lunes, 29 de junio de 2015
Fin de semana en el Salón de la Fama 2013: Una mirada a Jerry Koosman.
27-07-2013. Bruce Markusen.
Si a usted le piden que nombre al mejor pitcher derecho de la historia de los Mets de Nueva York, la respuesta aparece fácilmente y de inmediato: Tom Seaver. Si le preguntan por el mejor zurdo, de pronto le toma un segundo más, pero está casi seguro de responder Jerry Koosman.
Junto a su compañero de los Mets en mucho tiempo Jerry Grote, Koosman estará en Cooperstown este fin de semana para participar en la sesión de firmas que se ha convertido en uno de los atractivos del fin de semana del Salón de la Fama. Aún cuando Koosman no era un completo inquilino del Salón de la Fama, estuvo muy cerca de serlo, fue un pitcher muy bueno quién ganó 222 juegos en una carrera de 19 años. Si Seaver se convirtió en el as de los Mets desde finales de los años ’60 hasta mediados de los ’70, Koosman se acreditó como el indiscutible número 2. Con una recta que se movía mucho alrededor de las 90 millas y una buena curva, Kooz habría sido el as de muchos cuerpos de lanzadores que carecieran de un talento del Salón de la Fama como Seaver.
Sin embargo, por un momento, no parecía que Koosman llegaría alguna vez a las Grandes Ligas. Primero, él pasó una temporada en la armada durante la guerra de Vietnam, lo cual retrasó su carrera profesional. Y luego que terminara su intervención en Vietnam, tuvo dificultades en las menores. Durante una famosa reunión, los evaluadores de talento de los Mets estaban listos para despedir a Koosman, entonces alguien se dio cuenta de que él le debía algún dinero a la oficina principal. Eso tenía su origen a que Koosman estuvo involucrado en un accidente automovilístico y necesitó un préstamo de 75 dólares para comprar otro vehículo. Los Mets, notoriamente austeros en ese momento, no querían dejarlo ir hasta que devolviera el dinero.
Koosman se aprovechó de esa deuda. Luego de una buena temporada con el Auburn Clase A, Koosman saltó dos niveles hasta el Jacksonville AAA, donde completó 14 de 25 aperturas y mantuvo a raya a los rivales con una efectividad de 2.45. En el camino, hizo un ajuste, agregó una curva a su repertorio.
Los Mets subieron a Koosman a las Grandes Ligas en 1967 y lo vieron fallar en una prueba de nueve juegos. Pero entonces llegó 1968, el Año del Pitcher. Koosman lanzó siete blanqueos, ganó 19 juegos, y consiguió una efectividad que fue mejor que la de Seaver, 2.08 por 2.20. Por sus esfuerzos, Kooz fue llamado al equipo del Juego de las Estrellas, recibió votos para jugador más valioso, y llegó segundo en la votación del Novato del Año que lo ganó un tal Johnny Bench.
Como nota de menos importancia, Koosman casi no mostró habilidad como bateador. Fue a batear 91 veces, se ponchó en 62 ocasiones.
Mientras su bateo era una comedia no deseada, Koosman impresionaba a los scouts desde varios frentes, no solo con dos pitcheos altamente efectivos, sino también con un efectivo movimiento para sorprender a los corredores y su voluntad para trabajar con rapidez. Siempre estaba dispuesto a lanzar su recta en strike, eso le permitía ponerse adelante en la cuenta.
Con Koosman y “Tom Terrific” como piedras angulares del cuerpo de lanzadores, los Mets ganaron 73 juegos, una mejora de 12 juegos respecto al desastre de 1967. Para 1969, los Mets estaban listos para ganar. También Koosman, quién alcanzó 17 victorias, ugó su segundo Juego de Estrellas seguido, y de nuevo recibió algunos votos para el premio al jugador más valioso.
También en esa temporada de 1969, Koosman se vio involucrado en un famoso incidente. Luego que el manager de los Cachorros de Chicago ordenara a Bill Hands golpear al jadinero Tommie Agee de los Mets con un lanzamiento, Koosman no necesitó indicación alguna de su manager, Gil Hodges. Kooz le recostó la pelota a Ron Santo hasta que este debió lanzarse al suelo, así le enviaba un mensaje a Durocher de que los Mets no se dejarían intimidar. Los Mets terminaron ganado la serie para acercarse a medio juego de los punteros Cachorros.
Luego de sorprender a los Cachorros en la carrera por el banderín y barrer a los Bravos en la primera serie de campeonato de la Liga Nacional, los Mets vencieron a los Orioles en la Serie Mundial. Fue Koosman quien lanzó el decisivo quinto juego y ganó 5-3 ante una alineación de los Orioles que presentaba una pléyade de complicados bateadores derechos como Frank Robinson, Brooks Robinson y Dave Johnson.
La actuación de Koosman parece aun mejor en retrospectiva al considerar que él lanzó la mayor parte de la temporada con dolor, tenía molestias de contracturas musculares en su hombro y por un espolón en su talón.
El heroísmo de Koosman en la Serie Mundial lo convirtió en nombre de marca de la casa, y lo ayudó ganar un espacio en la portada del ejemplar de Sports Illustrated previo a la temporada de beisbol de 1970. A excepción de un 1971 recortado por las lesiones y un pobre 1972, Koosman siguió siendo un abridor duradero y efectivo. Ayudó a los Mets a ganar el título divisonal en 1973, antes de coleccionar dos victorias durante la postemporada contra los Rojos y los campeones mundiales Atléticos.
Kooz continuó pitcheando bien hasta 1976, cuando ganó su tope personal de 21 juegos y terminó segundo en la votación del premio Cy Young, tras el lanzador de envíos suaves Randy Jones. Hizo todo eso a pesar de tener que asumir la muerte de su padre en marzo.
Entonces vinieron las dificultades de 1977 y 1978. El cambio de Seaver en 1977 puso a Koosman en la íncómoda posición de convertirse en el as de los Mets, para reemplazar a “La Franquicia”. Koosman no lanzó particularmente bien en esas temporadas, además tuvo una suerte horrible, tuvo poco apoyo ofensivo, la defensiva detrás de él dejaba que desear. Tuvo una marca combinada de 11-35 aquellos dos veranos miserables. También cumplió 35 años.
Convencido de que los Mets no estaban interesados en ganar, Koosman pidió que lo cambiaran. Dijo que si los Mets no lo negociaban, se retiraría. En realidad bromeaba, pero los Mets decidieron no arriesgarse. Lo enviaron a los Mellizos por el pitcher de ligas menores Greg Field y un jugador a ser nombrado después, quien resultó ser Jesse Orosco.
A corto plazo, el cambio resultó un robo para los Mellizos. Rejuvenecido por el cambio de liga y organización, Koosman emergió como ganador de 20 juegos y candidato al Cy Young mientras lanzaba 263 innings. Al dejar de ser un lanzador de poder, compensó con la curva y el control. El año siguiente, su actuación desmejoró un poco, pero aún ganó 16 juegos.
No fue hasta la temporada de 1981 cuando Koosman perdió su puesto en la rotación de Minnesota. Fue movido hacia el bull pen, se convirtió en el preparador de Doug Corbett y cerrador ocasional. Fuera del campo, sin embargo, los Mellizos estaban cada vez más irritados con Koosman, el representante de los peloteros en el equipo y miembro activo de la Asociación de Peloteros. Las quejas a viva voz en asuntos laborales no le agradaban a un dueño como Calvin Griffith. Los Mellizos dijeron que Koosman era una mala influencia para sus jugadores jóvenes.
De manera que en agosto los Mellizos quienes eran contendores por el banderín, ofrecieron a Koosman a varios equipos, incluyendo los Yanquis, antes de enviarlo a uno de sus rivales divisionales, los Medias Blancas. Los Mellizos recibieron poco a cambio: el prospecto de jardinero Randy Stuart Johnson (no confundir con el pitcher) y dos jugadores de liga menor sin ninguna incidencia.
El cambio enfureció a los peloteros de los Mellizos. “No me gusta…es un movimiento tonto”, declaró el derecho Roger Erickson a The Sporting News. El cátcher Butch Wynegar fue menos diplomático. “Ese cambio hiede”, dijo Wynegar. “Junto a Doug Corbett, él es nuestro bull pen. No obtuvimos ningun pelotero que podamos usar este año. Eso fue lo peor”.
Pero resultó lo mejor para los Medias Blancas. Por más de las próximas dos temporadas, Koosman se convirtió en una efectiva combinación de pitcher abridor y relevista de innings finales. Altamente inteligente, sirvió como una clase de coach de pitcheo no oficial, le daba consejos a los pitchers jóvenes del grupo. También contribuyó de formas más tangibles, ganó 11 juegos para Chicago en 1983 y ayudó a los Medias Blancas a ganar el título de la división oeste.
Resultó ser la despedida de Kooz’ en Chicago. En febrero de 1985, los Medias Blancas lo enviaron a los Filis como el jugador a ser nombrado después en el cambio que llevó a Ron Reed a Chicago. El dueño de los Medias Blancas Jerry Reinsdorf califacaría su aprobación del cambio de Koosman como una de sus peores decisiones. Al devolverlo a tiempo completo a la rotación, lo Filis vieron a Koosman agenciar 3.25 de efectividad y 14 triunfos. El año siguiente, se recuperó lentamente de una operación de rodilla y lanzó solo 19 juegos. Despues de esa temporada, los Filis lo dejaron libre, asi terminó su carrera, a los 42 años.
Koosman ha permanecido fuera del beisbol desde su retiro, pero no fuera de las dificultades. En 2009, fue sentenciado a una corta estadía en prisión por cargos de evasión de impuestos federales. Influenciado por un movimiento anti-impuestos, Koosman se convenció de que los impuestos federales no aplicaban para él. Esa decisión le costó seis meses de libertad.
