lunes, 26 de agosto de 2013

Pitcher relevista es ahora una estrella, guiado por Gary Sheffield.

Tyler Kepner. 22-06-2013. The New York Times. Cincinnati - Si ud quiere una vacación de lujo en el trópico, más cercana de lo que piensa y a un buen precio, Gary Sheffield se la tiene. Cerca del puente Sunshine Skyway en el golfo de la costa de Florida, en frente de Skinny's Place, el mejor lugar de hamburguesas de la zona, está el resort Anna Maria Island Beach. "Queda cerca del campamento de entrenamientos primaverales de los Piratas, justo en la playa", dijo Sheffield, quién es dueño del lugar. "Lo llamo una joya escondida". Sheffield terminó su carrera de 20 años en las Grandes Ligas con los Mets en 2009. Fue caminado intencionalmente en su último turno al bate, temido hasta el final. Ahora de 44 años, es un magnate financiero a pequeña escala, con el resort, una línea de tabacos y una agencia deportiva que representa a un grandeliga, Jason Grilli, otra joya escondida. Grilli es el cerrador de los Piratas de Pittsburgh y una estrella repentina a los 36 años. Es lo suficientemente viejo para haber sido compañero de equipo de Sheffield con los Tigres de Detroit, pero lo suficientemente joven para asustarse cuando Sheffield lo invitó a cenar. De alguna manera, dijo Grilli, ellos coincidían. Eran escorpio, dijo, apasionados y tercos. La mayoría de las personas conoce a Sheffield por su swing feroz, por pararse intimidante en el plato, moviendo su bate sobre su cabeza como un limpiaparabrisas a su velocidad máxima. Bateó 509 jonrones, ganó un título de bateo, lideró a los Marlins a un campeonato y negoció su propio contrato de agente libre con George Steinbrenner y los Yanquis. Pero si ud. ha conocido a Sheffield, lo recuerda más que todo por su mirada punzante. Sheffield lo mirará a los ojos con una intensidad que probablemente no encontrará en nadie más. Aquellas comiquitas de Superman, con rayos x saliendo de sus ojos. Ese es Sheffield, y eso es lo que Grilli recuerda más de su primera reunión de negocios en Tampa. Ocurrió después de la temporada de 2010, más de dos años después de que jugaron juntos por última vez. Entonces Grilli había lanzado en partes de ocho temporadas en las mayores, principalmente como relevista, con un balance de .500, 4.74 de efectividad y 2 salvados. Esa no era la carrera que el esperaba luego de haber sido escogido de cuarto en Seton Hall en 1997. Para empeorar las cosas, se había destrozado la rodilla derecha con Cleveland la campaña anterior. "Ni siquiera podía levantar la pierna; dolía mucho", dijo Grilli. "Caminar bien, más aún pitchear otra vez, estaba en duda. Gritaba como los demonios. Quieres ver a un hombre adulto llorar por su madre enferma, así de severo era". Grilli no lo sabía entonces, pero en verdad estaba llorando por Sheffield.Nunca lanzó un juego con los Indios, quienes no lo quisieron más. Había tenido tres agentes. Un amigo mutuo, el antíguo jugador Trenidad Hubbard, puso a Grilli en contacto con Sheffield y Xavier James, un abogado y socio de negocios de Sheffield. Sheffield había ganado 168 millones de dólares en su carrera pero dijo que nunca compró una casa hasta que tuvo 30 años. "Vivo una vida modesta", dijo, y agregó que le mostró a Grilli como podía incrementar sus ingresos. Grilli no había ganado un millón de dólares en un contrato desde su bono del draft, pero Sheffield dijo que el dinero era menos importante que la credibilidad. "Gary Sheffield podría cabalgar sobre el crepúsculo", dijo Grilli. "No necesita hacer lo que hace. No tenía que hacer eso por mí. Yo no era un prospecto. Nadie me quería. Ni siquiera le estaba pagando en ese momento. Pero le dije, 'Si me tomas como tu cliente, te prometo que no te desilusionaré'. Él quería ver la llama en mis ojos". Las reuniones de invierno de 2010 fueron en Orlando, Fla., donde Grilli vive, así que acompañó a Sheffield y a James a las sesiones de negocios. Sheffield asume una actitud más agresiva con los equipos, "como un tigre", dijo Grilli, mientras James es más diplomático. Llegaron a un acuerdo con los Filis de Filadelfia. Grilli lanzó en AAA hasta mediados de julio de 2011, con 1.93 de efectividad. Pero los Filis, quienes buscaban su pase a los playoffs, le dijeron a Grilli que su repertorio no se ajustaría a las Grandes Ligas. Grilli fue despedido oficialmente y Pittsburgh lo firmó el día siguiente. En Detroit, como relevo intermedio, Grilli había utilizado sinkers y curvas para minimizar sus pitcheos y refrescar al resto del bull pen. Sheffield no lo aprobó. Como en todo, él tomo el control mediante la asesoría de su cliente. "Le dije a Jason mi honesta opinión de su estilo de pitcheo, supo que no me gustaba", dijo Sheffield. "Le dije, 'Tu repertorio y tus resultados no se compaginan'. Él es un tipo grande con una buena sinker y una slider escurridiza, cuando veo eso, pienso que es el repertorio de un cerrador, él tenía que creerlo. El hecho de que alguien te diga que no eres ese tipo de pitcher, eso no significa que eso sea así". La tasa de ponches de Grilli aumentó con los Piratas mientras él dejaba la curva a un lado y se concentraba en la mezcla de rectas y sliders. Luego de ponchar 90 en 58.2 innings la temporada pasada, con una efectividad de 2.91, Grilli se fue al mercado abierto y se unió a Sheffield y James en las reuniones invernales de Nashville. Sheffield no es el único expelotero en convertirse en agente; el antiguo pitcher Dave Stewart representa a Matt Kemp, Chad Billingsley y Chris Carter, y antiguos jugadores de ligas menores como Scott Boras, Casey Close y Larry Reynolds tienen muchos clientes. Pero Sheffield dijo que su experiencia le dio una perspectiva inapreciable. "Es divertido, sé exactamente lo que los equipos van a hacer con sus rosters", dijo. "He vivido esto por 25 años. Es automático. Le dije a Jason lo que iba a pasar". Sheffield y James negociaron con los Cachorros de Chicago, los Azulejos de Toronto y los Piratas. (Los Mets necesitaban ayuda en el bull pen pero no mostraron interés).En el transcurso, Sheffield dijo que sabía que los Piratas planeaban cambiar al cerrador Joel Hanrahan y darle su trabajo a Grilli, aun cuando no lo dijeron claramente en las negociaciones. Otros equipos actuaron con intensidad en el mercado de relevistas, los Dodgers de Los Angeles firmaron a Brandon League por 3 años y 22.5 millones de dólares; y los Rojos, que firmaron a Jonathan Broxton por tres años y 21 millones de dolares. Pero esos pitchers son mas jóvenes y han sido cerradores del equipo de estrellas en el pasado. Grilli nunca ha cerrado y estaba deseando firmar por menos para regresar a Pittsburgh. (Hanrahan fue cambiado en diciembre a los Medias Rojas de Boston). Grilli ganará 6.75 millones de dolares por los próximos dos años, mucho más de lo que haya ganado nunca, pero una ganga para los Piratas. Sheffield, quien jugó para ocho equipos, dijo que le recalcó a Grilli, un veterano de nueve organizaciones, la importancia de sentirse a gusto. Los Piratas con ganas de competir, porque buscan su primera temporada ganadora desde 1992, tienen un atractivo especial. "Sabía que estábamos cerca de ganar y quería ser parte de eso", dijo Grilli. "Estoy aquí porque ellos me dieron una oportunidad de triunfar y la aproveché. Estoy agradecido con estos tipos". Russell Martin, el receptor de los Piratas, dijo que Grilli confundía a los bateadores al variar el tiempo entre lanzamientos mientras usaba la misma velocidad en su brazo para lanzar la recta y la slider. El martes en Cincinnati, ponchó tres Rojos en el noveno inning para completar una victoria. Todd Frazier se ponchó con sliders desde tres diferentes puntos. "Es complicado", dijo Frazier. "Un tipo de mezcla entre slider y curva. La otra es un tipo de pelota que se cae. Y tiene otra que parece una recta y rompe hacia otra parte. Es muy dificil batearle. Grilli dijo que se despertó en su hotel la mañana siguiente y lloró mientras reflexionaba sobre su exsistencia. El hijo de un grande liga, su padre, Steve, lanzó en los años setenta, había celebrado el dia del padre el pasado fin de semana al salvar su juego 25 en 25 oportunidades, con sus hijos viendolo en el estadio. Un lugar en el juego de las estrella del próximo mes en Citi Field parece razonable, y Grilli había preparado un correo electrónico con detalles para su familia. "No es una sorpresa para mí", dijo esa tarde luego de una carrera antes del juego en el Great American Ball Park. "Quería hacer algo grande. Sólo que todavía mi turno estaba por llegar". Esa noche, el turno de Grilli llegó en el noveno inning con los Piratas ganándole a los Rojos 1-0. Ningún equipo le había anotado en más de cuatro semanas, y no había permitido jonrones en toda la temporada. Pero con un out, Grilli dejó un primer pitcheo en recta en el medio del plato, y Jay Bruce la devolvió a 417 pies en las gradas del right field. Grilli agarró la bolsa de la pezrrubia y la lanzó a la tierra. Se recuperó sin más daños, pero los Piratas perdieron en 13 innings. Después, Grilli dijo que se sintió horrible por recargar de trabajo a un exigido bull pen, pero no ofreció disculpas. Podría sentarme aquí y crucificarme, pero todos aquí han dado lo mejor por mí", dijo Grilli. "No voy a quejarme esta noche". Naturalmente, mientras hablaba, Grilli miraba a los reporteros directo a los ojos. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

