domingo, 1 de junio de 2014
Un Koan de Mickey Mantle.
David James Duncan
El 6 de abril de 1965, mi hermano, Nicholas John Duncan, falleció de lo que sus cirujanos llamaron “complicaciones” luego de tres operaciones infructuosas de corazón abierto. Tenía 17 años, cuatro más que yo exactamente desde el mismo día. Había sido el velocista más rápido de su clase en la secundaria hasta que se empezó a cerrar la válvula en su corazón, pero estaba tan loco por el béisbol que prefería jugar un mediocre shorstop a ser protagonista en el equipo titular de pista. Como pelotero era competente a la defensiva, tenía un brazo fuerte y preciso, y robaba bases con facilidad, cuando las podía alcanzar. Pero no importaba cuanto practicara, o cuales estilos de bateo, agarre del bate o trucos de autohipnotismo tratara, carecía de la magia mano-ojo que consistentemente lleva a la parte gruesa del bate a golpear la pelota, por tanto era uno de los bateadores más débiles de su equipo.
John vivió su vida entera en las afueras de Portland, Oregon, a 637 millas del equipo de Grandes Ligas más cercano. En las ciudades con franquicias en los años cincuenta y comienzos de los sesenta había dos tipos de aficionados: los que pensaban que los Yanquis representaban lo mejor de Estados Unidos, y los que pensaban que representaban lo peor. Mi hermano era una manifestación extrema del primer tipo. Realizó una campaña de un hombre para notificarle al mundo que los 61 jonrones de Roger Maris en 1961 fueron bateados en tres turnos menos que los 60 de Babe Ruth en 1927. Mantenía, en contra de toda evidencia estadística que Clete Boyer era mejor tercera base que su hermano Ken, simplemente porque Clete era un yanqui. Puede no haber sido el único niño de la cuadra que consideraba a Casey Stengel el sabio más grande desde Salomón, pero estoy seguro que era el único que consideraba a Yogi Berra el segundo más grande. Y por supuesto, Mickey Mantle era su héroe absoluto pero trágico. El Mick, sostenía mi hermano, era el talento bruto más grande de todos los tiempos. Había recibido grandes regalos y a quien le habían quitado grandes regalos, mientras más cicatrizadas se tornaron sus rodillas, se ponchaba con más frecuencia, mientras más flagrante era su paso y condescendiente su sonrisa, más lo reverenciaba John. Y hacia este yanqui, yo también era capaz de sentir un toque de reverencia, si solo por el tema de las cicatrices consideraba a mi hermano una autoridad: tenía una desde que tenía ocho años, cortesía de la Clínica Mayo, que recorría su pecho en una línea ondulada, como las costuras de una pelota blanca de béisbol.
Yanquis aparte, John y yo teníamos más en común que el cumpleaños. Manejábamos bicicleta regularmente con nuestro hermano mediano y nuestra hermanita pequeña, pero casi nunca entre nosotros dos. Ambos no aburríamos, ocasionalmente hasta la insurrección, con ir a la escuela, la iglesia o cualquier juego o deporte sin pelota. Ambos preferíamos, como un simple asunto de estilo, los indios a los vaqueros, los vagabundos a los hombres de negocio, Buster Keaton a Charles Chaplin, Gary Cooper a John Wayne, los flojos a los aduladores, y los aduladores a Elvis Presley. Compartíamos una torta en nuestro cumpleaños global, aniquilando invariablemente las llamas de las velas con un soplido a duo, solo para darnos cuenta que otra vez habíamos olvidado pedir un deseo. Y cuando las fiestas habían terminado o la casa estaba en proceso de limpieza, los padres molestos o los programas de televisión insufriblemente tontos, cada vez que estábamos incansables, energizados o sentíamos que no había más nada que hacer, lanzarnos una pelota de béisbol es lo que John y yo hacíamos.
No eramos exclusivos, por lo menos no intencionalmente: nuestro padre y hermano mediano y un primo o amigo ocasional se nos unían de vez en cuando. Pero algo en la mayoría del cerebro de cada quien los enviaba a intentar algo menos contemplativo antes de alcanzar el ritmo real del juego. El juego genuino de lanzarse la pelota ocurre en un doble limbo entre estar ocupado e inactivo, y entre lo imaginario y lo real. También, como en cualquier asunto contemplativo, eso toma tiempo, y la habilidad para olvidar el tiempo, y resbalar a este limbo dual para descubrirse o perderse en la música del juego.
Ayuda tener un lugar especial para jugar. El nuestro era un corredor sombreado de 30 metros entre el manzanal de un vecino y el grupo de pinos viejos del otro, sobre un pedazo de grama tan tupido y limoso que extraía el calor hasta de los roletazos más calientes. Siempre me paraba hacia el norte, John hacia el sur. Cantábamos bolas y strikes por un inning imaginario o dos, o tal vez contábamos el numero de atrapadas y tiros sin error que podíamos hacer (300 era lo común, y nuestro record estaba por encima de las 800). Pero la sombra profunda, los pinos de 60 metros, las pisadas en limo y la fragancia de las manzanas, creaban un ambiente de vacación mental que desvanecía cualquier clase de esfuerzo disciplinario. En los meses de entrenamientos primaverales nuestro juego empezaba como un ejercicio, un rodado, luego un premio, otro rodado, un premio. Pero a medida que los movimientos se hacían fluídos y los lanzamientos duros y precisos, lo preliminar de la práctica inevitablemente desaparecía, y apuntábamos al pecho y disparábamos, ¡ssst pop! ¡ssst pop! hasta que el llamado a comer, un mandado, o la oscuridad total nos forzaba a recordar que este era el mundo real en el cual hasta los asuntos sin límite de tiempo tienen un fin.
Nuestra charla debe haberle parecido extraña a los fisgones. Vivíamos en nuestros cuerpos mientras nos lanzábamos la pelota, y nuestras mentes y bocas, aunque operativas, estaban concentradas en lo que hacíamos. La mayor parte del ruido que yo hacía venía de las cuatro o cinco piezas de chicle Bazooka que masticaba, aunque cuando la goma se ponía blanda, a veces narraba nuestros movimientos con voz cómica jugada a jugada. El discurso de mi hermano era menos voluminoso y un poco más coherente, pero de no mayor intento didáctico: el lanzaba inútiles letanías de reverencia a los Yanquis o aún más, inútiles exageraciónes a la Dizzy Dean, todo eso artísticamente condimentado con escupitajos de semillas de girasol.
Pero un día cuando teníamos 16 y 12 años respectivamente, mi hermano mayor me sorprendió en nuestro corredor. Luego de un lanzamiento corto, cerró el guante sobre la pelota, lo metió bajo el brazo, miró hacia los árboles y se enserió conmigo por un minuto. Toda su vida, dijo, había tratado de ser un shortstop y buen bateador, pero ahora era mayor, y tenía una noción más clara de lo que podía y no podía hacer. Era tiempo de ser práctico, dijo. Tiempo de empezar a desarrollar fortalezas obvias y evadir las debilidades flagrantes. “Así que me he decidido”, concluyó, “a convertirme en un pitcher de curvas y cambios”.
No creía una palabra de eso. Mi hermano había sido un “aficionado a los grandes bateadores” desde que nació. Continuó adornando su idea y hasta lo hizo sonar poético: rebanar los músculos de algún bateador de vuelacercas con una pieza de baja velocidad que rebotara de su bate como pudín de vaca, esto, sostenía él, era el componente principal de un atributo que el llamaba Relajación Sólida.
No reconocí hasta meses después, cuan cuidadosamente considerado había sido ese estado de nuevo pitcher de curvas y cambios. Que el brazo de lanzar de John era mejor que su vista de bateador había sido obvio siempre, y tenía sentido explotar eso. Pero había otros factores que él no mencionó: como los fuertes dolores que sentía en el pecho cada vez que hacía swing completo, o el nuevo achaque que lo dejaba medio ciego y enfermo cuando corría a toda velocidad. Al ver que las grandes artes de batear y robar bases resultaban físicamente imposibles, él simplemente bajó sus expectativas lo suficiente para mantener vivos sus sueños beisboleros. No siendo capaz de emular a sus héroes, se propuso confundirse con aquellos que pensaban que podían serlo. Con ese fín había aprendido una bostezante bola de nudillos, una curva que daba la vuelta a la manzana, una recta submarina formidable solo por su falta de puntería, y estaba agotando su brazo y mi paciencia con sus intentos de lanzar la bola de tornillo, cuando sus médicos informaron a nuestra familia que una válvula de su corazón se estaba cerrando con celeridad. Él podría vivir cinco años si lo dejábamos así, pero la cirugía inmediata era lo mejor, porque su capacidad de recuperación era mayor ahora. John no dijo nada de esto. Solo esperó hasta el día que debía ir al hospital, fue al establo donde tenía su yegua, la ensilló y salió al galope. Recorrió unas veinte millas, hasta la granja de un amigo, y se escondió allí por casi dos semanas. Pero cuando regresó a casa por ropa limpia y dinero, mi padre y un vecino lo agarraron, primero trataron de forzarlo pero al final lo convencieron de hacerse la operación.
Una vez en el hospital fue colaborador, animado, y corajudo. Sobrevivió a la segunda, tercera y cuarta operaciones, varias paradas de corazón, y un coma de diecinueve días. Se recuperó lo suficiente por un momento, aún después del coma, para venir a casa por una semana o algo así. Pero la famosa complicación a la cual su cirujano principal siguió haciendo referencias terminó siendo un corazón tan plagado de heridas de escalpelo que no había más que jirones para suturar una válvula artificial. Con sangrado interno, sangre en la orina, John fue trasladado a una cámara de oxígeno en una habitación aislada, donde permaneció completamente consciente, y determinado a sanar por dos meses luego de las operaciones. Y, contra todo pronóstico, su condición se estabilizó, entonces empezó a mejorar. Los médicos reaparecieron y empezaron a discutir, con obvio desespero, la factibilidad de una quinta operación.