Gracias a Dios, Koosman ha dejado atrás esos problemas. Está fuera de prisión, y en Coperstown para una reunión con Grote este fin de semana. Estarán firmando autógrafos en Paterno Brothers Sports y reviviendo aquellos años gloriosos de 1969 y 1973, cuando Koosman era el segundo de a bordo tras Tom Terrific.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
viernes, 19 de junio de 2015
Cooperstown Confidencial: Reggie Jackson y los Mets.
11-10-2013. Bruce Markusen. The Hardball Times.
Cuando Reggie Jackson habla, la gente reacciona. Por eso era inevitable que cuando se hicieron públicos extractos de la nueva autobiografía de Jackson, los medios y los aficionados respondieran. Quizás las palabras más inflamables de la pluma de Jackson tuvieron que ver con los Mets de Nueva York, quienes tenían la primera escogencia del draft amateur de 1966 y algunos observadores habían estado esperando que seleccionaran a Jackson. No lo hicieron, lo que llevó a algunos a especular sobre el porqué de esa decisión.
Jackson dice que el razonamiento de los Mets era simple; a ellos no les gustaba que él tuviera una novia de etnia mexicana en ese momento. Jackson dice que esa información se la dio Bobby Winkles, su entrenador en Arizona State. De acuerdo a Jackson, Winkles le dijo, “Estás saliendo con una muchacha mexicana, y los Mets piensan que serás un problema. Ellos piensan que serás un problema social porque estás relacionándote fuera de tu raza”.
La acusación de Jackson, ciertamente una denuncia de la organización de los Mets en los años ’60, no es nada nuevo. Por años, ha habido especulación de que los Mets evitaron escoger a Jackson por su tendencia a salir con mujeres blancas. Jackson ahora da su versión un poco diferente; fue la herencia mexicana de su novia lo que molestó a algunas personas en la oficina principal de los Mets.
¿Es esto verdad? Ante de llegar allí, primero veamos la escena de junio de 1966, cuando el beisbol tuvo su segundo draft anual en el Hotel Roosevelt de la ciudad de Nueva York. Paul Richards, trabajaba para los Bravos en ese momento, catalogó el draft como “el mejor grupo de talento joven que hemos tenido en años”.
Por virtud de haber tenido la peor marca en las Grandes Ligas en 1965, los Mets tenían la primera escogencia en el draft. De acuerdo al consenso de los reportes pre-draft, Jackson y el cátcher de 17 años de escuela secundaria Steve Chilcott fueron calificados como los mejores. Chilcott tenía poder a la zurda, siempre una facultad deseable en un cátcher joven. Pero algunos scouts pensaban que los Mets tomarían a Jackson, quien estaba más avanzado como jugador universitario en Arizona State y teóricamente estaba más cerca de llegar a Grandes Ligas.
Los Mets decidieron tomar a Chilcott. Bing Devine, quien trabajaba como asistente de Weiss, explicó que el razonamiento de los Mets tenía que ver con necesidad posicional. “Fuimos por Chilcott “, le dijo Devine a The Sporting News, “porque pensamos que la receptoría era nuestra mayor necesidad”.
Con Chilcott fuera de la pizarra, los Atléticos de Kansas City tomaron felizmente a Jackson. El gerente general de Kansas City, Eddie Lopat, elogió diplomáticamente a Jackson y Chilcott. “Nuestros reportes los consideran comparables”, le informó Lopat a The Sporting News. “Ambos corren bien, y tienen poder. Nuestros scouts nos dicen que Jackson está más pulido y que podría estar listo para las mayores en dos años”.
Leyendo entre líneas, Lopat pareciera decir que él habría tomado a Jackson si los Atléticos hubiesen tenido la primera escogencia. Despues de todo, el jefe de Lopat era Charlie Finley, un hombre impaciente quien habría preferido al pelotero más cercano a llegar a Grandes Ligas. Para agregar credibilidad a esa teoría, consideremos los sentimientos de Bob Zuk, el scout de los Atléticos, el hombre que había seguido a Jackson en la universidad. Zuk había dejado saber que él había valorado a Jackson como el mejor prospecto del draft. Él había recomendado a sus jefes que los Atléticos debían seleccionara Jackson si los Mets lo dejaban pasar.
El consejo de Zuk fue bueno, la escogencia de Jackson ayudó a convertir la franquicia de Finley desde el hazmerreir hasta la dinastía. Con Jackson como pieza central de la alineación, los Atléticos ganaron un título divisional en 1971, tres campeonatos mundiales seguidos entre 1972 y 1974, y otro título divisional en 1975.
La selección de Chilcott por los Mets terminaría mal. Luego de una pobre temporada de novato en las categorías bajas de las menores, Chilcott encontró su ritmo de bateo en 1967. La mala fortuna intervino en ese momento. Durante un juego de ese verano en la Florida State League, Chilcott regresó de cabeza a la almohadilla de segunda cuando el pitcher se volteó y lanzó a la base, se dislocó el hombro derecho, y allí terminó la temporada para él. Chilcott nunca fue el mismo. Después de seis temporadas de largas dificultades en la organización de los Mets, firmó con los Yanquis, jugó una temporada recortada en su sistema antes de recibir su despido a la edad de 24 años. Forzado al retiro, Chilcott nunca llegó a las mayores.
En retrospectiva, la selección de Chilcott resultó un desastre. Pero eso no prueba que los Mets fuesen racistas. Para tener respuestas potenciales a esa pregunta, necesitamos observar el ambiente del beisbol en 1966. El juego era ultra conservador. Nadie contrataba un manager negro. No había coaches negros. Aunque había numerosos jugadores negros, ningún equipo había colocado en la misma habitación a un pelotero negro con uno blanco. Y algunos equipos todavía permitían que sus jugadores estuvieran segregados en hoteles separados durante el entrenamiento primaveral.
En tal ambiente, y dado que algunos ejecutivos de beisbol de los años ’60 seguían viviendo en la época previa a Jackie Robinson , es posible que Jackson fuese discriminado por razones de raza y etnia. Y si lo fue, no resultó el único pelotero afectado por tales aberraciones sociales del momento. Veamos el cambio de 1969 que envió a Oscar Gamble y al relevista de recta pesada Dick Selma desde los Cachorros a los Filis por un envejecido Johnny Callison. Han circulado rumores por mucho tiempo de que los Cachorros salieron de Gamble por su práctica de salir con mujeres blancas. Los Cachorros, conocidos por su estilo conservador como organización, supuestamente no querían que sus peloteros traspasaran los límites raciales cuando se trataba de citas románticas.
En contraste con Jackson, Gamble siempre ha cuestionado esta teoría, quizás en parte porque nadie de la organización de los Cachorros le dijo directamente que había un veto silencioso a las citas interraciales. Pero Gamble siempre ha sido más tolerante que Jackson. Hay razones para cuestionar porque los Cachorros hicieron ese cambio.
El cambio de Gamble por los Cachorros fue intrigante, porque Gamble era uno de los principales prospectos de los Cachorros, un jardinero de 20 años con velocidad y poder. El manager de los Cachorros, Leo Durocher, había comparado una vez a Gamble con Willie Mays. El scout de los Cachorros Buck O’Neal, quién firmó a Gamble, dijo que él era el mejor pelotero joven que había firmado desde Ernie Banks. Entonces ¿Cómo es que un pelotero quién había sido comparado con Mays y Banks podía ser cambiado por un Callison lleno de lesiones, quién tenía 30 años de edad y 4 años desde la última vez que participó en el Juego de Estrellas? Desde un punto de vista beisbolero, entregar a Gamble y soltar a Selma por un Callison envejecido no parecía justo para los Cachorros.
Un caso más famoso de un pelotero cuyo destino puede haber sido afectado por actitudes raciales anticuadas involucró a los Yanquis. Consideremos como los Yanquis trataron a Vic Power, un prospecto altamente reconocido quién jugaba en su sistema de granjas durante los años ’50. Un destacado primera base defensivo y buen bateador, Power tenía el tipo de talento que llevó a varios periodistas a predecir que se convertiría en el primer pelotero negro en la historia de la franquicia de los Yanquis.
Power parecía estar en la ruta directa al Bronx, pero las apariencias extraterreno dictaban otro destino. Mientras Power ascendía en el sistema, era considerado muy radical por la oficina principal, la cual era manejada por el capaz pero conservador gerente general, George Weiss. Weiss prefería a un pelotero aforamericano con una personalidad más reservada, alguien como Elston Howard, quién eventualmente rompería la barrera racial en los Yanquis. A diferencia de Howard, Power no era el tipo que agradara a la conservadora y anticuada organización de los Yanquis.
Un nativo de Puerto Rico, Power estaba impactado por las prácticas segregacionistas aquí en los estados y retó al status quo. Trató de enfrentar las tendencias sociales entrando a hoteles segregados y comiendo en restaurantes designados solo para blancos. Cuando encontró obstáculos a estos derechos, denunció las injusticias del sistema estadounidense.
Aún así, Los Yanquis pudieron haber ignorado el estilo extrovertido de Power, si no hubiera sido por la tendencia de este para salir con mujeres blancas. Dificilmente del tipo tímido y retraído, a Power le gustaba ir a restaurantes y clubes nocturnos, donde podía ser visto en compañía de sus conquistas, blancas o de cualquier raza. A diferencia de Gamble, Power sentía que la raza era un factor principal que lo mantenía fuera de Nueva York. “Tal vez los Yanquis no querían a pelotero negro que saliera abiertamente con mujeres blancas”, le dijo Power al autor Danny Peary en su libro, We Played The Game. Por lo cual Weiss mantuvo a Power enterrado en AAA en Kansas City a pesdar de sus números impresionantes, incluyendo promedios de bateo de .331 en 1952 y .349 en 1953.
