miércoles, 18 de junio de 2014

Tony Gwynn la leyenda de los Padres de San Diego, fallece a los 54 años.

Chris Jenkins.U-T. San Diego. 16-06-2014 Tony Gwynn ha fenecido a la edad de 54 años. Para el béisbol y San Diego, su legado es el de un inmortal. Esa es una denominación que el béisbol asigna a sus leyendas certificadas, a los jugadores para quienes la designación "Inquilino del Salón de la Fama" sigue siendo algo sin importancia. Anthony Keith Gwynn, electo al Salón de la Fama en 2007, adorado en San Diego y conocido de costa a costa como "Mr. Padre", se fue de este mundo este lunes 16 de junio en el hospital Poway, luego de largos años batallando con el cáncer. "Estoy profundamente entristecido de saber que Tony Gwynn ha perdido su corajuda batalla contra el cáncer", dijo Tony Clark, director ejecutivo de la Asociación de Peloteros de Grandes Ligas. Clark quien fuera como Gwynn una antígua estrella baloncetista de San Diego State quien jugó con los Padres, agregó: "Cuando era un muchacho en San Diego, me inspiraba en la pasión de Tony por la excelencia, y tuve el honor de jugar contra él como grande liga. Vayan nuestros pensamientos y oraciones a su esposa, Alicia, su hija Anisha, su hijo y amigo grande liga Tony Jr., y hasta sus muchos amigos y aficionados. Extrañaremos a Tony". Luego de lidiar con una especialmente viciosa forma de la enfermedad con la misma tenacidad con que golpeaba lanzamientos imbateables,para usualmente dirigirlos hacia la banda contraria a través del hueco de 5.5 pies entre short y tercera base, Gwynn se retiró en 2001 con ocho títulos de bateo de la Liga Nacional. También con la casi unánime creencia en el béisbol de que "T" fue el bateador puro más grande de la última mitad del siglo 20. Sin discusión, Gwynn también fue el mejor pelotero que haya jugado para la franquicia de beisbol de Grandes Ligas de los Padres. Antes de eso, él era un atleta de dos deportes que fue a San Diego como un basketero de 18 años y nunca se fue de ahí, regresó a su alma mater luego de retirarse de las Grandes Ligas para entrenar al equipo de beisbol Aztecs en el Tony Gwynn Stadium. "Simplemente es la figura de beisbol más grande que haya tenido San Diego", dijo Hoffman, cuyo "51" es uno de los pocos números retirados con el de Gwynn al tope de la pared del centerfield. "Reconozco lo que Ted (Williams) hizo en el beisbol, pero hay una razón por la cual ellos llaman a Tony Mr Padre en esa estatua de Petco Park, todo lo que hizo en San Diego". Hoffman pudo haber hablado de otro de sus antíguos compañeros de equipo, el primera base de los Dodgers de Los Ángeles Adrian Gonzalez, quien idolatraba a Gwynn cuando crecía tanto en Chula Vista como Tijuana. En toda su estadía en EAstlake High, donde se convirtió en la primera escogencia del draft de 2000, Gonzalez usaba el número 19 en honor a Gwynn. "Él era El Tipo", dijo Gonzalez, quien tambien jugó con los Padres. "Cuando era pequeño, él era el pelotero de quién mi papá hablaba y señalaba como ejemplo de bateadores, la manera como asumía cada turno al bate y agitaba el madero". "Era nuestro modelo. Como profesional. Como hombre". Por la manera como Mr. Padre refinó el arte y la ciencia del bateo, y tambien se convirtió en de lo que el llamaba un fildeador "inadecuado" a un ganador de cinco guantes de oro, él ha sido considerado el pelotero más grande de todos los tiempos por un buen número de equipos de Grandes Ligas. En la historia de 150 años del juego, solo Ty Cobb ganó más campeonatos de bateo (11) que Gwynn, quién obtuvo el promedio de promedio más alto de la Liga Nacional en 1984, tres temporadas seguidas (1987-1989) y cuatro más corridas (1994-1997). Con las primeras cuatro, Gwynn era una maravilla. Con las últimas cuatro, fue el maestro. "Indefendible" era una palabra aplicada a Gwynn por los rivales exasperados en el campo. Luego de unos años, algunos pitchers admitieron que Gwynn manejaba con tanta facilidad hasta sus envíos más dificiles, que se resignaron a lanzarle por el medio, con la esperanza de que la bateara cerca de alguien que tuviese un guante. "Él puede batear cualquier envío de cualquier pitcher", dijo Mark Grace otro antíguo grande liga con pedigree de San Diego State University, cuando Gwynn se acercaba al retiro. "No importa quién lance. Zurdo, derecho, con ocho brazos". Desde que Williams bateara .406 en 194, ningún jugador ha terminado una temporada sobre la marca de .400. Lo más cercano que alguien ha llegado fue Gwynn, quien bateaba .394 cuando la Asociaciòn de Peloteros delas Grandes Ligas se declararon en huelga el 11 de agosto de 1994, cancelando la Serie Mundial y haciendo eterna la pregunta de si Gwynn hubiese podido subir su promedio otros seis puntos en los 45 juegos finales. "Tony hubiese bateado .400", dijo Eric Davis, un antíguo jugador de los Rojos de Cincinnati quien competía con Gwynn por los títulos de bateo cuando estaban en la liga de novatos. "Lo sé. Lo sé". Debido a que Gwynn se quedó con los Padres durante las dos décadas de su carfrera como grande liga, eso le costó en términos de salario, exposición a nivel nacional y experiencia en postemporada, cada una de los cuales seguramente hubiese sido mayor, si hubiese probado el mercado de agentes libres y firmado con los equipos más exitosos y poderosos. Gwynn fue parte de los dos equipos de los Padres que ganaron banderines, con 14 años de separación. Irónicamente, el hit más visto y electrificante de su carrera no cuenta entre los 3141 de Gwynn, debido a que las estadísticas de postemporada no son incluídas en los totales oficiales de los jugadores. Tipicamente, Gwynn tuvo 33 imparables y promedio de .308 en 27 juegos de postemporada, incluyendo un jonrón rayo laser a la fachada del right field de Yankee Stadium que le dio a los Padres ventaja en el primer juego de la Serie Mundial de 1998. "Todo de acuerdo a las circunstancias hacen de ese mi hit número uno de lejos", dijo Gwynn una vez. "La Serie Mundial, Yankee Stadium, los Yanquis, lanzaba David Wells y ese batazo nos dio la ventaja (4-2)". La ventaja se disolvió, también debido a las "circunstancias", una sentencia de bola cuatro discutible y a continuación un jonroón con las bases llenas de los Yanquis, pero Gwynn había probado en el escenario más grande que era más que solo un bateador de líneas. "Se puede predicar todo lo que se quiera sobre el balance, pero la mayoría de los jugadores salen a tomar turno y quieren mandar la bola a nueve millas", dijo Joe Torre, un antíguo campeón de bateo y jugador más valioso de la Liga Nacional, además de manager de los Yanquis en su dinastía de finales de los años '90. "Tony nunca hizo el ridículo, nunca pareció perder su balance. Nunca querías enfrentarlo cuando necesitabas un ponche, porque no lo ibas a lograr, y sabías que iba a conseguir la mayoría de sus imparables hacia la izquierda. Pero de seguro nos castigaba, ¿o no?" Ahora un ejecutivo de MLB, Torre representó al béisbol solo hace unos meses en el servicio fúnebre de Jerry Coleman en Petco Park. Que haya sabido tan pronto despues del declive de salud de otro muy querido pelotero de San Diego, fue como una combinación 1-2 al espíritu. Tony Gwynn nunca, nunca dejó de tratar de mejorar su arte", dijo Torre. "Él era el modelo de lo que querías que fuera un pelotero". La última meta de cada pelotero es Cooperstown, y hasta para los bateadores más cumplidos de la historia, llegar hasta allá implica un proceso riguroso. Gwynn y Cal Ripken Jr. fueron los únicos inducidos de 2007, ambos en la primera votación, ambos casi por unanimidad. "Hay tres clases de inquilinos del Salón de la Fama, en el límite, ordinario e inquilinos mayores del Salón de la Fama", dijo la leyenda de pitcheo Bob Feller, elegido en 1962. "Estos tipos ambos pertenecen a la mayor categoría". El impresionante número de votos de ambos fue una declaración resonante de los periodistas de beisbol y los miembros del Salón de la Fama, no sólo del talento y la consistencia del duo, sino tambien del respeto que cada quien le daba a los números más allá de la desaprobación. Ese mensaje tambien resonó entre los aficionados que habían llegado a sospechar que el bateo de poder se había hecho una fuerza nuclear. De hecho, las colinas del norte del estado de Nueva York mparecían la versión beisbolera de Woodstock para la inducción de Gwynn y Ripken. No menos de 53 inquilinos del Salón de la Fama vivientes, un record, asistieron a una ceremonia dominical que fue atestiguada en persona por 75000 personas, aproximadamente 25000 más que el record anterior del evento en 1999. Claramente, la gran audiencia fue atribuída a los dos inducidos. Peloteros legendarios, si, pero hombres como ellos. "Tony venía a trabajar todos los días, y me refiero a que se metía de lleno en eso", dijo el coach de los Gigantes de San Francisco Tim Flannery, quién fuera compañero de equipo de Gwynn en sus primeras ocho temporadas con los Padres. "Él jugaba todos los días. Jugaba enfermo. Jugaba con dolor". "Y con lo que sabemos ahora, él nunca reclamó nada. Eso es muy impresionante en una temporada de 162 juegos y por tantos años como lo hizo". Flannwery, quién fuera coach de los Padres en las últimas cinco temporadas de la carrera de Gwynn, estaba absolutamente maravillado con la visión interna y externa que Gwynn tenía en la caja de bateo. Recordó un juego en Cincinnati que estaba afectado por un chubasco, un juego que los Rojos ganaban 2-0 cuando Gwynn se paró a batear con dos corredores en base. Por todo lo conveniente que era, llamaron a un zurdo al bull pen de Cincy, la lluvia caía a cántaros antes de que pudiese hacer un envío al plato. El juego fu suspendido en ese momento, para ser reanudado en ese punto exacto el dia siguiente. "Como en muchos juegos suspendidos por lluvia, ahora son las 11:30 de la noche", dijo Flannery. "Tony y yo caminamos por el tunel del Riverfront. Él dijo, 'Hey, Flan, quiero que estés preparado mañana, porque este tipo me lanzará una slider en el primer pitcheo, la voy a batear entre left y center, entrarán dos carreras y vamos a estar empatados'". "Dicho y hecho, el dia siguiente, el primer pitcheo fue una slider, buuum, left-center field, ambos corredores anotan, juego empatado. Tony me mira y sonríe. Te garantizo esto: Antes que se fuera a dormir esa noche, ese zurdo no sabía que iba a lanzar eso. Pero Tony lo sabía". "Sorprendente. Solo sorprendente, un pelotero sorprendente". Si Gwynn hizo parecer el batear una pelota de beisbol como un juego de niños, es debido parcialmente al hecho de que cuando era un niño, bateaba higos lanzados por sus hermanos Charles y Chris en el patio de su casa en Long Island. Tony, el hijo mediano de Charles y Vandella Gwynn, dijo Charles Jr. podía "hacer un baile de higos". Como bate, los hermanos usaban un palo de escoba. (Eso tambien puede explicar porque Gwynn, al legar a las ligas menores, usaba un bate de 32 pulgadas y 32 onzas al cual a menudo llamaban mondadientes). Su padre era entrenador de fútbol americano y béisbol, pero el deporte favorito de Tony en su adolescencia era el baloncesto, era tan bueno que San Diego State le ofreció una beca. Gwynn renunció al beisbol en sus dos primeros años en San Diego State. A pesar de tener manos tan pequeñas que no podía agarrar el balón de basket con una sola palma, Gwynn fue un manejador de balón lo suficientemente bueno para calificar en el equipo de la All Western Athletic Conference como alero, estableció marcas de asistencias para los Aztecs y hasta ganó algún seguimiento de los scouts de la NBA. Gwynn renunciò al beisbol en sus dos primeros años en San Diego State. A pesar de tener las manos tan pequeñas que no podìa agarrar un balón con una palma, Gwynn era suficienemente buen manejador de balón como para ser seleccionado al equipo de All-Western Conference como alero, estableciò una marca de asistencias y hasta levantó algunas miradas de los scouts de NBA. Una vez que llegó al beisbol, sin embargo, el futuro de Gwynn estaba decidido. Bateò .301 en el segundo año, .423 en el tercero y .416 en el cuarto año. El único atleta de los Aztec que ha sido nombrado all-conference en dos deportes, Gwynn fue seleccionado en 1981 por ambos equipos de la ciudad, los Padres y luego los Clippers de San Diego. El mismo día. "Un día Dick Williams nos dijo a todos", 'Hay un muchacho que va a subir llamado Tony Gwynn", dijo Flannery en referencia al exigente manager de los Padres. "¿Ustedes saben como cada quién se saca a si mismo de la alineación?" dijo Williams, "Cuando finalmente escriba el nombre 'Tony Gwynn en la alineación, pienso que él nunca se va a sacar de ella". En su debut con los Padres el 19 de julio de 1982, Gwynn soltó un doble e inmediatamente tuvo la clase de momento que se instala en la tradición del juego. Mientras pasaba por primera base, el campeón hiteador de todos los tiempos Pete Rose de los Filis de Filadelfia le dijo al novato de los Padres, "No me alcances en una noche". El volumen del trabajo de Gwynn durante los próximos 20 años, él tiene las marcas vitalicias de los Padres virtualmente en cada categoría de bateo puro, incluyendo más de 2000 imparables con el uniforme de los Padres de San Diego que cualquiera con el uniforme de San Diego y 19 temporadas seguidas con promedio de .300, no fue escrito sin asuntos de distintas características. Fue en medio de un "slump" de su segundo año en 1983 que Gwynn le pidió a su esposa Alicia que grabara los juegos de los Padres de la televisión para que {el pudiese estudiar sus turnos al bate. Esto era años antes que los equipos, incluyendo los Padres, comenzaran equipos de alta tecnología digital para observar a los otros y a si mismos. "Él revolucionó el video en beisbol", dijo Hoffman. "Veía a "T" con sus cassettes, viendo sus películas cuando viajábamos en aviones, tomando práctica de bateo desde temprano. Él sabía como trabajar, sabía como corregirse, como mejorar y vencer al otro. Él no dejaba nada pendiente". Cuando los Piratas de Pittsburgh estuvieron en San Diego recientemente, el centerfielder estrella Andrew McCutchen llegó hasta una de laptops en el centro del clubhouse de los visitantes en Petco Park. Sus compañeros de equipo hacían click en las imagenes digitales del pitcher abridor rival de ese día y de sus turnos al bate. "No tuve mucha oportunidad de ver jugar a Tony Gwynn", dijo McCutchen, 27, actual jugador más valioso de la Liga Nacional. "Solo con los títulos de bateo, se puede saber que gran pelotero fue. Él fue quién empezó todo esto de los videos, quién enseñó alos otros jugadores como encontrar maneras de ser mejor, cuan importante es trabajar para mejorar cada día". Gwynn se repuso de dificultades financieras y varias escaramuzas contractuales con la gerencia de los Padres, aunque nunca hasta el punto de amenazar con que se iría a otro equipo, y hubo roces ocasionales con compañeros de equipo como Jack Clark y Jim Leyritz. A trav{es de su carrera se habló mucho del hecho de que Gwynn no lucía como el atleta fenomenal que era.. El peso se convirtió en un tema constante, especialmente cuando se hablaba de las dificultades en las rodillas que requirieron nueve operaciones, pero su coordinación ojo-mano nunca pareció disminuída en los más mínimo. "Cuando se es así de bueno y se perfecciona lo que se hace...juego a juego, Tony siempre hacía algo para impresionarte", dijo Davis. "Era devastador con corredores en posición anotadora. Imposible". A través de su sentimiento de desmayo por el deterioro de la salud de Gwynn, Davis sonrió calmado. Recordó la vista desde el outfield de los equipos rivales, la impotencia en los juegos contra los Padres, la comedia que era Pitcher versus T. Gwynn. "Traes un zurdo a lanzar, piensas que lo agarraste, le lanzas dos curvas, el las mira, luego le lanzas la tercera", dijo Davis. "Tony batea la pelota sobre la cabeza de Barry Larkin. ¡Hombre, ese Tony!" Traducción: Alfonso L. Tusa C.

