viernes, 13 de diciembre de 2013

Esa clase de Maestro

Era un maestro joven, donde hacía veinticinco años había usado camisas desgastadas para ir a la escuela, había visto los Estados Unidos negros y los blancos y creía en la unidad de ambos, una posición moderada la cual asumió con intensidad inmoderada. Alrededor del 60 por ciento de los estudiantes de Plainfield Junior High eran negros. La mayoría del 40 por ciento blanco era judía. Un viernes, a finales del otoño de 1959, (Joe) Black se dio cuenta que algunos negros le estaban quitando dinero bajo extorsión a algunos judíos. El lunes siguiente, se levantó, se colocó al frente del escritorio y empezó a conversar con su clase. "Las personas deben vivir", dijo Black. "He estado en algunos lugares, he visto algunas cosas y lanzado en la Serie Mundial, y puedo decirles que eso es básico. Tenemos está única vida, y no es muy larga, y todos queremos vivir. Voy a hablar con ustedes de lo que significa vivir". "Algunos de ustedes son negros y otros blancos. Se que es dificil llevarse bien. Era más dificil cuando yo crecí. Honestamente pienso que las cosas son más fáciles ahora. Hay más comida. Pero las cosas son diferentes. ¿Me entienden?" Solo un murmullo sin indicativos. "Está bien, ustedes chicos negros. Yo fui un niño negro aquí. Conozco las desventajas. Pero sé que algunos de ustedes están golpeando a los muchachos blancos y no traten de negarlo. Y sé por qué. Porque cada día les quitan 50 centavos a cambio de no golpearlos. Bien, eso va en contra de la ley. Si yo trajera un policía aquí y los hiciera admitir lo que están haciendo, para lo cual soy lo suficientemente fuerte, ustedes irían a la cárcel". "Ahora muchachos blancos, a ustedes les dan algo de dinero. Ustedes tienen cincuenta centavos. Quiero preguntarles algo aquí y ahora, ¿porqué no defienden lo que es suyo?" Un muchacho judío dijo: "Ellos nos pueden dar una golpiza". "Está bien. Es una buena razón para no pelear. Ustedes no quieren que los maten. Pero tenemos gimnasio los miércoles y los voy a enseñar a pelear. Boxeo. Vamos a tener protectores de cráneo, son como cascos, y protectores bucales, y guantes grandes de 16 libras. Nadie saldrá maltrecho". El miércoles en el gimnasio, los muchachos estaban emocionados. Los muchachos negros se reunieron en un lado del cuadrilátero. "Métete ahí hombre, y golpea, golpea, golpea". Los muchachos judíos de clase media se pararon al otro lado. Los negros caminaron hacia ellos pavoneándose. "No se preocupen. Boxeen en su propio estilo. Ellos los van a arrollar al principio. Déjenlos. Yo soy el árbitro. No pasará nada grave". En cada uno de seis combates, el negro empezó arrollando al blanco. Pero el peso de los guantes suavizó los golpes, y luego de los primeros impactos, los negros fueron menos violentos. Lanzar puñetazos con guantes pesados es extenuante. Un muchacho ataca por treinta segundos. Luego pierde el deseo de atacar y quiere bajar los brazos". Cuando terminó el boxeo, Black se paró entre los muchachos judíos. "Está bien, ellos los arrollaron", dijo. "Bomp, bomp, bomp. Y ustedes no murieron, ¿o sí? Los muchachos empezaron a sonreir. "Está bién", dijo Black. "Ya llegará su día". Joe Black. Pitcher de los Dodgers de Brooklyn. The Boys of Summer. Roger Kahn. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Los ojos de un tercera base.