Weiss y la jefatura de los Yanquis hicieron su mejor esfuerzo por explicar las excusas de porque fallaron en promover a Power. “Nuestros reportes de escauteo catalogan a Power como buen bateador pero malo a la defensiva”, le dijo el copropietario Dan Topping a United Press International. Eso era puro sinsentido; Power era un primera base excepcional quien era lo suficientemente atlético para jugar tercera y segunda base.
“El primer negro que se ponga el uniforme de los Yanquis debe valer la espera”, dijo Weiss. Los Yanquis no tenían intención de esperar por Power. Luego de la temporada de 1953, ellos cambiaron a Power a los Atléticos de Filadelfia como parte de una negociación de 11 peloteros. Ninguno de los peloteros que recibieron los Yanquis se desempeñaba tan bien como Power. El cambio aseguró que Power nunca jugaría para los Yanquis durante la estadía de Weiss en el Bronx.
Eso nos lleva de vuelta a Jackson. Mientras podría ser reconfortante creer que las actitudes raciales habían cambiado entre comienzos de los años ’50 y mediados de los ’60, el alegato de Jackson pone eso en serio cuestionamiento. ¿Es posible que los Mets consideraran una relación interracial como punto determinante en tomar una decisión para dejar pasar a Jackson como la escogencia número 1 en el draft?
“La respuesta corta es un si enfático”, dice el antíguo grandeliga Billy Sample, un jardinero afroamericano quién jugó en los años ’70 y ’80. “Cuando llegué a mediados de los ’70, habíamos oído de talentosos jugadores negros que tenían novias blancas y nunca salieron de las categorías medias de las ligas menores. Mucho depende del liderazgo de los ejecutivos y entrenadores en las ligas menores; Texas era muy bueno respecto a eso (libertad individual), aunque irónicamente yo tuve más de tres años con amenazas de muerte y acoso como grandeliga con una esposa blanca”.
Como Sample lo señala, había un enfrentamiento entre la naturaleza conservadora de los empleados del equipo y las actitudes diferentes de los atletas jóvenes. “Los scouts, en aquellos días, eran principalmente blancos, la mayoría de pueblos pequeños con estructura social conservadora, y los estados sureños tenían el mejor clima para jugar beisbol,; puede no haber sido lo mejor ser un pelotero en el límite de ser escogido en el draft y tener una amiga blanca, aún si solo eran amigos”.
Es un tema difícil de considerar. Al tratar de descifrar la actitud de los Mets respecto al asunto racial en los años ’60, no hay una respuesta definitiva, ni prueba concreta, ni evidencia de que los Mets hicieron algo indebido. Si usted estuviese encargado de este juicio, la falta de humo de pistola probablemente llevaría a fallar al abogado acusador.
Aún así, parece haber una cantidad sustancial de evidencia circunstancial de que algo más allá de las consideraciones usuales del beisbol jugó un papel aquí, dadas las actitudes dominantes de los ’60 y los distintos personajes involucrados en este escenario. La raza afectaba muchos aspectos del juego en el pasado que no es una exageración pensar que ese punto incidió en el status en el draft del futuro inquilino del Salón de la Fama.
Al sopesar todos los factores y revisar la estructura del juego con una dosis sana de escepticismo, debo decir que le creo a Reggie Jackson.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
lunes, 15 de junio de 2015
El año final de la vida de Fred Hutchinson
18-03-2014. Bruce Markusen.
Fred Hutchinson logró tanto estando muerto como lo hizo en vida (via Bruce Markusen).
El largo ajetreo de una temporada de beisbol es ardoroso bajo circunstancias normales. Los juegos pasan implacables, día tras día, sin respiro para los bateadores en mala racha o aquellos lanzadores cuyos brazos se han debilitado. Ganar o perder, la interminable temporada emite su veredicto apropiado.
Ahora consideremos lo que un equipo enfrenta cuando se trata de una tragedia de la vida real. ¿Cómo reaccionan los peloteros al saber que su manager, el hombre reconocido por liderar a sus 25 asociados, ha sido diagnosticado con una enfermedad terminal? ¿Cómo el manager maneja la posibilidad real de que está muriendo? Eso fue lo que los Rojos de Cincinnati y su manager vivieron hace 50 años, desde la mitad del invierno hasta el final de la temporada regular y más allá.
Para 1964, Fred Hutchinson había desarrollado una reputación ejemplar en el beisbol. Un veterano de la segunda guerra mundial, él regresó al juego desde sus deberes allende los mares en 1946 y se estableció como un sólido pitcher derecho abridor. Desde 1946 hasta 1951, él ganó en doble figura cada año para los Tigres, a quienes les gustaba su confiabilidad y fortaleza. Tambien se hizo legendario por su competitividad. “Yo siempre sabía como había actuado Hutch cuando íbamos a jugar después de Detroit en una ciudad”, le dijo una vez el cátcher de los Yanquis, Yogi Berra, a Sports Illustrated. “Si encontrábamos banquetas en el clubhouse, yo sabía que él había ganado. Si conseguíamos material quemado, él había perdido”. Si, una derrota para Hutch ponía al clubhouse en alto riesgo de daños físicos.
Luego que las dolencias en el brazo afectaron su calidad como pitcher, Hutchinson trasladó su competitividad a la dirección. Los Tigres le pidieron ser su manager a mitad de la temporada de 1952, aun cuando solo tenía 32 años de edad y todavía era un pitcher activo. Como manager de los Tigres, dirigió a un joven Al Kaline en sus primeros días en las Grandes Ligas, pero la estadía de Hutch con los Tigres terminó abruptamente cuando la oficina principal no quiso darle el contrato multianual que él quería.
Luego de una pasantía exitosa como manager del equipo Rainiers de Seattle en las ligas menores, Hutch regresó a las Grandes Ligas con los Cardenales. Ganó el premio de Manager del Año en San Luis y también ganó un apodo, “El Gran Oso”, cortesía de Joe Garagiola, el cátcher convertido en narrador. Garagiola notó que Hutch nunca sonreía. Ese hábito eventualmente llevó a sus peloteros a referirse a él como “Viejo Cara de Piedra”.
Aunque nunca lo he confirmado, hay una leyenda de Hutchinson que se ha arraigado. Cuando uno de sus pitchers permitía un jonrón en el cierre del noveno inning para perder el juego, el lanzador temía tanto la ira de Hutchinson que se resistía a regresar al dugout del equipo. En vez de eso, el aterrorizado lanzador se iba hacia el jardín central, por donde salía a través de una puerta de la cerca de los jardines. La historia puede no ser verdad, pero ejemplifica la furia que sentía Hutchinson por una derrota dolorosa.
Uno de los gerentes generales de Hutch instaló un saco de boxeo en su camerino, con la idea de que drenara su frustración sin hacer daño. El gerente general trajo el saco después que Hutchinson había roto seis sillas, una mesa, un bombillo y una banqueta.
Una pobre temporada con los Cardenales en 1958 resultó en la despedida de Hutchinson, regresó al Seattle de ligas menores, donde impresionó a los Rojos con su trabajo. A mediados de la temporada de 1959 los Rojos despidieron a Mayo Smith y llamaron a Hutchinson. Resultó ser un movimiento habilidoso.
Los Rojos de 1961 estaban supuestos a no ser más que un equipo de segunda división, pero Hutchinson pensaba de otra manera. Siempre exigiendo, él empujaba a su equipo hasta el límite de su potencial, su temperamento estallaba cuando los peloteros no respondían. Desarrolló varias estrellas jóvenes, incluyendo a Vada Pinson, Hutch lideró un equipo que logró numerosos regresos en los últimos innings en ruta a un banderín de la Liga Nacional que impactó a más de uno.
Como lo describió Jim Brosnan en su libro maravilloso, Pennant Race (Carrera por el banderín), los peloteros de los Rojos respetaban a Hutchinson. Mientras se cuidaban de su explosivo temperamento, Brosnan y sus compañeros amaban el liderazgo de Hutch, su rechazo al pánico, y su sentido del humor. Aunque podía ser duro y crudo en apariencia, ellos lo querían.
Luego de jugar por encima de sus expectativas para ganar el banderín en el ’61, los Rojos continuaron jugando buen beisbol en 1962. Ganaron 98 juegos, pero se quedaron cortos ante un equipo de los Gigantes que galopó la Liga Nacional. Los Rojos no jugaron tan bien en 1963, pero Hutchinson todavía ganó 86 juegos mientras desarrollaba una gran combinación joven de doble plays con Pete Rose y Leo Cardenas.
Ese invierno, en los meses cercanos a la temporada de 1964, Hutchinson de 44 años notó un quiste sobre su clavícula y visitó a a su doctor para examinarse. El examen médico no fue de rutina.
Un día antes de Navidad, el doctor le dijo a Hutchinson que el quiste era maligno. Adicionalmente, era parte de una serie de tumores, todos malignos, dispersos en los pulmones de Hutchinson, su pecho, y su cuello. Dadas las opciones médicas disponibles en esa época, el doctor le informó a Hutchinson, quien fumaba regularmente dos cajetillas diarias, que su condición era muy seria y las posibilidades de tratamiento, limitadas.
Hutchinson consultó con su hermano, el Dr. Bill Hutchinson, un cirujano notable, quién le recomendó a Fred que hiciera una cita para verse en el Swedish Hospital Tumor Institute en Seattle. Los doctores del instituto prescribieron un nuevo tipo de tratamiento del cáncer, uno que involucraba la radiación. Más específicamente, Hutchinson recibió radio terapia hibaróxica, la cual implicaba la aplicación de rayos X en una cámara de oxígeno de alta presión.
La oficina principal de los Rojos esperó hasta después de las fiestas para anunciar públicamente el diagnóstico. El equipo publicó una declaración informando que su manager tenía cáncer de pulmón. Al mismo tiempo, los Rojos anunciaron que Hutchinson, un hombre conocido por su fortaleza, se sometería a tratamiento y descansaría en el hospital de Seattle por los, próximos dos meses antes de reportarse al entrenamiento primaveral en Tampa y comenzar su tarea de dirigir al equipo en 1964.
