martes, 28 de julio de 2015

Cooperstown confidencial: El cuento de Charley Lau.

18-05-2012. Bruce Markusen. Mickey Hatcher se había convertido en una figura importante en el sur de California. El manager de los Angelinos, Mike Scioscia, tenía una gran confianza en su coach de bateo, quién había trabajado con él en las 13 temporadas previas. A muchos en la organización les gustaba su sentido del humor y la actitud entusiasta, lo cual le permitía desarrollar un buen trabajo con los bateadores del equipo. Sin embargo, muchos de los aficionados de los Angelinos habían llegado a detestar a Hatcher. Ellos lo culpaban por los pobres resultados ofensivos en 2010 y 2011, y las continuas fallas ofensivas de esta primavera. Los críticos de Hatcher sentían que él había hecho que los bateadores de los Angelinos fuesen demasiado agresivos, hasta el punto que no negociaban suficientes boletos y hacían swing a muchos lanzamientos alejados de la zona de strike. Hatcher se metió más adentro en el fuego cando su alumno estrella más nuevo, Albert Pujols, criticó al coach por revelar alguna información de una reunión privada con los bateadores de los Angelinos. Los coaches de bateo se han convertido en celebridades menores en años recientes. Rudy Jaramillo fue reconocido como gurú de bateo durante su larga estadía con los Rangers. Kevin Long ha recibido elogios por su trabajo con Curtis Granderson y Derek Jeter. Merv Rettenmund fue elogiado una vez como un excepcionalmente buen coach de bateo. Pero con la celebridad vienen las grandes expectativas, las cuales pueden ocasionar disgustos. Cuando los bateadores empiezan a tener malas rachas, el coach de bateo se hace un blanco visible. Y cuando la mala racha dura mucho tiempo, el coach de bateo algunas veces es despedido. Eso le ocurrió a Hatcher esta semana. El primer coach de bateo que recuerdo como celebridad fue Charley Lau. Durante finales de los años ’70 y los ’80, él fue reconocido como el instructor de bateo élite del juego, era tan reverenciado en algunos círculos que sus seguidores sentían que debía ser pagado tan bien como un manager. Luego de una carrera descolorida como bateador de sencillos y cátcher de reserva con los Tigres, Bravos, Orioles y los Atléticos de Kansas City, y una temporada relativamente tranquila como coach de bateo como coach de bateo de Baltimore en 1969, Lau se abrió paso hacia la conciencia pública como coach con los Atléticos de Oakland. Durante el entrenamiento primaveral de 1970, Lau trabajó mucho con Joe Rudi. Lau lo convenció de cambiar su forma de batear. Rudi empezó a recortar su manera de empuñar el bate, mientras se acercaba más al plato y se agachaba. Rudi respondió al tutelaje bateando para .309 en 350 turnos al bate. “Ese fue”, le dijo Rudi a la revista Sport al recordar la primera vez que se encontró con Lau, “el punto de inflexión de mi carrera”. Durante la misma temporada, Lau recibió cierta publicidad indeseada cuando se enfrentó con el hombre que narraba jugada a jugada los juegos del equipo, el legendario Harry Caray. No le agradaba el criticismo de este hacia los jugadores de Oakland mientras transmitía los juegos, por eso estuvo a punto de irse a los puños con el extrovertido narrador en un vuelo del equipo. Luego vino el invierno posterior a la temporada de 1970. Charley Finley había despedido a John McNamara como manager durante una reunión de una hora. Finley inmediatamente dio una conferencia de prensa para anunciar el cambio. En una actitud extraña, el impredecible dueño pasó buena parte de la conferencia criticando a su cátcher regular, Dave Duncan. Finley atacó a Duncan por varias razones, en particular por su estilo de vida. “Un día encontré que Duncan estaba durmiendo con el coach de bateo Charley Lau”, exclamó Finley, de acuerdo a The Sporting News. Fue una extremadamente pobre e inadecuada elección de palabras. “Con esto quiero decir que eran compañeros de residencia, compartían gastos. Cuando noté esto, les…pedí que acabaran con eso inmediatamente, porque como todos sabemos, en la armada, las tropas no fraternizan con los oficiales”. Duncan y Lau, cuyo despido también fue anunciado en la conferencia de prensa, habían rechazado cumplir la orden de Finley. Ambos hombres se habían separados recientemente de sus esposas. Habían decidido reducir costos compartiendo un apartamento, nada sorpresivo en una época cuando la mayoría de los peloteros y coaches no tenían salarios significativos. Finley trató de insinuar que Lau estaba durmiendo con uno de sus jugadores. Fue como si Finley hubiese usado intencionalmente la frase “durmiendo con” como una manera falsa de sugerir alguna relación romántica entre el jugador y el coach. Debido a los extraños razonamientos de la mente de Finley, es difícil saber exactamente cual fue el motivo de su reacción hacia Duncan y Lau. Si Finley estaba de alguna manera tratando de vetar a Lau y mantenerlo fuera del beisbol, sus esfuerzos fueron en vano. Antes de comenzar la próxima temporada, Lau consiguió trabajo con los Reales. Desde 1971 hasta 1978, excepto por un breve período cuando fue removido del cargo por Jack McKeon, Lau fue el coach de bateo de Kansa City. Durante ese tiempo, él trabajó con un número de peloteros que estaban en el equipo y otros que llegaron del sistema de los Reales, los ayudó a todos a convertirse en mejores bateadores de Grandes Ligas. El ilustre grupo incluía a los jardineros Amos Otis, Hal McRae y Willie Wilson, y a un infielder futuro inquilino del Salón de la Fama de nombre George Brett. Solo en 1976, Brett y McRae disputaron el título de bateo de la Liga Americana, convirtiéndose en testamentos de las teorías de bateo de Lau. Lau instituyó el uso de cintas de video para trabajar con los bateadores de los Reales. Mucho antes de que esa práctica se hiciera norma, él pasaba numerosas horas estudiando los videos de sus bateadores, analizando sus fortalezas y debilidades. Brett se convirtió en el alumno más aventajado de Lau. “Luego de algunos experimentos y refinación, hallamos el estilo de bateo que funcionaba mejor para mí”, dijo Brett años después. “En ese momento casi ni me di cuenta de cómo eso iba a cambiar mi vida”. Con su estilo de bateo asesorado por Lau, Brett bateó .308, .333 y .312 en tres de sus primeras cuatro temporadas. Aunque era considerado un valioso prospecto, nadie podía predecir que él emergería como uno de los 10 mejores terceras base ofensivos de todos los tiempos. Además de sus consejos como coach de bateo, Brett demostró las mejores cualidades del sistema de bateo de Lau. Si este era ejecutado correctamente por un pelotero con el talento de Brett, el sistema de Lau funcionaba. Lau creía que cada bateador debe empezar por tener un estilo de bateo balanceado y trabajable, pero debe sentirse dispuesto a incorporar ritmo y movimiento a ese estilo. Desde ahí un bateador necesitaba ejecutar un profundo cambio de centro de gravedad, comenzando con un lado trasero firme y rígido que luego debe pasar a un lado frontal firme y rígido. Lau creía que el bateador debía conectar a través de la pelota, con un swing libre de tensión. Entonces venía el hueso de contención. Muchos de sus bateadores terminaban sus swings soltando la mano de arriba desde el bate. Aunque él no pedía eso (un punto a menudo no entendido por sus críticos), el los animaba a soltar la mano de arriba como una forma de extender sus brazos. Más que cualquier otra cosa, esta característica se convirtió en el punto crítico durante el tope de la popularidad de Lau. Los escépticos se quejaban, “¿Cómo se puede batear con una sola mano?” Lo que los críticos no entendían era que el bateador solo soltaba su mano de arriba después de hacer contacto con la pelota. Un bateador puede extender el bate más lejos con una mano, que cuando lo sostiene con ambas manos. De acuerdo a la manera de pensar de Lau, la extensión importaba más que agarrar el bate con ambas manos después de conectar. Las filosofías de Lau siguieron siendo propiedad de los Reales después de la temporada de 1978, cuando los Reales lo cesantearon. La gerencia de los Reales sentía que Lau estaba convirtiendo a los bateadores de poder del equipo en bateadores de sencillos. El despido molestó a Lau, quién ya tenía un problema con el alcoholismo. No estuvo desempleado por mucho tiempo. Ahora como agente libre, firmó un lucrativo contrato multianual con los Yanquis. Lau no tendría el mismo impacto con los Yanquis que el que tuvo con los Reales, pero algunos bombarderos respondieron. Reggie Jackson tuvo una de sus mejores temporadas en 1980, también Oscar Gamble. Hasta jugadores promedio como Rick Cerone y Bobby Brown sorprendieron con productivas campañas ofensivas. “Charley es el maestro más científico que hay visto”, dijo el primera base de los Yanquis, Bob Watson. “Si hubiera tenido a Charley Lau hace siete años, hoy sería un mejor bateador”. En 1981, el impacto de Lau pareció disminuir cuando la ofensiva de los Yanquis cayó significativamente. De los jugadores regulares, solo Dave Winfield agenció un OPS mejor que .800. Así que los Yanquis dejaron ir a Lau, le permitieron llevar sus servicios a los Medias Blancas, donde firmó un contrato de seis años, sin precedentes. Las filosofías de Lau parecieron tener mucho más que un impacto en Chicago, allí hizo movimientos positivos con jugadores como Carlton Fisk, Ron Kittle, Harold Baines y Greg Luzinski. Lau recibió crédito por ayudar a Kittle a ganar el premio de Novato del Año de la Liga Americana. Fue con los Medias Blancas que Lau se enfermó seriamente. Afectado con cáncer de colon, Lau se ausentó en 1983. Su salud se complicó en la primavera de 1984. El 18 de marzo, con los Medias Blancas en medio de sus preparativos primaverales para la nueva temporada, Lau falleció a los 50 años. Si no es por su muerte prematura, él pudo haber permanecido como coach de bateo por el resto de los ’80 y ’90. Él pudo ser mejor conocido por las generaciones actuales de aficionados, los cuales generalmente parecen desconocer sus logros. Después de todo, Lau se había ido hace casi 30 años. Desde su partida, algunos coaches de bateo, como el discípulo de Lau, Walt Hriniak y el antíguo coach de bateo de los Yanquis, Lou Piniella han ganado algún nivel de celebridad como coaches de bateo. También Jaramillo. Pero ninguno se ha convertido en la superestrella que fue Lau. De muchas maneras, el sigue siendo el oráculo de los coaches de bateo, uno del cual podríamos no volver a ver nunca más alguien parecido. Traducción: Alfonso L. Tusa C. Nota del traductor: Charley Lau dirigio a los Tiburones de La Guaira en LVBP, temporada 1971-72

lunes, 27 de julio de 2015

En el palco de la prensa no hay celebración.

