miércoles, 18 de febrero de 2015
Prevenido por los Yanquis, de Corea del Sur, Rob Refsnyder
David Waldstein. The New York Times. 05-02-2015.
Un tortuoso camino hasta los Yanquis.
Tampa, Fla. – Al final de aquellas exhibiciones de beisbol en Orange County, Calif., el formato siempre era el mismo. Pocos entrenadores y niños asistentes del día se conocían. El director se paraba frente a los jugadores y mencionaba los nombres de quienes habían destacado ese día: el mejor guante, el mejor brazo, el mejor bateador.
El nombre Robert Refsnyder era mencionado frecuentemente, y mientras el muchacho nacido en Corea se levantaba para recibir su premio, la gente lo miraba confundida. La cara no correspondía con el apellido.
“Si, ese soy yo”, decía él, riendo consigo. “Soy Rob Refsnyder”.
En algún momento de este año, entrenamientos primaverales, inauguración o más adelante en la temporada regular, Refsnyder será presentado a los aficionados de los Yanquis por primera vez, y algunos de ellos podrían mirarlo con la misma confusión de los jugadores y entrenadores de aquellas exhibiciones californianas.
Refsnyder es uno de los mejores prospectos de los Yanquis, un bateador sobresaliente quien ha sido invitado a su primer entrenamiento primaveral de Grandes Ligas este mes y espera convertirse pronto en el segunda base regular del equipo. Él fue adoptado en Corea del Sur por padres con ancestro alemán e irlandés, así como su hermana mayor Elizabeth, quien fue una talentosa softbolista en la universidad.
Refsnyder fue seleccionado en la quinta vuelta del draft amateur de 2012, en la Universidad de Arizona, adoptado en este sentido, por los Yanquis. Avanzó rápido en la clasificación del sistema de ligas menores, bateó .297 con un porcentade de .389 con gente en base y alcanzó 508 bases totales en dos temporadas y media, y ahora es una esperanza para los aficionados que han estado aguardando porque el sistema de granjas de los Yanquis produzca al próximo Robinson Canó o Brett Gardner.
Pero también es importante, que con el progreso en su crecimiento el también pueda llevar inspiración a millones de niños adoptados y a los adultos. Refsnyder dice que siempre se ha sentido a gusto con su adopción, pero sabe que la vida puede ser exigente para algunas personas adoptadas, especialmente durante los años de la formación de la identidad en la adolescencia.
Los niños adoptados representan el 2 % de la población total menor de 18 años, pero el 11% de todos los adolescentes referidos a terapia han sido adoptados, de acuerdo al Congressional Coalition on Adoption Institute. Refsnyder señala que cada historia es diferente, hasta él y su hermana pueden tener sentimientos distintos sobre sus adopciones, y dice que ha pasado poco tiempo considerando sus circunstancias.
Pero durante la carrera universitaria de Refsnyder y su breve tiempo en las ligas menores, su historia de adopción se hizo pública, lo que llevó a muchos adoptados y padres adoptivos a buscarlo, en busca de consejos mediante cartas y correos electrónicos y para decirle de la inspiración que él significa para ellos.
Esa atención se podría intensificar si él tiene el tipo de éxito que él y los Yanquis esperan.
“No es algo que yo haya buscado”, dijo sobre dar charlas a los adoptados. “Pero soy feliz haciéndolo. Quiero que la gente sepa que está bien ser diferente, y voy a ser tan accesible como pueda en relación a este tema. Nunca he rehuído el tema, y si los niños quieren preguntarme de eso, les hablaré de eso. Podría hacer un chiste, pero nunca renegaré de ser un adoptado. Estoy orgulloso de mi familia. Represento el apellido Refsnyder”.
Refsnyder fue adoptado en 1991 cuando tenía poco más de 5 meses de edad. Nació en Seul, Corea del Sur, y recibió el nombre de Kim Jung-tae. Su familia no conoce la identidad de su madre biológica; ellos solo saben su edad y nivel educativo, y Refsnyder no tiene ningún resentimiento.
“Estoy seguro de que ella hizo lo que sintió que era lo mejor para mí, darme lñas mejores oportunidades en la vida”, dijo él. “Y me siento muy bendecido. Amo mi familia y haría lo que fuera por ellos, como ellos lo han hecho por mí”.
Su madre, Jane Refsnyder, puede recordar cada fecha del proceso de adopción con mucha nitidez. Como las mujeres embarazadas que llevan el control trimestral de las pruebas de ultrasonido y glucosa, los padres adoptivos tienen rutinas de visitas con trabajadores sociales, revisiones de antecedentes penales y entregas de declaraciones financieras. Algunas veces los sacrificios se hacen antes de conocer a los niños.
Despues de varios años de espera en vano por una adopción en su país, Jane y su esposo Clint Refsnyder, recurrieron a Holt International y fueron conectados con Rob el 26 de marzo de 1991. El 28 de junio, luego de un retraso agonizante tratando de asegurar su visa, consiguieron una cita en Los Angeles. A las 7:43 de la mañana, mientras esperaban en una cafetería de la planta baja del edificio, fueron estremecidos por el terremoto Sierra Madre, que fue medido 5.8 en la escvala de Richter.
Mientras los pedazos de techo caían a su alrededor, los Refsnyder evacuaron hacia la calle. Entonces Jane recordó que había dejado su maletín con los documentos de adopción en el restaurant. Ella le netregó a Elizabeth, quien tenía tres a.ños, a Clint, mientras todas las personas corrían en dirección opuesta, ella regresó adentro. “De ninguna manera iba a perder eso”, dijo ella.
Poco más de dos meses después, luego de un retraso de una semana debido a una enfermedad respiratoria, Rob llegó finalmente al Aeropuerto Internacional de Los Angeles el 5 de septiembre. Vino con el apodo coreano de Moose, por ser un bebé grande.
A medida que los niños iban creciendo, mostraban habilidades atléticas. Clint, quién por estatura había jugado como atacante en el equipo de baloncesto de Muhlenberg College, estimuló sus inclinaciones deportivas con juegos en el garaje y salidas anuales del día de Navidad para ver a los Lakers de Los Angeles en los días de Shaquille O’Neal y Kobe Bryant.
“Esos juegos siempre fueron de mis memorias más agradables•, recordó Rob.
Rob destacó en beisbol, baloncesto y futbol americano. En la secundaria Laguna Hills High School fue nombrado jugador del año en su conferencia. Su entrenador le pidió jugar como quarterback por primera vez al año siguiente, y el equipo se mantuvo invicto toda la temporada y ganaron el campeonato estadal.
Fue en el escenario deportivo que él empezó a oir ocasionales expresiones despectivas, principalmente de los fanáticos pero algunas veces de los oponentes. Sus padres no le permitieron jugar futbol americano hasta que tuvo 13 años, y ese año, luego que un muchacho lo tumbara de una patada, le gritó a Rob, “¿Por qué no regresas al sitio de donde eres?”, Rob le replicó, “¿Por qué no lo haces tú?”
Otros comentarios fueron más inocentes. Cuando tenía 16 años, Rob se ganó un puesto en el equipo olímpico junior de Estados Unidos que viajó a Venezuela para un torneo, su padre se reunió con él allá. Los niños locales, luego de ver a Refsnyder, se preguntaban porqué él no estaba con el equipo japonés. Eso lo divirtió, pero dijo que ese viaje le cambió la vida por otras razones.
“A esa edad, no te importan mucho las otras personas”, dijo. “Los niños de Orange County, Calif., son tal vez algo egoístas y malcriados. En ese viaje vi la pobreza real, niños con un solo par de zapatos y cosas como esa. Eso me cambio para siempre”.
Cuando llegó a la universidad y aumentó la importancia de los juegos, se intensificaron las burlas desde la tribuna. La gente hacía chistes racistas, dijo él, y comentarios malintencionados sobre su adopción. Algunos causaban risas. Otros no.
“Decían cosas terribles, cosas dolorosas”, dijo él. “Observaciones rudas sobre mi raza y la raza de mis padres, decían que la adopción no está bien. Ellos eran ignorantes tratando de meterse en mi mente”.
Refsnyder dijo que nunca se había sentado a conversar con sus padres sobre la adopción, ni sentía que lo necesitaba. No se dio cuenta de que era adoptado, hasta que a los 5 o 6 años, le preguntó a su hermana porque ellos lucían diferentes a sus padres. Su respuesta fue, “Porque somos adoptados”.
Él dijo, “Desde entonces, lo acepté totalmente”.
Aunque las leyes recientes y las tendencias han causado un decrecimiento en las adopciones internacionales, Corea del Sur tiene el programa de adopción internacional más viejo y envió más niños fuera de sus fronteras que cualquier otro país, más de 150.000, desde 1953 hasta 2006, de acuerdo al ministerio coreano de salud y calidad de vida. Más de 104.000 fueron adoptados por ciudadanos norteamericanos.
En los años recientes, el gobierno surcoreano ha tomado medidas para reducir el número de adopciones y mantener juntas a las familias biológicas. En 1991, la de Refsnyder fue una de aproximadamente 1800 adopciones desde Corea del Sur hasta Estados Unidos, por debajo de un tope de más de 6000 en 1986, dos años antes de que Elizabeth Refsnyder fuese adoptada. En 2013, el número fue 138.
En Orange County, donde los Refsnyder aún viven, hay muchas familias de ascendencia coreana. En innumerables ocasiones, algunas de esas personas le han dichoa los Refsnyder que gesto tan hermoso habían hecho ellos al adoptar dos niños, y cuan afortunados eran los niños de tener unos padres tan cariñosos y comprometidos.
“Siempre decimos que somos los afortunados”, dijo Clint Refsnyder. “Mi esposa y yo somos muy afortunados de tener dos niños tan maravillosos”.
Algunas veces, dijo Refsnyder, su madre le pregunta si le gustaría encontrar a su madre biológica. La respuesta de Rob es típica de la manera como asimila el tema en general. “Lo siento mamá, estás repetida con eso”. Un día, el dijo, él espera hacer un viaje a Corea del Sur con la familia.
Recientemente, jane recordó el día cuando Rob estaba en secundaria y cautelosamente le preguntó si heriría sus sentimientos si decidía que quería buscara su madre biológica.