La revelación de la condición de Hutchinson no era la clase de noticia que cualquier equipo quería oir. El tiempo era el más cruel dado el optimismo que giraba alrededor de los Rojos en ruta hacia la primavera de 1964. Con un sólido grupo de veteranos, un prometedor sistema de granjas, y un cuerpo de lanzadores que parecía listo para regresar luego de una temporada mediocre, los Rojos se consideraban legítimos contendores de la Liga Nacional. Mientras nunca fue un buen tiempo para un manager enfrentar una crisis personal como el cáncer, era especialmente duro para un equipo que necesitaba a un manager bien respetado disponible para lo que podría ser una carrera por el banderín muy disputada.
A Hutchinson le gustaba la conformación de su equipo. Tenía dos estrellas legítimas en Pinson, su principal baza en el jardín central, y Frank Robinson, su fiero jardinero derecho. Tenía ese prometedor medio del infield que contaba con Rose, el Novato del Año de 1963, y el hábil Cárdenas. La primera base también parecía estar en buenas manos, por lo menos ofensivamente, gracias a la presencia de Gordy Coleman. Con el confiable Johnny Edwards detrás del plato y el talentoso Tommy Harper en el jardín izquierdo, los Rojos solo tenían incertidumbre en una sola posición. Esa era la tercera base, donde el obrero Steve Boros y el recién llegado Deron Johnson se disputarían el tiempo de juego.
Con una alineación fuerte y diversa, la fortuna de los Rojos parecía descansar en su cuerpo de lanzadores. La punta de la rotación de los Rojos lucía bien; Jim Maloney y Jim O’Toole formaban una buena combinación derecho-zurdo. Luego de ellos, había dudas. ¿Continuaría Joe Nuxhall siendo confiable al acercarse a los 35 años de edad? ¿Podría JohnTsitouris convertirse en miembro de la rotación a tiempo completo? y ¿Podrían Joey Jay y Bob Purkey recuperarse de malas temporadas?
El bull pen parecía aún más incierto. De todos los relevistas a tiempo completo de 1963, solo Al Worthington había lanzado para una efectividad por debajo de 3.00. Con claridad necesitaban sangre nueva aquí, los Rojos esperaban que algunos de sus pitchers jóvenes, particularmente el derecho Sammy Ellis y el zurdo novato Billy McCool, tendrían un impacto inmediato.
Basado en su respuesta inicial al nuevo tratamiento del cáncer, Hutchinson se sintió lo suficientemente bien para reportarse al entrenamiento primaveral. Llegó a Tampa en 2 de marzo, justo a tiempo para el inicio del campamento primaveral de los Rojos. “No he tenido ningún tratamiento por dos semanas”, le dijo Hutchinson a Los Angeles Herald Examiner, “pero tuve que esperar un rato para ver si la cosa (el cáncer) estaba cediendo. Afortunadamente estaba cediendo”.
Hutchinson informó a los reporteros de las instrucciones que le habían dado los médicos. “No me indicaron ninguna dieta especial”, dijo Hutch. “Se supone que debo dejar de gritar. Muchas personas se sentirán bien con eso”.
Al mantener su Buena actitud, Hutchinson dirigió al equipo durante el entrenamiento primaveral y en la temporada regular. En medio de especulaciones de que tendría que abandonar y dejar el paso libre a un sucesor, al menos un interino, él continuó dirigiendo el equipo sin pausas. Quizás distraídos por la situación de su manager, los Rojos parecían confundidos en abril y mayo, jugaron para .500 en sus primeros 40 juegos.
Hutchinson dirigió ininterrumpidamente hasta el 8 de junio, cuando los Rojos viajaron a la costa oeste para una serie ante los Dodgers. En un día libre, Hutch voló a Seattle para hacerse unas pruebas y revisarse con su doctor, su hermano Bill. Regresó al equipo el día siguiente, para la apertura de la serie en Los Angeles. De nuevo, no perdió ni un juego.
Luego de regresar al equipo en Los Angeles, Hutchinson habló poco con los reporteros de su visita a su hermano en Seattle. En vez de eso le pidió a uno de sus coaches, Dick Sisler, que fuese a la habitación de su hotel. Luego que Sisler se sentara, Hutchinson encendió un cigarrillo. Sisler pensó que era extraño, dado que Hutchinson había dejado de fumar desde diciembre. Hutchinson le dijo cinco palabras: “Lo que tengo es terminal”.
Hutch había recibido el diagnóstico de su hermano. Sisler trató con sus mejores recursos de darle esperanza a su manager, pero Hutch prefirió aceptar los hechos del asunto.
Sin saber del diagnóstico más reciente, los Rojos jugaron mejor en junio, jugaron para cinco juegos por encima de .500 durante el mes y se mantuvieron en la carrera por el banderín, a seis juegos y medio del primer lugar. Empezaron julio ganando los primeros cuatro juegos, pero luego vino una seguidilla de tres derrotas. Otra racha de cuatro victorias los dejó con marca de 48-39, a tres juegos de los sorprendentes Filis.
Todo ese tiempo, Hutchinson se resistió a quejarse de su condición o enfermedad. Continuó yendo al estadio, sin importar si se sentía bien o mal. Ni siquiera se tomo el descanso del Juego de las Estrellas. La Liga Nacional le pidió que fuese coach; era una oferta que él no despreciaría. Cuando iba hacia la caja del coach cada inning, caminaba muy pausado, en obvio dolor.
En uno de los ejemplos más impresionantes de resistencia física y voluntad del beisbol, Hutchinson siguió dirigiendo sin interrupción a los Rojos hasta últimos de julio. Finalmente, el 27 de julio, el desgastado manager reconoció que necesitaba un descanso. Mientras el equipo viajaba a Milwaukee, Hutch ingresó al Christ Hospital en Cincinnati para recibir tratamiento. Hutchinson seleccionó a Sisler, su teniente principal entre los coaches, para guiar al equipo durante su ausencia.
La especulación se extendía, circulaban rumores de que Hutchinson no dirigiría más. Esos escépticos quienes creían que Hutchinson había dirigido su último juego deben haberse sorprendido por las noticias del 4 de agosto. Habiendo perdido solo dos series, una en Milwaukee y una en San Luis, Hutchinson regresó al dugout de los Rojos para dirigir al equipo. Una vez más, la fortaleza y la perseverancia ganaron sobre el dolor de una enfermedad mortal.
Uno de los momentos más emocionantes de la temporada ocurrió pocos días después.
Fue el 12 de agosto, el cumpleaños 45 de Hutchinson. Una multitud de más de 18000 personas fue a Crosley Field para ver el juego y celebrar el cumpleaños en honor a Hutchinson. Una ceremonia realizada en el terreno que incluyó una torta enorme rotulada con las siguientes palabras: “Para un tipo agradable que termina primero”.
Una cantante local, Cindy Grog, se paró frente a un micrófono para guiar a los aficionados en la entonación del “Cumpleaños feliz”, Hutchinson se paró al lado, mirando al frente estoicamente. El dueño de los Rojos Bill DeWitt se paró detrás de Hutchinson y Grog; estaba visiblemente afectado por la condición de su manager.
Hutchinson se dirigió entonces a Crosley field. “Soy un hombre con suerte”, dijo Hutchinson, hablando con el micrófono desde el campo.
Aunque Hutchinson mostró un rostro valiente durante la ceremonia, DeWitt sabía que su manager no estaba bien. El próximo día, DeWitt le dio a Hutchinson permiso para una segunda ausencia y asi regresara al hospital, su condición empeoró. Sisler tomó otra vez el control de las responsabilidades dirigenciales.
Hutchinson permaneció hospitalizado por las próximas dos semanas. El 28 de agosto, regresó a Crosley Field, pero solo como espectador. No estaba en condición de dirigir al equipo. Sisler permanecería como manager interino por el resto de la temporada.
A medida que la temporada avanzó hacia mediados de septiembre, los Rojos se encontraron en tercer lugar, a ocho juegos y medios de la punta. El 16 de septiembre, empezaron uno de sus pasajes más exitosos de la temporada, ganaron 12 de 13 juegos. El período incluyó una seguidilla de nueve victorias. Para el 27 de septiembre, habían subido al primer lugar de la Liga Nacional.
Con una semana por jugar y todos los juego pendientes programados para Crosley Field, el panorama lucía optimista. Pero el 30 de septiembre, perdieron ante los Piratas en 16 innings. El 2 de octubre, malbarataron una ventaja de 3-0 en los innings finales, perdieron un juego crítico ante los alicaídos Filis, quienes terminaron su seguidilla de 10 derrotas., perdieron otro ante los Filis, esta vez 10-0. En total, lo Rojos perdieron cuatro de sus cinco juegos finales y se les escurrió el banderín ante los Cardenales. Quizás le pusieron mucho para ganar los juegos en tributo a su manager enfermo.
En un mundo de cuentos de hadas, los Rojos habrían completado su dramática remontada de septiembre con un fuerte remate y su primer banderín desde 1961. Pero el beisbol a menudo genera escenarios distintos a los cuentos de hadas. A la ofensiva, Pinson compiló un promedio de bateo de .266, el peor de su carrera con una caída de 47 puntos en referencia a la temporada previa. Rose tuvo dificultades en su segunda temporada, su promedio de bateo disminuyó a .269. Harper tuvo una pobre temporada después de una prometedora campaña de novato.
Entre los pitchers, Maloney perdió siete de sus primeras diez decisiones, no fue para nada el abridor dominante de 1963. El envejecido Nuxhall, luego de un sólido inicio de temporada, se lastimó el hombro izquierdo a finales de junio y tuvo dificultades el resto de la temporada.