viernes, 13 de junio de 2014

Bob Welch, as de pitcheo y prototipo ejemplar de los brazos poderosos del presente, fallece a los 57 años.

Bruce Weber. The New York Times. 10-06-2014. Bob Welch un derecho lanzallamas de los Dodgers de Los Angeles y los Atléticos de Oakland, quién se recuperó del alcoholismo para ganar 211 juegos, incluyendo 27 en 1990, un registro para una temporada que ningún pitcher ha alcanzado en los últimos 40 años, feneció este lunes 9 de junio en Seal Beach. Calif., Los Atléticos anunciaron el fallecimiento en la página web del equipo. Un reporte de MLB.com remarcó que la causa fue un ataque cardíaco, según información de los Dodgers. Welch jugó 17 temporadas en las Grandes Ligas, desde 1978 hasta 1994, asistió a dos Juegos de Estrellas, uno en cada liga, y ganó el premio Cy Young de la Liga Americana en 1990. Estuvo entre los lanzadores de recta más pesada de su época, un prototipo atlético de los llamados brazos poderosos que ahora inundan las rotaciones y bullpens de los equipos de Grandes Ligas, para retar a las alineaciones rivales con sus rectas de 95 millas. Su recta intensa y su equilibrio, recibieron una prueba tempranera al final de su temporada de novato con los Dodgers, cuando fue llamado desde el bullpen para proteger una ventaja de una carrera con dos outs en el noveno inning del segundo juego de la Serie Mundial de 1978 contra los Yanquis. Había dos hombres en base, y el bateador era Reggie Jackson, el toletero del Salón de la Fama quien el año anterior había asegurado la Serie para los Yanquis, también contra los Dodgers, con tres jonrones en el sexto juego. En un turno que duró más de cinco minutos y se convirtió en uno de los momentos más famosos del béisbol, Welch, quién solo tenía 21 años, realizó nueve lanzamientos, todos rectas, y en cuenta de 3-2 lanzó una en toda, o tal vez rozando, la esquina de adentro. Jackson hizo swing con violencia y falló, para terminar el juego. Para 1980, Welch se había unido a la rotación de abridores de los Dodgers. Ganó 14 juegos y perdió 9, y lanzó tres innings en el Juego de Estrellas. En mayo, en un juego ante los Bravos de Atlanta, enfrentó 27 bateadores, el mínimo, en un blanqueo de un hit. En esa temporada Welch reconoció públicamente sus problemas de alcoholismo. Dijo que los había superado con la ayuda de un programa de 12 pasos facilitado por los Dodgers quienes intervinieron cuando el notificó su situación. "Empecé a beber cuando tenía 16 años", dijo Welch en una entrevista con George Vecsey de The New York Times, con quién luego colaboró en un libro, "Five O'Clock Comes Early: A Young Man's Battle with Alcoholism". Welch fue muy valioso para los Dodgers, ganó al menos 13 juegos en una temporada seis veces. Pero después de tener marca de 15-9 en 1987, fue enviado desde la Liga Nacional a Oakland como parte de un cambio de tres equipos que incluyó a los Mets. Aunque la Liga Americana, que por tener el bateador designado, es generalmente considerada la más retadora para un lanzador, Welch tuvo sus mejores años con los Atléticos, al dejar marcas de 17-9 y 17-8 en sus primeras dos temporadas y 27-6 en 1990, con lo cual ganó el premio Cy Young. El último pitcher en ganar 27 juegos en una temporada había sido Steve Carlton de los Filis de Filadelfia en 1972, y ningún otro pitcher había ganado más de 27 desde que Denny McLain ganara 31 para los Tigres de Detroit en 1968. (A pesar del record de Welch, algunos pensaron que Roger Clemens merecía el premio ese año porque había permitido menos carreras por juego al compilar marca de 21-6 para los Medias Rojas y agenciar una efectividad de 1.93 por 2.95 de Welch). Robert Lynn Welch nació el 3 de noviembre de 1956, en Detroit, asistió a la escuela secundaria en los suburbios de esa ciudad y lanzó para Eastern Michigan University en Ypsilanti. Él fue la vigésima escogencia de los Dodgers en la primera ronda del draft amateur de 1977. Luego de pasar partes de dos temporadas en las ligas menores, debutó en las Grandes Ligas en junio de 1978. Sus sobrevivientes, incluyen dos hijos, Dylan y Riley, y una hija, Kelly. Los Atléticos fueron a la Serie Mundial en las primeras tres temporadas de Welch con ellos, perdieron ante los Dodgers en 1988 y ante Cincinnati en 1990. En 1989, los Atléticos barrieron a los Gigantes de San Francisco, cuatro juegos a ninguno, en una serie que fue interrumpida por un terremoto justo antes del tercer juego. Welch estaba programado para abrir ese juego. El record vitalicio de Welch fue 211-146, con efectividad de 3.47 y 1969 ponches en 3092 innings. Lanzó en cuatro Series Mundiales (aunque sus equipos fueron a cinco) y ganó dos anillos de campeonatos mundiales, con los Dodgers en 1981 (de nuevo ante los Yanquis) y con los Atléticos en 1989. También fue el coach de lanzadores de los Diamondbacks de Arizona en 2001, el año cuando ganaron la Serie Mundial en siete juegos contra los Yanquis. El momento triunfal de Welch en la serie de 1978, al retirar a Jackson para terminar el segundo juego, fue de corta duración. Él fue el pitcher perdedor en el cuarto juego, y los Yanquis ganaron el título en seis encuentros. En el juego final, Jackson tomó revancha, al castigar una recta de Welch para despachar un jonrón inmenso. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