“Oh, Robert”, dijo ella que le dijo. “Iré hasta el fin del mundo contigo. Y si alguna vez la encontramos, seré la primera en abrazarla y agradecerle por el gran regalo que nos dio”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
sábado, 31 de enero de 2015
Bill Monbouquette escribe un gran final
El pitcher leyenda de los Medias Rojas fallece a los 78 años
Martes, 27 de enero de 2015.
Steve Buckley
Phoenix.- Durante los próximos días estarás leyendo muchas historias interesantes e importantes del antíguo pitcher de los Medias Rojas Bill Monbouquette, quién falleció este domingo 25 de enero luego de una larga batalla con la leucemia.
Leerás del papel que él jugó en la historia de las relaciones raciales en Boston. Por 1959, cuando Elijah “Pumpsie” Green emergió como el primer jugador afroamericano en la historia de los Medias Rojas de Boston y rápidamente fue ofendido por uno de sus propios coaches, fue Monbo quien agarró al coach y dijo que dejara de hacer eso.
Leerás de cómo él lanzó un juego sin hits ni carreras para los Medias Rojas en 1962, y como, en 1963, fue un ganador de 20 juegos.
Leerás de su carrera posterior como coach de pitcheo, y como, mientras trabajaba con los Azulejos de Toronto en las ligas menores hacia finales de los ’80, le enseñó a un muchacho alto y espigado de Texas como lanzar la sinker. El muchacho era Mike Timlin, quién lanzaría por 18 temporadas en las Grandes Ligas, incluyendo los equipos de los Medias Rojas ganadores de la Serie Mundial en 2004 y 2007.
Pero con tus bendiciones, me gustaría cambiar el guión un poco. En vez de contarte historias de beisbol, me gustaría decirte una historia de amor. Y sigue leyendo porque es una buena.
Comenzamos en 1955 o cerca de este. Bil Monbouquette era un super atleta en Medford High School, principalmente en beisbol pero también en hockey. Él era alto, bien parecido, iba a todos lados y le gustaba una muchacha llamada Josephine Ritchie, quien vivía dos casas más a bajo de la de él en Eliot Street.
Ella ni siquiera pensó en la propuesta.
Ella lo rechazó y lo dejó frio.
Monbouquette se graduó en la secundaria, firmó con los Medias Rojas, y en tres años estaba lanzando en las Grandes Ligas. Jugó 11 años en las Grandes Ligas (estuvo con los Medias Rojas desde 1958 hasta 1965), y después desarrolló una larga y exitosa carrera como coach de pitcheo.
En 1995, Bill Monbouquette, un hombre divorciado, soltero, asistió a su reunión número 40 de la secundaria. Se tropezó con su compañero de clase Charlie Pagliarulo, padre del antíguo grandeliga, el tercera base Mike Pagliarulo, y los dos hombres empezaron a revisar un viejo anuario de Medford High.
Cuando llegaron a la página donde estaba la fotografía de Josephine Ritchie, Monbouquette la señaló y dijo, “Le pedí que saliéramos y ella dijo no”.
“Bien, ella está aquí esta noche”, dijo Pagliarulo. “Y está soltera”.
De seguro habrás imaginado hacia donde estamos apuntando con esta historia de amor. El viejo Monbo se acercó a Josephine y dijo, “Probablemente no recuerdes quién soy”, a lo cual ella replicó, “Oh, sé exactamente quién eres”.
Fue el inicio de una relación de casi 20 años, incluyendo su casamiento en 2005. Si los llegabas a conocer, te dabas cuenta de que eran, amigos, y tan totalmente enamorados que pensarías que eran un par de colegiales.
Lo cual conduce a la pregunta obvia: ¿Por qué Josephine no quiso aceptar aquella cita de Monbo cuando ellos eran realmente colegiales?
“Porque él era el beisbolista superestrella y no pensaba que tendría tiempo para mí”, me dijo Josephine ayer, solo una hora antes de salir para hacer los arreglos del funeral de Monbo. “Recuerdo haberle dicho, ‘Todo es beisbol para ti. Eso es todo lo que te importa’”.
¿Reconsideró ella la propuesta?
“No”, dijo ella, riendo un poco y entonces agregó esto: “Todo lo que me importaba era ir a los bailes. Me preocupaba que el tuviese algún juego de beisbol y no me llevara”.
“Pero las cosas ocurren por una razón”, dijo ella. “No me lamento de cómo ocurrieron los acontecimientos. Él tuvo su vida, y yo la mía. Y luego nos juntamos y resultó que él fue lo mejor que me haya pasado, y yo lo mejor que le hubiese ocurrido a él”.
“Él era el hombre más dulce y agradable”, dijo ella. “¿Sabes de la historia cuando Pumpsie Green llegó a los Medias Rojas? Cuando supe de eso y de lo que hizo Bill, no me sorprendí ni un poquito. Bill se había mudado a West Medford, teníamos muchos vecinos negros. Y no era este niño negro o aquel niño negro, era Johnny o Harry, o lo que fuera. Y más adelante, para Bill, fue Pumpsie”.
“Yo amaba mucho a Bill”, dijo ella. “Él salvó mi vida”.
Ella lo dice en muchos sentidos: Cuando Josephine sufrió un aneurisma hace unos años, fue Monbo quien la llevó al hospital a tiempo.
La semana pasada, fue Josephine quien llevó a Bill al Brigham and Woman’s Hospital.
Él empezó a susurrar algo. Josephine se inclinó para acercarse.
“Jo, te amo”, dijo él, y esas fueron sus últimas palabras.
Un final hermoso por Monbo, pero no sorprendente.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
miércoles, 28 de enero de 2015
Monbouquette impresionó.
Gordon Estes. ESPNBoston.com. 27-01-2015
Boston- La primera vez que escribí sobre Bill Monbouquette tenía 9 años.
Era el primer dia de clases en el quinto grado de la señora Patch en Lunenburg, Massachusetts, y la tarea que ordenó fue la eterna favorita, Como pasé mi vacación de verano. Con el beneficio de la perspectiva, sería fácil suponer que ese día marcó el inicio de una vida que se desarrollaría en los palcos de prensa del beisbol. Pero en aquel momento, la asignación era una invitación irresistible para revivir el momento más grande en la existencia ordinaria de un niño de un pequeño pueblo. El día que mi padre se deslizó detrás del volante de su viejo Dodge, me mantuvo en el asiento trasero, honestamente no recuerdo si mi hermano mayor fue con nosotros, y manejó 45 millas para llevarme a Fenway Park por primera vez.
Nunca me he olvidado de dos cosas de aquel día. Una fue subir la rampa de la tribuna y ver por primera vez aquel panorama de verde imposible. La segunda fue que Bill Monbouquette lanzó por los Medias Rojas y ganó.
No estoy seguro si para ese momento yo sabía que cuando él tenía 24 años, Monbo había ponchado 17 Tigres de Detroit, para romper la marca de 50 años del equipo fijada por Smoky Joe Wood, y habría igualado la marca de más ponches en Grandes Ligas de Bob Feller si Jim Pagliaroni hubiera agarrado un foul tip, o que el año siguiente el lanzaría sin hits ni carreras contra los Medias Blancas. La devoción de la maestría en el catecismo de los Medias Rojas vendría tres años después, inspirado por un Sueño Imposible.
Pero yo estaba al tanto de que Monbo era un pitcher muy bueno en medio de equipos muy malos de los Medias Rojas, y en una sola noche de mediados de verano, él se sumergió permanentemente en la memoria de un niño.
Pasarían muchos años antes que yo tuviera la ocasión de hablar con Monbouquette como reportero del Boston Globe. Fue unos meses antes de su cumpleaños 70. Luego de una carrera posterior a la de jugador en la cual trabajó como scout, coach de pitcheo y manager en las organizaciones de los Azulejos, Mets, Yanquis y Tigres, Monbo había anunciado su retiro. Había estado para mí en el comienzo; ahora tenía la oportunidad de escribir el epílogo de su vida beisbolera.
Felizmente, descubrí que no solo como jugador sino también como hombre, Monbouquette había tenído bien merecida aquella inversión inicial. Él era primero que todo, uno de los nuestros, nacido y criado en Medford, Massachusetts, y de 18 años cuando los Medias Rojas lo firmaron. Aquella primera tarde, en 1956, el trabajó en Fenway antes del juego, luego fue a la tribuna donde sus padres, Catherine y Frederick, estaban sentados escuchando las palabras altisonantes de un par de borrachos. Al llegar, el adolescente le pidió a los borrachos que bajaran el volumen.
“Ellos me dijeron que me fuera de viaje a tu sabes donde”, recordó él.
Gran error. “Miré a mi padre”, dijo Monbouquette, “y él sonrió”.
Frederick Monbouquette fue un antíguo boxeador, y él y su hijo castigaron tan fuerte a los beodos que la policía apareció, y los Monbouquette fueron llevados a una celda debajo de la tribuna.
“El policía grande irlandés de allá abajo tenía tiempo diciendo mi nombre”, recordó Monbouquette. “Le dije que necesitaba hacer una llamada telefónica, y llamé a Johnny Murphy, el director del sistema de granjas”.
Los Medias Rojas notaron rápidamente que Monbouquette, no se echaba para atrás, ni aguantaba bobadas. En su debut en Grandes Ligas, tumbó a Billy Martin después que el segunda base de los Yanquis se había robado el plato en su turno anterior. Martin salió con elevadito, luego se encaminó al montículo. “Mi guante colgaba suelto, pero tenía mi puño apretado”, dijo Monbo, “Martin me dijo, ‘Me parece que me debías esa, novato’ y siguió caminando.
Monbouquette no tenía miedo de enfrentar hasta su propio manager si pensaba que estaba fuera de lugar. Pumpsie Green, el primer afroamericano que jugó para los Medias Rojas, cuenta la historia del manager Del Baker emitiendo epítetos raciales en una diatriba contra un pelotero rival, Green piensa que hablaba de Minnie Miñoso, el gran jardinero cubano, bien cerca de Green. Monbouquette, quién había crecido en la que era considerada la sección negra de Medford, tomó el asunto en sus manos.
“Del Baker era el manager, y estaba usando la palabra nigger”, dijo Monbouquette. “Le dije, ‘No quiero oírte decir eso, o te voy a tumbar de un puñetazo’. Se lo dije, y él sabía que lo llevaría a cabo”.