lunes, 12 de agosto de 2013

Teodoro Obregón: cada palmo del cuadro interior supo de su guante.

“…el cambio donde pasé al Caracas, se dio porque el Valencia tenía dificultades para pagar la nómina a los peloteros. El gerente de Industriales coincidió con Oscar “Negro” Prieto en un bar de Sabana Grande. Acordaron que le prestaría el dinero. A cambio Prieto deslizó una condición. ‘Debes entregarme a Teodoro Obregón’. El gerente de Industriales cerró los ojos. Pidió unos minutos para ir al baño…” La noticia del fallecimiento de Obregón trajo muchas imágenes del abanico del estadio Cuatricentenario (asi se llamaba cuando Industriales del Valencia apareció en la Liga Venezolana de Béisbol Profesional). Allí empezó el trajinar de Teodoro por la pelota profesional. Llegaba hasta las nebulosas del hueco cual Luis Aparicio, registraba cada centímetro de la grama alrededor del montículo como Alfonso Carrasquel, llegaba al último vestigio de arcilla detrás de la intermedia cual David Concepción, saltaba en coordinaciones acrobáticas para atrapar linietazos como Enzo Hernández, perseguía elevados movidos por la brisa hacia el left field corto como Omar Vizquel, pasaba la pelota al camarero desde posiciones imposibles como Oswaldo Guillén. Todo un prodigio del campocorto. Todo esto lo escuché de mis hermanos mayores, al principio me los quedaba mirando incrédulo. Después al seguir las transmisiones radiales y revisar la literatura beisbolera, empecé a entender, porque Teodoro Obregón refulgía entre la pléyade de grandes short stops venezolanos. Formó parte de aquellos equipos de los Industriales que ganaron varios títulos desde mediados de los años cincuenta hasta inicios de los sesenta. Junto a Teolindo Acosta, Carlos Castillo, Gustavo Gil, Luis Rodríguez, Marcelino Sánchez, Emilio Cueche, Elio Chacón, Roberto Muñoz, formaba la piedra angular criolla de aquella temible novena que hacia burbujear el verde y el blanco sobre el diamante. Obregón participó en cuatro de los cinco títulos campeoniles de los Pericos. Junto a Castillo y Gil formó combinaciones excelsas alrededor de la segunda base, todas esas jugadas que encendían el radio de bulbos donde mis hermanos seguían los juegos, seguramente eran la razón fundamental para que aquella mañana de finales de noviembre de 1968 llegaran al cuarto como si hubiesen descubierto el tesoro de Ali Babá. “Por más que insistieran no iba a cambiar esta barajita. Es difícil de salir, además este es el tipo que hace ahogarse a los narradores con esas jugadas increíbles”. Me quedé mirando donde guardaban las barajitas. En lo que salieron a almorzar, subí al bidet y de ahí al lavamanos. Abrí el gabinete y ahí estaba el mazo de cartulinas. Estaba un pelotero ligeramente inclinado hacia delante, el guante a la altura del pecho y la mirada fija al frente. Abajo decía CARACAS en azul celeste. Arriba: Teodoro Obregón ss. Después bajé a duras penas, casi me lesiono el tobillo al saltar sobre el bidet. Resultó inevitable rebobinar todas esas imágenes cuando este sábado 10 de agosto de 2013 leí en el muro de Facebook de Pedro Reyes “Murió Teodoro Obregón”. Primero resonó aquella conversación telefónica donde hablamos de su cambio a los Leones del Caracas. Luego sus dos temporadas como mejor paracortos defensivo de LVBP, al menos desde la expansión de 1965. 1966-67 con el Valencia y 1968-69 con Caracas. Por curiosidad me fui a baseballreference.com y entre aquellos impresionantes números defensivos me llamó la atención su temporada de 1961 con los Jerseys de Jersey City de la International League AAA (filial de Cincinnati). En 155 juegos tuvo 731 lances. 242 outs. 448 asistencias. 41 errores. 95 dobleplays. “…justo antes de regresar del baño se sintió un temblor en las paredes del local. La gente se miraba asustada, el terremoto de Caracas estaba muy cercano en el tiempo. El gerente del Valencia, llegó con el puño derecho enrojecido. La negociación se completó con el cambio que me enviaba al Caracas. El Valencia recibiría a Dámaso Blanco. Caracas siempre había estado detrás de mí, desde que jugaba amateur. El día de la firma, el scout de ellos llegó tarde y firmé con Valencia”. Alfonso L. Tusa C.

Isaías Látigo Chávez versus Ramón Mujica. Cincuenta años de un duelo de pitcheo que estremeció el Campeonato Nacional Juvenil de Margarita 1963.

Durante la investigación hemerográfica para respaldar mi libro biográfico sobre Isaías Chávez, hallé el box score de un juego que hacía crepitar el papel amarillento del diario El Universal. En un juego nocturno escenificado en el estadio Nueva Esparta, ubicado en el mismo lugar donde juegan los Bravos de Margarita de la Liga Venezolana de Béisbol Profesional, se enfrentaron las novenas de Nueva Esparta y Distrito Federal. Si ganaba Distrito era campeón. Si triunfaba Nueva Esparta habría un juego decisivo al día siguiente. Los distritales nunca habían sido campeones nacionales juveniles. El calendario marcaba martes 13 de agosto de 1963. El Látigo y Mujica se enfrascaron en una batalla chispeante que, de acuerdo a lo plasmado en el box score se extendió por 13 episodios. Al