miércoles, 11 de junio de 2014

El mundo del béisbol recuerda a Don Zimmer

Matt Pepin . The Boston Globe. 05-06-2014. "Pero el año que la mayoría de los aficionados de los Medias Rojas de cierta edad recuerda con más claridad es 1978, cuando los Medias Rojas no pudieron mantener una ventaja de 14 juegos sobre Nueva York para finales de julio. Las transgresiones de Zimmer incluyeron poner a jugar a Butch Hobson todos los días cuando era aparente que su codo derecho estaba débil; poner a jugar a Carlton Fisk todos los días sin descanso, carecer de habilidad para entenderse con su cuerpo de lanzadores. Bill Lee, con quién debió haber congeniado por su mutuo amor por el juego, lo apodó "The Gerbil" ("La Mascota"), pienso que Zimmy nunca lo perdonó u olvidó. El pitcher Ferguson Jenkins fue otro enemigo. Mi teoría fue que Zimmer, por haber sido golpeado en el rostro dos veces, tenía un odio inconsciente hacia los pitchers. No hay duda de que la relación fue contraproducente". Bob Ryan. La noticia del fallecimiento de Don Zimmer llevó a muchas personas en el ambiente beisbolero a compartir memorias, historias, y otros pensamientos sobre un hombre que fue sinónimo del juego. Zimmer pasó seis décadas como jugador, coach, manager y consejero de equipos. Vin Scully, integrante del equipo de transmisión radial de los juegos de los Dodgers desde 1950, dedicó una porción de la narración del juego del miércoles 4 de junio, para compartir sus memorias de Zimmer, quién jugara partes de siete temporadas con los Dodgers. Mientras usó el uniforme de los Dodgers, me arriesgo a decir que Don Zimmer era el Dodger más querido entre sus compañeros de equipo. Hay aquellos quienes son muy populares, aquellos que son respetados, pero muy rara vez se le coloca el títiulo de 'querido' a un pelotero, y Zimmer lo era", dijo Scully. Scully también le regaló a su audiencia el miércoles, reflexiones de la carrera de Zimmer, de como perdió su puesto como shortstop de los Dodgers, y sus variados apodos, una anécdota personal ilustró muy bien la naturaleza divertida y cariñosa de Zimmer. "En una oportunidad, yo usaba un uniforme de los Dodgers y estaba sentado tranquilamente en el dugout de los Dodgers, ellos jugaban ante los Cachorros de Chicago, Zimmer era el manager de los Cachorros. Yo había pedido permiso para hacer eso y nadie excepto algunos peloteros de los Dodgers sabían que yo estaba en el dugout", dijo Scully. "Pero entré a la banca después del himno, y me senté ahí con la gorra calada hasta las cejas, los brazos cruzados en el pecho, pensaba mantenerme inmóvil. En un entreinning, el finado John Vukovich, quien era el coach de primera base de los Cachorros, mientras pasaba frente al dugout, gritó '¡Vinny!' Levanté la mirada y me lanzó una pelota, la agarré, en ella decía que si había una pelea, voy a fajarme contigo. Debajo estaba la firma 'Zimmer'. Mir{e en todas direcciones y los Cachorros estaban muertos de la risa en su banca". Joe Torre, el antíguo manager de los Yanquis, contrató a Zimmer para que fuera su coach de banca desde 1996 hasta 2003 y juntos ganaron cuatro títulos de Serie Mundial. "Lo contraté como coach, y se convirtió en un miembro de la familia para mí. Él ha sido de un gran crédito para el juego. El juego era su vida. Su partida va a crear un vacío en mi vida y en la de mi esposa Ali. Lo amábamos. El béisbol perdió una persona especial esta noche. Era un hombre bueno", dijo Torre. Derek Jeter, el shortstop de los Yanquis supo del fallecimiento de Zimmer durante el juego del miércoles en Nueva York. "Esa noticia es dificil de asimilar. Él me enseñó mucho sobre el juego. Sus historias, sus experiencias, era allegado a mi familia, era bueno con mi familia...Su actitud, siempre era positivo, le gustaba divertirse. Esta puede ser una temporada larga. Eso es lo que extrañarás", dijo Jeter. El antíguo shortstop de los Medias Rojas, Rick Burleson le dijo a Ian Browne de MLB.com que Zimmer fue "el mejor manager para el que jugué". Zimmer dirigió a los Medias Rojas desde 1976 hasta 1980. "Zim era un manager de los peloteros. Conocía el juego muy bien. Lo que sabías con él era que ibas a estar en la alineación y basícamente donde ibas a poder batear mucho cada día. Teníamos una especie de acuerdo en aquellos años en Boston, él esperaba que salieras al campo y lo dieras todo.. Y eso era básicamente lo que tratábamos de hacer y el era muy bueno en eso", dijo Burleson. Zimmer era consejero de los Rayas de Tampa Bay al momento de su fallecimiento a la edad de 83 años el miércoles 4 de junio. El antíguo jugador de los Rayas, B.J. Upton, ahora con los Bravos, le dio crédito a Zimmer por ayudarlo a llegar a las mayores. "No puede encontrar las palabras para expresar como me siento por el fallecimiento de Zim. Si Zim no hubiese estado ahí cuando era un novato, no estaría en las Grandes Ligas", dijo Upton por Twitter. Los rayas rendirán honores a Zimmer con un minuto de silencio antes del juego del miércoles 4 de junio y harán una ceremonia preliminar antes del juego del sábado. "Lo que él trajo a esta organización, a los Yanquis, a los Medias Rojas, a los Cachorros, a los Dodgers, a cada organización que representó, fue todo bueno. Su familia tiene mucho por lo que estar orgullosa, y nosotros tenemos mucho que agradecerle", dijo el tercera base de los Rayas Evan Longoria. Roger Craig, un compañero de equipo de Zimmer con los Dodgers, lo contrató como coach cuando Craig fue manager de los Padres y los Gigantes. "Él fue un gran y aguerrido embajador del juego. Por eso trabajó para tantos equipos y con tanta gente buena del beisbol", le dijo Craig al Chicago Tribune. "Le gustaban las carreras y el beisbol. Era un gran ser humano". Joe Maddon, el manager de los Rayas, explicó por Twitter como Zimmer ayudó a su equipo. "Cuando el equipo pasaba por momentos duros como este, le consultaba a Zim por un par de jugadores y él siempre tenía un gran consejo. A su familia le digo que siento mucho su pérdida", escribió. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

domingo, 8 de junio de 2014

Bill Fischer, antíguo pitcher y entrenador.