Entonces vino la segunda “complicación”: estafilococos. Durante la noche pasamos de esperanza genuina a feos ruegos por una intervención divina. No invocamos milagros. Dos semanas después de contraer la infección, mi hermano murió.
En su funeral , un predicador que no conocía a John para nada, dijo una eulogía tan superficial y desacertada que caí en un estado de ausencia de lágrimas que duró cuatro años. Tratar de hacer de sentido público una catástrofe privada de la que se conoce poco es una tarea poco envidiable. Pero si yo hubiese estado en los zapatos de ese predicador, habría mencionado uno o dos de los atributos reales de mi hermano, sólo para asegurar a los asistentes retrasados que no se habían equivocado de funeral. La persona que estábamos extrañando había sido un estudiante promedio toda su vida, había rociado con Ketchup todo lo que comía, había diligentemente evitado todas las formas de trabajo que no involucraban caballos, y había frecuentemente usado lentes de sol dentro de la casa en su firme búsqueda de la Relajación Sólida. Él había tenido el desconcertante hábito de probar su agradable voz de barítono al modular “¡Biiiiiiiiiiooooooooo!” en cualquier corredor o salón que parecía tener eco. Tenía un interesante y refranero sentido de las proporciones: cualquier altercado desde una pelea a puñetazos hasta una guerra mundial, era “reguero de nubes”; cualquier autoridad, desde nuestra madre hasta la presidencia de las Naciones Unidas, era la “alta jerarquía”; cualquier plaga desde el niño vecino hasta Khrushchev eran “papel higiénico”; cualquier tipo de esfera desde una pelota de béisbol hasta el sol, era “el orbe”. Él era valiente: cuando cualquiera de su edad me molestaba, John le hacía una advertencia la primera vez, la segunda lo golpeaba o era golpeado en el intento. Era descarada y majestuosamente vano. Se refería a su persona, con orgullo, como “el cuerpo”. Vestía impecablemente. Le gustaba mirarse, en público o en privado, en espejos, ventanas, pozos, parachoques cromados, de arriba abajo en cucharillas, y peinar su largo cabello marrón una y otra vez, como su héroe, Edd (“Kookie”) Byrnes en 77 Sunset Strip.
Su atributo más sorprendente, al menos para mí, era su infinita lista de novias. Tenía un eficiente sistema de clasificación aparentemente simple para todas sus amigas: el lo llamó: “porcentaje de cordialidad versus porcentaje de odiosidad”. Una novia estable usualmente contenía alrededor de 95 % de cordialidad, 5 % de odiosidad, y si el nivel de odiosidad alcanzaba el 10 % era tiempo de comenzar a buscar otra novia. Solo dos muchachas alcanzaron su “100 % de cordialidad”, y estuve impresionado de que ninguna de las dos fue su novia y una ni siquiera era bonita: lo que sea que “100 % de cordialidad” significara, no tenía nada que ver con superficialidad. Ninguna muchacha llegó nunca cerca de “100 % de odiosidad” en la clasificación, por cierto: mi hermano era caballeroso.
John no era religioso. Creía en Dios, pero pasivamente, nada como la pasión que tenía por los Yanquis. Él parecía un poco más amigable con Jesús. “Cristo es agradable”, decía, si lo forzaban a dar una opinión. Pero no recuerdo haberlo oído hablar de algún tipo de relación entre ellos, hasta que casualmente mencionó un día o dos antes de morir, una conversación que habían tenido, en la cámara de oxígeno. Aún allí John fue John: lo que lo impresionó incluso más que el hecho de las palabras consoladoras de Cristo, fue el reluciente traje y corbata que Cristo usaba.
La mañana posterior a su muerte, el 7 de abril de 1965, llegó un paquete pequeño envuelto en papel marrón a nuestro hogar, entrega especial desde la ciudad de Nueva York dirigido a John. Se lo entregué a mi madre y me recosté de su hombro mientras ella se sentaba para estudiarlo. Al percibir un soplo de antiséptico, pensé en principio que venía de su cabello: ella había pasado los últimos cuatro meses de su vida en una silla al lado de la cama de mi hermano, y los olores del hospital la habían permeado. Pero el olor empezó a crecer cuando empezó a quitar el papel marrón, hasta que noté que el olor venía del objeto dentro del paquete.
Era una caja pequeña blanca de vendajes, cilíndrica, de cartón. Decía “Johnson & Johnson” en letras rojas. “12 pulgadas X 10 yardas”, continuaba en caracteres azules. Extraño. Luego noté que había sido cortada en dos con un cuchillo o escalpelo y luego pegada con cinta adhesiva: había otro compartimiento, algo escondido dentro.
Mi madre sonrió al empezar a quitar la cinta. A la vez, las lágrimas caían en su regazo. Cuando se terminó el adhesivo el pequeño cilindro se desprendió, y dentro, envuelta en un pañuelo, estaba una pelota de béisbol. Cuero blanco inmaculado. Costuras rojas perfectas. En un hemisferio, en tinta verde, la firma del presidente de la Liga Americana Joseph Cronin y la marca comercial Reach. La seña de la calidad. En el hemisferio opuesto, con tinta azul brillante de bolígrafo, una enmarañada pero fluida mano había escrito, Para John, mis mejores deseos. Tu amigo, Mickey Mantle. 6 de abril de 1965.
La pelota permaneció sobre el mantel de nuestra chimenea, una decisión desinteresada de parte de mi madre. Usamos la mitad de la caja de Johnson & Johnson como pedestal, y guardé por años la otra mitad, imaginando que los vendajes que contenía habían ayudado a Mantle a ajustar su adolorida rodilla antes de un juego.
Aún después que mi madre explicó que la pelota no vino del cielo sino en respuesta a una carta, la consideré un tesoro. Le conté a todos mis amigos de ella, e invité a los más cercanos a venir y curiosear. Gradualmente empecé a ver que la reacción pública hacia la pelota era desconcertantemente predecible. La primera respuesta era usualmente: “¡Guao, Mickey Mantle!” Pero entonces se enteraban de la historia completa: “¿Mantle la firmó el día que él murió?” “¿Tu hermano nunca la vio?” Y eso los desilusionaba. Este no era el efecto que una pelota autografiada estaba supuesto a generar. ¿Cómo un inmortal podía llamarse tu “amigo”? ¿Cómo podías ser el destinatario de los “Mejores deseos” del Mick, y luego recostarte y morir?
Empecé a compartir el descontento. En los últimos tres de mis trece años había devorado muchos libros de béisbol, todos coincidían en que un bate, guante, programa de juego o pelota firmada por un héroe de Grandes Ligas era una reliquia sagrada, que se debía esperar que tales reliquias tuviesen propiedades mágicas, y proveerían momentos especiales en la vida de un joven protagonista. Aquí estaba yo, el joven protagonista. Aquí estaba mi reliquia. Y todo lo que esa cosa hacía, era deprimirme y confundirme.
Dejé de mostrarle la pelota a las personas, traté de ignorarla, me di cuenta que era imposible, entonces pretendí que la tinta azul era ilegible y que la pelota era solo una pelota. Pero la tinta no era ilegible: nunca dejó de decir lo que decía. Finalmente tomé la pelota y la estudié, esperando descubrir porque la encontraba tan problemática. Buscando la agradable racionalidad que deseaba haber tenido, me dije que un héroe deportivo patrón había recibido una carta de una atribulada madre patrón, había firmado, empacado y enviado la heroica, agraciada respuesta patrón, había fallado al pensar que el muchacho a quien le dedicó la pelota podría estar muerto cuando esta llegara, por lo que había enviado a sus sobrevivientes un objeto de humor negro. Entonces me dije “Eso es todo lo que hay allí”, lo cual no me dejó otra opción que pretender que nunca había esperado o querido nada más de la pelota que lo que conseguí, que no albergaba ningún deseo por cualquier tipo de señal, cualquier inspiración, cualquier asomo de reconocimiento desde un Arriba o un Más allá. Entonces empecé a caerme en pedazos por la falta de esa señal.
Eventualmente me sinceré con respecto a la pelota de Mantle: levanté la condenada esférica, la leí una vez más, exploré lo más profundo que podía dentro de mí, y admití por primera vez que esta chiflado, Como siempre ocurre con las pelotas enviadas, el tiempo es la clave y este entusiasta pequeño orbe fue enviado el día que su receptor yacía agonizante y ¡llegó el día que estaba siendo embalsamado! Esto no era una coincidencia inocente, era la más ruda y amarga broma que la Providencia me había jugado en la vida. Mi hermano y mejor amigo estaba muerto, muerto, muerto y la condenada pelota de Mantle y sus mejores deseos habían convertido esa pérdida en algo todavía menos tolerable, y eso, reflexioné, cerraba el asunto.
Endurecí mi corazón, renuncié al equipo de béisbol, salí a jugar golf, practiqué como un desesperado, hice trampas como un demonio, me burlé de mis inocuos y hedonistas oponentes a lo largo de la vía. Vendí el hermoso guante de jardinero que había heredado de mi hermano por una tontería.
Pero, como es usual en las historias de beisbol, eso no era todo.
Nunca había oído de los koans de Zen hasta ese momento y Mickey Mantle ciertamente no es un roshi . Pero el béisbol y el Zen son dos pasatiempos que los estadounidenses y los japoneses han llegado a reverenciar casi igualmente; los roshis son hombres famosos por golpear cosas con un palo grande de madera, un koan es un sin sentido perfecto o una declaración ilógica dada por un viejo profesional (roshi) a un novato (monje); y la presión de vivir y meditar sobre un pedazo de mentalidad sinsentido se dice que es prueba de iluminación. Así que no conozco una mejor forma de describir en que se convirtió el mensaje de la pelota para mí que llamarlo un koan.
En primer lugar, las baterías de la condenada esférica nunca se agotarían. Por semanas, meses, años, cada momento veía esas nueve palabras en tinta azul que me dejaban fuera de balance como si recibiera un golpe repentino desde atrás. Ellas eran un emblema de todas las aseveraciones falsas de los cirujanos, todas las oraciones futiles de los predicadores, y todo el vacío de las historias de béisbol que decían “los muchachos buenos no pueden perder”, que había escuchado o leído. Eran un lanzamiento que nunca atraparía. Y aún... la pelota decía REACH, la señal de la calidad.
