juegos en 1969, los Cachorros cambiaron a Niekro, lo enviaron junto a dos prospectos hacia el equipo de expansión Padres de San Diego, por el veterano relevista Dick Selma. Niekro lanzó decentemente para la nueva franquicia, pero actuar para un equipo de expansión ayudó poco a su balance de ganados y perdidos. Al sufrir de una severa falta de apoyo ofensivo, Niekro ganó solo ocho juegos y perdió 17.
Niekro solo tenía 24 años de edad, y los Padres en proceso de construcción, decidieron que querían un pitcher de más edad y más experimentado en su rotación. Ese invierno, empacaron a Niekro junto al utility del cuadro, Dave Campbell, y los enviaron a los Tigres de Detroit por Pat Dobson de 28 años de edad. Fue un cambio que permitió a Niekro llegar a un equipo más competitivo que había ganado el campeonato mundial hacía dos años.
El manager de los Tigres, Mayo Smith, ubicó a Niekro en su rotación de abridores, lo cual le permitió efectuar 34 aperturas. Niekro se convirtió en un caballo de batalla, lanzó más de 210 innings y ponchó más de 100 bateadores por primera vez en su carrera, pero pitcheó inconsistentemente. Ganó 12, perdió 13, y dejó una efectividad ligeramente por encima de 4.00. En un cuerpo de lanzadores con un as bien definido en Mickey Lolich, Niekro se convirtió en el segundo abridor.
Despues de la temporada de 1970, los Tigres despidieron a Smith y lo reemplazron con Billy Martin, quien mantuvo a Niekro en la rotación para empezar la temporada. Pero luego de perder sus primeros tres inicios y tener un juego mediocre en su cuarta salida, Martin pasó a Niekro al bullpen. Allí pasaría la mayor parte del verano antes de recibir varias oportunidades de abrir en agosto, pero falló en ambos trabajos. Al final de la temporada, su efectividad se detuvo en 4.42, lo cual lo dejó en el aire para 1972.
Los Tigres bajaron a Niekro hasta AAA al inicio de la temporada de 1972, luego lo llevaron de vuelta a Detroit en mayo. De nuevo, osciló entre la rotación y el bullpen, y dejó números promedio.
Niekro regresò a las ligas menores en 1973. En agosto, los Tigres trataron de esconderlo en waivers, pero los Bravos de Atlanta lo reclamaron. Esa transacción resultò ser la inflexión que necesitaba Niekro, al permitirle jugar con su hermano Phil, pilar de los Bravos desde principios de la década de 1960. Cuando llegó a los Bravos, Joe seguía siendo un pitcher de rectas y sliders. Pero el contacto con Phil le permitió conocer las virtudes de la bola de nudillos.
Gracias a las lecciones que le dio su padre en la niñez, Joe había sabido como lanzar el pitcheo al comienzo de su carrera profesional, pero nunca lo usó en grandes ligas. “Tenía el pitcheo en el bolsillo trasero del pantalón”, le dijo Phil después a Associated Press. “Solo tenía que mirar hacia atrás y usarlo. Pero sus managers anteriores y coaches no lo animaron, y le tomó algun tiempo ganar confianza”.
Como Phil dijo en su entrevista con AP, “Él estaba confundido. Pensaba que el mundo lo estaba dejando atrás. Y no iba a dejar que renunciara”. Phil animò a Joe para que experimentara y refinara el pitcheo, el cual le había permitido convertirse en el as de los Bravos.
Al principio, Joe mezclaba la bola de nudillos, con su recta y slider. Joe aprendió todo lo que pudo de la bola de nudillos de Phil. Joe alteró el agarre ligeramente, lo cual le pertmitió lanzar el envío de nudillos más fuerte que su hermano. Pero no tuvo éxito de inmediato. Al trabajar casi exclusivamente desde el bullpen de los Bravos, Niekro tuvo dificultades en la segunda mitad de 1973 antes de mejorar en 1974.
Phil esperaba que los Bravos tuviesen paciencia con Joe. La primavera siguiente, Joe lanzó bien en los juegos de exhibición, pero justo antes del día inaugural, los Bravos le dijeron que planeaban enviarlo de vuelta al Richmond AAA. Joe le dijo al gerente general de los Bravos, Eddie Robinson que no tenía interés en regresar a las ligas menores, no a su edad. Así que recomendó que lo cambiasen a otro equipo. Robinson respondó enviando a Joe a los Astros de Houston por la suma de 35.000 $. Esa resultaría ser la ganga de la década para los Astros, quienes encontraron al complemento eventual de los derechos de poder como J.R. Richards y Joaquin Andújar.