Sabiduría de caminar. El una vez abridor y relevista de Grandes Ligas ofrece “cuatro absolutos” necesarios para convertirse en un lanzador exitoso. Joe Posnanski. The Kansas City Star. Agosto 2008. Ellos llaman a Bill Fischer “Sabiduría de Caminar”, lo cual hace reir al tipo. Sabiduría al caminar eh? Si, ellos debieron estar ahí aquel día de 1963 en el undécimo inning, cuando el viejo Sabiduría de Caminar lanzaba para los Atléticos de Kansas City y decidió lanzarle una condenada recta a Mickey Mantle. El Mick la sacó por la condenada fachada del right field de Yankee Stadium. Dijeron que el batazo recorrió 620 pies. Dijeron que fueron 734 pies. Lo que sea, fue rematadamente lejos. “Claro, si Mickey Mantle jugara hoy en Yankee Stadium”, dice Fischer. “Con las condenadas bardas más cerca, con la del center field a 400 pies, batearía 800 condenados jonrones”. Probablemente se pueda decir que Bill Fischer no comulga con el asunto de sabiduría de caminar. Primero que todo Fish no está caminando muy bien. Tiene 77 años, le consiguieron un carrito de golf para que se movilizara como asesor de pitcheo en el campo de entrenamiento de los Reales de Kansas City. Fish ha permanecido en el béisbol por 60 años; solo Don Zimmer ha permanecido en el béisbol por mayor período de tiempo. Zim ha escrito dos libros al respecto. Fish no ha escrito ningún libro y les dirá porqué. Es porque en 60 años como pitcher abridor, relevista, scout, entrenador, guru, psicólogo, coordinador, niñero y patriarca, él ha aprendido que este negocio del béisbol no es tan complicado. Se reduce a cuatro cosas. Los cuatro absolutos. La gente que usted conoce, gente como Roger Clemens, John Schuerholz, Tom Seaver, Dayton Moore y muchos otros, le dirán que si sigue los cuatro absolutos de pitcheo de Bill Fischer, todo lo demás encaja en su lugar. Por supuesto, otros le dirán que Fish no sabe de que condenado tema está hablando. Eso está bien. Fish dice que algunos estúpidos en este juego también le dirán que el sol sale por el oeste. No entierres tu talón. Ese es el primer absoluto Los pitchers jóvenes se lesionan todo el tiempo. Ellos lesionan sus brazos, sus codos, sus hombros, ellos se agrietan los huesos, se rompen los tendones, y ¿porqué? Fish le dirá porqué, él ha estado en este juego desde que Harry Truman era presidente. Es porque estos cabezaduras, hacen el wind up, lanzan tan duro como pueden y en el movimiento de caer hacia delante entierran el talón del pie delantero en el suelo., BAAM, toda esa fuerza se transmite a través de ellos, estremece el brazo, un miniterremoto en cada lanzamiento. “Es como manejar a toda velocidad y de pronto hundir los frenos hasta el fondo”. Dice Fish. “¿Piensas que eso es bueno para el carro? ¿Conoces algún mecánico automotriz que te recomendaría eso? Estoy hablando de sentido común”. Absoluto número 2 : Lanzar rectas de cuatro costuras. El primer día de Fish en el béisbol profesional fue en un campamento de prueba de los Medias Blancas de Chicago en 1948 en Wisconsin. Red Ruffing el viejo y corajudo lanzador que labró su camino al Salón de la Fama a pesar de haber perdido cuatro dedos de un pie en un accidente minero, dirigía el campamento. A Red le gustó el estilo del muchacho, le ofreció 150 $ mensuales, debía reportarse a Wisconsin Rapids. “Sin bono, sin nada, eso no era mucho dinero”, dice Fish. Nunca dudó. Fish ganó sus primeros 10 juegos en Wisconsin Rapids, y largó cinco jonrones en ese lapso. “Pensaban que era otro Babe Ruth”, dijo. En aquellos días después de la guerra las ligas menores estaban repletas de nuevos Babe Ruths. Era difícil avanzar. Fish lanzó pelota Clase D, luego Clase C, luego Clase B y luego Clase A. Ganó 90 juegos en las ligas menores. Fue instructor de ejercicios en la marina por dos años. No llegó a las Grandes Ligas hasta que tenía 26 años y exhausto. Bueno, la mayoría de ellos era así. Los peloteros eran diferentes entonces, endurecidos por la guerra, amargados por viciosas batallas salariales y extenuantes trabajos luego de la temporada, determinados a mantener su puesto. Fish ganó siete juegos aquel primer año como relevista. Lanzaba strikes y permitió solo un jonrón en todo el año. El año siguiente fue cambiado a Detroit y tres meses después de eso fue despedido. Todo ese tiempo, Fish siguió buscando el secreto, un truco, una manera de hacer out a los bateadores. Empezó a lanzarles curvas lentas a los zurdos. Empezó a inventar con la forma de agarrar la pelota. Nada de eso funcionó muy bien. Tal vez por eso fue que se convirtió en el principal abogado de la recta de cuatro costuras. Usted probablemente sepa que hay dos tipos básicos de rectas, la de cuatro costuras donde el pitcher agarra la pelota a través de las costuras y la de dos costuras, donde el pitcher agarra la pelota en el sentido de las costuras. La recta de dos costuras se ha popularizado porque la pelota tiende a hundirse cuando se usa. No es tan rápida como la de cuatro costuras, pero cuando se lanza bien, la bola se hunde y se hace invisible para los bateadores derechos. En el juego de hoy, todos quieren ese movimiento hacia abajo. Bien, casi todos. “Todos los pitchers tratan de lanzar igual”, dice Fish. “Los escuchas hablar, todo es ‘Manten la pelota abajo, Manten la pelota abajo’. Que montón de porquería es eso. Los peores bateadores le dan bien a las pelotas bajas. El pitcheo más dificil de batear en el béisbol es justo ahí, arriba y adentro, alta y pegada, y no hay manera de lanzar una recta de dos costuras ahí arriba”. La principal razón por la que Fish prefiere la recta de cuatro costuras es que no hay ningún truco con ella. Se lanza la pelota naturalmente, sin giros violentos del brazo, ni movimientos locos de la muñeca. La recta de cuatro costuras es un lanzamiento para retar, tú y yo, de hombre a hombre, vamos a ver. Cada vez que Fish piensa en rectas de dos costuras, su rostro refleja puro disgusto. Lo único que Fish odia más que la recta de dos costuras, es la slider, el primo de esa recta. “Las sliders son ejemplos de lo barato sale caro”, dice Fish. “Los pitchers de sinker-slider son ejemplos de lo barato sale caro. Perderán más de lo que ganarán. Revise cuantos lanzadores de sinker-slider hay en el Salón de la Fama. No muchos”. Esto se plantea sin decir queBill Fischer fue un pitcher de sinkers y sliders. Absoluto número 3 : Evitar lanzar a través del cuerpo. En agosto de 1962 Fish caminó a Bubba Phillips para comenzar un juego en Cleveland. No caminó a otro hombre por casi dos meses. Este permanece como el período más largo sin conceder boletos en la historia del béisbol. El record anterior pertenecía a Christy Mathewson. Lo divertido es que 1962 fue el primer año en que Charlie O. Finley fue el único dueño de los Atléticos de Kansas City, y si había algo que le gustaba a Finley era la publicidad. Los Atléticos de 1962 se disputaban con Washington el último lugar, carecían de pitcheo y de todo notablemente. El período de Fish sin conceder boletos, se convirtió en la historia de aquellos Atléticos. . Finley dijo que le daría a su lanzador un bono de 1000 $ si rompía el record de 68 innings seguidos sin conceder boletos de Mathewson. Fish fue por el record de Mathewson en el segundo de un doble juego ante Baltimore en el viejo estadio municipal de Kansas City. Necesitaba lanzar siete episodios sin boletos. Y Fish no caminó a nadie hasta el séptimo inning. Entonces ponchó a Marv Breeding, permitió par de imparables, dominó a Russ Snyder a levantar un elevado, y finalmente, para establecer la marca, obligó a Brooks Robinson a batear rodado al campocorto. Lo había hecho, había lanzado más innings seguidos sin boletos que nadie. “Aquí está tu bono”, dijo Finley mientras le extendía un cheque de 1000 $. “Y te diré que por cada inning que agregues sin conceder boleto te daré otros 100 $”. Bien eso es todo lo que Fish necesitaba oir. Hay una razón por la cual su tercer absoluto es que los pitchers deben evitar lanzar a través de su cuerpo, eso es antinatural. “Si te voy a pegar no me planto de lado, ¿lo hago?. Me paro de frente. Buuum. Entonces te puedo tumbar”. De frente. Fish sabe que eso funciona. Pasó otros 16 innings sin conceder boleto. Llevó la seguidilla hasta el último juego de la temporada en Detroit., cuando, como él lo recordó, el manager Hank Bauer vino y le dijo, “Hey Fish, deberías hablar con Finley. Me acaba de despedir y me dijo que tampoco te pagará tu bono”. Fischer dice que la conversación ocurrió de la siguiente manera: Fish: “Mr. Finley oi que usted no me va a pagar”. Finley: “Si Mr. Fischer me dejé llevar por el momento y entonces me di cuenta que cometí un error”. Fish: “Usted me pagará ese condenado dinero”. Finley le pagó, eventualmente, meses más tarde y luego descontó ese dinero del próximo contrato de Fish. Asi ocurrió, Fish estuvo 84.1 innings sin conceder boleto, un record que nadie, ni siquiera Greg Maddux ha estado cerca de igualar. La seguidilla terminó cuando Fish caminó a un bateador llamado Bubba Morton, lo cual convierte a la suya en la única seguidilla en la historia del deporte que empieza y termina con alguien llamado Bubba. Absoluto número cuatro: Los pitchers derechos lanzan desde el lado derecho de la goma de lanzar, los zurdos lo hacen desde el lado izquierdo. Si hay algo de lo que Fish está convencido es de que los hombres de béisbol, tienen una cacería contra los pitchers. Ellos quieren ofensiva, la ley del embudo, y eso lo enferma. “Quiero decir esto en mayúsculas, porque todos condenan al pitcheo en estos días”, dice él. “Si ellos quieren que este juego sea justo, deben regresar al condenado montículo a donde estaba cuando ellos lo bajaron. Ellos lo bajaron en 1969 para penalizar a los pitchers porque estaban haciendo muchos outs. Vuelvan a levantar el montículo y denle a los pitchers la oportunidad de batallar de nuevo”. Aquel año 1969, fue también el primero de Fischer como coach. Había sido contratado por los Reales de Kansas City para trabajar en ligas menores luego de ser cesanteado por los Medias Blancas. A él le gustó la oferta. Algunas veces lo ignoraban. A veces los peloteros no le escuchaban, pensaban que tenían todas las respuestas, pero regresaban a él cuando su efectividad se parecía al precio de dos filetes en el restaurant Jess & Jim’s. Se convirtió en el coach de pitcheo de los Rojos de Cincinnati en 1979, donde trabajó con un Tom Seaver más viejo (Él te volvía loco, pero para vencer a tipos como ese casi había que matarlos”). Entonces fue a Boston y trabajó con un joven Roger Clemens (También era un cabeza dura, pero como trabajaba. Eso que dicen de él ahora. El asunto de los esteroides. No creo una sola palabra de eso”). Fish fue despedido en ambos lugares. Así es el béisbol. Fue a trabajar en las ligas menores de Atlanta, para su viejo amigo John Schuerholz. Fue a Tampa para ser coach de pitcheo de Grandes Ligas a los 70 años. Fue despedido otra vez y regresó a Atlanta. Determinó que para darles oportunidad a sus pitchers en este juego injusto, ellos necesitaban un ángulo. Así que los ubicó en la esquina de la goma que correspondía al lado de su brazo de lanzar y les dijo que lanzaran con todo el alma. “¿Usted usa los ángulos en el juego de pool, ¿cierto? Dice Fish. “¿Billar? ¿Sabe de que hablo? La misma cosa. Ángulos”. Fish no sabe por cuanto tiempo más puede seguir en esto. Le duelen las rodillas. Se le están apagando los ojos. No puede oir mucho. Pero sigue trabajando. Dayton Moore, el gerente general de los Reales, sigue hablando con él para sacrlo del retiro. Moore lo estima mucho. Todos lo estiman. Hay un quinto absoluto, uno del que él no habla mucho. El dice, “Tienes que ayudar a alguien cada día. Podría ser con un par de palabras. O con una patada en el trasero. Podría ser tomándolos por el cuello de la camisa y decirles. ‘Ustedes son mejores que eso’. Pero tienes que hacerlo”. Entonces ¿Cuál es el quinto absoluto? “Los regañas, pero los quieres”, dice el viejo Sabiduría de caminar, “Los regañas pero los quieres. De eso trata este gran juego”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

domingo, 1 de junio de 2014

Un Koan de Mickey Mantle.

