miércoles, 11 de marzo de 2015
Confesiones de un pitcher.
Sal Maglie y Robert H. Boyle. Abril 1968.
El último día de la Serie Mundial observé desde el dugout de los Medias Rojas como un magnífico lanzador joven era humillado. Jim Lonborg, quién había ganado dos juegos ante los Cardenales, iba a lanzar otra vez con sólo 2 días de descanso. En el segundo inning ya se sabía que no disponía de sus armas. No había razón para que las tuviera. Estaba cansado, extenuado. Me volví al manager, Dick Williams, y le dije, "Hoy no es su día". Esperaba que Williams lo sacara. Pienso que lo debía hacer en consideración de sus dos salidas anteriores. Era lo más decente. Además teníamos otros 10 pitchers en el bullpen. Si uno de ellos podía detener a los Cardenales, teníamos oportunidad de ganar. Lonborg pitcheaba con el alma. Pero Williams es un tipo peculiar. Solo dijo, "No le están bateando tan duro". Eso fue el fin de todo. ¿Duro? Hasta la parte baja de la alineación de los Cardenales llevó la bola hasta la cerca. Bob Gibson le bateó jonrón. Williams finalmente sacó a Jim en el sexto inning, con los Medias Rojas abajo 7-1.
Después del juego, Jim lloraba en el dugout. Lo hacía porque pensaba que le había fallado al equipo. Totalmente falso. Le dije: "Jim. No tienes nada de que avergonzarte. Tu nos trajiste aquí, hasta el séptimo juego de la Serie Mundial. Hiciste un tremendo trabajo". Lo decía sinceramente. El muchacho había tenido una temporada magnífica.
Todo ese tiempo estuve pensando cuan bochornoso debe ser para un manager hacerle eso a su as de pitcheo. Nunca dejas que un tipo que lanzó como Lonborg sea zarandeado de esa manera. Yo lo debía saber. Yo había pitcheado. Había sido un buen pitcher, y era el coach de pitcheo de los Medias Rojas. Pero de la forma como Williams me trató, era difícil saber que pertenecía a ese equipo. ¿Por què?. No sé. Es un tipo peculiar.
Williams había estado muy bien en el entrenamiento primaveral. Yo estaba en el segundo de un contrato de 2 años con los Medias Rojas, y Williams, quién había sido un utility en las Grandes Ligas, uno de esos tipos gritones del dugout, estaba en su primer año como manager de un equipo de Grandes Ligas. Me dijo en el campamento: "los pitchers son tu responsabilidad, encárgate de ellos". Luego que empezó la temporada no me dijo ni una palabra. Todo era muy extraño. Varias veces le sugerí algunas cosas, todo lo que recibí fueron respuestas sarcásticas. Puede ser un tipo muy sarcástico.
Después que terminó la Serie fuí a su oficina, había escuchado rumores de que no estaría en el club la próxima temporada. Él estaba con algunos periodistas. Me dijo, "Nos vemos después". Nunca hubo tal encuentro. Me quedé varios días en Boston y me enteré que los otros coaches habían sido contratados para la próxima temporada. No escuché nada de mí hasta que Dick O'Connell, el gerente general, me llamó y me dijo que los Medias Rojas iban a cambiar de coach de pitcheo. No me necesitaban más. Williams me lo pudo haber dicho personalmente. Es lo que hace un hombre. No me hubiera sentido pateado. No sé que razones tuvo para hacer lo que hizo. Habría que abrirle la cabeza para averiguarlo. Lo que sé es que afectó mis posibilidades de trabajar como coach en Grandes Ligas en la temporada de 1968. Para el momento en que supe que no trabajaría con Boston, los otros equipos, particularmente los que tenían managers nuevos, ya habían establecido sus cuerpos de coaches. Estuve fuera de las Mayores por un año.
Estar fuera no es nada nuevo para mí. Jugúe una vez en la Liga Mexicana ¿lo recuerdan? Pero había sido coach para 4 managers de los Medias Rojas, Billy Jurges, Mike Higgins, Billy Herman y Williams. Por mucho tiempo, los Medias Rojas fueron un grupo que se llevaba bien, mas o menos creído, podríamos decir. Teníamos talento pero éramos de la segunda división. Si un tipo era estrella, sacaba a los otros muchachos a derrochar físico. Los Medias Rojas eran tan relajados que los jugadores de otros equipos que les gustaba la diversión pedían ser cambiados a ese equipo. Pero una gran cosa que hizo Williams por ese equipo fue decirle a los peloteros que ellos estaban ahí para jugar béisbol. Parte del problema era la oficina principal que a menudo no cooperaba con el manager. Por ejemplo Herman. Era un buen tipo y uno de los mejores managers de campo con los que trabajé. Pero era muy duro o muy blando para manejar los peloteros. Estaban fuera de control y no había nada que podía hacer para solventarlo. Trató de ser duro con peloteros como Rico Petrocelli y Tony Conigliaro pero eso causo mucho discenso.
Williams tenía buena disciplina. Era muy bueno con los detalles. Apostó mucho a su estilo.
Pienso que dirigió con mucha agresividad en la primera parte de la temporada; luego se fue por el librito, y algunas veces presionó el botón de pánico. En la última serie en Detroit, por ejemplo, tenía las bases llenas temprano, pero no usó un emergente. Los jugadores hicieron un tremendo trabajo, se mantuvieron y ganaron el juego. Luego en la Serie Mundial, Williams deja que Lonborg sea bateado de esa manera. Actuó casi como si no quisiera ganar el juego.
Este año los Medias Rojas no tienen chance. Definitivamente no. Jerry Adair colobaró bastante el año pasado, pero no se puede esperar que tenga otra temporada como esa otra vez. Conigliaro fue vital y ahora no está. Mike Andrews hizo tremendo trabajo, él quiere ganar. Nunca vi a un pelotero hacer el esfuerzo que hizo Yastrzemski, pero no puedes esperar que tenga el mismo tipo de año. Petrocelli debe mejorar, y George Scott es un bateador de .300. Dalton Jones es un tremendo bateador por 10 juegos, luego se vuelve nada. Él estaba caliente en la Serie Mundial pero Williams no lo usó en el último juego. Eso fue un error. José Tartabull debió batear ante Gibson en el séptimo juego, pero Williams puso a jugar a Ken Harrelson, quien no hizo nada.
Pero el pitcheo es el 90% de las victorias, y los Medias Rojas no tienen pitcheo este año. Lonborg fue el mejor y más temido pitcher de la Liga porque golpeo unos pocos bateadores. Pero no estará listo hasta mayo o junio. Hablé con Jim sobre no dañar su carrera. Le dije que se mantuviera en forma, que trabajara en el gimnasio y se cuidara. Entonces leí que había ido a esquiar. ¡Que maravilla! Será muy difícil regresar para él. Se lesionó la pierna izquierda, la que levanta y sobre la que cae. Esta listo para dañar su brazo. Probablemente tendrá que cambiar su estilo de pitcheo.
Gary Bell tiene que cambiar su estilo de pitcheo. Lanza mucho a través de su cuerpo y por eso la curva se le queda adentro. Lee Stange tiene que tener un control perfecto. Tambien tiene que apurar sus movimientos porque es facil de robarle bases. Los Medias Rojas obtuvieron a Ray Culp y Dick Ellsworth, pero si tuvieron una temporada difícil en la Liga Nacional, las cosa no van a ser fáciles en la Americana, Ken Brett es un prospecto muy bueno. Tiene buen carácter. Si no se lastima el brazo, y escucha, debe ser muy bueno. Me gusta mucho. No tiene miedo de hacer lanzamientos quebrados cuando está detrás en la cuenta. Brett necesita trabajar mucho, quizás deba ir a las menores otro año.
Si tengo algo de que enorgullecerme de la temporada de 1967, es de la ayuda que le presté a Jim Lonborg. Tuvo marca de 10-10 en 1966 y luego 22-9 en 1967. La razón de esa diferencia fue que mantuvo la pelota baja y se hizo respetar por los bateadores. Cuando vi a Jim la primavera pasada le dije que tenía suficiente control como para lanzarle adentro a los bateadores. Tenía confianza en sí mismo. Cuando tienes eso puedes alejar a los bateadores del plato.
Jim golpeó 19 bateadores la temporada pasada. Sólo protegía el plato, justificaba su sueldo. Ningún pitcher puede permitir que un bateador haga lo que le plazca en el plato. Cualquier bateador que bateé en zona buena o en foul un lanzamiento afuera, debe aprender que no puede estar tan cerca del plato. Hacer que los bateadores te respeten es una de las maneras de pitchear. Jim aprendió eso.
Cuando yo pitcheaba, sabía eso. Algunas veces lanzaba a la cabeza de los bateadores, pero la mayoría de las veces apuntaba a un blanco por debajo de la barbilla. No trataba de pegarles en la barbilla, porque si lo hubiese querido lo hubiese hecho. Solo quería apartarlos del plato, sacudirlos. Cuando estaba en el montículo, estaba en mi trabajo. No me importaba si mi abuela estaba ahí.
Comencé a hacer que los bateadores me respetaran cuando jugaba en la Liga Cubana de invierno en 1945. Aquella era una Liga muy dura. Yo lanzaba para el Cienfuegos y un amigo franco-canadiense que jugaba con los Bravos, Roland Gladu, tambien estaba en el equipo. El fue golpeado por Herrera, un pitcher del Almendares, nuestro gran rival. Herrera era un zurdo que bateaba a la derecha. Cuando vino a batear lo golpeé en el hombro. Recuerdo que después de eso no pudo lanzar más. Tuve que proteger mi equipo y tuve que proteger el plato. Así son las cosas en el béisbol. Si a alguien no le gustaba lo que hacía en la lomita, él podía devolverme la moneda. Yo no era de esos tipos gritones del dugout que le gritaban al pitcher porque sabía que no tendría que enfrentarlo. Cualquiera que quisiera devolverme la moneda podía intentarlo.