revisar las páginas de La República confirmé la información. Mientras recababa información para este texto tuve oportunidad de escuchar memorias de algunos margariteños. Por una parte, el escritor y abogado Francisco Suniaga me comentó que había contactado al recogebates del equipo neoespartano. El señor Amalio González, aseguró que aquel juego fue de 9 innings, que el lo recordaba así y que además su padre, le había reconfirmado el dato. Por otra parte hablé con el ingeniero Juan José Ávila y recordó que había seguido aquel campeonato. “Ese juego fue a extrainning, estoy casi seguro que fueron 13 innings”. Me dio el teléfono de su hermano Cruz y éste me corroboró que efectivamente el juego se extendió por 12 entradas. Aquel atardecer soldó a los jugadores de Distrito a los vidrios del autobús, las últimas cintas amoratadas delineaban un laberinto de serpentinas hacia el costado occidental del cielo margariteño. Había llovido con furia hasta las cuatro y media de la tarde. Luego el sol se encargó de escurrir el cuadro interior y aunque quedaba algo de agua en los jardines, el comité organizador determinó que se podía jugar. Dos impactos en el capó del vehículo hicieron saltar a los peloteros. Emiro Álvarez gritó con las manos alrededor de la boca. ¡Vamos! ¿O es que ya no quieren ser campeones? ¿O le tienen miedo a Nueva Esparta? De inmediato saltaron Jesús Sánchez, Hugo Párraga y Wilfredo Soublette. El Látigo estaba en el estribo, sólo tuvo que bajar los escalones. Al traspasar la entrada del estadio un enjambre de uniformes blancos con letras verdes refulgían en la práctica de bateo. En el bull pen calentaba un pitcher. Pronto Álvarez averiguaría el nombre. Se acercó a Isaías. Ahí está tu contrincante. En menos de cinco minutos el Látigo daba unas carreritas en los jardines. En el momento cuando el cuarto menguante de la luna asomaba entre dos nubes sombrías, las luces del estadio parpadearon cuando los integrantes del equipo distrital saltaron al terreno, de las tribunas bajaba un estruendo de aplausos y silbatinas. Querían que su equipo forzara el juego extra, pero sabían del talento de sus rivales. Por eso había aficionados hasta sobre la pared de los jardines, hasta en las matas de guayacán detrás de esa pared. El Látigo venía de vencer 7-0 al siempre peligroso equipo anzoatiguense el 09 de agosto. En la ronda eliminatoria los orientales habían derrotado a Distrito e Isaías respondió al compromiso de la revancha. Ahora miraba impasible las señas de su receptor ante el primer bateador margariteño. Empezó a mezclar la curva con la recta y en un santiamén se había llevado el primer inning a paso de conga. De las tribunas seguían gritando “¡mañana hay juego!”. Isaías levantó la mirada hacia las gradas y sonrió al tiempo que se tocaba la visera. La temperatura empezó a subir en la tribuna cuando los distritales le marcaron una rayita a Ramón Mujica en el cierre del primer episodio. El pegoste del salitre decantaba sobre el diamante y las voces de los margariteños reverberaban sobre el terreno. La gritería pareció cumplir su cometido. En la apertura del segundo inning Nueva Esparta marcó dos carreras del tercera base. Emiro Álvarez salió a conversar con el Látigo y le habló con energía, al punto de darle como cuatro palmadas en el hombro. De regreso pasó por la antesala y también arengó a Julio Vasquez. Vamos, vamos que este es el juego de la verdad. El Látigo apretó el brazo y salió del aprieto. La tribuna se mantuvo eufórica hasta el cierre del sexto episodio. Allí reaccionaron los bates caraqueños y el juego se igualó 2-2. En lo sucesivo se desarrolló un duelo de dientes apretados entre el Látigo y Mujica. Lo único que se escuchaba era el rumor de las olas en la distancia. Cada inning que el Látigo entraba al dugout Emiro Álvarez le preguntaba como se sentía, sólo sonreía y levantaba los dedos índice y medio de la mano derecha. Los ceros invadieron la pizarra en medio del suspenso que flotaba en la afición. Tan pronto un lanzador sacaba un episodio, el otro salía con más ímpetu a retirar el siguiente. En el cierre del octavo, con las bases llenas, Brizuela bateó un saltarín por la raya de tercera que encontró al Látigo en tránsito hacia el plato y fue out por regla. En el cierre del noveno los distritales tenían hombre en segunda sin outs. Álvarez ordenó a Jesús Sánchez batear largo y falló. En lo más intenso de aquella competencia los margariteños pujando porque su equipo forzara un juego extra el día siguiente. Así llegó el décimotercer inning y Ángel Millan despachó un triple barrebases que puso el marcador 6-2. El Látigo pasó a jugar en el right field, atrás quedaban 18 ponches y 12 innings de forcejeo. Wilfredo Soublette relevó y contuvo a los margariteños. El juego terminó 6-3. Las tribunas estallaron de alegría. Habría un juego decisivo. En el dugout el Látigo cabizbajo se quedó sentado varios minutos. Julio Vasquez vino a disculparse por los errores. Cosas que pasan. Al día siguiente Distrito Federal alcanzaba su primer Campeonato Nacional Juvenil con gran trabajo del lanzador Luis Martínez. Alfonso L. Tusa C.

