viernes, 2 de octubre de 2015
Un diamante en el alma
El beisbol para mí, más que un deporte de cuatro bases, aparentemente fastidioso, donde a diferencia de la mayoría, la pelota la tiene el que defiende, es una conexión contínua con su metáfora existencial de la familia (todo empieza y termina en el hogar). Por eso quizás comparto muchas más anécdotas de las normales con mis hermanos, por eso a menudo pienso que el momento cuando este vuelva a ser un país plural, el proceso de reconciliación quizás tomará mucho del ambiente de distensión que se vive en un estadio de beisbol antes, en las situaciones cumbres y después del juego, hay intensidad, gritos, emociones, pero el caer el out 27 la normalidad regresa y las chanzas pronto gradan hacia el respeto mutuo. Tal como decía Cesar Miguel Rondón en su discurso de la presentación de la temporada 2015-16 en el septuagésimo aniversario de LVBP, “A fin de cuentas, más que fanáticos de un equipo, somos seguidores del beisbol, lo demás es secundario…”
Ciertamente el beisbol es un asunto de hondas raíces familiares, por lo general nos hacemos seguidores de un equipo porque es el favorito del hermano, padre o tío que nos habló por primera vez de ese juego que se desarrolla sobre un diamante y donde se corre contra las manecillas del reloj. Ese momento queda grabado como una referencia histórica que a medida que pasa el tiempo se vuelve más entrañable y nos hace dudar si fuimos capaces de compartir tantos momentos juntos hasta con los hermanos y amigos que teníamos diferencias más profundas de todo punto de vista. Una imagen muy profunda de las relaciones fraternales donde un momento todo es sonrisas y alegría y al siguiente se crispan las manos y se aprietan los dientes, hasta que entendemos que son circunstancias dinámicas y al terminar el juego, el beisbol es lo más importante.
Quizás cueste entender como en un país sin memoria, sin continuidad en sus empresas, donde todo corre un riesgo inminente de fugacidad y volatilidad, pueda sobrevivir la iniciativa de cuatro soñadores quienes fundaron la Liga Venezolana de Beisbol Profesional en diciembre de 1945. Mientras innumerables iniciativas institucionales, empresariales, particulares han fenecido bajo las fauces de los recovecos de la historia venezolana, el beisbol ha permanecido cual faro inexpugnable en la más oscura de las noches, iluminando con aquellas tardes de caimaneras la ilusión de verse retratado en cada juego, cada noche o cada tarde, cuando la realidad atenaza y solo queda el oxígeno del beisbol para hallar temas de conversación en un desierto de discusiones.
Setenta años después se aproxima una nueva temporada y el beisbol drena sereno entre los espacios cotidianos de los venezolanos, quizás un pegamento que sirve de excusa para rescatar o apretar nuestra cultura como se experimentó al final del acto de presentación de la temporada 2015-16, las notas musicales de Dama Antañona, Conticinio y El Diablo Suelto, testificaron que el país tiene una historia, un compromiso común, una esperanza de convivencia y respeto mutuo.
Alfonso L. Tusa C.
martes, 29 de septiembre de 2015
Cooperstown Confidencial: Recordando a Johnny Logan y Drungo Hazewood.
Bruce Markusen. The Hard Ball Times. 16-08-2013.
Él no fue un inquilino del Salón de la Fama, tampoco un nombre establecido para los aficionados por debajo de 45 años, pero si fue el campocorto más grande que la franquicia de los Bravos ha tenido en los últimos 60 años. Johnny Logan, quién falleció a principios de mes a los 86 años de edad, fue una de las piezas clave de aquellos grandes equipos de los Bravos de Milwaukee de finales de los años ’50.
Logan emergió desde Endicott, ubicado en las galerías del centro del sur de Nueva York, que con sus largos inviernos y cortas primaveras no parecía el lugar ideal para desarrollar beisbolistas. Firmado por los Bravos de Boston en 1947, Logan pasaría partes de cinco largas temporadas en las ligas menores antes de finalmente ganarse su promoción definitiva en 1951. Tuvo dificultades durante una prueba de 62 juegos, en la cual compartió responsabilidades con el veterano de las Ligas Negras, Bus Clarkson, pero Logan ganó experiencia y mostró una gran mejoría en su segunda oportunidad en 1952.
Logan acreditó al antiguo shortstop de los Yanquis Frank Crossetti por darle los consejos necesarios sobre como jugar la posición. Crossetti le escribió, diciéndole “ataca cada pelota que te bateen como si te fuese a dar un mal bote”. También le dijo que se olvidara de aprender la forma fundamental de ejecutar el dobleplay y en vez de eso “haz el dobleplay de la manera que te salga natural”.
En 1953, Logan se mudó con la franquicia a Milwaukee y apareció en el primer juego en casa en el County Stadium. Ese verano, Logan se convirtió en uno de los mejores shortstops de la Liga Nacional, al destacar con el bate y al campo.
Logan disfrutó sus mejores años desde 1953 hasta 1959, cuando era el ancla de la mitad del infield de los Bravos. Milwaukee no tuvo un segunda base importante durante esos años, por lo menos hasta que llegara Red Schoendienst, así que la presencia estabilizadora de Logan solidificaba el medio del cuadro de los Bravos en una época cuando estos lo necesitaban mucho. Aunque no disponía de un brazo fuerte o un cuerpo atlético, Logan tenía mucha rapidez de manos y pies, lo cual lo ponía en posición ventajosa para ejecutar el dobleplay. He oído a varios observadores comparar a Logan con el paracortos actual de los Orioles J.J. Hardy, y para mí esa es una buena comparación. No es un insulto. Hardy es un buen pelotero, subestimado, y eso describe con precisión a Logan durante el apogeo de su carrera.
Un pelotero aguerrido y fajador, Logan hacía mucho del trabajo desapercibido para los Bravos. Él bateó de segundo buena parte de su carrera, servía la mesa para las estrellas del equipo, Hank Aaron y Eddie Matthews. Un bateador derecho capaz, Logan alcanzaba con frecuencia dobles figuras en jonrones y boletos casi tanto como se ponchaba. Consistentemente lograba números de OPS en el rango entre .700 y .800, números muy buenos para los infielders centrales de la época. Los periodistas de la Liga Nacional ciertamente reconocieron a Logan, al darle alguna consideración para jugador más valioso cada año desde 1952 hasta 1957.