Año tras año, seguí tratando, seguí esperanzado en de alguna manera descifrar el koan.
Me convertí en adolescente, enrolé mi cuerpo en la escuela obligatoria de dolor sin dignidad llamada pubertad, y casi reprobé, luego me gradué casi sin notarlo. Descubrí en el proceso que algunas muchachas no tenían nada que ver con 95 % de odiosidad. También descubrí que había vida después del béisbol, que Estados Unidos no era solo los chicos buenos, que Dios no era cristiano, que yo prefería el mito a la teología, y que cuando se trataba de héroes, Odysseus, Rama y Finn McCool significaban incomparablemente más para mí que los George Washington, Davy Crockett y Babe Ruth que me habían impuesto. Descubrí (algunas veces prematuramente o sobreabundantemente, pero nunca para lamentarme), la metafísica, lo salvaje, Europa, el té negro, los lagos altos, el rock, Bach, el tabaco, la poesía, los arroyos de truchas, el Oriente, la novela, el trabajo de mi vida, y cientos de otras herramientas y juguetes de la adultez. Pero entre estas maduraciones y transformaciones, permanecía una indeseada constante: en la presencia de esa pelota confundida, yo seguía siendo un muchacho de trece años. Una mirada al koan “Tu amigo” y cualquier madurez o sabiduría o ecuanimidad que tuviera era involucionada, dejándome tan irritado como cualquier monje inexperto o bateador en mal momento.
Me tomó cuatro años resolver el enigma de la pelota. Era otoño cuando ocurrió, el mismo otoño cuando cumpliría más años de los que mi hermano jamás alcanzó. Como siempre ocurre con las soluciones de un koan, ni siquiera pensaba en la pelota en ese momento. Como también es el caso con los koans, no puedo describir con palabras el impacto de la respuesta, la sanación instantanea que ocurrió, o el sentido relajante de ligereza y libertad. Pero diré lo que pueda.
La solución llegó durante un momento de agitación traído por una caliente noche de verano indio. Había terminado de ver a los Milagrosos Mets arrollar a los Orioles en la Serie Mundial y estaba parado solo en la sala, mirando el patio y al sol ocultándose, me sentía un poco impaciente y apático, cuando me di cuenta de que este era el tipo de impaciencia que no sufría cuando John vivía, porque siempre la evitábamos con un largo juego de lanzarnos la pelota. Con ese pensamiento, en ese momento, simplemente vi a mi hermano recibir y lanzar la pelota. Esto no ocurrió ni afuera ni adentro. Duró un par de segundos, no más. Pero lo vi tan claro, y desapareció tan bruscamente que mis ojos se oscurecieron, me dolió el pecho y la garganta, y no necesité ver la pelota de Mantle para darme cuenta exactamente de lo que quería.
Desde el momento en que fijé mis ojos en ella por primera vez, todo lo que quería era llevar a esa inmaculada pelota a nuestro corredor en una noche como esta, para ocupar mi lugar cerca de los manzanos en el norte y encontrar a mi hermano esperando bajo los inmensos pinos en el sur. Todo lo que quería era arrancar esa pelota perfecta de su pedestal y proceder sin hablar, a jugar a lanzarla de manera tan intensa e indefinida que las manchas y las raspadura de la grama más el sudor de nuestras manos finalmente borrara cada trazo de la tinta azul de Mantle, hasta que todo lo que él nos hubiera dado fuese solo una vieja, desgastada pelota verde grama, marrón tierra. Pelotas viejas y desgastadas era todo lo que habíamos tenido. Era todo lo que habíamos necesitado. Mientras más sucias estuvieran y más desgastado y remendado el cuero, zumbaban más duro y curveaban mejor. Al recordar esto, recupero en un instante el conocimiento de cuan poco necesitábamos para ser felices, mi sufrimiento por mi hermano se hizo palpable, tomó forma, peso, color, textura y hasta olor. La medida de mi pérdida era precisamente la diferencia entre las pelotas desgastadas, color tierra, manchadas de grama que nos habían proporcionado tal felicidad y esta pelota-ícono de olor antiséptico y fabricación triste en su pedestal de caja de vendajes. Mientras sentía esto, parado ahí palpando mi dolor, moviéndolo alrededor como una piedra en mi mano, me caí en un piso dentro de mí y caí en una cámara profunda y brillante, a tiempo de sentir algo o alguien decirme: ¿Pero quién es quién para decir que necesitamos una pelota vieja para ser felices? ¿Quién es quién para decir que no lo podemos ser con menos? ¿Quién es quién para decir que no podemos ser felices aun sin la pelota?
Y con eso el koan fue resuelto.
No puedo explicar porque esto se sintió como una solución completa. Al leer las palabras desnudas, dos décadas después, no parecen una solución. Pero la respuesta de un koan no es verbal, ni literaria, ni siquiera una experiencia personal. Y un muchacho, un hombre y “yo” no tienen experiencias espirituales, solo el espíritu tiene experiencias espirituales. Por eso es que las iglesias de pronto se convierten en cajas de vendajes que promueven íconos antisépticos que pierden todo su valor en el momento que les remueven los verdes y marrones de la grama y el polvo de la vida. Por eso es que un buen monje Zen siempre declara una solución koan en los términos más simples posibles. “¡Nada de pelotas!”, es quizás lo que debí haber escrito, porque entonces nadie tendría sugerencias de lo que se había querido decir y se evitarían malentendidos, se habría asegurado la inmediatez, integridad y autoridad de la experiencia.
Esto se está poniendo un poco condicional para una historia deportiva. Pero los jóvenes mueren, y entonces ¿Qué? El hermano con el que jugué mil veces a lanzar la pelota esta muerto como yo lo estaré algún día, y a menos que seas un atleta excepcional tú también lo estarás. Ante la evidencia de este hecho, encontré más que un poco consolador recordar cuan clara y brillante me la trajeron a casa aquel dia de octubre, que hay algo en nosotros que no necesita absolutamente nada, ni siquiera una pelota con orejas de perro, para ser felices. Desde ese día, la reliquia del mantel perdió sus tonos enigmáticos y se convirtió en una simple pelota autografiada, nada más, nada menos. Ahora reposa en mi escritorio, al lado de una pelota vieja que mi hermano y yo desgastamos y eso me da una satisfacción que no puedo explicar al sentarme, ahora y entonces, y compararlas aunque todavía cambiaría alegremente la blanca por un buen juego de lanzar la pelota.
Sobre el momento preciso de su llegada, solo recientemente supe de un par de hechos que arrojaron alguna luz. Primero descubrí, en una copia de la vieja carta que mi madre escribió a Mantle, que ella había dejado completamente claro que mi hermano estaba muriendo. Así que cuando el Mick escribió lo que escribió, sabía perfectamente cual podría ser la situación cuando llegara la pelota. Y segundo, supe que mi madre se adelantó y le mostró la pelota a mi hermano. La verdad es que lo que quedaba de él estaba embalsamado. Pero lo que estaba embalsamado no incluía la totalidad de él. Y no tengo razón para asumir que la parte no embalsamada había cambiado mucho. Debe recordarse entonces que mientras mi hermano vivió fue más que un poco vano, que si hubiera sido consultado con motivo de su muerte para mostrar una elegante cabellera marrón, y que cuando mi madre y la pelota de béisbol llegaran a la funeraria, esa elegante cabellera fuese preparada para una urna abierta por un par de cadavéricos empleados cuyos modales aceitosos, cabellos y ropajes, dejaban claro que no sabían diferenciar a Kookie de Roger Maris ni a Relajación Sólida (Solid Cool) de Kool-Aid. ¿Que tal si a este par se les metía en la cabeza vestir a John para la posteridad con un corte de campamento bíblico? Peor aún, que tal si trataran de mostrar los artistas sensitivos y acomodaticios que eran y lo vistieran como un condenado Elvis La Pelvis. No estoy tratando de ser morboso. Solo trato de aclarar los hechos. “El Cuerpo” (“The Bod”) que mi hermano había disfrutado mucho, estaba a punto de ser visto por última vez por todos sus amigos, su familia, y una novia que solo tenía 1.5 % de odiosidad, y la parte del ensamblaje total con la que él había sido más quisquilloso, el estilo del peinado, ¡estaba completamente fuera de su control! Necesitaba los mejores deseos. Necesitaba un amigo. Preferiblemente uno con un peine.
Entra mi valiente madre, y echa una mirada a lo que los dos empleados hacían al cabello, y dijo: ¡No, no, no! Hizo una seña y les dijo, “El lo quiere exactamente como esto”, se sentó para criticar sus esfuerzos y siguió criticándolos hasta que al final se hubiera pensado que el propio John hubiese dado su aprobación.
Solo entonces ella les pidió que se fueran. Solo entonces ella sacó la pelota de su cartera, la compartió con su hijo, y le leyó la inscripción.
Como siempre ocurre con las pelotas de béisbol que llegan, el tiempo es la clave. Gracias a la sincronía que ha hecho del Mick una leyenda, la última vez que vimos a mi hermano, parecía completamente el propio.
Le regreso todos esos mejores deseos al amigo de mi hermano.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
miércoles, 14 de mayo de 2014
Con K de Koufax.
Vin Scully.
Tres veces en su carrera sensacional Sandy Koufax ha caminado hacia el montículo para lanzar un azaroso noveno inning en medio de un juego sin hits ni carreras. Pero esta noche, 9 de septiembre de 1965, ha hecho la caminata más difícil de su carrera. Estoy seguro, porque a través de ocho episodios ha lanzado un juego perfecto. Ha ponchado once, ha retirado 24 bateadores seguidos.
Y el primer hombre que enfrentará es el receptor Chris Krug, un bateador derecho corpulento, lo ha dominado con elevado al centro, y rodado al campocorto.
