martes, 21 de mayo de 2019

Justin Evans, inspirador al enfrentar la adversidad, fallece a los 42 años de edad.

Bryan Marquard. The Boston Globe. 26 de abril de 2019. Para apreciar por completo las virtudes de Justin Evans, se podría empezar por donde él empezó, ayudar a otros en su niñez. Al esperar en una cola de supermercado con su madre y hermanos, oía a los compradores lamentarse de no tener suficiente dinero efectivo, entonces se registraba los bolsillos y les prestaba sus monedas a la edad de 6 años. “Desde el primer día, Justin fue un alma muy vieja”, dijo su madre, Susan. “Era la persona más buena y gentil que se hubiera conocido”. Había razones para ser cualquier cosa en vez de eso, incluyendo un diagnóstico infantil de neurofibromatosis, un desorden genético doloroso e incurable que causa tumores en el tejido nervioso, el cerebro y la médula espinal. La enfermedad también acortó su vida. Justin Evans, quien había vivido en Stoneham, tenía solo 42 años de edad cuando falleció el domingo de Resurrección en un hogar de cuidados. También había desarrollado un gioblastoma, tumor cerebral. Como si supiese que tendría pocos años para tocar las vidas de los que estaban a su alrededor, empezó a ser un ejemplo cuando era pequeño, un niño de fe quien años después se convertiría en devoto maestro de escuela dominical. Un día cuando eran niños, él y Marco Desiderio, un amigo cercano de Lynnfield iban para Fenway Park para ver al padre de Justin, Dwight Evans, jugar para los Medias Rojas. Su niñera se detuvo en un McDonald’s. “Estaba listo para hincar mis dientes en mi hamburguesa cuando él dijo: ‘Espera, tenemos que rezar’”, recordó Desiderio. “Dije, ‘¿Qué?’ Y él dijo, ‘En serio, tenemos que dar las gracias’. Dije, ‘Esto es un McDonald’s’”. Sin dejarse intimidar por lo que le rodeaba, Justin “lo hizo, rezó de corazón, ahí en el McDonald’s”, dijo Desiderio y añadió: “Fue el primer testigo de fe en Dios que tuve de niño, aparte de mis padres”. Despues que Justin falleció, uno de sus amigos habló con su padre “y dijo, ‘Sabe, Justin nunca dijo nada malo de nadie’”, dijo Dwight. “Entonces calló por 10 o 12 segundos, sus ojos se ensancharon y dijo de nuevo, ‘Se lo digo, nunca dijo nada malo de nadie’. Fue muy insistente en hablar de ese tema” Como adulto, tal era el caso cuando era joven, Justin siempre ayudaba en cualquier lugar que pudiese, en alma y corazón. Por muchos años, sus padres organizaron un torneo de golf para recaudar fondos y están involucrados en apoyar a la organización establecida en Burlington ahora llamada Neurofibromatosis Northeast. Ese grupo, el cual está afiliado con la nacional NF Network, trabaja para buscar tratamientos y cura para ese desorden genético. La familia Evans espera que aquellos quienes quieran recordar a Justin contribuyan con los esfuerzos de esa organización regional. Cuando la salud lo permitía, Justin siempre estaba listo para ayudar a sus padres o a Neurofibromatosis Northeast, y “por su cuenta, iba a cualquier evento que ellos tenían y trabajaba como voluntario”, dijo su madre. En la iglesia Calvary Christian de Lynnfield, mientras tanto, él enseñó en la escuela dominical por años y colaboró cuando la iglesia se expandió hacia otra comunidad. El pastor Brigham Lee, de la iglesia Calvary Christian, conoció a Justin en un viaje de misiones a Grecia hace varios años. “Tenía un gran corazón para los niños”, agregó Lee. “Le gustaba contarles de Jesús y compartir su fe, además de tener la oportunidad de compartir con otros en el cuerpo de voluntarios”. En la comunidad de la iglesia, como en otros espacios de su vida, “Justin hizo amigos”, dijo Lee. “Justin tuvo amigos en todas partes”. Nacido en 1977, Justin Dwight Evans fue el segundo hijo y el benjamín de la descendencia de Dwight M. Evans y Susan Severson Evans. Justin creció en Lynnfield, y su hermano mayor, Timothy, también fue diagnosticado con neurofibromatosis. Aunque el desorden es genético, Kirsten Evans, la hija mediana y hermana de Tim y Justin, no fue diagnosticada con el desorden, el cual a menudo es abreviado como NF. Tim, quien tiene 46 años de edad, ha experimentado 44 cirugías mayores a través de los años. En sus días de jugador activo con los Medias Rojas, Dwight a veces iba desde el hospital hasta Fenway Park para participar en un juego, luego regresaba al hospital para estar con un hijo o el otro. La fe de Justin fue fuerte desde el principio. “Siempre la llevaba en el corazón”, dijo su madre. “Y siempre rezaba”, añadió ella. “No tenía problemas, aún siendo un niño pequeño, se dirigía a los enfermos y rezaba por ellos”. Cuando Justin era pequeño, antes de mostrar los primeros síntomas de neurofibromátosis, siempre estaba listo para ayudar cada vez que podía, aún si eso significaba hacerse con un manojo de flores. “Si no me sentía bien”, dijo su madre, “él iba afuera y de pronto traía un manojo de dientes de león con la tierra aun colgando de las raíces”. Y entonces, de pronto era Justin quien no se sentía bien. A los 5 años de edad, recibió radiación para la neurofibromatosis, lo cual junto al tratamiento de un tumor afectó su glándula pituitaria, un efecto colateral que lo hizo el más bajo de su familia. Durante esas visitas al hospital, y en los tratamientos sucesivos, él se comportaba de manera afectiva. “Se dirigía a las señoras mayores y decía, ‘Usted luce muy bien hoy’”, recordó su madre. “Hacía reir a todos. Nunca estaba molesto o amargado”. Cuando Justin tenía 11 años de edad, resistió una cirugía de ocho horas para remover un tumor alojado en la base de su cráneo, en la parte superior de su medula espinal. “Casi falleció”, dijo su padre. “Estuvo fuera del sistema escolar por un año, y hubo que contratar un maestro para que fuese a darle clases en casa”, dijo su madre. “De nuevo, siempre tenía una gran sonrisa en el rostro, estaba feliz de hacer lo que hacía, nunca su quejaba”. Antes de esa cirugía, y años después de ella, Justin empezó a colaborar de vez en cuando en una tienda de memorabilia en una de las calles aledañas a Fenway Park, allí trabajaba para Eddie Miller. “Era un buen niño, de verdad lo era. Muy dedicado”, dijo Miller, y a veces quizás muy dedicado. Justin no quería que nadie se fuera con las manos vacías, no importaba si el cliente pagaba o no. Al notar a un cliente, Justin “empezaba a hablar con él, y de inmediato fraternizaba y le daba el mejor trato, porque le caía bien, porque era un buen muchacho”, dijo Miller, con una sonrisa. “Era muy bueno para las ventas”. Justin se graduó en la Lynnfield High School y en Curry College con un grado en comunicaciones. Trabajó para el Department of Transportation del estado, y por muchos años como anfitrión en el restaurante Capital Grille de Burlington. “Cuando íbamos al restaurante y lo veíamos, estaba fajado”, dijo Dwight. “Le gustaba resolver problemas. Le agradaban las personas”. Además de sus padres, quienes dividen su tiempo entre Lynnfield y Fort Myers, Fla.; su hermano, quien vive en Fort Myers; y su hermana, quien vive en Sudbury, Justin deja a los hijos de su hermana, Ryan, Michael, Alyssa y Darren Berardino, a quienes cuidó varias veces a través de los años. “Él es el padrino de Alyssa”, dijo Susan. “Los amaba y ellos lo querían mucho”. El gran corazón y la manera como siempre ofrecía apoyo, permanecieron constantes a través de la vida de Justin. “Lo sorprendente es que nunca cambió”, dijo su madre. “Si querías que él fuese a buscar a tu abuela, él se montaba en el carro y lo hacía. Cualquiera que le pidiera un favor, él se lo hacía”. Traducción: Alfonso L. Tusa C. 20 de mayo de 2019.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Después del abuso que Jackie Robinson resistió, Frank Robinson rechazó aceptarlo.