Una vez más, sin embargo, el éxito no llegó de inmediato para Niekro. Fue relevista las próximas dos temporadas, lo hizo bien, pero sin mucha fanfarria o gloria. Entonces en 1977, el manager de los Astros, Bill Virdon, le dio a Niekro mayores responsabilidades. Al lanzar en 180 innings como abridor y relevista, Niekro ponchó 101 bateadores, ganó 13 juegos, salvó cinco, y redujo su efecto ividad hasta 3.04. Para ese momento, Joe había convertido a la bola de nudillos en su principal pitcheo. A la edad de 32 años, Niekro se encontraba iniciando la segunda fase de su carrera como pitcher dominante.
En 1978, los Astros movieron a Niekro a la rotación de abridores a tiempo completo. En un lapso de tres temporadas, compiló más de 700 innings lanzados y ganó 55 juegos, incluyendo un par de temporadas seguidas de 20 victorias. En 1979, Niekro estuvo tan bien que fue llamado por primera vez al equipo de estrellas, ganó el premio del Sporting News al Pitcher del Año de la Liga Nacional, terminó segundo en la votación del premio Cy Young (detrás del inquilino del Salón de la Fama, Bruce Sutter), y hasta ocupó el sexto lugar en la votación del jugador más valioso. Y en una deliciosa coincidencia, sus 21 victorias igualarona a su hermano Phil en el liderazgo de la Liga Nacional.
En 1980, Niekro alcanzó las 20 victorias otra vez. La vigésima victoria llegó en un momento muy oportuno, en el juego de desempate de la división oeste de la Liga Nacional contra los Dodgers de Los Angeles. Niekro venció a los Dodgers, los envió a casa y llevó a los Astros a su primera presencia en postemporada en la historia de la franquicia.
El pitcheo estelar de Niekro continuò en la serie de campeonato de la Liga Nacional. En el tercer juego, Niekro lanzó un blanqueo por 10 innings y se fue sin decisión en una victoria de los Astros en 11 episodios. Pero esa salida inhabilitó a Niekro para lanzar los dos juegos finales de la serie. Los Astros perdieron ambos juegos, con lo cual se les escurrió la serie en cinco juegos muy disputados.
Desde 1977 hasta 1984, Niekro vivió los mejores años de su estadía con los Astros. Vale la pena señalar que su estadía con los Astros coincidió con otros pitchers destacados, incluyendo a Richards, Nolan Ryan y Mike Scott. Esos tres lanzadores aterrorizaban a sus oponentes, Ryan y Richards debido a sus rectas magníficas y Scott debido a su devastadora recta de dedos separados. Aún así, Niekro ganó más juegos (114) como meimbro de los Astros, que cualquiera de esos titanes, lo cual le dio una marca de la franquicia que aun está vigente. (Roy Ostwald, con 143 victorias, se quedó corto por muy poco).
En 1985, Topps imprimió su barajita final de Niekro como miembro de los Astros. Al decaer su efectividad, los Astros lo enviaron a los Yanquis de Nueva York a mediados de temporada por un paquete encabezado por el joven pitcher zurdo Jim Deshaies. El cambio no le agradó a sus compañeros de los Astros, quienes sabían que extrañarían mucho a un gran compañero con buen sentido del humor.
Aunque Joe disfrutó su estadía en Houston, el cambio le pertmitió reencontrarse con Phil, quien se había convertido en Yanqui en 1984. “Por supuesto, que estoy emocionado”, le dijo Joe a Mike McAlary del New York Post. “Phil siempre ha sido mi ídolo. Ahora me vestiré en un casillero contiguo al de él”. Debido a la preencia de los hermanos Niekro, el 40 por ciento de la rotación ahora dependía de la bola de nudillos. Con los Yanquis a la caza del título divisional, Joe ganó dos tres tres aperturas al final de la temporada, pero el equipo se quedó corto en su lucha por ganar la división este de la Liga Americana. El día final de la temporada trajo algo de diversión, sin embargo. Phil ganó su juego 300, mientras Joe recibió la tarea de ser coach de pitcheo honorario de los Yanquis por ese día.
La primavera siguiente, Phil fue dejado en libertad, en un movimiento que sorprendió a los fanáticos de los Yanquis, pero Joe lanzó la temporada completa en Nueva York. Tuvo dificultades con los Yanquis quizás por su salida del Astrodomo, donde el ambiente favorable a los pitchers y las condiciones de clima neutral hacen más efectiva la bola de nudillos. Otra posibilidad era el efecto emocional que tuvo el despido de Phil en Joe, lo cual no era sorprendente dado lo cercano de su relación.