martes, 30 de julio de 2013

Se fue George Scott (“Boomer”), uno de aquellos muchachos cardíacos de 1967.

Hay equipos que permanecerán en la memoria más remota del cráneo, esos que filtraron nuestros primeros balbuceos cuando distábamos de conocer ese juego que se juega en un rombo y puede durar indefinidamente. Esta mañana revisando las noticias del béisbol me topé con un titular que recordaba cuanto quería George Scott a los Medias Rojas de Boston. Imaginé que se trataba de un homenaje de esos que los equipos de Grandes Ligas suelen hacer a sus peloteros de antaño. Este resultó póstumo. George Charles Scott, quién había nacido el 23 de marzo de 1944 en Greenville, MS., falleció este domingo 28 de julio de 2013. Su padre fue un obrero en los algodonales quien falleció cuando George era un bebé. Su madre Magnolia ejecutó varios trabajos para sostener la familia. George fue estrella de baloncesto, futbol americano y béisbol en la secundaria, antes de firmar con los Medias Rojas en 1962. Aún sin haberla seguido, recuerdo la temporada de 1967 casi juego a juego. Las declaraciones y los retos de Dick Williams, la entrega muda de Carl Yastrzemski, el coraje y el drama de Tony Conigliaro, el aplomo de Jim Lonborg, el empeño de Reggie Smith, la vergüenza de Joe Foy, el arrojo de Jerry Adair, la presencia de Rico Petrocelli, la voluntad de Russ Gibson, el entusiasmo de Mike Andrews, la oportunidad de Gary Waslewski, las sorpresas de Palillo Santiago, la disposición de José Tartabull, el estoicismo de un primera base que debió resistir los regaños de Dick Williams por tener exceso de peso. George Scott asumía sus errores y a los pocos días estaba de vuelta en la alineación, repartiendo leña y aguantando los aguijones de Williams. También recuerdo, sin haberlas sentido, esas temporadas de mediados de los años sesenta cuando muchos de esos muchachos cardíacos vinieron a jugar en la liga venezolana. Jim Lonborg 1966-67 (Tigres de Aragua), 5-7, 92 innings, 1.86 efectividad. Mike Andrews 1965-66 (Navegantes del Magallanes), .278, 30 hits, 12 anotadas, 9 empujadas. Gary Waslewski 1965-66 (Navegantes del Magallanes), 7-8, 110.1 innings, 3.26 efectividad. José Tartabull 1964-65 hasta 1968-69 (Leones del Caracas) y 1969-70 (Cardenales de Lara), .309, 304 hits, 140 anotadas, 120 empujadas. George Scott (Tigres de Aragua) 1966-67, .276, 35 hits, 18 empujadas, 24 anotadas y 1980-81 (Cardenales de Lara), .327, 55 hits, 38 empujadas, 23 anotadas. Puedo sentir las barajitas de todos ellos volando en los juegos de paredita. La resiliencia de aquel equipo del “Sueño Imposible” de 1967, Scott la venía practicando desde 1965 como antesalista de los Medias Rojas de Pittsfield en la Eastern League AA. El 6 de septiembre Scott bateó un jonrón en el octavo inning de un juego escenificado en Wahconah Park para ganar 3-1. Ese triunfo significó el banderín para Pittsfield con un juego de ventaja sobre los Pionneers de Elmira dirigidos por Earl Weaver. El jonrón también sirvió para que Scott asegurara la triple corona con .319 de promedio, 25 jonrones y 94 carreras empujadas. Aquella sensación de ganar el campeonato en el último día de la temporada fue revivida por Scott dos años después con los Medias Rojas del Sueño Imposible, quienes derrotaron a los Mellizos de Minnesota en Fenway Park para ganar una de las carreras por el campeonato más cerradas de la Liga Americana. Los Medias Rojas llevaron a Scott al equipo grande luego de su temporada de 1965 y debutó en tercera base, luego pasó a primera para abrirle paso a Joe Foy en la antesala. Tuvo una buena temporada de novato. Con el tiempo se convertiría en uno de los mejores inicialistas de todos los tiempos, se acreditó 8 guantes de oro. En 1967 a pesar de unas breves visitas al banco, participó en 159 juegos, bateó .303, 19 jonrones, 82 empujadas. En octubre de 1971 los Medias Rojas lo enviaron a Milwaukee junto a Jim Lonborg, Joe Lahoud, Ken Brett, Don Pavletich, a cambio de Tommy Harper, Marty Pattin, Lew Krausse y Pat Skrable. Scott tuvo su mejor temporada en 1975 al comandar la Liga Americana con 36 jonrones y 109 empujadas, cuando Boston ganaba el banderín de la Liga Americana. Esta actuación provocó su regreso a los patirrojos luego de la temporada de 1976 esta vez a cambio de Cecil Cooper. En 1977 formó una de las alineaciones más temibles de los Medias Rojas junto a Carl Yastrzemski, Jim Rice, Carlton Fisk, Butch Hobson, Dwight Evans y Fred Lynn. Fue su mejor temporada con Boston, 33 jonrones y 95 empujadas. Este equipo impuso una marca de más jonrones en 8 juegos seguidos con 29. Jugó 9 temporadas con los Medias Rojas, 5 con los Cerveceros y su última (1979) con Kansas City y los Yanquis. Actuó en 2043 juegos. 1992 hits, 271 jonrones, 1051 empujadas, .268 promedio ofensivo. De acuerdo a Steve Buckley (Boston Herald), Scott lo llamó en noviembre para hablar de sus años con los Medias Rojas y de un libro que había escrito. Le tocó vivir una época difícil debido a las tensiones raciales pero a pesar de eso fue capaz de saber hacer la paz con la ciudad y los Medias Rojas. “No veo los juegos de los Cerveceros. Ni los Yanquis. Ni los Reales. Sólo los de los Medias Rojas, pitcheo a pitcheo. Siempre seré aficionado a los Medias Rojas”. Por eso se atrevió a hacer una petición a la gerencia deportiva. Quería regresar a Fenway Park. Quería lanzar una primera pelota. Los Medias Rojas trataron de hacer el homenaje en las varias reuniones del equipo del “Sueño Imposible” efectuadas en 2007, así como el año pasado en el centenario de Fenway Park, pero no fue posible. El homenaje, todos los que lo vieron en aquella temporada de 1967, y quienes lo revivimos sin haberlo visto, quedó suspendido en el adiós que el primera base pronunció el domingo. Perdurará en la barajitas volando de la pared, en las transmisiones radiales de onda corta de los hermanos mayores, en la emoción de seguir un equipo sin chance aparente que se partía el pecho por alcanzar el primer lugar. Alfonso L. Tusa C.