15-07-2015. Jason Linden. The HardBall Times Imagine esto: Es el ultimo día de la temporada. Los Yanquis, a pesar de ser el quipo más viejo desde que Nebuchadnezzar inventó la bola de saliva, están empatados en el primer lugar. El este de la Liga Americana es mediocre, por lo que deben ganar la división para llegar a los playoffs. Ellos pierden por una o dos carreras. Hay corredores en base. Alex Rodríguez toma turno al bate. Esta, estamos supuestos a creer, es una instancia rara donde los aficionados y los periodistas en el palco de la prensa estarán deseando la misma cosa. Los fanáticos de los Yanquis quieren la postemporada, no importa quien los lleve allí. Los periodistas quieren una historia, y es difícil imaginar una historia mejor que el maléfico Rodríguez enviando a los Yanquis a la postemporada con un jonrón oportuno. La única diferencia en esa circunstancia, debe ser una de volumen. Los aficionados estarán gritando, pero el palco de la prensa estará en tenso silencio. No hay celebración en el palco de prensa. ¿Pero eso es realmente así? ¿De verdad no hay celebración en el palco de la prensa? ¿Y qué significa eso? ¿Eso significa que los reporteros están supuestos a mantener la objetividad o el periodismo deportivo es el equivalente de usar casco en un sitio en construcción? Hay personas trabajando. Tranquilos. Como parte de la investigación para este artículo, contacté periodistas de beisbol de cada mercado de Grandes Ligas para pedirle sus opiniones sobre el concepto de “en el palco de prensa no hay celebración” y su experiencia personal con eso. Escuché a siete periodistas (uno de los cuales pidió anonimato) y aunque la muestra no es enorme, mostró algún desacuerdo con lo que significa la frase. Mark Gonzales del Chicago Tribune me dío la respuesta objetivista más pura que haya escuchado, al decir, “Eso significa que eres estrictamente objetivo, sin mezclar las emociones al resultado. Algunos periodistas han dicho que se ‘aupa por la historia’. Lo entiendo, pero no voy tan lejos…mi trabajo es documentar los elementos tan bien como pueda…” Encontré esta respuesta interesante porque la mayoría de nosotros hemos escuchado a los periodistas deportivos decir abiertamente que ellos “aúpan por la historia”. Es tan bien conocido que solo tiene que darle un vistazo al uso de esto en la introducción de esta pieza. Pero, aupar por una historia, es emocional, ¿cierto? Se trata de interés propio. Como C. Trent Rosecrans del Cincinnati Enquirer dijo cuando le preguntaron por sus intereses de aupar algo o alguien: “Honestamente, al final, aúpo por mí, quiero un buen, rápido, emotivo juego con una gran historia”. El punto en el que todos parecen estar de acuerdo sobre “no celebrar..”, significa que efectivamente, es un ambiente de oficina. Más allá de eso, también hubo acuerdo general en que los periodistas no están supuestos a aupar a los equipos que cubren, ni siquiera internamente. Esto llega hasta el fondo del asunto de la objetividad. ¿Son los periodistas capaces de ser verdaderamente objetivos? Entre aquellos que respondieron a mis preguntas, hubo desacuerdo en esta. Por supuesto, las respuestas básicas son “si” o “no”. Entre aquellos que dijeron que no era posible, resultó ser porque se trata de personas. Consideren lo siguiente de Andy McCullough del Kansas City Star: “Pienso que se necesita una increíble cantidad de empatía para ser un buen reportero…Me gusta escribir historias sobre las personas, y escribir de beisbol proporciona la mejor oportunidad en un periódico para escribir historias de personas. Para hacer esto bien, se necesita conocer a las personas que se cubren. Es difícil escribir cosas negativas sobre personas que te gustan y es difícil escribir cosas agradables de los jugadores que te tratan como miembro de una especie sub-humana. Pero tienes que ser justo. De otra manera, los lectores se darán cuenta. Esa es una cita muy larga, pero quise hacerlo así porque toca algo que piensol que todos entendemos desde afuera. Algunos jugadores son idiotas. Otros jugadores son buenos tipos. Pero el que un jugador sea agradable no tiene necesariamente nada que ver con cuan bueno sea él o cuan bien haya jugado. Así que mientras los reporteros como McCullough no pueden (porque son humanos) mantener opiniones objetivas de los jugadores como personas, ellos “tienen que proceder bien”. Por supuesto, la definición de bondad nos lleva hacia otro camino, y tal vez haya espacio para un artículo sobre eso algún día, pero no hoy. Quizás la respuesta más interesante a la pregunta sobre objetividad, sin embargo, vino del reportero quien insistió en permanecer anónimo. Este periodista dijo que creía que la objetividad total era posible, pero cuando le pregunté si había roto la regla de “no celebrar”, él dijo, “Lo he hecho. Algunas veces es inevitable. Cuando sigues un equipo por una temporada completa, es difícil no involucrarse un poco emocionalmente. Mientras se mantenga claro que se puede mantener objetivo, y mientras eso se haga muy ocasionalmente, no es nada del otro mundo”. Hay mucho de disonancia cognitiva en esa respuesta. Quizás de lo que él habla en realidad es del concepto de hacer las cosas bien mencionado por McCullough y otros periodistas con quienes me comuniqué. Pero ¿objetivo? No se si puedo creer que un reportero sea objetivo cuando dice que celebra por un equipo. Esto provee un buen punto en la discusión sobre la edad de la frase “en el palco de prensa no hay celebración”. Confesaré que fui incapaz de determinar el origen con precisión. Sospecho que ha estado vigente por mucho tiempo. Ciertamente, estaba bien establecida cuando Jerome Holtzman recopiló el libro clásico sobre periodismo deportivo del mismo nombre. En el volumen original, publicado en 1973 (desde entonces fue actualizado para incluir más periodistas), Holtzman presenta los resultados de entrevistas sobre periodismo deportivo con 18 periodistas quienes estuvieron presentes en el advenimiento del periodismo deportivo en Estados Unidos. Lo que es fascinante de esas páginas es cuan a menudo registran todo lo contrario de lo que implica el título. A menudo, los periodistas estaban profundamente ligados a las vidas y fortunas de los jugadores que cubrían. Cualquiera que haya seguido profundamente los deportes ha notado que , en épocas pasadas, el reportaje deportivo tenía un tono completamente diferente del que tiene hoy. Lo que una vez fue reconocido como periodismo deportivo genuino a menudo sería relegado a una columna de opinión hoy. Al leer las historias, es imposible no ver que el periodismo deportivo por lo menos ha tratado de hacerse más objetivo. Pero ¿de verdad ha ocurrido? En 2004, Scott Reinardy (un antíguo reportero deportivo, ahora Ph.D. en periodismo y profesor en la Universidad de Kansas) publicó un estudio sobre objetividad en la cobertura del futbol americano universitario. Lo que el estudio encontró fue que a menudo es extremadamente difícil para los reporteros deportivos mantenerse objetivos en su cobertura. Las razones de esto son variadas. Primero, los reporteros deportivos están en la inusual posición de estar constantemente rodeados por miles de personas quienes tienen un interés parcializado en lo que pasa ante ellos. Segundo, los reporteros obtienen mucha de su información de los equipos que cubren y esa información puede implicar un conflicto de intereses. A los reporteros no siempre le permiten publicar todo lo que ven si quieren seguir teniendo acceso completo. Y, aún cuando los reporteros publiquen algo, los equipos pueden tener el poder de condicionar como se presenta el material en el periódico. El estudio de Reinardy da un ejemplo excelente de esto desde el período de reclutamiento de futbol americano en 1995 cuando una historia negativa…”apareció el 22 de enero, 10 días antes del 1 de febrero la fecha límite de NCAA para firmar jugadores de último año de secundaria para becas de futbol. El entrenador de Nebraska, Tom Osborne conminó a los periódicos y editores deportivos para suavizar la historia y retrasar la publicación hasta después del 1 de febrero. Luego de un acalorado debate en la sala de noticias, la historia fue reescrita, alterando el borrador original en el párrafo 15. La historia fue bajada desde el frente de la página hasta el fondo de la página deportiva, y el grueso de la historia estaba en la página interior de deportes. Tampoco fue publicada hasta el 4 de febrero”. Ahora, esa no es una historia de beisbol, y usted puede asumir que un famoso entrenador de futbol Americano en un pequeño pueblo universitario puede ejercer más presión en la prensa local que la gerencia del beisbol de las grandes ciudades. Pero ciertamente es ilustrativa y es fácil entender que presión tan similar pudiera ser aplicada por los equipos de Grandes Ligas, muchos de los cuales son o han sido propiedad de conglomerados mediáticos de varias clases. Aún con todas las influencia externas que hacen difícil mantenerse completamente objetivo, el palco de prensa permanece como un tipo de lugar especial. Pregunté a los periodistas sobre los cambios que han observado en los años recientes ahora que los aficionados obtienen mucha de su información de los blogs y las redes sociales. La respuesta general que obtuve fue que el palco de prensa es el palco de prensa, aún cuando los bloggeros están ahí. Aquí está lo que Peter Abraham del Boston Globe tuvo que decir: “Hay antíguos aficionados bloggeros quienes han migrado hacia el ambiente de los medios, Jay Jaffe de Sports Illustrated por ejemplo, y viene al palco de prensa a trabajar. Jay es un aficionado de los Yanquis y no lo oculta. Pero actúa profesionalmente cuando está en el palco de prensa…Francamente, si intentaras mostrar algún tipo de celebración obtendrías el pinchazo de la mirada de todos”. Esa es una descripción de libro de texto de presión de los pares, pero la presión de los pares no siempre es algo malo. Después de ver lo que Abraham tenía que decir, busqué a Jaffe para conocer sus pensamientos. Lo que dijo fue que eso es parte de la experiencia. O, en sus propias palabras, “Si quieres ser aceptado en el mundo de los medios profesionales, está suficientemente claro que tienes que dejar a un lado tus preferencias”. Él reconoció que la excepción fue ver a Derek Jeter conseguir su imparable 3000, pero aún entonces, “Evité la tentación de celebrar, en ves de eso canalicé mi emoción en un tweet y en sentirme impresionado por la enormidad de este logro y por mi propia fortuna de presenciarlo desde ese asiento privilegiado”. Me pregunté si había otras circunstancias como la que describe Jaffe, en las cuales no era posible controlar las emociones, y como podía ser visto eso en el palco de la prensa. ¿Que tal si tu equipo de la niñez está en la Serie Mundial, a punto de una victoria? Para todos, excepto el periodista anónimo, eso es algo adyacente. De hecho, parece que la amplitud del alcance de la mayoría de los medios lleva a los reporteros hacia la objetividad. Gonzales lo ilustró muy bein cuando dijo, “Recuerdo regresar al piso de arriba en Minute Maid Park, cerca del tiempo límite para enviar mi reporte después que los Medias Blancas de Chicago ganaron la Serie Mundial de 2005. Antes de empezar a escribir, oi una voz decir, ‘Un millón de personas va a leer tu historia. Mas te vale escribirla bien’. Miré alrededor, y era Nick Colletti, a quién conocía de nuestros días cuando yo cubría a los Gigantes,,,Ned era un antiguo reportero deportivo, por que él sabe lo que es escribir acerca de un evento monumental”. Los periodistas deportivos tienen un trabajo complicado y difícil. Durante buena parte de la historia del periodismo deportivo, ellos resolvían la dificultad no siendo completamente objetivos. Ellos frecuentaban con los peloteros. Participaban en los esquemas financieros con los peloteros. Y de todas formas, los periódicos eran locales, asi que ¿Quién los iba a criticar? Pero en las décadas recientes, esto ha transicionado hacia algo más cercano al ideal del periodismo objetivo. El periodista que cubre hoy a su equipo favorito probablemente no es objetivo por completo, pero trata de hacer las cosas bien. Está consciente de que mucha gente está observando y ellos valoran la integridad periodística. Sobre Jason Linden Jason enseña ingles en la escuela secundaria, escribe ficción, maneja un pequeño programa de escritura y escribe sobre educación y literatura. También escribe para Redleg Nation y escribe y edita para The Hard Ball Times. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