Monbo ganó 20 juegos para los Medias Rojas en 1963, lo que hoy lo haría rico, mucho más allá de sus sueños. Entonces, Monbo estaba a solo dos años de ser removido de un trabajo entre temporadas como asistente en la oficina de boletos de los Medias Rojas. En 1965, él perdió 18 juegos (con una respetable efectividad de 3.70) y fue cambiado a los Tigres.
En 1967, el año cuando los Medias Rojas ganaron el banderín, Monbo fue despedido por los Tigres, entonces terminó la temporada con un mediocre equipo de los Yanquis. Lanzaría un año más.
“Siempre lamento”, dijo, que los Medias Rojas nunca encontraron un lugar para él en su organización. El aguijón de ese rechazo fue aliviado un poco cuando el directivo de los Medias Rojas, Tom Werner, llamó después que los Medias Rojas ganaron la Serie Mundial de 2004 y preguntó por la talla de anillo de Monbo; los Medias Rojas le dieron un anillo de la Serie. “Un gesto de mucha clase”, dijo.
Monbo entrenaba regularmente en el gimnasio de Tufts University, fue a los juegos en el palco Fenway Legends, y por varios años entretuvo en los campamentos de fantasía de los Medias Rojas con historias como las que me contó sobre su juego sin hits ni carreras.
“Lo que recuerdo de eso es que pienso que no había ganado un juego en un mes”, dijo él. “Salimos en el avión desde Boston, y estaba sentado haciendo un crucigrama. Vino una aeromoza y dijo, ‘¿Cómo se siente?’, le respondí tengo dificultades con este crucigrama’. Ella me preguntó que posición jugaba y le dije que también estaba teniendo dificultades con eso. Ella dijo, ‘Ya vas a ver que vas a lanzar un no hit no run esta noche’, y se fue”.
El último bateador de los Medias Blancas esa noche fue Luis Aparicio, el shortstop del Salón de la Fama. Monbo le lanzó una slider afuera con dos strikes. Aparicio la siguió, y aguantó el swing. El árbitro principal, Bill McKinley, cantó bola.
“Lo próximo que oí, fue que alguien gritó desde la tribuna, ‘Mandaron al McKinley equivocado’”, dijo Monbouquette, quién hubo de salirse del montículo para aguantar la risa. “Le lancé otra slider, y él falló. Fue una de las mayores emociones de mi vida”.
La tarde de este lunes 26 de enero de 2015, los Medias Rojas anunciaron que Bill Monbouquette se había ido. Había fallecido el dia anterior a los 78 años de edad, debido a complicaciones con la leucemia. Por muchos años después de su diagnóstico original, Monbo, batalló esa enfermedad sin cuartel, y le daba ánimo a los otros envueltos en la misma batalla.
El libro de records dice que él ganó dos juegos más de los que perdió en su carrera de Grandes Ligas (114-112), nada fuera de lo común.
Traten de explicarle eso a un niño de 9 años.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
martes, 27 de enero de 2015
Ernie Banks (Mr. Cub): Una vida milagrosa.
Phil Rogers. 24-01-2015
Su historia es como un guión cinematográfico construido alrededor de un momento inesperado, una oportunidad que para él fue más fácil de ejecutar que de explicar. Tal vez fue por eso que Ernie Banks tuvo dificultades para creerlo aun cuando lo había vivido.
"Mi vida es como un milagro", dijo Banks hace unos años.
Un shortstop con poder al bate, adelantado a su tiempo, ganó el premio al jugador más valioso en las temporadas de 1958 y 1959, con lo cual remató su lugar indiscutible como el jugador más grande en la historia de los Cachorros de Chicago.
Banks murió a los 83 años este viernes 23 de enero, nunca vio a su equipo ganar un campeonato. Pero es necio lamentarse por algo tan superficial. Su legado más grande es el que dejó junto a las Estrellas de la Liga Nacional que continuaron detrás de Jackie Robinson la integración del beisbol, será recordado por como siempre usó con orgullo, dignidad e incansable entusiasmo, el título de Mr. Cub.
Nunca buscó tal aclamación.
Banks, quién creció en Dallas, me dijo una vez que se divertía tanto mientras viajaba en autobús con los Monarcas de Kansas City que no se alegró cuando el dueño Tom Baird lo vendió a él y al pitcher Bill Dickey a los Cachorros por 20000 $ en septiembre de 1953.
Si Banks hubiese controlado su futuro, el pudo haberse quedado con los Monarcas antes que romper la barrera racial en los Cachorros de Chicago. “En realidad no quería venir”, dijo Banks. “Me puedes creer eso?”
Cuando Banks se puso uno de los uniformes blancos de los Cachorros, bateó el primer lanzamiento que vio en la práctica de bateo sobre la pared cubierta de hiedra. Fue como si la hubiese puesto con la mano, en las palabras del historiador Ken Burns, “la suerte de condimento de los Cachorros de Chicago, amados por todos, abrazados por todos.”
Las cosas nunca fueron tan fáciles como Banks las hizo ver, desde ese primer batazo. “Me paré en la jaula de bateo”, dijo Banks. “Me lanzaron la pelota, bum, la saqué del parque…¿Eso es todo lo que hay?”
Banks recordó haber pensado en esa canción de Peggy Lee en su primer día en Wrigley Field.
“¿Eso es todo lo que hay, amigo? Sigamos bailando”, él cantaba mientras hablábamos. “Mirar hacia las gradas, cuan cercanas estaban, no había luces en Fenway, sin mucha gente en las tribunas. Era raro estar ahí, para mí. El manager Phil Cavaretta llegó, dijo, ‘Bienvenido al equipo’ y todo eso. Eso me impactó. Estaba completamente perdido. Así había sido mi vida”.
Banks y los otros pioneros del beisbol pagaron, de muchas maneras, por las oportunidades que recibieron.
“No tenemos ideas de cuan difícil fue”, dijo el comisionado Bud Selig.
Como cualquiera en la historia del beisbol, Banks lidió con los golpes. Él tenía 22 años cuando llegó a Wrigley Field y jugó 19 temporadas ahí. Bateó .274, 512 jonrones, y jugó en 14 Juegos de Estrellas durante su carrera, siempre viviendo lejos de sus compañeros blancos debido a las reglas de alojamiento de Chicago.
Banks había recogido algodón cuando muchacho, ayudaba a su familia empleándose como recolector para los granjeros de Dallas. El cree que por eso desarrolló las manos fuertes y rápidas que usó para crear su nicho en el beisbol.
“Mi bateo siempre fue el mismo”, dijo Banks. “Yo recogía algodón. No se si sabes algo de esto. Yo recogía algodón cuando era muy joven. Mi papa solía llevarme a los algodonales, me decía que recogiera algodón. Eso me enseñó como usar mis manos. Me enseñó a agarrar. Cuando empecé a jugar beisbol tenía las manos rápidas naturales. Esa era mi ventaja adicional, mi pequeño diferencia sobre cualquier otro. Tenía manos rápidas. Podía esperar hasta el último minuto y batear la pelota. Nadie lo podía entender. Pero yo tenía esas manos rápidas, las cuales había desarrollado recogiendo algodón”.
Cuando los Cachorros se hicieron competitivos hacia finales de los años ’60 dirigidos por Leo Durocher, Banks y su amigo inquilino del Salón de la Fama Billy Williams vivían en South Side. Chicago fue escenario de disturbios raciales en 1966, ’67 y ’68, y los promotores siempre trataban de llevar a Banks a las manifestaciones de una manera u otra. El evitaba involucrarse directamente, prefería mostrarse en el estadio con una buena actitud cada día.
“Bien, les decía él, ‘No tengo tiempo para marchar pero contribuyo voluntariamente”, decía el amigo inquilino del Salón de la Fama, Monte Irvin, quién jugó junto a Banks en los Cachorros de 1956. “ ‘Trato de jugar buen beisbol para contribuir de esa manera. Para darle a los niños un ejemplo a seguir, y así los aficionados vengan al estadio complacidos’. Eso es lo que él pensaba. Pienso que esa es una muy buena actitud”.
Banks fue un favorito de los aficionados de todos los colores debido a su personalidad y destreza.
“Trataba de firmarle autógrafos a todos los niños”, dijo Banks. “Porque pensaba que un día podría tener que pedirle trabajo a uno de esos niños”.
Banks rechazaba involucrarse en confrontaciones, aún con Durocher, quien tenía fama de naturaleza abrasiva. No había amor entre esos dos, debido a que, cuando Durocher asumió como manager de los Cachorros en 1966, sintió que Banks estaba acabado.
Las lesiones en las rodillas habían forzado a Banks a mudarse desde el shortstop hasta la primera base en 1962, luego de un infructuoso ensayo en el jardín izquierdo. Durocher, quién estaba celosos de la popularidad de Banks, buscaba en Lee Thomas, John Boccabella, John Herrnstein, Clarence Jones y otros a posibles reemplazos, pero cada año Banks demostraba que pertenecía al medio de la alineación. Él bateó 23 jonrones y empujó 106 carreras a la edad de 38 años en 1969, cuando los Mets de Gil Hodges rebasaron a los Cachorros, y en el proceso rompieron los corazones de millones de personas en Chicago, incluyendo a Banks.
Cada vez que Durocher sacaba a Banks de la alineación, el ícono de la franquicia se sentaba al lado del manager en el dugout.
“Cuando alguien resentía de mí, yo no le gustaba, y ese era el caso con Leo, yo lo trataba con deferencia”, dijo Banks. “En la banca, siempre me sentaba a su lado, en el avión me sentaba a su lado, en el dugout me sentaba a su lado. Él siempre estaba mirando alrededor y me veía…Cuando prendes fuego en mis talones, eso me hace ser mejor”.
Banks, por supuesto, era conocido por “Let’s play two” y otras frases llamativas que salían de su lengua. Él fue muy conversador toda su vida, Irvin recuerda a Pee Wee Reese diciendo que los Cachorros nunca ganaban porque Banks “ hablaba todo el tiempo”, pero raramente hablaba de las dificultades que enfrentó en la vida.
Como Henry Aaron, como Willie Mays, como Robinson, él simplemente se sobre puso a ellas.
Phil Rogers es colaborador de Sports on Earth y columnist de MLB.com. Previamente escribió para el Chicago Tribune y el Dallas Morning News.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
miércoles, 10 de diciembre de 2014
Al final de la maldición del Bambino Ruth, una bendición: Los Medias Rojas de 2004, deportistas del Año.