Kevin B. Blackistone. The Washington Post. 08 de febrero de 2019. Unas pocas temporadas luego de que Jackie Robinon se retirara, Frank Robinson hizo algo con lo que Jackie solo soñó, algo que juró no hacer nunca, algo que le carcomió mientras estuvo en un diamante de beisbol Frank Robinson respondió la afrenta de una pelea, contra un pelotero blanco. Un pelotero estrella blanco, Eddie Matthews de los Bravos. Robinson perdió la pelea pero ganó la guerra. “Bateé un jonrón y un doble, empujé una carrera, anoté otra y realicé una atrapada para robarle un extrabases a Matthews”, explicó Robinson después que su ojo estaba totalmente morado. “Ganamos el segundo juego 4-0”. Jackie Robinson era reverenciado por el abuso que aguantaba. Frank Robinson, si se leen las memorias que surgieron este jueves con la noticia de su deceso a los 83 años de edad, era respetado por lo que no aceptaba. El incidente de Matthews reverberó cuando Larry Doby se convirtió en el primer pelotero negro en tomar retaliación ante un pelotero blanco al golpear al pitcher de los Yanquis, Art Ditmar en 1957. William Jackson escribió en el Cleveland Call and Post de dueños negros: “Dicen que Abe Lincoln liberó a los esclavos hace unos 93 años y promovió la Proclamación de Emancipación. Pero no fue hasta que Doby lanzó ese gancho de izquierda a la barbilla de Ditmar que el pelotero negro estuvo completamente emancipado”. Frank Robinson fue un atleta negro emancipado. No solo jugaba ferozmente, como fue recordado este jueves, sino que lo hacía sin miedo. Era muy evidente para los que jugaban con y contra él le temían. En la temporada de novato de Jackie Robinson, 1947, fue cortado a propósito con los ganchos por Enos Slaughter, el sureño que de acuerdo a los rumores consideró ir a la huelga ese año más que jugar contra el primer pelotero negro desde la década de 1880. Diez años después, en su segunda temporada, Frank Robinson utilizó sus ganchos. Lesionó a Johnny Logan, campocorto de Milwaukee, un pelotero blanco, por seis semanas. Frank Robinson fue recordado inmediatamente por el pelotero del Salón de la Fama en que se convirtió por 21 temporada, más notablemente los primeros 10 años que pasó en Cincinnati y los siguientes seis en Baltimore. Fue Novato del Año, el primero en ser nombrado en ambas ligas, ganador de la triple corona de bateo, primer manager negro, un jugador “Negro Grado-A”, lo caracterizó The Sporting News al ser cambiado a Baltimore. Pero quienes describieron a Frank Robinson como hombre lo hicieron importante más que solo histórico. Estuvo en la vanguardia de los atletas negros estadounidenses liberados de la segunda mitad del siglo 20. Estuvo en la punta de la lanza en su reivindicación. Frank Robinson reflexionó sobre la escalada confrontacional de los estadounidenses negros, como Robert F. William de Monroe, North Carolina, que se enfrentó al KKK en un tiroteo en 1957, que estaba dejando atrás un movimiento de libertad más conciliatorio. Para asegurarse, Frank Robinson andaba armado. Fue arrestado por sacar una pistola en 1961 en medio de una confrontación con clientes blancos y un cocinero blanco tarde en la noche en un restaurant de Cincinnati. Frank Robinson, quien debutó el 17 de abril de 1956, en el jardín izquierdo del Crosley Field de Cincinnati, no era como los atletas negros que este país vio en la mayor parte de la primera mitad del siglo pasado. No se subyugaba a jugar y actuar de la manera no confrontativa que se esperaba de parte de muchos estadounidenses negros en la época pos-Reconstrucción, pre-derechos civiles. No era como los tres atletas negros más celebrados de Estados Unidos desde la primera guerra mundial hasta la guerra de Corea, el boxeador Joe Louis, el atleta de pista y campo Jesse Owens y su predecesor en el beisbol Jackie Robinson, quienes fueron boceteados metafóricamente por una sociedad estadounidense blanca en búsqueda de la paz racial y la unidad siempre que fuera por separado. Frank Robinson no encajaba en la narrativa del deseo del Estados Unidos blanco por atacar su arreglo social de apartheid al promover atletas negros, eso permitía actuar con coraje. Un perfil de Sports Illustrated en 1963 fue titulado “El Tigre Temperamental de los Rojos: No querido por los rivales, tímido entre amigos, Frank Robinson ha combinado sus vastos talentos y voluntad feroz para convertirse en superestrella y uno de los hombres más temidos del beisbol”. Frank Robinson era como su compañero de quipo en el baloncesto liceísta, Bill Russell. Era parte del nacimiento en los sesenta de atletas negros como Muhammad Ali, Jim Brown y Lew Alcindor, todos empezaron a confrontar sus condiciones y labor atlética y se unieron al movimiento de los derechos civiles, tradicional y radical. No había planeado ser de esa manera. Cuando Frank Robinson fue cambiado a Baltimore en 1966, el NAACP de Baltimore le pidió que se les uniera. Se reportó que él declinaba a menos que la organización prometiera que no tendría que hacer presentaciones públicas mientras fuese pelotero. Pero la búsqueda de una casa para él y su familia, que incluía un hijo y una hija, cambió su mentalidad. Como se relata en un artículo de la Society for American Baseball Research, Robinson y su esposa Barbara pensaban que habían encontrado una casa hasta que el profesor universitario que la arrendaba conoció a Barbara. “Debió haber pensado que yo era la esposa de Brooks Robinson”, comentó la esposa de Frank Robinson. Terminaron en una casa de alquiler “sucia e infectada de insectos, el piso estaba cubierto de excremento de perro”. Esa experiencia inspiró a Robinson a cambiar de mentalidad respecto a su activismo con el NAACP de la ciudad. Así que tuvo sentido que este jueves la familia de Frank Robinson pidiera que las contribuciones en su memoria se hicieran a nombre del National Civil Rights Museum en Memphis, Tennessee, o el National Museum of African American History and Culture en Washington. El asunto racial siempre afectó a Robinson. Experimentó los mismos disgustos y atropellos que otros peloteros negros tanto en pueblos sureños de ligas menores como en algunos estadios de grandes ligas. Mientras estaba con los Orioles, escribió su autobiografía en 1968, “My Life in Baseball”, y notó como los dueños y ejecutivos de las mayores se preguntaban si los peloteros negros podrían convertirse en managers algún día: “Es la misma vieja historia. Los dueños solo tienen miedo. Están solo un paso detrás del público”. Siete años más tarde, o 28 años después que el beisbol permitiera a Jackie Robinson integrar sus caminos, Cleveland nombró a Frank Robinson primer manager negro del juego. Le dieron un año de contrato. Uno de los pitchers de Robinson era Gaylord Perry, un blanco sureño y ganador de 21 juegos con los Indios la temporada previa. Perry, quien fue elegido al Salón de la Fama en 1991, no simpatizaba con la importancia que le daba Robinson al acondicionamiento físico y se quejó ante los medios, “No soy esclavo de nadie”. Luego un cátcher blanco, John Ellis, se enfrentó públicamente con el primer dirigente negro, el autor John Rosengren escribió en su pieza de la revista History Channel acerca de la primera temporada de Robinson como manager, que los fanáticos de Cleveland respondieron amenazando la vida de Robinson. Robinson estaba airoso. Rosengren notó que cuando Robinson sospechaba que el color de su piel implicaba que los árbitros trataran a su equipo injustamente, no se mordía los labios. “Ciertos árbitros la toman conmigo a través de mi equipo”, se quejaba Robinson en voz alta. “Cada sentencia cerrada es contra nosotros, pienso que le cargan al equipo lo que sienten hacia mí”. En 2008, el Salón de la Fama hizo algo que se decía nunca se hace: Editó la placa de Jackie Robinson para reflexionar sobre la historia que hizo al reintegrar las grandes ligas. Debería hacerse igual con Frank Robinson. Su contribución más indeleble no puede ser resumida con estadísticas, a menos que haya números que describan la medida de un hombre. Traducción: Alfonso L. Tusa C. 01 de marzo de 2019.

miércoles, 27 de febrero de 2019

Lo que Mariano Rivera Compartió con Roy Halladay, Además de Credenciales para el Salón de la Fama.