Esquina de las barajitas: José Cardenal: 1973 Topps

03-05-2013. Bruce Markusen. Son barajitas como este clásico de Topps de 1973 que me hacen preguntar que exactamente se dicen entre los camarógrafos y los peloteros durante las sesiones fotográficas. ¿Indican los fotógrafos de Topps a los peloteros como deben lucir ellos en las poses? ¿O tienen los peloteros la última palabra sobre como van a sostener sus bates y guantes para tratar de lucir más atléticos frente al lente de la cámara? ¿Y cuan a menudo estas conversaciones terminan en gritos desde ambos lados ante la imposibilidad de lograr acuerdos sobre la mejor manera de presentar a un pelotero en una barajita e beisbol? Especulemos sobre lo que pueda haber sido dicho entre el fotógrafo de Topps y el jardinero de los Cachorros José Cardenal durante un juego en la carretera en 1972, cuando se tomó esta fotografía. “Toca la pelota José”, el fotógrafo pudo haberle gritado con entusiasmo a Cardenal mientras buscaba la pose apropiada para esta barajita de beisbol de 1973. Esa pudo haber sido una instrucción extraña para alguien como Rico Carty, Jim Ray Hart o Bobby Bonds. Esos tipos eran reconocidos por sus habilidades para batear con poder y raramente les pedían que ejecutaran un toque de sacrificio. En contraste, Cardenal era un diestro tocador quién podía manejar el bate con habilidad. Podía hacer casi todo en el plato, desde descargar linietazos a los callejones hasta despachar un jonrón ocasional en County Stadium o Wrigley Field o Busch Stadium. Al comienzo de su carrera, Cardenal lo hacía todo bien en el terreno de juego. Firmado por los Gigantes como agente libre amateur en Cuba en 1960 (fue uno de los últimos peloteros en salir de Cuba antes que Fidel Castro apretara las restricciones), logró grandes números en El Paso AA en 1963. Bateó 36 jonrones, robó 35 bases, y tuvo un porcentaje de slugging de .617, para levantar su OPS hasta 1.011. Parecía tan prometedor como jugador de ligas menores que resulta algo sorprendente que haya terminado con una carrera de vagabundo que lo vio hacer paradas en San Luis, Milwaukee, Chicago, Filadelfia, Nueva York y Kansas City. En términos simples, Cardenal fue un reputado prospecto con talento de cinco herramientas. Algunos scouts, incluyendo unos de la organización de los Gigantes, valoraban la combinación de Cardenal con velocidad, brazo, fuerza y poder. Desafortunadamente, los Gigantes de esa época también tenían una gran camada de buenos jardineros jóvenes. Algunos como Bonds y Hart, avanzaron en el sistema y se convirtieron en estrellas en San Francisco. Muchos otros, como Cardenal y Leon Wagner y Matty Alou, fallaron en el intento y tuvieron que buscar su salida en otras organizaciones. Los Gigantes completaban la situación al hacer un pobre trabajo en la evaluación de sus prospectos de los jardines. En particular, ellos no manejaban bien a sus peloteros latinos en ese tiempo. Es posible que los Gigantes catalogaran a Cardenal como un “cabezacaliente”; ese era un estereotipo común de los peloteros latinos en los años ’60 y ’70. Hubo por lo menos un incidente donde Cardenal mostró su temperamento. De acuerdo a una historia relatada por el autor Dan Epstein, Cardenal se tomaba el asunto de la retaliación muy en serio. Mientras jugaba para el equipo afiliado de los Gigantes en El paso a comienzos de los años ’60, Cardenal se encontró con que los pitchers rivales le estaban lanzando pegado de manera seguida. Él creía que los frecuentes revolcones y pelotazos eran motivados principalmente por el color oscuro de su piel y su herencia cubana. Un pitcher, en particular, le lanzaba a Cardenal con una regularidad molesta. Por lo que Cardenal decidió que la próxima vez que enfrentara a ese pitcher, iría al plato preparado, llevaría una navaja en sus medias. Cuando el pitcher lo golpeó con un lanzamiento, Cardenal se agachó, sacó la navaja, y empezó a perseguir al monticulista. Tan pronto como el pitcher vio la navaja, se volteó y empezó a correr hacia el jardín central. Con Cardenal corriendo a todo lo que daban sus piernas, ¡el pitcher corrió hasta la zona de seguridad del jardín central y saltó sobre la cerca! Mientras es imposible probar que incidentes como este pueden haber predispuesto a los Gigantes con Cardenal, es probablemente imposible saber si su temperamento fue el punto determinante en la decisión de los Gigantes para cambiarlo. Cualquiera que haya sido el razonamiento de los Gigantes, ellos terminaron haciendo una transacción en noviembre de 1964. Enviaron a Cardenal fuera de la liga pero lo mantuvieron en el estado al enviarlo a los Angelinos de California por un cátcher de respaldo desconocido llamado Jack Hiatt. Fue un cambio intrigante en su momento; en retrospectiva luce confuso. El cambio a la Liga Americana no solo le dio a Cardenal más oportunidad de jugar, sino que también le dio la ocasión de jugar frente a frente contra su primo, el campocorto de los Atléticos de Kansas City, Bert Campaneris. En una coincidencia más resaltante, Cardenal se convirtió en el primer bateador en enfrentar a su primo cuando Campy subió al montículo como parte de su actuación para jugar las nueve posiciones en un juego a instancias de Charlie Finley. Sus dos primeras temporadas con los Angelinos fueron prometedoras, incluyendo una temporada de 16 jonrones en 1966, Cardenal luego desmejoró en su tercer año, lo cual provocó un cambio a los Indios por el jugador de cuadro Chuck Hinton. Cardenal jugó dos temporadas alrededor del lago pero no pudo levantar su OPS más allá del rango de .600. Disgustados por su rendimiento, los Indios lo enviaron de vuelta a la Liga nacional, lo remitieron a San Luis por el veterano Vada Pinson. Los Cardenales, jugaban la mitad de sus juegos en la extensa superficie de grama artificial de Busch Stadium, parecía un lugar ideal para un rápido perseguidor de elevados como Cardenal. (También se convirtió en “Cardenal the Cardinal”, creando todo tipo de posibilidades de mercadeo). Con Cardenal en el centro y Lou Brock en el jardín izquierdo, los Cardenales desarrollaron una gran velocidad en los jardines. Cardenal alcanzó un OPS de .775 en 1970, pero el matrimonio entre Cardenal y los Cardenales no duró. Luego de temporada y media, los pájaros rojos negociaron a cardenal a Milwaukee como parte de un trato de cinco peloteros que trajo de vuelta al jugador del cuadro Ted Kubiak. Cardenal jugó irregularmente en media temporada con los Cerveceros. No sería hasta su próxima parada que Cardenal encontraría alguna estabilidad a largo plazo. Luego de la temporada de 1971, los Cachorros empacaron al derecho Jim Colborn con dos peloteros de menor rango y los enviaron a los Cerveceros por Cardenal. Al agruparlo con Billy Williams (jardín izquierdo) y Rick Monday (jardín central), los Cachorros formularon uno de sus mejores jardines en años, conformado por un inquilino del Salón de la Fama en Williams y dos peloteros con la velocidad para cubrir los jardines en Cardenal y Monday. Cardenal se mantendría fijo frente a la hiedra de Wrigley Field por seis temporadas. En un nivel más cultural, el también desarrollaría su afro de gran tamaño durante sus días en Chicago. En cada una de sus primeras cuatro temporadas con los Cachorros, Cardenal agenció un OPS por sobre .800, incluyendo dos temporadas en las cuales recibió poca consideración para jugador más valioso de la liga. En 1973, lideró a los Cachorros en promedio de bateo y emergió como el pelotero del año del equipo. Dos años después, bateó para un tope en su carrera de .317 y también consiguió otra marca personal con 77 boletos. Un pelotero subestimado, Cardenal se convirtió en uno de los mejores jardineros de las esquinas de la Liga Nacional. Entonces vino la fase del declive para Cardenal. Los Cachorros notaron que con 33 años, Cardenal ya no podía