Tom Verducci. 31-10-2014.
Los Medias Rojas efectuaron la remontada más improbable de la historia del beisbol y liberaron a su largamente sufrida nación de aficionados
En honor al aniversario 60 de Sports Illustrated, Si.com esta reeditando en su totalidad, 60 de las mejores publicadas en la revista. La selección de hoy es "Deportistas del Año", la conmovedora historia de Tom Verducci sobre los Medias Rojas de Boston de 2004 y su impacto en toda una nación.
El cáncer habría matado a la mayoría de los hombres hace mucho tiempo, pero no a George Sumner. El nativo de Waltham, Mass., había servido tres años a bordo del USS Arkansas en la segunda guerra mundial, criado a seis hijos con mucho más amor que el dinero proveniente de reparar estufas, y veia desde su silla de cuero favorita frente al televisor, excepto las pocas veces que tuvo el dinero para comprar entradas para las gradas de Fenway, a sus Medias Rojas, quienes habían encontrado la manera de no ganar la Serie Mundial en cada uno de sus 79 años de vida. George Sumner sabía algo sobre la persistencia.
Los médicos y su familia pensaron que habían perdido a George la última Navidad, más de dos años después del diagnóstico. De alguna manera George sobrevivió. Y pronto, aunque todavía enfermo y afectado por la quimioterapia, la radiación y los viajes de ida y vuelta a los hospitales por semanas contínuas. George tenía aliento para decir, "Me parece que con Pedro y Schilling tenemos un cuerpo de lanzadores muy bueno este año. Por favor, espero que este si sea el año".
La noche del 13 de octubre de 2004, George Sumner que estaba perdiendo la persistencia. El televisor de su habitación en el Newton-Wellesley Hospital mostraba a Pedro Martínez y los Medias Rojas perdiendo ante los Yanquis de Nueva York en el segundo juego de la serie de campeonato de la Liga Americana, Boston había perdido el primer juego con Curt Schilling como abridor. Durante los cortes comerciales, Sumner hablaba con su hija Leah sobre que hacer con sus pertenencias personales. Solo unos pocos días antes, su esposa, Jeanne, le había dicho, "Si te molesta mucho el dolor, George, está bien si te quieres ir".
Pero Leah sabía cuanto quería George a los Medias Rojas, veía con cuanta atención él todavía seguía sus juegos y entendía que su padre siempre rápido con una sonrisa o un chiste, estaba motivado por algo.
"Papá, tu estás esperando a ver si ellos van a la Serie Mundial, ¿verdad?", dijo ella. "Quieres que ellos ganen la Serie ¿cierto?" Un brillo relumbró en los ojos del hombre enfermo y una sonrisa infló sus labios.
"No se lo digas a tu madre", susurró él.
En ese momento, a 30 millas de distancia en Weymouth, Mass., James Andrews se quejaba porque los Medias Rojas perdían otra vez pero encontró cierto alivio al saber que podría liberarse del conflicto que había temido por casi nueve meses. Su esposa, Alice, tenía el 27 de octubre como fecha para dar a luz. El cuarto juego de la Serie Mundial estaba programado para esa fecha. James era el tipo de atormentado aficionado que no podía ver el juego cuando los Medias Rojas llegaban al final del juego en ventaja, debido a una certeza crónica y dolorosa de que su equipo perdería la ventaja de nuevo. Alice no estaba feliz de que James se preocupara del posible conflicto entre el nacimiento y los Medias Rojas. Ella amenazó con prohibir su presencia en la sala de maternidad si Boston jugaba esa noche. "Patético" llamó ella la obsesión de él por el equipo. "No es mi culpa", diría Jaime, y se plegaba a defenderse mediante la herencia. "Eso se transmitió a través de las generaciones, de mi abuelo, a mi madre, a mí".
Bueno, pensó James mientras veía a los Medias Rojas perder el segundo juego, por lo menos no tendré que preocuparme de mi equipo en la Serie Mundial cuando nazca mi bebé.
Queridos Medias Rojas:
Mi novio es un fanático de toda la vida de los Medias Rojas. Él me dijo que nos casaremos cuando los Medias Rojas ganen la Serie Mundial... Vi cada pitcheo de los playoffs.
Firmado por una futura novia.
Las palabras más poderosas del idioma inglés son monosílabas: love, hate, born, live, die, sex, kill, laugh, cry, want, need, give, take, Sawx (Sox).
Los Medias Rojas de Boston son, por supuesto, una religión cívica en Nueva Inglaterra. Mientras una cuadrilla de trabajadores caminaba hacia el terreno de Fenway Park el pasado verano despues de un juego nocturno, uno de ellos encontró una botella plástica blanca con agua bendita en la grama del outfield. Había un mensaje escrito a mano en un costado. Go Sox. El punto culminante de la película del equipo de 2003, puntualizaba por el jonrón lapidario de Aaron Boone para que los Yanquis ganaran el séptimo juego de la serie de campeonato de la Liga Americana, fue bautizado: Todavía creemos.
"Tomamos las palabras directas del canon católico", dice el presidente del equipo Larry Lucchino. "No es Todavía creemos. Nuestra frase del año próximo es Esto es más que béisbol. Esto es Medias Rojas".
Aupar a los Medias Rojas es evidente a diario hasta en las páginas de obituarios, el mensaje definitivo de toda una vida. Cada día en toda Nueva Inglaterra, y algunas veces más allá, las esquelas fúnebres incluyen edad, ocupación, parroquia y alianza con los Medias Rojas. Charles F. Brazeau, nativo de North Adams, Mass., y veterano de la armada premiado con un Corazón Púrpura en la segunda guerra mundial, vivió sus 85 años sin ver a los Medias Rojas ganar la Serie Mundial, aunque casi lo hizo. Cuando falleció en Amarillo, texas, solo dos días antes que Boston ganara la Serie Mundial de 2004, el Amarillo Globe News le dedicó una elegía describiéndolo como un hombre quien "amaba a los Medias Rojas y a la cerveza barata". Descanse en paz.
Lo que los Medias Rojas significan para sus feligreses, y más aún, lo que el deporte en su máxima expresión significa para la cultura estadounidense, nunca fue más evidente que precisamente el 27 de octubre a las 11:40 pm. Para ese momento en San Luis, el cerrador de los Medias Rojas Keith Foulke, luego de fildear un roletazo, lanzó la pelota al primera base Doug Mienkiewicz para el out final de la Serie Mundial, el primer título mundial de los Medias Rojas desde 1918. Entonces el infierno en vez de romperse se congeló.
En toda Nueva Inglaterra, sonaron las campanas de las iglesias. Los hombres lloraron. Los poetas cantaron. Los convictos celebraron. Los niños corrieron a las calles. Las cornetas crujieron. Los corchos de la champaña explotaron. Los extraños se abrazaron.
Virginia Muise, de 111 años, y Fred Hale de 113, sonrieron. Virginia, quién mantenía una gorra de los Medias Rojas al lado de su mesa de noche en New Hampshire y Fred, quien vivía en Maine hasta que se mudó a Syracuse, N.Y. cuando tenía 109 años, eran aficionados de los Medias Rojas, quienes maldición aparte, habían nacido antes que el propio Babe Ruth. Virginia era la persona más longeva de Nueva Inglaterra. Fred era el hombre más viejo del mundo. Luego de tres semanas después de haber visto a los Medias Rojas ganar la Serie Mundial, ambos fallecieron.
Murieron felices.
En su nivel más básico, el deporte satisface la demanda del ser humano por retar sus aptitudes físicas. Y algunas veces, si es practicado lo suficientemente bien, se inspira a otros para que alcancen sus metas. Y después, en raras ocasiones, este puede cambiar la historia social y cultural de un país; cambia vidas. Los Medias Rojas de Boston de 2004 son ese tipo de ejemplo.
Los Medias Rojas son los deportistas del año de Sports Illustrated, un honor que pueden haber ganado aún si la magnitud de su logro atlético sin precedentes fuese todo lo que habría sido considerado. A tres outs de ser barridos en la serie de campeonato de la Liga Americana, ellos ganaron ocho juegos seguidos, los últimos seis sin nunca estar en desventaja. Su lugar en el panteón deportivo está asegurado; el San Judas de los deportes, el santo patrón de las causas atléticas pérdidas, su espíritu será invocado en los momentos más dificiles.
"Es la historia de la esperanza y la fe recompensadas", dice el vicepresidente ejecutivo de los Medias Rojas Charles Steinberg. "Hay que creer que esta es la historia que ellos van a contar a los niños de 7 años dentro de 50 años. Cuando ellos digan, '¡Que va, no puedo hacer esto! tu les puedes decir, 'Claro que puedes. Estos 25 tipos la tenían más dificil, y ellos pudieron. Tu también.'".
Lo que los hace deportistas innegables e inolvidables, es que su logró trascendió al estadio como no lo ha hecho ningún otro equipo profesional. Los Dodgers de Brooklyn de 1955 fueron el epílogo de una época dulce y especial de Estados Unidos. Los Tigres de Detroit de 1968 le dieron una necesaria alegría a una ciudad asediada por la rabia y la confrontación. Los Yanquis de 2001 le entregaron un lugar de reencuentro, una diversión, a una ciudad herida y triste. Los Medias Rojas de 2004 tuvieron un impacto más profundo porque su campeonato tardo mucho tiempo en fraguarse.
Este equipo de Boston conectó a generaciones, por primera vez, mediante la alegría en vez del disgusto, como un mortero emocional. Este equipo cambió la manera como las personas, criadas para esperar lo peor, pensaban en si mismas hacia el futuro. Y el impacto, como todas las cosas, en esa gran comunidad llamada Red Sox Nation, resonó desde las cunas hasta las tumbas.
La mañana despues a que los Medias Rojas ganaran la Serie Mundial, el sargento Paul Barnicle, un detective de la policía de Boston y hermano del columnista del Boston Herald, Mike Barnicle, salió de su guardia a las seis, compró una rosa roja en el mercado de flores de la ciudad, manejó 42 millas hasta un cementerio en Fitchburg, Mass., y colocó la rosa en la lápida de su madre y su padre, quienes estaban entre los muchos que no vivieron lo suficiente para ver ese campeonato.