De muchas maneras, él era el pegamento de aquellos equipos de los Bravos que ganaron los banderines de la Liga Nacional en 1957 y ’58. Aaron y Matthews a menudo cargaban el equipo, pero eran los talentos de segunda fila como Logan, Del Crandall, y Billy Bruton quienes también hacía su parte de colaboración como actores de reparto, profundizando la alineación de los Bravos y puliendo al equipo en las posiciones defensivas clave.
Así como Logan era bueno en términos de números y victorias, había más que simples tangibles en su juego. Libra por libra, él era tan duro como cualquier jugador de su era. Una vez los Bravos jugaban ante los Dodgers de Brooklyn, quienes tenían a un joven Don Drysdale en el montículo. Luego que Drysdale golpeara a Logan con un envío que aterrizó en la parte más baja de su espalda, la paciencia del campocorto se agotó. Luego de llegar a primera base, Logan empezó a gritarle a Drysdale y avanzó hacia el montículo. Aunque Drysdale era mucho más grande y alto, el pequeño Logan no se amedrentó. Lanzó un puñetazo al tórax de Drysdale. Gil Hodges sostuvo a Logan, previniendo un mayor contacto con su objetivo, pero el igualmente pugnaz Matthews terminó el trabajo, al golpear a Drysdale con una ráfaga de puñetazos. Como equipo de contacto, Logan y Matthews eran difíciles de igualar.
De acuerdo a la leyenda, Logan nunca perdió una pelea durante su carrera en el beisbol. También se dijo que nunca eludió una sola pelea. Ciertamente lucía como un tipo duro, con un megáfono en la boca y gestos faciales que lo habrían hecho un orgulloso miembro de los Bowery Boys.
Otro incidente más adelante en su carrera tipificó su actitud intensa hacia los rivales. Durante la temporada de 1959, el corredor de los Dodgers, Norm Larker se abalanzó sobre Logan mientras este terminaba un dobleplay . Larker se deslizó para bloquearlo, lo cual eral legal en ese momento, pero también ocurrió al final de la jugada. “Era innecesario, completamente innecesario. Yo tenía la jugada. Agarré la pelota antes”, le dijo Logan al periodista deportivo Dick Young. “Entonces él me golpeó, aquí en el pecho con su codo”.
La jugada sacó a Logan del juego, por lo cual él rechazó disculpar a Larker. “Tengo memoria de elefante”, le dijo Logan a Young. “Un elefante grande”.
Logan no solo podía aportar la cuota colorida. También tenía un apodo pintoresco, el cual adquirió mientras crecía en Endicott. De madre croata y padre ruso, Logan era inusualmente activo de niño. Sus padres trataban de calmarlo diciéndole “Yah-shoo”, una frase rusa-croata que significa “tranquilo”. Cuando uno de los vecinos de Logan en Endicott oyó la palabra, empezó a llamar a Logan “Yatcha”. El apodo perduró el resto de su vida.
Luego de terminar su carrera con los Piratas, Logan regresó a Milwaukee para vivir sus días de retiro. Se hizo un miembro popular de la comunidad, reconocido por sus historias animadas y su peculiar manera de hablar. Logan podía soltar las groserías más grandes, pero lo hacía de una manera que sonaba divertido pero no molesto.
Logan desarrolló fuertes raíces en Milwaukee, ayudó a establecer la Milwaukee Braves Historical Association y trabajó ara los Cerveceros como scout. Antes de retirarse, frecuentemente asistía a los juegos en Miller Park. A menudo hablaba con los peloteros de los Cerveceros y el cuerpo técnico, los entretenía con sus historias y sus ocasionales groserías, las cuales solo acentuaban su sentido del humor.
En junio, los Cerveceros homenajearon a Logan al invitarlo a Miller Park para inducirlo oficialmente en su Walk of Fame. Fue un bonito tributo para un hombre quien nunca jugó para la franquicia de los Cerveceros. Pero eso nos dice cuanto significó Johnny Logan para la comunidad de Milwaukee.
***
Algo extraviado entre los fallecimientos de Georg Scott y Frank Castillo a finales de julio, estaba la desaparición de otro pelotero. Su nombre era Drungo Larue Hazewood, o Drungo Hazewood para abreviar. De solo 53 años de edad, él murió de cáncer ampulario, dos años después de haber sido diagnosticado. (Cáncer ampulario, el cual se desarrolla en el ducto común de la bilis, es el mismo cáncer que recientemente reclamó la vida de la actriz Karen Black).
Pienso que es justo decir que Drungo Hazewood tuvo uno de los nombres más inusuales en la historia del beisbol, pero él fue mucho más que eso. Como jugador de escuela secundaria en Sacramento, se convirtió en leyenda local, reconocido por su fuerza increíble y sus largos jonrones. Después, como jugador de ligas menores en el sistema de granjas de los Orioles, él alcanzó algunos números impresionantes, incluyendo un par de temporadas en las cuales estuvo cerca de convertirse en un jugador 30-30.
Los talentos de Hazewood dejaban a sus compañeros de equipo, incluyendo al campocorto Bob Bonner, impávidos. “El único otro pelotero que puedo recordar para describirlo físicamente era probablemente Bo Jackson”, dijo Bonner en una entrevista con el Baltimore Sun. “Tenía mucho talento natural, era increíble”.
Más que todos sus talentos, los cuales incluían un cañón en el brazo de lanzar, su fuerza bruta era suprema, recordaba algo de Mickey Mantle. Mientras jugaba con Charlotte en ligas menores, Hazewood fue expulsado de un juego. La discusión y la expulsión lo pusieron furioso. Luego de vestirse con sus ropas de calle, se acercó a una pared donde había dos bates. “Él tomó uno y lo quebró como un palillo”, dijo Cal Ripken Jr., quién jugaba con Drungo en Charlotte. Hazewood no rompió el bate sobre su muslo; simplemente uso sus manos y brazos. “Él lo dobló y partió como un palillo”.
Con tanta habilidad cruda, la pregunta es inevitable: ¿Por qué Hazewood no tuvo una carrera más sustancial como grande liga? Desafortunadamente, Hazewood se encontraba en la organización equivocada, una llena de talento en las mayores y en AAA.