Billy Cox, tercera base de los Dodgers de Brooklyn en los años 50. Se decía que fue tan bueno o mejor defensivamente que Brooks Robinson. Roger Kahn lo fue a visitar a un bar de Newport donde trabajaba, a fin de recopilar información para su libro “The boys of summer”. Le preguntó cual era su contacto en ese momento con el béisbol. “Voy a ver los niños jugar tercera base. Hacen buenas jugadas”. Cuando Dámaso Blanco custodiaba la esquina caliente de los Navegantes del Magallanes, me quedaba dormido y muchas veces me despertaba con el escándalo del locutor, “¡espectacular jugada de Dámaso Blanco, se zambulló sobre la raya de cal para decapitar un linietazo que parecía extrabases!” Ahora cuando comenta los juegos también me quedo dormido. De pronto aparecen dos diamantes frente a mis ojos. Las voces que más escucho son las del campo donde un señor se acerca a la almohadilla de tercera ante los gritos de los chipilines. Habían bateado un roletazo que se durmió en la arena. “Tienes que atacar la pelota. Cuando el bateador puede dar cualquier tipo de batazo, hay que jugar a medio camino hasta que descubres su intención. Entonces te vienes adelante o retrocedes hasta la almohadilla sin quitar la vista de la pelota”. Uno de los niños se le quedó mirando a los ojos. “Sr. Dámaso ¿Y como hacía usted cuando sale un linietazo durísimo y jugaba casi sobre el plato?” Dámaso se pasó la mano por la nuca y sonrió. Era una respuesta complicada porque tenía muchísimo que ver con reflejos, pero también con disciplina y concentración. Había mucho de línce y de gato en las intervenciones que hacía Brooks Robinson sobre la raya o saltando sobre los toques. También cuando las líneas salían imperceptible y sólo en el último instante levantaba el guante para atrapar la pelota como un mosquito o una bala de colt 45. Dámaso apretó la mano del niño. Le dijo que jugara adelantado y bateó una línea suave. El niño reclamó que así no practicaría para un linietazo de candela. “Poco a poco hijo. Esto es un proceso para saltar los pozos grandes, primero debes brincar las charcas”. Otro muchacho cubría paralelo a la almohadilla. Veía hacia atrás y hundía la mirada sobre la raya de cal. Parecía revisar con precisión microscópica cada centímetro adyacente a la cinta blanca. ¿Cómo hace un tercera base para saltar hacia atrás y agarrar la pelota en el aire cuando batean un lineazo o un roletazo caliente que parece humear rumbo a la pared del jardín izquierdo? ¿Eso se aprende o es puro reflejo? Dámaso sonrió. Agarró un guante y se dobló hacia delante en la punta de los pies. Hizo ademanes para venir adelante a buscar un toque a escasos centímetros del plato. Luego se impulsó hacia atrás y cual acróbata se lanzó a todo lo largo de la humanidad hasta precipitarse sobre la raya de cal. Hay que estar preparado para cualquier batazo. La práctica y la experiencia te dicen como debes jugar ante tal o cual bateador. Y otra cosa es que debes jugar relajado, disfrutar al máximo. Casi al final de la clínica saltó un muchachito de gorra anaranjada. Corría agachado con el guante a la altura de las rodillas. “Señor Dámaso, cuénteme del cuipley. Mi papá siempre me cuenta de una jugada que usted hizo en una Serie del Caribe contra Puerto Rico. ¿Cómo hizo usted para que le diera tiempo de agarrar la pelota y lanzar al catcher, si el corredor salió con la jugada?” Dámaso respiró profundo. “¡Tu papá te está contando historias de terror! En la jugada de squeeze play hay que estar más que nunca atento al juego, las señas de los contrarios, acercarte al pitcher y alertarlo, también al catcher. Es una disciplina contínua, porque pueden cambiar la seña. Lo esencial es observar todo lo que ocurre y sobre la marcha actuar. Si presientes el squeeze play debes estar preparado para atacar la pelota y soltarla lo antes posible hacia el catcher”. Alfonso L. Tusa C. “Aún en las Grandes Ligas, la tercera base comienza con las verdades duras y mudas que mi padre y yo exploramos hace treinta años. Tienes que ver la pelota. Tienes que procurar que la pelota entre en tu guante. Pero mientras lo haces, tu cara esta expuesta a cualquier rebote inesperado, y mientras bajas tu guante, de la manera debida, dejas descubierto el tronco y la cintura”. “Es igual en las Grandes Ligas. Los terrenos son mejores, los rebotes son más regulares, pero los bateadores son más fuertes. La balanza oscila y algunas veces hay sobresalto por un tercera base, pero no por Billy Cox. Con Billy agachado, inmóvil, al acecho del bateador, la pelota, no él, será la víctima”. Roger Kahn. The Boys of Summer.