Tyler Kepner. The New York Times. 20 de enero de 2019. Mariano no seráel único pelotero electo al Salón de la Fama del béisbol esta semana en su primer intento. Las papeletas públicas han mostrado un apoyo marcado por Roy Halladay, el antíguo as de los Azulejos de Toronto y los Filis de Filadelfia. Si Halladay estuviese aquí, seguramente reconocería que Rivera, el sublime cerrador de los Yanquis, ayudó a acercarlo a los límites de Cooperstown. Halladay falleció el 7 de noviembre de 2017, a la edad de 40 años, cuando el avión que pilotaba se estrelló en aguas proco profundas cerca de Holiday, Fla. En una de sus entrevistas finales, recordó con entusiasmo un tutorial con Rivera en el juego de estrellas de 2008, y una observación que le dio su toque final de brillantez. “Había observado mucho a Mariano, mi recta cortada era muy buena, pero no siempre era consistente”, dijo Halladay en marzo de 2017 en una mesa de día de campo debajo de palmeras en el complejo de entrenamientos primaverales de los Filis en Clearwater, Fla. “A veces era muy buena y en otras ocasiones no era tan efectiva. Mariano de verdad me ayudó”. Yo había seguido a Halladay por más de dos años para tener esta conversación. Necesitaba su perspectiva para un libro sobre pitcheo que estaba escribiendo, “K: A History of Baseball in Ten Pitches”, (“K: Una Historia del Beisbol en Diez Lanzamientos”), que será publicado esta primavera por Doubleday, y sabía que sería una voz crítica. Como escritor de The New York Times que cubrió la fuente de los Yanquis de Nueva York durante la mayor parte de su estadía con los Azulejos de Toronto, estuve maravillado con Halladay, la manera como estoicamente hacía que los bateadores élite realizaran swings tentativos y nunca parecía satisfecho a menos que hubiese trabajado los nueve innings. Recién había regresado a los Filis en 2017 como instructor, aconsejando a los peloteros de ligas menores sobre el lado mental del deporte. Halladay había reconstruido su confianza y manera de lanzar temprano en su carrera, y nunca dejó de reinventarse en el montículo. Con su recta cortada, Halladay sospechaba que el problema era la posición de su pulgar. Rivera ya era una leyenda, en ruta a una marca vitalicia de 652 juegos salvados, y su nombre se convirtió en sinónimo de la recta cortada, un envío que se había encontrado por accidente pero que había perfeccionado como nadie. Él confirmó la sospecha de Halladay. “Seguro”, dijo Halladay, “me dijo que una de las claves para él era asegurarse de meter el pulgar por debajo hasta colocarlo en el lado opuesto de la pelota”. Cuando Halladay lanzaba su sinker, con los dedos índice y medio a lo largo de las costuras estrechas, colocaba su pulgar por debajo del índice por debajo de la pelota. Cuando lanzaba la recta cortada, la cual sostenía con sus dedos medio e índice a través de la parte ancha de las costuras, siempre ponía el pulgar en el mismo lugar. Rivera le mostró a Halladay su técnica, doblando su pulgar en el nudillo y empujándolo debajo de la pelota, de manera que la uña tocara el dedo medio no el índice. Eso impedía que el pulgar bloqueara la rotación de la pelota mientras salía de su mano, permitiendo que los dedos índice y medio funcionaran sin estorbarse y enviaran la pelota adecuadamente, moviéndose hacia adentro ante bateadores zurdos y hacia afuera ante derechos. Le entregué una pelota a Halladay, la tomó con el agarre de Rivera, manteniendo su brazo recto. “Ahora si la ves desde atrás, tienes a la pelota ajustándose a este lado”, dijo él, y desde la perspectiva del pitcher, se podría ver al menos la mitad de la pelota sobresaliendo desde el lado izquierdo de la mano. El resto de la pelota estaba cubierto por los dedos de Halladay. “Así que ahora la pelota está recargada. Casi tiene que ir por ese lado”, dijo él. “Cuando puse mi pulgar debajo del dedo índice, todavía estaba centrado. Pero tan pronto como lo moví hacia arriba, de repente, recargó la pelota hacia ese lado”. ¿Se sintió eso natural de inmediato? “Eso tomó un poquito de tiempo”, dijo Halladay, “y a veces era tan defectuoso que cuando salía bien, marcaba mis dedos sobre la pelota con un bolígrafo. Tomaba un bolígrafo negro y la marcaba justo donde estaban colocado mi dedo, y la guardaba en mi casillero y la mantenía conmigo. La próxima primavera, estaba lanzando el envío y no funcionaba, no veía resultados. Así que regresé y tomé esa pelota y solo la agarré sin mirar las marcas. Y de seguro, mi pulgar estaba atrás hasta aquí, donde se sentía cómodo”. “Así que lo puse de vuelta en la marca donde se sentía algo incómodo al principio, pero de seguro, regresó el pitcheo. Entonces te acostumbras, y te sientes bien. Pero era un pitcheo que había que monitorear donde estuvieras, como agarrabas la pelota, porque se podía desarrollar malos hábitos al hacer lanzamientos largos. Lanzar una pelota puede ser algo complicado”. Halladay venció a los Yanquis tres veces en la segunda mitad de la temporada de 2008; cuando los compañeros de Rivera supieron de su generosidad con el rival, lo multaron en la corte de los canguros. Para Halladay, eso fue un trampolín. En los tres años siguientes, uno con Toronto, dos con Filadelfia, Halladay fue el mejor pitcher del beisbol. Lanzó más entradas que nadie, promedió 19 victorias por temporada, y su efectividad de 2.53 fue la más baja entre los lanzadores con al menos 75 aperturas. Ganó su segundo premio Cy Young, lanzó un juego perfecto y entonces pitcheó solo el segundo juego sin hits ni carreras de postemporada en la historia de las grandes ligas. Esos tres años le dieron a Halladay una década completa al tope de su juego, menos temporadas dominantes que algunos inquilinos del Salón de la Fama, pero suficientes para inclinar a los votantes. Si en vez de eso hubiera declinado después de 2008, habría sido el mismo tipo de candidato que Johan Santana. Santana coleccionó solo 2.4 por ciento de los votos en la elección del año pasado, lo cual no fue suficiente para permanecer en las papeletas. Pero por siete temporadas con los Mellizos y los Mets, desde 2004 hasta 2010, Santana fue tan dominante como lo fue Halladay en sus primeras siete temporadas exitosas (2002 hasta 2008). En los siete años de Santana, obtuvo 110 triunfos y una efectividad de 2.86, con un WHIP (boletos más hits por inning lanzado) de 1.063. En sus primeros siete años de estrellato, Halladay tuvo 113 triunfos y 3.19 de efectividad, con 1.132 de WHIP. Santana tuvo más ponches, Halladay menos boletos. Pero sus resultados fueron esencialmente los mismos. Para Santana, sin embargo, eso fue todo lo que obtuvo. Además de un renacimiento de tres meses en 2012 (incluyendo el largamente esperado primer juego sin hits ni carreras de los Mets), Santana estaba acabado. En su punto más alto, lanzó como un inquilino del Salón de la Fama. Pero eso ese lapso fue muy corto. El tope de Halladay duró el tiempo suficiente. No todo fue gracias a la recta cortada de Rivera, por supuesto. Pero en aquellas primeras tres temporadas después de la ayuda de Rivera, Halladay lanzó la recta cortada en más del 40 por ciento de sus envíos, mas a menudo que cualquier otro abridor en el beisbol. Su otro envío favorito, el sinker, se desplazó en la dirección opuesta. A veces, eso parecía injusto. “¿Lo más difícil para mí? De Halladay, ese sinker y la recta cortada”, me dijo Derek Jeter la primavera pasada. “Trataba de calcular en que dirección iban, y siempre calculaba mal”. Jeter bateó .234 de por vida contra Halladay, cuyo control era tan impecable que su radio de boletos en esos tres años (1.24 por cada nueve innings) fue el mejor del juego. Y si alguna vez perdía el control en la recta cortada, sabía donde encontrarlo: en la pelota donde había marcado el agarre de Rivera. “La mantenía en mi casillero, y cuando viajábamos, la llevaba en mi bolso”, dijo Halladay. “Escondida en un zapato, a donde quiera que fuese, y si tenía dificultades, solo la sacaba. La llevé conmigo el resto de mi carrera”. Quizás esa pelota permanece entre las posesiones de la carrera de Halladay. Ese sería un maravilloso artefacto a mostrar al rendir honores a los nuevos inquilinos de Cooperstown. Traducción: Alfonso L. Tusa C. 23-02-2019.