Los inconvenientes de Pinson, Maloney y Nuxhall neutralizaron algunos de los puntos positivos, incluyendo otro año tremendo de Robinson, el surgimiento de Deron Johnson como primera base de poder, y la aparición de jóvenes relevistas como Ellis y McCool.
Los Rojos no tuvieron otra opción que regresar a casa. El 19 de octubre, solo cuatro días después de terminar la Serie Mundial, Hutchinson hizo un anuncio sombrío. Sabiendo que su salud no le permitiría continuar, renunció oficialmente a ser manager de los Rojos.
A principios de noviembre, Hutchinson pareció recuperarse. Al salir del hospital, Hutchinson dijo que se sentía mejor. Tristemente, fue una señal falsa. Como muchos pacientes de cáncer, Hutchinson había disfrutado un último alivio antes que su salud tomara un giro repentino.
Una semana después, un Hutchinson adolorido regresó al hospital. El 11 de noviembre, su condición se hizo crítica. El próximo día, 12 de noviembre, a las 3:58 am, Fred Hutchinson falleció. Tenía 45 años.
Los Rojos rindieron tributo a Hutchinson al retirar su uniforme con el número 1. La revista Sport reconoció a Hutchinson como su “Hombre del Año” 1964. Los amigos de los medios beisboleros crearon el Hutch Award, entregado anualmente al jugador quien “mejor ejemplifique el espíritu de lucha y el deseo de competir” de Hutchinson. Y la comunidad de Cincinnati guardó luto por el hombre que había aportado tanto liderazgo, entereza, y valentía en momentos difíciles.
Quizás nadie lo hizo mejor que un manager rival al describir los meses finales de la vida de Hutchinson. “Hutch nos mostró como vivir”, le dijo el manager de los Filis Gene Mauch a Pat Harmon del Cincinnati Enquirer. “Ahora nos muestra como morir”.
Es difícil hallar puntos positivos en las tragedias personales. Son de poco consuelo para la víctima, y quizás aún menos para los miembros de la familia.
En el caso de Hutchinson, habría un efecto retardado. Nueve años después de su muerte, su hermano Bill abrió las puertas del Fred Hutchinson Cancer Research Center en Seattle. El Dr. Bill Hutchinson, visualizó una organización que proveería fondos y espacio de laboratorios para que los médicos investigaran las causas, tratamiento y cura potencial del cáncer. Aunque Bill Hutchinson había querido por mucho tiempo crear tal centro de investigación, el hecho de usar el nombre de su bien conocido hermano hizo más fácil la materialización del proyecto.
Adelantemos rápidamente hasta 2006, cuando un joven novato de los Medias Rojas llamado Jon Lester fue diagnosticado con cáncer. Lester escogió ser tratado en el Hutchinson Center, donde se sometió exitosamente a quimioterapia y tuvo una recuperación completa. En 2008, Lester ganó el Hutch Award.
En un sentido, Fred Hutchinson salvó a Jon Lester, junto a muchos otros a lo largo del tiempo.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
sábado, 13 de junio de 2015
Beisbol e historia negra.
12-06-2015. Frank Bruni. The New York Times.
Filadelfia- El pasado verano, una adolescente de 13 años llamada Mo’ne Davis aterrizó en la portada de Sports Illustrated, se convirtió en sensación nacional luego de lanzar un blanqueo en la Serie Mundial de Pequeñas Ligas, donde casi todos los otros jugadores son muchachos. Se cree que ella es la única muchacha negra en participar en esa competencia.
Este verano, ella planea hacer algo más sorprendente: Visitar la 16th Street Baptist Church de Michigan, Ala., donde fueron asesinadas cuatro muchacha negras en un bombardeo en 1963. Tres de ellas tenían 14 años. Mo’ne cumplirá esa edad el día cuando se presente en ese lugar.
Para Mo’ne, quién creció en un vecindario pobre de aquí, la vida ha sido eléctrica desde su coronación en Sports Illustrated: una reunión con los Obama en la Casa Blanca, un libro de memorias, una aparición en un comercial de Chevrolet dirigido por Spike Lee, hasta una línea de zapatos deportivos identificada con su nombre.
Pero alrededor de tres semanas hacia finales de junio y comienzos de julio, ella y otros 13 niños de su equipo de aquí, el resto de ellos muchachos, la mayoría de ellos negros, todos casi de su edad, tienen un calendario de juegos de exhibición alrededor del país que mezcla notas divertidas con otras sombrías.
Ellos no van de paseo. Van hacia el sur, hacia la historia: la iglesia de Birmingham, el puente de Selma. Ellos jugarán pelota, luego visitarán Little Rock Central High School, un campo de batalla en la pelea por integrar las escuelas. Ellos batearán duro hacia las cercas, luego voltearán sus cabezas hacia la casa de Jackson, Miss., donde viviera Medgar Evers.
En un país aun en vía hacia la armonía racial y que busca dar a los niños desprotegidos más espacio, firmeza y esperanza, este es un itinerario retador. Y en una época cuando la corrupción y la conducta criminal han puesto sus tentáculos sobre el futbol, futbol americano, boxeo y más, es un buen recordatorio el impacto positivo que el deporte puede tener en los jóvenes, y de la misma forma puede ser un puente.
Mo’ne me dijo que veía el viaje como un tributo a los pioneros quienes “entregaron sus vidas y fueron golpeados para que pudiéramos tener la libertad que tenemos”.
Pero ella también vislumbra la tristeza, particularmente en esa iglesia, con los fantasmas de esas chicas.
“Me siento muy mal, porque ellas pudieron haber cambiado el mundo”, dijo ella. “”Por qué tenían que perder sus vidas a tan temprana edad? Nunca se sabrá lo que pudieron haber hecho”.
Nunca sabrás lo que pudieron haber hecho. Esa verdad no es solo para niños quienes no crecieron. Aplica para otros millones, muchos de ellos minorías, a quienes se les niega una verdadera oportunidad, tal vez porque no hay nadie quién los guíe, tal vez porque nadie aparece y les lleva regalos.
Mo’ne tenía 7 años de edad cuando el entrenador del equipo, Steve Bandura, la vio lanzar una pelota de futbol americano. Él persuadió a la madre de ella, quién estaba escéptica, de que ella tenía un talento atlético excepcional, entonces la tutoreó, hasta la ayudó a asegurar una beca en una escuela privada.
Ella se ha desempeñado bien allí y su meta está al alcance: ir a la University of Connecticut y graduarse para jugar en la Women’s National Basketball Association. Es tan fiera en el tabloncillo como en el montículo.
Bandura, 54, ha intervenido de manera similar con otros cientos de niños quienes fueron o son miembros de su equipo, los Monarchs de Anderson. Él empezó esto hace dos décadas y lo ejecuta desde el Philadelphia Department of Parks and Recreation, donde trabaja.
Los Monarchs juegan baloncesto, futbol y beisbol, de acuerdo a la temporada, y los niños están juntos todo el año. El equipo lleva el nombre de Marian Anderson, quien en 1955 se convirtió en la primera cantante negra en actuar en el Metropolitan Opera de la ciudad de Nueva York, y con los Monarchs de Kansas City, un trabuco en las Ligas Negras cuando el beisbol estaba segregado. Jackie Robinson era su estrella.
De hecho, el bus que los Monarchs usarán en su aventura de este verano es de 1947, el año cuando Robinson rompió la barrera racial en el beisbol.
Escribí por primera vez del equipo el pasado agosto, y acerca de Bandura, quien utilizó una bien pagada profesión en ventas y mercadeo para dedicarse a un programa deportivo dirigido a inculcar orgullo, propósito y disciplina a los niños desprotegidos.
Con el programa el construyó un trato: Él aporta a los niños la diversión del juego y la camaradería de un grupo bien integrado, y ellos corresponden trabajando duro en la escuela, muchos de ellos son estudiantes excelentes, y prestando atención a las lecciones que van más allá del beisbol. El viaje por carretera, el cual implica diversión y educación, ilustra perfectamente este trato. Así ocurrió un domingo reciente que pasé con el equipo.
Aunque los niños no están supuestos a llegar a un juego de beisbol hasta las 3 p.m en el sur de Nueva Jersey, fueron citados a mediodía al centro de recreación South Philly que sirve como su base, y se les indicó que dirigieran sus miradas hacia la pantalla grande. En ella Bandura proyectó “4 Little Girls”, un documental acerca del bombardeo de la iglesia de Birmingham.
A través del año, el equipo ha sido reunido semanalmente para ver películas y discutir asignaciones de lecturas sobre la experiencia afroamericana y los derechos civiles. En referencia a una gira veraniega de 2012 de ciudades y estadios que fueron importantes en las Ligas Negras, Bandura pidió que estudiaran la historia del beisbol y su integración.
Él razona que si ellos aprecian como ha sido pavimentado el camino para ellos, estarán más dispuestos a tomar total ventaja de esto. Si ellos ven lo que resistieron y lograron los afroamericanos, entenderán su propia fuerza y habilidades. También entenderán su obligación, la cual no solo es beneficiarse del progreso sino perpetuar esto, para los niños que vienes después.
Él les dice constantemente cuan cruciales fueron los adolescentes y estudiantes universitarios en el movimiento de los derechos civiles.
“Quiero enviar el mensaje de que la gente joven puede efectuar el cambio y necesita efectuar el cambio, especialmente con el estado de nuestra nación después de todos los incidentes raciales recientes”, me dijo Bandura. Se refería a las muertes de hombres negros en enfrentamientos con la policía y a las protestas que siguieron.
Cuando hablé con los niños acerca de su presencia en el viaje, unos pocos también mencionaron esos eventos, y dijeron que mientras nuestro país haya hecho grandes progresos en los pasados cincuenta años, el recorrido aun esta incompleto.
“La gente aún le dice a los afroamericanos lo que hacían durante la esclavitud”, dijo Nasir Jackson, 13.
Le pregunté como se sentía con eso.
“Molesto”, dijo él.
¿Como hace para manejar la rabia?