lunes, 8 de julio de 2013

Los espiritus de Bernie Carbo y Jonny Gomes se conectan como mensajes telepáticos

The Boston Herald. John Tomase. 06-07-2013. Anaheim, Calif. Posaron juntos fuera del clubhouse de los Medias Rojas de Boston el 4 de julio, dos generaciones de toleteros con el don de ser oportunos como emergentes. ¿El motivo? La noche anterior, Jonny Gomes había igualado la marca del equipo de Bernie Carbo (1977) para más jonrones como emergente en una temporada con su tercero, un vuelacercas para dejar en el terreno en Fenway Park a los Padres de San Diego. Sucede que los dos tienen mucho más en común que una oscura marca del equipo. De muchas maneras son el mismo jugador nacido con 35 años de diferencia. Ambos destacaron en funciones de compartir posiciones, a pesar de que su poder y producción sugerían que eran más que jugadores de medio tiempo. Ambos energizaron el clubhouse, Carbo con su gorila de peluche Mighty Joe Young sentado sobre la batera, Gomes con sus franelas alegóricas a la fama. Y ambos son iconoclastas. Carbo fundó los Cabezas de Bufalo junto a Bill Lee, Jim Willoughby y Ferguson Jenkins, mientras Gomes ha hecho carrera marchando al ritmo de su propio tambor. Carbo estaba viendo el juego del miércoles en Chelmsford con Pete Hantzis, el coautor de su libro, "Saving Bernie Carbo", cuando Gomes le bateó un jonrón al relevista de los Padres Luke Gregerson. "Pete dijo, '¿Tú no bateaste tres jonrones como emergente? Ese puede ser un record'", dijo Carbo este viernes 5 de julio por telefono. "No lo sabía. ¿Que es eso?. Bueno, este muchacho tiene tres y está a mitad de temporada. Estoy seguro que terminará bateando 5 o 6". Carbo asisitió al juego final de la serie este jueves 4 de julio, y los Medias Rojas le pidieron que posara con Gomes. "Él llegó con unos pantalones que le llegaban a las rodillas, rojo, blanco y azul, con estrellas por todos lados", dijo Carbo. "No sé si él sabía quién era yo o no, pero fue un momento agradable". Gomes es el contador de historias más grande el clubhouse, y está bien conciente de los batazos de Carbo, particularmente del jonrón que bateó como emergente para empatar el sexto juego de la Serie Mundial de 1975, cuando los Medias Rojas estaban al borde de la eliminación. "No sé si es un record del que querrás hablarle a tus hijos, pero es un record ¿sabes?", dijo Gomes. "Lo más importante de esto es que él todavía está al tanto del beisbol y quería reconocer el record. Saber que alguien a quien admiro ahora me sigue. Eso es algo muy significativo". Carbo conoce los retos que enfrenta Gomes. Consumió la mayoría de sus turnos al bate contra pitchers derechos dificiles de su época, pero a pesar de todo producía, terminó segundo en la votación del Novato del Año de 1970 y alcanzó un impresionante OPS (porcentaje de embasado más slugging) de .814. A menudo lo llamaban para salir de emergente, aprendió el oficio de su compañero en los Cardenales de San Luis, Matty Alou, en 1973. "Él era uno de los mejores emergentes de la liga, me dijo, 'Salgo ahí a buscar un pitcheo, y ese pitcheo es una recta'", dijo Carbo. ""'Le voy a hacer swing como nunca he bateado una recta en mi vida. Voy a buscar sacarla del parque. Quiero soltar a correr mis pies'. Eso es lo que se hace. Buscas un pitcheo para sacar un jonrón. En esa situación, como emergente, te piden que le des duro a la pelota y empujes una carrera. Me sentía bien en ese ambiente. Matty me animaba a esperar mi pitcheo y soltar el bate. Eso suena bastante a lo que hace Gomes, quién no se intimida en los momentos grandes. "No tengas miedo a ser famoso", le gusta decir a Gomes. Carbo recordó un cumplido que vale para Gomes. "Para mí, se trataba de ser el mejor décimo jugador del beisbol", dijo Carbo. "Bill Lee me llamaba así. Él decía, 'Bernie Carbo en el banco es el mejor décimo jugador del beísbol'. Jimmy Rice dijo, "Necesitábamos a Bernie Carbo. Lo necesitábamos para que nos animara, nos motivara, nos dejara listos para jugar'". Suena como a cierto pelotero de los Medias Rojas. Claro, al enfocarse exclusivamente en las destrezas de Gomes en el clubhouse, se deja de lado su habilidad en el campo, así ocurría con Carbo. Ambos personajes tuvieron sus buenos momentos impactantes. "Es bueno ver a Jon responder", dijo Carbo. "Me alegra que lo esté haciendo bien. Me gustaría verlo jugar más. Bateará otros dos o tres jonrones más y tendrá ese record por varios años". Traducción: Alfonso L. Tusa C.