jueves, 21 de febrero de 2019

Don Newcombe Pitcher de los Dodgers que Contribuyó a Romper la Barrera Racial, Fallece a los 92 años de edad.

Richard Goldstein. The New York Times. 19 de febrero de 2019. Don Newcombe, el primer pitcher negro relevante de las grandes ligas y estrella de los Dodgers de Brooklyn en sus años gloriosos, la década de 1950, falleció este martes 19 de febrero. Los Dodgers anunciaron su deceso pero no informaron las causas de la muerte. Un derecho dominante y corpulento con una recta superpoderosa, Newcombe alcanzó una serie de logros: Novato del Año de la Liga Nacional en 1949, participó cuatro veces en el juego de estrellas, jugador más valioso de la liga en 1956, cuando también ganó el primer premio Cy Young entregado al mejor pitcher del beisbol. Más que todo, fue el primer lanzador negro en iniciar un juego de Serie Mundial. Pero su carrera fue recortada por el alcoholismo, y fue atormentado por una inmerecida reputación de fallar en ganar los grandes juegos, particularmente en la Serie Mundial. Newcombe, además de sentirse orgulloso de sus logros como pitcher, estaba gratificado por haber jugado un papel en la batalla por los derechos civiles al contribuir a desmontar la barrera racial del beisbol moderno después de la llegada de Jackie Robinson y el catcher Roy Campanella a los Dodgers. Una vez dijo que el Reverendo, Dr. Martin Luther King fue a su casa durante las semanas previas a su asesinato en 1968 y le dijo, “Nunca hubiera tenido tanto éxito como el que tengo en los derechos civiles si no fuera por lo que ustedes han hecho en el terreno de beisbol”. Newcombe tuvo una marca vitalicia de 149-50 con efectividad de 3.56 en 10 temporadas con los Dodgers de Brooklyn y los Dodgers de Los Angeles, Rojos de Cincinnati e Indios de Cleveland, perdió dos años de juego debido al servicio militar. En su temporada de novato, ganó 17 juegos y perdió 8, lideró la liga en blanqueos con cinco. Tuvo el mejor porcentaje de triunfos de la liga en 1955, .800, cuando tuvo marca de 20-5; y en 1956 con .794, cuando su marca fue de 27-7. También fue muy destacado en el plato para ser pitcher. Estableció una marca de jonrones para un pitcher en una temporada en la Liga Nacional con siete en 1955, y en su carrera despachó 15 jonrones con .271 de promedio de bateo. Carl Erskine, el destacado derecho quien fue compañero de Newcombe en los equipos de los “Boys of Summer”, sintió que Newcombe no había recibido el reconocimiento que merecía. “Si Newcombe no hubiera perdido esos dos años en el servicio, pudo muy bien haber sido un pitcher del Salón de la Fama”, le dijo Erskine a Peter Golenbock en su libro “Bums” (1984). Donald Newcombe nació el 14 de junio de 1926, en Madison, N.J., y creció en Elizabeth. Su padre era chofer. Newcombe lanzó para los Eagles de Newark de las ligas negras en 1944 y 1945 y entonces fue firmado por Branch Rickey, el gerente general de los Dodgers, en un contrato de ligas menores antes de la temporada de 1946. Rickey se dispondría a romper la barrera racial en las ligas mayores modernas el año siguiente al firmar a Robinson en un contrato con los Dodgers.. Newcombe tuvo dos temporadas destacadas con el equipo del sistema de granjas de los Dodgers, ubicado en Nashua, N.H., y otra en Montreal antes de unirse a los Dodgers en mayo de 1949. Dan Bankhead, quien debutara con los Dodgers el 26 de Agosto de 1947, fue el primer pitcher negro de las ligas mayores. Satchel Paige, al lanzar con los Indios de Cleveland en 1948, fue el segundo, luego de una larga y brillante carrera en las ligas negras. Pero Newcombe fue el primero en ser estrella en las mayores. Continuó su temporada de novato del año con marcas de 19-11 en 1959 y 20-9 en 1951. Luego de dos años en la armada, tuvo una temporada mediocre en 1954, luego recuperó su forma con 20 victorias en 1955, cuando los Dodgers de Brooklyn ganaron su único campeonato de Serie Mundial, y 27 en 1956. Pero su gran afición por la bebida le pasó factura, y luego de comenzar la temporada de 1958 con marca de 0-6 con los Dodgers, su primera en Los Angeles, fue cambiado a Cincinnati. Permaneció dos temporadas más en las mayores, terminó su carrera con Cleveland. La reputación de Newcombe por fallar en los juegos claves viene principalmente de su marca de 0-4 en los juegos de Serie Mundial donde enfrentó a los Yanquis, pero él había probado su valor en muchos momentos claves. Lanzó un gran juego en su primera derrota en la serie, en 1949, al perder 1-0 por el jonrón del noveno inning de Tommy Henrich. Fue un baluarte para los Dodgers en las semanas finales de la temporada de 1951, entonces lanzó de manera magnífica con poco descanso en el tercer juego del playoff contra los Gigantes de Nueva York, antes de que Ralph Branca, quien lo relevara en el noveno inning, permitiese el jonrón memorable de Bobby Thomson para ganar el banderín. Los peores momentos de Newcombe llegaron en el séptimo juego de la Serie Mundial de 1956, cuando Yogi Berra largó dos jonrones ante él en la victoria de los Yanquis 9-0. Mucho tiempo después, seguía amargado por la forma como lo había tratado la prensa. “Bob Feller tampoco ganó un juego de Serie Mundial, pero nadie dijo que había fallado”, le dijo Newcombe a The Plain-Dealer de Cleveland en 1997. “Ted Williams y Joe DiMaggio tuvieron Series Mundiales malas, pero nadie dijo que ellos fallaron. Solo lo decían de mí”. Reconoció que nunca se había llevado bien con los reporteros. “No era el tipo más agradable del mundo”, dijo él. “Mi actitud les decía que no me importaba lo que escribieran”. Newcombe bebió mucho durante su carrera en el beisbol, y sus problemas empeoraron despues. Dijo que dejó de beber en 1966, cuando su segunda esposa, Billie, amenazó con dejarlo y llevarse sus tres hijos. Luego dio muchas charlas auspiciadas por el National Institute on Alcohol Abuse and Alcoholism. “Éramos una familia de bebedores”, recordó una vez. “Recuerdo que bebí cerveza en un bar el Pearl Harbor Day, cuando tenía 15 años de edad. La bebida me impidió que pitcheara otros cuatro o cinco años”. Newcombe había regresado a la organización de los Dodgers en 1970, cuando se convirtió en director de relaciones con la comunidad. A su deceso, era consejero especial del director de los Dodgers, Mark Walter. Sus sobrevivientes incluyen a su esposa, Karen Newcombe; sus hijos Don Jr., y Brett; un hijastro, Chris Peterson; una hija, Kellye Roxanne Newcombe; y dos nietos. En una entrevista con Los Angeles Times en 2010, Newcombe describió como fue lanzarle a Joe DiMaggio en 1949, en el primer Juego de Estrellas que incluía peloteros negros. “Nunca soñamos que tendríamos la oportunidad de jugar en las grandes ligas, así que ¿por qué pensar en eso?” dijo él. “Nunca hablamos de eso, nunca pensamos en eso, nunca lo visualizamos. Cuando enfrenté a DiMaggio, no sabía quién era”. Traducción: Alfonso L. Tusa C. 21 de febrero de 2019. Nota del traductor: Actuación de Don Newcombre con los Sabios del Vargas en la temporada 1947-48 en LVBP: 25 juegos lanzados, 14 completos, 10 ganados, 3 perdidos, 137 innings, 120 hits permitidos, 2.30 de efectividad. Con el madero bateó para .286, en 56 veces al bate, 2 jonrones, 2 dobles, 2 triples, 7 carreras empujadas, 10 anotadas.

martes, 12 de febrero de 2019

Edgar Martinez confunde a sus pares aun cuando los acompaña en Cooperstown.