Dick Tracewski es el nuevo segunda base, Koufax está listo y lanza una curva en strike. 0 y uno la cuenta para Chris Krug.
En el círculo de prevenidos, como emergente, está uno de los hombres que mencionamos como “probables”: Joe Amalfitano. Aquí viene el envío: recta, strike tirándole. Lleva dos.
Casi se puede saborear la presión ahora. Koufax se quitó la gorra y pasó los dedos por su cabello negro, se colocó otra vez la gorra. Krug la debe sentir también, se salió del cajón de bateo, se quitó el casco, se lo volvió a poner, y regresa al plato.
Tracewski se carga a su derecha para cubrir la mitad del campo. Kennedy juega profundo para cuidar la raya. Ahí viene el envío en cuenta de 0 y 2: recta afuera, bola uno. Krug empezó a hacerle swing pero se aguantó, y Torborg mantuvo la pelota alta en el aire tratando de convencer a Vargo, pero Eddy dijo, “No señor”.
Una y dos la cuenta en Chris Krug. Son las 9:41 p.m. del 9 de septiembre. Ahí viene el envío, curva bateada de foul hacia el lado izquierdo del plato. La defensiva de los Dodgers en este momento de alta tensión: Sandy Koufax y Jeff Torborg, los muchachos que tratarán de parar cualquier cosa bateada hacia ellos: Wes Parker, Dick Tracewski, Maury Wills y John Kennedy, en los jardines están Lou Johnson, Willie Davis y Ron Fairly.
Hay 29000 personas en el estadio y un millón de mariposas; pagaron 29139. Koufax ejecuta el windup, lanza una recta que es bateada de foul hacia atrás.
En el dugout de los Dodgers Al Ferrara se levanta y camina cerca del pasillo y comienza a quejarse de ser un compañero y tener que estar sentado en el dugout y tener que mirar.
Sandy detrás de la goma de lanzar, ahora hace contacto. Todos los muchachos del bull pen es estiran para tener un mejor ángulo a través de la cerca de alambre del jardín izquierdo. Una y dos, la cuenta para Chris Krug. Koufax junta los pies, hace el windup, viene el envío: bola a fuera, bola dos. (El público abuchea).
Muchas personas en el estadio empiezan a ver los pitcheos con sus corazones. El envío estuvo afuera. Torborg trató de halarlo hacia el plato, pero Vargo, un árbitro experimentado, estaba atento. Dos y dos la cuenta para Chris Krug. Sandy lee las señas. Hace el windup viene el envío: recta ¡lo ponchó tirándole! Koufax ha ponchado doce. Está a dos outs de un juego perfecto.
Aquí viene Joe Amalfitano de emergente por Don Kessinger. Amalfitano es del sur de California, de San Pedro. Fue un muchacho de bono original con los Gigantes. Joey ha estado presente, y como lo mencionamos antes, ha ayudado a vencer a los Dodgers dos veces. Prevenido al bate está Harvey Kuenn.
Kennedy juega pegado a la almohadilla de tercera. La recta cae en strike: 0 y 1 con un out en el noveno inning, 1 a 0 ganan los Dodgers.
Sandy hace el windup, lanza una curva y sale un foul, 0 y 2, y Amalfitano se va lejos, se sacude un poco y hace un swing. Y Koufax, con un a pelota nueva, lanza un vistazo a su cinturón y camina detrás del montículo. Me parece que el montículo de Dodger Stadium es justo ahora el lugar más solitario del mundo. Sandy busca la seña; Amalfitano en cuenta de 0 y 2. Recta, ¡strike tirándole, strike tres!
Está a un out de la tierra prometida, y Harvey Kuenn viene a batear. Harvey Kuenn batea por Bob Hendley. El reloj de la pizarrra marca las 9:44, la fecha, 9 de septiembre de 1965. Y Koufax se dispone a trabajar al veterano Harvey Kuenn.
Sandy hace el windup, viene el pitcheo: recta en strike. Por cierto ha ponchado cinco bateadores seguidos, y esto ha pasado desapercibido.
Sandy está listo, el lanzamiento es alto y se le cayó la gorra. Se notó que forzó el lanzamiento. Fue sólo la segunda vez esta noche en que tuve la sospecha de que Koufax tiró en vez de lanzar, trataba de ponerle ese extra, esta vez trató con tanta fuerza que se le cayó la gorra. Tomó una zancada demasiado larga hacia el plato, y Torborg tuvo que levantarse para tomar el envío. La cuenta en una y uno para Harvey Kuenn. Ahí viene de nuevo, recta alta, bola dos.
No se puede criticar al hombre por tratar de ponerle un poco más en este momento. Sandy se va unos pasos detrás del montículo, seca su frente, se pasa el índice izquierdo por la frente, se lo seca en el lado izquierdo del pantalón. Mientras tanto, Kuenn espera.
Sandy busca las señas. Hace el windup en cuenta de 2 y 1: strike tirándole. Son las 9:46 p.m. Dos y dos la cuenta para Kuenn. Estamos a un strike de la gloria.
Sandy hace el windup. Aquí viene el pitcheo: ¡strike tirándole, es un juego perfecto! (Largo paréntesis por la algarabía de la multitud)
En la pizarra del jardín derecho son las 9:46 p.m. en la ciudad de los angeles, Los Angeles, California, y una multitud de 29139 sentada para ver al único pitcher en la historia del béisbol que ha lanzado cuatro juegos sin hits ni carreras. Lo ha hecho en cuatro años seguidos, y ahora coronó con broche de oro: su cuarto no-hitter es un juego perfecto.
Y Sandy Koufax, cuyo nombre siempre hará recordar a los ponches, lo hizo con esplendor. Ponchó los últimos seis bateadores seguidos. Cuando el escriba su nombre con letras mayúsculas en el libro de records, la “K” significará más que el “O-U-F-A-X.”
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
martes, 13 de mayo de 2014
Mamá, una figura central en la muy unida famila de Mike Napoli
Ian Browne. MLB.com. 09-05-2014.
Si se quiere un ejemplo ilustrado de cuanto significa la madre de Mike Napoli para él, solo hay que ver su brazo izquierdo. Allí se encontrará una imagen de la firma autógrafa de su mamá y una gran rosa sobre ella.
El tatuaje es un claro tributo a Donna Rose Torres, la persona que él siente con facilidad como la más influyente en su vida.
"Es una relación fuerte, desde que era un niño pequeño", dijo Napoli. "Mi mamá tenía dos trabajos para asegurarse de que yo tuviera todo, mi hermano y yo. Ella siempre estaba pendiente de que llegara a las prácticas a tiempo. De que tuviese los implementos adecuados. Hay una gran conexión entre mi mamá y yo"
Y aunque Napoli tiene 32 años de edad, y un anillo de Serie Mundial, todavía aprecia la presencia de su mamá tanto como cuando lo llevaba a las prácticas de las pequeñas ligas.
Cuando los Medias Rojas jueguen ante los Rangers en Texas, este día de las madres, Torres estará en las tribunas animando a su hijo. Los beisbolistas siempre juegan en el día de las madres, y Torres viaja hacia donde Napoli esté ese año.
Mientras los Medias Rojas avanzaban en su recorrido por Tampa Bay, Detroit y San Luis en la gloriosa postemporada del año pasado, Donna y su esposo, Rick (el padrastro de Napoli), estaban siempre presentes.
"Todavía somos muy íntimos", dijo Napoli. "Ella es una dama maravillosa. Es buena con todos, sin importar quien seas. Ella es sorprendente. La observaba cuando era pequeño y veía cuan duro trabajaba para asegurar que todo marchara bien para nosotros. Hay un lazo muy fuerte entre ella y yo que nunca desaparecerá".
A Donna le gustó mucho el tributo del tatuaje, pero no pudo evitar echarle broma a su hijo.
"Ahora le echo broma porque hay tantas otras cosas alrededor de eso, y le digo, 'Ahora eso es camuflaje", dijo Torres. "Fue como decirle '¿Que te pasa?'"
Se puede tener una idea del tipo de calidez que Torres crea para su familia por las fotografías del tiempo compartido en Navidad, cuando la cara de alguien esta cubierta de harina debido a la rebeldía que ocurre durante la preparación de las galletas.
"Cada año, cuando el viene a casa para las fiestas, hay cinco niños, y hacemos una horneada de galletas navideñas en casa, y eso es más que una competencia", dijo Torres. "Deberían verlo con la batidora a la altura de los codos. Nadie se le puede acercar. Antes de que las galletas estén listas, hay una batalla de harina en mi casa".
"Ese es el tipo de familia que somos. Nos divertimos mucho. Todos los cinco son muy cercanos. Somos una familia muy unida. Hacemos muchas cosas tradicionales y divertidas. Mike es muy bueno. Se ha ocupado de todos. Es un sueño hecho realidad".
El hecho de que Napoli todavía es soltero ha permitido que su madre se ocupe de él de la misma forma que lo hizo hace muchos años.
Cuando el primera base compró recientemente una casa en Boston, su madre la arregló totalmente para él.
"A ella le gusta mucho venir a Boston", dijo Napoli. "Ella arregló toda mi casa. La dejé diseñar todo. Ella adora todo eso.Hace lo que sea por sus niños. No solo por mí, también lo hace por mi hermano y hermana. Cada vez que necesitamos algo, ella se dobla hacia atrás y hace cualquier cosa. Aun cuando tiene algo importante por hacer, lo deja todo y hace cualquier cosa por nosotros. Es una gran mujer".
El único momento cuando Napoli se molesta con su mamá es cuando ella quiere regresar a su hogar en Florida luego de visitar a su hijo en Boston.
"Cada vez que nos vamos, es divertido, porque el dirá. 'No se quieren quedar otro par de días?' Siempre un par de días más", dijo Torres. "Me gusta eso. Nos quedamos en su casa. Me levanto y el se va, le hago su cama y mi esposo le cocina desayuno.Tenemos un lazo muy firme. Somos muy cercanos".