Joe regresó a los Yanquis como su quinto abridor en 1987, pero una serie de lesiones afectó la ofensiva del equipo, lo cual causó necesidad de bateadores zurdos. A principios de junio los Yanquis adquirieron al catcher de reserva Mark Salas desde los Mellizos de Minnesota, a cambio de Niekro. Luego de unirse a los Mellizos, Niekro se vio envuelto en una controversia.
Mientras lanzaba en un juego en Anaheim, Niekro fue objeto de una inspección de parte del cuerpo arbitral. Mientras revisaban a Niekro, el árbitro Steve Palermo notó que de la mano del pitcher precipitaron una pequeña lima de uñas y algo de papel de lija. Con la evidencia en el suelo, el árbitro principal Tim Tschida expulsó a Niekro, de inmediato se produjo una suspensión por 10 juegos de parte del presidente de la liga Bobby Brown. Mientras cumplía el veto, Niekro apareció en el programa nocturno de David Letterman, allí bromeó consigo al presentarse en el estudio con un cinturón de herramientas donde llevaba polvo de lija, vaselina y varias limas de uña.
Luego de cumplir la suspensión, Niekro regresó a los Mellizos y terminó la temporada pero fue inefectivo. Regresó con los Mellizos en 1988, pero sus continuas dificultades provocaron que los despidieran en mayo. Con eso, llegó a su fin la larga carrera como lanzador de Niekro.
Luego de retirarse, Niekro estuvo fuera del beisbol la mayor parte del tiempo. Pero en la década de 1990, asumió un papel que se salía de la normalidad. Se convirtió en coach de pitcheo de unn equipo femenino, las Silver Bullets de Colorado, al unirse a un cuerpo técnico que trabajaba a las órdenes de su hermano Phil, el manager del equipo. Despues de una estadía de dos años con las Silver Bullets, Niekro se enlistó en otro proyecto poco convencional: en señarle el lanzamiento de nudillos a una joven llamad a Chelsea Baker, quien lanzaría dos juegos perfectos en las pequeñas ligas.
Niekro también se presentaba regularmente en torneos de golf y campamentos de fanatasía, incluyendo el de Doubleday Field en Cooperstown. Parecía estar en excelente forma física, como lo evidenció al pitchear el final de los dos juegos de Cooperstown. Luego de concluido ese campamento, Niekro regresó a su hogar en Florida.
Solo tres semanas despues, Niekro se vio afectado por severos Dolores de cabeza y pecho. Se traslado por su cuenta al hospital local de Plant City, donde colapsó poco después de ingresar. Desde allí, lo llevaron al St. Joseph’s Hospital de Tampa. Un día después, Niekro fallecía por los efectos de un aneurisma. Solo tenía 61 años de edad.
En respuesta a la repentina e inesperada tragedia, Natalie, la hija de Niekro creó la Joe Niekro Foundation, una organización sin fines de lucro dedicada a la investigación y tratamiento, en la lucha contra el aneurisma cerebral, los infartos hemorrágicos y las malformaciones arteriovenosas (AVM).
Recuerdo haberme enterado de la noticia del deceso de Niekro y como eso me impresionó. Cada vez que nos enteramos que ha muerto alguien a quien vimos hacía pocos días o semanas, eso nos pega algo más fuerte. La noticia se hizo más difícil de digerir por la impresión que Niekro dejó aquella noche en el Grandstand Theater, cuando pareció tan lleno de vitalidad, tan lúcido y tan agradecido con su familia.
Al reportar su muerte; varios artículos de los medios recordaron el protagonismo de Niekro en la controversia de 1987, cuando fue sorprendido con la lima de uña y la lija. Esa historia debía ser mencionada, pero ella no definía a Joe Niekro. Y eso ciertamente no es lo que más recuerdo de Niekro cada vez que oigo su nombre. Siempre lo recuerdo por lo que nos reveló en Cooperstown durante el campamento de fantasía del Salón de la Fama en 2006. Allí fue cuando Joe Niekro nos mostró su verdadero carácter: un hombre bueno quien fue un gran trabajador, hermano cariñoso y padre orgulloso.
Bruce Markusen es el gerente de Digital and Outreach Learning at the National Baseball Hall of Fame. Ha escrito siete libros de beisbol, incluyendo biografías de Roberto Clemente, Orlando Cepeda y Ted Williams, y A Baseball Dynasty: Charlie Finley’s Swingin’ A`s, el cual fue premiado con la Seymour Medal de SABR
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
domingo, 23 de diciembre de 2018
Penny Marshall, la estrella de ‘Laverne & Shirley’ y directora cinematográfica, fallece a los 75 años de edad.
Anita Gates. The New York Times. 18 de diciembre de 2018.
Penny Marshall, la coprotagonista de voz nasal de la serie televisiva “Laverne & Shirley” y luego directora autocrìtica de películas exitosas como “Big” y “A League of Their Own”, falleció este lunes 17 de diciembre en su hogar de Los Angeles.