Tyler Kepner. The New York Times. 23 de enero de 2019. Los años pasan, los peloteros se retiran, y si se les conoció un poco, se recuerda algo de sus rutinas en el clubhouse. Mariano Rivera firmando pelotas cuidadosamente, siempre legibles, y soplando la tinta para que no se chorreara. Mike Mussina resolviendo crucigramas, retando su mente para pasar el tiempo. Edgar Martínez pesando sus bates en una balanza de comida, marcando un más o un menos en la escala para tener una medida más precisa. Roy Halladay rara vez aparecía en su casillero en Toronto o Filadelfia. Usualmente estaba sudando en otra parte.
“Trabajo duro y humildad”, dijo Brandy Halladay, su viuda, para resumir el legado de su difunto esposo este miércoles. “No puedes entrar ahí sin expectativas. Tienes que trabajar por cada cosa que quieras conseguir, y eso fue lo que hizo cada día”. Rivera, Mussina, Martinez y Halladay lograron el honor más alto por su meticulosa preparación esta semana, con su elección al Salón de la Fama del beisbol. Todos fueron contemporáneos de la Liga Americana en la década de 2000, quienes se conocieron entre sí como competidores. Rivera estableció la marca de juegos salvados y ganó cinco campeonatos con los Yanquis, mientras Mussina tuvo longevidad, se acreditó 270 victorias por 203 de Halladay, pero Halladay, dos veces ganador del premio Cy Young con un juego perfecto y un sin hits ni carreras de playoff, tuvo los momentos y herramientas que eludieron a Mussina. Estuvieron de acuerdo en una cosa: Martínez de seguro podía batear. Bateó ,312 en su carrera pero fue aun mejor ante Rivera, Halladay y Mussina, con .375. Rivera bromeó este miércoles al decir que Martínez le debía una cena. “También lo ayudé”, dijo Mussina, “No tanto como tú”. Martínez largó cinco jonrones contra Mussina, su mayor cifra ante cualquier pitcher, y le bateó .307 (de 75-23). Se fue de 18-8 ante Halladay y de 19-11 ante Rivera. Solo David Ortíz y Jason Varitek tuvieron más imparables ante Rivera, pero ambos tuvieron al menos el doble de turnos al bate contra él. “Especialmente al principio de mi carrera, hombre, ponía en dos strikes a Edgar y el tercero nunca llegó”, dijo Rivera después de su elección este martes, y agregó el miércoles, “Cuando se enfrenta al tipo de bateador que fue Edgar, tienes que de verdad dar lo mejor de ti, de lo contrario te comerá en el desayuno, almuerzo y cena como hizo conmigo”. Martínez se fue de 9-8 ante Rivera hasta 1997, cuando Rivera descubrió su recta cortada mientras jugaba a lanzarse la pelota con Ramiro Mendoza antes de un juego en Detroit. Después de eso, las cosas se normalizaron entre Martínez y Rivera, de 10-3, incluyendo el encuentro que aun molesta a Martínez. En la serie de campeonato de la Liga Americana en 2000, Martínez fue a batear como la carrera del empate con dos outs en la apertura del noveno inning del sexto juego.
“Me dije: ‘Bien, me va a lanzar la recta cortada. Miré de la mitad hacia afuera como siempre hacía’. Y ahí estaba la primera sinker que había visto lanzar a Mariano en toda mi carrera, me lanzó una sinker”, dijo Martínez, quien bateó un manso rodado al campocorto. “Se acabó el juego, nos fuimos a casa. Habría cambiado todos esos imparables por ese turno al bate”. Los Marineros desde entonces no se han acercado tanto a la Serie Mundial; perdieron con los Yanquis de nuevo en la próxima serie de campeonato de la Liga Americana, en cinco juegos. Mussina ganó su apertura en esa serie, pero Martínez usualmente lo confundía, “Podía tener un orden diferente de lanzamientos, podía tratar con rectas primero, curvas primero, ponerme adelante en la cuenta, atrás en la cuenta, no importaba”, dijo Mussina. “Cuando se es tan buen bateador como era él, entonces te dices, ‘Escucha, voy a lanzarla en el medio y espero que la batee duro de frente hacia alguien, porque si me esmero y de todas formas él consigue un imparable, eso me va a molestar’. Y honestamente, a veces haces eso. Dices: ‘Voy a lanzar una sinker en el medio, hombre. Solo batéala y sigamos adelante, porque de todas formas vas a conseguir un imparable’”.
Mussina dominó muchos toleteros al descifrar sus swings y servirles un lanzamiento que no podían manejar. David Ortíz, Rafael Palmeiro, Alex Rodríguez y Jim Thome, quienes combinados largaron más de 2400 jonrones, batearon combinados .240 ante él. Pero Martínez era difícil de leer para Mussina, porque nunca trataba de hacer mucho. Martínez dijo que aprendió su estilo observando a bateadores como George Brett, José Cruz y Kirby Puckett, quienes jugaron 52 temporadas combinadas, sin poncharse 100 veces en alguna de ellas. Martínez solo lo hizo una vez, en 2004, su temporada final. “La mayoría de los bateadores tratan de halar la pelota cuando el lanzamiento está de la mitad para adentro. Yo miraba de la mitad hacia afuera y si venía adentro reaccionaba. Si trabajaba en la mecánica de la trayectoria de mi swing y de mi mitad inferior, era capaz de mantener el bate en la zona por más tiempo. Por eso, aun si el envío era algo suave, el bate aun estaba en la zona, y podía dirigir la pelota en todas direcciones o batear línea tras línea”. Naturalmente, algunos pitchers molestaban a Martínez. Tenía dificultades contra Nolan Ryan (de 19-1) y Pedro Martínez (de 25-3) y se fue en blanco ante Greg Maddux en el único juego donde lo enfrentó. Pero esos tres no rodearan su placa en Cooperstown. Para los inquilinos más nuevos del Salón de la Fama, Martínez es parte de su clase pero pertenece a una clase particular. “Los bateadores trataban de llevar la pelota hasta la cerca muy a menudo, y yo los dominaba con rodados al campocorto o elevados al jardín central, así era como sobrevivía. Edgar no hacía eso”, dijo Mussina “Él solo se conformaba con disparar un linietazo al jardín derecho. Eso funcionaba para él, así empujó una tonelada de carreras y eso me frustraba a morir. Por eso es que está aquí. Le hizo eso a todos”. Traducción: Alfonso L. Tusa C. 12-02-2019.

lunes, 11 de febrero de 2019

Frank Robinson, toletero inquilino del Salón de la Fama y primer manager negro, fallece a los 83 años de edad.