Para mí, un lanzamiento adentro es tan importante como un buen cambio o una curva baja y afuera. Recuerdo un doblejuego contra los Cardenales en 1951, cuando jugaba con los Gigantes. Stan Musial bateó de todo contra nosotros. Leo Durocher estaba furioso en el dugout. "Muchachos, no repitan lo que hicieron hoy". Varias semanas más tarde abrí contra los Cardenales y le dejé saber el mensaje a Musial. Él era el tipo de caballero que comprendía esas cosas. Para golpear a Musial tenías que lanzar medio metro adentro. Lo golpeé en la cadera. Él soltó el bate y fue a primera base sin decir una palabra. Tienes que respetar a un caballero como ese. Musial, por cierto, fue el mejor bateador que enfrenté en toda mi carrera. El jugador más completo era Willie Mays, pero Joe DiMaggio me impresionó también, en lo poco que ví de él.
Además de tumbar a los bateadores, lucía como el tipo capaz de derribar a los bateadores. Decían que tenía una apariencia siniestra. Hablaban de mi barba negra, de lo blanco de mis ojos, la dureza de mi rostro. No puedo hacer nada con respecto a eso. Así soy yo. Nunca me afeitaba antes de un juego porque mi piel era muy sensible al sudor.
La forma como lucía, la forma como lanzaba, todo eso me ayudaba. Sacaba ventaja de todo. Si un bateador lucía algo retirado, con mucha precaución cuando venía a batear contra mí, bien. Me hacía más fácil el trabajo. Cuando un bateador llegaba al plato por primera vez lo miraba profundo a los ojos. Si me decía algo, podía intimidarlo. Si me decía algo más, me sonreía, volteaba hacia el centerfield mientras estrujaba la pelota en mis manos. Mientras frotaba la pelota ese bateador ignoraba lo que yo pensaba. Pero yo tenía una buena idea de lo que había en su mente.
Decían que yo era cruel. No era cruel, era competitivo. Jugaba para ganar. Fuera del parque era un tipo amigable. Me gustaba trabajar con los jóvenes. Me desvivo por los niños. Mi esposa Kay, y yo adoptamos dos niños. Pero cuando pitcheaba, ese era mi trabajo. Así era como ganaba el dinero para mi familia. Cualquiera con otro uniforme era el enemigo, yo estaba ahí para vencer al enemigo. Usualmente lo hacía. Yo era Sal el barbero. Afeitaba el plato y también algunos bateadores. Para mí eso es pitchear. Eso es béisbol.
Cada buen beisbolista sabe eso. Digo buenos peloteros porque algunos renuncian y se rinden. Yo nunca lo hice, ni siquiera cuando era obvio que estaba derrotado. Para mí era una vergüenza tener que salir de un partido, esperar que llegara el relevista y tener que caminar solo hasta el dugout. Pero ni en ese momento me rendía. Pensaba, "la próxima vez, ustedes bastardos, serán los avergonzados".
La peor caminata de todas fue en Polo Grounds. Tenías que caminar desde el montículo hasta el clubhouse que estaba en el centerfield. Todos te miraban por un buen rato. Recuerdo un juego, creo que contra los Cachorros, tenía problemas con mi espalda y me cayeron a palos. Salí del montículo, atravesé los jardines y subí al clubhouse de los Gigantes. Había un fanático recostado de la baranda junto a los escalones. "Epa Sal ¿te puedo hacer una pregunta? Miré al fanático y me dije 'que caray' "Seguro, adelante". Él me dice. "Sal ¿Qué estabas lanzando? ¿Balones de basketball?" Me tuve que reir. Grandes fanáticos los de los Gigantes.
En diez años de lanzar en Grandes Ligas, la mayoría de mis pitcheos estaban fuera de la zona de strike. No lanzaba un strike a menos que tuviera que hacerlo. Los bateadores quieren hacer swing, ellos harán swing a bolas malas. Duke Snider fue un tremendo bateador con los Dodgers, pero nunca tuve problemas con él, siempre comenzaba lanzándole una curva contra el suelo. El hacía swing y ya lo tenía en un strike. Otra curva baja y otro swing. Segundo strike. Para este momento Snider estaba tan desesperado que le haría swing a cualquier cosa. No representaba problema alguno, nunca descubrió lo que andaba mal.
Cuando Snider o cualquier bateador estaba en 0 y 2, lo tenía a mí merced. Dependiendo lo podía ponchar, obligarlo a dar un levadito o a batear un rolling. Yo trabajaba a los bateadores. Ellos eran el enemigo. Una vez en un Juego de Estrellas, Snider me dijo, 'Vamos a lanzar unas pelotas, quiero ver que me estás lanzando'. Me reí y me fuí. ¿Por qué razón tenía que mostrarle algo? El era un Dodger y yo un Gigante. Cualquiera que tuviera letras diferentes en su uniforme era mi enemigo. No me gustan los Juegos de Estrellas porque no es bueno ver a peloteros de distintos equipos hablando, fraternizando. Si un jugador de otro equipo tenía una esposa y ocho hijos hambrientos, o si lo iban a bajar a las menores a menos que empezara a batear, me tenía sin cuidado. En el béisbol no hay amistad. Juegas para mantenerte. En la Liga Cubana había un tipo de la misma contextura de Roy Campanella, se llamaba Robert Estalella. Jugaba en Grandes Ligas. Solía venir a hablar conmigo antes de los juegos. "Caramba Sal, eres un pitcher maravilloso. Tu curva se mueve. Eres grande". Me lo quedaba mirando. Cuando venía a batear le recostaba la pelota y lo tumbaba.
Cuando lanzaba, la única vez que miraba al bateador era cuando éste llegaba a la caja de bateo. Después no lo veía más. Podía distraerme. Me concentraba en el blanco.
Concentración y coordinación, eso es pitcheo. Siempre quería que el catcher trabajara en la esquina exterior del plato. Wes Westrum fue el mejor catcher que me recibió. También era un buen bateador, cuando podía empuñar el bate. Tenía las manos muy golpeadas porque se fajaba con todo detrás del plato. Se que Roy Campanella era muy bueno, pero cuando llegué a los Dodgers ya lo afectaban las lesiones y no se movía muy bien. Westrum era flexible. Con Westrum podías tirar la bola contra el suelo. Podías hacer cualquier cosa. El bateador nunca sabía lo que venía.
Un buen pitcher nunca lanza strikes, no hasta que es absolutamente necesario. Los buenos pitchers saben preparar a los bateadores. Hacen cosas que los fanàticos no ven o entienden. Whitey Ford era muy habilidoso, era un placer verlo lanzar. Joe Horlen, de los Medias Blancas de Chicago es una maravilla. Don Drysdale es un buen pitcher. Sandy Koufax lo fue. Los conocí desde muy jóvenes. Querían aprender. Larry Jackson: Ël no tiene miedo de lanzar adentro. Estos son pitchers pitchers. Algunos tipos prefieren no aprender. Sonny Siebert de los Indios de Cleveland tiene buen repertorio, pero he oido que es un cabeza dura. No hay muchos que tengan la idea de cómo lanzar. Conozco la Liga Americana. De 90, 100 pitchers, quizás haya 10, 15 o 20 que tengan una idea de en que consiste pitchear. El resto no lo sabe o no lo quiere saber.
Preparar al bateador es una destreza, un arte. Cada buen pitcher lo hace a su manera. Digamos que le lanzo a un bateador derecho por primera vez. No lo conozco, así que tengo mucho cuidado. Comienzo lanzándole una curva, baja y adentro. Algunos bateadores se van con el primer lanzamiento, como Bob Allison de los Mellizos, así que ¿para qué lanzarle un strike? El próximo pitcheo puede ser una curva, baja y afuera. Si el bateador le hace swing a las dos, probablemente lo ponga en dos strikes o lo obligue a rodar la pelota. Si no hace swing, la cuenta es 2 bolas sin strikes. Estoy en desventaja pero eso no me preocupa. Tengo control. La mayoría de los bateadores tiene problema con las curvas, ahora lanzo curvas en el medio del plato que rompen en la esquina de afuera. Sigo moviendo la pelota alrededor del plato, mordiendo las esquinas. Llevo la cuenta a 2 y 2. Ahora le lanzo una recta alta y adentro para que haga swing. Podría poncharlo con ese pitcheo. Podría estar ansioso de batear. Si no hace swing la cuenta llega a 3 y 2. Pero ahora lo he apartado del plato, y sé que puedo lanzar mi curva en la esquina de afuera. Strike tres y es out. Que venga el próximo.
¿Qué pasa si el bateador conecta una de esas curvas bajas y afuera? La respuesta es fácil. El bateador no tiene como batear esas pelotas, el próximo lanzamiento que envíe lo sacudirá y lo prevendrá de seguirse encimando. Realmente, nunca traté de recordar que pitcheo usé para hacer out a un bateador. Nunca recordaba la debilidad, pero recordaba la fortaleza, lo que bateó con autoridad. La próxima vez trataba de neutralizar la fortaleza del bateador, su poder.