jugar todos los días, lo cambiaron a los Filis luego de la temporada de 1977. Tuvo dificultades como jugador de banca en Filadelfia, se vio cambiado a los Mets a mitad de un doble juego, y resistió dos medias temporadas más como utility con los Mets antes de disfrutar su despedida con los Reales en 1980. Firmado en waivers hacia finales de agosto, Cardenal bateó .340 en 53 turnos y luego despachó un imparable como emergente en el noveno inning del sexto juego de la Serie Mundial. Aunque su imparable contra Tug McGraw no importó en una derrota de los Reales, permitió a Cardenal terminar su carrera en las mayores con una nota alta. ¿Por qué Cardenal, un sólido pelotero quien bateó para un promedio decente, corrió las bases con agresividad e inteligencia, y jugó las tres posiciones de los jardines a un nivel respetable, usó nueve uniformes de equipos diferentes en una carrera de 18 años? Pueden haber influido dos factores. Primero, Cardenal no bateó con el tipo de poder que había asomado como prospecto en el sistema de los Gigantes. Satisfecho con dispersar sus batazos entre los callejones, él nunca bateó más de 17 jonrones en una temporada. Segundo, Cardenal puede haber agredido a algunos de sus equipos con su conducta, la cual era extraña o encantadora, dependiendo de tu perspectiva. Algunos de sus managers lo consideraban temperamental, aunque eso pudo ser el resultado de malos entendidos raciales y étnicos. Un espíritu libre con un raro sentido de la lógica, Cardenal frustraba a sus managers y jefes de la oficina con sus arrancadas y hábitos. Algunos de esos hábitos dañaron su reputación, mientras otros eran completamente inofensivos, pero todos ellos hicieron de Cardenal uno de los grandes personajes de los años ’60 y ’70 en el beisbol. Consideremos algunas de las excentricidades que hicieron a Cardenal una de las figuras memorables del juego: • Cuando jugaba en los años ’60, Cardenal prefería su uniforme marcadamente ajustado en una época cuando la mayoría de los jugadores usaban sus uniformes de algodón holgados. De acuerdo al difunto pitcher derecho de los Pilotos de Seattle Fred Talbot, quién fue citado en Ball Four, Cardenal una vez dejó de jugar en tres juegos seguidos en el beisbol invernal por una extraña razón: no podía encontrar pantalones lo suficientemente ajustados en las piernas. Y si, en caso de que te estuvieras preguntando, eso suena como al sacado de un episodio de Seinfeld. • Los pantalones ajustados eran solo uno de los hábitos de Cardenal. Ël se hizo famoso por idear extrañas excusas para justificar su indisposición de jugar. Hablaba de extrañas lesiones oculares y distracciones nocturnas ocasionadas por grillos imaginarios. En 1972, Cardenal expresó que no podía ver bien. ¿La razón? Se había despertado con los párpados y pestañas pegados al ojo. “Me desperté y tenía el ojo inflamado”, explicó Cardenal a un reportero. “Mis pestañas estaban pegadas. No podía ver, así no podía jugar”. En otra ocasión, Cardenal le dijo al manager de los Cachorros, Jim Marshall que no podía jugar en un juego de los entrenamientos primaverales de 1972 porque el ruido de los grillos lo había mantenido en vela toda la noche. Marshall, no le creyó, pero le dio el dia libre al veterano jardinero. Cuando se trataba de dar extrañas excusas para no jugar, Cardenal era el Chris Brown de los años ’70. • A diferencia de muchos jugadores latinos de su época, Cardenal hablaba inglés lo suficientemente bien para tener un nivel de comodidad con los reporteros. A veces su habilidad para manejarse en las entrevistas se traducía en algo muy irreverente para el gusto de algunas personas. Cuando el compañero de equipo Rick Monday, rescató una bandera estadounidense de dos trabajadores inmigrantes en un juego de 1976, generando admiración desde todos los ángulos del estadio, Cardenal se convirtió en uno de los pocos jugadores que reaccionó con ironía. Él sarcásticamente se preguntaba si Monday sería reconocido al nivel de un patriota estadounidense como el Presidente Lincoln o George Washington. • Cardenal se hizo muy conocido por llevar uno de los afros más grandes del beisbol. De hecho, a excepción del celebrado Oscar Gamble, nadie tenía un afro de la altura y el cuerpo del de Cardenal. Como resultado, Cardenal requería gorras y cascos apropiadamente más grandes que la talla de su cabeza, algo en el rango de Bruche Bochy/Hideki Matsui. • De acuerdo a su compañero en Filadelfia, Pete Rose, Cardenal rellenaba de corcho sus bates con frecuencia durante sus día con los Filis. Rose dice que podía oir el “sonido del taladro” en el clubhouse de los Filis, mientras Cardenal ejecutaba su carpintería en una variedad de bates. Rose dijo que él usaba uno de los bates rellenos de Cardenal en la práctica de bateo, pero nunca en un juego oficial. A pesar de su reputación por tener una conducta que desafiaba la lógica, Cardenal permaneció en el juego como entrenador. Disfrutó una larga carrera, se ganó el respeto por su conocimiento del corrido de bases y el juego en los jardines. Luego de una estadía entrenando con los Rojos, Cardenal se unió al cuerpo técnico de Joe Torre con los Yanquis. Fue empleado como coach de primera base y de los jardines, y además se ganaba su salario aportando observaciones oportunas durante la Serie Mundial de 1996. Con los Yanquis defendiendo una ventaja de 1-0 en el noveno inning del quinto juego, los Bravos de Atlanta amenazaron con empatar el marcador, y posiblemente ganar el juego. Mientras Chipper Jones abría en tercera base, y Ryan Klesko hacia lo propio en primera, Luis Polonia entró a la caja de bateo ante el cerrador de los Yanquis, John Wetteland. Momentos antes de ese turno al bate, Cardenal notó que Paul O’Neil estaba fuera de posición en el jardín derecho. Desde su posición en el dugout de los Yanquis, Cardenal le hizo señas a O’Neill, lo movió varios pasos hacia el jardín central. Polonia engarzó un envío de Wetteland hacia el callejón del jardín derecho, alto y profundo, pero sin distancia de jonrón. Al correr hacia la pared, O’Neill finalmente alcanzó el batazo, y logró atrapar la pelota en la malla de su guante. Si Cardenal no hubiese movido a O’Neill varios metros hacia el hueco entre el jardín derecho y el central, el batazo de Polonia lo hubiera sobrado. Por lo menos Jones hubiera anotado, para empatar el juego. Aunque no es seguro, Klesko posiblemente hubiese anotado desde primera, dándole a los Bravos una dramática victoria viniendo de atrás. Quién sabe que hubiera sido de los Yanquis en el resto de la serie, quienes terminaron completando una dramática remontada en seis juegos. Aunque él fue un miembro del cuerpo técnico de Torre ampliamente respetado, eventualmente tuvo una disputa salarial con los Yanquis. Cardenal salió de Nueva York, se convirtió en coach de los Devil Rays de Tampa Bay antes de regresar al cuerpo técnico de los Rojos. De ahí pasó a los Nacionales como consejero del gerente general, una posición que mantuvo hasta 2009, cuando los Nacionales decidieron dejarlo libre. Ahora, Cardenal está fuera del beisbol, un triste desenlace para un hombre quien ha interactuado con el juego como prospecto, jugador, personaje pintoresco, entrenador experimentado, y consejero de la oficina principal. Me gustaría pensar que alguien que desarrolló su vida alrededor del beisbol siempre tendría un trabajo en el juego hasta que él decidiera que era suficiente, pero me parece que eso no es realista dentro de la estructura corporativa del beisbol. Aún a la edad de 69 años, apostaría que José Cardenal podría aún inclinar su cuerpo y dirigirlo hacia el pitcher, para obsequiarnos un buen toque de pelota, como el que una vez ejecutó para fotógrafo de Topps. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

martes, 21 de julio de 2015

Tratando de vencer obstáculos a través del océano.