El equipo en el alma

"Entre el pitcher y el catcher se desarrolla una verdadera intimidad. Trabajan 120 lanzamientos juntos cada pocos días, luego de un tiempo piensan como un sólo hombre. Bien, Campy (Roy Campanella) se lesiona en el invierno 1957-58. Ese fue el mismo invierno cuando el equipo se mudó a California. Empezamos a jugar en un campo de fútbol americano, el Coliseo, el left field era muy corto, una muralla china. Se sabe como Campy bateaba largas conexiones hacia la izquierda; tan pronto como vi la muralla china, pensé, 'Caramba, si Campy estuviera bien, rompería el record de Ruth, elevando globos sobre esa pared'". "Comenzamos mal. Fuimos a Filadelfia. Se suponía que debía lanzar. Llovió. Campy nació en Filadelfia. Empecé a pensar en él y su espina dorsal rota, no le dije nada a nadie. Me fui a la estación en medio de la lluvia y tomé un tren hacia Nueva York. Llamé un taxi y fui a University Hospital. Dijeron que no podía verlo. Insisto. Al final, me dejan pasar". "Soy la primera persona fuera de la familia que lo visita, el primer hombre que viene del equipo". "Llego a su habitación. Aun pienso en el left field corto y el record de Ruth. Abro la puerta y ahí está un cuerpo encogido atado a una estrucutura. Me quedo parado mirándolo un largo rato. El mira de vuelta. No sólo me ve. Ve al equipo. Empieza a llorar. Lloro también. Llora por diez minutos, pero es quien se recupera primero. 'Ersk', Campy dice, 'eres representante de los peloteros. Consigue mejor seguro médico para los muchachos. Esto me costó ocho mil dólares por los primeros dos días'" "Le digo, 'Seguro Campy'". " 'Ersk', dice él, '¿sabes lo que voy a hacer mañana? Voy a trabajar con pesas y voy a levantar cinco libras'" "Voy allí pensando que el romperá el record de Babe Ruth, él piensa en levantar cinco libras. Pero es entusiasta. Empieza a sonar como el viejo Campy. Quiere saber cuando voy a lanzar. Él se prepara para algo importante cuando voltean la estructura y puede ver televisión. Voy a lanzar mañana si no llueve, y Campy se emociona. Ese juego lo televisarán a Nueva York. 'Te voy a ver Ersk', dice. 'Lanza uno bueno'". "Me voy. Para esta época tengo el brazo adolorido, pero tengo que ganar. Tengo que ganar, no me importa si suena a película, por Roy". "El próximo día salgo a lanzar con el brazo adolorido. Lanzo sin hits por cinco innings. Termino el juego aceptando solo dos imparables. Gané por Campy. Ese fue el último juego completo que lancé en las Grandes Ligas". Carl Erskine. Pitcher de los Dodgers de Brooklyn. The Boys of Summer. Roger Kahn Traducción: Alfonso L. Tusa C.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Carl Erskine recuerda a Jackie Robinson

"En mi vecindario creció un muchacho negro, Johnny Wilson. Jugábamos baloncesto en la escuela; él calificó para jugar con el equipo del estado cuando estudiaba secundaria y luego jugó con los Globetrotters. Ahora es entrenador en secundaria. Jumpin' Johnny Wilson tal vez almorzó tantas veces en mi casa como en la suya. Con un pasado como ese, la experiencia de (Jackie) Robinson no era una dificultad para mí. Fue maravillosa para mí. De alguna manera Jack dijo que agradecía la ayuda de algunos de sus compañeros de equipo blancos para establecerse en el equipo, debo decir que para mi fue al contrario. Es 1948. Los Dodgers me llaman de Fort Worth. Tengo 21 años y estoy asustado. No conozco a nadie en el equipo grande. Recortaba sus nombres de los periódicos cuando era niño. El equipo está en Pittsburgh. Entro al club house de Forbes Field con mi bolso. A un lado de la puerta, Jackie Robinson viene, me extiende la mano y dice "Sabía desde que bateé contra tí en el entrenamiento primaveral, que pronto estarías aquí arriba. No sabía cuando, pero sabía que