Recuerdo cuando Goody Rosen me bateó un jonrón en 1939. Fue ante una recta baja y adentro. Aprendí de eso para el futuro. Después de eso siempre le lancé afuera y más nunca tuve dificultades con él. Recuerdo a Ralph Kiner en 1950. Le lancé tres bolas en curva y 2 strikes en curva. Westrum me pidió una recta. Parecía lo indicado, pero Kiner la sacó del parque. Me dije ¿Por qué lanzarle rectas a Kiner? En lo sucesivo le lancé puras curvas y rara vez me molestó.
Un bateador de rectas nunca consigue una de mí a menos que piense que sea el momento adecuado. Johnny Logan, quién jugaba campocorto para Milwaukee, me dijo una vez "Epa, cuando me vas a lanzar la recta?" Le dije, "Cuando me demuestres que puedes batear la curva". Al día siguiente lanzaba contra los Bravos y Logan vino a batear. De inmediato lo puse en 2 strikes con la curva, de repente pensé: este es el momento. Lancé una recta en el medio del plato, Logan estaba tan sorprendido que se quedó mirando el tercer strike. "Eres un bastardo", dijo. Me reí un buen rato.
Pero, excepto ciertas situaciones especiales, nunca se lanza en la zona de poder de un bateador. Fijense en Lou Brock en la Serie. Bateó como loco porque los pitchers de los Medias Rojas le lanzaron puros strikes. Pregúntenle a Dick Williams por qué. Él era el Rey Tut. Con una bateador como ese hay que lanzar alrededor de la zona de strike. Brock no batea así en la Liga Nacional. No debió batear así en la Serie. Los Cardenales casi resultan atropellados por no lanzarle con cautela a Yastrzemski. Debieron haber sido más inteligentes, lanzarle pelotas malas, pero ellos no creían que él era tan buen bateador. Él se los demostró.
Tuve un largo aprendizaje en pitcheo, en la Liga Mexicana, jugando béisbol independiente en Canadá. No llegué a ser un pitcher de Grandes Ligas hasta los 33 años. Lancé un no-hitter cuando tenía 39 años. Tenía confianza en mí mismo. Esa siempre fue mi marca. La gente siempre me decía "Caramba, fue muy malo que estuvieras 4 años fuera. Ahora tendrías un tremendo récord". Creo que mi record esta bien como está, 119 victorias, 62 derrotas, eso es casi .700 en porcentaje. Quizás no habría sido tan bueno si no hubiera ido a México.
Toda mi vida he sido competitivo. Me gustan los deportes. Mi padre fue mi fanático número 1, Él era de Foggia, Italia. Él tenía una venta de víveres en las cataratas del Niagara, donde nací el 26 de abril de 1917. Fui el único varón. Tenía 2 hermanas. Iba a la escuela de la treceava calle, luego a la South Junior High y a la Niagara Falls High School. Había todo tipo de personas en la vecindad, italianos, polacos, judíos. Cada muchacho venía de un hogar donde sus padres querían que progresara. Los Doctores, Odontólogos, muchachos del Club de Oficiales venían de esa vecindad. La competencia era fuerte, pero no era entre nacionalidades. Un año yo lancé, jugué primera y en los jardines para un equipo polaco en su mayoría. Siempre jugaba, si no tenía con quién jugar, lanzaba piedras hacia el río Niagara detrás de la planta eléctrica. Mi madre se preocupaba porque pensaba que yo jugaba mucho. Después de cenar me levantaba de la mesa e iba a la puerta de la calle. Me detenía, si oía a mis padres hablar, sabía que estaba a salvo y salía. O me iba al baño y salía por la ventana. Mi padre me consiguió un trabajo con un barbero, Frank Domonic. Se suponía que debía limpiar el cromo de las ventanas. Fui allí una sola vez, salí por el patio y nunca regresé.
Jugaba en todo tipo de juego. Solían evitar que lanzara pelotas a las muñecas en los carnavales de las cataratas del Niagara. Podían taparme los ojos y aún lanzaba un strike. Siempre me gustó el basketball. Un día de Año Nuevo había un juego de basketball. A un equipo le faltaba un jugador. Abandoné la mesa y fui a jugar. Mi esposa dejó de hablarme por varios días. Establecí una marca local de anotación en la Liga Muny, 61 puntos en un juego, y eso fue cuando los períodos eran de 8 minutos. Después de la secundaria tuve una beca para jugar basketball en la Universidad de Niagara. El entrenador. Taps Gallagher, me quería en el equipo, pero mi familia me necesitaba. Así que fui a trabajar en el departamento de embalaje de Union Carbide, donde mi padre tenía un empleo.
Jugué béisbol semiprofesional. Recuerdo que lancé un juego contra el gran equipo de las Ligas Negras, los Grays de Homestead. Josh Gibson, el catcher, me bateó un jonrón en ese juego. Antes del juego el dijo que iba a hacer eso. Garantizo que que si eso hubiera ocurrido cuando sabía más de pitcheo, él habría mordido el polvo. Después lancé con un equipo semipro contra los Monarchs de Kansas City y derroté a Satchel Paige 1-0. Él dijo: "Ese muchacho debería estar en las mayores".
Pero nunca pensé en las Grandes Ligas. Sólo me gustaba jugar béisbol. Hubo una ocasión en Lockport, N.Y, cuando fui observado en juego semipro por un tipo muy gracioso, Darb Whalen, quién pienso trabajaba para los Dodgers. Después del juego él me dijo: "Muchacho ¿estás estudiando?". Le dije: "Si". El dijo: "Sigue estudiando".
En 1937 gané 17 ó 18 juegos en semipro. Buffalo de la Liga Internacional me observó y firmé con ellos en 1938. Steve O`Neill era el manager. Fue como un padre para mí. Nunca había visto un juego profesional. No sabía nada. En mi primer trabajo como relevista me fui directo al montículo sin calentar. Así de poco sabía. O'Neill me dijo que había que ir al bullpen primero.
Aquel juego fue contra Newark, un tremendo equipo, con Buddy Rosar, Merrill May, Charlie Keller y Mike Chartak. Su promedio colectivo era de .350, cuando entré al juego tenían las bases llenas. No me batearon. Los caminé a todos, excepto a uno que le dí en la espalda. Tenía una gran curva, pero después de 4 ó 5 innings me derrumbaba. Era la inexperiencia. Perdí 2 juegos en un día ante Baltimore.
En 1940 fui al Jamestown de la Pony League. Pedí que me enviaran allí porque no estaba jugando mucho con Buffalo. Dejé marca de 3-4 con Jamestown, el próximo año en Elmira tuve récord de 20-15. Con el trabajo gané confianza. En el béisbol profesional no vas a ninguna parte a menos que trabajes.
Desde el principio trabajé con mi pié en el lado derecho de la goma. Verás lanzadores trabajando desde el medio de la goma, pero si eres derecho y trabajas desde el lado derecho, la bola va hacia el bateador en un ángulo que la hace más difícil de batear. Para hacerlo todavía más difícil, mantenía la pelota en el guante mientras hacía el wind up y lanzaba desde mi uniforme. Eliminaba una cantidad de movimientos innecesarios. Un pitcher tiene que lanzar alrededor de 130 envíos en un juego. Si se estira entre pitcheos. Si se dobla y estira sus hombros, está lanzando el mismo juegos dos veces. Se va a cansar. También aprendí a fijar mi ritmo. Si ganaba 4-0, podía quitarle un poco a los lanzamientos. Si ellos empezaban a batearme, podía regresar con mi fuerza para salir de la situación.
En el dugout siempre estaba pendiente del juego. Observaba a los bateadores. Observaba a los pitchers. Siempre hay algo que aprender. Cuando estaba con los Gigantes en 1951 estaba tan pendiente que podía decir cuando Billy Loes lanzaba recta o curva. Él mantenía la pelota oculta, pero cuando hacía el wind up de la curva pasaba el guante sobre la gorra. Cuando venía con recta pasaba el guante por la visera de la gorra. Eso nos ayudaba a vencer a los Dodgers. Antes de una serie Charlie Dressen se quejó en los periódicos de que los Dodgers no estaban esperando suficientes pitcheos. Leí eso y los caí a strikes. Después, cuando estaba con los Dodgers, agarré las señas que Birdie Tebbetts le daba al pitcher de Cincinnati. No era Tebbetts sino un jugador sentado al lado de él quién enviaba las señas. Eso pasó en una serie, luego Tebbetts cambió las señas.
Nunca usé la bola de saliva, aunque fui acusado de usarla. Sólo tenía una curva terrífica que podía romper de 3 formas distintas. Si hubiera usado la bola de saliva, lo admitiría ahora. No tengo secretos. De hecho no cualquier pitcher puede lanzar la bola de saliva. Para algunos no funciona. Otros la usan mucho. Jack Hamilton de los Angelinos lanza la bola de saliva tres cuartas partes del tiempo. La pelota con la que golpeó a Tony Conigliaro el año pasado fue una bola de saliva. El problema con la bola de saliva es que no sabes hacia donde va a romper.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
lunes, 9 de marzo de 2015
Sport Gráfico y aquella pasión semanal
Podían tener el examen más exigente de bachillerato, amanecer indispuestos, o tener que salir con papá para ayudarlo en una diligencia tempranera, de regreso mis hermanos subían a sus bicicletas y emprendían una endemoniada carrera que única la calle La Florida con la calle Las Flores, justo en la cuadra donde el carro de alquiler bajaba el paquete frente a la librería. Hablaban de la dirección de Monjas a Principal. Edificio Rialto Primer Piso o de Plaza La Estrella. Edificio Titania. Entrada “B”. Tercer Piso. San Bernardino, como si vivieran de toda la vida en Caracas. Y se referían a Delio Amado León, Enrique Hurtado, Francisco Camacho Barrios, Rodolfo Mauriello, Héctor Sepúlveda, Andrés Parodi y todos los colaboradores de la revista como si compartieran con ellos todos los días en las oficinas de la misma.