Su publicista, Michelle Bega, dijo que la causa fue complicaciones con la diabetes. Ms. Marshall había sido tratada en años recientes por un cáncer de pulmón, descubierto en 2009, y por un tumor cerebral. Ella anunció en 2013 que el cáncer estaba en amnistía.
Ms. Marshall se convirtió en la primera mujer en dirigir una película que a simple vista obtuvo ganancias de más de 100 millones de dólares cuando hizo “Big” (1988). La película es una comedia que trata de un muchacho de 12 años de edad (Tom Hanks) quien mágicamente se hace adulto y entonces tiene que lidiar con el mundo de los mayores, fue muy bien acogida por la crítica y las audiencias.
The Washington Post dijo que la película tenía “el toque y la exuberancia de una comedia clásica romántica”. The Los Angeles Times la describió como “una refrescante comedia para mayores” con vivacidad y juicio impecable. Mr. Hanks recibió su primera nominación al Oscar por su actuación.
Cuatro años después, ella repitió su éxito en las taquillas con “A League of Their Own”, una comedia sentimental acerca de una liga de beisbol femenina en tiempos de guerra con un elenco que incluía a Madonna, Geena Davis, Rosie O’Donnell y Mr. Hanks.
Entre ambas películas ella había dirigido “Awakenings” (“Despertares”) (1990), un drama médico protagonizado por Robert DeNiro como un paciente en trance encefálico y Robin Williams como el neurólogo quien le ayuda. “Awakenings”, basada en el libro de Oliver Sacks, fue solo moderadamente exitosa en las finanzas, pero Mr. DeNiro recibió una nominación de los premios de la academia.
Una escritora dela revista Cosmopolitan comentó una vez que Ms. Marshall “llegó a la dirección cinematográfica de la manera fácil, al convertirse primero en superestrella televisiva”. Eso en referencia a sus siete temporadas (1976-1983) como Laverne DeFazio, la más audaz (aunque posiblemente más vulnerable) de dos compañeras de habitación, trabajadoras de la industria cervecera, en la exitosa serie de la cadena ABC “Laverne & Shirley”, ambientada en el Milwaukee de las década s de 1950 y 1960.
En Hollywood Ms. Marshall tenía una reputación de directora instintiva, lo cual podía significar interminables repeticiones. Pero también era conocida por entender el hecho de hacer una película como un esfuerzo de equipo antes que una dictadura.
Eso pudo o no haber tenido un efecto en su personalidad autocrítica, de la cual a menudo comentaban colegas y entrevistadores. Pero en 1992, Ms Marshall confesó a la revista de The New York Times que no era completamente ajena a los trucos.
“Tengo mi propia manera de proceder”, dijo ella. “Mi personalidad es, que yo me quejo. Se trata de cómo me siento internamente. Me parece que es como utilizo mi femineidad, también. Pruebo muchas alternativas antes de conseguir lo que quiero y digo, ‘Por favor, hagamos esto aquí’. Eso puede ser una ventaja, la anti-directora”.
Esa actitud también fue un aspecto esencial de su humor. Cuando Vanity Fair le pidió que identificara su lamento más grande, ella dijo, “Eso ocurrió cuando yo era talla 0, y no había talla 0”.
Carole Penny Marshall nació el 15 de octubre de 1943, en el Bronx y creció allí, en el extremo norte de Grand Concourse. Su padre, Anthony, fue cineasta industrial, y su madre, Marjorie (Ward) Marshall, enseñaba danza. El apellido original de la familia era Masciarelli.
Luego de graduarse en la Walton High School, en la sección Kingsbridge del Bronx, Ms. Marshall asistió a la University of New Mexico. Allí conoció y se casó con Michael Henry, un jugador colegial de futbol americano. Tuvieron una hija, pero el matrimonio solo duró dos años, y Ms. Marshall enfiló hacia California, donde su hermano Garry, se había convertido en un exitoso escritor de comedias.
Hizo su debut cinematográfico en “The Seven Savage”, un drama de pandilleros, y tuvo un pequeño papel el mismo año en “How Sweet It Is!”, una comedia romántica protagonizada por Debbie Reynolds y James Garner.
Ms. Marshall siguió actuando, principalmente en papeles como invitada en series televisivas, hasta que tuvo su gran oportunidad en 1971, cuando fue evaluada para el papel de secretaria de Jack Klugman, Myra Turner, en la serie de ABC “The Odd Couple”. Su hermano, productor del programa, le consiguió el trabajo, pero el nepotismo no tuvo nada que ver cuando la audiencia se enamoró de su gran humor y su acento del Bronx.