“Me siento y espero hasta que se va”, dijo él.
Él es un muchacho pequeño, por eso me sorprendí cuando me dijo que su gran ambición era jugar futbol americano profesional.
“¿Tienes tamaño para eso?”, le pregunté gentilmente
“Todavía no”, dijo él. “Pero tengo el corazón”.
Bandura es blanco y creció en un vecindario de Filadelfia donde a menudo se horrorizaba con el racismo que veía. Su esposa, Robin, una terapista física, es negra, y uno de sus dos hijos, Scott, 13, juega con los Monarchs, a los cuales han convertido en su familia por extensión.
Ellos se desplazan en carro entre South Philly y la Springside Chestnut Hill Academy, unos 25 minutos de viaje. Esa es la escuela privada donde no solo Mo’ne sino también el hijo de Bandura y otros cuatro Monarchs, incluyendo a Nasir, asisten, gracias en gran parte a la estrecha relación que Bandura ha establecido con la presidente de la escuela, Priscilla Sands. Ella me dijo, “Cuando él dice que un niño puede tener éxito en mi escuela, sabiendo lo duro que es, eso vale la pena tomar el riesgo para mí”.
Para ayudar a los padres de los niños del equipo, Bandura y su esposa permiten a los jugadores usar su casa como un lugar para hacer tareas o dormir.
Mientras unos pocos jugadores son de hogares de clase media o clase media alta, la mayoría no lo son, y Bandura fue capaz de hacer que se diera el viaje de verano solo con la participación de patrocinantes: Chevrolet; Major League Baseball, Townsed Press, el cual publica materiales educativos y Easton, que vende equipos deportivos.
Los niños y sus padres describen al equipo como una línea de vida y una escalera.
“Me mantiene alejado de las calles”, dijo Zion Spearman, 14, quien acaba de treminar su primer año en Springside Chestnut Hill. “Siempre tengo algo que hacer, por eso no me meto en problemas”.
Su madre, Trazanna Spearman, dijo que la influencia del equipo en él ha sido más amplia que lo otro.
“Zion siempre fue muy tímido, de pocas palabras”, me dijo ella. Ahora él habla. Opina. Una vez vino a casa una noche después que Bandura había mostrado la película “Selma” al equipo y la discutió en profundidad con ella, admitió que lo había hecho llorar y rendirse a las lágrimas.
Él tiene un completo nuevo “nivel de confianza en sí mismo”, dijo su madre.
Los niños no son animados a apuntar a una educación superior. Son informados que van a ir a la universidad y punto. Esto es martillado en ellos por las cercas alrededor de su diamante de beisbol de South Philly. Estan cubiertas con pancartas que señalan las alma mater de antíguos Monarchs: Temple University, Penn State, University of Pennsylvania.
Los niños también son preparados para ser embajadores de la ciudad y de que en el beisbol, como en la vida, una cierta conducta inspira respeto. Bandura insiste en que sus camisas siempre vayan dentro del pantalón. No existe provocación hacia los rivales, nada de distraerse ente ellos cuando se supone que deben concentrarse.
Uno de los padres, Carlton Johnson, me dijo que desde el momento que trajo a su hijo a ver a los Monarchs hace más de cinco años, él notó que Bandura tenía una manera de sacar lo mejor de ellos.
“Al final de la práctica, yo estaba muy impresionado con él que dije, ‘Voy a confiarte a mi Alex no por lo que piense que puedes enseñarle de beisbol sino por lo que puedes enseñarle de la vida’”, recordó Johnson, un abogado. “Y es una de las mejores decisiones que haya tomado”.
Otros padres me dijeron que si ellos le pedían a sus hijos que vieran este documental o leyeran este libro, probablemente opondrían resistencia. Pero si “El entrenador Steve” lo hacía, los niños lo tomaban en cuenta.
Aunque la habitación en la cual él proyectó “4 Little Girls” carecía de aire acondicionado y pronto se convirtió en un sauna, los niños se quedaron sentados, sin quejas, sin chismes entre ellos, solo ocasionales gestos de sorpresa cuando aparecía una imagen brutal o una entrevista descorazonadora.
Aún más resaltante, dada su edad y nuestra época, ninguno de ellos miró su Smartphone. Ellos saben bien que Bandura veta los equipos electrónicos durante las prácticas y juegos, y hay una regla de no electrónicos para la gira de tres semanas. Si los niños necesitan enviar correos electrónicos o llamar a casa, pueden usar uno de los equipos de él.
“Tienes que ver el mundo”, explicó Mo’ne, y agregó que ella y sus compañeros de equipo no pueden hacer eso si están mirando hacia abajo, a las pantallas de sus equipos electrónicos, y no hacia arriba. “Tienes que verlo con tus propios ojos”.
Ella está tomando una gran, reflexiva mirada de este.
Y sabremos exactamente lo que ella podría hacer con su vida, porque está posicionado para hacerlo. Está preparada para desarrollar ese potencial. Ella y sus compañeros han recibido más que bates, ganchos y la promesa de un verano épico.
Ellos han recibido un sentido de misión y un par de alas.
Tarducción: Alfonso L. Tusa C.
viernes, 12 de junio de 2015
Hace 50 años Jim Maloney lanzó diez episodios sin hits ni carreras y perdió el juego 1-0 ante los Mets de Nueva York.
Rich Wescott and Allen Lewis. No-Hitters. The 225 Games 1893-1999
Pocos pitchers lanzaban tan duro como James William Maloney. El corpulento derecho con recta de rayo laser fue una de los pitchers más temidos de su época. Maloney estaba anualmente entre los lideres de ponchados de la Liga Nacional durante una carrera en la cual una vez ganó 23 juegos y otra 20. Nació el 2 de junio de 1940 en Fresno, California. Él lanzallamas de hombros amplios llegó al beisbol profesional con el Topeka de la Three-I League en 1959. Debutó en las Grandes Ligas en 1960 con los Rojos de Cincinnati y poco después se embarcó en una seguidilla de siete temporadas con dobles figuras en la columna de los juegos ganados. Maloney lanzó brevemente con los Angelinos de california en su temporada final. Lanzó 12 años en grandes Ligas (1960-1971), 302 juegos, 154 triunfos, 84 derrotas.
El lunes 14 de junio de 1965 en Crosley Field, Jim Maloney de 25 años lanzó uno de los mejores juegos jamás pitcheados. Pero todo lo que tenía que mostrar era una derrota.
El monticulista lanzallamas lanzó sin hits ni carreras por diez episodios e igualó una marca de la Liga Nacional con 18 ponches. Pero perdió el no-hitter y el juego ante los Mets de Nueva York en el undécimo episodio, cuando Johnny Lewis, quién se había ponchado tres veces, se la sacó de jonrón.
Maloney había perdido otro casi sin hits ni carreras el 19 de abril, terminó siendo un juego de un hit ante los Bravos de Milwaukee cuando Dennis Menke despachó imparable en el octavo inning de una victoria 2-0 de los Rojos.
Cuando Maloney enfrentó a los Mets que ocupaban el décimo lugar, tenía marca de 5-2 con los Rojos que ocupaban el tercer lugar. Él se midió con Frank Lary ante una multitud de 5989 aficionados.
Maloney lanzaba muy duro, a pesar de lanzar en el pequeño Crosley Field, el cual era conocido como un estadio de bateadores. Él ponchó a los tres bateadores del inning dos veces y en cuatro oportunidades ponchó dos bateadores en el mismo inning. Sus 18 ponches no solo establecieron una marca para el equipo, sino que igualó la marca de la Liga Nacional para más ponches en un juego.
Él empezó ponchando a Billy Cowan, obligó a Chuck Hiller a roletear por el montículo y a Charley Smith a elevar a la derecha. Maloney concedió su único boleto a Ed Kranepool abriendo el segundo inning. Luego de ponchar a Lewis, Kranepool pasó a segunda con el rodado por tercera de Ron Swoboda, pero allí se congeló cuando Roy McMillan miró pasar el tercer strike.
Maloney ponchó a Chris Cannizzaro, Lary y Cowan en el tercero. Smith se poncho pero llegó a primera con un out en el cuarto cuando el cátcher Johnny Edwars perdió la pelota del tercer strike. Pero Kranepool siguió con una roletazo por segunda base donde Pete Rose inició el dobleplay.
Ningún otro Met se embasó hasta el undécimo, mientras Maloney retiraba 19 en fila. Antes de eso Maloney ponchó a Lewis y Swoboda en el quinto. Lewis, Swoboda y McMillan en el octavo. Al emergente Joe Christopher y Cowan en el noveno. Y a Smith y Kranepool en el décimo.
Los Rojos tuvieron varias oportunidades de anotar, especialmente en el cuarto cuando con dos outs Vada Pinson, quién había sencilleado y avanzado hasta la antesala, trató de anotar con un passed ball cuando Gordy Coleman abanicó el tercer strike y la pelota se escapó. Pero el cátcher Cannizzaro se reivindicó al recuperar la pelota y hacerle un tiro perfecto a Lary quién cubrió el plato.
Tommy Harper recibió un pelotazo con dos outs en el octavo, robó segunda y siguió hasta tercera porque el tiro de Cannizzaro pasó hasta el jardín central. Pero de allí no pasó puesto que Rose fue dominado con rodado al montículo. En el décimo, Edwards sencilleó, el corredor emergente Chico Ruiz pasó a segunda mediante sacrificio y hasta allí llegó porque Maloney y Harper fallaron con roletazos, Kranepool levantó un piconazo para completar el out del último.
El juego de Maloney se deshizo en el undécimo episodio, cuando Lewis le bateó un vuelacercas sobre la cerca del jardín central abriendo el inning en cuenta de 2-1. Swoboda se ponchó, McMillan soltó imparable. Jesse Gonder la rodó hacia el campocorto donde Leo Cárdenas inició una doblematanza.