Cinco días después, Roger Altman, antíguo diputado y secretario del tesoro en la administración Clintom, quien había nacido en Brookline, Mass., voló desde la ciudad de Nueva York hasta Boston con la portada laminada del ejemplar del New York Times del 28 de octubre (encabezado: "Los Medias Rojas borran 86 años de futilidad en cuatro juegos".) Manejó hasta la tumba de su madre, quién había fallecido en noviembre de 2003 a la edad de 95 años, cavó un hueco pequeño y allí enterró la portada del periódico.
Tales peregrinaciones hacia los fallecidos, comunes luego que los Medias Rojas conquistaron a los Yanquis en la serie de campeonato de la Liga Americana, se repitieron en todos los cementerios de Nueva Inglaterra. Los símbolos variaban, pero los sentimientos permanecían iguales. En el cementerio Mount Auburn de Cambridge, las tumbas fueron decoradas con banderines de los Medias Rojas, gorras, camisetas, pelotas, placas de automoviles y calabazas pintadas a mano.
Tan arraigada fue la reminiscencia de los fallecidos que varias personas, incluyendo a Neil Van Zile Jr. de Westmoreland, N.H., le rogaron al equipo para tener una placa oficial de los Medias Rojas en la tumba de sus queridos aficionados fallecidos, similar a los marcadores metálicos que el gobierno federal asigna a los veteranos. (El presidente del equipo Lucchino dice que lo va a considerar, aunque MLB tendría que licensiarlo).La madre de Van Zile, Helen, una aficionada de los Medias Rojas quien anotaba los juegos y llevó a su hijo al segundo juego de la Serie Mundial de 1967, falleció en 1995 a los 72 años.
"Hay miles de personas quienes lo querrían", dice Van Zile. "Mi mamá no llegó a verlo. No hay nada más que pueda hacer por ella".
Un día del año pasado Van Zile caminaba por un cementerio en Chesterfield, N.H., cuando la inscripción de una tumba lo detuvo. Blouin era el nombre de la familia cincelado en el mármol.Debajo de este decía Napoleon A. 1926-1986. En la parte baja, cerca de la tierra, estaba el lamento de toda una vida.
Condenados Medias Rojas.
Queridos Medias Rojas:
Gracias por la motivación.
Josué Rodas, Marine, 6th Motor Transport Company, Iraq.
Como copos de nieve en una tormenta llegaron los correos electrónicos. Más de 10000 de ellos llegaron al servidor de los Medias Rojas en los primeros diez dias luego que Boston ganó la Serie Mundial. Procedían de Nueva Inglaterra, pero también venían desde Japón, Italia, Pakistan y por lo menos otros 11 países. El edificio gubernamental de Nueva Inglaterra del siglo 21 era electrónico.
Hubo cartas de agradecimientos. Hubo cartas de amor. Las cartas estaban escritas como si fuesen dirigidas a miembros de la familia, y de hecho los Medias Rojas lo eran, a su desordenada e irreverente manera, un querido grupo familiar. ¿Como no podían los feligreses querer a una banda de personajes que se autodenominaban los "idiotas"?
El bateador designado David Ortíz, quién bateara tres jonrones para terminar juegos en la postemporada, era el Big Papi de la alineación y el clubhouse, con su amplia sonrisa tan representativa de este equipo como su bate. El jardinero izquierdo Manny Ramírez bateó como una máquina pero asumió el juego con una sonrisa de caimanera marcada en la cara, aún cuando se caía en los jardines. El melenudo centerfielder Johnny Damon hizo delirar a las mujeres y celebrar a los hombres, con su mirada de Nazareno, franela estampada y calcomanía de parachoques (WWJJDD: ¿Que haría Johnny Damon? y toca corneta si quieres a Johnny).
El primera base Kevin Millar, con su barba de Honesto Abraham Lincoln y su personalidad tonta, tuvo la disciplina para negociar el boleto ante el cerrador de los Yanquis Mariano Rivera que empezó la remontada de Boston en el noveno inning del cuarto juego de la serie de campeonato de la Liga Americana. El derecho Derek Lowe, otro melenudo excéntrico, se convirtió en el primer pitcher en ganar tres juegos decisivos de series de postemporada en octubre, Fouke, el tercera base Bill Mueller, el catcher Jason Varitek y el jardinero derecho Trot Nixon, el pelotero más antíguo en el equipo, conocido por su casco atiborrado de alquitrán de pino, aportaron el lastre de coraje y determinación.
El amor venía en los correos electrónicos que traían palabras de los soldados en Irak quienes usas parches de los Medias Rojas en sus uniformes, o gorras de camuflaje de los Medias Rojas, los símbolos de una nación dentro de una nación. Los cañoneros del 3er. Batallón del 11th Marine Regiment, construyeron un Fenway Park en miniatura en Camp Ramadi. Los soldados se levantaban a las 3 a.m para ver a los Medias Rojas en el televisor de la sala de conferencias de Camp Liberty en Bagdad, los juegos terminaban justo a tiempo para que se formaran las tropas y recibieran sus instrucciones diarias de batalla.
Una mujer escribió de visitar un templo antíguo en Tokyo, allí encontró este mensaje inscrito en un muro de oración:"Que los Medias Rojas siempre jueguen en Fenway Park, y que ganen la Serie Mundial en mi tiempo de vida".
Además de los correos electrónicos había cajas sobre cajas de cartas, fotografías, tarjetas postales, proyectos escolares y dibujos que siguen ocupando el pequeño espacio disponible en las oficinas de los Medias Rojas. La mayoría de las misivas mostraban profundo agradecimiento.
"Gracias", escribió Maryam Farzeneh, una estudiante graduada de Boston University desde Iran, "por ser otra razón para conectarnos mi novio y yo y amarnos. Él es aficionado de los Medias Rojas y se mudó a Ohio hace dos años. Hubo incontables noches cuando ponía el teléfono al lado del radio para escuchar el juego juntos".
Maryam nunca había visto un juego de beisbol antes de 1998. Ella sabía de la obsesión de sus familiares por los equipos de futbol. "Aunque debo admitir", escribió ella, "que no es comparable a la relación entre los Medias Rojas y los aficionados de Nueva Inglaterra".
Noche cerrada, y la niña descansa sobre su espalda en el asiento trasero de un sedan mientras este desde su hogar hasta Hartford. Ella mira las estrellas titilar entre los postes de madera de las líneas telefónicas que rítmicamente interrumpían su vista del cielo veraniego. Y está la compañía familiar de una voz grave en el radio del carro que narra el juego de beisbol de los Medias Rojas. El gran Ted Williams, el favorito de su madre, está al bate.
Roberta Rogers cierra sus ojos, y ella es esa niña pequeña de nuevo, y el mundo es de nuevo tan perfecto y lleno de posibilidades y maravillas como lo era en aquellas cálidos noches veraniegas mientras crecía en la Nueva Inglaterra de postguerra.
"Me rio cuando pienso en eso", dice ella. "No hay nada malo con las memorias. Nada".
Una vez por verano sus padres la llevaban a ella y su hermano, Nathaniel, a Boston para quedarse en el Hotel Kenmore y ver a los Medias Rojas en Fenway. A Nathaniel le gustaba operar las puertas de seguridad del ascensor del hotel, para a menudo dejar salir y entrar a los peloteros visitantes que se quedaban en el Kenmore.
"Mira", Kathryn Stoddard, su madre, dijo tranquilamenteun día mientras un caballero bien vestido bajaba del ascensor. "Ese es Joe DiMaggio".
Kathryn, por supuesto, despreciaba tanto a los Yanquis que nunca los llamaba así. Ellos eran siempre los condenadosYanquis, como si fuera una sola palabra.
"No teníamos mucho dinero", dice Roberta. "No teníamos vacaciones, no íbamos a la playa. Eso era todo. Íbamos al Kenmore, y veíamos a los Medias Rojas en Fenway. Todavía tengo las imagenes...las multitudes, el estadio, los sonidos, la sensación del cemento bajo mis pies, pasar los perros calientes hasta el último de la fila, la gran pared verde, el anuncio de Citgo, era verde entonces, apareciendo a la vista cuando llegábamos a Boston en el carro, nos decía que casi estábamos ahí..."
Roberta vive en New Market, Va., ahora, su madre vive cerca en un hogar de retiro. Kathryn tiene 95 años de edad y aún se hace una idea de las personas a través del interés de estas por el beisbol.
"Aceptables si apoyan a los Medias Rojas, sospechosos si no lo hacen, y si es un condenado fanático de los Yanquis, ni una palabra", dice Roberta.
El 27 de octubre, con dos outs en el cierre del noveno inning, Boston ganaba 3-0,Roberta caminaba en la sala, sus ojos se retiraron del televisor.
"Oh, Bill", le dijo a su esposo, "¡todavía pueden ser los Medias Rojas! ¡Todavía pueden perder este juego!"
No sin razón su madre los había llamado los Medias Nones todos esos años.
"Y entonces oi el rugido", dice Roberta.
Esta vez lo hicieron de verdad. Ganaron de verdad. Ella llamó a sus hijos y llamaron a "todos los que se les ocurrieron". Era muy tarde para llamar a Kathryn, pensó ella. La vista y el oido de Kathryn están fallando, de seguro estaba durmiendo a esa hora.
Roberta fue a ver a Kathryn a primera hora la mañana siguiente.
"Mamá, ¿a que no sabes que pasó?¡Tengo las mejores noticias! "¡Ganaron! ¡Los Medias Rojas ganaron!"
El rostro de Kathryn se iluminó con una gran sonrisa, levantó ambos puños en señal de triunfo. Madre e hija rieron y rieron. Como dos niñas pequeñas.
Queridos Medias Rojas:
Quiero sorprender a toda mi escuela y al director
Estudiante de un liceo de Maine, solicitando que el equipo completo visite su escuela.
"¿Es eso lo que pienso que es?"
El conductor del tren Acela de las 11:15 am que salía de Boston hacia Nueva York, Larry Solomon, había reconocido a Charles Steinberg y notó el tamaño de la caja que este llevaba.
"Si", replico el vicepresidente de los Medias Rojas. "¿Te gustaría verlo?"
Steinberg abrió la caja y reveló el trofeo de oro brillante del comisionado, el trofeo del campeonato de los Medias Rojas. Solomon, quién había sobrevivido a la leucemia y a apoyar a los Medias Rojas, contuvo las lágrimas.