ocurriría. Bienvenido..." El rostro de Erskine brillaba. "Hombre", dijo, "Me hubiese bastado si alguno hubiera dicho "Hola". ¡Pero que lo haya hecho Jackie Robinson!. Ese día pitcheé y gané en relevo". "Cada vez que Jack iba al montículo, siempre me hacía sentir que podía hacer el trabajo. Sólo quería darme más confianza. Cualquier palabra que utilizara, el efecto era: No hay ninguna duda. Sabemos que puedes hacerlo. Aquí tienes la pelota. Hazlo. Las veces cuando no estaba seguro de que podía hacerlo, él parecía saber que yo sí podía". "Ahora esto es lo que me molesta. El gana un juego. Vamos a la siguiente ciudad. Pero al salir de la estación él no se monta en el bus del equipo. Tiene que irse por su cuenta. No se puede quedar en el mismo hotel. Pero yo no hice nada respecto a eso. ¿Por qué? Por qué no dije, "Hay algo injusto aquí. No voy a dejar que esto ocurra. Dondequiera que él vaya, voy con él". "Nunca lo hice. Me sentaba como los demás, y pensaba 'Bien. El tiene la oportunidad de jugar béisbol de Grandes Ligas ¿No es eso algo grande?' Y eso era todo". "Ahora oigo a personas hablando mal de él. Personas negras. Cuando los oí sentí pena por ellos. Nunca entenderán lo que hizo Robinson. Cuan dificil fue. Que gran victoria". Carl Erskine. Pitcher de los Dodgers de Brooklyn. The Boys of Summer. Roger Kahn Traducción: Alfonso L. Tusa C.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Isaías “Látigo” Chávez debutó hace 50 años en LVBP

Apertura del noveno episodio, La Guaira 9 carreras. Orientales 7. La señora Carmen, probó el guiso de las caraotas y bajó el fuego de la hornilla. Se acercó a la sala y llegó hasta el rincón al lado del sofá. Subió el volumen del radio hasta que el señor Sebastián asomó el rostro en la puerta del dormitorio. “¿Qué pasa Carmen? ¡Mira que ya pasan de las diez y media de la noche!” Desde muy temprano en la mañana había conversado con Isaías. Quería saber cuando lanzaría su primer juego. “Mamá, eso sólo lo sabe el manager. El señor Genovese me dijo que estuviera preparado, que mantenga el tono de los ejercicios, porque en cualquier momento me llama al montículo”. La señora Carmen pasó una mano por el brazo derecho de Isaías. “Se que lo vas a hacer muy bien, hijo de mi corazón”. Isaías sonrió y le dio un beso en la mejilla. En el estadio pocos se detenían a conversar con aquel larguirucho que corría en los jardines y avanzaba hacia el bull pen sin quitar la mira del abridor de aquella noche del 03 de diciembre de 1963, Eli Grba quién venía de lanzar en la Liga de la Costa del Pacífico con los Islanders de Hawaii (9-7, 4.60, 129 innings) y en la Liga Americana con los Angelinos de Los Ángeles (1-2, 4.67, 17.1 innings). Su hermano Valerio le había aconsejado que observara como los pitchers de experiencia soltaban la pelota, como caían al terminar cada lanzamiento “es muy importante que quedes en buena posición para atacar cualquier batazo que salga por el montículo”. Isaías se plantó un rato a ver la sesión y en cuanto tuvo la primera oportunidad se comunicó con Grba mediante señas y algún inglés rudimentario. George Genovese hizo una seña al bull pen. Isaías levantó la visera de la gorra y empezó a trotar hacia el montículo. Habría unas cuatro mil personas en la tribuna central. Al subir el montículo sintió varios calambres en las piernas. El primer envío de calentamiento se enterró en el plato. El receptor Luis Rivas se levantó y corrió hacia el montículo. “Tranquilo Isaías. Esto es como el amateur, sólo que hay más técnica”. En el círculo de prevenidos estaba Elio Chacón. El Látigo bajó del montículo y se quitó la gorra. Se persignó. “Elio Chacón, el mismo que jugó la Serie Mundial de 1961 con los Rojos de Cincinnati y después fue short stop del primer equipo de