Un residente de Florida de toda la vida, Mike Napoli no puede esperar para tener a su mamá y el resto de la familia y pasar juntos la Navidad de este año en Boston.
"Nunca hemos tenido una Navidad blanca", dijo Napoli.
Torres rie con su hijo sobre como la vida puede cambiar una vez que el se estabilice y se case.
"Siempre me juego con él sobre que no estoy apurada en que se case. Es solo un juego. Claro que quiero una nuera y nietos algún día cuando él esté listo", dijo Torres. "Ahorita no está listo. Siempre bromeo con él, le digo, 'Estaré en ese puesto número 1 tanto tiempo como pueda'".
Recientemente, Napoli compró un vistoso carro, y no pudo esperar para compartir la noticia con su mamá.
"Me envió un mensaje con una fotografía de su nuevo carro. Y este es verdaderamente el mejor carro que ha tenido", dijo Torres. "Michael no es el tipo de jugador que sale y compra esta casa y esa casa, todos estos carros. Ha tenido el mismo vehículo desde que fue llamado a las mayores. Finalmente se premió con un buen carro, y me envió una foto del carro. Le dije, 'Sabes que Mike, te lo mereces por trabajar duro con dedicación, estoy muy feliz por tí'".
Cuando Mike Napoli se dejó crecer la barba de todas las barbas la temporada pasada, una que creció más larga y se hizo más querida por los aficionados con cada victoria de los Medias Rojas en octubre, su madre tuvo la reacción que era de esperarse.
Al principio, solía meterme con él", dijo Torres. "Y le decía, '¿Por qué estás cubriendo esa cara que yo hice?' Todos se metían con él por eso. Él dijo, 'Mientras más se metan conmigo, más me la dejaré crecer', entonces se hizo parte de él".
"¿Honestamente me gusta? No, preferiría verlo afeitado. Pero se ha convertido en parte de él, me acostumbré a eso. Mi papá, el abuelo de Mike, siempre me dice, 'Dile que se afeite'. Le respondo, 'Papá no va a ocurrir. Olvídalo'".
Pero Napoli nunca olvida el impacto de su madre en su vida.
La gente dice, 'Fuiste bien criado'", dijo Napoli. "Voy directo al grano, 'Eso es por mi mamá'. Mi mamá fue la que me mostró el camino, me mostró como ser la persona que soy hoy. Ella es especial para mí".
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
Túnel literario al béisbol
Empecé mi relación con el pasatiempo nacional en un momento cuando mi padre vivía la etapa más trágica en la historia del juego: el año cuando los Gigantes y los Dodgers cambiaron sus destinos. Esta diaspora del béisbol podía ser vista con buenos ojos si se tenía una gorra en San Francisco o Los Angeles, pero mi padre, que siguió el juego en Nueva York desde su nacimiento hasta su último aliento 80 años después, se sintió desencajado. Esto era traición. Él era aficionado de los Gigantes. A los siete años, yo naturalmente también lo era.
A los ocho años, todavía era aficionado de los Gigantes, pero desde una distancia que crecía más cada día: fuera de la vista, fuera de la mente. En las noches, mi padre trataba con sus mejores esfuerzos de encontrar a sus exilados en el radio. Mientras él lidiaba con la estática de su pasado, yo me deslizaba hacia el presente, mi alianza cambió, hacia la sala, donde podía ver a los Yanquis casi todas las noches en nuestro nuevo televisor blanco y negro. La radio era de la generación de mi padre; la televisión era de la mía. No me importaba que él odiara a los Yanquis. Ellos estaban aquí. Ellos estaban ahora.
Y eran míos.
Mi padre, en el fondo de su corazón, entendía eso, y aunque nunca lo aceptara del todo, hizo lo mejor que pudo como padre para adaptarse al cambio. En agosto de 1958, llegó tan lejos como adentrarse en la propia panza de la bestia, Yankee Stadium, para llevarme a mi primer juego de Grandes Ligas. Tomados de la mano, subimos por las rampas hasta el nivel mezzanina. Cuando llegamos a nuestra sección, me dijo que esperara en la penumbra del túnel, y siguió unos pocos pasos hacia la luz solar antes de decirme que pasara adelante. Años después, le pregunté porque hizo eso. Me dijo que quería ver mi cara cuando viera por primera vez el campo. Él sabía que algo enorme ocurriría.
Él sabía que yo estaría cruzando un umbral. Él sabía que hasta ese momento, mi imagen del juego era una imagen de niño, pequeña y gris, confinada a las dimensiones de nuestro televisor. Ahora, eso iba a crecer, literalmente. Las dimensiones eran colosales. Estaban brillando en colores. Él sabía que este ya no era su juego, era oficialmente mío, y ningún aparato de televisión en cualquier sala del universo podía contener lo que estaba experimentando. Yo quería eternizar ese sentimiento. Quería que durara.
En las décadas posteriores, me he dado cuenta que ese sentimiento no tiene nada que ver con Yanquis, Gigantes o cualquier equipo en particular. Fue la exuberancia del corazón del juego en sí, lo que estaba sintiendo, y es una exuberancia que se renueva en mí cada vez que me paro en el túnel literario apropiado y encuentro una maravillosa pieza de escritura beisbolera en el otro extremo. Realidad o ficción, reportaje o ensayo, ligero o pesado, viejo o nuevo, eso no importa. Las mejores historias del juego todas ofrecen sus propios momentos especiales. Les dan color al juego. Lo hacen sentir grande.
Jeff Silverman. Editor de béisbol.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
viernes, 9 de mayo de 2014
La doble tarea de Tom Seaver con los Medias Blancas de Chicago
Tyler Kepner. The New York Times. 04-05-2014.
Chicago.- Era alrededor de la medianoche en el lado sur de la ciudad el pasado mes, y los Medias Blancas tenían dificultades. Estaban igualados con Boston en el décimocuarto episodio en el U.S. Cellular Field, con dos Medias Rojas embasados y un pitcher desvencijado en el montículo.
Aquello sonaba razonable, porque el pitcher era un infielder llamado Leury García, quién nunca había lanzado antes, ni siquiera cuando era niño.
"Lánzala más lento", le dijo Robin Ventura en el montículo, el manager de los Medias Blancas. García lo hizo y los Medias Rojas consiguieron el doble de irse adelante.
Luego de la derrota, Ventura explicó que había usado sus siete revlevistas, incluyendo cuatro para hacer tres outs, y no quería traer a lanzar a un abridor.
Hace treinta años, cuando existía el viejo Comiskey Park al otro lado de la calle, otro manager de los Medias Blancas tambien se quedó sin relevistas. Pero Tony LaRussa tenía una mejor opción, uno de los mejores lanzadores abridores de la historia, a quién le ordenaron dejar de hacer su crucigrama, ponerse el uniforme y ganar el juego más largo, para el momento, en la historia de las Grandes Ligas.
El juego, entre los Medias Blancas y los Cerveceros de Milwaukee, empezó el 8 de mayo de 1984. Después de 17 innings, fue suspendido debido a una regla de límite de tiempo que existía para la época. Terminó al día siguiente, antes del juego programado. Harold Baines lo ganó para los Medias Blancas, 7-6, con un vuelacercas en el cierre de inning 25.
El pitcher ganador fue Tom Seaver, un futuro inquilino del Salón de la Fama quién empezó el día con 274 victorias y lo terminó con 276. Así como lo leen: Seaver terminó el primer juego como relevista y entonces abrió el segundo encuentro, laboró 8.1 innings para ganar otra vez 5-4.
"Fue una actuación tipo Walter Johnson", dijo Bil Schroeder, entonces receptor de Milwaukee y ahora narrador de los Ceveceros. Schroeder le bateó un sencillo a Seaver en el vigésimoquinto inning del primer juego pero desapareció con un dobleplay. Nunca llegó a tocar con la mascota el envió 753 y final del juego, una sinker alta de Chuck Porter en el cierre de ese episodio.
Baines, ahora coach de los Medias Blancas, no recuerda el tipo de lanzamiento o el nombre del pitcher, ni siquiera a que altura de la temporada ocurrió el juego, una temporada negativa para ambos equipos. Él sólo sabe que mandó la pelota sobre la pared del jardín central.
"Estaba felioz de que hubiera terminado", dijo Baines. "Pienso que cada pelotero se emociona al batear un jonron para hacer ganar a su equipo. Deseé haberlo bateado en el noveno en vez del vigésimoquinto".
"Desgastados mentalmente".
Aquellas noches en Comiskey Park son poco más que un pie de página en la historia del beisbol. Cuando el tema es la longitud de los juegos, las personas piensan en el juego de AAA entre Rochester y Pawtucket en 1981. En ese juego actuaron dos futuros inquilinos del Salón de la Fama, Wade Boggs y Cal Ripken, es el más largo en la historia del beisbol profesional. Duró 33 innings y 8 horas, 25 minutos.
Pero en las mayores, solo un juego ha durado más de 25 innings: El efectuado entre los Robins de Brooklyn y los Bravos de Boston y terminó igualado 1-1 en 26 innings en 1920, ese juego duro 3 horas, 50 minutos. En 1974, los Cardenales de San Luis vencieron a los Mets 4-3 en Shea Stadium. El juego tardó 7 horas, 4 minutos.
El juego entre los Medias Blancas y los Cerveceros duró 8 horas, 6 minutos. Ningún juego de Grandes Ligas ha durado más tiempo.
"Fue el juego más desgastante mentalmente que haya dirigido en toda mi vida", dijo Rene Lachemann, 69, coach de los Rockies de Colorado que dirigió a los Cerveceros en aquel juego. "Despues estaba exhausto".
Lacheman dirigió 988 juegos en las mayores, pero solo una temporada con Milwaukee. Previamente había dirigido una primitiva versión de los Marineros de Seattle y estaba entusiasmado de llegar a los Cerveceros, que habían ganado el banderín de la Liga Americana en 1982.
"Me dije 'Es agradable ir a los entrenamientos primaverales con la idea de ganar entre 90 y 100 juegos en vez de como evitar perder de 90 a 100' " dijo. "Cuando llegó septiembre, había perdido 96 juegos".