Ese año se casó con Rob Reiner, quien entonces era estrella en la serie “All in the Family”. Él adoptó la hija de ella, pero se divorciaron en 1979, cuando “Laverne & Shirley” y Ms. Marshall estaban en el tope de su popularidad televisiva.
Esa serie se originó en un episodio de “Happy Days” en 1975, en el cual Laverne (Ms. Marshall) y Shirley Feeney (Cindy Williams), dos hermosas muchachas, se presentaron en el lugar favorito local como citas a ciegas de Richie Cunningham y Fonzie, los dos personajes principales.
Cuando “Laverne & Shirley” terminó en 1983, luego de un considerable conflicto en el estudio entre las coprotagonistas y una temporada final sin Ms. Williams, fue la primera vez en 12 años que Ms. Marshall no había tenido un trabajo estable en una serie televisiva.
Empezó a hacer un puñado de películas y apariciones televisivas. Entonces Whoopi Goldberg, su amiga, le pidió que suplantara a un director con el cual no se llevaba bien en “Jumpin’ Jack Flash” (1986), una película cómica de espías. (Ms. Marshall había dirigido unos episodios de “Laverne & Shirley”). La película estuvo lejos de ser exitosa, pero le permitió dirigir “Big”.
Las dos películas posteriores a “A League of Their Own”, no fueron bien recibidas. “Renaissance Man” (1994), protagonizada por Danny DeVito como agente publicitario convertido en maestro de reclutas de la armada, fue atacada por la crítica y solo ganó 24 millones de dólares, considerablemente menos de lo que costó hacerla, en Estados Unidos (por el contrario, “Big” ganó casi 115 millones de dólares). “The Preacher’s Wife” (1996), una reposición del romance de fantasía de 1947 “The Bishop’s Wife”, protagonizada por Denzel Washington y Whitney Houston. La crítica la encontró aceptable pero débil, obtuvo ganancias por debajo de los 50 millones de dólares.
Ms. Marshall dejó de dirigir hasta 2001. “Riding in Cars With Boys”, una saga de maternidad adolescente protagonizada por Drew Barrymore, obtuvo comentarios positivos pero fue un disgusto taquillero. Esa fue la última película dirigida por Ms. Marshall. Su adiós a la dirección televisiva fue en un episodio de 2011 de la serie de personalidades multiples “United States of Tara”.
Le dedicó algún tiempo a la producción, notablemente con la película de 2005 inspirada por la clásica serie “Bewitched” (“Hechizada”), y tomó algún trabajo de actuación ocasional incluyendo una aparición como invitada en la serie “Portlandia” y como voz narradora en la película “Mother’s Day” (2016), dirigida por Garry Marshall, quien falleciera en 2016.
En 2012 publicó una memoria que fue éxito de ventas, “My Mother Was Nuts”, la cual empezaba en su estilo autocrítico:
“No soy alguien quien haya tenido que lidiar con mucho drama personal más allá de lo usual: crecer con padres quienes se odiaban, dos matrimonios y divorcios, los altibajos de varias relaciones, criar una hija y ver a los amigos colapsar y tener sobredosis. También estuvo el asunto del cáncer. Como se puede ver, no hay nada fuera de lo ordinario, nada por lo que no haya pasado la mayoría de la gente, nada que diga, ‘Penny, tuviste suerte de pasar por eso’”.
Su aparición final fue en la nueva versión de “The Odd Couple”, en un episodio de noviembre de 2016 que fue un tributo a su hermano, y mostró intervenciones de las estrellas de muchas de las exitosas series de él.
A Ms. Marshall, quien vivía en la sección de Los Angeles llamada Hollywood Hills, le sobreviven su hermana mayor Ronny, su hija, la actriz Tracy Reiner; y tres nietos.
La crítica a veces acusaba a Ms. Marshall de ser muy sentimental, pero ella nunca se disculpó por ese lado de su trabajo.
“Me gusta algo que cuente una historia o que me diga algo que no sabía”, le dijo ella a The San Diego Union-Tribune en 1992 cuando le preguntaron por sus gustos cinematográficos. “Debe haber humor o debe tener corazón”.
“Y si no lo tiene”, añadió ella, con lo que el reportero describió como un ligera sonrisa, “Haré que tenga corazón”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C. 23 de diciembre de 2018. ©
jueves, 1 de noviembre de 2018
Willie McCovey, toletero inquilino del Salón de la Fama con los Gigantes de San Francisco, fallece a los 80 años de edad.
Richard Goldstein. The New York Times. 31 de octubre de 2018.
Willie McCovey, el primera base inquilino del Salón de la Fama quien bateara 521 jonrones en 22 temporadas de Grandes Ligas, casi todas con los Gigantes, y siguiera siendo un personaje muy querido en San Francisco en sus años finales, falleció este miércoles 31 de octubre en Stanford Hospital. Vivía en Woodside, Calif.