David James Duncan El 6 de abril de 1965, mi hermano, Nicholas John Duncan, falleció de lo que sus cirujanos llamaron “complicaciones” luego de tres operaciones infructuosas de corazón abierto. Tenía 17 años, cuatro más que yo exactamente desde el mismo día. Había sido el velocista más rápido de su clase en la secundaria hasta que se empezó a cerrar la válvula en su corazón, pero estaba tan loco por el béisbol que prefería jugar un mediocre shorstop a ser protagonista en el equipo titular de pista. Como pelotero era competente a la defensiva, tenía un brazo fuerte y preciso, y robaba bases con facilidad, cuando las podía alcanzar. Pero no importaba cuanto practicara, o cuales estilos de bateo, agarre del bate o trucos de autohipnotismo tratara, carecía de la magia mano-ojo que consistentemente lleva a la parte gruesa del bate a golpear la pelota, por tanto era uno de los bateadores más débiles de su equipo. John vivió su vida entera en las afueras de Portland, Oregon, a 637 millas del equipo de Grandes Ligas más cercano. En las ciudades con franquicias en los años cincuenta y comienzos de los sesenta había dos tipos de aficionados: los que pensaban que los Yanquis representaban lo mejor de Estados Unidos, y los que pensaban que representaban lo peor. Mi hermano era una manifestación extrema del primer tipo. Realizó una campaña de un hombre para notificarle al mundo que los 61 jonrones de Roger Maris en 1961 fueron bateados en tres turnos menos que los 60 de Babe Ruth en 1927. Mantenía, en contra de toda evidencia estadística que Clete Boyer era mejor tercera base que su hermano Ken, simplemente porque Clete era un yanqui. Puede no haber sido el único niño de la cuadra que consideraba a Casey Stengel el sabio más grande desde Salomón, pero estoy seguro que era el único que consideraba a Yogi Berra el segundo más grande. Y por supuesto, Mickey Mantle era su héroe absoluto pero trágico. El Mick, sostenía mi hermano, era el talento bruto más grande de todos los tiempos. Había recibido grandes regalos y a quien le habían quitado grandes regalos, mientras más cicatrizadas se tornaron sus rodillas, se ponchaba con más frecuencia, mientras más flagrante era su paso y condescendiente su sonrisa, más lo reverenciaba John. Y hacia este yanqui, yo también era capaz de sentir un toque de reverencia, si solo por el tema de las cicatrices consideraba a mi hermano una autoridad: tenía una desde que tenía ocho años, cortesía de la Clínica Mayo, que recorría su pecho en una línea ondulada, como las costuras de una pelota blanca de béisbol. Yanquis aparte, John y yo teníamos más en común que el cumpleaños. Manejábamos bicicleta regularmente con nuestro hermano mediano y nuestra hermanita pequeña, pero casi nunca entre nosotros dos. Ambos no aburríamos, ocasionalmente hasta la insurrección, con ir a la escuela, la iglesia o cualquier juego o deporte sin pelota. Ambos preferíamos, como un simple asunto de estilo, los indios a los vaqueros, los vagabundos a los hombres de negocio, Buster Keaton a Charles Chaplin, Gary Cooper a John Wayne, los flojos a los aduladores, y los aduladores a Elvis Presley. Compartíamos una torta en nuestro cumpleaños global, aniquilando invariablemente las llamas de las velas con un soplido a duo, solo para darnos cuenta que otra vez habíamos olvidado pedir un deseo. Y cuando las fiestas habían terminado o la casa estaba en proceso de limpieza, los padres molestos o los programas de televisión insufriblemente tontos, cada vez que estábamos incansables, energizados o sentíamos que no había más nada que hacer, lanzarnos una pelota de béisbol es lo que John y yo hacíamos. No eramos exclusivos, por lo menos no intencionalmente: nuestro padre y hermano mediano y un primo o amigo ocasional se nos unían de vez en cuando. Pero algo en la mayoría del cerebro de cada quien los enviaba a intentar algo menos contemplativo antes de alcanzar el ritmo real del juego. El juego genuino de lanzarse la pelota ocurre en un doble limbo entre estar ocupado e inactivo, y entre lo imaginario y lo real. También, como en cualquier asunto contemplativo, eso toma tiempo, y la habilidad para olvidar el tiempo, y resbalar a este limbo dual para descubrirse o perderse en la música del juego. Ayuda tener un lugar especial para jugar. El nuestro era un corredor sombreado de 30 metros entre el manzanal de un vecino y el grupo de pinos viejos del otro, sobre un pedazo de grama tan tupido y limoso que extraía el calor hasta de los roletazos más calientes. Siempre me paraba hacia el norte, John hacia el sur. Cantábamos bolas y strikes por un inning imaginario o dos, o tal vez contábamos el numero de atrapadas y tiros sin error que podíamos hacer (300 era lo común, y nuestro record estaba por encima de las 800). Pero la sombra profunda, los pinos de 60 metros, las pisadas en limo y la fragancia de las manzanas, creaban un ambiente de vacación mental que desvanecía cualquier clase de esfuerzo disciplinario. En los meses de entrenamientos primaverales nuestro juego empezaba como un ejercicio, un rodado, luego un premio, otro rodado, un premio. Pero a medida que los movimientos se hacían fluídos y los lanzamientos duros y precisos, lo preliminar de la práctica inevitablemente desaparecía, y apuntábamos al pecho y disparábamos, ¡ssst pop! ¡ssst pop! hasta que el llamado a comer, un mandado, o la oscuridad total nos forzaba a recordar que este era el mundo real en el cual hasta los asuntos sin límite de tiempo tienen un fin. Nuestra charla debe haberle parecido extraña a los fisgones. Vivíamos en nuestros cuerpos mientras nos lanzábamos la pelota, y nuestras mentes y bocas, aunque operativas, estaban concentradas en lo que hacíamos. La mayor parte del ruido que yo hacía venía de las cuatro o cinco piezas de chicle Bazooka que masticaba, aunque cuando la goma se ponía blanda, a veces narraba nuestros movimientos con voz cómica jugada a jugada. El discurso de mi hermano era menos voluminoso y un poco más coherente, pero de no mayor intento didáctico: el lanzaba inútiles letanías de reverencia a los Yanquis o aún más, inútiles exageraciónes a la Dizzy Dean, todo eso artísticamente condimentado con escupitajos de semillas de girasol. Pero un día cuando teníamos 16 y 12 años respectivamente, mi hermano mayor me sorprendió en nuestro corredor. Luego de un lanzamiento corto, cerró el guante sobre la pelota, lo metió bajo el brazo, miró hacia los árboles y se enserió conmigo por un minuto. Toda su vida, dijo, había tratado de ser un shortstop y buen bateador, pero ahora era mayor, y tenía una noción más clara de lo que podía y no podía hacer. Era tiempo de ser práctico, dijo. Tiempo de empezar a desarrollar fortalezas obvias y evadir las debilidades flagrantes. “Así que me he decidido”, concluyó, “a convertirme en un pitcher de curvas y cambios”. No creía una palabra de eso. Mi hermano había sido un “aficionado a los grandes bateadores” desde que nació. Continuó adornando su idea y hasta lo hizo sonar poético: rebanar los músculos de algún bateador de vuelacercas con una pieza de baja velocidad que rebotara de su bate como pudín de vaca, esto, sostenía él, era el componente principal de un atributo que el llamaba Relajación Sólida. No reconocí hasta meses después, cuan cuidadosamente considerado había sido ese estado de nuevo pitcher de curvas y cambios. Que el brazo de lanzar de John era mejor que su vista de bateador había sido obvio siempre, y tenía sentido explotar eso. Pero había otros factores que él no mencionó: como los fuertes dolores que sentía en el pecho cada vez que hacía swing completo, o el nuevo achaque que lo dejaba medio ciego y enfermo cuando corría a toda velocidad. Al ver que las grandes artes de batear y robar bases resultaban físicamente imposibles, él simplemente bajó sus expectativas lo suficiente para mantener vivos sus sueños beisboleros. No siendo capaz de emular a sus héroes, se propuso confundirse con aquellos que pensaban que podían serlo. Con ese fín había aprendido una bostezante bola de nudillos, una curva que daba la vuelta a la manzana, una recta submarina formidable solo por su falta de puntería, y estaba agotando su brazo y mi paciencia con sus intentos de lanzar la bola de tornillo, cuando sus médicos informaron a nuestra familia que una válvula de su corazón se estaba cerrando con celeridad. Él podría vivir cinco años si lo dejábamos así, pero la cirugía inmediata era lo mejor, porque su capacidad de recuperación era mayor ahora. John no dijo nada de esto. Solo esperó hasta el día que debía ir al hospital, fue al establo donde tenía su yegua, la ensilló y salió al galope. Recorrió unas veinte millas, hasta la granja de un amigo, y se escondió allí por casi dos semanas. Pero cuando regresó a casa por ropa limpia y dinero, mi padre y un vecino lo agarraron, primero trataron de forzarlo pero al final lo convencieron de hacerse la operación. Una vez en el hospital fue colaborador, animado, y corajudo. Sobrevivió a la segunda, tercera y cuarta operaciones, varias paradas de corazón, y un coma de diecinueve días. Se recuperó lo suficiente por un momento, aún después del coma, para venir a casa por una semana o algo así. Pero la famosa complicación a la cual su cirujano principal siguió haciendo referencias terminó siendo un corazón tan plagado de heridas de escalpelo que no había más que jirones para suturar una válvula artificial. Con sangrado interno, sangre en la orina, John fue trasladado a una cámara de oxígeno en una habitación aislada, donde permaneció completamente consciente, y determinado a sanar por dos meses luego de las operaciones. Y, contra todo pronóstico, su condición se estabilizó, entonces empezó a mejorar. Los médicos reaparecieron y empezaron a discutir, con obvio desespero, la factibilidad de una quinta operación. Entonces vino la segunda “complicación”: estafilococos. Durante la noche pasamos de esperanza genuina a feos ruegos por una intervención divina. No invocamos milagros. Dos semanas después de contraer la infección, mi hermano murió. En su funeral , un predicador que no conocía a John para nada, dijo una eulogía tan superficial y desacertada que caí en un estado de ausencia de lágrimas que duró cuatro años. Tratar de hacer de sentido público una catástrofe privada de la que se conoce poco es una tarea poco envidiable. Pero si yo hubiese estado en los zapatos de ese predicador, habría mencionado uno o dos de los atributos reales de mi hermano, sólo para asegurar a los asistentes retrasados que no se habían equivocado de funeral. La persona que estábamos extrañando había sido un estudiante promedio toda su vida, había rociado con Ketchup todo lo que comía, había diligentemente evitado todas las formas de trabajo que no involucraban caballos, y había frecuentemente usado lentes de sol dentro de la casa en su firme búsqueda de la Relajación Sólida. Él había tenido el desconcertante hábito de probar su agradable voz de barítono al modular “¡Biiiiiiiiiiooooooooo!” en cualquier corredor o salón que parecía tener eco. Tenía un interesante y refranero sentido de las proporciones: cualquier altercado desde una pelea a puñetazos hasta una guerra mundial, era “reguero de nubes”; cualquier autoridad, desde nuestra madre hasta la presidencia de las Naciones Unidas, era la “alta jerarquía”; cualquier plaga desde el niño vecino hasta Khrushchev eran “papel higiénico”; cualquier tipo de esfera desde una pelota de béisbol hasta el sol, era “el orbe”. Él era valiente: cuando cualquiera de su edad me molestaba, John le hacía una advertencia la primera vez, la segunda lo golpeaba o era golpeado en el intento. Era descarada y majestuosamente vano. Se refería a su persona, con orgullo, como “el cuerpo”. Vestía impecablemente. Le gustaba mirarse, en público o en privado, en espejos, ventanas, pozos, parachoques cromados, de arriba abajo en cucharillas, y peinar su largo cabello marrón una y otra vez, como su héroe, Edd (“Kookie”) Byrnes en 77 Sunset Strip. Su atributo más sorprendente, al menos para mí, era su infinita lista de novias. Tenía un eficiente sistema de clasificación aparentemente simple para todas sus amigas: el lo llamó: “porcentaje de cordialidad versus porcentaje de odiosidad”. Una novia estable usualmente contenía alrededor de 95 % de cordialidad, 5 % de odiosidad, y si el nivel de odiosidad alcanzaba el 10 % era tiempo de comenzar a buscar otra novia. Solo dos muchachas alcanzaron su “100 % de cordialidad”, y estuve impresionado de que ninguna de las dos fue su novia y una ni siquiera era bonita: lo que sea que “100 % de cordialidad” significara, no tenía nada que ver con superficialidad. Ninguna muchacha llegó nunca cerca de “100 % de odiosidad” en la clasificación, por cierto: mi hermano era caballeroso. John no era religioso. Creía en Dios, pero pasivamente, nada como la pasión que tenía por los Yanquis. Él parecía un poco más amigable con Jesús. “Cristo es agradable”, decía, si lo forzaban a dar una opinión. Pero no recuerdo haberlo oído hablar de algún tipo de relación entre ellos, hasta que casualmente mencionó un día o dos antes de morir, una conversación que habían tenido, en la cámara de oxígeno. Aún allí John fue John: lo que lo impresionó incluso más que el hecho de las palabras consoladoras de Cristo, fue el reluciente traje y corbata que Cristo usaba. La mañana posterior a su muerte, el 7 de abril de 1965, llegó un paquete pequeño envuelto en papel marrón a nuestro hogar, entrega especial desde la ciudad de Nueva York dirigido a John. Se lo entregué a mi madre y me recosté de su hombro mientras ella se sentaba para estudiarlo. Al percibir un soplo de antiséptico, pensé en principio que venía de su cabello: ella había pasado los últimos cuatro meses de su vida en una silla al lado de la cama de mi hermano, y los olores del hospital la habían permeado. Pero el olor empezó a crecer cuando empezó a quitar el papel marrón, hasta que noté que el olor venía del objeto dentro del paquete. Era una caja pequeña blanca de vendajes, cilíndrica, de cartón. Decía “Johnson & Johnson” en letras rojas. “12 pulgadas X 10 yardas”, continuaba en caracteres azules. Extraño. Luego noté que había sido cortada en dos con un cuchillo o escalpelo y luego pegada con cinta adhesiva: había otro compartimiento, algo escondido dentro. Mi madre sonrió al empezar a quitar la cinta. A la vez, las lágrimas caían en su regazo. Cuando se terminó el adhesivo el pequeño cilindro se desprendió, y dentro, envuelta en un pañuelo, estaba una pelota de béisbol. Cuero blanco inmaculado. Costuras rojas perfectas. En un hemisferio, en tinta verde, la firma del presidente de la Liga Americana Joseph Cronin y la marca comercial Reach. La seña de la calidad. En el hemisferio opuesto, con tinta azul brillante de bolígrafo, una enmarañada pero fluida mano había escrito, Para John, mis mejores deseos. Tu amigo, Mickey Mantle. 