Cuando Hazewood fue al entrenamiento primaveral de 1980, hizo un esfuerzo inmenso para integrar la plantilla de los campeones defensores de la Liga Americana. Estaba bateando .583 en la Liga de la Toronja cuando fue informado que había sido enviado de vuelta a AAA. El manager de los Orioles, Earl Weaver trató de suavizar la situación diciéndole a los periodistas, “Nunca antes había descartado a un tipo que estuviera bateando tan alto. Pero estaba haciendo lucir mal al resto del equipo con ese promedio”.
Hazewood pudo haberse molestado, especialmente cuando los Orioles lo enviaron bien abajo hasta el Charlotte AA, pero él se resistió a desilusionarse. Regresó a Charlotte, despachó 28 jonrones y robo 29 bases, y trabajó a pulso su camino a las ligas mayores, hasta ganarse una promoción a Baltimore hacia finales de la temporada. Tomó un puñado de turnos al bate, y falló en conseguir algún imparable, nunca más recibiría otra oportunidad.
Me gustaría saber si un tipo como Hazewood habría conseguido otra oportunidad en las Grandes Ligas si hubiese jugado hoy, cuando hay cuatro equipos adicionales para un total de 30 conjuntos de ligas mayores. Eso es algo como entre 100 y 160 puestos de trabajo adicionales, dependiendo de cuantos movimientos haga un equipo en una temporada. Basado únicamente en los números, me gustaría saber si Hazewood se habría beneficiado de eso.
Pero aún si Hazewood no hubiese jugado mucho en el beisbol de hoy, al menos hubiera hecho algo con lo que sueña la mayoría de nosotros: y eso es jugar en un encuentro de Grandes Ligas. Como bono, él jugó con inquilinos del Salón de la Fama como Eddie Murray y Jim Palmer y jugó para un manager leyenda como Weaver. Tambien hizo algunas cosas buenas fuera del beisbol, como ayudar a levantar su amplia familia de siete hijos.
Parafraseando a Bill Murray en Caddyshack: “Así que Drungo Larue Hazewood tuvo todo eso para él… lo cual es agradable”.
De hecho, jugar en las Grandes Ligas y ser un buen padre debe ser agradable. Lo hiciste bien, Drungo.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
lunes, 28 de septiembre de 2015
Los Campos Verdes de la Mente.
A, Bartlett Giamatti. The Greatest Baseball Stories Ever Told. Edited By Jeff Silverman. The Lyons Press.2001. page 319.
Para un hombre quién pasó buena parte de su vida profesional estudiando el Renacimiento, A. Bartlett Giamatti (1938-1989) fue, naturalmente, un hombre del Renacimiento. Fue un universitario, un profesor, el presidente de Yale, el presidente de la Liga Nacional, y hasta su muerte unos pocos días después de excomulgar a Pete Rose del juego, el comisionado del beisbol. También fue uno de los aficionados más cultos y articulados del juego, un aficionado cuyo corazón se rompía un poco cada año cuando la temporada de los Medias Rojas terminaba, como ocurría anualmente desde 1918, prematuramente.
El maravilloso ensayo de Giamatti, “Los Campos verdes de la Mente” fue publicado originalmente en 1977 en la Yale Alumni Magazine, dos años después que Carlton Fisk bateara el jonrón más grande de la historia de los Medias Rojas, y uno antes que el shortstop de los Yanquis, Bucky Dent bateara el peor vuelacercas, para dañar otro octubre para Giammati y los sufridos habitantes de Nueva Inglaterra.
Esto te rompe el corazón. Está diseñado para romperte el corazón. El juego comienza en la primavera, cuando todo lo demás empieza de nuevo, y florece en el verano, llenando las tardes y noches, y entonces tan pronto como llega el frío de la lluvia, se detiene y te deja enfrentar al otoño en soledad. Cuentas con eso, te basas en eso para amortiguar el paso del tiempo, para mantener la memoria del sol brillante y los cielos altos, viva, y entonces cuando los días son todo crepúsculo, cuando lo necesitas más, el juego se detiene. Hoy, 2 de octubre, un domingo de lluvia y ramas rotas y hojas derramadas alfombrando las calles estrechas, esto se detuvo, y el verano se esfumó.
De alguna manera, el verano pareció irse más rápido esta vez. Tal vez no fue este verano, sino todos los veranos que, en este mi cuadragésimo verano, pasaron muy rápido. Llega un momento cuando cada verano tendrá algo de otoño en él. Cualquiera que sea la razón, me parecía que estaba invirtiendo más y más en beisbol, haciendo que el juego hiciera el trabajo que mantuviera al tiempo gordo, lento y flojo. Estaba contando con los patrones profundos del juego, tres strikes, tres outs, tres veces tres innings, y su impulso más profundo, para ir afuera y atrás, para salir y regresar a casa, para fijar el orden del día y organizar la luz diurna. Escribí unas cosas este último verano, este verano que no duró, nada grande pero algunas cosas, y aún ese trabajo fue solo camuflaje. La actividad real fue hecha con el radio, no la toda-imagen, toda-falsa televisión, y fue la acción del juego en el único lugar donde durará, el cerrado campo verde de la mente. Ahí, en ese cálido, brillante lugar, al cual el viejo poeta llamara mutabilidad, no se desarrolla tan rápido.
Pero aquí afuera, el domingo 2 de octubre, donde llueve todo el día, la dama mutabilidad nunca pierde. Ella estaba entre la multitud de Fenway ayer, un día gris lleno de ruido y contradicción, cuando los Medias Rojas vinieron a batear en el cierre del noveno inning perdiendo 8-5 ante los Orioles de Baltimore, mientras los Yanquis demorados por la lluvia ante los Tigres de Detroit, solo necesitaban ganar uno o que Boston perdiera uno para ganarlo todo, se sentaban a ver el juego de Boston con una cerveza. Boston había ganado dos, los Yanquis habían perdido dos, y de pronto parecía como si la temporada completa podría llegar hasta el último día, o más allá, excepto que aquí Boston perdía 8-5, mientras Nueva York se sentaba en su habitación familiar y ponía los pies en alto. Lynn, con ambos tobillos adoloridos como los tenía en julio, batea un sencillo por la línea del jardín derecho. La multitud se agita. Está de pie. Hobson, el tercera base, el antíguo Oso Bryant quarterback, fuerte, tranquilo, con más de 100 carreras empujadas, va por tres lanzamientos quebrados y es out. La diosa sonríe y anima a su agente, un diligente lanzador llamado Nelson Briles.