Los Gigantes, quienes anunciaron su deceso, dijeron que había estado lidiando con “recurrentes dificultades de salud”.
McCovey se unió a los Gigantes en 1959, la segunda temporada de estos en la costa oeste, y fue una selección unánime cono novato del año de la Liga Nacional. Surgió como uno de los grandes toleteros del beisbol mientras batallaba ante los notorios ventarrones de Candlestick Park. Lideró la liga en jonrones tres veces y en carreras empujadas otras dos y fue nombrado jugador más valioso en 1969.
Conocido como Stretch por su gran contextura y largos brazos, McCovey fue un temido bateador zurdo que halaba la pelota.
Entre sus logros, era también recordado por un momento espeluznante cuando estuvo muy cerca de darle el campeonato de la Serie Mundial de 1962 a los Gigantes sobre los Yanquis.
Aunque jugó solo en 91 encuentros esa temporada, principalmente como jardinero o bateador emergente, McCovey largó 20 vuelacercas esa temporada, cuando los Gigantes vencieron a los Dodgers de Los Angeles en un playoff de tres juegos, para ganar el banderín.
La Serie Mundial llegó hasta el séptimo juego. McCovey, quien había conectado un triple en el juego, fue a batear en Candlestick Park contra el abridor de los Yanquis, Ralph Terry, en el noveno inning con corredores en segunda y tercera, dos outs y los Yanquis ganando 1-0. Conectó un sonoro linietazo, pero el segunda base Bobby Richardson estaba ubicado exactamente en la posición apropiada y capturó la pelota a la altura del pecho.
“Medio metro más arriba, o hacia los lados, y creo que hubiese sido un héroe”, dijo McCovey después, imaginando lo que hubiera sido una dramática victoria de los Gigantes 2-1.
Ese diciembre, Charles M. Schultz mostró su simpatía por McCovey en la tira cómica “Peanuts”. Charlie Brown sentado, las manos en la barbilla, luego levanta la cabeza y pregunta, “¿Por qué McCovey no pudo batear la pelota metro y medio más arriba?”
Un mes después, en una imagen similar, se lamentaba, “¿ O por qué McCovey no pudo batear la pelota un metro más arriba?”
McCovey no volvería a aparecer en una Serie Mundial.
“Colocaría a Willie McCovey y a Willie Stargell en la misma categoría”, le dijo Don Sutton, el pitcher derecho estrella quien enfrentara muchas veces a McCovey y a Willie Stargell de los Piratas de Pittsburgh, al Scripps Howard News Service cuando McCovey fue electo al Salón de la Fama en 1986, su primer año de elegibilidad.
“Ambos eran muy corpulentos y blandían el bate como si agitaran un lapicero. No podías pasarle la pelota por el medio, y no había manera de engañarlos. Metían miedo”.
Bill Rigney, el primer manager de McCovey con los Gigantes, dijo una vez que nunca “había visto un bateador más implacable”.
McCovey a veces era dejado en segundo plano por su compañero de equipo Willie Mays, quizás el jugador completo más grande en la historia del beisbol. Pero su popularidad sobrepasaba la de Mays entre muchos aficionados de San Francisco, porque Mays se había hecho estrella en Nueva York pero las raíces de McCovey en Grandes Ligas estaban en el área de la bahía.
Más de treinta años después de su retiro, McCovey se mantuvo presente en el equipo. Aunque usaba silla de ruedas, un resultado de numerosas operaciones de rodilla y espalda, asistía virtualmente a cada juego de los Gigantes en casa como consejero del equipo.
El brazo de la bahía de San Francisco detrás de la cerca del jardín derecho del AT&T Park, llamado McCovey Cove, siempre está lleno de lancheros los días de juego, compiten para atrapar las pelotas de jonrones que acuatizan allí. Una estatua de bronce de McCovey de tres metros de altura fue erigida en 2003en China Basin Park a la orilla de la cueva.
McCovey fue homenajeado junto a sus compañeros inquilinos del Salon de la Fama y los Gigantes, Mays, Gaylord Perry, Juan Marichal y Orlando Cepeda en el estadio AT&T Park antes del tercer juego de la Serie Mundial de 2014, en la cual los Gigantes vencieron a los Reales de Kansas City en siete juegos. Los Gigantes han entregado un premio Willie Mac anualmente desde 1980 a un pelotero de San Francisco que ejemplifique el espíritu y liderazgo de McCovey.