6 de abril de 1965. La pelota permaneció sobre el mantel de nuestra chimenea, una decisión desinteresada de parte de mi madre. Usamos la mitad de la caja de Johnson & Johnson como pedestal, y guardé por años la otra mitad, imaginando que los vendajes que contenía habían ayudado a Mantle a ajustar su adolorida rodilla antes de un juego. Aún después que mi madre explicó que la pelota no vino del cielo sino en respuesta a una carta, la consideré un tesoro. Le conté a todos mis amigos de ella, e invité a los más cercanos a venir y curiosear. Gradualmente empecé a ver que la reacción pública hacia la pelota era desconcertantemente predecible. La primera respuesta era usualmente: “¡Guao, Mickey Mantle!” Pero entonces se enteraban de la historia completa: “¿Mantle la firmó el día que él murió?” “¿Tu hermano nunca la vio?” Y eso los desilusionaba. Este no era el efecto que una pelota autografiada estaba supuesto a generar. ¿Cómo un inmortal podía llamarse tu “amigo”? ¿Cómo podías ser el destinatario de los “Mejores deseos” del Mick, y luego recostarte y morir? Empecé a compartir el descontento. En los últimos tres de mis trece años había devorado muchos libros de béisbol, todos coincidían en que un bate, guante, programa de juego o pelota firmada por un héroe de Grandes Ligas era una reliquia sagrada, que se debía esperar que tales reliquias tuviesen propiedades mágicas, y proveerían momentos especiales en la vida de un joven protagonista. Aquí estaba yo, el joven protagonista. Aquí estaba mi reliquia. Y todo lo que esa cosa hacía, era deprimirme y confundirme. Dejé de mostrarle la pelota a las personas, traté de ignorarla, me di cuenta que era imposible, entonces pretendí que la tinta azul era ilegible y que la pelota era solo una pelota. Pero la tinta no era ilegible: nunca dejó de decir lo que decía. Finalmente tomé la pelota y la estudié, esperando descubrir porque la encontraba tan problemática. Buscando la agradable racionalidad que deseaba haber tenido, me dije que un héroe deportivo patrón había recibido una carta de una atribulada madre patrón, había firmado, empacado y enviado la heroica, agraciada respuesta patrón, había fallado al pensar que el muchacho a quien le dedicó la pelota podría estar muerto cuando esta llegara, por lo que había enviado a sus sobrevivientes un objeto de humor negro. Entonces me dije “Eso es todo lo que hay allí”, lo cual no me dejó otra opción que pretender que nunca había esperado o querido nada más de la pelota que lo que conseguí, que no albergaba ningún deseo por cualquier tipo de señal, cualquier inspiración, cualquier asomo de reconocimiento desde un Arriba o un Más allá. Entonces empecé a caerme en pedazos por la falta de esa señal. Eventualmente me sinceré con respecto a la pelota de Mantle: levanté la condenada esférica, la leí una vez más, exploré lo más profundo que podía dentro de mí, y admití por primera vez que esta chiflado, Como siempre ocurre con las pelotas enviadas, el tiempo es la clave y este entusiasta pequeño orbe fue enviado el día que su receptor yacía agonizante y ¡llegó el día que estaba siendo embalsamado! Esto no era una coincidencia inocente, era la más ruda y amarga broma que la Providencia me había jugado en la vida. Mi hermano y mejor amigo estaba muerto, muerto, muerto y la condenada pelota de Mantle y sus mejores deseos habían convertido esa pérdida en algo todavía menos tolerable, y eso, reflexioné, cerraba el asunto. Endurecí mi corazón, renuncié al equipo de béisbol, salí a jugar golf, practiqué como un desesperado, hice trampas como un demonio, me burlé de mis inocuos y hedonistas oponentes a lo largo de la vía. Vendí el hermoso guante de jardinero que había heredado de mi hermano por una tontería. Pero, como es usual en las historias de beisbol, eso no era todo. Nunca había oído de los koans de Zen hasta ese momento y Mickey Mantle ciertamente no es un roshi . Pero el béisbol y el Zen son dos pasatiempos que los estadounidenses y los japoneses han llegado a reverenciar casi igualmente; los roshis son hombres famosos por golpear cosas con un palo grande de madera, un koan es un sin sentido perfecto o una declaración ilógica dada por un viejo profesional (roshi) a un novato (monje); y la presión de vivir y meditar sobre un pedazo de mentalidad sinsentido se dice que es prueba de iluminación. Así que no conozco una mejor forma de describir en que se convirtió el mensaje de la pelota para mí que llamarlo un koan. En primer lugar, las baterías de la condenada esférica nunca se agotarían. Por semanas, meses, años, cada momento veía esas nueve palabras en tinta azul que me dejaban fuera de balance como si recibiera un golpe repentino desde atrás. Ellas eran un emblema de todas las aseveraciones falsas de los cirujanos, todas las oraciones futiles de los predicadores, y todo el vacío de las historias de béisbol que decían “los muchachos buenos no pueden perder”, que había escuchado o leído. Eran un lanzamiento que nunca atraparía. Y aún... la pelota decía REACH, la señal de la calidad. Año tras año, seguí tratando, seguí esperanzado en de alguna manera descifrar el koan. Me convertí en adolescente, enrolé mi cuerpo en la escuela obligatoria de dolor sin dignidad llamada pubertad, y casi reprobé, luego me gradué casi sin notarlo. Descubrí en el proceso que algunas muchachas no tenían nada que ver con 95 % de odiosidad. También descubrí que había vida después del béisbol, que Estados Unidos no era solo los chicos buenos, que Dios no era cristiano, que yo prefería el mito a la teología, y que cuando se trataba de héroes, Odysseus, Rama y Finn McCool significaban incomparablemente más para mí que los George Washington, Davy Crockett y Babe Ruth que me habían impuesto. Descubrí (algunas veces prematuramente o sobreabundantemente, pero nunca para lamentarme), la metafísica, lo salvaje, Europa, el té negro, los lagos altos, el rock, Bach, el tabaco, la poesía, los arroyos de truchas, el Oriente, la novela, el trabajo de mi vida, y cientos de otras herramientas y juguetes de la adultez. Pero entre estas maduraciones y transformaciones, permanecía una indeseada constante: en la presencia de esa pelota confundida, yo seguía siendo un muchacho de trece años. Una mirada al koan “Tu amigo” y cualquier madurez o sabiduría o ecuanimidad que tuviera era involucionada, dejándome tan irritado como cualquier monje inexperto o bateador en mal momento. Me tomó cuatro años resolver el enigma de la pelota. Era otoño cuando ocurrió, el mismo otoño cuando cumpliría más años de los que mi hermano jamás alcanzó. Como siempre ocurre con las soluciones de un koan, ni siquiera pensaba en la pelota en ese momento. Como también es el caso con los koans, no puedo describir con palabras el impacto de la respuesta, la sanación instantanea que ocurrió, o el sentido relajante de ligereza y libertad. Pero diré lo que pueda. La solución llegó durante un momento de agitación traído por una caliente noche de verano indio. Había terminado de ver a los Milagrosos Mets arrollar a los Orioles en la Serie Mundial y estaba parado solo en la sala, mirando el patio y al sol ocultándose, me sentía un poco impaciente y apático, cuando me di cuenta de que este era el tipo de impaciencia que no sufría cuando John vivía, porque siempre la evitábamos con un largo juego de lanzarnos la pelota. Con ese pensamiento, en ese momento, simplemente vi a mi hermano recibir y lanzar la pelota. Esto no ocurrió ni afuera ni adentro. Duró un par de segundos, no más. Pero lo vi tan claro, y desapareció tan bruscamente que mis ojos se oscurecieron, me dolió el pecho y la garganta, y no necesité ver la pelota de Mantle para darme cuenta exactamente de lo que quería. Desde el momento en que fijé mis ojos en ella por primera vez, todo lo que quería era llevar a esa inmaculada pelota a nuestro corredor en una noche como esta, para ocupar mi lugar cerca de los manzanos en el norte y encontrar a mi hermano esperando bajo los inmensos pinos en el sur. Todo lo que quería era arrancar esa pelota perfecta de su pedestal y proceder sin hablar, a jugar a lanzarla de manera tan intensa e indefinida que las manchas y las raspadura de la grama más el sudor de nuestras manos finalmente borrara cada trazo de la tinta azul de Mantle, hasta que todo lo que él nos hubiera dado fuese solo una vieja, desgastada pelota verde grama, marrón tierra. Pelotas viejas y desgastadas era todo lo que habíamos tenido. Era todo lo que habíamos necesitado. Mientras más sucias estuvieran y más desgastado y remendado el cuero, zumbaban más duro y curveaban mejor. Al recordar esto, recupero en un instante el conocimiento de cuan poco necesitábamos para ser felices, mi sufrimiento por mi hermano se hizo palpable, tomó forma, peso, color, textura y hasta olor. La medida de mi pérdida era precisamente la diferencia entre las pelotas desgastadas, color tierra, manchadas de grama que nos habían proporcionado tal felicidad y esta pelota-ícono de olor antiséptico y fabricación triste en su pedestal de caja de vendajes. Mientras sentía esto, parado ahí palpando mi dolor, moviéndolo alrededor como una piedra en mi mano, me caí en un piso dentro de mí y caí en una cámara profunda y brillante, a tiempo de sentir algo o alguien decirme: ¿Pero quién es quién para decir que necesitamos una pelota vieja para ser felices? ¿Quién es quién para decir que no lo podemos ser con menos? ¿Quién es quién para decir que no podemos ser felices aun sin la pelota? Y con eso el koan fue resuelto. No puedo explicar porque esto se sintió como una solución completa. Al leer las palabras desnudas, dos décadas después, no parecen una solución. Pero la respuesta de un koan no es verbal, ni literaria, ni siquiera una experiencia personal. Y un muchacho, un hombre y “yo” no tienen experiencias espirituales, solo el espíritu tiene experiencias espirituales. Por eso es que las iglesias de pronto se convierten en cajas de vendajes que promueven íconos antisépticos que pierden todo su valor en el momento que les remueven los verdes y marrones de la grama y el polvo de la vida. Por eso es que un buen monje Zen siempre declara una solución koan en los términos más simples posibles. “¡Nada de pelotas!”, es quizás lo que debí haber escrito, porque entonces nadie tendría sugerencias de lo que se había querido decir y se evitarían malentendidos, se habría asegurado la inmediatez, integridad y autoridad de la experiencia. Esto se está poniendo un poco condicional para una historia deportiva. Pero los jóvenes mueren, y entonces ¿Qué? El hermano con el que jugué mil veces a lanzar la pelota esta muerto como yo lo estaré algún día, y a menos que seas un atleta excepcional tú también lo estarás. Ante la evidencia de este hecho, encontré más que un poco consolador recordar cuan clara y brillante me la trajeron a casa aquel dia de octubre, que hay algo en nosotros que no necesita absolutamente nada, ni siquiera una pelota con orejas de perro, para ser felices. Desde ese día, la reliquia del mantel perdió sus tonos enigmáticos y se convirtió en una simple pelota autografiada, nada más, nada menos. Ahora reposa en mi escritorio, al lado de una pelota vieja que mi hermano y yo desgastamos y eso me da una satisfacción que no puedo explicar al sentarme, ahora y entonces, y compararlas aunque todavía cambiaría alegremente la blanca por un buen juego de lanzar la pelota. Sobre el momento preciso de su llegada, solo recientemente supe de un par de hechos que arrojaron alguna luz. Primero descubrí, en una copia de la vieja carta que mi madre escribió a Mantle, que ella había dejado completamente claro que mi hermano estaba muriendo. Así que cuando el Mick escribió lo que escribió, sabía perfectamente cual podría ser la situación cuando llegara la pelota. Y segundo, supe que mi madre se adelantó y le mostró la pelota a mi hermano. La verdad es que lo que quedaba de él estaba embalsamado. Pero lo que estaba embalsamado no incluía la totalidad de él. Y no tengo razón para asumir que la parte no embalsamada había cambiado mucho. Debe recordarse entonces que mientras mi hermano vivió fue más que un poco vano, que si hubiera sido consultado con motivo de su muerte para mostrar una elegante cabellera marrón, y que cuando mi madre y la pelota de béisbol llegaran a la funeraria, esa elegante cabellera fuese preparada para una urna abierta por un par de cadavéricos empleados cuyos modales aceitosos, cabellos y ropajes, dejaban claro que no sabían diferenciar a Kookie de Roger Maris ni a Relajación Sólida (Solid Cool) de Kool-Aid. ¿Que tal si a este par se les metía en la cabeza vestir a John para la posteridad con un corte de campamento bíblico? Peor aún, que tal si trataran de mostrar los artistas sensitivos y acomodaticios que eran y lo vistieran como un condenado Elvis La Pelvis. No estoy tratando de ser morboso. Solo trato de aclarar los hechos. “El Cuerpo” (“The Bod”) que mi hermano había disfrutado mucho, estaba a punto de ser visto por última vez por todos sus amigos, su familia, y una novia que solo tenía 1.5 % de odiosidad, y la parte del ensamblaje total con la que él había sido más quisquilloso, el estilo del peinado, ¡estaba completamente fuera de su control! Necesitaba los mejores deseos. Necesitaba un amigo. Preferiblemente uno con un peine. Entra mi valiente madre, y echa una mirada a lo que los dos empleados hacían al cabello, y dijo: ¡No, no, no! Hizo una seña y les dijo, “El lo quiere exactamente como esto”, se sentó para criticar sus esfuerzos y siguió criticándolos hasta que al final se hubiera pensado que el propio John hubiese dado su aprobación. Solo entonces ella les pidió que se fueran. Solo entonces ella sacó la pelota de su cartera, la compartió con su hijo, y le leyó la inscripción. Como siempre ocurre con las pelotas de béisbol que llegan, el tiempo es la clave. Gracias a la sincronía que ha hecho del Mick una leyenda, la última vez que vimos a mi hermano, parecía completamente el propio. Le regreso todos esos mejores deseos al amigo de mi hermano. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Con K de Koufax.