Ahora viene un bateador emergente, Bernie Carbo, una vez Novato del Año, errático, rápido, bien parecido, siempre tan relajado, en su alma, avanza en la grama alta, un brazo bajo su cabeza, mirando las nubes y riendo, ahora mira hacia abajo y descarga un estacazo, describe una línea ascendente, sobre la cerca del jardín central, un batazo inmenso sobre el espacio de Fenway, un momento impactante, tanto la elegancia de la física como el arco que la pelota describe.
Nueva Inglaterra está de pie en algarabía. El verano no terminará. Con el ruido ellos recuerdan la noche avanzada y fría de 1975, el sexto juego de la Serie Mundial, quizás el juego de beisbol más grande de los últimos cincuenta años, cuando Carbo, suelto y despreocupado, había despachado otro vuelacercas para igualar el desafío que Fisk ganaría. Ahora el juego está 8-7, un out, y la escuela nunca empezará, la lluvia nunca vendrá, el sol calcinará tu nuca por siempre. Ahora Bailey, traido de la Liga Nacional recientemente, brazos grandes, contextura pesada, experimentado, nuevo en la liga y el equipo, batea dos fouls y, entonces revisando, tentativo, un hombre grande fuera de balance, batea una línea de frente al primera base. De pronto se hace más oscuro y tarde, y el narrador que transmite el juego de costa a costa, un neoyorquino quien trabaja
para una estación televisiva de Nueva York, suena aliviado. Su pequeño mundo, bien iluminado, peinado, medido en fracciones de segundo, no tenía capacidad para absorber esta realidad contraria.
Cox agita un bate, estira su largos brazos, dobla su espalda, el novato de Pawtucket que rompió dos semanas atrás una marca de seis imparables seguidos, el muchacho seleccionado antes que Fred Lynn, grande, estable, llevadero. La cuenta es de dos y dos. Briles parece temperamental, nada bueno, y Cox hace swing, la pelota rueda hacia el montículo y luego, en una danza enigmática, elude a Briles rumbo a la derecha, sobre el final de la grama interior, pasa sobre la arcilla del abanico, moviéndose como una pequeña y bien enfocada criatura marina en búsqueda de las profundidades verdes, mientras evita la roca de segunda base, viaja estable y directa hacia la oscuridad exterior, el silencioso receso del jardín central.
Los pasillos de las tribunas están colmados, el lugar está de pie, los papeles de envolver, los programas del juego, los vasos de refresco y las cáscaras de maní, las doctrinas de una tarde; las ansiedades, las cosas que tienen que ser hechas mañana, los lamentos de ayer, la acumulación de un verano, todo se olvida, mientras la esperanza, el ancla muerde y se resiste donde un momento antes parecía que seriamos barridos por la marea. Rice viene a batear. Rice de quién Aaron ha dicho era el único a quién él veía con la habilidad para romper sus marcas. Rice el mejor bateador oportuno del equipo, con el mejor porcentaje de slugging de la liga. Rice tan rápido y fuerte que una vez probando su swing reventó el bate en dos. Rice el martillo de Dios enviado para aporrear a los Yanquis, el sonido era inmenso, los padres palmeaban a los hijos en la espalda, los carros avanzaban en el camino, , las casas se congelaban, Nueva Inglaterra se explayaba en su bendición, y soltaba sus agradecimientos por todo lo bueno, por Rice y por un verano estirándose hacia la mitad de octubre. Briles lanzó, Rice hizo swing, y se acabó. Un lanzamiento, un elevado al centro, y todo terminó. El verano moría en Nueva Inglaterra y como la lluvia deslizándose en un techo, la multitud salía de Fenway rápidamente, con solo un murmullo estable entre el remanente del ruido. La mutabilidad había dejado atrás la temporada y archivado la esperanza en la memoria otra vez. Y otra vez, ella usaba al beisbol nuestra mejor invención para quedarse en el cambio, para traer el cambio. Por eso es que esto rompe mi corazón, ese juego, no porque Nueva York podía ganar porque Boston perdió; en eso, hay una justicia ruda, y un recordatorio para los Yanquis de cuan delgadas y frágiles son las circunstancias que exaltan a un grupo de seres humanos sobre otro. Rompe mi corazón porque se supone que lo haría, porque se supone que esto debería inspirar en mí la ilusión de que había algo pendiente, algún patrón y algún impulso que se unieran para hacer posible una realidad que resista la corrosión; y porque, luego de haber albergado otra vez la más ansiada ilusión, el juego se había detenido, y traicionado precisamente lo que prometía.
Por supuesto, hay quienes aprenden luego de las primeras veces. Ellos crecen fuera de los deportes. Y hay otros quienes nacieron con la sabiduría de entender que nada dura. Esos son los verdaderamente duros entre nosotros, los que pueden vivir sin ilusión, o sin la esperanza de la ilusión. Yo no soy tan crecido o actualizado. Soy una criatura más simple, atada a patrones y ciclos más primitivos. Necesito pensar que algo dura por siempre, y eso podría ser el estado de ser que es un juego, podría muy bien ser eso, en un campo verde, en el sol.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
viernes, 25 de septiembre de 2015
¿A donde te has ido Sandy Koufax?
En búsqueda de la leyenda del beisbol, mientras se aproxima el aniversario 50 de su icónica decisión de no lanzar el día de Yom Kippur. Una entrevista exclusiva para The Jewish Week.
12-03-2014
Steve Lipman
“No me imagino a las personas hablando de mí 50 años después”. Sandy Koufax en una entrevista de Sports Illustrated en 1965.
Glendale, Ariz. – Con pelotas en mano, Kyle Leibel, un aficionado de 14 años de East Meadow, L.I., y John Fuchs, un amigo de Phoenix, patrullaban los terrenos del campo de entrenamiento de los Dodgers de Los Angeles una mañana reciente, buscaban autógrafos.
Los primeros días de la preparación de los Dodgers para la temporada de 2014, los adolescentes, entre docenas de otros aficionados, perseguían pitchers y cátchers, tradicionalmente los primeros peloteros en reportarse al entrenamiento primaveral.
Entonces Steven Leibel, el padre de Kyle, los llevó a un grupo de aficionados que presionaban contra una defensa de cadenas, clamando por un autógrafo de un ciudadano de cabello blanco.