Sport Gráfico fue un fenómeno en el periodismo deportivo venezolano que complementó la información de las páginas deportivas de los diarios y redimensionó la presencia del deporte en la sociedad venezolana. Desde aquella primera aparición el 24 de febrero de 1965 en formato algo menor a las revistas de la época y con un accesible precio de 1,00 Bolívar, Sport Gráfico encendió el gusanillo de la afición deportiva y el gusto por los reportajes, entrevistas y análisis de calidad.
Edson Arantes Do Nascimento, Pelé, una fotografía blanco y negro, mientras ensayaba una jugada ante el Galicia F.C, ilustraba el primer número de Sport Gráfico. En la esquina inferior derecha decía “…¡Gustavo Gil es mejor que Pete Rose!...” El día que logré hojear aquel ejemplar en mis manos, experimenté la emoción intacta de mis hermanos una tarde de marzo, cinco días después de haber aparecido. Fotografías deportivas en pleno desarrollo y sobre todo los artículos de muchos de aquellos narradores que escuchaban en la radio. Esa tarde había ido a la hemeroteca para realizar una investigación completa de varios períodos cronológicos de un beisbolista y terminé encapsulado en el génesis, o lo que imaginé como tal, de la revista que hicimos una religión, ir cada jueves en la mañana a buscarla a la librería, sin importar si teníamos los tres reales, éramos capaces de comprometer el bolígrafo Parker que papá nos había obsequiado en el cumpleaños, aunque más tarde en el día regresábamos a la librería con la barbilla en el pecho y la cara de papá más afilada que una peinilla a reclamar el bolígrafo. Revisé cada detalle de cómo había empezado todo, Luis Musumeci en la Dirección, Francisco Camacho Barrios en la Jefatura de Redacción, Héctor Sepúlveda Jefe de Información, redactores: Calos Ortega, Rodolfo Mauriello, Ruben Mijares, Omar Buznego. Las oficinas estaban en el Edificio Central de la esquina Ibarras. En algún momento entre julio y diciembre de aquel 1965, Delio Amadeo León sustituyó a Musumeci en la Dirección de la revista y empezaron a llegar otros colaboradores, Luis Aparicio como columnista exclusivo, Ezra Dortolina también reportando el beisbol, Andrés Parodi en futbol, un enjambre de información que me hizo imaginar como serían todos aquellos números que nunca pude apreciar y que ahora intentaba encontrar como había hallado esta joya. Me enteré que en el Museo del Beisbol de Valencia tenían una colección parcial de la revista y por distintas razones se me ha dificultado esa visita, estos cincuenta años de la aparición de Sport Gráfico parecían una excusa más que valedera, más la agitación de esta actualidad se ha convertido en barrera inexpugnable.
Algo en la edición de la revista transmitía el compromiso y la determinación de realizar un trabajo de calidad, desde los textos que parecían creados justo a un costado del diamante beisbolero o detrás de la portería futbolística hasta el ángulo y la nitidez de las fotografías. Esa nitidez nos permitió sospechar hacia mediados de 1974, que Sport Gráfico vivía sus últimos días. Les preguntaba a mis hermanos porque los proyectos positivos tenían corta vida en el país. La única respuesta fue un par de hombros encogidos y una mueca de espantapájaros. Aquel jueves de mediados de mayo intenté decirle a papá que detuviera el Malibú anaranjado frente a la iglesia Santa Inés, solo que tenía pendiente una diligencia en una entidad bancaria. Me dijo que ya tendría tiempo de conseguir aquella revista. Casi saqué medio cuerpo por la ventanilla trasera, en el paraban del quiosco, el rostro del futbolista Gianni Rivera burbujeaba bajo el recuadro con letras blancas en fondo anaranjado de Sport Gráfico. Sobre la chaqueta azul de la selección italiana aparecían sus declaraciones sobre el inminente mundial de Alemania. Me escapé del Malibú y registré como siete cuadras de la calle Mariño y la Bermúdez en dos direcciones, cuando intentaba buscar en la tercera, papá me detuvo con mirada torva y me reclamó porque no lo había esperado en el carro. El resto de la tarde y los próximos días recorrí en vano todos los quioscos, librerías y quincallas. En todas partes me decían: “Eso voló hijo…es que se regó que ese era el último número de esa revista”.
Mis hermanos bromeaban conmigo porque seguía madrugando los jueves frente a la librería, me sentaba en un banco de la Plaza Montes a esperar que llegara el carro de alquiler, a eso de las ocho de la mañana un Ford Fairlane con dos manchas de masilla en el capó frenaba y salía el chofer, sacaba el paquete de El Nacional, el de El Universal, el de Meridiano, me emocionaba cuando templaba un bulto más pequeño y volteaba hacia las hojas secas de la plaza cuando reparaba que se trataba de Gaceta Hipica, desandaba las cuadras por la calle Flores, con muchas portadas en mi espacio visual, el casi no hit no run de Graciliano Parra, la maravilla del Látigo Chavez, los 21 ponches de Lew Krausse, las hazañas de Gene Brabender, Sandy Koufax y el Yom Kippur, los Orioles de 1966, el guante mágico de Dámaso Blanco, la dupla Tovar-Davalillo, el Sueño Imposible de los muchachos cardíacos de Boston, un pitcher llamado Bob Gibson, la medalla olímpica de Morochito Rodríguez, los estacazos de Clarence Gaston, la consagración de Enzo Hernádez, los Milagrosos Mets, la aspiradora de Brooks Robinson, la Serie del Caribe de 1970, el Mundial de Futbol México ’70, el campeonato nacional de Beisbol Juvenil de Cumaná en agosto de 1970, las hazañas de Mark Spitz y el septiembre negro de los Juegos Olímpicos, aquella fractura en el tobillo de David Concepción, la dinastía de los Atléticos de Oakland. De pronto tenía una gran investigación arqueológica de la que no quería salir para evitar la ausencia de aquel último número. Tenía el consuelo de todos aquellos ejemplares acumulados, los guardaba con celo bajo la cama. De vez en cuando escuchaba a mamá quejarse que esas revistas viejas solo traían cucarachas y chiripas. La miraba con ojos a punto de lluvia, intentaba decirle que esas revistas significaban mucho para mí, solo bajaba la cabeza y salía del cuarto. El hecho me sorprendió regresando de unas vacaciones de Cumaná, corrí a meter la mano bajo de la cama, quería sumergirme en otra expedición arqueológica, pero no tocaba nada, me lancé al piso y buceé hasta el fondo del polvo acumulado, solo había telarañas y el frío del granito. Allí me quedé sollozando el resto de la tarde.
Alfonso L. Tusa C.
lunes, 2 de marzo de 2015
Dwight Evans. Individuo del Salón de la Fama. (Lo que un padre es capaz de hacer por un hijo).
David Laurila. 13-12-2011.
Dwight Evans es uno de los jugadores más queridos en la historia de los Media Rojas de Boston. Conocido por su clase y dignidad casi tanto como por lo que hizo en el terreno, el hombre conocido afectuosamente como “Dewey” jugó más juegos con el uniforme de los Medias Rojas que nadie, excepto Carl Yastrzemski. Miembro de los equipos plagados de estrellas de 1975 y 1986, él también jugó en algunos de los juegos más memorables de Boston.
Un bateador subestimado en buena parte de su carrera, Evans bateó .272/.370/.470, con 385 jonrones, nadie bateó más extrabases que él en la década de los ’80. Ampliamente reconocido como el mejor jardinero derecho defensivo de su época, ganó ocho guantes de oro. Bill James lo ha llamado “uno de los peloteros más subestimados en la historia del béisbol”.
Tan bueno como fue entre las líneas de cal, sus números se comparan favorablemente con los de varios peloteros inquilinos de Cooperstown, Dwight Evans ha sido un mejor esposo y padre.
Evans habla de la atrapada (1975)
“Era el úndécimo inning, y Ken Griffey estaba en primera base. Para ese momento, él era probablemente el tipo más rápido del beisbol. Joe Morgan está al bate, yo me imagino todos los escenarios: ‘¿Que tal si la batea sobre mi cabeza? ¿O si la batea entre dos?’ Pienso que puedo tener que meterme en la tribuna para atrapar la pelota, porque si perdemos, no hay mañana. Todos esos escenarios pasan por mi cabeza”.
“Todas las grandes jugadas en realidad se hacen en la mente antes de realizarlas en tiempo real. Tienes que anticipar. Un jugador como Ozzie Smith, con todas las grandes jugadas que hizo, pensaba en hacerlas antes de que ocurrieran. Eso es lo que yo hacía en el right field”.
“Cuando Morgan bateó la pelota, esta vino directo a mí, pero sobre mi cabeza. Normalmente una bola como esa empezará a curvear hacia la línea del right field, yendo desde mi derecha hacia mi izquierda, por eso siempre iba un poco hacia la línea cuando corría atrás. Esta pelota no curveó”.
“Cuando reviso las repeticiones, veo que la bola estaba sobre el plato pero afuera. Si hubiera estado más en el medio, el la hubiera enganchado, pero no lo hizo. La bateó de frente y la bola se mantuvo recta. Me volteo y veo la línea del right field, corro hacia atrás, y la pelota no está curveando, en realidad está detrás de mí. He ido muy lejos”.
“Si 10000 pelotas fueron bateadas hacia mi en el right field, 9997 de ellas curvearon hacia la línea. Esta se mantuvo recta. Solo hubo dos tipos con los que me ocurrió eso. Uno fue Tony Oliva, su batazo fue hacia el otro lado, hacia el center field. El otro fue Cecil Cooper. Esas fueron las únicas pelotas que fueron bateadas hacia mí como esta”.