Vin Scully. Tres veces en su carrera sensacional Sandy Koufax ha caminado hacia el montículo para lanzar un azaroso noveno inning en medio de un juego sin hits ni carreras. Pero esta noche, 9 de septiembre de 1965, ha hecho la caminata más difícil de su carrera. Estoy seguro, porque a través de ocho episodios ha lanzado un juego perfecto. Ha ponchado once, ha retirado 24 bateadores seguidos. Y el primer hombre que enfrentará es el receptor Chris Krug, un bateador derecho corpulento, lo ha dominado con elevado al centro, y rodado al campocorto. Dick Tracewski es el nuevo segunda base, Koufax está listo y lanza una curva en strike. 0 y uno la cuenta para Chris Krug. En el círculo de prevenidos, como emergente, está uno de los hombres que mencionamos como “probables”: Joe Amalfitano. Aquí viene el envío: recta, strike tirándole. Lleva dos. Casi se puede saborear la presión ahora. Koufax se quitó la gorra y pasó los dedos por su cabello negro, se colocó otra vez la gorra. Krug la debe sentir también, se salió del cajón de bateo, se quitó el casco, se lo volvió a poner, y regresa al plato. Tracewski se carga a su derecha para cubrir la mitad del campo. Kennedy juega profundo para cuidar la raya. Ahí viene el envío en cuenta de 0 y 2: recta afuera, bola uno. Krug empezó a hacerle swing pero se aguantó, y Torborg mantuvo la pelota alta en el aire tratando de convencer a Vargo, pero Eddy dijo, “No señor”. Una y dos la cuenta en Chris Krug. Son las 9:41 p.m. del 9 de septiembre. Ahí viene el envío, curva bateada de foul hacia el lado izquierdo del plato. La defensiva de los Dodgers en este momento de alta tensión: Sandy Koufax y Jeff Torborg, los muchachos que tratarán de parar cualquier cosa bateada hacia ellos: Wes Parker, Dick Tracewski, Maury Wills y John Kennedy, en los jardines están Lou Johnson, Willie Davis y Ron Fairly. Hay 29000 personas en el estadio y un millón de mariposas; pagaron 29139. Koufax ejecuta el windup, lanza una recta que es bateada de foul hacia atrás. En el dugout de los Dodgers Al Ferrara se levanta y camina cerca del pasillo y comienza a quejarse de ser un compañero y tener que estar sentado en el dugout y tener que mirar. Sandy detrás de la goma de lanzar, ahora hace contacto. Todos los muchachos del bull pen es estiran para tener un mejor ángulo a través de la cerca de alambre del jardín izquierdo. Una y dos, la cuenta para Chris Krug. Koufax junta los pies, hace el windup, viene el envío: bola a fuera, bola dos. (El público abuchea). Muchas personas en el estadio empiezan a ver los pitcheos con sus corazones. El envío estuvo afuera. Torborg trató de halarlo hacia el plato, pero Vargo, un árbitro experimentado, estaba atento. Dos y dos la cuenta para Chris Krug. Sandy lee las señas. Hace el windup viene el envío: recta ¡lo ponchó tirándole! Koufax ha ponchado doce. Está a dos outs de un juego perfecto. Aquí viene Joe Amalfitano de emergente por Don Kessinger. Amalfitano es del sur de California, de San Pedro. Fue un muchacho de bono original con los Gigantes. Joey ha estado presente, y como lo mencionamos antes, ha ayudado a vencer a los Dodgers dos veces. Prevenido al bate está Harvey Kuenn. Kennedy juega pegado a la almohadilla de tercera. La recta cae en strike: 0 y 1 con un out en el noveno inning, 1 a 0 ganan los Dodgers. Sandy hace el windup, lanza una curva y sale un foul, 0 y 2, y Amalfitano se va lejos, se sacude un poco y hace un swing. Y Koufax, con un a pelota nueva, lanza un vistazo a su cinturón y camina detrás del montículo. Me parece que el montículo de Dodger Stadium es justo ahora el lugar más solitario del mundo. Sandy busca la seña; Amalfitano en cuenta de 0 y 2. Recta, ¡strike tirándole, strike tres! Está a un out de la tierra prometida, y Harvey Kuenn viene a batear. Harvey Kuenn batea por Bob Hendley. El reloj de la pizarrra marca las 9:44, la fecha, 9 de septiembre de 1965. Y Koufax se dispone a trabajar al veterano Harvey Kuenn. Sandy hace el windup, viene el pitcheo: recta en strike. Por cierto ha ponchado cinco bateadores seguidos, y esto ha pasado desapercibido. Sandy está listo, el lanzamiento es alto y se le cayó la gorra. Se notó que forzó el lanzamiento. Fue sólo la segunda vez esta noche en que tuve la sospecha de que Koufax tiró en vez de lanzar, trataba de ponerle ese extra, esta vez trató con tanta fuerza que se le cayó la gorra. Tomó una zancada demasiado larga hacia el plato, y Torborg tuvo que levantarse para tomar el envío. La cuenta en una y uno para Harvey Kuenn. Ahí viene de nuevo, recta alta, bola dos. No se puede criticar al hombre por tratar de ponerle un poco más en este momento. Sandy se va unos pasos detrás del montículo, seca su frente, se pasa el índice izquierdo por la frente, se lo seca en el lado izquierdo del pantalón. Mientras tanto, Kuenn espera. Sandy busca las señas. Hace el windup en cuenta de 2 y 1: strike tirándole. Son las 9:46 p.m. Dos y dos la cuenta para Kuenn. Estamos a un strike de la gloria. Sandy hace el windup. Aquí viene el pitcheo: ¡strike tirándole, es un juego perfecto! (Largo paréntesis por la algarabía de la multitud) En la pizarra del jardín derecho son las 9:46 p.m. en la ciudad de los angeles, Los Angeles, California, y una multitud de 29139 sentada para ver al único pitcher en la historia del béisbol que ha lanzado cuatro juegos sin hits ni carreras. Lo ha hecho en cuatro años seguidos, y ahora coronó con broche de oro: su cuarto no-hitter es un juego perfecto. Y Sandy Koufax, cuyo nombre siempre hará recordar a los ponches, lo hizo con esplendor. Ponchó los últimos seis bateadores seguidos. Cuando el escriba su nombre con letras mayúsculas en el libro de records, la “K” significará más que el “O-U-F-A-X.” Traducción: Alfonso L. Tusa C.