Pero el daño estaba hecho, Maloney había perdido otra oportunidad de ganar un juego sin hits ni carreras.
Traducción; Alfonso L. Tusa C.
Dick Green en el Salón
06-03-2014. Bruce Markusen.
Lo admitiré, hay oportunidades que solo se presentan por trabajar en el Salón de la Fama. Uno de esos beneficios incluye la visita ocasional de un grande liga retirado. Tuvimos uno la semana pasada, cuando el antíguo camarero de los Atléticos de Kansas City y Oakland, Dick Green, vino a Cooperstown.
Acompañado de su esposa, Lia, Green tuvo una visita detrás de escena en el Salón de la Fama, sus colecciones, y sus estanterías de libros. Durante la visita, tuve la oportunidad de hablar con los Green, una satisfacción personal para mí debido a mi experiencia de escribir un libro sobre esos grandes equipos de los Atléticos a principios de los años ’70.
Yo estaba un poco inseguro sobre que esperar. Siempre había oído que Green era un hombre muy tranquilo quien llevaba una vida retirada en su hogar de South Dakota. El reporte de los scouts casi se ajustaba a esas características. Todos encontramos a Green extremadamente amigable, más que feliz de hablar de sus días con los Atléticos. Llegó un momento, cuando empezó a preguntarme de mis experiencias escribiendo de los Atléticos. Le dije que una entrevista con Joe Rudi era uno de los puntos resaltantes; Green dijo que sigue siendo amigo cercano de Rudi, quién ha sido considerado por mucho tiempo uno de los caballeros del juego.
Aunque Green se excusó de que su memoria no andaba muy bien, nos obsequió sus memorias de cada personaje especial asociado con aquellos Atléticos, quienes consiguieron juntos tres Series Mundiales seguidas entre 1972 y 1974. Green, uno de los pocos peloteros que tenía buenas relaciones con Charlie Finley, dijo que el dueño generalmente lo trataba bien. Y le tenía un gran aprecio a Catfish Hunter, quién poseía casi un sexto sentido en su habilidad para cambiar velocidades y atacar a los bateadores rivales.
Sin sorprender a nadie, Green consideraba a Reggie Jackson el pelotero que carga a los Atléticos en aquellos días. Jackson tenía un poder bruto inusual. “Una vez bateó una pelota en Boston que el segunda base saltó para tomarla y salió del estadio”, le dijo Green a Craig Muder del Salón de la Fama.
Cuando Muder le preguntó a Green cual pelotero rival bateaba la pelota más fuerte, él dio dos nombres. El primero fue Dick Allen, quién tenía un tremendo poder hacia el jardín derecho y central y tenía la tendencia de batear líneas trepidantes hacia la posición de Green, segunda base. Green también nombró a Mickey Mantle, cuyo poder a la izquierda podía intimidar a los jugadores del lado derecho del infield, puedo recordar estar en Kansas City y jugarle en el right field. Entonces el trataba de tocar la bola para embasarse”. Green dijo que él generalmente manejaba esos toques y hacía out a Mantle.
La observación de Green no debería sorprender a nadie quien recuerda el juego de esa época. Él fue uno de los mejores segundas base del juego, un pelotero quien a menudo era comparado con Bobby Richardson de los Yanquis. Con un alcance por encima del promedio, manos seguras, un giro rápido en el doble play , y un fuerte brazo, Green aportaba el pegamento defensivo de aquellos Atléticos de los 60’ y comienzos de los ’70.
La carrera de Grandes Ligas de Green empezó en 1963, cuando apareció en 13 juegos a finales de temporada y se desempeñó en el short y la segunda base. En 1964, se convirtió en el segunda base regular de Kansas City, bateó para un respetable .264 con 11 jonrones mientras jugaba con estabilidad al campo. El próximo año, él bateó un tope personal de 15 jonrones, un total sustancial para un infielder del medio del cuadro interior en aquella época.
El bateo de Green decreció cuando los pitchers incrementaron su dominio hacia finales de los años ’60. Pero una vez que el “Año del Pitcher” vino y se fue, Green regresó. Tuvo su mejor temporada ofensiva en 1969, bateó para .275 con 53 boletos y 12 jonrones. Aunque no fue al Juego de Estrellas, recibió algunos votos dispersos en la elección de jugador más valioso.
Una espalda adolorida contribuyó a que tuviese el peor promedio de bateó de su carrera, .190 en 1970, esto provocó varios rumores que decían que Green podría retirarse y concentrarse en dirigir la próspera compañía de mudanzas de su familia en Rapid City, S.D. Pero Finley lo persuadió de no hacerlo y Green volvió con 12 jonrones y 51 boletos en 1971. Ese equipo de los Atléticos ganó 101 juegos para adjudicarse el Oeste de la Liga Americana.
Una serie de lesiones limitaron a Green a solo 26 juegos en 1972. Como equipo, los Atléticos sufrieron poco, al mantener a raya a los Medias Blancas para ganar el la división oeste. Afortunadamente, Green regresó a la acción a tiempo para jugar en la postemporada, y se ganó su primera aparición en una Serie Mundial. Green se convirtió en un jugador famoso por una jugada memorable de la Serie, en la cual el absorbió la embestida de Hal McRae que lo hizo volar unos dos metros detrás de la almohadilla. Green mantuvo la pelota en el guante, y los Atléticos resistieron para vencer a la Gran Maquinaria Roja.
De regreso a la buena salud en 1973, Green no bateó mucho, pero ayudó a estabilizar el medio del cuadro interior de los Atléticos que ganaron su segundo campeonato seguido. En 1974, Green jugó solo 100 juegos en la temporada regular, pero reservó su mejor jugada defensiva para la Serie Mundial ante los Dodgers. Ocasión tras ocasión, Green efectuó brillantes jugadas que detuvieron potenciales ofensivas de los Dodgers. “Green ha hecho la diferencia: él ha hecho las grandes jugadas en las situaciones claves”, le dijo Steve Garvey al periodista Red Foley. “Él siempre está haciendo grandes doble plays, y nos neutraliza la posibilidad de grandes innings”. En la Serie, Green participó en seis doble plays.
A pesar de irse en blanco en 13 turnos al bate, Green ganó el premio Babe Ruth como jugador más valioso de la serie en reconocimiento a su excelencia defensiva. Se estaba haciendo justicia a un gran pelotero defensivo quién siempre era segundo de alguien más en la carrera por el guante de oro, esos podían ser Bobby Richardson, Bobby Knoop, Dave Johnson o Bobby Grich.
Venir de tal actuación en la Serie Mundial, a los 33 años Green parecía capaz de jugar por lo menos otra temporada. Pero finalmente hizo lo que había amenazado hacer por años; anunció su retiro. “Habría perdido mi titularidad en 1975 con Phil Garner, y no quería ser utility del infield”, Green le dijo a los em,pleados del Salón. “Además, hice más dinero en casa con nuestra compañía de mudanzas”.
Con sus días de jugador activo detrás de él, Green lo hizo bien con la compañía de mudanzas antes de venderle el negocio a su socio. Ahora disfruta el retiro en South Dakota, Green pesa solo unos pocos kilos por encima de su peso de pelotero activo y aún luce como si pudiese hacer dos dobleplays si se lo pidieran.
Dick Green no es el recluso que llegué a creer. Él es extrovertido, y divertido, y lleno de buenas memorias. Si, algunas veces tus héroes terminan siendo mejores de lo que pensaste.
Fuentes: The Sporting News; the New York Daily News; Dick Green’s clippings file at the National Baseball Hall of Fame.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
lunes, 8 de junio de 2015
Cooperstown Confidencial: Los últimos juegos de Mickey Mantle.
27-09-2013. Bruce Markusen
Mickey Mantle participó en su juego final en 1968. No recuerdo haber visto ese juego, o cualquier otro en 1968. Después de todo, yo solo tenía tres años de edad.
Aunque mi memoria no llega hasta 45 años atrás, aún así vi jugar a Mantle ese verano. Al menos eso es lo que mi familia me ha dicho. Por años, mi familia me ha descrito como yo solía caminar hacia nuestro viejo televisor a blanco y negro, me paraba tan cerca a este como podía, y entonces empezaba a saltar arriba y abajo frenéticamente cuando Mantle venía a batear. Cuando blandía el bate, yo gritaba. Como tenía tres años de edad, en realidad no puedo recordar nada de eso. Pero mi familia me ha asegurado, para mi vergüenza, que eso ocurrió.
Para 1968, las destrezas de Mantle se habían reducido a un fragmento de sus niveles originales. Aún así, él todavía tenía algún valor por su bate. Al retener su vista de bateador, él pudo negociar 106 boletos, lo cual le permitió embasarse 38% del tiempo. También descargó 18 jonrones, la cual era una figura decente en el ambiente del “Año del Pitcher”.
Considerando estrictamente solo el bateo, Mantle se ubicaba tercero entre los primeras bases de la Liga Americana. Sólo Norman Cash de Detroit y Boog Powell de Baltimore estaban delante de Mantle. Si se pregunta por Harmon Killebrew, él había tenido dificultades con un verano plagado de lesiones, lo cual lo sacó de carrera. Respecto al resto, Mantle fue claramente que George Scott de Boston, Don Mincher de California, Tom McCraw de los Medias Blancas, Tony Horton de Cleveland, Danny Cater de Oakland y Mike Epstein de los Senadores.
Si los números de Mantles eran considerados buenos en el contexto del año favorable a los pitchers que fue 1968, estos también escondían severos problemas en su juego. Si, Mantle se embasaba a menudo, pero apenas podía correr, estaba restringido a un vergonzoso rengueo que lo hizo uno de los corredores más lentos de la liga. Rodeado por un grupo de bateadores débiles ( a excepción de Roy White y Joe Pepitone), Mantle simplemente no tenía quién lo trajera al plato.