“Voy hacia atrás, la pelota está detrás de mí, y la pierdo de vista. Perdí la pelota. Salté y lancé el guante detrás de mi cabeza. Por eso lucía tan torpe. La perdí por una fracción de segundo. Ese es un momento de terror en la mente de cualquier pelotero. De alguna manera, la pelota cayó en mi guante. Estaba sorprendido. El catcher de reserva de los Rojos, Bill Plummer, estaba en el bull pen del visitador, y dijo que la pelota hubiera aterrizado a dos o tres filas en la tribuna. La cerca por ese lado es baja, como de un metro de altura, y él dijo que la pelota habría pasado por encima de esta si yo no la atrapo”.
“Luego de atrapar la pelota, me volteé para lanzarla. Recuerdo que Fisk fue entrevistado luego de batear su jonrón en el duodécimo inning. Ellos preguntaron ‘¿Qué te pareció la atrapada de Evans?’ El respondió, ‘Si, fue una gran atrapada, pero el tiro fue defectuoso’.
“Mientras giraba, lo primero que miré fueron las luces. Fue como ver el sol por una fracción de segundo, como un flash repentino en los ojos. Lancé desviado hacia primera base como por siete metros. Yaz atrapó la pelota y se la pasó a Rick Burleson, quién vino a cubrir primera base. Fue un dobleplay. Fue una gran jugada. No fue la mejor atrapada que hice, pero fue la más importante de mi carrera”.
Sobre Bill Buckner y el jonrón de Hendu (1986)
“Estabamos muy confiados para el séptimo juego. Habíamos dejado atrás el sexto juego. No había ni un pensamiento distinto a que nos preparábamos para otro juego, un juego que queríamos ganar a toda costa”.
“Bateé un jonrón en el segundo inning, ante Ron Darling, para irnos adelante 1-0. Fue un bombazo que sobrevoló todo entre left-center. Luego, despaché un largo doble sin outs en el octavo inning para empujar dos carreras. Todavía estábamos abajo 6-5, pero yo representaba la carrera del empate y estaba en posición anotadora. Entonces Rich Gedman bateó una línea hacia el segunda base. Le pegó duro, pero no me permitió avanzar; seguía atascado en segunda base. Don Baylor era el siguiente en el turno y bateó un elevado que me hubiera remolcado fácilmente, para igualar el juego, si hubiese estado en tercera base. Me congelé en segunda base y ellos terminaron ganando el juego y la serie”.
“Después, cuando yo viajaba, la gente se acercaba y decía que gran Serie Mundial fue esa. Al principio, yo pensaba, ‘¿Qué están ustedes, locos?’ Pero a medida que pasó el tiempo y fui capaz de mirar eso desde una perspectiva diferente, fui capaz de apreciar como fue para los aficionados del beisbol, los aficionados de otros equipos diferentes de los Medias Rojas y los Mets, ver esa remontada en el sexto juego, y entonces aquel excitante séptimo juego. Fue una serie fenomenal.
“El sexto juego fue como el quinto de los play offs de la Liga Americana, cuando vencimos a los Angelinos. Eso fue cuando Dave Henderson descargó un jonrón salvador con dos outs en el noveno episodio. Recuerdo haber visto (al antiguo cátcher de los Angelinos) Bob Boone aquel invierno. Bob dijo que estaba viendo el juego por TV cuando la pelota pasó entre las piernas de Bill Buckner, y el saltó y gritó, ‘¿Cómo se siente eso ah? ¿Cómo se siente eso?’ Lo que nos ocurrió a nosotros fue lo que les pasó a ellos. Ellos habían estado a un out de ganar. Así como a nosotros nos mató perder con los Mets, a ellos los mató perder con nosotros, especialmente por la forma como ocurrió”.
“Para mí, el jonrón de Dave Henderson fue más importante que el de Carlton Fisk. Mucho más importante. Íbamos a quedar fuera de la serie. El jonrón de Bernie Carbo fue más importante que el de Fisk. No estoy quitándole nada a Pudge. Su jonrón fue grande, fue para ganar un juego, pero el juego estaba empatado. El jonrón de Carbo llegó en el octavo inning cuando perdíamos por tres carreras. Fue inmenso. Fue el jonrón más largo que ví, justo delante del de Fisk”.
“Cuando Henderson bateó su jonrón, la policía del estadio nos había sacado fuera del dugout. Nos habían empujado hacia el pasillo. Veíamos a Dave Henderson batear a través de las piernas de los policías del estadio. Él bateaba fouls pitcheo tras pitcheo contra Donnie Moore, quién se suicidó pocos años después. Fouleaba tenedores cortantes, envíos difíciles, y entonces conectó uno para salvar el juego. Había 65000 personas en el estadio y ellos estaban eufóricos y listos para saltar al campo. Para ellos era como si todo se hubiese acabado. Había dos outs, dos strikes, y su relevista estrella en el montículo. Entonces ¡bam! Henderson engancha una y estamos de vuelta. Ganamos en extra inning, luego regresamos a Boston y ganamos los próximos dos fácilmente. Ese, para mí, es el jonrón más grande que vi”.
Sobre el jonrón espiritual (1982)
“Mi hijo, Tim, tiene una enfermedad llamada neurofibromatosis. Él ha tenido 40 cirugías mayores y una de ellas ocurrió en 1982 cuando él tenía 12 años de edad. Estábamos en el hospital, donde él había pasado por una cirugía de seis o siete horas, y luego de recuperarse fue llevado a la habitación. Él estaba mareado, casi inconsciente, pero alerta de las cosas y capaz de comunicarse. Le dije, ‘Tim, tengo que ir al estadio. Te amo y hablamos después, nos vemos después del juego’. Entonces lo besé en la frente”.
“Cuando llegué a la puerta, el dijo, ‘Papá ¿me puedes hacer un favor?’ Le respondí, ‘Seguro, Tim ¿Qué quieres?’ El dijo, ‘¿Puedes batear un jonrón para mí esta noche?’ Yo odiaba decir que sí, porque obviamente eso no es fácil, pero regresé a su cama y le dije, ‘Tim, batearé un jonrón para ti esta noche’. Me despedí y regresé a la puerta, él dijo, ‘Papá, ¿puedes hacerme otro favor?’ Le dije, ‘Seguro, Tim, ¿qué es? Él dijo, ‘¿Puedes batear dos jonrones para mí esta noche?’ Ahora no sabía que decir. No había estado seguro de que debía haber prometido uno, y ahora él me pedía dos. Me tenía que ir al estadio, así que le dije, ‘Tim, batearé dos jonrones para ti esta noche’”.
“Esa noche, él y Susan, mi esposa, vieron el juego en el hospital. Él dormía y despertaba, Susan le dijo, ‘Tim, tu papá acaba de batear para ti un jonrón’. Dos veces. No me percaté de lo que había hecho hasta después del juego. Cuando estás en el momento, y estás enfocado en el juego, no piensas en, ‘Caramba, bateé un jonrón, y fue para Tim’. Pero después del juego, me di cuenta de lo que había pasado. Si hubo algún momento espiritual en mi vida, fue ese. Yo sabía que alguien había estado mirándome”.
“Cuando regresé al hospital, él todavía se dormía y despertaba, pero muy feliz de que yo hubiese bateado dos jonrones. Yo probablemente estaba más feliz. Algunas veces deseo que él me hubiese pedido batear un jonrón mil veces”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
miércoles, 18 de febrero de 2015
Prevenido por los Yanquis, de Corea del Sur, Rob Refsnyder
David Waldstein. The New York Times. 05-02-2015.
Un tortuoso camino hasta los Yanquis.
Tampa, Fla. – Al final de aquellas exhibiciones de beisbol en Orange County, Calif., el formato siempre era el mismo. Pocos entrenadores y niños asistentes del día se conocían. El director se paraba frente a los jugadores y mencionaba los nombres de quienes habían destacado ese día: el mejor guante, el mejor brazo, el mejor bateador.
El nombre Robert Refsnyder era mencionado frecuentemente, y mientras el muchacho nacido en Corea se levantaba para recibir su premio, la gente lo miraba confundida. La cara no correspondía con el apellido.
“Si, ese soy yo”, decía él, riendo consigo. “Soy Rob Refsnyder”.
En algún momento de este año, entrenamientos primaverales, inauguración o más adelante en la temporada regular, Refsnyder será presentado a los aficionados de los Yanquis por primera vez, y algunos de ellos podrían mirarlo con la misma confusión de los jugadores y entrenadores de aquellas exhibiciones californianas.
Refsnyder es uno de los mejores prospectos de los Yanquis, un bateador sobresaliente quien ha sido invitado a su primer entrenamiento primaveral de Grandes Ligas este mes y espera convertirse pronto en el segunda base regular del equipo. Él fue adoptado en Corea del Sur por padres con ancestro alemán e irlandés, así como su hermana mayor Elizabeth, quien fue una talentosa softbolista en la universidad.
Refsnyder fue seleccionado en la quinta vuelta del draft amateur de 2012, en la Universidad de Arizona, adoptado en este sentido, por los Yanquis. Avanzó rápido en la clasificación del sistema de ligas menores, bateó .297 con un porcentade de .389 con gente en base y alcanzó 508 bases totales en dos temporadas y media, y ahora es una esperanza para los aficionados que han estado aguardando porque el sistema de granjas de los Yanquis produzca al próximo Robinson Canó o Brett Gardner.