martes, 13 de mayo de 2014

Mamá, una figura central en la muy unida famila de Mike Napoli

Ian Browne. MLB.com. 09-05-2014. Si se quiere un ejemplo ilustrado de cuanto significa la madre de Mike Napoli para él, solo hay que ver su brazo izquierdo. Allí se encontrará una imagen de la firma autógrafa de su mamá y una gran rosa sobre ella. El tatuaje es un claro tributo a Donna Rose Torres, la persona que él siente con facilidad como la más influyente en su vida. "Es una relación fuerte, desde que era un niño pequeño", dijo Napoli. "Mi mamá tenía dos trabajos para asegurarse de que yo tuviera todo, mi hermano y yo. Ella siempre estaba pendiente de que llegara a las prácticas a tiempo. De que tuviese los implementos adecuados. Hay una gran conexión entre mi mamá y yo" Y aunque Napoli tiene 32 años de edad, y un anillo de Serie Mundial, todavía aprecia la presencia de su mamá tanto como cuando lo llevaba a las prácticas de las pequeñas ligas. Cuando los Medias Rojas jueguen ante los Rangers en Texas, este día de las madres, Torres estará en las tribunas animando a su hijo. Los beisbolistas siempre juegan en el día de las madres, y Torres viaja hacia donde Napoli esté ese año. Mientras los Medias Rojas avanzaban en su recorrido por Tampa Bay, Detroit y San Luis en la gloriosa postemporada del año pasado, Donna y su esposo, Rick (el padrastro de Napoli), estaban siempre presentes. "Todavía somos muy íntimos", dijo Napoli. "Ella es una dama maravillosa. Es buena con todos, sin importar quien seas. Ella es sorprendente. La observaba cuando era pequeño y veía cuan duro trabajaba para asegurar que todo marchara bien para nosotros. Hay un lazo muy fuerte entre ella y yo que nunca desaparecerá". A Donna le gustó mucho el tributo del tatuaje, pero no pudo evitar echarle broma a su hijo. "Ahora le echo broma porque hay tantas otras cosas alrededor de eso, y le digo, 'Ahora eso es camuflaje", dijo Torres. "Fue como decirle '¿Que te pasa?'" Se puede tener una idea del tipo de calidez que Torres crea para su familia por las fotografías del tiempo compartido en Navidad, cuando la cara de alguien esta cubierta de harina debido a la rebeldía que ocurre durante la preparación de las galletas. "Cada año, cuando el viene a casa para las fiestas, hay cinco niños, y hacemos una horneada de galletas navideñas en casa, y eso es más que una competencia", dijo Torres. "Deberían verlo con la batidora a la altura de los codos. Nadie se le puede acercar. Antes de que las galletas estén listas, hay una batalla de harina en mi casa". "Ese es el tipo de familia que somos. Nos divertimos mucho. Todos los cinco son muy cercanos. Somos una familia muy unida. Hacemos muchas cosas tradicionales y divertidas. Mike es muy bueno. Se ha ocupado de todos. Es un sueño hecho realidad". El hecho de que Napoli todavía es soltero ha permitido que su madre se ocupe de él de la misma forma que lo hizo hace muchos años. Cuando el primera base compró recientemente una casa en Boston, su madre la arregló totalmente para él. "A ella le gusta mucho venir a Boston", dijo Napoli. "Ella arregló toda mi casa. La dejé diseñar todo. Ella adora todo eso.Hace lo que sea por sus niños. No solo por mí, también lo hace por mi hermano y hermana. Cada vez que necesitamos algo, ella se dobla hacia atrás y hace cualquier cosa. Aun cuando tiene algo importante por hacer, lo deja todo y hace cualquier cosa por nosotros. Es una gran mujer". El único momento cuando Napoli se molesta con su mamá es cuando ella quiere regresar a su hogar en Florida luego de visitar a su hijo en Boston. "Cada vez que nos vamos, es divertido, porque el dirá. 'No se quieren quedar otro par de días?' Siempre un par de días más", dijo Torres. "Me gusta eso. Nos quedamos en su casa. Me levanto y el se va, le hago su cama y mi esposo le cocina desayuno.Tenemos un lazo muy firme. Somos muy cercanos". Un residente de Florida de toda la vida, Mike Napoli no puede esperar para tener a su mamá y el resto de la familia y pasar juntos la Navidad de este año en Boston. "Nunca hemos tenido una Navidad blanca", dijo Napoli. Torres rie con su hijo sobre como la vida puede cambiar una vez que el se estabilice y se case. "Siempre me juego con él sobre que no estoy apurada en que se case. Es solo un juego. Claro que quiero una nuera y nietos algún día cuando él esté listo", dijo Torres. "Ahorita no está listo. Siempre bromeo con él, le digo, 'Estaré en ese puesto número 1 tanto tiempo como pueda'". Recientemente, Napoli compró un vistoso carro, y no pudo esperar para compartir la noticia con su mamá. "Me envió un mensaje con una fotografía de su nuevo carro. Y este es verdaderamente el mejor carro que ha tenido", dijo Torres. "Michael no es el tipo de jugador que sale y compra esta casa y esa casa, todos estos carros. Ha tenido el mismo vehículo desde que fue llamado a las mayores. Finalmente se premió con un buen carro, y me envió una foto del carro. Le dije, 'Sabes que Mike, te lo mereces por trabajar duro con dedicación, estoy muy feliz por tí'". Cuando Mike Napoli se dejó crecer la barba de todas las barbas la temporada pasada, una que creció más larga y se hizo más querida por los aficionados con cada victoria de los Medias Rojas en octubre, su madre tuvo la reacción que era de esperarse. Al principio, solía meterme con él", dijo Torres. "Y le decía, '¿Por qué estás cubriendo esa cara que yo hice?' Todos se metían con él por eso. Él dijo, 'Mientras más se metan conmigo, más me la dejaré crecer', entonces se hizo parte de él". "¿Honestamente me gusta? No, preferiría verlo afeitado. Pero se ha convertido en parte de él, me acostumbré a eso. Mi papá, el abuelo de Mike, siempre me dice, 'Dile que se afeite'. Le respondo, 'Papá no va a ocurrir. Olvídalo'". Pero Napoli nunca olvida el impacto de su madre en su vida. La gente dice, 'Fuiste bien criado'", dijo Napoli. "Voy directo al grano, 'Eso es por mi mamá'. Mi mamá fue la que me mostró el camino, me mostró como ser la persona que soy hoy. Ella es especial para mí". Traducción: Alfonso L. Tusa C.