Kyle y su amigo no sabían mucho del antíguo pelotero, Sandy Koufax, en el centro de atención de los aficionados, pero Steven Leibel rápidamente los ilustró: Koufax, ahora de 78 años, es un pitcher del Salón de la Fama retirado hace tiempo, propietario de una recta poderosa y una curva como caída de una mesa quién dominó a los bateadores de la Liga Nacional por un inigualado período de seis años a principios de los años ’60. Se retiró a los 30 años debido a una artritis en el brazo izquierdo, y consolidó su reputación ante la comunidad judía al declinar lanzar en el juego inaugural de la Serie Mundial de 1965 debido a que era el día de Yom Kippur.
Koufax notó a los muchachos detrás de la defensa. “¿Se escaparon de la escuela?” bromeó con ellos. “No deberían escaparse de la escuela”.
La pregunta era retórica. Kyle y John no contestaron. Ellos consiguieron su autógrafo. “Gracias Sr. Koufax”, gritaron. Entonces corrieron, en busca de otros jugadores jovenes.. Pero antes que lo hicieran, Steven Leibel se aseguró de que su pieran lo que tenían: “Ustedes consiguieron el autógrafo del siglo”.
Bienevenido a la vida de Sandy Koufax, número 32, un héroe escurridizo quién, en la era de las fotos selfies y el twitter, ha construido una rara zona de privacidad para sí. Cuando él está al alcance del ojo público, su firma está en demanda. La próxima temporada, sin embargo, cuando se cumplan 50 años del juego más famoso que un pitcher de Grandes Ligas no lanzó, Koufax se encontrará en medio de una luz pública más brillante. El sujeto de incontables sermones, columnas de periódicos y discursos de bar mitzvah de los últimos 49 años, ese juego, esa decisión, ese momento que sirvió como piedra angular de una emergente confianza judía en este país, será recordado otra vez en la comunidad judía, y quizás más allá.
Esta temporada, los Dodgers abren contra los Cascabeles de Arizona el 22 y 23 de marzo en Australia, será la última de Koufax antes que el judaísmo norteamericano reviva esa Serie Mundial, antes que comience la conmemoración de 2015, antes de la avalancha de ensayos históricos y solicitudes de sus pensamientos.
Será difícil que conteste muchas preguntas o haga muchas apariciones personales. Koufax evita notoriamente hacer de sí una celebridad, una característica que ha contribuido a incrementar su mística. Raramente concede entrevistas.
Pero por razones que no reveló, aceptó ser entrevistado por The Jewish Week aquella mañana en el entrenamiento primaveral, dos días antes que fue golpeado en la cabeza por un pelotazo en foul durante la práctica de bateo del equipo. (Él estaba aturdido, recibió tratamiento del masajista de los Dodgers, y estuvo bien el día siguiente).
Fue una semana soleada e inusualmente cálida en este suburbio de Phoenix. Enfundado en una camisa de golf, pantalones cortos cargo y zapatos de correr, Koufax se sentó en una mesa pequeña playera fuera de las oficinas de los Dodgers, a la sombra de un paraguas, anteojos de sol en sus ojos. Todavía está en forma, su apretón de manos es fuerte; parece por lo menos 10 años más joven de lo que es.
Koufax habló por alrededor de media hora, en respuestas cortas, como es su estilo, episodios de su carrera pero nada de su vida íntima. Fue educado, cortés; pero al estar sujeto a una entrevista estaba claramente afectado, parecía como debió lucir un bateador en el plato, al enfrentar la recta de Koufax. La autoreflexión pública no es su zona de confort.
Luego de la introducción, la conversación se enfocó rápidamente hacia el Yom Kippur de 1965, el cual coincidió con la Serie Mundial entre los Dodgers y los Gemelos de Minnesota; este es el punto que más interesa a los aficionados judíos. Koufax casi no escribió nada de esto en su autobiografía de 1966, dedicó dos párrafos al histórico juego. “Yo había lanzado y perdido el segundo juego debido a la coincidencia del juego inaugural con el Yom Kippur”, escribió, en retrospectiva a su apertura del segundo juego. “Nunca hubo ninguna decisión que tomar… porque no había ninguna posibilidad de que yo lanzara. Yom Kippur es el día más sagrado de la religión judía. El equipo sabe que no trabajo ese día”.
Un lector no se entera mediante la autobiografía como Koufax pasó ese día (reportado en su habitación del lujoso hotel St. Paul a pocas cuadras de los bancos del Mississippi), si rezó, si ayunó, si siguió el juego por TV o radio, si miró por la ventana hacia el centro de St. Paul o hacia los remeros del Minnesota Boat Club, el cual tiene su sede en una pequeña isla frente al hotel.
“No van a saber de eso ahora”, le dijo Koufax a The Jewish Week.
Lo que él hizo ese día de 1965 fue privado; nunca habla en público de eso.
Tomarse el día en Yom Kippur no era una gran cosa, dijo él. “Era algo que siempre hice”. En 11 temporadas previas con los Dodgers, en Brooklyn y en Los Angeles, él se había tomado el día en Yom Kippur, lo cual había ocurrido durante la temporada regular, dijo él. Él había ajustado su calendario de pitcheo cada año de manera de recuperar la apertura perdida, mientras pasaba el día feriado con sus padres.
El Yom Kippur de 1965 tuvo más notoriedad, dijo Koufax, solo por la confluencia con la Serie Mundial.
¿Por qué no lanzó ese juego?
“Por respeto”
¿Tan simple como eso?
“Tan simple como eso”, dijo Koufax.
¿Estaba tratando de hacer una declaración sobre el orgullo judío?
“Absolutamente, no”.
¿Alguien, los dueños, la gerencia, compañeros de equipo, lo presionó para que iniciara la Serie, la asignación más prestigiosa para un pitcher?
Él ladeó la cabeza. “No hubo presión”.
¿Fue un riesgo, pudo haber puesto en peligro su permanencia con el equipo?
“No”.
¿Los otros Dodgers le preguntaron el día siguiente que había hecho en Yom Kippur? ¿Le preguntaron algo del día feriado?
“Sin discusión”. Ellos estaban acostumbrados a su ausencia de ese día, entonces, de vuelta al trabajo.
¿Tenía él alguna idea de que ese día de descanso, un mes después de haber lanzado su cuarto y último juego sin hits ni carreras, esta vez un juego perfecto, le convertiría en un ícono?
Él ladeó la cabeza. “No”.
¿Cuándo empezó a reconocer que para muchos aficionados judíos, el era más famoso por el juego que no lanzó que por los cientos que si pitcheó?
El murmullo empezó, un poco, el año próximo, sería todo un suceso. “Han pasado 49 años desde entonces”, dijo Koufax.