sábado, 29 de junio de 2013

Cinco décadas de aquella épica Marichal versus Spahn

Cuando se habla de “especie en extinción” de inmediato se piensa en tigres, osos, cardenalitos, canguros, caimanes, koalas, corales, línces, ballenas, pinguinos, tortugas, orangutanes, elefantes, albatros. En otros ámbitos de la vida humana son notorias las ausencias de personas responsables, respetuosas, sentimentales, con sentido común, dispuestas a buscar soluciones y hasta de las polémicas. Los animales desaparecen por actitudes destructivas de los seres humanos. Ciertas características humanas se desvanecen por dejar de practicarlas. En el béisbol los pitchers cada vez lanzan menos y muchos bateadores quieren halar la pelota en todos los turnos. Hubo una época cuando los lanzadores lanzaban 9 innings con toda normalidad y a veces lanzaban 10, 12 y hasta 16 innings, como aquella noche del 02 de julio de 1963 en el Candlestick Park de San Francisco. Un joven Juan Marichal subió al montículo de los Gigantes, en la trinchera de los Bravos de Milwaukee un zurdo de 42 años años lanzaba la serpentinas. Warren Spahn enfrentaría entre otros a Willie Mays, Willie McCovey y Orlando Cepeda. Marichal se las vería con Hank Aaron y Eddie Matthews, todos en rumbo al Salón de la Fama de Cooperstown. Todos entregando el alma en el terreno. Marichal y Spahn soltarían la pelota sin conteos, ni correderas desde el dugout al mínimo gesto, ni excusas de que sus compañeros no los respaldaban con el bate. Jim Kaplan, en su libro "El mejor juego pitcheado de todos los tiempos" ilustra el desafío mediante otros duelos como el juego perfecto de Addie Joss de Cleveland con pizarra de 1-0 ante los Medias Blancas de Chicago y Ed Walsh el 2 de octubre de 1908, el empate 1-1 en 26 innings, escenificado en 1920, entre Joe Oeschger de los Bravos de Boston y Leon Cadore de los Dodgers de Brooklyn, el juego perfecto de 12 innings de Harvey Haddix en 1959 que perdió en el episodio 13; y el perfecto de Sandy Koufax en 1965 en el cual el pitcher perdedor Bob Hendley de los Cachorros de Chicago permitió un solo imparable y dos corredores. Los dos lanzadores tenían el estilo de levantar la pierna para hacer más efectivos sus lanzamientos y también fueron influenciados por un familiar y por el ejército. Spahn recibió las primeras lecciones de pitcheo de su padre Edward “Control, control, control”. “ ‘Si vas a lanzar una pelota de beisbol’ él solía decirme, ‘apunta hacia alguna diana, no lances por lanzar’””. Marichal se enamoró del juego cuando tenía que ir a buscar a su hermano mayor en un caballo, Gonzalo jugaba shortstop y Juan lo acribillaba a preguntas sobre el juego cuando regresaban a casa. Spahn combatió en la segunda guerra mundial en 1944, tenía heridas de bala en el estómago y el cuello. Marichal primero quería ser campocorto como Gonzalo, más cuando vio lanzar a Bombo Ramos el héroe nacional de República Dominicana decidió ser pitcher y así fue como encontró la oportunidad de jugar beisbol profesional. Como lanzador del equipo amateur de Manzanillo venció 2-1 al equipo de la Aviación de la Fuerza Aerea dominicana. Luego fue a un campeonato juvenil en México en un equipo donde destacaban Manny Mota y Matty Alou. Candlestick Park fue el hogar de los Gigantes por mucho tiempo a pesar de la brisa fría que soplaba de la bahía. Debe su nombre a l parque natural Candlestick Point donde se encuentra ubicado. El parque a su vez debe su nombre a un pájaro marino casi extinguido llamado "candlestick", a las rocas y los árboles con forma de candelabro. Spahn, 42, llegó al juego con marca de 11-3, había implantado recientemente la marca de todos los tiempos de 328 victorias para un pitcher zurdo y no había concedido un boleto en los últimos 18.1 innings. Marichal, 25, tenia marca de 12-3 con 2.38 de efectividad y había lanzado sin hits ni carreras ante Houston hacia 17 días. Se podía respirar el ambiente de duelo de pitcheo en cada pelota que estallaba en el plato. Marichal estaba entre los primeros del equipo regular de los Gigantes que se asomó a las escaleras del dugout, a un silbido del manager Alvin Dark arrancaron en tropel hacia el campo, el pitcher dominicano corrió hacia el montículo con toda la energía de un joven de 26 años. En el cierre de aquella primera entrada Spahn soltó la toalla que tenía en el hombro sobre el banco, agarró su guante y avanzó paso a paso hasta hincar los spikes sobre la goma de lanzar y soltar la pelota hacia la mascota del receptor Del Crandall. Cada alma recostada en los asientos del Candlestick Park o adherida a la corneta de algún transistor trataba de controlar los latidos del corazón, sabían que tanto un pitcher como el otro era capaz de convertir la pelota en un mingo invisible. Nadie se atrevía apostar quién ganaría. El zurdo de más victorias, ante uno de los ases de la generación de relevo, capaz de retar a Sandy Koufax y confrontar a Bob Gibson, Don Drysdale o Jim Maloney. Hubo algunos intentos de anotar carreras temprano en el juego. Del Crandall de los Bravos se embasó mediante un error de dos bases con dos outs en el segundo inning. ¿Un hombre en posición anotadora con dos outs era un peligro para Marichal? Difícilmente. Gaylord Perry, entonces un joven pitcher que veía el juego desde el dugout de los Gigantes, aprendía mucho observando a Marichal y hablando con él. Perry no estaba preocupado. “Solía hacer una pequeña apuesta en el dugout consistente en que a Juan no le podían anotar