En realidad fueron 94, pero las derrotas del 9 de mayo pudieron haber contado como dobles. Ante LaRussa, Lachemann enfrentaba a su antiguo compañero de equipo y amigo. Jugaron juntos en 1968, en la organización de Oakland, Lacheman más adelante fue coach de LaRussa con los Atléticos y los Cardenales.
"En la menores yo llegaba al estadio a las 2 p.m; Lach llegaba al mediodía", dijo LaRussa. "Este tipo amaba el juego más que cualquiera que haya visto".
Los Cerveceros, entonces en el este de la Liga Americana, habían vencido a los Medias Blancas el 7 de mayo para nivelar su marca en 13-13. Pero para ese momento, en la era previa a los comodines, sus esperanzas de play offs se habían esfumado. Paul Molitor, su tercera base estrella, estaba fuera por el resto de la temporada con una lesión en el codo, y los Tigres de Detroit estaban en ruta a una arrancada de 35-5 y el campeonato.
Los Medias Blancas habían ganado el oeste de la Liga Americana en 1983 en lo que fue su primer viaje a la postemporada en 24 años. Ellos llegaron a ese juego con marca de 12-15, y terminaron la temporada igualados en el quinto puesto con marca de 74-88.
"Eramos el brindis de la ciudad", dijo LaRussa. "Y no hicimos un buen trabajo al arrancar con un equipo armado desde el principio".
LaRussa tenía mejores expectativas. Los Medias Blancas habían mejorados sus íconos de los Mets de 1969 aquel invierno. Canjearona Jerry Koosman a Filadelfia por un relevista y seleccionaron a Seaver entre las opciones de compensación por agentes libres cuando otro relevista firmó con Toronto.
Los Mets, en un error colosal, habían dejado a Seaver, entonces de 39 años, desprotegido.
Seaver, quién había iniciado 34 juegos con los Mets en 1983, dejó efectividad de 3.55, tuvo un momento memorable en Nueva York como miembro de los Medias Blancas en 1985, ganó su juego 300 en un juego en Yankee Stadium. Su sobresaliente actuación del 9 de mayo de 1984, lo ayudó a llegar allí.
La regla del límite de tiempo aplicada.
El encuentro del 8 de mayo lucía de una sola calle. Los Cerveceros enviarían a Don Sutton al montículo, uno de seis futuros inquilinos del Salón de la Fama, incluído LaRussa, que participaron en el juego. Por los Medias Blancas abriría Bob Fallon, un novato que fue enviado a las menores después del juego y nunca más abrió un juego en Grandes Ligas.
Tom Paciorek, un jardinero y primera base veterano, pensaba que tenía la noche libre. A principios del juego, ordenó una pizza al restaurante Connie y se la llevaron al compartimiento de los árbitros. Mientras masticaba la pizza con sus otros compañeros de banca, llegó el recogebates. Ron Kittle había salido del juego con punzadas en las piernas.
"Él dice, 'Hey Wimpy, tienes que ir a batear por Kittle'", dijo Paciorek, usando su apodo. "Le dije, '¿Cuando le toca batear? Y dijo que era el próximo bateador. Fui corriendo por el compartimiento de los árbitros, a través de nuestro clubhouse, agarré un bate, con la camisa toda llena de salsa de pizza salí a batear contra Sutton, y me hizo out con tres lanzamientos. Dije, '¡Kittle tu podías haber hecho eso por tu cuenta!'".
Eso fue en el cuarto inning. Al final, Paciorek lograría la mayor cantidad de imparables en el juego, cinco, un record de Grandes Ligas para un jugador que no inició el juego. Cuando fue a batear para abrir el cierre del noveno, los Medias Blancas perdían 3-1, Milwaukee había anotado la carrera de irse adelante por un error en tiro de Carlton Fisk, y enfrentaría a Rollie Fingers.
Paciorek llegó a segunda mediante error de dos bases del jardinero derecho de los Cerveceros Charlie Moore. Anotó con un doble luego de dos outs de Julio Cruz, entonces Fingers falló un envío en conteo de dos strikes ante Rudy Law. Jim Sundberg, el catcher de los Cerveceros, empuñó su mano, pensando que el juego se había terminado. Luego Law sencilleó para empatar el marcador 3-3.
"Teníamos dos outs y una ventaja de dos carreras con un inquilino del Salón de la Fama en el montículo", dijo Lachemann aun desconsolado. "Y lo echamos a perder".
Esas fueron las últimas carreras que entraron el 8 de mayo. Mientras los innings transcurrían, un limpiabotas llamado Anthony Mayfield, que trabajaba debajo de la tribuna, pulió 150 pares de zapatos. "Tuve un gran día", le dijo a The Chicago Tribune. La cuadrilla de árbitros, la cual pasó toda la noche sin ir al baño, de acuerdo a Jim Evans el árbitro del plato el 8 de mayo, notó que los jugadores se estaban tornando más excitados.
"Los tipos miraban al catcher y sonreían y le pegaban en las rodilleras: '¿Estás despierto?'" Dijo Evans. "No se convirtio en una echadera de broma, pero si fue como un relajo, como, ¿que es lo que viene ahora?
Los equipos pusieron corredores en posición anotadora seis veces en extrainnings el 8 de mayo, pero luego de 17 innings, a la 1:05 a.m.; Evans aplicó la regla del límite de tiempo en la Liga Americana, que decía que no se podía abrir entradas despues de la 1.
El receso de la acción no ayudó a LaRussa, quien dijo que casi no había dormido ponderando sus opciones de pitcheo. Quería mantener a Juan Agosto, quien había lanzado cuatro innings. Pero Agosto no había lanzado tanto desde su debut en Grandes Ligas en 1981.
"Nuestras opciones estaban limitadas, ¿podíamos continuar con él? Dijo LaRussa.
Mientras los Cerveceros se plantaban con Porter, un abridor con cuatro días de descanso, Agosto se ofreció a seguir cuando se reanudó el juego y completó tres entradas en blanco adicionales. Ron Reed lo relevó para empezar el inning 21 y permitió un jonrón de tres carreras de Ben Oglivie.
Otro error afectó a los Cerveceros en el cierre del episodio, esta vez del reemplazo de Molitor en tercera base, Randy Ready, quién tomó un roletazo para iniciar el inning y metió la pelota en los asientos detrás de primera base. Paciorek coronó el ataque con sencillo de dos carreras que igualó el juego 6-6.
Richard Dotson, un pitcher que corrió por el primera base Marc Hill, anotó la carrera del empate. En el reajuste de la alineación que siguió, LaRussa perdió su bateador designado, Reed se convirtió en el primer pitcher de los Medias Blancas que bateaba desde 1976. Fue out en rodado al cuadro en el inning 22.
Los Medias Blancas casi gana el juego en el próximo inning, cuando Paciorek bateó imparable a lo profundo del jardín central con un out y uno en base. Jim Leyland, coach de tercera base, trató de parar al corredor Dave Stegman. Los dos chocaron y Stegman fue out.
"En toda mi carrera, y trabajé más de 30 incluyendo las ligas menores, nunca había visto una asistencia del coach", dijo Evans, el árbitro del plato. "Si un coach de tercera o primera base asiste físicamente a un corredor para regresar a la base, o adelantar a la próxima, eso es interferencia del coach".
"Naturalmente, el próximo bateador, Vance Law, bateó otro imparable. Pero con Stegman out por interferencia, la carrera dejó de entrar.
Durante el inning 24 que transcurrió sin carreras, LaRussa envió a su coach de pitcheo, Dave Duncan, al clubhouse. Estaba buscando a una leyenda.
'Yo no relevo'
Ahora de 69 años, Seaver pasa buena parte de su tiempo trabajando en su viñedo de Calistgoga, Calif., el cual produce de 400 a 500 cajas de cabernet sauvignon cada año. El trabajo es rentable, dijo, y familiar.
"Lo mismo que pitchear, hay que estar pendiente de los detalles", dijo Seaver por telefono el mes pasado. "No puedes forzarlo".
Seaver no ve el beisbol, pero dijo que aun devoraba los box scores. Ha lidiado recientemente con la etapa 3 de la enfermedad Lyme, y sus memorias vienen y van. Este era un buen día, estaba feliz de recordar un hecho que ha clasificado entre los mejores de su carrera, para la diversión y el humor, dijo.
"Estoy en el clubhouse, sentado en mi casillero tomando café y haciendo el crucigrama del Times", dijo. "He seguido el juego por radio por lo que entiendo lo que está pasando, pero estoy fuera de la acción. Olvidé quién era, pudo haber sido Duncan, que vino y dice, 'Ponte el uniforme, vas a lanzar'
"Por Dios sagrado que fue así. Todo esto pasó por mi mente: 'Yo no relevo. No hago esto. Cuando voy a pitchear, estoy calmado, tranquilo y preparado mentalmente'.Estaba tan nervioso que apenas me podía vestir".
Seaver no consideró rechazar la asignación, "todavía eras una abeja obrera", dijo, aunque no había relevado desde 1976, cuando enfrentó a dos bateadores el día anterior del des canso del Juego de Estrellas.
Para Seaver, abrir era el mejor trabajo del mundo porque era muy predecible.Calentar en el bull pen el 9 de mayo, dijo, se sentía fuera de lugar. Pero no tenía alternativa, y lanzó la apertura del inning 25, le batearon un sencillo, un rodado para dobleplay de Robin Yount y un elevado.
"Fui al dugout muy contento, trinaba como un pichón de ruiseñor: ¡Que buen relevista soy!'" Dijo Seaver." Luego oí el sonido del bate".
Baines, quien eventualmente se convirtió en el lider jonronero de la franquicia por un momento, había terminado el juego con un jonrón luego de un out. Bateó 29 vuelacercas esa temporada, su tope personal, pero él no comenzó el juego regular del día.