Willie Lee McCovey nació en Mobile, Ala., el 10 de enero de 1938, el séptimo de 10 hijos de Frank McCovey, trabajador de vías férreas, y su esposa, Ester. Un destacado primera base en las caimaneras, fue firmado para jugar en el sistema de ligas menores de los Gigantes de Nueva York en 1955 y pronto se ganó la reputación de bateador de poder.
McCovey debutó en Grandes Ligas el 30 de julio de 1959, y bateó de 4-4, dos triples y dos sencillos ante Robin Roberts, el futuro inquilino del Salón de la Fama de los Filis de Filadelfia.
McCovey solo participó en 52 juegos esa temporada, pero bateó para .354 con 13 jonrones y fue nombrado novato del año.
Muchos aficionados de San Francisco reconocían a Mays como el símbolo del beisbol en Nueva York en su época dorada de la década de 1950, el héroe de Polo Grounds. Enfocaron su adulación en McCovey y el toletero Cepeda, quien se mudó a los jardines para abrirle espacio a McCovey en primera base. Fueron héroes locales en los años pioneros del beisbol de grandes ligas en la costa oeste, con los Gigantes en San Francisco y los Dodgers de Brooklyn mudados a Los Angeles.
McCovey igualó a Hank Aaron como lider jonronero de la Liga Nacional en 1963 con 44 estacazos, el cual era coincidencialmente el número que ambos peloteros llevaban en la camiseta. (McCovey había escogido ese número en honor a Aaron, otro nativo de Mobile). Alcanzó 36 jonrones y 106 carreras empujadas en 1968, y 45 jonrones y 126 empujadas en 1969, liderando la liga en ambas categorías en cada una de esas temporadas. Bateó .320 en 1969, cuando ganó el premio al jugador más valioso.
McCovey despachó un par de vuelacercas en la serie de campeonato de la Liga Nacional de 1971, en la cual los Gigantes fueron derrotados por los Piratas de Pittsburgh, para entonces la edad y las lesiones estaban empezando a pasar factura. Fue cambiado a los Padres de San Diego después de la temporada de 1973 y jugó con ellos hasta finales de 1976, cuando fue comprado por los Atléticos de Oakland y apareció en 11 juegos como bateador designado y bateador emergente.
Regresó a los Gigantes la temporada siguiente a la edad de 39 años, luego de declararse agente libre y jugó con ellos hasta 1980, se retiró como un jugador de cuatro décadas. Jugó principalmente como primera base, tuvo promedio de bateo vitalicio de .270, 2.211 imparables y 1.555 carreras empujadas, largó 521 cuadrangulares, 18 de ellos con las bases llenas, todos bateados en la Liga Nacional. Forma parte de un triple empate en el lugar 20 de los jonroneros de todos los tiempos, con Ted Williams y Frank Thomas.
“Las personas me preguntan cómo me gustaría ser recordado”, le dijo McCovey una vez a The Associated Press.
“Les digo que me gustaría ser recordado como el tipo quien bateó el linietazo sobre la cabeza de Bobby Richardson”, dijo él, recordando en broma el imparable ganador de Serie Mundial que no fue.
McCovey regresó a la noticas con una nota sombría en junio de 1995. Apoyándose en un bastón como resultado de sus dolencias ortopédicas, apareció en una United States District Court de Brooklyn, junto con el jardinero central inquilino del Salón de la Fama de los Dodgers, Duke Snider; ambos resultaron culpables de fraude por fallar en declarar decenas de miles de dólares recibidos en eventos de autógrafos. Ambos fueron sentenciados a dos años de comparecencia y multados con 5000 $.
Snider falleció en 2011. Durante sus dias finales en el cargo, el Presidente Barack Obama perdonó a McCovey, quien publicó una declaración a través de los Gigantes expresando gratitud “por este noble gesto hacia mi, pero también por su incansable servicio a todos los estadounidenses”.
A McCovey le sobrevive su esposa, Estela; una hija, Allison; de un matrimonio previo; una hermana, Frances: dos hermanos, Clauzell y Cleon; y tres nietos.
Cuando los Giants se enfrentaron a los Filis de Filadelfia en la serie de campeonato de la Liga Nacional de 2010, el preludio al triunfo de los Gigantes ante los Rangers de Texas en la Serie Mundial, su primer campeonato en San Francisco, McCovey reflexionó sobre la oportunidad perdida de lograr la victoria para los Gigantes en la Serie Mundial ante los Yanquis en 1962.
“Disfrutaba ir a batear con corredores en posición anotadora, tenía que traerlos al plato”, le dijo a The New York Times. “Pienso que nadie pudo haberse sentido peor que yo. No solo tuve a todo el equipo sobre mis hombros en ese turno al bate, tuve a toda una ciudad. Entonces pensé que iba a estar en esa situación de nuevo en el futuro y las cosas serían diferentes”.