Los Medias Rojas llevan el trofeo de gira para sus aficionados. Este día sale para Nueva York con una convocatoria de la Benevolent Loyal Order para los honorables sufridos viejos aficionados de los Medias Rojas, a.k.a. the BLOHARDS.
"Solo he llorado dos veces en mi vida", dijo esa noche Richard Welch de 64 años, y un BLOHARD. "Una cuando terminó la guerra de Vietnam y hace dos semanas cuando los Medias Rojas ganaron la Serie Mundial".
A cada lugar que va el trofeo alguien solloza al mirarla. Cada quien quiere tocarlo, como Tomás al comprobar las heridas de Jesús. Tocar es reconocido.
"Sus recipientes emocionales se han llenado todos estos años", dice Steinberg, "y el trofeo flota sobre ellos. Es una experiencia intensa, catársica".
¿Porqué? ¿Porqué debe ser tan intenso el vínculo entre un equipo de béisbol y las personas? Fenway Park es parte de eso, al ofrecer una continuidad física al vínculo, no solo porque el Big Papi se puede parar en el mismo cajón de bateo que Teddy Ballgame, sino tambien porque un hijo podría sentarse en la misma silla de madera como su padre.
"Tenemos nuestra historia trágica", dice el poeta Donald Hall, un nativo de Vermont quién vive en la casa donde su bisabuela vivi{o una vez.
Los Medias Rojas se especializaban, no como los Cachorros, en la miseria y la tristeza del beisbol sin esperanzas, sino en la agonía y el dolor. De hecho, la esperanza estaba en la cruel capacidad para romper corazones. Desde el equipo del Sueño Imposible de 1967 hasta la temporada pasada, los Medias Rojas han puesto sobre el terreno 31 equipos con record positivo en 37 años, en nueve de ellos llegaron a la postemporada. Era lo suficientemente buenos para crear dolor. "Probablemente son los crueles inviernos que tenemos en Nueva Inglaterra", explica Mike Barnicle. "Cuando los Medias Rojas reaparecen, es la temporada de regreso del sol, retorna la calidez y los asociamos con eso". "También, mucho tiene que ver con como el area es más estable en términos demográficos que muchos lugares. La gente no se va de Nueva Inglaterra. Se quedan aquí. Y otros vienen a estudiar en la universidad y se contagian de la fiebre de los Medias Rojas. La contraen a los 18 años y la llevan consigo cuando se van al mundo".
Si naces al norte de Hartford. no hay otro equipo de beisbol de Grandes Ligas que seguir, como ha sido desde que los Bravos se fueron de Boston para Milwaukee en 1953. Es un derecho de nacimiento del cual se aprende rápidamente la historia oral. El Bambino, Denny Galehouse, Johnny Pesky, Bucky Dent, Bill Buckner y Aaron Boone son los nudos de una cuerda, un antirosario incrustado en la memoria de cada hijo e hija de la nación.
"No he conocido nada parecido en mi vida", dice David Nathan, 34, quien como su hermano Marc, 37, aprendieron de la mano de su padre, Leslie, 68, quien aprendió de la mano de su padre Morris, 96. "Es muy dificil de ponerlo en palabras. Yo tenía 16 años en 1986, estaba sentado en la sala cuando la pelota pasó entre las piernas de Buckner. Teníamos la champaña lista, y te vuelves a sentar y miras incrédulo. "Yo estaba en el séptimo juego el año pasado y llevé a mi esposa. Le dije, 'Necesitas experimentarlo' Los Medias Rojas ganaban 5-2, y mi esposa me dijo, 'Tienen el juego en el refrigerador'. Le dije. 'No, que va. Que te lo digo, no han ganado hasta el último out'.
"Solía mirar a mi papá y no entendía porque lloraba cuando perdían o lloraba cuando ganaban. Ahora lo entiendo". A las 11:40 de la noche del 27 de octubre, David Nathan sostuvo una botella de champaña con una mano y un teléfono en la otra, su padre estaba al otro extremo de la línea. David gritó tan alto que despertó a su hijo de cuatro años, Jack, la cuarta generación Nathan quién junto a la hija de cuatro años de Marc, Jessica, conocerá un nuevo mundo de seguimiento de los Medias Rojas. La cadena de nudos está rota. La esposa de David grabó el momento con una video cámara. Dos semanas despues David se sentaría y escribiría todo en un largo correo electrónico, expresando su agradecimiento al dueño de los Medias Rojas John Henry.
"Como me dijo mi padre el día siguiente", escribió David, "él sintió como que una carga había sido levantada de sus hombros luego de tantos años".
Le leyó el correo a su padre por teléfono. Terminaba así: "Gracias otra vez y larga vida a la Red Sox Nation". David podía llorar a su padre en el teléfono.
"Es bueno saber que luego de todos estos años", dijo Leslie, "algo mío ha pasado a tí".
Era un minuto después de la medianoche del 20 de octubre, y Jared Dolphin, 30, había asumido su puesto de guardia del turno nocturno en el correccional Corrigan-Radgowski de Montville, Conn.,una prisóin de nivel IV, uno por debajo del máximo. El recluso de la celda más próxima a él había cumplido 10 años de una condena de 180 por matar la familia completa de su novia, incluyendo el perro.
Algunos de los reclusos usaban gorras hechas a mano de los Medias Rojas, una bandana de comisaría o pañuelo festoneado con un "B" icónica dibujada a mano. Técnicamente eran consideradas contrabando, pero las reglas se podían evitar si se trataba de aupar a los Medias Rojas en octubre. Unos pocos reclusos vieron el séptimo juego de la serie de campeonato de la Liga Americana en un televisor portátil de 12 pulgadas que habían comprado en la prisión por 200 $. Muchos recostaban sus rostros contra la pequeña ventana de la puerta de su celda para ver el juego en la televisión del grupo de celdas. Otros veían solo el reflejo de la televisión en la ventana de otra puerta.
Un aficionado de los Medias Rojas, Dolphin vio como Alan Embree retiró a Rubén Sierra de los Yanquis con un roletazo para completar la remontada más grande de la historia de los deportes. Dolphin empezó a llorar.
“De pronto el retén entró en erupción” escribió Dolphin en un correo electrónico. “Salté de inmediato y por instinto mi mano agarró la linterna. Aquello era un pandemónium, silbidos, gritos, golpes en los fregaderos, puertas cualquier cosa que encontraran los convictos. Esto estaba fuera del libro de reglas del recinto, así que me incorporé listo para hacer cumplir la ley. “Pero mientras estaba parado mirando alrededor, sentí algo más. Sentí esperanza. Aquí estaba, a menos de tres metros de los tipos que nunca saldrían de la prisión en sus vidas. El tipo de la celda a mi izquierda tenía 180 años de condena. No iba a ninguna parte en lo inmediato. Pero mientras lo veía gritar y golpear la puerta me di cuenta que el y yo teníamos algo en común. La esperanza de esa noche también iluminó su vida. Como aficionados de los Medias Rojas habíamos visto ocurrir lo imposible, y si ese sueño `podía hacerse realidad porque no otros.
“En vez de rodear el retén tratando de restaurar el orden, bajé la linterna y aplaudí. Mi aplauso se unió al escándalo que hacían y eso no se detuvo por cinco minutos. Aplaudí hasta que me dolieron las manos. Estaba aplaudiendo las posibilidades del futuro”.
El día después de la Navidad de 2003, Gregory Miller, 38, de Foxboro, Mass., un aficionado entusiasta de los deportes, especialmente de los Medias Rojas, cayó fulminado por un aneurisma. Dejó a su esposa, Sharon, dos gemelos de seis años y una hija de 18 meses. Sharon cayó en una tristeza y soledad indescriptibles.
Y entonces vinieron octubre y los Medias Rojas.
Sharon, solo una aficionada casual antes de entonces, se vio atrapada en el recorrido de postemporada del equipo. Ella llamaba a su madre, Carolyn Bailey, en Walpole,, como 15 veces durante el transcurso de un juego para quejarse, expresarse, preocuparse, condolerse y celebrar. Hasta hacía chistes.
“Mis ojos necesitaban palillos para mantenerse abiertos”, decía Sharon hacia el final de los juegos. “Más colirio. Necesito más colirio”.
Carolyn reía, y su corazón saltaba de ver a su hija divertirse de nuevo. No la había visto o escuchado así desde la muerte de Gregory.
“Fue la primera vez que empezó a reír de nuevo”, dice Carolyn.
“Los Medias Rojas le dieron algo que buscar cada día. Ellos se convirtieron como en parte de la familia”.
El día después que los Medias Rojas ganaron la Serie Mundial, Carolyn le escribió una carta al equipo. En ella hablaba de su hija. “Los Medias Rojas se convirtieron en su medicina en el camino de regreso de su tragedia. De parte de toda mi familia, les agradecemos desde el fondo de nuestros corazones”.
Leah Storey de Tilton, N.H., redactó su carta de agradecimiento a los Medias Rojas. Su padre había fallecido exactamente un año antes de que los Medias Rojas ganasen la Serie Mundial. Entonces su hermano de 26 años, Ethan, murió de una sobredosis accidental de drogas solo cuatro horas luego de ver con entusiasmo como los Medias Rojas ganaban el quinto juego de la serie de campeonato de la Liga Americana. Cuando los Medias Rojas ganaron la Serie Mundial, los amigos de Ethan y la familia salieron fuera de la casa de los Storey, gritaron de alegría, descorcharon una botella de Dom Perignon y miraron hacia arriba en busca de un eclipse lunar.
“Para nosotros, con la memoria de Ethan feliz en nuestras mentes, esos juegos tomaron un nuevo significado”, escribió Leah de la ruta de Boston hasta el campeonato. “Casi como si estos hubiesen sido jugado en su honor. Gracias por no desilusionarlo. No puedo expresar por completo el bienestar que sentíamos al verlos jugar noche tras noche. Eso no borró el dolor, pero lo alivió”.
El 25 de octubre los Medias Rojas estaban a dos victorias de ganar la Serie Mundial cuando los doctores enviaron a George Sumner a morir a su casa de Waltham. No había nada más que pudieran hacer por él. En casa, sin embargo, el estómago de George empezó a llenarse de fluidos, y hubo que llevarlo de vuelta al hospital. Los doctores hicieron lo que pudieron. Dijeron que estaba en tan malas condiciones que dudaban si podría sobrevivir el regreso a casa.