Seaver si lo hizo. Jugó a atrapar la pelota un rato frente al dugout, subió al montículo otra vez y llegó al noveno inning, salió luego que Yount jonroneara con un out. Los Medias Blancas ganaron 5-4, y Seaver llamó a su esposa Nancy, a su casa en Connecticut.
"Hola, hola", dijo Seaver, recordando su conversación.
"¿Como te fue?" preguntó ella.
"Lancé bien; lancé bien", contestó Seaver.
"¿Ganaste?"
"Gané; gané".
"¿Por qué estás repitiendo las palabras?, dijo ella exasperada.
Su esposo envió la noticia: "¡Gané dos veces!"
Fue un día extraño. Seaver terminó su carrera con 3640 ponches, un total que ahora es sexto en la lista de todos los tiempos, pero no tuvo ninguno ese día. Los dos triunfos son los únicos entre los 311 de su carrera donde no ponchó ningún bateador.
Ganar dos veces en un día todavía ocurre de vez en cuando para relevistas. De acuerdo al Elias Sports Bureau, Brian Duensing de Minnesota, lo hizo el año pasado, y Luis Vizcaíno de los Yanquis lo hizo en 2007. Pero ganar como relevista y abridor fue diferente.
El logro de Seaver fue circunstancial, para estar claros. Pero remarca la destreza y la comprensión de un maestro.
"El pìtcher más inteligente que haya conocido", dijo LaRussa. "Fue un gran compañero, tuve buenas conversaciones con él. Me enseñó un poco. Él cuenta historias de mi como manager para hacer reir a todos. Yo cuento historias de él como pitcher para hacer a la gente apreciar su grandeza".
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
lunes, 28 de abril de 2014
Dos por el banderín. Tributo a Luis Aparicio en sus 80 años
La maestria para hacer el dobleplay de (Nellie) Fox y (Luis) Aparicio podría llevar a los Medias Blancas a la Serie Mundial.
Les Woodcock. Agosto 10, 1959. Sports Illustrated.
Lo más sorprendente de la sorprendente competencia en Liga Americana de este año, es el hecho de que los Medias Blancas de Chicago, quienes no han terminado en el primer lugar desde 1919, van a ganar el banderín. Sí, este año. Hace un mes esta era una posibilidad remota, todos pensaban que los Medias Blancas se vendrían abajo cuando aparecieran los días calientes y húmedos del verano.
Bien, el verano, caliente y húmedo, hace un rato que llegó, pero los Medias Blancas no se han derrumbado. En vez de eso, siguen atornillándose al primer lugar, Cleveland es el único contendiente que persiste. Los viejos demonios Yanquis se encuentran una docena de juegos detrás.
Los Medias Blancas que persiguen el banderín, son un anacronismo en esta era de poder al bate. De los 20 equipos que han ganado banderines de Grandes Ligas en la última década, todos menos uno lideraron o estuvieron entre los lideres en jonrones. Los Medias Blancas son diferentes. Son los últimos en jonrones conectados, y sólo Baltimore y Washington han anotado menos carreras. Al adolecer de jonroneros, los Medias Blancas exprimen sus carreras, una a una, y después dependen de su pitcheo y defensa para desarmar a los rivales. Esta fórmula ha funcionado bien este año para Chicago, porque el pitcheo has estado muy bien y la defensa, particularmente alrededor de segunda base, ha sido excelente.
Un ejemplo de este genio defensivo se dibuja a continuación. Los Medias Blancas vencían a los Yanquis 2-1 en el noveno inning. De pronto los Yanquis atacaron. Con un out, Yogi Berra sencilleó y llegó a tercera base mediante otro imparable de Norm Siebern. Se trataba de una típica, anticuada, rompecorazones remontada de los Yanquis. El manager Al López llamó al relevista Gerry Staley, el juego esperó en la cuerda floja mientras Staley trotaba desde el bull pen.
Cuando se reanudó la acción, Staley hizo solo un envío. Héctor López bateó un chispeante roletazo hacia el segunda base de Chicago Nelson Fox, quién lanzó la pelota al shortstop Luis Aparicio, este la devolvió a primera base. Dobleplay. Se acabó el juego. Ganaron los Medias Blancas.
“El dobleplay está funcionando para Chicago”, dice George Kell, narrador de los juegos de los Tigres de Detroit y antíguo tercera base estrella. “Tenemos un equipo que trata de ganar con pitcheo y defensa más algo de poder. Su combinación de dobleplays de Fox y Aparicio es el factor más importante de la fortaleza de Chicago. Ellos son los mejores en todo el béisbol. Chicago difícilmente podría ganar sin ellos”.
El segunda base Jacob Nelson Fox es un hombre pequeño. También lo es el shortstop Luis Ernesto Aparicio. Fox masca tabaco cuando juega pelota. También Aparicio. Ambos son amables, beisbolistas inteligentes que ahorran su dinero y son buenos con sus familias.
Pero no se confundan con esto, ni por las sonrisas y las poses amistosas de la portada de la revista de esta semana. De seguro nadie lo hace en la Liga Americana. Cuando Nellie Fox y Luis Aparicio se ponen sus uniformes de béisbol difícilmente se detienen para sonreír con sus oponentes.
Fox es un jugador duro y agresivo. Se hizo un habilidoso grande liga solo después de años de trabajo duro. Se tragaría todo su tabaco si eso significara ganar el juego. Aparicio tenía todas las herramientas desde el principio. tres temporadas en Grandes Ligas le han dado la seguridad de la experiencia y mucho de la competitividad de Fox.
“Nellie Fox no es realmente rápido, y no tiene un gran brazo”, dice el manager de los Medias Blancas Al López. “No tiene buenas manos. No, esperen un minuto. Nunca pomponea una pelota. Diría que tiene un buen guante. Él trabaja duro, y conoce los bateadores tan bien como cualquiera en la liga. Lo más grande de Fox es que anticipa hacia donde va la pelota”.
Fox no es un estilizado segunda base del molde de Lajoie. Todo lo que hace es el resultado de largas horas de práctica, sin tgalento natural. Se ha convertido en un segunda base destacado. “No soy un bailarín de ballet”, dice Fox. “Pero sé que aún así conseguimos unos cuantos dobleplays”.
Nellie tambien consigue sus porciones de out y asistencias. Ningún segunda base de la Liga Americana ha hecho tantos outs en las últimas siete temporadas. En tres de los últimos cuatro años, Fox también lideró en asistencias
“Fox no huye de ningún corredor”, dice Kell. “Es más lastimado que nadie en la liga mientras hace el dobleplay en segunda base. Si Hank Bauer choca con Fox. Fox se levanta. Es duro”.
“Siempre jugó al lado de buenos campocortos. Tuvo a Carrrasquel y ahora Aparicio. Ha jugado por largo tiempo con esos tipos. Si no hubiera jugado con hombres como ellos, pienso que no sería el segunda base que es. Y él es uno de los cuatro o cinco mejores que he visto”.
Tan joven y tan rápido
Luis Aparicio es muy joven y no ha jugado lo suficiente para ser catalogado como el mejor shortstop de todos los tiempos. Tiene todo el tiempo para eso. Pero justo ahora, no tiene competencia en el béisbol.
“Aparicio es muy rápido”, dice Al López, y sus ojos brillan cuando lo dice. “Agarrrando la pelota, lanzándola, pivoteando. Él hace todos los movimientos y los hace rapidísimo. Y apenas empieza. ¿Por qué?, Luis todavía está creciendo. Todavía está aprendiendo como jugarle a los bateadores. Él sera mejor”.
Aparicio tiene un fuerte y preciso brazo. Va hacia su derecha, profundo en el hueco del abanico, mejor que cualquiera en todo el juego. Inclinado y ligero, se mueve con la gracia fluida de un matador ejecutando sus pases más difíciles.
“Llega a la velocidad máxima en dos pasos, por eso es tan bueno”, dice Casey Stengel. “Puede cubrir 25 yardas. Va hacia su izquierda justo después de haber ido a su derecha. ¿Qué si es bueno? ¿Creen que lo van a cambiar? Me gustaría contra con él. Ahora mismo”.
En sus tres temporadas en las Grandes Ligas Aparicio ha promediado 462 asistencias por año, de lejos el más alto en las mayores. Ha comandado la liga dos veces en outs.
“El shortstop es quién define la combinación de dobleplays”, dice Nellie Fox. “No importa cuan bueno sea el segunda base. Todo depende de cuan rápido maneje la pelota el shortstop, como se la pasa al segunda base”.
“Eso es lo más importante de Luis. Ataca la pelota muy rápido. Tiene reflejos y manos muy rápidos. Se mueve muy rápido. Se deshace de la pelota muy rápido en el dobleplay”.
Los beisbolistas, quienes usualmente miden sus cumplidos con cuidado, son extravagantes en su reconocimiento a Fox y Aparicio. “Ellos son los mejores”, dice Bobby Richardson, el segunda base de los Yanquis de Nueva York. “Ellos trabajan juntos con mucha eficiencia. Fox y Aparicio parecen conocerse a la perfección. Eso se logra sólo al jugar juntos por un buen período de tiempo”.
Donde existe una buena combinación de dobleplays es casi seguro que el pitcheo tambien es fuerte. Chicago tiene el mejor cuerpo de lanzadores de la liga.
“Una buena combinación de dobleplays hace a un cuerpo de lanzadores”, dice Billy Pierce, el as de los Medias Blancas. “De seguro es agradable ver a Fox y Aparicio detrás de mí cuando estoy en el montículo. Los pitchers bromean sobre tener una pelota atómica que vaya directo a sus infielders. Bien, con esos dos tipos, sólo tienes que hacer que el bateador conecte la pelota cerca de ellos. Se sabe que ellos la agarrarán. Y cuando tienes dos como ellos que también pueden batear, mucho mejor”.
Aparicio como abridor, y Fox, como segundo bate, son la chispa principal de la limitada ofensiva de los Medias Blancas. “Ellos solo tienen vida cuando esos tipos pequeños se embasan”, dice Carey.