Richard Goldstein. The New York Times. 07 de febrero de 2019. Frank Robinson, el jardinero inquilino del Salón de la Fama quien bateara 586 jonrones y se convirtiera en pionero racial como primer manager negro en Grandes Ligas, casi tres décadas después que Jackie Robinson rompiera la barrera del color del beisbol moderno al jugar para los Dodgers de Brooklyn, falleció este jueves 7 de febrero en su hogar de Los Angeles Major League Baseball anunció la muerte pero no especificó la causa. The Baltimore Sun reportó recientemente que Robinson estaba en las etapas finales de una larga enfermedad. Jugó durante 21 temporadas, principalmente con los Rojos de Cincinnati y los Orioles de Baltimore, Robinson fue el único ganador del premio al jugador más valioso (MVP) en ambas ligas (Nacional y Americana). Fue una presencia intensa y a menudo intimidante, se abalanzaba sobre el plato desde su estilo de bateador derecho, incitando a los pitchers para que lo golpearan (lo cual hicieron 198 veces) luego tomaba revancha con batazos largos, “castigaba a los pitchers con una fina imparcialidad” como escribiera alguna vez el periodista deportivo Roger Kahn. Rompía los dobleplays con deslizamientos temibles. Como jugador, Robinson insistía en que sus compañeros estuviesen a su nivel de competitividad. Como manager, tenía poca paciencia con la falta de ganas de ganar. Robinson ganó la triple corona de bateo en 1966, al despachar 49 jonrones, empujar 122 carreras y batear para .316 en su primera temporada con los Orioles y ayudó a su equipo a capturar el campeonato de la Serie Mundial por vez primera en la historia de la franquicia. Bateó por lo menos para .300 de promedio en nueve temporadas, acumuló 2943 imparables vitalicios, empujó 1812 carreras y jugó en cinco equipos ganadores del banderín. Fue elegido al Salón de la Fama del beisbol en 1982, su primera vez en las papeletas. Robinson debutó como el primer manager negro de las ligas mayores con los Indios de Cleveland el 8 de abril de 1975, 28 años después que Jackie Robinson (sin relación familiar) salió al campo por primera vez con los Dodgers. Rachel Robinson, la viuda de Jackie Robinson, efectuó el lanzamiento de la primera bola. Frank Robinson, quien aún era jugador activo, marcó la histórica ocasión al descargar un vuelacercas en su primer turno al bate, como bateador designado, para liderar a los Indios a una victoria 5-3 sobre los Yanquis. Dirigió 16 temporadas entre completas y parciales, con los Indios (1975-1977), Gigantes de San Francisco (1981-1984), Orioles (1988-1991), Expos de Montreal (2002-2004) y su franquicia sucesora Nacionales de Washington (2005-2006). Nunca dirigió a un ganador de banderín, pero la Baseball Writers Association of America lo nombró manager del año de la Liga Americana en 1989, cuando sus Orioles terminaron segundos en la división este, dos juegos detrás de los Azulejos de Toronto. “Tenía grandes instintos beisboleros y unos atributos físicos tremendos que le permitían hacer todo en el terreno de beisbol”, escribió el antíguo manager de los Orioles, Earl Weaver en su memoria “It’s What You Learn After You Know It All That Counts” (“Lo que cuenta es lo que aprendes después de saber como es todo”) (1982). Como lo asentara Weaver: “Nunca se quejaba y siempre estaba dispuesto para aconsejar a cualquier pelotero joven quien buscara su apoyo. A veces aconsejaba a algunos que no lo buscaban, cuando los oía quejarse. ‘¡Es suficiente!’ gritaba. ‘No compliquen las cosas’”. El pitcher inquilino del Salòn de la Fama de los Orioles, Jim Palmer, le dijo a Baseball Digest en 2006 que la llegada de Robinson a Baltimore vía cambio con Cincinnati había iniciado el resurgimiento de la franquicia. “Si Frank veía algo, iba a decir algo”, dijo Palmer. “Cuando llegó aquí, fue el líder. Era el tipo. Nos hizo mejores”. Otro de los pitchers estelares de los Orioles de esa época, Dave McNally, fue citado en la historia oral del equipo de John Eisenberg, “From 33rdStreet to Camden Yards” (2000): “Lo bueno que era Frank se reflejaba en el impacto que generaba al jugar duro. La intensidad del tipo era realmente increíble”. Frank Robinson nació el 31 de agosto de 1935, en Beaumont, Tex., y creció en Oakland, Calif., era el más joven de 10 hermanos. Jugó beisbol en McClymonds High School en Oakland, donde fue compañero de Bill Russell en el equipo de baloncesto. Firmó con la organización de los Rojos en 1953 y debutó en las ligas mayores en el jardín izquierdo de Cincinnati tres años después. En esa temporada largó 38 cuadrangulares en una alineación plagada de bateadores de poder como Ted Kluzewski, Wally Post y Gus Bell, y fue nombrado Novato del Año. Robinson despacharía 37 jonrones, empujaría 124 carreras y batearía .323 para los Rojos ganadores del banderín en 1961, y fue elegido jugador más valioso de la Liga Nacional ese año. Siguió siendo una figura formidable para Cincinnati hasta mediados de la década de 1960. Robinson describió su actitud al bate en su memoria “Extra Innings” (1988), escrita con Berry Stainbeck. “Yo era tan agresivo en el plato como en las bases y en los jardines”, escribió. “Me paraba tan cerca del plato como podía y estiraba el cuello para tener la mejor vista posible de la pelota cuando salía de la mano del pitcher, así protegía la esquina de afuera. Si los pitchers me sorprendían, mis muñecas eran suficientemente rápidas para ajustarse al pitcheo”. En lo que se convirtió en uno de los cambios más desiguales del beisbol, los Rojos cambiaron a Robinson a los Orioles después de la temporada de 1965. Cincinnati recibió al pitcher Milt Pappas y otros dos peloteros destinados a no tener mucho impacto. Bill De Witt, el gerente general de los Rojos, fue citado diciendo que Robinson era “un viejo de 30 años”, sugiriendo que había visto pasar sus mejores años. Pero Robinson fue nombrado jugador más valioso de la Liga Americana y jugador más valioso de la Serie Mundial de 1966, ,cuando los Orioles barrieron a los Dodgers de Los Angeles con una alineación que también incluía a Boog Powell en primera base, Davey Johnson en segunda y el futuro inquilino del Salón de la Fama, Brooks Robinson en tercera.
Los Orioles también tenían un magnífico cuerpo de lanzadores liderado por Dave McNally, Palmer, Wally Bunker y Steve Barber. Robinson despachó dos jonrones en esa serie, ambos ante Don Drysdale, el primero en el juego inicial y el segundo en el cuarto y decisivo de la serie, una victoria 1-0 de Baltimore. En sus seis temporadas con los Orioles, colaboró para llevar al equipo a ganar cuatro banderines y dos campeonatos de Serie Mundial. El 26 de junio de 1970, Robinson descargó dos jonrones consecutivos con las bases llenas contra la segunda franquicia de los Senadores de Washington en RFK Stadium. Antes de dirigir a los Indios, Robinson había sido el primer manager afroamericano de un equipo profesional integrado fuera de la estructura del beisbol organizado, los Cangrejeros de Santurce de la liga invernal puertorriqueña. Se mantuvo en ese cargo por varias temporadas, comenzó en la campaña 1968-1969, para ganar experiencia en ruta a convertirse en manager de ligas mayores. “Los peloteros negros pensaban que yo era más estricto con ellos que con los blancos”, The New York Times lo citó mientras ocupaba ese cargo. “Pero siempre lo hacía en broma”. Robinson fue cambiado por los Orioles a los Dodgers de Los Angeles después de la temporada de 1971 y luego jugó con los Angelinos de California y brevemente con los Indios. Luego de ser nombrado manager, siguió jugando como bateador designado. Cuando los Indios anunciaron en octubre de 1974 que Robinson sería su manager, un evento histórico en las relaciones raciales del beisbol, recibió un telegrama de felicitaciones del Presidente Gerald R. Ford. “Pienso que no fui empleado porque era negro”, dijo Robinson. “Espero que no. Pienso que he sido empleado debido a mi habilidad”. Luego añadió, “El único deseo que puedo tener es que Jackie Robinson pudiese estar aquí hoy para ver esto”. Jackie Robinson había reclamado la presencia de un manager negro en las ligas mayores cuando lanzó la primera pelota en el segundo juego de la Serie Mundial de 1972. Más adelante, ese octubre, falleció a los 53 años de edad. Cuando Frank Robinson alineó con su equipo frente al dugout de los Indios en la inauguración de la temporada ante una multitud de 56.204 aficionados en Cleveland Municipal Stadium, recibió una sonora ovación. “Cien mil aficionados no habrían sido más ruidosos”, recordó en su memoria, “Fue la ovación más grande que recibí en mi carrera, casi me hizo llorar. Después de tantos años esperando para convertirme en manager de grandes ligas, ignorado porque muchos dueños de equipo sentían que los fanáticos no aceptarían un manager negro, yo tenía el trabajo y las personas estaban felices”. Los Indios habían sido un equipo perdedor por años, los equipos de Robinson terminaron cuartos en el este de la Liga Americana en 1975 y 1976. Luego de una arrancada de 26-31 en 1977, fue despedido. Los reporteros le preguntaron si pensaba que la carrera por el banderín había tenido que ver con el despido. “Si la competencia fue un factor”, le dijo a Mr. Kahn para una columna en The Times, “No estoy al tanto de eso. Nunca oi una observación seria acerca de la competencia. Nunca oi a nadie hacer una observación al respecto. No tengo amargura por Cleveland. Hice lo mejor que pude”. Cuando Robinson regresó a dirigir en las mayores con los Gigantes en 1981, el camino que había iniciado había sido transitado por otros dos. Larry Doby, quien se convirtió en el primer pelotero negro de la Liga Americana con los Indios en 1948, fue nombrado manager de los Medias Blancas de Chicago en 1978. Maury Wills, mejor conocido por haber brillado con los Dodgers de Los Angeles, fue nombrado manager de los Marineros de Seattle en 1980. Luego de lograr un modesto éxito dirigiendo a Gigantes y Orioles, Robinson tuvo marcas ganadoras dos veces con una franquicia de los Expos que había sido asumida por Major League Baseball y solo disponía de unos recursos económicos relativamente magros. Luego de dirigir a los Nacionales de Washington por dos temporadas, Robinson ocupó cargos administrativos en la oficina del comisionado del beisbol con Bud Selig y después con Rob Manfred. El Presidente George W. Bush premió a Robinson con la Presidential Medal of Freedom, el reconocimiento más alto de la nación para un civil, en una ceremonia de la Casa Blanca en 2005, lo elogió por sus “extraordinarios logros como beisbolista y manager y por servir como ejemplo duradero de carácter en el deporte”. Los Orioles, Rojos e Indios han erigido estatuas de Robinson en sus estadios. Barbara Ann Cole fue la esposa de Robinson. Tuvieron un hijo, Frank Kevin, y una hija, Nichelle. La información de sus sobrevivientes no estuvo disponible de inmediato. Robinson ingresó al Salón de la Fama junto a Hank Aaron, el rey de los jonrones en ese momento. Rachel Robinson asistió a la ceremonia, y le preguntaron acerca del legado de su esposo al liderar el camino de la primera generación de grandes peloteros negros en el juego.
“Jackie no hubiera querido que se les dejara a un lado”, dijo ella. “Ellos representan el epítome de los que Jackie quería: excelencia”. Traducción: Alfonso L. Tusa C. 1-02-2019.