De pronto, con los ojos aún cerrados, George señaló hacia una esquina de la habitación, como si alguien estuviese allí, y dijo, “No, todavía no”.
Y entonces George regresó a su casa en Waltham. Leah sabía que cada día y cada juego eran preciosos. Ella rezó mucho por una barrida.
La mañana del cuarto juego, lo que resultó ser el momento más importante de la vida de Jaime Andrews, aficionado obseso de los Medias Rojas, llegó a ser “patético”; su esposa Alice, rompió fuente. Aquí estaba: el conflicto que Jaime había temido todo el verano. A las 2:30 p.m. él la llevó al South Shore Hospital, donde fueron recibidos por enfermeras que usaban camisetas de los Medias Rojas sobre sus indumentarias.
A las 8:25 p.m., Alice estaba en la sala de parto. Había un televisor allí. El juego estaba por comenzar en San Luis.
“Pongan el juego”.
Era Alice quien pedía que encendieran el televisor. Damon, el abridor de la alineación, entró a la caja de bateo.
“¡Johnny Damon!”, exclamó Alice. “Él bateará un jonrón”.
Y Damon, con su melena marrón emergiendo de la parte trasera de su casco de batear, la complació.
Los Medias Rojas ganaban 3-0, en la parte baja del quinto inning cuando los Cardenales pusieron hombre en tercera con un out. Jaime no podía resistir la ansiedad. Le dolía la cabeza. Tenía dificultades para respirar. Le brotaron rosetones alérgicos. Era mucho para él. Le pidió a Alice que apagara el televisor. Alice insistió en que lo vieran hasta el final del inning. Vieron a Lowe sortear la dificultad. Jaime apagó nerviosamente el televisor.
En casa en Waltham, George Sumner se dormía y despertaba. Sus ojos estaban alerta cuando el juego estaba en curso, pero cuando terminaba un inning el decía entre susurros, “Despiértenme cuando empiece el inning”. Cada vez nadie podía estar seguro si él abriría los ojos otra vez.
Los Medias Rojas mantuvieron la ventaja de 3-0, y el televisor se mantuvo apagado en la sala de parto del South Shore Hospital. A las 11:27 p.m. Alice parió un lindo niño. Jaime notó que el bebé tenía un inusual cabello largo que le llegaba a la nuca. Las enfermeras limpiaron y midieron al niño. Jaime todavía estaba nervioso.
“¿Puedo prender el televisor para ver como quedó el juego?” le preguntó a Alice.
“Seguro”, dijo ella.
Eran las 11:40 p.m. Los Medias Rojas saltaban unos sobre otros en el medio del diamante. Eran campeones mundiales.
George Sumner había esperado toda una vida par aver esto, 79 años, para ser exactos, los últimos tres batallando contra el cáncer. Reunió toda la fuerza que le quedaba en el cuerpo y en el susurro más alto que podía pronunciar, dijo, “¡Yipiii!”
Entonces cerró sus ojos y se durmió.
“Ese fue probablemente el último momento consciente que tuvo”, dice Leah.
George abrió sus ojos una vez más el día siguiente. Cuando vio que estaba rodeado por toda su familia, dijo: “Hola”, y se durmió por última vez.
George Sumner, ávido aficionado de los Medias Rojas, pasó a mejor vida a las 2:30 a.m. del 29 de octubre. Fue enterrado con honores militares el 2 de noviembre.
El día que George Sumner moría, Alice y Jaime llevaban a casa a un saludable bebé. Lo llamaron Damon.
Los peloteros no son científicos sociales o historiadores culturales. Todo lo contrario, ellos crean una fortaleza de abstracción en la cual todas la consideraciones que van más allá del juego son temidas como el veneno de lo que es conocido genéricamente como “distracciones”.
Los Medias Rojas no son de Boston; ellos proceden de todos los rincones de Estados Unidos y Latinoamérica, y viajaron a sus hogares reales inmediatamente luego de un gran y catársico desfile el 30 de octubre, durante el cual la vida normal de Nueva Inglaterra fue televisada por tres horas. (“¡Tres millones y medio de personas allí y 33 viendo por televisión!” se maravilló Steinberg).
Existe un desbalance odioso en nuestra relación con los atletas, como si estuviésemos mirando un espejo en una sola dirección. Los conocemos, los idolatramos, vestimos como ellos y de alguna manera creemos que nuestras acciones, aunque triviales, alterarán las de ellos, todo mientras ellos saben que estamos ahí pero en realidad no pueden vernos.
Howard Frank Mosher de Vermont estaba al norte de Maine en el verano de 2003 en un acto de firma de libros, durante el cual él habló de su próxima novela, Waiting for Teddy Williams, un relato en el cual los Medias Rojas (¿te imaginas?) ganan la Serie Mundial; él escuchó a un pequeño grupo de personas cantando en la parte trasera de la librería. Sonaban como, Johnny Angel, how I love him…
Mientras Mosher se acercaba notó que estaban cantando, Johnny Angel, how I love him…
¿Qué estaba pasando? Se preguntó.
“Estamos interpretando un encantamiento”, dijo uno de los hombres. “Damon ha estado en slump. Pensamos que esto funciona. Anoche bateó de 5-4”.
Locura. ¿Como podia Damon saber de esto? ¿Cómo podía cualquier pelotero de Boston saber que el reverendo William Bourke, un ávido aficionado de los Medias Rojas quien falleciera en su nativa Rhode Island antes del segundo juego de la Serie Mundial, fue enterrado el día después que Boston lo ganara todo, con una pelota conmemorativa de los Medias Rojas y el periódico de esa mañana adherido a su féretro?
¿Cómo podía Pedro Martínez saber que en la mañana del segundo juego de la Serie Mundial, Diane Connolly, su hijo de tres años, Patrick, y el resto de la congregación de la parroquia St. Francis of Assisi en Litchfield, N.H., oyeron al coro cantar una oración para los Medias Rojas luego del receso? “Nuestro Padre, quien trabaja en Fenway”, comenzaron los cantores. “Danos este día a nuestro Pedro perfecto; y perdona aquellos, como Bill Buckner; y llevanos lejos de la depresión…”
¿Cómo podía saber Curt Schilling que Laura Deforge, 84, de Winooski, Vt., quién vio cada juego de los Medias Rojas por televisión, muchos de ellos dos veces, volteó la tendencia de la serie de campeonato de la Liga Americana cuando ella encontró un gorra sortaria de los Medias Rojas, que tenía 30 años en su armario, luego del tercer juego? Laura la usó en todas partes por los siguientes 11 días, incluyendo el bingo. (Y todavía la usa).
“Solo he estado aquí un año”, dice Schilling, “y resulta impresionante ser parte de la relación entre la Red Sox Nation y este equipo. No la puedo entender. No puedo. Todo lo que puedo hacer es darle gracias a Dios por haberme bendecido con las herramientas que pueden tener un impacto en las vidas de las personas de manera positiva”.
Las vidas de estos peloteros han cambiado para siempre como profesionales. El cátcher de reserva Doug Mirabelli, será una celebridad dentro de 30 años si aparece en cualquier parte desde Woonsocket hasta Winooski. Los Medias Rojas de 2004 tienen un brillo que nunca desaparecerá o será superado.
La resonancia real de este campeonato, sin embargo, es lo mucho que cambió a las personas en la otra cara del espejo de una sola vía, poetas y convictos, padres e hijos, madres e hijas, moribundos y recién nacidos.
El amanecer que rompió en Nueva Inglaterra el 28 de octubre, el primero en la vida del pequeño Damon Andrews, fue muy distinto a cualquier otro visto en tres generaciones. Aquí empezó el nacimiento de una nueva Red Sox Nation, los hijos ya no llevaran las cicatrices y el dolor de sus padres y abuelos. Se sentía tan limpio y fresco como un d{ia de Año Nuevo.
El primer amanecer de Damon también fue el último en la plena vida de George Sumner.
“Fui a trabajar ese día”, dice Leah Sumner, “y tenía lágrimas en los ojos. La gente decía, ‘¿Él lo vio? ¿Él lo vio? Por favor dime que tu padre lo vio’ Ni tienes idea de cuanta paz le dio eso a mis hermanos y hermanas. Hubiera sido muy triste si él no lo hubiese visto”.
“Fue como una bendición. Una dama me dijo que él vivía y moría de la mano de Dios. No soy religiosa, pero él estaba bendecido. Si estaba sentado aquí, él reconocía que había algo muy fuerte ahí”.
“Fue el mejor año, y fue el peor año. Fue un año increíble. Le contaré a mis hijos y me aseguraré que ellos lo hagan con los suyos”.
La historia que ellos contarán no es solo la historia de George Sumner. No es solo la historia de los Medias Rojas de 2004. Es la historia del vínculo entre una nación de aficionados y su querido equipo.
“Ni siquiera es alivio”, dice Leah. “No, es como si fuésemos parte de esto. Es como si ellos no lo hicieron por ellos mismos o por dinero, sino por nosotros”.
“Es más grande que el dinero. Es más grande que la fama. Es como le digo a las personas. Hay tres cosas que deben saber de mi. Amo a mi familia. Amo la música de blues. Y amó al béisbol”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
jueves, 27 de noviembre de 2014
Ray Sadecki, quién ayudara a los Cardenales de San Luis a ganar la Serie Mundial, fallece a los 73 años
William Yardley, 23-11-2014. The New York Times
Ray Sadecki, un pitcher que ganó 135 juegos en 18 temporadas en las Grandes Ligas, incluyendo 20 victorias con los Cardenales de San Luis en 1964, cuando los ayudó a ganar la Serie Mundial, falleció el 17 de noviembre en Mesa, Ariz.,
La causa fue complicaciones con cáncer de sangre, dijo Major League Baseball.
Sadecki, un zurdo que treminó su carrera con los Mets, tenía 19 años cuando llegó a las mayores, se unió a los Cardenales en 1960 y se estableció como abridor. Él ayudó a que el equipo se convirtiera en ganador contínuo. Seis temporadas después, se fue en un cambio que tambien ayudó a ganar a los Cardenales.