¿Le sorprende el alboroto en curso?
“Sí”.
“Yo no fui el primero”, la primera estrella judía en abstenerse de jugar en Yom Kippur, dijo él, tratando de desviar el enfoque hacia él. “Hank Greenberg lo había hecho”.
Greenberg es el primera base inquilino del Salón de la Fama de los Tigres de Detroit; su decisión de no jugar en Yom Kippur ocurrió en 1934, durante el final de la exitosa carrera de los Tigres por el campeonato de la Liga Americana.
Koufax contestó varias preguntas, dejó de contestar otras, luego se levantó y caminó hacia el edificio de oficinas de los Dodgers
‘En el éter judío’
Él pasó unas pocas horas atendiendo sus deberes oficiales, trabajó con los pitchers de los Dodgers como instructor de medio tiempo, su título oficial es Asesor Especial del director de los Dodgers Mark Walter, mientras firmaba autógrafos a los aficionados que llevaron pelotas, o programas, o barajitas viejas para conseguir la rúbrica del zurdo más famoso en la historia judía-norteamericana.
La mayoría de las personas que caminaba frente a las barricadas, empleados de los Dodgers y miembros de los medios de comunicación, llevaban tarjetas de identificación colgadas al pecho. Koufax no. “Él no necesita identificación”, dijo Steven Brener, el encargado de relaciones públicas de los Dodgers por mucho tiempo. Unos centenares de aficionados, de todas las edades, géneros y procedencias étnicas, se congregaron alrededor de un pequeño campo engramado en el sitio del entrenamiento primaveral, parece una modesta comunidad universitaria, con edificios bajos dispersos entre los campos verdes, esa mañana pocas horas antes que Koufax llegara. “Todos ellos están aquí por él”, dijo Brener.
En una era de atletas sobreestimados y sobrecomercializados, Koufax es una reliquia. Casi cinco décadas después que él dejara de lanzar, su estrella sigue brillando, su reputación como superestrella y como ser humano sigue intacta. “Olviden al otro tipo”, dijo el manager legendario Casey Stengel una vez de Walter Johnson, un pitcher de principios del siglo XX quién aún permanece segundo en victorias de por vida en las Grandes Ligas. Stengel había bateado ante Johnson. “El muchacho judío es probablemente el mejor de todos”, dijo Stengel.
Hoy, la barajita de beisbol de Koufax es una pieza obligada en la colección de Grandes Ligas judíos (jewismajorleaguers,com), una pelota firmada por él ocupa un espacio de honor en el Philadelphia’s National Museum of American Jewish History, su fotografía comparte un lugar con la gimnasta olímpica de 2012 Aly Reisman en la portada actualizada de “Jewish Sports Stars: Athletic Heroes past and present” (Kar-Ben Publishing). Él fue la escogencia simbólica final en la única temporada de la ahora difunta Israel Baseball League en 2011, tomado por los Modi’in Miracles.
Todo debido a un juego en el cual dejo de jugar.
La decisión de Koufax de respetar Yom Kippur en 1965 en principio no llamó la atención de los medios. The New York Times y New York Post reportaron normalmente que perdería la salida porque ese día era “el más sagrado del calendario judío”. The Daily News estaba en huelga esa semana. El predecesor de este periódico, el Jewish Week & American Examiner, no mencionó el juego.
Pero mediante las conversaciones de los círculos judíos, cada quién sabía. Con el tiempo, ese juego ganó proporciones míticas.
“Hay tres cosas que cualquier muchacho judío que se respete debe querer ser cuando crezca: doctor, abogado, o Sandy Koufax”, escribió el escritor independiente Alan Seigel en 2010. “Una generación de judíos jóvenes lo consideró ‘el judío más grande de Norteamérica”, le cuenta el historiador de Brandeis University, Jonathan Sarna a The Jewish Week. “En una época cuando muchos judíos pensaban que era mejor mantener su judaísmo a un lado, la acción de Koufax, les dio a algunos judíos el coraje para mostrar su judaísmo de otras formas, usando símbolos judíos, manifestando por los judíos soviéticos”.
La apertura diferida de la Serie Mundial “estaba en el éter judío después de 1965”, dice Steven Schnur, un autor de Scarsdale e instructor universitario cuyo libro de 1997 sobre un niño de quinto grado quién esta supuesto a pitchear un importante juego para su equipo la primera noche del éxodo, es titulado “The Koufax Dilemma” (William Morrow). Koufax, dice Schnur, “era el símbolo universal de un judío quién tomo una decisión que nosotros como comunidad admiramos”.
“Eso no tiene nada que ver con un estilo de vida ortodoxo”, o con un compromiso de práctica de halacha, dice Schnur, quien se identifica como un judío de reforma comprometido.
Koufax, quién creció en la sección Bensonhurst de Brooklyn, fue (y sigue siendo, como es conocido) devotamente secular, con poca educación formal judía y (de acuerdo a todas las fuentes) sin bar mitzvah. Se casó dos veces y se divorció dos veces, no tiene hijos.
“Un judío secular, no precticante”, es la descripción de Jane Leavy en “Sandy Koufax: A Lefty’s Legacy” (Harper Perennial, 2002). Un judío secular quién se convirtió en un símbolo para toda la comunidad judía, Koufax realizó un acto de respeto por la tradición judío que trascendió hasta los círculos ortodoxos.
“Aquella noche de Kol Nidrei la conversación de nosotros que eramos unos muchachos que merodeábamos la antesala de shul, no trataba de Teshuva (arrepentimiento), sino de Koufax”, escribió el año pasado en la pagina web aish.com el Rabí Ron Yitzchok Eisenman, un líder espiritual haredi quién creció en Brooklyn y ahora vive en Passaic, N.J.
Ese juego de Yom Kippur llegó solo dos décadas después del final de la segunda guerra mundial y el holocausto, dos años antes del triunfo israelí en la guerra de los seis días, lo cual le dio a los judíos estadounidenses un espaldarazo en su orgullo.
“Cuando Sandy Koufax declaró que no lanzaría en Yom Kippur, muchos judíos de Estados Unidos se sintieron un poco más altos y tuvieron un mejor sentido de autoestima y orgullo judío. Eso fue tan verdadero en la comunidad ortodoxa como en la comunidad judía general”, dice el Rabí Berel Wein, un ortodoxo estudiado e historiador quién ahora vive en Jerusalen. “Su rechazo a lanzar en Yom Kippur influenció a esa generación de judíos estadounidenses para ser más asertivos públicamente y menos avergonzados de su judaísmo. La decisión de Koufax de hacer su demostración judía en un entorno tan público para la escena estadounidense como la Serie Mundial le confirió una nueva confianza a esa generación de judíos estadounidenses”.