Associated Press. 04-07-2015. Paris. Simplemente por jugar beisbol, Melissa Mayeux está rompiendo barreras. Al convertirse en la primera mujer en aparecer en la lista de registro de MLB internacional, ella se hizo elegible para firmar con equipos profesionales, es el último obstáculo vencido por Mayeux, una campocorto de 16 años de Francia. Previamente había logrado que abolieran una norma de prohibición de presencia femenina y así continuó jugando beisbol con muchachos franceses. Aún en una lejana conversación de Skype desde unaa clínica de pitcheo y bateo en Alemania donde Mayeux trabajaba en su manejo del bate la semana pasada con el dos veces Todos Estrellas Steve Finley, su enfoque era claro. Mayeux es una poco común pionera del beisbol, proviene de la tierra del Tour de Francia (ciclismo) y los campeones de la Copa Mundial de futbol de 1998. Francia vio su primer juego de beisbol a la sombra de la entonces en construcción Torre Eiffel en 1889, pero nunca fue un buen escenario para el deporte. Las ambiciones beisbolera de Mayeux empezaron con solo lo suficiente. Su hermano mayor, Dylan, jugaba beisbol, y ella “quería hacer todo lo que hacía él”, dijo ella. Ella agregó: “Lo seguía a todas partes. Somos muy unidos, hacíamos todo juntos. Él empezó en el beisbol a los 5 años. Yo tenía 3. Cuando él iba a entrenar, yo siempre quería ir con él, para jugar, correr. Por eso empecé a entrenar a los 3 años y jugué mi primer campeonato a los 5”. Mayeux juega con el equipo de beisbol nacional junior de Francia y con el equipo nacional de softbol, con otras mujeres, en el nivel de mayores. Mayeux era la única muchacha en sus equipos juveniles quién seguía jugando beisbol. Pero una regla federativa francesa prohibía a las muchachas continuar jugando con muchachos después de los 15 años. Ella dijo que las personas siempre le recordaban a ella y sus padres que debía cambiarse al softbol. Su razonamiento, dijo ella con una respiración brusca, era que las muchachas tenían menos reflejos que los muchachos, por lo que ella estaría en un gran riesgo de lesionarse porque los pitchers lanzaban más rápido con la edad. “Es bla, bla, bla”, dijo ella. “Solo excusas para sacar a las muchachas del beisbol”. Ella agregó: “No los escuché. Eso me motivó más a continuar, a cambiar las cosas. Siempre quise seguir jugando porque sabía que este era mi deporte y porque ser una muchacha no era razón para detenerme. No podía entender eso”. Tampoco podía entenderlo Didier Seminet, quién asumió como presidente de la Federación Francesa de beisbol y softbol en 2010. Mayeux lo acredita por haber respaldado sus esfuerzos, escribía cartas; mis padres me ayudaron mucho”, dijo ella, para rescindir la regla. Eso finalmente ocurrió el año pasado, y habría tomado más tiempo de no ser por Mayeux, dijo Seminet. “Lleva generaciones cambiar a las generaciones”, dijo él. “Lo que de verdad me gusta de esta historia es como ella se faja con los muchachos”. “Usted pregunta, ‘¿Por qué esto no ocurrió hace diez años?’ Porque la nuestra es una sociedad chauvinista. ¿Dónde llevará a Mayeux su espíritu aventurero? Ni siquiera ella lo sabe con seguridad. Ella espera llamar la atención de los scouts de MLB en agosto en un campamento de la élite europea, donde ella trabajará con el campocorto del Salón de la Fama Barry Larkin. Ella sueña con convertirse en la primera mujer en jugar en Grandes Ligas pero sabe que hay más barreras que vencer. “Sé que hay personas que se oponen a la idea de que una muchacha sea firmada para jugar beisbol profesional algún día”, dijo ella. “Pero ellos nunca me han visto jugar; ellos no me conocen. Espero poder cambiar su opinión”. “Todo lo que quiero es jugar al nivel más alto que pueda, disfrutar y seguir avanzando”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

lunes, 20 de julio de 2015

El promontorio desaparecerá, pronto, en Houston.

Terence Moore. MLB.com. 05-06-2015. Por muchas razones, los Astros no necesitaban abrir su nuevo estadio en 2000 con un jardín central que durara para siempre. No solo eso, ellos agregaron un promontorio muy empinado detrás de la zona de seguridad. Luego colocaron un poste para la bandera cerca de la pared casi detrás del promontorio. El promontorio y el poste estaban en juego. Nada bueno. Si se verifica, unos cuantos jardineros centrales aún se lamentan al recordar como dudaban a la hora de buscar los elevados en el Minute Main Field. Esto es bueno: Al comenzar la temporada de 2016, los oficiales de los Astros removerán ese promontorio y el poste del jardín central. Recortarán la distancia desde el plato a la pared en esa parte del estadio desde 436 pies hasta 409 pies, lo cual bajará al jardín central de Houston desde el más profundo del beisbol hasta el sexto más profundo. Ocuparan la zona detrás de la pared con restaurantes y bares, y le darán la oportunidad a los aficionados de tener una vista de la acción a nivel de terreno. “El nuevo jardín central no solo será maravilloso para los aficionados, sino que convertirá al Minute Maid Park en un estadio atractivo para peloteros actuales y futuros”, le dijo el gerentye general de los Astros Jeff Luhnow a los reporteros, hablando principalmente desde un punto de vista de mercadeo. Entre los involucrados con esta situación, el jardinero central de los Astros, Jake Marisnick le dijo al Houston Chronicle, “La seguridad tiene mucho que ver con esto. Me refiero a que resulta complicado subir ese promontorio y más con ese poste ahí…No se han visto muchas pelotas bateadas hacia ese lugar. No pienso que es algo muy importante, pero sería bueno si la pared la movieran hacia adelante”. Ese es el plan. Con 15 millones de dólares a disposición para las renovaciones venideras para el Minute Maid Park, todos ganan, excepto tal vez por Tal Smith, el legendario antiguo ejecutivo de los Astros. El promontorio es llamado el promontorio de Tal, pero no hay que preocuparse. Los Astros encontraran otras manera de rendir honores a Smith. Ellos podrían declarar el area que se extenderá desde el jardín central a través del nuevo espacio para los aficionados más allá de la cerca, algo así como el Valle de Tal. No me malinterpreten. Entre las muchas cosas que separan al beisbol de sus contrapartes está la originalidad de sus estadios. Wrigley Field gana mucho de su encanto de su hiedra. Igual con su pizarra manual que está más allá de las gradas del jardín central, y hablamos de unas gradas que han sido reconstruidas recientemente en la parte norte de Chicago más allá de las paredes de los jardines de más de 100 años de edad. Aún así, esas gradas le continúan dando a los Cachorros un hogar único para la eternidad. Ya saben cual es la próxima parada: El Monstruo Verde. Como Wrigley, Fenway Park ha sido golpeado con varios mandarriazos en años recientes. Aún, cortesía de el Monstruo Verde, que es la pared del jardín izquierdo (junto a otros vericuetos en otras partes del estadio), los Medias Rojas tienen su Wrigley en Boston. Yankee Stadium ya no es el que Ruth construyó. Ni siquiera es el que fue renovado en los años ’70. Es el que Steinbrenner construyó e inauguró en 2009, con muchos aditamentos modernos, pero luce muchas de las características de sus predecesores. Está el Monument Park, y también existe el decorado distintivo que era parte del techo del Yankee Stadium de Ruth. Los Reales tienen sus fuentes de agua en Kauffman Stadium. Los Orioles tiene su almacén detrás del jardín derecho. Los Cerveceros tienen su tobogán para Bernie Brewer, y los Mets tienen su Gran Manzana. Tampoco hay nada indebido con esa piscina detrás de la pared del jardín derecho en el Chase Field de Phoenix, porque Arizona es conocida por ser un poco ardorosa, aún durante la primavera o el otoño. Luego están los remeros de kayacs de McCovey Cove detrás de la pared del jardín derecho en el AT&T Park de San Francisco. Todas esas cosas eran únicas para esas franquicias, lo cual significa que los Astros fueron muy lejos (y muy profundo en el jardín central) respecto a su promontorio y su poste. Por una parte, ambas cosas a menudo eran molestas para los peloteros. Por la otra, no eran oriiginales. Los Astros obtuvieron la idea del poste del Yankee Stadium original, que tenía su poste dentro del terreno de juego, en medio de un jardín central inmenso, como el de Minute Maid Park ahora. Y sobre el promontorio, bien, esto es más personal. Los Astros construyeron su promontorio como tributo al promontorio que estaba en la zona de seguridad del jardín izquierdo en el viejo Crosley Field. En mis años adolescentes en Cincinnati hacia finales de los años ’60, mis hermanos y yo eramos asíduos en Crosley, allí disfrutábamos a Johnny Bench, Tony Perez, Lee May y otros miembros de la gran maquinaria roja enviar cohetes hacia las cercanas colinas del sur de Ohio. También disfrutábamos viendo a los jardineros izquierdos trastabillar al tropezar con el promontorio de Crosley. El único lugar de las Grandes Ligas que debe tener un promontorio en los jardines es Great American Ballpark porque es el sucesor de Crosley y Riverfront Stadium como el hogar de los Rojos. Great American Ballpark carece de un promontorio, por cierto. Pero su entrada principal recuerda la terraza del jardín izquierdo de Crosley, y también tiene sus rasgos propios, desde la apertura en las gradas para dar a los aficionados una vista única del centro de la ciudad y las dos chimeneas detrás de la cerca entre el jardín derecho y el central para conmemorar los barcos de vapor que navegaban en el cercano rio Ohio. De regreso al Minute Maid Park, el cual aún tiene un tren que corre más allá de la pared del jardín izquierdo. El Houston Chronicle hizo una encuesta hace tres años preguntando a sus lectores si el tren debería permanecer o irse, y 80 porciento apoyó su permanencia. Entonces los Astros deben mantener el tren. Es lo suficientemente único. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

miércoles, 15 de julio de 2015

Cooperstown Confidencial. Pensando en Al Cowens.