Pero también es importante, que con el progreso en su crecimiento el también pueda llevar inspiración a millones de niños adoptados y a los adultos. Refsnyder dice que siempre se ha sentido a gusto con su adopción, pero sabe que la vida puede ser exigente para algunas personas adoptadas, especialmente durante los años de la formación de la identidad en la adolescencia.
Los niños adoptados representan el 2 % de la población total menor de 18 años, pero el 11% de todos los adolescentes referidos a terapia han sido adoptados, de acuerdo al Congressional Coalition on Adoption Institute. Refsnyder señala que cada historia es diferente, hasta él y su hermana pueden tener sentimientos distintos sobre sus adopciones, y dice que ha pasado poco tiempo considerando sus circunstancias.
Pero durante la carrera universitaria de Refsnyder y su breve tiempo en las ligas menores, su historia de adopción se hizo pública, lo que llevó a muchos adoptados y padres adoptivos a buscarlo, en busca de consejos mediante cartas y correos electrónicos y para decirle de la inspiración que él significa para ellos.
Esa atención se podría intensificar si él tiene el tipo de éxito que él y los Yanquis esperan.
“No es algo que yo haya buscado”, dijo sobre dar charlas a los adoptados. “Pero soy feliz haciéndolo. Quiero que la gente sepa que está bien ser diferente, y voy a ser tan accesible como pueda en relación a este tema. Nunca he rehuído el tema, y si los niños quieren preguntarme de eso, les hablaré de eso. Podría hacer un chiste, pero nunca renegaré de ser un adoptado. Estoy orgulloso de mi familia. Represento el apellido Refsnyder”.
Refsnyder fue adoptado en 1991 cuando tenía poco más de 5 meses de edad. Nació en Seul, Corea del Sur, y recibió el nombre de Kim Jung-tae. Su familia no conoce la identidad de su madre biológica; ellos solo saben su edad y nivel educativo, y Refsnyder no tiene ningún resentimiento.
“Estoy seguro de que ella hizo lo que sintió que era lo mejor para mí, darme lñas mejores oportunidades en la vida”, dijo él. “Y me siento muy bendecido. Amo mi familia y haría lo que fuera por ellos, como ellos lo han hecho por mí”.
Su madre, Jane Refsnyder, puede recordar cada fecha del proceso de adopción con mucha nitidez. Como las mujeres embarazadas que llevan el control trimestral de las pruebas de ultrasonido y glucosa, los padres adoptivos tienen rutinas de visitas con trabajadores sociales, revisiones de antecedentes penales y entregas de declaraciones financieras. Algunas veces los sacrificios se hacen antes de conocer a los niños.
Despues de varios años de espera en vano por una adopción en su país, Jane y su esposo Clint Refsnyder, recurrieron a Holt International y fueron conectados con Rob el 26 de marzo de 1991. El 28 de junio, luego de un retraso agonizante tratando de asegurar su visa, consiguieron una cita en Los Angeles. A las 7:43 de la mañana, mientras esperaban en una cafetería de la planta baja del edificio, fueron estremecidos por el terremoto Sierra Madre, que fue medido 5.8 en la escvala de Richter.
Mientras los pedazos de techo caían a su alrededor, los Refsnyder evacuaron hacia la calle. Entonces Jane recordó que había dejado su maletín con los documentos de adopción en el restaurant. Ella le netregó a Elizabeth, quien tenía tres a.ños, a Clint, mientras todas las personas corrían en dirección opuesta, ella regresó adentro. “De ninguna manera iba a perder eso”, dijo ella.
Poco más de dos meses después, luego de un retraso de una semana debido a una enfermedad respiratoria, Rob llegó finalmente al Aeropuerto Internacional de Los Angeles el 5 de septiembre. Vino con el apodo coreano de Moose, por ser un bebé grande.
A medida que los niños iban creciendo, mostraban habilidades atléticas. Clint, quién por estatura había jugado como atacante en el equipo de baloncesto de Muhlenberg College, estimuló sus inclinaciones deportivas con juegos en el garaje y salidas anuales del día de Navidad para ver a los Lakers de Los Angeles en los días de Shaquille O’Neal y Kobe Bryant.
“Esos juegos siempre fueron de mis memorias más agradables•, recordó Rob.
Rob destacó en beisbol, baloncesto y futbol americano. En la secundaria Laguna Hills High School fue nombrado jugador del año en su conferencia. Su entrenador le pidió jugar como quarterback por primera vez al año siguiente, y el equipo se mantuvo invicto toda la temporada y ganaron el campeonato estadal.
Fue en el escenario deportivo que él empezó a oir ocasionales expresiones despectivas, principalmente de los fanáticos pero algunas veces de los oponentes. Sus padres no le permitieron jugar futbol americano hasta que tuvo 13 años, y ese año, luego que un muchacho lo tumbara de una patada, le gritó a Rob, “¿Por qué no regresas al sitio de donde eres?”, Rob le replicó, “¿Por qué no lo haces tú?”
Otros comentarios fueron más inocentes. Cuando tenía 16 años, Rob se ganó un puesto en el equipo olímpico junior de Estados Unidos que viajó a Venezuela para un torneo, su padre se reunió con él allá. Los niños locales, luego de ver a Refsnyder, se preguntaban porqué él no estaba con el equipo japonés. Eso lo divirtió, pero dijo que ese viaje le cambió la vida por otras razones.
“A esa edad, no te importan mucho las otras personas”, dijo. “Los niños de Orange County, Calif., son tal vez algo egoístas y malcriados. En ese viaje vi la pobreza real, niños con un solo par de zapatos y cosas como esa. Eso me cambio para siempre”.
Cuando llegó a la universidad y aumentó la importancia de los juegos, se intensificaron las burlas desde la tribuna. La gente hacía chistes racistas, dijo él, y comentarios malintencionados sobre su adopción. Algunos causaban risas. Otros no.
“Decían cosas terribles, cosas dolorosas”, dijo él. “Observaciones rudas sobre mi raza y la raza de mis padres, decían que la adopción no está bien. Ellos eran ignorantes tratando de meterse en mi mente”.
Refsnyder dijo que nunca se había sentado a conversar con sus padres sobre la adopción, ni sentía que lo necesitaba. No se dio cuenta de que era adoptado, hasta que a los 5 o 6 años, le preguntó a su hermana porque ellos lucían diferentes a sus padres. Su respuesta fue, “Porque somos adoptados”.
Él dijo, “Desde entonces, lo acepté totalmente”.
Aunque las leyes recientes y las tendencias han causado un decrecimiento en las adopciones internacionales, Corea del Sur tiene el programa de adopción internacional más viejo y envió más niños fuera de sus fronteras que cualquier otro país, más de 150.000, desde 1953 hasta 2006, de acuerdo al ministerio coreano de salud y calidad de vida. Más de 104.000 fueron adoptados por ciudadanos norteamericanos.
En los años recientes, el gobierno surcoreano ha tomado medidas para reducir el número de adopciones y mantener juntas a las familias biológicas. En 1991, la de Refsnyder fue una de aproximadamente 1800 adopciones desde Corea del Sur hasta Estados Unidos, por debajo de un tope de más de 6000 en 1986, dos años antes de que Elizabeth Refsnyder fuese adoptada. En 2013, el número fue 138.
En Orange County, donde los Refsnyder aún viven, hay muchas familias de ascendencia coreana. En innumerables ocasiones, algunas de esas personas le han dichoa los Refsnyder que gesto tan hermoso habían hecho ellos al adoptar dos niños, y cuan afortunados eran los niños de tener unos padres tan cariñosos y comprometidos.
“Siempre decimos que somos los afortunados”, dijo Clint Refsnyder. “Mi esposa y yo somos muy afortunados de tener dos niños tan maravillosos”.
Algunas veces, dijo Refsnyder, su madre le pregunta si le gustaría encontrar a su madre biológica. La respuesta de Rob es típica de la manera como asimila el tema en general. “Lo siento mamá, estás repetida con eso”. Un día, el dijo, él espera hacer un viaje a Corea del Sur con la familia.
Recientemente, jane recordó el día cuando Rob estaba en secundaria y cautelosamente le preguntó si heriría sus sentimientos si decidía que quería buscara su madre biológica.
“Oh, Robert”, dijo ella que le dijo. “Iré hasta el fin del mundo contigo. Y si alguna vez la encontramos, seré la primera en abrazarla y agradecerle por el gran regalo que nos dio”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
sábado, 31 de enero de 2015
Bill Monbouquette escribe un gran final
El pitcher leyenda de los Medias Rojas fallece a los 78 años
Martes, 27 de enero de 2015.
Steve Buckley
Phoenix.- Durante los próximos días estarás leyendo muchas historias interesantes e importantes del antíguo pitcher de los Medias Rojas Bill Monbouquette, quién falleció este domingo 25 de enero luego de una larga batalla con la leucemia.
Leerás del papel que él jugó en la historia de las relaciones raciales en Boston. Por 1959, cuando Elijah “Pumpsie” Green emergió como el primer jugador afroamericano en la historia de los Medias Rojas de Boston y rápidamente fue ofendido por uno de sus propios coaches, fue Monbo quien agarró al coach y dijo que dejara de hacer eso.
Leerás de cómo él lanzó un juego sin hits ni carreras para los Medias Rojas en 1962, y como, en 1963, fue un ganador de 20 juegos.
Leerás de su carrera posterior como coach de pitcheo, y como, mientras trabajaba con los Azulejos de Toronto en las ligas menores hacia finales de los ’80, le enseñó a un muchacho alto y espigado de Texas como lanzar la sinker. El muchacho era Mike Timlin, quién lanzaría por 18 temporadas en las Grandes Ligas, incluyendo los equipos de los Medias Rojas ganadores de la Serie Mundial en 2004 y 2007.