sábado, 26 de enero de 2019

Mel Stottlemyre, as de los Yanquis durante los años difíciles, fallece a los 77 años de edad.

Richard Goldstein. The New York Times. 14 de enero de 2019. Mel Stottlemyre, el as del pitcheo de los Yanquis en sus años difíciles de finales de la década de 1960 y comienzos de los ’70 y después coach de pitcheo por mucho tiempo de los equipos de los Mets y Yanquis que ganaron la Serie Mundial, falleció este domingo 13 en un hospital de Seattle. Su esposa, Jean Stottlemyre, dijo que la causa fue complicaciones de mieloma múltiple, un tipo de cáncer de sangre por el cual había sido tratado durante por muchos años. A su muerte también tenía gripe y pneumonía, dijo ella. Stottlemyre, quien creció en Washington State, vivía en el área de Seattle. Stottlemyre hizo su última visita a Yankee Stadium en junio de 2015, cuando los Yanquis lo sorprendieron al dedicar en su honor una placa en el Monument Park, al asistir a su Día de Veteranos anual. El tributo ocurrió después que el antiguo segunda base Willie Randolph, recibiera una placa como estaba programado. Stottlemyre, apoyándose en un bastón, le dijo a la multitud, “Ha sido un honor haber usado este uniforme por muchos años. Dijo que si ese era su último Día de Veteranos “empezaría en otro equipo, entrenando allí, cada vez que me necesitaran”. Al llegar a Yankee Stadium en agosto de 1964, Stottlemyre registró maca de 9-3 mientras ayudaba a los Yanquis a ganar su quinto banderín seguido. Entonces enfrentó tres veces en la Serie Mundial a Bob Gibson el futuro pitcher inquilino del Salón de la Fama de los Cardenales de San Luis. Los Yanquis fueron vencidos por los Cardenales en siete juegos, pero Stottlemyre se convirtió en el ancla de su rotación de pitcheo. En sus 11 temporadas con los Yanquis, un largo período de sequía luego de décadas de dominio, él fue uno de los pocos puntos brillantes. Un derecho con una sinker magnífica, fue cinco veces al juego de estrellas y ganó 20 juegos en tres oportunidades. Stottlemyre entrenó a los pitchers de los Mets por 10 temporadas, incluso su campeonato de Serie Mundial en 1986, y a los pitchers de los Yanquis por otras 10, en ese lapso ganó cuatro anillos de campeonato de Serie Mundial. Durante su estadía como coach de pitcheo de los Yanquis fue tratado por mieloma múltiple, el cual afecta las células de plasma. Stottlemyre era un tipo tranquilo, pero aún como pitcher novato tenía una presencia poco común. “Aquí tenemos un muchacho de 21 años de edad que salió de la nada con ese gran brazo y supercontrol quien tiene toda la confianza de un Whitey Ford, no es un genio, es más del tipo tranquilo”, dijo su compañero de equipo Tom Tresh en “Bombers” (2002), una historia oral escrita por Richard Lally. Años después, Stottlemyre era admirado por los lanzadores que entrenaba, debido a su optimismo y habilidad para relacionarse con ellos. David Cone, pitcher de los Yanquis, dijo una vez que Stottlemyre anticipaba como les gustaba a los pitchers que los trataran. Stottlemyre a su vez, dijo que se había beneficiado al hablar con sus hijos Todd y Mel Jr. Quienes lanzaron en las grandes ligas. “Es como si nunca envejeciera”, dijo Cone de Stottlemyre. “Él siempre está contigo cuando tienes dificultades”, declaró el relevista Mariano Rivera al periódico de Nueva Jersey, The Record, en octubre de 1998, luego que los Yanquis vencieran a los Padres de San Diego para iniciar su racha de tres títulos seguidos de Serie Mundial. Dwight Gooden recuerda como Stottlemyre llegó al montículo y lo tranquilizó cuando estaba a dos outs de un juego sin hits ni carreras contra los Marineros de Seattle en Yankee Stadium en mayo de 1996. Gooden había caminado a dos bateadores y lanzado un wild pitch ante Jay Buhner, para colocar corredores en segunda y tercera mientras los Yanquis ganaban 2-0. “Hay algo en su conducta, tan sincero, tan confiable, que te hace querer decirle la verdad”, dijo Gooden en su memoria, “Heat” (1999), escrita con Bob Klapisch. Gooden recuerda como Stottlemyre usó su apodo para decirle: “No te voy a sacar del juego, Doc. Solo estoy aquí para darte un respiro. Este juego es tuyo, Doc. Tuyo a menos que me digas que no puedes seguir”. Cuando Gooden insistió en que podía seguir, Stottlemyre le dijo, “Gánales”. Gooden ponchó a Buhner y obligó a Paul Sorrento a batear un elevado a manos de Derek Jeter, el campocorto. Había logrado el juego sin hits ni carreras. Don Zimmer el colega coach de Stottlemyre recordó que después que este revelara que tenía mieloma múltiple en abril de 2000, permaneció fuerte y estable mientras entrenaba a los pitchers de los Yanquis la mayor parte de la temporada regular, aun mientras recibía quimioterapia. “Era una roca”, dijo Zimmer en “Zim: A Baseball Life” (2001), escrito con Bill Madden. Luego de un trasplante de células madre en septiembre de 2000, Stottlemyre no pudo regresar con los Yanquis esa temporada, debido a que corría el riesgo de contraer una infección. Cuando los Yanquis vencieron a los Mets en la Serie Mundial, Zimmer llamó a Stottlemyre a su casa. “Cuando Mel contestó el teléfono, se sintió emocionado”, recordó Zimmer. “Más adelante esa noche, supe que el hermano de Mel había fallecido temprano ese día de un tumor cerebral. Nunca dijo nada de eso mientras duró la llamada telefónica porque no quería arruinar la alegría de nosotros. Ese era el tipo de persona que era”. Melvin Leon Stottlemyre nació el 13 de noviembre de 1941 en Hazleton, Mo., y creció en Mabton, Wash., hijo de un trabajador de la construcción. Fue firmado por la organización de los Yanquis en 1961 en lo que entonces era el Yakima Valley Junior College (ahora Yakima Valley College) en Washington State. Cuando Stottlemyre llegó a los Yanquis, Ford, el zurdo inquilino del Salón de la Fama, se convirtió en su mentor. Cuando Ford se