los Mets de Nueva York en 1962”. Apretó la pelota en su mano derecha hasta que dejó de temblar. El primer lanzamiento fue bola. Luego Chacón bateó un roletazo a segunda base que manejó Mike White e hizo el out en primera base. Carmen levantó la mano derecha y empezó a caminar hacia el rincón del radio. Sebastián se atravesó en su camino. “¡Ese es mi hijo caramba! ¡Hizo out al peligroso Elio Chacón! Ya vas a ver como va a terminar de sacar el cero”. Le reclamó porque no la dejaba pasar. Sebastián hizo señas, señaló hacia el rincón e hizo una pantalla con las manos en sus orejas. “¡Vamos a ver que dice el narrador! ¡Acuérdate que es el primer juego de Isáias, seguro está nervioso! Hay que ver como enfrenta a Dave Roberts. Ese es un pelotero de mucho cuidado también. Viene de batear 16 jonrones y empujar 86 carreras con el Oklahoma City de la Liga de la Costa del Pacífico”. Carmen se sentó en el sofá. Sus ojos se tornaron líquidos cuando el narrador anunció. Y es la cuarta bola. Roberts llega a primera base. La inquietud llevó a Carmen hasta la cocina. Un olor a quemado la hizo precipitarse sobre la olla. A duras penas despegó la capa de caraotas a punto de carbonizar en el fondo. Apagó la hornilla y removió las caraotas hasta que tomaron un mejor aspecto. Estiró el cuello hacia la puerta. Sólo escuchaba la pachanga de los grillos y el rumor del radio. En el patio vio una de las franelas preferidas de Isaías. Tenía dos líneas horizontales a la altura del pecho. Apretó el pasó hacia la sala. “¡Cuéntame Sebastián! ¿Qué ha pasado?” El hombre casi adhiere su oreja derecha a la corneta del radio. Levantó una mano. “¡Espérate, espérate! Isaías dominó a Graciano Ravelo y ahora viene José Herrera. Es un novato, pero de altos pergaminos. Le puede dar un batazo al más pintao”. Carmen arrimó uno de los sillones movió la mesa a un lado. La mano giró la llave. En medio de la oscuridad sopló una brisa cálida. Varios empujones hicieron rebotar al muchacho en medio de la sala. Isaías levantó la voz. “¿Qué es esto?” Un coro encerró el momento hacia el pasillo. Valerio y Miguel lo abrazaron y felicitaron. “¡Tenemos un pitcher profesional en la casa! Sebastían carraspeó a un costado.”Me preocupó un momento que ese muchacho José Herrera te pudiera echar una broma, porque será novato también pero riega líneas por todos lados”. Carmen besó a Isaías en las mejillas. “Yo sabía que mi muchacho iba a sacar a Herrera para el último out del inning. No importa que se perdiera el juego, pero usted hizo su trabajo, hijo de mi corazón”. Valerio y Miguel acompañaron a Isaías hasta la habitación y le preguntaban que tipo de lanzamientos había usado para dominar a Elio Chacón. Isaías sonrió y dijo que quería dormir. Alfonso L. Tusa C.

martes, 19 de noviembre de 2013

John F. Kennedy y el béisbol cincuenta años después

Varias veces te despertabas asustado, el carro negro descapotado avanzaba por una avenida llena de gente y un viento gélido que te hacía guarecer bajo la cobija. Imágenes borrosas en el blanco y negro del Zenith. Tu pdre conversaba de porque el ser humano siempre tenía una mano escondida en la espalda, ¿por qué no se podían poner todas las cartas sobre la mesa? Ese presidente nunca debió desaparecer aquel día. Tenía muchos proyectos en marcha, muchos retos encarados, mucha disposición a buscar la justicia. 