una carrera con hombre en tercera y dos outs”, dijo él. Seguro, Marichal dominó a Roy McMillan con elevado al jardín central. En el cuarto inning, Marichal hizo out a Aaron con elevado a la izquierda y ponchó a Matthews. Entonces Norm Larker negoció boleto y Mack Jones sencilleó al centro. Con dos outs y dos en circulación Del Crandall metió una línea bajita al centro. Mays decidió tomar la pelota de un bote antes que zambullirse y reventó a Larker en el plato en “un movimiento asombroso” de acuerdo a Bob Stevens del San Francisco Chronicle. Marichal estaba metiendo el brazo y el alma y cuando algo le fallaba sus compañeros lo respaldaban con sus guantes. Veamos como respondía Spahn. Con dos outs en la parte de arriba del séptimo, Spahn, cuyos 35 jonrones de por vida están entre los primeros en la historia para un pitcher, casi bateó uno. Su estacazo rebotó en la pared del jardín derecho y se apuntó un doble., luego se quedó varado allí. Spahn sobrevivió a un casi jonrón en el cierre del noveno inning cuando Willie McCovey largó una conexión inmensa que pareció pasar sobre el poste del jardín derecho en territorio bueno. Así lo creyeron los Gigantes. Tambien los aficionados y la mayoría de los presentes en el palco de prensa. Pero el árbitro de primera base Chris Pelekoudas dijo que la pelota pasó en foul. Nueve innings sin carreras. Para ese momento, Spahn había permitido sólo cinco imparables sin boletos, un ponche. Marichal había recibido 6 imparables, 3 boletos y 4 ponches. Nadie se movía en Candlestick Park, parecía que una bandada de candlesticks sobrevolaba el estadio y todos querían ver hacia donde se dirigían y cada cuanto tiempo lanzaban graznidos o cambiaban el sentido de su formación. Cuando Spahn permitió solo dos imparables (y sorprendió a uno de los corredores en primera) y Marichal sólo uno entre los innings 10 y 13, la gente sabía que ambos pitchers se mantenían en buenas condiciones. Cuando no lanzaba,Marichal se sentaba en el banco a masticar chicle Bazooka y estudiar a su rival. Luego corría al montículo, era lo mejor para mantener el brazo caliente. Por su parte, Spahn solía salir del campo para encontrarse con su compañero Lew Burdette y fumarse un Camel sin filtro detrás del dugout. Pero Burdette había sido cambiado a los Cardenales de San Luis, así que Spahn, probablemente se iba sólo a prender su cigarrillo, así obtenía fuerza de la nicotina como un personaje de Faulker en Absalom, Absalom. Luego se dirigía lentamente a lanzar. Ni que pensar en conteo de lanzamientos, mucho menos en dolores en el brazo. Cada pitcher tenía tizones en las pupilas y su mirada traspasaba los movimientos del rival. Cuando el último out de cada inning aun descansaba en la garganta de los árbitros el otro pitcher se levantaba del asiento y apuraba el paso hacia el montículo, era un ardor en las manos y los brazos por salir a seguir dando lo mejor. El manager de San Francisco Alvin Dark le preguntó varias veces a Marichal si quería que lo sacara del juego. “Alvin ¿ves a ese hombre que lanza para el otro equipo?”, le respondió Marichal. “Él tiene 42 años y yo 25, no puedes sacarme del juego mientras ese hombre siga lanzando”. Spahn parecía acabado en el cierre del décimocuarto episodio antes de salir de un enredo de bases llenas. El décimoquinto lo retiró a paso de conga, y Marichal sacó sin problemas la parte de arriba del décimosexto. Spahnlanzó una screwball tras otra antes de dominar a Harvey Kuenn con un elevado para iniciar el cierre de ese inning. Tenía exactamente 200 pitcheos, y Spahn se mantenía fuerte. El próximo bateador era Willie Mays. Eran las 12:30 a.m del 03 de julio. Aunque se había ido de 5-0, habiéndose embasado solo mediante un boleto intencional, Mays le prometió al agotado Marichal, quién había lanzado 227 pitcheos, que terminaría el juego que había sido rico en jugadas defensivas y errores, bases robadas y sorprendidos en las bases, de todo menos una carrera. Ahora, un gran hombre enfrentaría a otro para terminar el juego. El viento se había degradado a una suave brisa. Entremetidas entre la intensidad del juego, las luces de ambos lados del estadio reflejaban varias sombras sobre cada participante, Candlestick por una vez proyectaba una calma de otro mundo. El primer envío de Spahn para Mays fue otro screwball. De inmediato, Spahn supo que estaba en problemas. Antes que rotar fuera del alcance del bateador, la pelota se colgó ante Mays, tan jugosa y tentadora como una lustrosa manzana en un árbol. Mays descargó su swing característico. En una restrospectiva de Sports Illustrated cuarenta años después, el difunto Ron Fimrite, quién vio el juego como un reportero de noticias del Chronicle, lo calificó como el mejor juego que vio en su vida, describió el batazo de Mays así: “fue un arco alto a la izquierda, donde, luego de flotar en el cielo nocturno por lo que pareció una eternidad, aterrizó más allá de la cerca”. Nunca el contraste victoria-derrota fue más intenso. Spahn descendía cabizbajo con el guante colgando de su mano derecha y la barbilla embutida en el pecho. Marichal saltaba y se abrazaba con Mays en el dugout. Silencio y algarabía, saltos y lágrimas, dolor y sonrisas. Esa especie de pitchers incansables, que se crecen a medida que pasan los innings y de bateadores que esperan el mejor lanzamiento, nos hace pensar de inmediato en osos, tigres, koalas caimanes, canguros, mamuts, dientes de sable y muchos candlesticks. Alfonso L. Tusa C,