lesionó el hombro lanzando en el primer juego de la Serie Mundial de 1964, los Yanquis pusieron la mayoría de sus esperanzas en Stottlemyre. Venció a Gibson en el segundo juego, no tuvo decisión en el quinto y perdió el séptimo. Los Yanquis nunca regresaron a la Serie Mundial durante la carrera como jugador activo de Stottlemyre pero él fue uno de los mejores lanzadores de la Liga Americana. Tuvo marca de 20-9 en 1965, cuando lideró la Liga Americana en juegos completos con 18, y entradas lanzadas con 291. Los Yanquis empezaban su declive en ese momento, terminaron sextos en lo que era una liga de 10 equipos. Stottlemyre ganó 12 juegos y perdió 20 en 1966 cuando terminaron últimos por primera vez desde 1912. Pero él regresó con marcas de 21-12 en 1968 y 20-14 en 1969. En junio de 1974, mientras lanzaba contra los Angelinos de California, Stottlemyre se lesionó el manguito rotador. En el invierno, los Yanquis le indicaron que descansara hasta al menos el 1 de mayo. Cuando lo dejaron en libertad al final de los entrenamientos primaverales, quedó sorprendido. El movimiento fue hecho por Gabe Paul, gerente general del equipo, pero Stottlemyre estaba convencido de que el dueño de los Yanquis, George Steinbrenner había influido en esa decisión, y eso lo dejó amargado. Stottlemyre se retiró con marca de 164-139 y efectividad de 2.97 antes de empezar una segunda carrera como coach de pitcheo. Pero una tragedia familiar lo alejó del beisbol por un tiempo y eso atenuó sus sentimientos agridulces hacia la directiva de los Yanquis. En marzo de 1981, Jason, el hijo de Stottlemyre, falleció de leucemia pocos días después de cumplir 11 años de edad. Stottlemyre dejó su cargo como instructor itinerante de pitcheo con los Marineros de Seattle el año siguiente, para estar con su familia. Dos décadas después, al reflexionar sobre la posibilidad de una relación entre su mieloma múltiple y la leucemia de su hijo, Stottlemyre pensó en los tratamientos de radiación que había recibido en su hombro, de parte del médico de los Yanquis a finales de la década de 1960 como estrategia para reducir el riesgo de calcificaciones. Un radiólogo le había advertido que debía detener el tratamiento porque habría potenciales consecuencias de salud, y él eventualmente lo hizo a pesar de que el cuerpo médico de los Yanquis le reconfirmó que la radiación no le afectaría. “Me he convencido de que eso jugó papel determinante en ambas enfermedades”, dijo Stottlemyre de la radiación en su memoria, “Pride and Pinstripes” (2007), escrita con John Harper. “El servicio médico que suministraban los Yanquis no estaba a la altura de los patrones que se espera en el deporte profesional, y en una de las franquicias deportivas más exitosas de la historia”. Despues de su receso del beisbol, Stottlemyre se convirtió en coach de pitcheo de los Mets en 1984, la temporada de novato de Gooden. No alteró la mecánica del inmensamente dotado Gooden, pero lo aconsejó sobre como manejarse en público y se vio como una especie de padre. Cuando los Mets vencieron a los Medias Rojas de Boston en la Serie Mundial de 1986, Stottlemyre supervisó un destacado cuerpo de lanzadores compuesto por Gooden, Bob Ojeda, Sid Fernandez, Ron Darling, Roger McDowell y Jesse Orosco. Stottlemyre fue despedido al final de la temporada de 1993 y fue coach de lanzadores de los Astros de Houston por dos temporadas antes que Steinbrenner le pidiera regresar a los Yanquis. Stottlemyre había rechazado invitaciones a Días de Peloteros Veteranos de los Yanquis por dos décadas molesto por lo que consideró mala fe del equipo al despedirlo en 1975. Pero decidió aceptar la oferta, se unió al cuerpo técnico del nuevo manager de los Yanquis, Joe Torre, cuando llegó a creer que Paul, el gerente general de, y no Steinbrenner, había sido responsable de su despido. Los Yanquis ganaron la Serie Mundial de 1996, luego lograron campeonatos consecutivos desde 1998 hasta 2000, el año cuando Stottlemyre comenzó el tratamiento para mieloma múltiple. Stottlemyre guió cuerpos de pitcheo que incluyeron a Cone, Rivera, Andy Pettite, Roger Clemens, Mike Mussina, David Wells y Gooden, quien regresaba de batallar con el abuso de drogas. Stottlemyre salió de los Yanquis después de la temporada de 2005 y fue reemplazado por Ron Guidry, el antíguo abridor zurdo del equipo. Stottlemyre fue coach de lanzadores de los Marineros en 2008, pero no fue ratificado cuando Don Wakamatsu sustituyó a Jim Riggleman como manager la próxima temporada. Además de su esposa, Jean Mitchell de soltera, le sobreviven su hermano, Jeff; su hermana, Joyce Lawerence; sus hijos, Mel Jr., y Todd; y ocho nietos. Todd Stottlemyre lanzó por 14 temporadas en grandes ligas. Mel Jr., quien lanzó una temporada, se convirtió en coach de pitcheo de los Marlins de Miami en diciembre de 2018 y antes había ocupado ese cargo con los Diamondbacks de Arizona y los Marineros. Para sus dos últimas temporadas con los Yanquis, Stottlemyre había establecido su reputación como un destacado coach de pitcheo. Pero su resentimiento con Steinbrenner resurgió mediante las críticas que le hizo cuando el equipo falló en regresar a la Serie Mundial. Stotlemyre también estaba irritado por lo que entendió como una interferencia injusta de Billy Connors, el consejero de pitcheo de los Yanquis, quien trabajaba fuera de las instalaciones del equipo en Tampa Fla., y era muy cercano a Steinbrenner. En una entrevista con USA Today en mayo de 2005, Steinbrenner se quejó de que Stottlemyre no había estado mejorando el cuerpo de lanzadores de los Yanquis. Pero Torre defendió rápidamente a Stottlemyre, quien lo había acompañado en cuatro equipos campeones. Este lunes, Torre, en una declaración, llamó a Stottlemyre “un modelo para nosotros y el hombre más sólido que haya conocido”. Traducción: Alfonso L. Tusa C. 26-01-2019.