23-03-2012. Bruce Markusen. Hace diez años, recuerdo haber oído en las noticias que Al Cowens había fallecido repentinamente de un ataque cardíaco. La noticia parecía venir de la nada, yo no tenía conocimiento de algunos de los recientes problemas de salud de Cowens. Hacia tres años, en 1999, él había sido diagnosticado con una falla cardíaca congestiva. Él pasaría un tiempo en el hospital con pneumonía. En los meses previos a su muerte algunos de sus amigos notaron un tono decaído en su voz. Quizás Cowens, quien tenía solo 50 años, sabía que el fin estaba cerca. En una época, Al Cowens fue un negocio grande y maravilloso, él surgió como uno de los principales prospectos del sistema de granjas de los Reales. Con su amplio afro, gruesas patillas y grandes anteojos de montura metálica, él no parecía el pelotero típico, pero las apariencias pueden ser engañosas. El hombre jugaba suave y rápido. Dada su velocidad, su estilo para batear entre los callejones, y la habilidad para cubrir hectáreas a la defensiva, Cowens encajaba perfectamente en el estilo de correr y fajarse del manager de los Reales, Whitey Herzog. Al jugar en la rápida grama artificial de Royal Stadium, Cowens parecía una futura estrella para la organización. En el mundo sabermétrico de hoy, Cowens no habría sido catalogado tan alto. La defensa y la velocidad te llevarán solo hasta cierto punto. Cowens no tenía mucho poder. Tampoco tomaba muchos boletos. Primero hacía swing, y después preguntaba. En terminos de porcentaje de slugging y porcentaje de embasado, dos de las bases del pensamiento sabermétrcio, el juego de Cowens tenía carencias. Cowens llegó a las Grandes Ligas en 1974, se convirtió en el otro lado de la moneda de la alternancia por el jardín derecho. Jugaba principalmente ante lanzadores zurdos y servía como respaldo defensivo en los innings postreros., Cowens no bateaba, bateó un solo jonrón en 296 apariciones al plato, bateó para .242, y agenció un OPS por debajo de .600. A los 22 años de edad, no parecía estar listo para manejar el pitcheo de Grandes Ligas. Solo su juego defensivo alcanzaba un nivel aceptable. Con una mezcla robusta de velocidad y brazo, Cowens cubría el jardín derecho como un jardinero central y retiraba a los corredores como un Rocky Colavito de la nueva era, acumuló 13 asistencias en solo 102 juegos. Él empezó su segunda temporada en el mismo papel de medio tiempo, antes de convertirse en el jardinero central regular. Los Reales cambiaron de manager más adelante esa temporada, despidieron a Jack McKeon a mediados de verano y trajeron a Herzog. “La rata Blanca”, un creyente del talento de Cowens, lo convirtió en su jardinero derecho, en reemplazo del envejecido Pinson. Cowens jugó mejor que en su temporada de novato, bateó para .277 con un respetable .340 de porcentaje de embasado, pero su poder continuó bajo con apenas cuatro jonrones. Cowens ahora tenía todo el jardín derecho para él solo, pero desmejoró mucho en 1976, regresó a su forma de 1974 aún jugando 152 juegos. Su porcentaje de embasado cayó por debajo de .300, su porcentaje de slugging cayó a .341, y sus detractores en Kansas City se preguntaban si alguna vez él realizaría las esperanzas de estrellato. Otro manager pudo haber sentado a Cowens, pero Herzog continuó respaldándolo todo el tiempo. Puso a jugar a Cowens todos los días en 1977, y me refiero a cada día, todos los 162 juegos, y vio florecer a su joven jardinero. Cowens tuvo su mejor temporada, y por un margen grande. Despachó un tope personal de 23 jonrones, bateó .312, y tuvo un porcentaje de slugging de .505. Jugó como la estrella que los Reales una vez habían vaticinado. Jugó tan bien que ganó el Guante de Oro, coencabezó a los Reales a un segundo título de la división oeste, y llegó segundo en la votación del jugador más valioso de la Liga Americana. Pudo haber ganado el premio si no es por Rod Carew y su promedio al bate de .388. Al Cowens había llegado a la edad de 25 años. O así parecía. Lo que le ocurrió a Cowens las próximas tres temporadas sigue siendo uno de los misterios del juego. En una edad cuando Cowens debió haber estado en su apogeo, su juego desmejoró, y entonces se estancó. En 1978, su promedió cayó a .274 y su OPS a .707. Mejoró solo un poco en 1979, y de nuevo falló en alcanzar doble figura en jonrones y su porcentaje de slugging fue apenas .345. La temporada de 1979 también traería el capitulo más parecido a una pesadilla en la carrera de Cowens, y por razones ajenas a su juego moribundo. En el quinto inning de un juego efectuado el 8 de mayo, Cowens fue a batear contra el derecho Ed Farmer de los Rangers, quién le lanzó una recta pegada. El pitcheo alto y recostado golpeó a Cowens de lleno en la cara, rompiéndole la mandíbula y varios dientes. El pelotazo hizo que le repararan la mandíbula con alambre luego del juego. Cowens perdió los próximos 21 juegos. Cowens no tenía dudas de que Farmer había intentado golpearlo. “Tengo que decir que me estaba lanzado la pelota a pegármela, tal vez no a la cara, pero fue intencional”, Cowens declaró durante un encuentro con los reporteros después de un juego. La acusación de Cowens pudo haber sido ocasionada por otro incidente ocurrido al principio del juego. Al enfrentar al primer bateador del juego, Farmer le rompió la muñeca a Frank White con un pitcheo adentro. Incidente y lesión aparte, el declive de Cowens desde su pico de 1977 frustró y mistificó a los Reales. Después de todo, Cowens tenía 26 y 27 años en esas temporadas subsecuentes, las cuales debieron ser sus más destacadas. Decidieron que Cowens había alcanzado su punto de quiebre en Kansas City, los Reales lo cambiaron junto al campocorto novato Todd Cruz a los Angelinos por el bateador de poder Willie Aikens (quien era conocido como Willie Mays Aikens para ese momento) y el versátil infielder Rance Mulliniks. Los Angelinos apostaron a que un cambio de escenario mejoraría la fortuna de Cowens. No ocurrió así. Jugó desastroso en el sur de California. Cowens apareció en 34 juegos con los Angelinos, tuvo un OPS de .597, y básicamente jugó el peor beisbol de su carrera. Basados en lo que vieron, los Angelinos decidieron cortar por lo sano rápidamente. A finales de mayo, cambiaron a Cowens a los Tigres por el primera base de poder Jason Thompson, un bateador muy superior a Cowens. Cowens no destacó con los Tigres, pero jugó mejor. Bateó para .280, aunque sin poder, durante toda la temporada. Peo como en 1979, fue un incidente de violencia beisbolera lo que ensombreció la actuación de Cowens. El 20 de junio, en el viejo Comikskey Park de Chicago, Cowens se encontró enfrentando a Ed Farmer (quién ahora lanzaba como relevista de los Medias Blancas) por primera vez desde el pelotazo de 1979. Cowens bateó un roletazo hacia Todd Cruz en el campocorto. Farmer se volteó para ver a su infielder, pero Cowens no corrió hacia primera. Aún furioso con Farmer por lo que él consideraba había sido un pelotazo intencional el pasado verano, se dirigió hacia Farmer. Mientras Farmer estaba aún de espaldas, Cowens atacó al veterano lanzador derecho, lanzándole varios puñetazos furiosos. Como era de esperarse, la embestida de Cowens hacia el montículo terminó en que las bancas de ambos equipos se vaciaron. Para cuando el incidente había concluido, Cowens recibió una suspensión de siete juegos de la Liga Americana. De más significación resultó que las autoridades de Illinois dictaran una orden de arresto. Con Cowens buscado por la justicia en la ciudad de los vientos, los Tigres optaron por no ponerlo a jugar por el resto de la serie en Chicago. El amargo enfrentamiento público entre Cowens y Farmer aumentó. Farmer tuvo poca consideración con Cowens. Él sentía que Cowens debió haber recibido una suspensión de por lo menos 30 días. También hizo una declaración ruda sobre Cowens. “Me conectó su mejor golpe y todo lo que hizo fue arañarme un poco la nariz”, le dijo Farmer a The Sporting News. “He tenido peleas más duras con mujeres”. Los resentimientos persistieron hasta que Farmer anunció que él retiraría los cargos contra Cowens a cambio de un apretón e manos y una disculpa. Cowens aceptó el acuerdo informal. Sus managers arreglaron todo para que los dos peloteros entregaran las alineaciones antes del juego del 1 de septiembre. Al encontrarse en el plato, los antiguos combatientes estrecharon sus manos para terminar oficialmente la disputa. Cowens estaba aliviado. “Seguro que lo estoy”, le dijo al periodista deportivo de Detroit Tom Gage. “Se hizo mucho con esto. Cada vez que me volteaba, había titulares sobre esto. Todo esto ha sido duro, pero ahora es pasado”. Mientras Farmer disculpó a Cowens, muchos fanáticos de los Medias Blancas no lo hicieron. Ellos lo abucheaban repetidamente cada vez que los Tigres regresaban a Chicago. Algunos fanáticos hicieron una pancarta que decía “Coward Cowens” (“Cowens Cobarde”) y la desplegaban durante sus apariciones en Comiskey Park.En un memorable intercambio con los árbitros, el manager de los Tigres, Sparky Anderson pidió que sacaran la pancarta del estadio. Con la controversia superada para 1981, los Tigres esperaban que Cowens destacara en un nuevo papel, como jugador alternativo con el joven Kirk Gibson. Cowens se molestó con la idea de alternarse, y su hundimiento se profundizó. Al batear solo un jonrón en 85 juegos, cayó en desgracia en Detroit. La primavera siguiente, los Tigres vendieron a Cowens a los Marineros. Cuando parecía que Cowens había llegado al final del camino, sus destrezas se habían deteriorado a los 30 años y su psique se había dañado por el incidente de Farmer, Cowens resucitó su carrera. Al encontrarse a gusto en el area de Seattle y en el amigable para los bateadores Kingdome, Cowens bateó 20 jonrones y alcanzó el nivel de .800 en OPS por primera vez desde su casi temporada de jugador más valioso en 1977. Al jugar principalmente con peloteros jóvenes e inexpertos, Cowens emergió no solo como el mejor jugador del equipo en todos los frentes, sino también como el líder de los Marineros en construcción. Desafortunadamente, las tendencias a los altibajos de Cowens continuaron en 1983. Afectado por una tendinitis en su hombro derecho, Cowens tuvo dificultades en una atroz segunda temporada en Seattle. Al cambiar su forma de pararse a batear muchas veces para ajustarse al dolor, Cowens tuvo momentos muy duros en el plato. Para empeorar las cosas, tampoco podía hacer los tiros de rutina desde los jardines. Pero entonces, al mejorar del hombro, regresó con dos sólidas temporadas en 1984 y 1985. La próxima primavera, el cuerpo de Cowens envejecido para el beisbol claudicó por su bien, al batear .183 en 28 juegos. Con los jóvenes jardineros Iván Calderón y DAnillo Tartabull listos para jugar, Cowens se convirtió en el hombre a desechar. Tres días antes del límite para realizar cambios del 15 de junio, los Marineros dejaron libre a Cowens. A los 34 años de edad, estaba acabado. Llamar la suya una carrera extraña sería una desconsideración. Luego de tener el mejor OPS de su carrera en 1977, él nunca se acercaría a menos de 80 puntos de esa marca. Los 23 jonrones que bateó ese año representaron casi un cuarto de su total de 13 años de carrera. Sin advertencia, su actuación desmejoraba y luego volvía a tener un pico. Y ahí estaba la mancha de ese amargo encontronazo con Farmer, el incidente por el cual Cowens se hizo más conocido. Luego de su carrera como jugador activo, Cowens regresó a la consciencia pública de una manera lamentable. Fue a mediados de los años ’90, como parte del caso de asesinato de O.J. Simpson. La noche cuando Simpson evadió a las autoridades en una Bronco blanca, algunos fanáticos creyeron que era Cowens quien manejaba la camioneta para trasladar al acusado de asesinato. Ellos habían oído mal la historia; era Al Cowlings, un antiguo jugador de la NFL, quien manejaba la Bronco. La similitud de sus nombres creó confusión, asociando injustamente a Cowens con el sórdido episodio. Cowens no estaba ahí y no tenía nada que ver con Simpson. Como parte de sus verdaderas actividades luego de retirarse como jugador, Cowens había tratado de quedarse en el beisbol. Regresó a la organización de los Reales para trabajar como scout, pero su salud lo forzó a renunciar. Entonces salió completamente del beisbol. Justo cuando estaba cerca de regresar al juego, la salud de Cowens empeoró. Entonces llegó el fatal ataque cardíaco. Tristemente, Cowens se ha convertido en una de las figures trágicas del beisbol. Su ataque sobre Farmer pareció fuera de lugar, una aberración. Sus compañeros recordaban a Cowens, quién era conocido afectuosamente como “A.C.”, por ser de voz suave y llevadero, no por ser un criminal vengativo. Y luego su pobre salud impidió su regreso al juego, lo cual dicen sus amigos, es lo que el quería en realidad. Yo solo deseo que las cosas hubieran salido mejor para Al Cowens. References & Resources The Sporting News Traducción: Alfonso L. Tusa C.