22 de noviembre. Dealey Plaza. Dallas. Texas. Un laberinto de voces se metía en tus noches y varias veces salías corriendo sonámbulo hacia el patio de la casa. Al despertar sentías el frío de la tierra del patio en los pies y un dolor intenso en las sienes, habías impactado la frente contra el tallo de una mata de cambur. Entre las visiones más contundentes que recuerdas de aquel magnicidio, aparece un dia de principios de abril de 1967. Dia inaugural en Yankee Stadium. Los Medias Rojas visitan a los Yanquis. Resulta inevitable imaginar a John F.Kennedy lanzando la primera pelota del juego como lo hiciera en juegos inaugurales de 1961, 1962 y 1963. El carro descapotado seguía avanzando en Dealey Plaza: La voz de un niño perforaba el silencio. ¿Cuando vamos a jugar béisbol? Corría tras los pasos del hombre quién en 13 minutos tuvo la disposición de tomar el auricular para desmontar la violencia y el odio junto a su homólogo soviético Nikita Krushev. La voz pausada, la humildad suelta en la mano izquierda y la continuidad de objetivos y búsquedas de victorias conjuntas. Habían apagado el fuego nuclear. Los falsos héroes se templaban las barbas y apelaban a nuevas excusas. La mirada profunda en medio de la sonrisa desnudaba la deuda de no haber asistido a Fenway Park. Ahora apretaba los ojos al ver al niño cabizbajo. Los Yanquis habían vencido a los Medias Rojas en Boston y levitaba entre aquel murmullo de Dallas y los brazos extendidos del niño. Siempre que había alguna información sobre el episodio de Bahía de Cochinos escuchaba la versión de la "izquierda humanista" y la victoria ante el gigante yanqui. Mucho tiempo después entendiste mejor una de las pocas expresiones que le escuchaste a tu padre sobre el tema. "Nunca creas a pie juntillas lo que diga una versión de la historia. Investiga. Registra hasta el último rincón". Muchos reconocen que la decisión de Kennedy de sólo respaldar con alguna logística el intento de invasión de algunos exilados de la revolución cubana, fue apropiada aun cuando había razones para participar activamente por cuanto la "revolución" había escamoteado bienes de particulares norteamericanos bajo la figura de "expropiaciones" que recuperaban esos bienes para el pueblo cubano. Hace unos meses conseguiste un libro que proyectó la marcha de aquel carro descapotado, nítida, lenta, serena. Leíste la contraportada y escuchaste muchos gritos en la distancia. El miedo y el desespero empujaban en los pasos del niño que veía la pelota resbalar entre los resquicios de las luchas por los derechos civiles de los negros y la prosecución de las investigaciones en pos de hacer que los grupos poderosos, entre ellos los de Texas, cancelaran los impuestos que debían al estado. La pelota rebotaba en el aire, se estrellaba contra la barda del jardín central, el niño la perseguía y llegaba hasta la zona de seguridad. Gritaba y miraba hacia la segunda base como aquel atardecer de abril de 1967 cuando Jackeline Kennedy asistió junto a su hijo John Kennedy Jr. a ver el juego inaugural en Yankee Stadium, los Medias Rojas de Boston con Billy Rohr en el montículo enfrentaban a un Whitey Ford en su temporada final. Mucho tiempo llevaste aquel libro contigo a todas partes, indagaba con fruición entre la polvareda levantada aquel 22 de noviembre. El último testigo de William Reymond y Billie Sol Estes. Hojeando esas páginas desmadejaste el horror descargado aquel mediodía en Dealey Plaza. Todo iba más allá del francotirador y de quién lo había contratado. Los tentáculos del poder más inmenso movían un escenario que se movía desde mucho antes. Ahora entendías el semblante de tu padre con signos de larga historia de contar. Historia de traición y mafia desde lo más profundo de una institución. El espíritu de John F. Kennedy siempre rondará en todos los proyectos por concluir y logrados y en la esencia de un país marcado por el béisbol, quizás por esa razón de seguro estaba muy cerca de su hijo cuando Billy Rohr estuvo a punto de lanzar un no-hitter en Yankee Stadium aquella noche de abril de 1967. Alfonso L. Tusa.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Mel Nelson alcanzó la gloria hace cincuenta años.