Una nueva expresión ingresó al léxico estadounidense, to “pull a Koufax”; i.e., hacer lo correcto cuando se enfrenta una incertidumbre moral. O, en un contexto específico judío, priorizar al judaísmo.
Koufax “siempre puso al equipo antes que él, fue modesto ante la fama y Dios, y ante la Serie Mundial”, declaró Sports Illustrated en 1999 al nombrarlo número uno en la lista de la revista de “Los Atletas favoritos del siglo”.
Para muchos estadounidenses, la decisión de Koufax de faltar a un juego de Serie Mundial trascendió la decisión similar de Greenberg.
“Lo que hace el episodio de Koufax tan significativo”, dice Jeffrey Gurock, profesor de historia judía estadounidense en Yeshiva University, “es la reacción del mundo del beisbol, el mundo cristiano, a esa decisión”.
El anuncio de Koufax de que no lanzaría en Yom Kippur “fue recibido con amplia comprensión y tolerancia y constituyó una reflexión de los nuevos niveles de aceptación que los judíos estaban empezando a sentir en los años ‘60”, dice Gurock. “Esto simbolizó la aceptación de la fé de nuestra minoría en un mundo donde el pluralismo aumentaba”.
Koufax contribuyó a definir un nuevo tipo de judío y un nuevo tipo de atleta, escribe David Kaufman en “Jewhooing the Sixties: American Celebrity and Jewish Identity- Sandy Koufax, Lenny Bruce, Bob Dylan and Barbra Streissand” (Brandeis University Press, 2012).
Kaufman, un profesor asociado de religión en Hofstra University, define Jewhooing: como “Jewish celebrity consciusness” (“Conciencia de la celebridad judía”). Su libro estudia cuatro prominentes, celebridades judías quienes representaron un cambio generacional en la imagen judía.
“Koufax personificaba la calidad de la inteligencia judía, era un caballero y un universitario, un título más valorado en el beisbol que en otros deportes”, escribe Kaufman. “Koufax se había convertido en el último símbolo de éxito judío estadounidense, demostrando contundentemente que los judíos podían triunfar en un mundo no judío mientras mantenían lo mejor de sí como judíos: integración sin asimilación, estadounidismo sin antisemitismo”.
“Para la mayoría de las personas, él es un super judío… un muchacho judío agradable”, en contraste a la persona distanciada y profana que es el cómico Lenny Bruce”, dice Kaufman en una entrevista por correo electrónico. “Todo es mucho más complicado de lo que admitimos usualmente”.
“¿Era la simple noción de que aceptábamos que nuestra tradición fuese respetada por el pasatiempo nacional, o era también algún indicio de nuestra culpa y autocrítica por no construir una comunidad cultural judío estadounidense que hiciera tal autosacrificio autoevidente?
“Pienso que la típica adoración masculina por Koufax… es un poco triste y hasta patética, porque funciona como compensación a los sentimientos de falta de coraje y virilidad muy característicos de los hombres judío estadounidenses”, le dijo Kaufman a The Jewish Week,
Ejemplo
De acuerdo a Sports Illustrated, Koufax le dijo una vez al Rabí Hillel Silverman, un líder espiritual veterano quién ha servido congregaciones en California y Connecticut, “Soy judío. Soy un ejemplo. Quiero que ellos (los judíos) entiendan que tienen que tener orgullo”.
Los aficionados judíos a menudo le dicen, “Gracias por no pitchear”, dice Koufax.
Él dice que habló de su decisión de 1965 con Shawn Green, un pelotero judío de Grandes Ligas desde 1993 hasta 2007 (jugó con los Dodgers y los Mets), quién enfrentó dos veces su propio dilema de Yom Kippur, “No le dije qué hacer”.
Un número creciente de atletas judíos en las Grandes Ligas, la NFL y el futbol americano universitario enfrenta la misma decisión sobre jugar o rezar. Casi todos optan por jugar, alegando sus responsabilidades con sus compañeros.
¿Piensa Koufax que ellos tomaron la decisión equivocada?
“No juzgo a nadie”, dice él.
El día posterior a Yom Kippur en 1965, Koufax fue visitado en su hotel de St. Paul por el Rabí Moshe Feller, un líder Chabad-Lubavitch. El recepcionista “probablemente pensó que yo era el rabí de Koufax”, dijo el Rabí Feller de su acceso hasta la estrella. El rabí fue con una prenda de tefillin. Koufax aceptó el regalo. El rabí Feller no reportó si Koufax se puso el tefillin ese día. Tampoco Koufax. “Ël me dio el tefillin”, dice él.
Luego de retirarse, Koufax, quien ha vivido en California y Maine, ahora reside en Vero Beach, Fla., se ha dedicado a la pesca, el golf y correr maratones. Él ha trabajado parcialmente, como coach de pitcheo de ligas menores, como comentarista de la NBC y como instructor de los Mets de Nueva York, cuyo dueño es Fred Wilpon, un compañero de la secundaria.
Él no regresó a la University of Cincinnati, la cual abandonó cuando firmó con los Dodgers; no estudió arquitectura, su carrera universitaria.
¿Cómo pasa su tiempo ahora?
“Me mantengo ocupado”.
Usualmente, se mantiene fuera de la luz pública. Muchas personas que oyeron de esta historia, preguntaron, “Él todavía está vivo?”
“Koufax no quería envejecer siendo Sandy Koufax”, ser famoso por ser famoso, escribió Jane Leavy en su biografía.
“Esta no es una biografía autorizada”, dijo Leavy una vez de su libro, el cual es reconocido como el libro definitivo sobre Koufax. “Se puede decir que es más tolerado a duras penas. Koufax me dejó claro desde el comienzo que no tenía interés en participar en este proyecto, financiera o editorialmente”. Koufax tampoco se opuso activamente al libro, dijo ella en una ronda de preguntas cercana al final de la biografía. “Si iba a ser hecho, él quería que se hiciera bien. Por lo tanto, él me dio acceso a sus amigos, un renglón poco pequeño, y estuvo de acuerdo en verificar asuntos de historia personal”.