lunes, 13 de julio de 2015

Esquina de las barajitas: La Muerte de Danny Frisella

20-05-2015. Bruce Markusen. De una manera desafortunadamente apropiada, casi todo acerca de la barajita Topps 1975 de Danny Frisella es oscuro. A excepción del amarillo brillante del uniforme de los Padres de San Diego que fue pintado, el cual es inusualmente fluorescente, esta barajita tiene un enigma contínuo. Frisella tiene una apariencia oscura y grasosa, la cual es solo favorecida por la sombra de las cinco en punto evidente en su mentón y cuello. (No sorprende que Frisella tenga una barba incipiente. Como superstición él no se afeitaba antes de los juegos). Sus cejas y patillas son gruesas y negras. La parte de debajo de su gorra sudada es de un verde oscuro casi negro en apariencia. Las gradas del entorno están tan oscuras que no se puede discernir si hay aficionados sentados en ellas, o están completamente vacías. Aún hasta el entorno del cielo azul está más oscuro de lo esperado, casi como si la fotografía hubiese sido tomada en el crepúsculo de finales de verano o comienzos de otoño. Debido a la falta de luz en el primer piso del estadio, quizás se pueda asumir que esa noche cayó vertiginosamente. ¿De que manera es apropiada la oscuridad? Menos de dos años después de haber salido esta barajita, la tragedia se llevaría a Danny Frisella. Era la primera muerte del beisbol en la que yo tenía la suficiente edad para asimilarla por completo. Yo tenía solo siete años cuando Roberto Clemente murió, y aunque tengo memorias fugaces de eso, son dispersa e incompletas. Recuerdo más los días siguientes a la muerte de Clemente, en particular los esfuerzos de Manny Sanguillén por recuperar sus restos en aguas infectadas de tiburones, que lo que recuerdo del accidente aéreo. Para el momento de la muerte de Frisella, el resultado de un accidente de buggy en una duna, yo tenía 12 años. Mis memorias de la tragedia ahora son más completas, vívidas. Hasta este día, cada vez que oigo las palabras “duna, buggy” (no lo hago a menudo), automáticamente pienso en el accidente que se llevó la vida de un joven relevista quien una vez fue parte integral de los Mets de Nueva York de mi ciudad. Para muchos aficionados de los Mets quienes recuerdan esa época, las palabras duna, buggy no son nada más que palabras de cuatro letras. Cuando Frisella falleció, el suyo no era un nombre reconocido. El había servido ocasionalmente como cerrador y solo había hecho unas pocas aperturas en su carrera. Él era un relevista intermedio, uno bueno en eso, pero los relevistas intermedios tienden a no ser particularmente famosos. Si no eras un aficionado al beisbol, nunca habrías escuchado de Danny Frisella. Pero si eras un fanático del juego, como lo era yo, entonces sabías quién era él. En una ocasión, Frisella había sido un pitcher altamente catalogado, uno quien había superado problemas de peso en su niñez. En la escuela secundaria, Frisella había convertido esa gordura en músculos. Los Mets lo tomaron en la tercera ronda del draft amateur de 1966 e inmediatamente lo asignaron al Auburn de la NY-Penn League. El robusto derecho, lanzó como abridor y lo hizo bien, ponchó 89 bateadores en 70 innings mientras su efectividad se detenía en 1.88. Frisella no lanzaba muy duro, pero tenía una gran curva, una buena slider y las agallas de un ratero, como dicen los rumores. Nadie tenía dudas de la rudeza de Frisella en el montículo o de su voluntad para tomar la pelota, sin importar como se sentía. Con una buena temporada de novato en su haber, Frisella se ganó la promoción a una temporada completa en categoría Clase A para 1967. Esa primavera empezó con el Durham de la Carolina League, Frisella pitcheó aún mejor que en Auburn. Bajó su efectividad hasta 1.49 y ponchó a 121 bateadores en 109 innings. La Carolina League no pudo contenerlo. A mediados de verano, los Mets lo promovieron al Jacksonville AAA, donde se desempeñó principalmente desde el bullpen. Los números de Frisella en AAA no fueron tan impresionantes, pero aún eran buenos para un joven de 21 años en apenas su segunda temporada profesional. De hecho, los Mets vieron suficiente de Frisella como para decidir darle una mirada en Nueva York. Lo llamaron en julio, Frisella se desempeñó en la rotación de los Mets. Perdió seis de siete decisiones, pero sus números periféricos fueron más que respetables. En 1968, Frisella se ganó un puesto en la nómina inaugural de los Mets. Ahora lanzando desde el bullpen, Frisella hizo una aparición en el juego inaugural, pero perdió el juego cuando permitió la carrera ganadora en el cierre del noveno episodio. La derrota del día inaugural fue una señal de lo que vendría. Frisella tendría dificultades en la primera mitad de la temporada, en parte debido a su falta de voluntad para usar su curva en situaciones clave. En un juego, Frisella dejó que lo batearan por solo lanzar recta y slider. En otro, fue solo la recta. Tales fallas desataron la ira del manager Gil Hodges. “Una vez es más que suficiente”, le dijo Hodges al periodista que cubría los Mets, Jack Lang del New York Daily News. “Dos veces es inexcusable. No habrá tercera vez”. Hubo una tercera vez. A mediados de julio, los Mets enviaron a Frisella a AAA. Frisella terminó la temprada en Jacksonville, donde fue efectivo en siete aperturas. Frisella simplemente necesitaba más preparación en las ligas menores. A excepción de tres inefectivas apariciones con los Mets campeones mundiales de 1969, él pasaría la mayor parte de las próximas dos temporadas en AAA, primero en Jacksonville y luego en Tidewater, el nuevo equipo afiliado de los Mets en la International League. También se puso al día con la guardia nacional, cumpliendo con requerimientos de fines de semana intermitentes durante la guerra de Vietnam. A pesar de las interrupciones, Frisella continuó agenciando buenos números en las ligas menores, aunque sus ponches cayeron apreciablemente en 1969 (solo 55 en 111 innings). Fue después de la temporada de 1969 que Frisella vivió una experiencia que cambió su perspectiva y su carrera. Ese noviembre, se reportó a Caracas, Venezuela, para una temporada de beisbol invernal. La ciudad estaba inmersa en la violencia política: luego de regresar de una gira, Frisella y sus compañeros notaron un tanque estacionado en segunda base. Desde el punto de vista del beisbol, Frisella aprendió a lanzar un nuevo pitcheo. Uno de sus compañeros era Diego Seguí, un derecho de los Pilotos de Seattle de la expansión quien se especializaba en la bola de tenedor (que algunos llamaban la bola de saliva). “Diego Seguí me enseñó como lanzar la bola de tenedor cuando estábamos en la liga venezolana en 1969”. Le dijo Frisella a The Sporting News. “Me había lastimado el brazo lanzando la slider, por lo que la bola de tenedor me salvó”. Una vez que Seguí le mostró el agarre, Frisella ensayó, lanzó el tenedor, y encontró el éxito de inmediato. Equipado con un nuevo lanzamiento, Frisella preparó su camino de regreso a las mayores para bien en julio de 1970. Con una rotación profunda y talentosa, los Mets no tenían espacio para otro abridor joven, pero vieron una tarea para Frisella en el bull pen, preparando la escena para los ases relevistas Ron Taylor y Tug McGraw. Al tener 29 apariciones en relevo, Frisella encontró su nicho. Ponchó 54 bateadores en 65 innings, con una efectividad de 3.02. Estuvo un poco descontrolado, con 34 boletos, pero ese total fue inflado artificialmente con 11 bases por bolas intencionales. En 1971, Frisella alcanzaría su pico. Lanzando exclusivamente desde el bullpen, tuvo 52 apariciones y bajó su efectividad a 1.99. Lanzó tan bien que Hodges lo llamó para cerrar algunos juegos, le dio la oportunidad de coleccionar 12 salvados. Con 93 ponches en 90 innings, Frisella le dio a los Mets un brazo ponchador en el bullpen y un excelente complemento para el especialista de la screwball McGraw. Algunos scouts reconocieron al tándem de Frisella y McGraw como la mejor combinación de bullpen derecho/zurdo de la Liga Nacional. Frisella no pudo alcanzar ese nivel de éxito en 1972, principalmente debido a un nervio aprisionado en su hombro que ocurrió durante el entrenamiento primaveral. Frisella había tenido dolor en el hombro a mediados de 1971, pero se había recuperado con un fuerte septiembre. Como el nervio aprisionado le impidió lanzar durante toda la primavera, la efectividad de Frisella declinó. No tuvo su primera