viernes, 28 de junio de 2013

Ocho décadas de aquellos 18 innings de Carl Hubbell

David Marasco En 1933 Chuck Klein de los Filis de Filadelfia ganó la triple corona. Él descubrió, como lo haría Ted Williams años después, que eso no le garantizaba el MVP (Premio al Jugador más Valioso) en bandeja de plata. Ese año el trofeo iría a las manos de Carl Hubbell de los Gigantes de Nueva York. El rey Carl ganaría 23 con 10 blanqueos, lideró la liga en efectividad con 1.66. Sus Gigantes ganarían la Liga Nacional y el lograría dos victorias en la Serie Mundial. Su hazaña más resaltante aquel año no ocurrió en octubre, sino en julio. El 2 de julio los Cardenales de San Luis efectuaron un doble juego ante los neoyorquinos en Polo Grounds. Los Cardenales habían ganado dos de los tres primeros juegos de la serie, y una barrida en los juegos de ese día los acercaría apenas a medio juego de los Gigantes. El primer juego vio a Hubbell enfrentarse al cardenal Tex Carleton. Estos dos hombres ofrecieron una de las grandes exhibiciones de pitcheo que el mundo hubiese visto. Ambos equipos recibirían ceros inning tras inning. La primera amenaza real de los Gigantes ocurrió en el undécimo inning. Llenaron las bases con un out. Carleton fue capaz de conseguir un out forzado en el plato, y luego obligó un roletazo al cuadro para terminar la entrada. Tex lanzaría los primeros 16 innings del juego, sin permitir carreras, 8 imparables y 7 boletos. Tan buenas como 16 entradas en blanco puedan parecer, Hubbell lanzaba aún mejor. Estaba en camino de solo permitir 6 imparables, sin conceder boletos. De los seis imparables, solo dos salieron del cuadro. No hubo más de un corredor en las bases en cualquier inning, y sólo un cardenal llegó a tercera. Jesse Haines vino a lanzar el decimoséptimo por los Cardenales, y aunque permitió que se embasaran dos corredores, preservó el blanqueo. Hubbell pitcheó la parte de arriba del decimoctavo, y luego en el turno de los anfitriones Haines se metió en dificultades. El primer bateador negoció boleto y llegó a segunda en jugada de sacrificio. El próximo bateador caminó intencionalmente para lanzarle a Hubbell quién fue a batear, obviamente con la idea de lanzar el décimonoveno inning. Carl bateó un roletazo al cuadro que forzó al corredor de primera en la intermedia. El corredor de tercera anotó cuando Hughie Critz destapó imparable a la derecha para decretar la victoria. Los Gigantes habían ganado el primer juego en 18 innings. Carl Hubbell había lanzado un juego de seis hits con 12 innings perfectos de 18, ponchó 12. 50000 personas vieron un juego que duró 4 horas y 3 minutos. El manager de San Luis Gabby Street, sabía que si perdía el segundo juego su equipo quedaría a 4 juegos y medio detrás en la tabla, por eso envió al montículo al legendario Dizzy Dean con un día de descanso. Bill Terry contaba con Roy Parmalee. El segundo juego se jugó en un ambiente nublado, con llovizna y cierta oscuridad. En 1933 Polo Grounds todavía estaba a siete años de tener luz artificial. Como el primer juego fue muy largo, el segundo estaba en peligro de ser suspendido por oscuridad. De nuevo los pitchers lanzaron de maravillas. Parmalee lanzó un blanqueo de cuatro hits, ponchó 12. Dizzy Dean permitió cinco hits, solo cometió un error. Johnny Vergez depositó un lanzamiento de Dean en el segundo piso para un jonrón en el cuarto inning. Los dos juegos duraron casi seis horas. Los Gigantes los ganaron ambos con marcador de 1-0. La barrida permitió a los Gigantes ampliar la ventaja en la tabla y Bill Terry en su primer año como manager fue capaz de llevar al equipo al título de la Serie Mundial. Carl Hubbell ganó su segundo premio al Jugador más Valioso en 1936 cuando ganó 16 juegos seguidos y una vez más llevó a los Gigantes al banderín de la Liga Nacional. Se retiraría como jugador activo en 1943 y sería inducido al Salón de la Fama en 1947 (esto fue antes de la regla de los 5 años). Carl Hubbell permaneció en la organización de los Gigantes como parte de la oficina. A menudo se le veía en Polo Grounds y luego en Candlestick Park. Podía ser reconocido fácilmente por el brazo de lanzar que se le había deformado de tanto lanzar la screwball. Carl Hubbell falleció en Arizona en 1988 en un acidente automovilístico. Traducción: Alfonso L. Tusa C.