Pero con tus bendiciones, me gustaría cambiar el guión un poco. En vez de contarte historias de beisbol, me gustaría decirte una historia de amor. Y sigue leyendo porque es una buena.
Comenzamos en 1955 o cerca de este. Bil Monbouquette era un super atleta en Medford High School, principalmente en beisbol pero también en hockey. Él era alto, bien parecido, iba a todos lados y le gustaba una muchacha llamada Josephine Ritchie, quien vivía dos casas más a bajo de la de él en Eliot Street.
Ella ni siquiera pensó en la propuesta.
Ella lo rechazó y lo dejó frio.
Monbouquette se graduó en la secundaria, firmó con los Medias Rojas, y en tres años estaba lanzando en las Grandes Ligas. Jugó 11 años en las Grandes Ligas (estuvo con los Medias Rojas desde 1958 hasta 1965), y después desarrolló una larga y exitosa carrera como coach de pitcheo.
En 1995, Bill Monbouquette, un hombre divorciado, soltero, asistió a su reunión número 40 de la secundaria. Se tropezó con su compañero de clase Charlie Pagliarulo, padre del antíguo grandeliga, el tercera base Mike Pagliarulo, y los dos hombres empezaron a revisar un viejo anuario de Medford High.
Cuando llegaron a la página donde estaba la fotografía de Josephine Ritchie, Monbouquette la señaló y dijo, “Le pedí que saliéramos y ella dijo no”.
“Bien, ella está aquí esta noche”, dijo Pagliarulo. “Y está soltera”.
De seguro habrás imaginado hacia donde estamos apuntando con esta historia de amor. El viejo Monbo se acercó a Josephine y dijo, “Probablemente no recuerdes quién soy”, a lo cual ella replicó, “Oh, sé exactamente quién eres”.
Fue el inicio de una relación de casi 20 años, incluyendo su casamiento en 2005. Si los llegabas a conocer, te dabas cuenta de que eran, amigos, y tan totalmente enamorados que pensarías que eran un par de colegiales.
Lo cual conduce a la pregunta obvia: ¿Por qué Josephine no quiso aceptar aquella cita de Monbo cuando ellos eran realmente colegiales?
“Porque él era el beisbolista superestrella y no pensaba que tendría tiempo para mí”, me dijo Josephine ayer, solo una hora antes de salir para hacer los arreglos del funeral de Monbo. “Recuerdo haberle dicho, ‘Todo es beisbol para ti. Eso es todo lo que te importa’”.
¿Reconsideró ella la propuesta?
“No”, dijo ella, riendo un poco y entonces agregó esto: “Todo lo que me importaba era ir a los bailes. Me preocupaba que el tuviese algún juego de beisbol y no me llevara”.
“Pero las cosas ocurren por una razón”, dijo ella. “No me lamento de cómo ocurrieron los acontecimientos. Él tuvo su vida, y yo la mía. Y luego nos juntamos y resultó que él fue lo mejor que me haya pasado, y yo lo mejor que le hubiese ocurrido a él”.
“Él era el hombre más dulce y agradable”, dijo ella. “¿Sabes de la historia cuando Pumpsie Green llegó a los Medias Rojas? Cuando supe de eso y de lo que hizo Bill, no me sorprendí ni un poquito. Bill se había mudado a West Medford, teníamos muchos vecinos negros. Y no era este niño negro o aquel niño negro, era Johnny o Harry, o lo que fuera. Y más adelante, para Bill, fue Pumpsie”.
“Yo amaba mucho a Bill”, dijo ella. “Él salvó mi vida”.
Ella lo dice en muchos sentidos: Cuando Josephine sufrió un aneurisma hace unos años, fue Monbo quien la llevó al hospital a tiempo.
La semana pasada, fue Josephine quien llevó a Bill al Brigham and Woman’s Hospital.
Él empezó a susurrar algo. Josephine se inclinó para acercarse.
“Jo, te amo”, dijo él, y esas fueron sus últimas palabras.
Un final hermoso por Monbo, pero no sorprendente.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
miércoles, 28 de enero de 2015
Monbouquette impresionó.
Gordon Estes. ESPNBoston.com. 27-01-2015
Boston- La primera vez que escribí sobre Bill Monbouquette tenía 9 años.
Era el primer dia de clases en el quinto grado de la señora Patch en Lunenburg, Massachusetts, y la tarea que ordenó fue la eterna favorita, Como pasé mi vacación de verano. Con el beneficio de la perspectiva, sería fácil suponer que ese día marcó el inicio de una vida que se desarrollaría en los palcos de prensa del beisbol. Pero en aquel momento, la asignación era una invitación irresistible para revivir el momento más grande en la existencia ordinaria de un niño de un pequeño pueblo. El día que mi padre se deslizó detrás del volante de su viejo Dodge, me mantuvo en el asiento trasero, honestamente no recuerdo si mi hermano mayor fue con nosotros, y manejó 45 millas para llevarme a Fenway Park por primera vez.
Nunca me he olvidado de dos cosas de aquel día. Una fue subir la rampa de la tribuna y ver por primera vez aquel panorama de verde imposible. La segunda fue que Bill Monbouquette lanzó por los Medias Rojas y ganó.
No estoy seguro si para ese momento yo sabía que cuando él tenía 24 años, Monbo había ponchado 17 Tigres de Detroit, para romper la marca de 50 años del equipo fijada por Smoky Joe Wood, y habría igualado la marca de más ponches en Grandes Ligas de Bob Feller si Jim Pagliaroni hubiera agarrado un foul tip, o que el año siguiente el lanzaría sin hits ni carreras contra los Medias Blancas. La devoción de la maestría en el catecismo de los Medias Rojas vendría tres años después, inspirado por un Sueño Imposible.
Pero yo estaba al tanto de que Monbo era un pitcher muy bueno en medio de equipos muy malos de los Medias Rojas, y en una sola noche de mediados de verano, él se sumergió permanentemente en la memoria de un niño.
Pasarían muchos años antes que yo tuviera la ocasión de hablar con Monbouquette como reportero del Boston Globe. Fue unos meses antes de su cumpleaños 70. Luego de una carrera posterior a la de jugador en la cual trabajó como scout, coach de pitcheo y manager en las organizaciones de los Azulejos, Mets, Yanquis y Tigres, Monbo había anunciado su retiro. Había estado para mí en el comienzo; ahora tenía la oportunidad de escribir el epílogo de su vida beisbolera.
Felizmente, descubrí que no solo como jugador sino también como hombre, Monbouquette había tenído bien merecida aquella inversión inicial. Él era primero que todo, uno de los nuestros, nacido y criado en Medford, Massachusetts, y de 18 años cuando los Medias Rojas lo firmaron. Aquella primera tarde, en 1956, el trabajó en Fenway antes del juego, luego fue a la tribuna donde sus padres, Catherine y Frederick, estaban sentados escuchando las palabras altisonantes de un par de borrachos. Al llegar, el adolescente le pidió a los borrachos que bajaran el volumen.
“Ellos me dijeron que me fuera de viaje a tu sabes donde”, recordó él.
Gran error. “Miré a mi padre”, dijo Monbouquette, “y él sonrió”.
Frederick Monbouquette fue un antíguo boxeador, y él y su hijo castigaron tan fuerte a los beodos que la policía apareció, y los Monbouquette fueron llevados a una celda debajo de la tribuna.
“El policía grande irlandés de allá abajo tenía tiempo diciendo mi nombre”, recordó Monbouquette. “Le dije que necesitaba hacer una llamada telefónica, y llamé a Johnny Murphy, el director del sistema de granjas”.
Los Medias Rojas notaron rápidamente que Monbouquette, no se echaba para atrás, ni aguantaba bobadas. En su debut en Grandes Ligas, tumbó a Billy Martin después que el segunda base de los Yanquis se había robado el plato en su turno anterior. Martin salió con elevadito, luego se encaminó al montículo. “Mi guante colgaba suelto, pero tenía mi puño apretado”, dijo Monbo, “Martin me dijo, ‘Me parece que me debías esa, novato’ y siguió caminando.
Monbouquette no tenía miedo de enfrentar hasta su propio manager si pensaba que estaba fuera de lugar. Pumpsie Green, el primer afroamericano que jugó para los Medias Rojas, cuenta la historia del manager Del Baker emitiendo epítetos raciales en una diatriba contra un pelotero rival, Green piensa que hablaba de Minnie Miñoso, el gran jardinero cubano, bien cerca de Green. Monbouquette, quién había crecido en la que era considerada la sección negra de Medford, tomó el asunto en sus manos.
“Del Baker era el manager, y estaba usando la palabra nigger”, dijo Monbouquette. “Le dije, ‘No quiero oírte decir eso, o te voy a tumbar de un puñetazo’. Se lo dije, y él sabía que lo llevaría a cabo”.
Monbo ganó 20 juegos para los Medias Rojas en 1963, lo que hoy lo haría rico, mucho más allá de sus sueños. Entonces, Monbo estaba a solo dos años de ser removido de un trabajo entre temporadas como asistente en la oficina de boletos de los Medias Rojas. En 1965, él perdió 18 juegos (con una respetable efectividad de 3.70) y fue cambiado a los Tigres.
En 1967, el año cuando los Medias Rojas ganaron el banderín, Monbo fue despedido por los Tigres, entonces terminó la temporada con un mediocre equipo de los Yanquis. Lanzaría un año más.