En su segunda temporada con San Luis, lanzó 222 innings, con marca de 14-10 y efectividad de 3.72, la décima mejor de la Liga Nacional. Tres años después, él y los Cardenales tuvieron una temporada exitosa.
Sadecki ganó 20 juegos y lanzó 220 innings en 1964. Su total de victorias fue el tercer mejor de la liga, pero probablemnete fue el tercer mejor abridor de los Cardenales, detras de Bob Gibson, quien ganó 19 juegos y Curt Simmons quien ganó 18.
Una remontada de finales de temporada, acoplada con un colapso total de los Filis de Filadelfia, llevó a los Cardenales a ganar el banderín. Ellos vencieron a los Yanquis en una Serie Mundial de siete juegos.
Sadecki comenzó el primer juego de la Serie Mundial y permitió cuatro carreras en seis innings. Pero los Cardenales tomaron la deklantera en la parte baja de la sexta entrada y ganaron 9-5, y Sadecki se apuntó la victoria. También inició el cuarto juego, pero no pasó del primer inning al permitir cinco imparables seguidos y tres carreras. (Los Cardenales ganaron ese juego, 4-3).
En mayo de 1966, los Cardenales cambiaron a Sadecki a los Gigantes de San Francisco por el primera base y jardinero Orlando Cepeda, un cambio que muchos aficionados de los Gigantes todavía lamentan.
En 1967, la primera temporada completa de Sadecki con los Gigantes, él lanzó bien, ganó 12 juegos con efectividad de 2.78. Pero Cepeda bateó para .325 y empujó 111 carreras en ruta a ser nombrado el jugador más valioso de la Liga Nacional. Los Cardenales terminaron 10,5 juegos por delante de los Gigantes para ganar el banderín y luego vencer a los Medias Rojas en otra Serie Mundial de siete juegos.
Sadecki volvió a ganr 12 juegos en 1968, con una buena efectividad de 2.91. Pero también perdió 18, el tope de la liga.
Raymond Michael Sadecki nació el 26 de diciembre de 1940 en Kansas City, Kan. Su familia era de ancestros polacos y tenía raíces en la vecindad Polish Hill de la ciudad, donde sus abuelos tenían una tienda de comestibles. Décadas después, él regresó para servir como maestro de ceremonia en la celebración de Polski Day.
No hubo información inmediata de sus sobrevivientes.
Sadecki tuvo un registro vitalicio de 135-131 en las Grandes Ligas, con efectividad de 3.78.
El lanzó para los Mets desde 1970 hasta 1974 y luego fue cambiado varias veces antes de regresar al equipo en 1977, su temporada final. Apareció solo en cuatro juegos ese año.
Él habló de su regresó al equipo en una conversación durante el entrenamiento primaveral con Joe Torre, un nuevo compañero de equipo con quien se había encontrado en cambios previos.
"Fui cambiado por tí", dijo Sadecki, "en tres transacciones que no favorecieron a ninguno de los equipos".
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
martes, 18 de noviembre de 2014
Preguntas y Respuestas en el aniversario 60 de Sports Illustrated: Tom Verducci acerca de Sandy Koufax y ‘El Brazo Izquierdo de Dios’
En honor al aniversario 60 de Sports Illustrated, SI.com está reeditando, en su totalidad, 60 de las mejores historias de la revista. La selección de hoy es “El Brazo Izquierdo de Dios”, del ejemplar del 12 de julio de 1999, en la cual Tom Verducci investigó sobre Sandy Koufax. En este Preguntas y Respuestas de SI 60, Verducci con el editor asociado Ted Keith, explica lo que ocurrió cuando finalmente él habló con Koufax, y lo que la historia significa para él en la actualidad.
SI: El encabezado de la portada, que era sobre los 20 atletas favoritos de SI en el siglo XX, era “El Incomparable y Misterioso Sandy Koufax” ¿Qué te llevó a escoger ese título?
Verducci: Fue mi idea por muchos años y entonces la oportunidad del milenio fue la razón por la que decidimos llevarla a cabo. Siempre estuve fascinado con su carrera. Yo era muy pequeño para recordar con precisión sus faenas de pitcheo pero siempre estudié su carrera, me pareció sorprendente. Y no era porque fue tan sobresaliente, era porque fue muy malo antes de ser sobresaliente. Yo quería entender eso.
SI: ¿Sabías cuan difícil sería entrevistarlo?
Verducci: No, y eso era parte del reto si se quiere ver así, se trataba no solo de entender su carrera de beisbolista sino a Sandy Koufax. La gente me decía, “Él nunca hablará contigo”, lo cual subió el volumen del reto. Eso se convirtió en parte de mi interés personal en la historia.
SI: ¿Cómo empezaste a tratar de ubicarlo?
Verducci: Empecé a reportarlo en el entrenamiento primaveral, y fui a su casa vieja de Maine en marzo o abril, a principios de primavera. Había un grupo de personas que yo conocía en el béisbol quienes eran cercanos a él por lo que empecé a valerme de mis relaciones con Fred Wilpon, Al Leiter, Joe Torre, Dave Wallace, les decía, “Me puedes ayudar a conseguir una entrevista con este señor? Siempre estuve muy pendiente de conseguir eso.
SI: Un tipo quién no quiere ser ubicado, quien vive en un lugar apartado de Nueva Inglaterra: Puede aparecer en la historia como una especie de J.D. Salinger del béisbol.
Verducci: (Risas) Luego que había terminado de escribir la historia, estaba siendo editada y,muy cercana a concluirse, llegué a casa un día y mi esposa me dijo que había un mensaje para mí, alguien llamado Sandy Koufax había llamado. Me dije, Dios mío, me gustaba la forma como había quedado la historia, y ahora si el tipo va a hablar conmigo tendré que rehacerla. Había dejado un número telefónico, lo llamé y no pudo ser más gracioso. Explicó básicamente que no quería hacer una entrevista, no era nada personal contra mí, era solo su modo de ser. pasamos los próximos 45 minutos hablando de baloncesto universitario. Él es un gran aficionado del baloncesto universitario. (Nota del editor: Koufax jugó baloncesto en la Universidad de Cincinnati). Para ese momento yo estaba conforme con eso, porque me había trastornado con la idea de “¿Y si tengo que desechar todo lo que he hecho?”.
SI. ¿Piensas que la historia ayudó a traerlo un poco de vuelta a la luz pública?
Verducci: Él ha estado un poco más accesible a la luz pública desde entonces. De hecho, poco después que se publicó la historia me senté a su lado en la cena del Baseball Assistance Team de Nueva York y él fue muy cordial. El no es un recluso para nada, sólo que no quiere hacer entrevistas mediáticas. SI había impreso copias de la portada para entregarlas a las personas de la mesa de él. La gente las usó para pedir su autógrafo, yo no quería el autógrafo porque estaba sentado ahí. El la firmó de todos modos y la personalizó con una nota muy agradable. Significó mucho para mí, y supe que le había gustado la historia.
Pienso que Sandy Koufax es un hombre de convicción. Está tan conforme de ser quién es que no pienso que historia alguna vaya a cambiar quién es o como actúa. Lo que traté de hacer con esta historia también es, dejarle claro a la gente que él está lejos de ser un recluso. Es un hombre de convicción. No un recluso. Asiste a las ceremonias del Salón de la Fama. Los Dodgers lo han llevado a sus actos y se presenta en Dodger Stadium. Una de las cosas que realmente admiro de él es que es un hombre de sus convicciones.
SI: ¿Si el no habló contigo, de donde sacaste todos esos detalles personales de su vida?
Verducci: Solo me puse en contacto con la mayor cantidad de personas quienes sabía lo habían conocido en Maine, quienes habían estado en su casa. De hecho, cuando él llamó yo pude completar algunos detalles, como precisar fechas y épocas para confirmarlos con él.
SI: ¿Qué sabes ahora de Koufax?
Verducci: Resulta raro en la vida cuando tienes una imagen de una figura pública que mantienes en alta estima y entonces cuando lo conoces, este excede la imagen de esa persona. No pudo haber sido más gracioso, especialmente humilde. La humildad esta ausente en la era actual. Estuve impactado por este tipo, uno de mis personajes favoritos del béisbol. He hablado con él algunas veces desde entonces. Un par de llamadas telefónicas, lo encontré una vez en Dodger Stadium y siempre tenemos conversaciones cordiales.
SI: ¿Significa esta historia mucho para ti?
Verducci: Si, muchas personas me la han recordado. Muchas personas que crecieron con Sandy Koufax como su ídolo, hasta personas que nunca lo conocieron o lo vieron lanzar. Hay algo en él que resuena en muchas personas.
Él era el mejor en lo que hacía y actuaba como si fuese solo uno más. También su carrera terminó muy temprano. Hay ese sabor agridulce en su carrera de beisbolista, ese ¿Qué hubiese pasado si…?, pero tal vez fue más grande el que nunca hubo una fase de declive. No puedo pensar en algún jugador que se haya retirado en ningún deporte en el tope del juego como él. ¿Tal vez Barry Sanders?
SI: Elegiste estar presente en la historia en cada paso de esta, lo cual es raro en ti ¿Por qué?
Verducci: Lo hice, mirando en retrospectiva diría que inconcientemente tenía tanto interés personal en esa historia que no podía mantenerme fuera de ella. Siempre he sentido que en las mejores historias el escritor le da una pasión personal al tema en cuestión. Cuando hay algo que estimula tu curiosidad personal eso siempre conduce a las mejores historias. El génesis completo de esto fue mis ganas de saber que hace a Sandy Koufax tan fugaz. Eso fue lo que me mantuvo no solo a través del reportaje sino de la escritura de este.
Escribir una pieza especial…ellas nunca te dejan cuando las estás haciendo. Es la última cosa en que piensas antes de dormir y la primera en que piensas cuando te levantas. El esfuerzo mental de vivir con una historia definitivamente te afecta. Pero al final es una especie de dolor agradable.
SI: ¿Estuviste feliz con la historia, o deseaste haberla cambiado después de hablar con él?
Verducci: No regreso a releer algo en su fundamento. Recuerdo estar feliz de la manera como se dio, debido a esa conversación telefónica con él. Habría estado feliz de romper todo y rehacer la historia desde un ángulo diferente (si él hubiese hablado al respecto). Recuerdo haber sido más feliz con la historia que con la llamada telefónica. Pienso que eso era un indicador de que estaba feliz con la historia.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
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