aparición de la temporada hasta el 29 de abril. Tendría una efectividad que todavía era buena (3.14), pero no podía conseguir ponches con su tenedor como en la temporada pasada. Durante un período difícil a comienzos de agosto, permitió jonrones decisivos de juegos a Hank Aaron y a un jardinero de bateo ligero llamado Luis Melendez. Convencidos de que Frisella había visto sus mejores días, los Mets decidieron hacer de él objeto de cambio ese invierno. Ejecutaron un de sus mejores cambios de la década, los Mets lo enviaron a los Bravos de Atlanta por el segunda base Felix Millán y el zurdo George Stone. En una conferencia de prensa en febrero, los Bravos presentaron a sus adquisiciones de invierno, incluyendo a Frisella. Él dejó una buena impresión con su sentido del humor y habilidad para invertir las respuestas, aún si algunos de los periodistas no siempre entendían que usualmente estaba bromeando. Cuando le preguntaron por las recientes fallas del pitcheo de los Bravos, Frisella también hizo una observación de los cátchers de los Bravos. “No responsabilizo totalmente a los pitchers”, le dijo Frisella al grupo de periodistas. “Vi a Earl Williams, el catcher titular, en el montículo más que a los pitchers…O ahí, o persiguiendo la pelota detrás del plato. No me gusta decir nada malo de nadie, pero eso puede distraer”. Durante el invierno, los Bravos habían cambiado a Williams, muy criticado como cátcher, como parte de un cambio de varios jugadores con Baltimore. Desafortunadamente, Frisella no aportaría mucho para mejorar la situación del piktcheo de los Bravos. Aunque todavía solo tenía 27 años, no fue el mismo pitcher en Atlanta. Con el brazo debilitado debido a un quiste en su hombro derecho, tuvo dificultades para ponchar bateadores. Tambien careció del mismo nivel de control, de hecho, en dos años con los Bravos , él caminó más bateadores de los que ponchó. El cambio de ambiente tampoco ayudó. Frisella tuvo que lanzar la mitad de sus juegos en el Fulton County Stadium de Atlanta, allí se bateaban muchos jonrones. A los Bravos no les gustó lo que vieron, cambiaron a Frisella ese invierno, lo enviaron a los Padres de San Diego por el jardinero Clarence Gaston. El cambio se convirtió en remedio para Frisella. Ahora lanzando en el estadio de San Diego, el cual era mucho más amigable a los pitchers que la infame “Plataforma de lanzamiento” de Atlanta, el brazo de Frisella regresó. Frisella realizó un tope en su carrera de 65 apariciones, acumuló 97 innings como el caballo de batalla del bullpen de los Padres. Como era usual, lanzó con dolor, aunque esta vez provenía de una lesión en la pantorrilla. También logró nueve salvamentos, igualó con Bill Greif en el tope de los relevistas de San Diego. La actuación se hizo más impresionante dado el estado de la defensa de los Padres en 1975. Como su tenedor inducía muchos roletazos, Frisella dependía mucho de sus jugadores del cuadro, un grupo que incluía a Willie McCovey en primera base y al manos de hierro Mike Ivie en tercera base. Como equipo, los Padres tuvieron el peor porcentaje de fildeo de la Liga Nacional. Habiendo lanzado tan bien con los Padres, Frisella tenía muchas razones para creer que sería uno de los relevistas de últimos innings clave para el equipo en 1976. Pero hacia el final del entrenamiento primaveral, los Padres sorprendieron a todos al negociar a su veterano de 29 años a los Cardenales por el zurdo Ken Reynolds un prospecto de pitcheo. La estadía de Frisella en San Luis no duró mucho. Caminó más bateadores de los que ponchó, lo cual influyó en que su efectividad se acercara a 4.00. Incapaces de confiar en él en los últimos innings, los Cardenales lo cambiaron a los Cerveceros por un jugador a ser nombrado después solo una semana antes de la fecha tope del 15 de junio. Con los Cerveceros, Frisella disfrutó otro renacimiento. Se ganó su camino hacia el puesto de cerrador, ponchó 43 bateadores en 49 innings y logró nueve salvados. Con su tenedor trabajando a la perfección, los Cerveceros y Frisella tenían todas las razones para creer que estaría cerrando juegos en Milwaukee en el futuro inmediato. Frisella nunca llegaría al entrenamiento primaveral de 1977. El día de año nuevo en Arizona, Frisella transportaba a un pasajero en un buggy de dunas manejado por un amigo, James Wesley. En un lugar arenoso cercano a Phoenix, a solo 50 metros del hogar de Frisella, Wesley perdió el control del vehículo. El buggy de dunas empezó a bambolearse antes de volcar por completo. Wesley salió con lesiones menores, pero Frisella no tuvo la misma fortuna. Cuando el buggy de dunas empezó a voltearse, Frisella trató de saltar, pero su pierna estaba aprisionada en el vehículo. El buggy de dunas le cayó en la parte superior de su cuerpo, la barra de acero lo golpeó en la cabeza y le aplastó el cráneo. Frisella de 30 años, se había ido, dejando atrás a un hijo de tres años y a su esposa Pam embarazada. En una trágica coincidencia, Frisella se convirtió en el tercer pelotero activo de Grandes Ligas que fallecía desde el final de la temporada de 1976. Los otros eran el veterano relevista Bob Moose, quien había fenecido en un accidente automovilístico en octubre, y el joven campocorto Danny Thompson, quién murió de leucemia en diciembre. La noticia de la muerte de Frisella afectó a la organización de los Cerveceros. “Es realmente duro”, le dio el presidente de Milwaukee Bud Selig a Associated Press. “Estoy anonadado”. Los peloteros de los Cerveceros también estaban afectados, incluyendo al primera base Mike Hegan, quien reconocía el papel de Frisella como cómico del clubhouse. “Él siempre tenía alguna ocurrencia, algo fuera de lo común”. Hegan le dijo a The Sporting News. “En poco tiempo, se convirtió en una parte muy importante del equipo. Mantenía relajados a los muchachos”. Frisella y el relevista Ray Sadecki regularmente entretenían a sus compañeros con su toque de comedia, en el bullpen o el clubhouse. Los dos habían sido amigos desde sus días con los Mets a comienzos de los ’70. La muerte de Frisella también afectó a algunos de los Mets, aunque el no había jugado con el equipo desde 1972. “Es un día muy triste para nosotros”, dijo el gerente general de los Mets Joe McDonald al New York Daily News. “Danny y yo siempre fuimos buenos amigos, aun después que lo cambiamos a Atlanta”. Ya fuera la gente de la oficina principal o los compañeros, todos encontraban a Frisella amigable. Ellos disfrutaban su naturaleza de bajo perfil y su estilo de fajarse en el montículo. Conocido como un batallador, Frisella encontraba las maneras de atacar a los bateadores rivales, aún en los días cuando no tenía velocidad, mecánica o ambos. Décadas después de su muerte, Frisella permanece bien recordado, particularmente por los aficionados de los Mets. Creo que existen dos razones de porqué el nombre aun resuena. Primero, estaba su popularidad, con sus compañeros y aficionados. La personalidad de pies bien puestos sobre la tierra de Frisella y su robusto sentido del humor le permitieron conectarse con los aficionados de una manera que es difícil ver en la mayoría de los relevistas intermedio carentes de fama. Segundo, está la viuda de Frisella, Pam, antígua atleta quién después se convirtió en alcaldesa de Foster City, Calif. Ella nunca se ha vuelto a casar. De presencia activa como oradora pública y a través de las redes sociales, Pam a menudo habla sobre Danny. Despues que se casaron en 1970, los medios de Nueva York a menudo notaron su fuerte vínculo. Todos estos años después. Ese enlace permanece inmutable. De vuelta a 1971, Pam vio a los Mets jugar en Shea Stadfium. Se puso tan ansiosa esa noche que sufrió dolores de pecho y hubo de ser llevada al hospital. El examen indicó que no había nada malo con su corazón, era simplemente un caso de nervios relacionados con ver lanzar a Danny. Me parece que eso nos dice algo acerca de la relación entre Pam y el difunto Danny Frisella. References & Resources • New York Daily News • The Sporting News • National Baseball Hall of Fame Library research files Sobre Bruce Markusen. Bruce Markusen es el gerente de Digital and Outreach Learning en el National Baseball Hall of Fame. Ha escrito siete libros de beisbol, incluyendo biografías de Roberto Clemente, Orlando Cepeda y Ted Williams, y A Baseball Dynasty: Charlie Finley’s Swingin’ A’s, el cual fue premiado con laMedalla Seymour de SABR. Traducción: Alfonso L. Tusa C. .