Desde el sexto inning, a pesar de que Domingo Carrasquel acabó el juego perfecto con una base por bolas, el público, en especial los magallaneros que seguían al equipo Orientales por defecto del equipo de sus preferencias, coreaban el nombre del rubicundo lanzador quién los dos inviernos anteriores (1961 y 1962) había trabajado en la ciudad de San Bernardino, a unas 60 millas al norte de Los Ángeles, California, como jardinero podando los árboles de las calles y jardines públicos, y cambiando los bombillos quemados en los postes de las avenidas. En esta ocasión los Angelinos de los Ángeles le consiguieron contrato para que viniese a la LVBP para jugar con el equipo Orientales, aunque los Criollos de Caguas lo habían pretendido con anterioridad. Nelson se recompuso para retirar en orden a los próximos tres bateadores del sexto episodio, mientras trotaba hacia el dugout se pasaba la mano por la visera de la gorra. Un eco de emotividad retumbaba desde los cimientos del estadio hasta las entrañas del Ávila. Sólo el reflejo distante de una canción que traspasaba el tropel del Guaire, distraía la atención de Alberto. Todavía recordaba aquel último inning cuando Lenny Yochim dejó sin hits ni carreras a los Navegantes del Magallanes. No le importaba que el equipo no se llamara así en ese momento, igual tenían enfrente al equipo autor de aquella derrota. Quizás por eso escuchaba con nitidez la voz de Bobby Vinton: “She wore blue velvet…bluer than velvet was the night…softer than satin was the night…from the stars…” Melvin Frederick Nelson, había nacido el 30 de mayo de 1936 en San Diego, California, lo más cerca que había estado de un juego sin hits ni carreras fue un desafío ante el Veracruz de la Liga Mexicana en 1959, entre ese año y 1961, la Liga de Texas se fusionó con la mexicana para formar la Panamerican Association de categoría AA. En aquel juego, Nelson dejó en dos imparables a los veracruzanos como lanzador de los Oilers de Tulsa. Dejó marca de 9-9, 140 innings, 3.03 efectividad, 10 juegos completos, 3 blanqueos, 92 ponches, 44 boletos. Eso le valió la promoción a los Cardinals de Omaha en la Liga American Association AAA. Luego del boleto de Carrasquel, Alberto subió al último escalón de la preferencia de la derecha. Apretó la cartulina del boleto de entrada hasta casi desaparecerlo en la mano. Se había escapado el juego perfecto. Ante las sonrisas caraquistas, gritó hasta que le ardió la garganta. “Vamos Nelson. Tienes que completar este no hit no run. Se asomó al pretil y trató de refrescarse con la brisa nocturnal al tiempo que seguía escuchando a Bobby Vinton. “She wore blue velvet…Bluer than velvet were her eyes…Warmer than May her tender sighs…Love was ours…” En el séptimo episodio Las respiraciones corcovearon y en el estadio apenas se percibía el frío que atacaba en algodones de neblina que bajaban del Ávila. Después del primer out, Victor Davalillo la rodó por la intermedia y Mike White incurrió en marfilada. Alberto miraba hacia el cielo mientras bajaba diez escalones y subía siete en diagonal. Trataba de eludir los comentarios que ligaban un imparable del próximo bateador. Imaginaba que estaba a un lado del montículo y le decía a Nelson con cual lanzamiento podía dominar al bateador. En 1955 bateó 27 jonrones y empujó 112 carreras con los Cardenales de Fresno en la California League (C). Al año siguiente solo bateó .244 con los Red Wings de Rochester en la International League (AAA). En esa misma temporada hizo la transición a lanzador. En 1960 pasó a la organización de los Dodgers de Los Angeles y dejó marca de 13-7 y 3.69 de efectividad en 161 innings con los Indians de Spokane en la Pacific Coast League. En 1963 ganó 2 juegos por 3 derrotas, 5.30 de efectividad en 52.2 innings con los Angelinos de Los Angeles de la Liga Americana. Alberto casi se cae en la espalda de otro espectador cuando César Gutierrez soltó un roletazo algo adormecido que el campocorto Nelson Castellanos tomó a mano limpia para sacar a Gutiérrez en el salto, había caído el out 25. Alberto respiró profundo y trató de gritar pero todo lo que le salía era sonidos incomprensibles. Con dos outs en la pizarra, Dámaso Blanco la rodó por la antesala y Camaleón García lanzó desviado a primera. Los caraquistas aún ligaban el sencillo. Los magallaneros solo se estrujaban las manos. Venía a batear Victor Davalillo. Camaleón y Nelson Castellanos se acercaron a conversar con Nelson. De las tribunas los caraquistas pedían que rompiera el no-hitter. Un silencio escandaloso arropó todo la parte derecha de la tribuna. La figura de Davalillo lucía imponente en el plato. Nelson frotó la pelota y la soltó. Al caer el out 27, Alberto volvió a tararear “Blue velvet”, bajó al campo y leyó por detrás del periodista las anotaciones que hacía de la entrevista con Nelson. “A partir del sexto inning me encontré en un camino extraño, con una emoción fantástica cuando empezaron a corear mi nombre”. Seis de los outs aterrizaron en el guante del jardinero central. Dos globos al jardín derecho. Dos rodados al pitcher. Seis ponches. Cuatro rodados al campocorto. Dos elevados al campocorto. Una línea al campocorto. Dos roletazos a la antesala. Un globo en foul a primera base. Un globo a la intermedia. Orientales 5 – Caracas 0. Alfonso L. Tusa C.