“Siempre lamento”, dijo, que los Medias Rojas nunca encontraron un lugar para él en su organización. El aguijón de ese rechazo fue aliviado un poco cuando el directivo de los Medias Rojas, Tom Werner, llamó después que los Medias Rojas ganaron la Serie Mundial de 2004 y preguntó por la talla de anillo de Monbo; los Medias Rojas le dieron un anillo de la Serie. “Un gesto de mucha clase”, dijo.
Monbo entrenaba regularmente en el gimnasio de Tufts University, fue a los juegos en el palco Fenway Legends, y por varios años entretuvo en los campamentos de fantasía de los Medias Rojas con historias como las que me contó sobre su juego sin hits ni carreras.
“Lo que recuerdo de eso es que pienso que no había ganado un juego en un mes”, dijo él. “Salimos en el avión desde Boston, y estaba sentado haciendo un crucigrama. Vino una aeromoza y dijo, ‘¿Cómo se siente?’, le respondí tengo dificultades con este crucigrama’. Ella me preguntó que posición jugaba y le dije que también estaba teniendo dificultades con eso. Ella dijo, ‘Ya vas a ver que vas a lanzar un no hit no run esta noche’, y se fue”.
El último bateador de los Medias Blancas esa noche fue Luis Aparicio, el shortstop del Salón de la Fama. Monbo le lanzó una slider afuera con dos strikes. Aparicio la siguió, y aguantó el swing. El árbitro principal, Bill McKinley, cantó bola.
“Lo próximo que oí, fue que alguien gritó desde la tribuna, ‘Mandaron al McKinley equivocado’”, dijo Monbouquette, quién hubo de salirse del montículo para aguantar la risa. “Le lancé otra slider, y él falló. Fue una de las mayores emociones de mi vida”.
La tarde de este lunes 26 de enero de 2015, los Medias Rojas anunciaron que Bill Monbouquette se había ido. Había fallecido el dia anterior a los 78 años de edad, debido a complicaciones con la leucemia. Por muchos años después de su diagnóstico original, Monbo, batalló esa enfermedad sin cuartel, y le daba ánimo a los otros envueltos en la misma batalla.
El libro de records dice que él ganó dos juegos más de los que perdió en su carrera de Grandes Ligas (114-112), nada fuera de lo común.
Traten de explicarle eso a un niño de 9 años.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
martes, 27 de enero de 2015
Ernie Banks (Mr. Cub): Una vida milagrosa.
Phil Rogers. 24-01-2015
Su historia es como un guión cinematográfico construido alrededor de un momento inesperado, una oportunidad que para él fue más fácil de ejecutar que de explicar. Tal vez fue por eso que Ernie Banks tuvo dificultades para creerlo aun cuando lo había vivido.
"Mi vida es como un milagro", dijo Banks hace unos años.
Un shortstop con poder al bate, adelantado a su tiempo, ganó el premio al jugador más valioso en las temporadas de 1958 y 1959, con lo cual remató su lugar indiscutible como el jugador más grande en la historia de los Cachorros de Chicago.
Banks murió a los 83 años este viernes 23 de enero, nunca vio a su equipo ganar un campeonato. Pero es necio lamentarse por algo tan superficial. Su legado más grande es el que dejó junto a las Estrellas de la Liga Nacional que continuaron detrás de Jackie Robinson la integración del beisbol, será recordado por como siempre usó con orgullo, dignidad e incansable entusiasmo, el título de Mr. Cub.
Nunca buscó tal aclamación.
Banks, quién creció en Dallas, me dijo una vez que se divertía tanto mientras viajaba en autobús con los Monarcas de Kansas City que no se alegró cuando el dueño Tom Baird lo vendió a él y al pitcher Bill Dickey a los Cachorros por 20000 $ en septiembre de 1953.
Si Banks hubiese controlado su futuro, el pudo haberse quedado con los Monarcas antes que romper la barrera racial en los Cachorros de Chicago. “En realidad no quería venir”, dijo Banks. “Me puedes creer eso?”
Cuando Banks se puso uno de los uniformes blancos de los Cachorros, bateó el primer lanzamiento que vio en la práctica de bateo sobre la pared cubierta de hiedra. Fue como si la hubiese puesto con la mano, en las palabras del historiador Ken Burns, “la suerte de condimento de los Cachorros de Chicago, amados por todos, abrazados por todos.”
Las cosas nunca fueron tan fáciles como Banks las hizo ver, desde ese primer batazo. “Me paré en la jaula de bateo”, dijo Banks. “Me lanzaron la pelota, bum, la saqué del parque…¿Eso es todo lo que hay?”
Banks recordó haber pensado en esa canción de Peggy Lee en su primer día en Wrigley Field.
“¿Eso es todo lo que hay, amigo? Sigamos bailando”, él cantaba mientras hablábamos. “Mirar hacia las gradas, cuan cercanas estaban, no había luces en Fenway, sin mucha gente en las tribunas. Era raro estar ahí, para mí. El manager Phil Cavaretta llegó, dijo, ‘Bienvenido al equipo’ y todo eso. Eso me impactó. Estaba completamente perdido. Así había sido mi vida”.
Banks y los otros pioneros del beisbol pagaron, de muchas maneras, por las oportunidades que recibieron.
“No tenemos ideas de cuan difícil fue”, dijo el comisionado Bud Selig.
Como cualquiera en la historia del beisbol, Banks lidió con los golpes. Él tenía 22 años cuando llegó a Wrigley Field y jugó 19 temporadas ahí. Bateó .274, 512 jonrones, y jugó en 14 Juegos de Estrellas durante su carrera, siempre viviendo lejos de sus compañeros blancos debido a las reglas de alojamiento de Chicago.
Banks había recogido algodón cuando muchacho, ayudaba a su familia empleándose como recolector para los granjeros de Dallas. El cree que por eso desarrolló las manos fuertes y rápidas que usó para crear su nicho en el beisbol.
“Mi bateo siempre fue el mismo”, dijo Banks. “Yo recogía algodón. No se si sabes algo de esto. Yo recogía algodón cuando era muy joven. Mi papa solía llevarme a los algodonales, me decía que recogiera algodón. Eso me enseñó como usar mis manos. Me enseñó a agarrar. Cuando empecé a jugar beisbol tenía las manos rápidas naturales. Esa era mi ventaja adicional, mi pequeño diferencia sobre cualquier otro. Tenía manos rápidas. Podía esperar hasta el último minuto y batear la pelota. Nadie lo podía entender. Pero yo tenía esas manos rápidas, las cuales había desarrollado recogiendo algodón”.
Cuando los Cachorros se hicieron competitivos hacia finales de los años ’60 dirigidos por Leo Durocher, Banks y su amigo inquilino del Salón de la Fama Billy Williams vivían en South Side. Chicago fue escenario de disturbios raciales en 1966, ’67 y ’68, y los promotores siempre trataban de llevar a Banks a las manifestaciones de una manera u otra. El evitaba involucrarse directamente, prefería mostrarse en el estadio con una buena actitud cada día.
“Bien, les decía él, ‘No tengo tiempo para marchar pero contribuyo voluntariamente”, decía el amigo inquilino del Salón de la Fama, Monte Irvin, quién jugó junto a Banks en los Cachorros de 1956. “ ‘Trato de jugar buen beisbol para contribuir de esa manera. Para darle a los niños un ejemplo a seguir, y así los aficionados vengan al estadio complacidos’. Eso es lo que él pensaba. Pienso que esa es una muy buena actitud”.
Banks fue un favorito de los aficionados de todos los colores debido a su personalidad y destreza.
“Trataba de firmarle autógrafos a todos los niños”, dijo Banks. “Porque pensaba que un día podría tener que pedirle trabajo a uno de esos niños”.
Banks rechazaba involucrarse en confrontaciones, aún con Durocher, quien tenía fama de naturaleza abrasiva. No había amor entre esos dos, debido a que, cuando Durocher asumió como manager de los Cachorros en 1966, sintió que Banks estaba acabado.
Las lesiones en las rodillas habían forzado a Banks a mudarse desde el shortstop hasta la primera base en 1962, luego de un infructuoso ensayo en el jardín izquierdo. Durocher, quién estaba celosos de la popularidad de Banks, buscaba en Lee Thomas, John Boccabella, John Herrnstein, Clarence Jones y otros a posibles reemplazos, pero cada año Banks demostraba que pertenecía al medio de la alineación. Él bateó 23 jonrones y empujó 106 carreras a la edad de 38 años en 1969, cuando los Mets de Gil Hodges rebasaron a los Cachorros, y en el proceso rompieron los corazones de millones de personas en Chicago, incluyendo a Banks.
Cada vez que Durocher sacaba a Banks de la alineación, el ícono de la franquicia se sentaba al lado del manager en el dugout.
“Cuando alguien resentía de mí, yo no le gustaba, y ese era el caso con Leo, yo lo trataba con deferencia”, dijo Banks. “En la banca, siempre me sentaba a su lado, en el avión me sentaba a su lado, en el dugout me sentaba a su lado. Él siempre estaba mirando alrededor y me veía…Cuando prendes fuego en mis talones, eso me hace ser mejor”.
Banks, por supuesto, era conocido por “Let’s play two” y otras frases llamativas que salían de su lengua. Él fue muy conversador toda su vida, Irvin recuerda a Pee Wee Reese diciendo que los Cachorros nunca ganaban porque Banks “ hablaba todo el tiempo”, pero raramente hablaba de las dificultades que enfrentó en la vida.
Como Henry Aaron, como Willie Mays, como Robinson, él simplemente se sobre puso a ellas.
Phil Rogers es colaborador de Sports on Earth y columnist de MLB.com. Previamente escribió para el Chicago Tribune y el Dallas Morning News.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
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