Defensivamente, Mantle ofrecía poco o nada. Ya no era capaz de jugar en los jardines, solo podía jugar en primera base. Tenía poco alcance y carecía de reflejos para manejar los roletazos fuertes. Jugaba primera base solo porque no había otra parte donde jugar.
Por supuesto, no tenía concepto de nada de esto en 1968. No tenía idea de que Mantle estaba jugando los juegos finales de su carrera de Salón de la Fama. Nadie sabía con certeza que Mantle se iba a retirar. Había comentarios de que 1968 representaría la vuelta final de Mantle, pero no había nada oficial de parte de Mantle o de los Yanquis. Él no anunciaría públicamente su retiro hasta el primer día de marzo de 1969, después que los yanquis se habían reportado a los entrenamientos primaverales. En completo contraste al retiro en curso del gran Mariano Rivera, no hubo ceremonia de retiro mientras Mantle aún jugaba en 1968, ni regalos entregados al héroe, ni gira de despedida.
Aún si Mantle hubiese anunciado su retiro en 1968, no habría ocurrido una gira de despedida. Porque en esa época no existían las giras de despedida. Como lo recuerdo, la práctica de las giras de despedidas no empezó hasta que Kareem Abdul-Jabbar anunció su retiro de la NBA a finales de los ’80. La temporada de 1989 de los Lakers se convirtió en una larga cuerda de despedidas y regalos, todos en beneficio de Abdul-Jabbar.
Los deportes eran más simples en los días de Mantle. Las ceremonias, los regalos, y otros eventos especiales ocurrían con menos frecuencia. Mientras la posibilidad del retiro de Mantle fue asomada en 1968, eso no apareció en los titulares de la manera como habría ocurrido en el ambiente del beisbol actual. De hecho, el titular más grande sobre Mantle llegó con un juego de finales de septiembre ante los Tigres, varios días antes de su verdadero día final. Fue un juego de jueves por la tarde el 19 de septiembre, con asistencia dispersa en Tiger Stadium, que de otra manera habría tenido una atención menor. Fue un juego insignificante de finales de temporada que había aparecido justo después que los Tigres habían asegurado oficialmente el banderín de la Liga Americana.
Con los Tigres habiendo asegurado un lugar en la Serie Mundial y los las esperanzas de los Yanquis de ganar el banderín esfumadas desde hacia bastante tiempo, el juego significaba muy poco. Denny McLain, recién había ganado su trigésimo juego de la temporada, se enfrentaría a Mel Stottlemyre en una batalla de ases de cada rotación. Este día, McLain tenía algo especial en mente para Mantle, quien estaba empatado con Jimmie Foxx en el tercer lugar de las lista de jonroneros de todos los tiempos. Al oir los rumores de que Mantle podría retirarse el terminar la temporada, McLain quería asegurarse de que “The Mick” bateara ese histórico jonrón.
Mientras Mantle se acercaba al cajón de bateo, McLain llamó a su cátcher, el veterano cátcher de reserva Jim Price, al montículo, “Quiero que Mantle batee una”, le dijo McLain a Price, de acuerdo a un extracto del libro de Tim Wendel, Summer of ’68. Al principio, Price no entendía lo que quería hacer McLain. Pero en pocos momentos, se dio cuenta que McLain intentaba servirle a Mantle un lanzamiento fácil de batear, para aumentar las posibilidades de que bateara un cuadrangular.
Mclain lanzó una sucesión de lo que podía ser descrito como rectas de práctica de bateo. Pero Mantle o las dejaba pasar o las bateaba de foul. Price y McLain, tuvieron otra reunión en el montículo, McLain de decía a su compañero de batería que le informara a Mantle “que estuviera listo”. Price le llevó el mensaje a Mantle.
McLain lanzó otra recta lenta a Mantle, quien movió el bate con fuerza y envió la pelota a lo profundo del jardín derecho de Tiger Stadium. La bola aterrizó en las gradas del right field, y Mantle cojeó alrededor de las bases, pasando oficialmente a Jimmie Foxx en la lista de jonroneros de todos los tiempos. Después del juego, Mantle recibió la pelota, la firmó y se la entregó a McLain como un regalo. De acuerdo al libro The Last Boy de Jane Leavy, la dedicatoria decía, “Denny, gracias por uno de los grandes momentos de toda mi carrera, Mickey”.
Basados en las conversaciones entre McLain y Price, y el lenguaje corporal de McLain y Mantle, era obvio para la mayoría de los presentes que el turno al bate carecía de legitimidad. Despues del juego, McLain no admitió nada, pero sus respuestas ambíguas indicaban que había ocurrido algo extraño. El comisionado Spike Eckert reprendió a McLain después, le envió una carta recriminándole sus acciones. Pero Eckert no lo sancionó, quizás porque no tenía pruebas de que el controversial pitcher había alterado su actuación.
Dificilmente fue un momento de orgullo para el juego, y hubiese ocasionado una reacción más ruda de los más escépticos medios del presente, pero McLain ha permanecido inconmovible. Desde entonces ha admitido que regaló la serie de pitcheos a Mantle pero no se ha disculpado. Como fanático de Mantle de toda la vida quie´n creció idolatrando a The Mick en los años ’50, McLain sintió que había hecho lo correcto al ayudarlo a conseguir una marca importante del beisbol.
Seis días después, Mantle participó en lo que sería su último juego en Yankee Stadium, pero con poca fanfarria. Se enfrentó a Luis Tiant, quién daba los últimos toques a una brillante temporada de 21 victorias y 1.60 de efectividad, Mantle tomó cuatro turnos al bate, conectó un sencillo el jardín central, pero se quedó esperando remolque.
En sus dos próximas visitas al plato, Mantle se ponchó mirando el tercer strike y tirándole. En su último tuno, negoció un boleto, pero de nuevo se quedó atascado en las bases, esta vez para terminar el juego, una victoria 3-0, un blanqueo de un hit para Tiant. Aunque el imparable de Mantle fue el único que permitió Tiant, fue una manera anticlimática de terminar una carrera legendaria en Yankee Stadium.
Entonces llegó el final de la carrera de Mantle, en la carretera. Ocurrió el penúltimo día de la temporada, una tarde sabatina, con Fenway Park como escenario y los Medias Rojas como rivales. El manager de los Yanquis, Ralph Houk escribió el nombre de Mantle en la alineación, lo ubicó en primera base, donde había jugado la mayor parte de la temporada de 1968. En la apertura del primer inning, Mantle se enfrentó al derecho Jim Lonborg de los Medias Rojas. Con el bate quebrado ante una recta adentro, él levantó un débil elevado al jardín izquierdo corto, donde fue atrapado con facilidad por el campocorto Rico Petrocelli.
Entonces Mantle corrió a su posición en primera base para empezar el cierre del primer inning. Mantle procedió a lanzar la pelota alrededor del cuadro interior, como se hace antes de empezar cada entrada. Pero solo estaba haciendo un papel; no tenía intención de continuar jugando. Mantle y Houk habían coordinado una partida especial.
Después que el locutor interno Sherm Feller anunciara al primer bateador de los Medias Rojas, tomó una pequeña pausa, y luego anunció una sustitución defensiva para los Yanquis. En una decisión planificada, Houk indicó al jardinero/primera base Andy Kosco dirigirse a primera base para sustituir a Mantle.
Al convertirse en la respuesta a una trivia, Kosco estrechó la mano a Mantle, le agradeció al Mick por la oportunidad de jugar con él. Mantle entonces cojeó hacia el dugout, los aficionados en Fenway Park le ofrecieron una ovación de pie. Mantle salió del campo por última vez.
Mantle no asistió al juego final de los Yanquis en Fenway; la salida temprana le permitió tomar un vuelo hacia su hogar en Dallas ese sábado.
Desde hacía tiempo, Mantle había planificado retirarse. Pero no hizo anuncio formal alguno, en gran parte porque los Yanquis y la Asociación de Peloteros le pidieron que no lo hiciese. Los Yanquis querían crear la ilusión de que Mantle jugaría en 1969, para poder vender más paquetes de boletos para la temporada. El sindicato de peloteros esperaba usar el nombre de Mantle para ganar fuerza en su próxima ronda de negociaciones con los dueños. Por eso fue que Mantle esperó hasta los primeros días del entrenamiento primaveral para hacer su anuncio a los medios y los aficionados.
Yo también sospecho que Mantle quería muy poco una elaborada ceremonia que habría acompañado sus días finales como pelotero activo. Un público reverenciándolo así habría hecho que Mantle se sintiera incómodo, quizás hasta horrible. Si tal ceremonia era inevitable, podía esperar para más tarde, en 1969, cuando él estuviera retirado por completo y utilizara un flux en vez de un uniforme.
Hasta este día, me siento mal por la forma como Mantle se fue del juego. Primero, egoístamente deseo que Mantle hubiera jugado un poco más, para permitirme haber recordado verlo jugar. Él aún podía negociar boletos y batear jonrones, y esos atributos podrían haberle permitido jugar otros dos o tres años. Yo de seguro me habría divertido viendo un poco más de Mantle.
Tengo sentimientos encontrados acerca de la falta de pomposidad y circunstancia alrededor de la partida de Mantle del juego. Por una parte, hay una dignidad serena en dejar el juego sin ceremonias ni discursos. La espontaneidad usualmente está por encima del guión y la tarima. Luego de un rato, los logros se hacen repetitivos y cansones.
Aún así, hay una parte de mí que quiere ver a un jugador como Mantle recibir una despedida formal de la manera que la tiene Rivera en 2013. Quizás la temporada final de Mantle en 1968 sería mejor recordada si estuviera acompañada de una ceremonia completa, un tributo, una conferencia de prensa, y hasta una gira de despedida. Habría sido agradable capturar esos momentos en una película o cinta de video.
Por lo tanto, esos momentos no existen. Hace 45 años, el mundo del beisbol era un lugar muy diferente.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
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