Fox no batea jonrones, pero tampoco se poncha. Con su gran bate empuñado a mitad del mango, vigila el plato como un peso welter listo para atacar a su oponente sin piedad. Si un envío viene hacia fuera lo dirige hacia la izquierda. Si viene adentro lo empuja hacia la derecha. Cuando está sobre el plato la devuelve hacia el centro. Así logra muchos imparables. Las últimas dos temporadas lideró la liga en ese departamento. Tambien está al frente este año.
Aparicio no batea tantos imparables como Fox. ¿Quién lo hace? Pero siempre se embasa. Este año ha a prendido a leer los lanzamientos y a negociar boletos. En las bases como en el infield, Aparicio es único. Es el corredor más excitante de la liga. Lidera las mayores en bases robadas. Lo ha hecho durante sus tres temporadas en la liga. “Denle un boleto”, dice Casey Stengel, “y se darán cuenta que es como si hubiese bateado un doble. Estará en segunda base con el próximo pitcheo”.
Pero a pesar de todas sus destrezas para embasarse y anotar carreras, el recurso más valioso de Fox y Aparicio es el que aportan desde el terreno.
“La vista más precisosa para un manager de béisbol”, dice Al López, “es el dobleplay. Significa dos outs en vez de uno. Tan simple como eso. Pocas veces se gana un banderín sin una buena combinación en el medio del campo”.
Phil Rizzuto, el antiguo shortstop de los Yanquis, es más enfático. “No hay excepciones. Sin una buena combinación de dobleplays no se puede ganar un banderín”.
Pocos equipos la tienen. La historia de las Series Mundiales está llena de esos artistas del dobleplay.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
viernes, 25 de abril de 2014
Un maestro abnegado orquesta a los Cardenales desde el plato.
Tyler Kepner. 20-04-2014.
Ver el beisbol por televisión es muy distinto del baloncesto o el futbol americano. En esos deportes el ángulo de la cámara principal, muestra en su mayoría, sino el total, de los participantes. En beisbol primordialmente se ve solo a dos de los jugadores defensivos en cada lanzamiento.
Que suerte, para los estudiosos del juego, que una de esas posiciones es el catcher. Cientos de veces, como cuando los Mets reciben esta semana a los Cardenales en Citi Field para una serie de cuatro juegos, Yadier Molina de los Cardenales enfrentará la cámara del center field desde su posición agachada detrás del plato, para ofrecer una vista del maestro en acción.
"Parece un shortstop detrás del plato", dijo Brian McCann de los Yanquis, un receptor que ha jugado siete veces el Juego de Estrellas. "Lo hace parecer tan fácil y es tan duro. Cada vez que juego contra él lo observo al milímetro".
Molina dicta un curso de receptoría avanzada, un seminario diario sobre las particularidades de la posición más exigente del juego. Pero solo él tiene las respuestas.
"La cosas que hace en medio del juego, tienes que seguirlo con un ojo muy educado para darte cuenta que hace algo con significado", dijo Mike Matheny, el manager de los Cardenales y predecesor de Molina como su catcher regular. "Los rivales nunca se darán cuenta".
Matheny hablaba en la oficina del manager visitante de Miller Park la semana pasada antes de un juego ante los Cerveceros. En el segundo inning esa noche, el abridor Shelby Miller, quien había caminado los últimos dos bateadores, se puso en cuenta de 3-0 ante Khris Davis. Molina pidió tiempo y caminó hacia el montículo.
"Ando mal", le dijo Miller a Molina. "Voy a tratar de mejorar ahora mismo".
Molina continuó sus pasos. Agarró la bolsa de la pezrrubia, la lanzó al suelo y regresó al plato.
"No dijo una palabra", dijo Miller después. "Pienso que solo me estaba dando un respiro".
Este es Molina en su mejor expresión, reconocer el peligro antes que ocurra. Miller lanzó otra bola en el siguiente envío, pero ponchó al próximo bateador con tres lanzamientos. Después Molina le dijo a Miller que se estaba cayendo hacia el lado izquierdo al lanzar. Miller realineó su cuerpo y avanzó hacia su primera victoria de la temporada, sin conceder otro boleto.
"Respeto mucho lo que él hace", dijo Miller, quien dejó marca de 15-9 como novato la temporada pasada. "Sé que era un tirapiedras en las ligas menores. Tenemos muchos grandes catchers allá abajo, pero una vez que se llega al nivel de Grandes Ligas, es raro porque cuando sientes que deberías tener más presión, tienes menos".
Molina es la razón, dijo Miller, debido a su impecable selección de pitcheos. Molina a menudo llega seis horas antes del juego para prepararse, pero es un maestro de la improvisación basado en las claves que lee de sus pitchers y los bateadores contrarios.
"A menudo he oído a varios tipos decir de Yadi, 'Hombre, siento que él es psíquico'", dijo Jonathan Lucroy, el catcher de los Cerveceros. "Él sabe lo que estás pensando, y hace exactamente lo opuesto".
Miller dijo que únicamente rechazó las señas de Molina no más de cinco veces en el año. Kevin Siegrist, un relevista de los Cardenales que tuvo 45 apariciones el año pasado, su temporada de novato, dijo que nunca rechazó una seña de Molina. El veterano Adam Wainright dijo que él y Molina se conocen tan bien que algunas veces se comunican las señas por una simple mirada o una encogida de hombros, sin necesidad de usar los dedos.
Las razones que determinan la selección de pitcheo de Molina, usual y comprensiblemente, permanecen en el misterio. Molina, quien llama cada envío por su cuenta y a menudo posiciona la defensa, no ganaría nada al explicar sus cientos de decisiones en cada juego. El menor de tres hermanos, todos catchers de Grandes Ligas, Molina dijo que su atención al detalle vino de un sentido del deber.
Mi familia me enseñó eso, sobre ser líder, estar ahí para tus compañeros y estar pendiente de todo durante el juego, despues del juego, antes del juego", Molina, 31, dijo en su casillero la semana pasada."Sólo ocúpate de tus compañeros, del juego, trata de ser bueno cada día. Esa es la forma en que hago mi parte del trabajo".
Cuando él llegó a las mayores en 2004, dijo Molina, se ocupaba tanto de la defensa y en ayudar a los pitchers que no tuvo tiempo de concentrarse en su bateo. En 2006, el año cuando su jonrón en el séptimo juego de la serie de campeonato de la Liga Nacional devastó a los Mets, él sólo bateó .216 en la temporada regular. Constantemente cambiaba su manera de pararse en el plato y parecía desconfiar de si mismo como bateador.
"Ahora él sabe que tipo de bateador es, es un tipo de bateador del jardín derecho, jardín derecho y central", dijo Carlos Beltrán de los Yanquis, quien jugó con Molina en San Luis las últimas dos temporadas. "Ahora no trata de batear jonrones, y por no tratar, ahora está bateando jonrones".
Molina ha bateado sobre .300 en cada una de las últimas tres temporadas, con un tope de 22 jonrones en 2012, y su promedio este año era de .338 hasta el domingo.
Molina puede ser tan engañoso en el plato como detrás de este. Pat Neshek, un relevista veterano que firmó con los Cardenales en febrero, dijo que había visto a Molina hacer pensar a los pitchers contrarios que no haría swing, y luego los sorprendía descargando un imparable.
Molina, quién llegó a las mayores a los 21 años, dijo haber caído en engaños similares cuando era mas joven, y algunas veces lograba su cometido aún engañado.
"Soy humano", dijo. "Va a haber momentos en que eso ocurra. Pero ahora soy más rápido. Juegas más juegos, ganas madurez y te haces más listo".
Molina dijo que las partes físicas de su trabajo están tan engranadas que no necesita pensar en ellas. El viernes, cometió un raro error cuando no fue capaz de mantener un wild pitch frente a él y su tiro errático permitió que entrara una segunda carrera. Sus compañeros, sin embargo, dicen que él llega al complejo de los Cardenales a las 6 a.m. en los entrenamientos primaverales para practicar ejercicios de bloqueo de manera que los pitchers se sientan confiados de lanzar envíos quebrados con corredor en tercera base. Él controla el movimiento en las bases con una transferencia rápida mascota-mano y un brazo fuerte y preciso. Él consigue strikes cantados en los límites de la zona principalmente al mantener intacta la mascota.
"Observe la manera como Yadi recibe los envíos, cuan relajadas mantiene las manos", dijo Wainright. "No hay nada de violencia. Si él captura una pelota que está debajo de la zona, nunca la empuja hacia abajo. Siempre la recibe con cuidado. Tratará de subirla a la zona imperceptiblemente, o mantendrá la ubicación. Tiene las manos tan relajadas que ejecuta sin máculas.
"Ofrece un blanco tan amplio como sea posible, lo ubica en el medio de su cuerpo, y no se mueve. Hay muchos receptores que ofrecen un blanco y luego bajan la mascota un poco para después volver a subirla. Si se es un pitcher como yo que sigue la mascota, se estará tratando de darle a un blanco móvil en contraposición al que ofrece una mascota fija que es mucho más fácil de acertar".
Wainright, quién saltó a los brazos de Molina para celebrar el out final de la Serie Mundial de 2006, sonrió y agregó, "Pequeñas cosas".
La acumulación de esas pequeñas cosas, y la combinación de talento, esfuerzo y consciencia, han hecho de Molina alguien tan respetado como quizás cualquier jugador a quien se refiera con el tipo de reverencia que se pueda escuchar por Derek Jeter, o los retirados Roy Halladay y Mariano Rivera.
Molina dijo estar orgulloso de esa reputación, aún si los aficionados no siempre lo aupan. Molina no ha jonroneado ante los Mets desde aquel estacazo de la serie de campeonato de la Liga Nacional, pero la espina de ese batazo reverbera en los abucheos que oye en Citi Field.
Molina le resta atención a eso. Para ese momento está trabajando, un maestro para observar, amnésico de cualquier cosa, menos de su trabajo.
"Eso me tiene sin cuidado", dijo. "En serio. Cada vez que estoy sobre el terreno soy otra persona".
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
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