Julia Jacobs y Andrew Chow contribuyeron reportando.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
lunes, 29 de octubre de 2018
Los Muchachos de Octubre.
La atmósfera de competitividad permeaba no solo los orificios de la corneta del radio transistor. La lectura de aquellas páginas me transportó en fracciones de segundo a una noche de octubre de 1975. La fotografía en blanco y negro de un grupo de peloteros celebrando la llegada de un compañero al plato, reprodujo vívida la escena de aquel estacazo que había rasgado la madrugada bostoniana. La épica de aquellos Medias Rojas que dejaron el alma en el terreno ante la Gran Maquinaria Roja de pronto ebullía 43 años años después. La lectura de “The Boys of October” de Doug Hornig hace unos años me trajo remembranzas de la gesta épica de Luis Tiant en el cuarto juego de la Serie Mundial, de la sangre fría de Bernie Carbo al descargar el vuelacercas de empatar el sexto juego en el octavo inning, de la euforia de Carlton Fisk ante el veredicto de Larry Barnett respecto al toque de Ed Armbrister y luego sus brazos estirados para mantener su jonrón en zona buena, de las agallas de Dwight Evans para perseguir un casi seguro cuadrangular de Joe Morgan y convertirlo en atrapada espectacular que terminó en doblematanza, de como el radio cayó desde mi mano y se estrelló en mi pecho justo en el momento de esa atrapada.
Ahora no podía dejar de recordar ese libro. Mientras empezaba la serie divisional ante los Yanquis inicié una búsqueda en mi biblioteca que intensifiqué después que los Mulos de Manhattan igualaran la serie divisional. Para el tercer encuentro logré divisar el libro de Hornig escondido debajo de decenas de periódicos y revistas viejos arrumbados en el tramo inferior. Poco importó que el polvo me hiciera estornudar. Para cuando los Medias Rojas despacharon a los Yanquis ya había terminado el capítulo donde Luis Tiant blanqueó a los Rojos de Cincinnati 6-0. Volví a preguntarme como un equipo que jugaba con aquella determinación, con aquel carácter, con aquella intensidad hubiese perdido aquella Serie Mundial. Me dije que de pronto aquello pudo haber sido un único ejemplo de realismo mágico y que la verdadera realidad quizás emergería al final del libro. Eso me dio un poco de ánimo, de optimismo para buscar razonamientos válidos que justificaran la posibilidad de vencer que podrían tener los Medias Rojas ante los Astros de Houston. El primer juego me hizo pensar que de nada valdrían 108 victorias ante el pitcheo de los siderales. Entonces me dije que si Los Muchachos de Octubre estuvieron a un tris de vencer a la Gran Maquinaria Roja, ¿Por qué no podían los mosqueteros de 2018 emularlos y hasta mejorarlos?
Entonces apareció David Price y empezó a revertir su prontuario de once apariciones sin victorias en postemporada, fue capaz de mantener el juego al alcance de los patirrojos en el segundo juego para luego lanzar 6 episodios en blanco, en el quinto desafío. De pronto me parecía ver a un costado de Price el wind up escalonado, con la espalda hacia el jardín central de Luis Tiant. De pronto los jonrones de Jackie Bradley Jr retrataban la emoción de los turnos de Bernie Carbo en el tercer y sexto juegos de aquella serie de 1975. De pronto la atrapada de Andrew Benintendi para sellar el triunfo del cuarto juego recreaba, redibujaba, redimensionaba la carrera de Dwight Evans para desactivar el bombazo de Joe Morgan. De pronto un equipo se superponía en el otro y plasmaba todas las cualidades complementarias de uno respecto al otro.
La lectura reciente de “The Boys of October” me hizo entender el fenómeno del deja vu desde otro ángulo. Al repasar cada página pensaba que lo que veía cada noche por televisión ya lo había vivido, pero a la vez imaginaba que el desenlace sería diferente. Por eso me tocó vivir una serie mundial doblemente emocionante. Price se encargó de vencer a los Dodgers de Los Angeles en los juegos 2 y 5. De pronto tenía algunas dudas, de pronto quise regresar en el tiempo para darle un poco del momentum, una pizca de la esencia de este equipo al del 75’ un poco de los jonrones de Steve Pearce y Rafael Devers en los juegos 4 y 5 de esta Serie Mundial. Pero luego me contuve, aquel equipo también fue grande, muy grande, tuvo mejores números totales que Cincinnati, y lo dejaron todo sobre el terreno. Estos otros muchachos tenían todos los ingredientes de aquel equipo de 1975, y además la esencia de “todos para uno y uno para todos de los mosqueteros Benintendi, Bradley Jr., y Mookie Betts.
Alfonso L. Tusa C.
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