“El rechazo de Koufax a hablar de sí se extendía hasta su familia”, escribe Edward Gruver en “Koufax” (Taylor Publishing Company, 2000). “Cuando su autobiografía fue publicada en 1966, su madre la leyó para ver si podía saber más de su famoso hijo. ‘Nunca me dices nada’, le dijo ella”.
“Koufax podría ser”, opinó la página web the Bleacher Report en 2010, “el ermitaño más famoso que sobrevive en la vida ‘pública’ estadounidense…después de la muerte de J.D. Salinger a principios de esta semana”. Sus ocasionales apariciones públicas, lanzar el primer anvío en el juego inaugural de los Dodgers en 2008, asistir a una recepción en la Casa Blanca en honor al mes de la herencia judía estadounidense en 2010, son noticias de primera plana.
“Aquí está una sorpresa de Sandy Koufax: Él pasará una noche bajo los reflectores”, publicó Los Angeles Times en 2010 cuando Koufax aceptó aparecer en una cena de recaudación de fondos por la salud del manager Joe Torre en Home Foundation, la cual combate el abuso doméstico.
“No soy un solitario. No soy un ermitaño”, dice Koufax en su entrevista con The Jewish Week. “Voy al cine. Voy a restaurantes”.
Los buscadores de autógrafos a menudo son recompensados.
Tradición familiar.
Robert Trujillo, 72 años, quién creciera en Nuevo México escuchando los juegos de los Dodgers por radio, dice que manejó desde su hogar actual en Southern California al sitio del campo de entrenamiento en Glendale para obtener un par de autógrafos de Koufax para sus nietos. Él logró su meta ese día.
Steven Leibel, 51, quien vino desde Long Island, dice que su padre, un furibundo fanático de los Dodgers, le contó historias de Sandy Koufax cuando era niño. La que más oyó fue la del Yom Kippur de 1965. “Esa era su historia favorita. La contaba siempre”. La decisión de Koufax ese año “dijo que la religión judía es más importante que el beisbol”. Ahora es la historia principal de Leibel. “Mi esposa es de Israel. Ella no sabe nada de beisbol, pero le gusta escuchar esta historia”.
Leibel dice que sus hijos son muy jóvenes par apreciar el impacto de Koufax. Ellos oirán más a medida que crezcan, como lo hizo Kyle el otro día aquí, cuando consiguió el autógrafo de Koufax. Las historias de Koufax, el cuento de la Serie Mundial de 1965, no terminarán con sus hijos, dice Leibel. Él espera que ellos mantengan la tradición familiar. “Espero que ellos continúen y le cuenten esa historia a sus hijos”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
Yogi Berra, el catcher del Salón de la Fama de los Yanquis de personalidad única, fallece a los 90 años.
Bruce Weber. The New York Times. 23-09-2015.
Yogi Berra, uno de los grandes catchers y personajes del beisbol, quien como jugador fue piedra angular de 10 equipos campeones de los Yanquis y como manager llevó a los Yanquis y Mets a la Serie Mundial, pero quien puede ser conocido más ampliamente como una figura cultural, que inspiró un personaje de dibujos animados y generó un ilimitado suplemento de epigramas conocidos como yogismos, falleció este martes 22 de septiembre.
Los Yanquis y el Yogi Berra Museum and Learning Center en Little Falls, N.J., anunciaron su muerte. Antes de mudarse a un centro de salud asistencial en el cercano West Caldwell, en 2012, Berra había vivido por muchos años en la vecindad de Montclair.
En 1949, a principios de la carrera de Berra, su manager lo presentó de esta manera en una entrevista para The Sporting News: “Mr. Berra”, dijo Casey Stengel, “es un tipo muy extraño de habilibidades muy destacadas”.
Así era él, y así probó serlo. Universalmente conocido como Yogi, casi con seguridad el segundo apodo más reconocido en los deportes, aunque Yogi no era el babe, Berra no era exactamente un héroe sin igual, pero a menudo parecía uno: integrante del equipo de estrellas 15 años seguidos cuyas destrezas eran rutinariamente subestimadas; un hombre de buena complexión y rostro abierto cuya apariencia física era a menudo desprecidada; un prolífico ganador, sin mencionar su cualidades de líder exitoso, cuyo intelecto era blanco del humor sino del ridículo.
Que él triunfara en el diamante una y otra vez a pesar de sus evidentes desventajas era ciertamente una fuente de su popularidad. Así como también la delicia con que eran recibidos sus pronunciamientos no siempre documentables sin sentido y sagaces.
“Puedes observar mucho solo con mirar”, es reportado como que hubo dicho alguna vez, para describir su estrategia como manager.
“Si no lo puedes imitar”, le aconsejó a un joven pelotero quien trataba de simular el estilo de bateo de Frank Robinson, “no lo copies”.
“Cuando encuentres un tenedor en el camino, tomalo”, dijo él, señalando hacia su casa. Cualquier camino, resultó ser, que te llevaba ahí.
“Nadie va más allí”, dijo él de un restaurant popular, “Está muy lleno”.
Si Berra realmente vociferó muchas de las cosas atribuídas a él, o fue el primero en decirlas, o las fraseó precisamente de la manera como fueron reportadas, ha sido por largo tiempo un tema de especulación. Berra publicó un libro en 1998 llamado “The Yogi Book: ‘I Really Didn’t Say Everything I Said!” Pero los yogismos testificaban a un personaje, tonto y filosófico, en las nubs y con los pies sobre la tierra, que vino a definer al hombre.
La yogidad de Berra fue explotada en anuncios comerciales para miríadas de productos, entre ellos la comida para gatos Puss ‘n Boots y la cerveza Miller Lite, pero quizás el más famoso fue la bebida achocolatada, Yoo-Hoo. Cuando le preguntaron si Yoo-Hoo llevaba un guión, se dice que el respondió, “No señora, ni siquiera es carbonatada”.
Si no era exactamente un yogismo, era el tipo de respuesta que podría haber venido del homónimo plantígrado de Berra, el afable personaje animado Oso Yogi, quien debutó en 1958.
El personaje Yogi Berra puede haber opacado al pelotero del Salón de la Fama Yogi Berra, oscureciendo al destacado atleta que fue. Un notorio bateador de “bolas malas”, le hacía swing a muchos envíos que no eran strikes pero de cualquier forma los castigaba, era peligroso en la hora de la verdad y el Yanqui más duradero y consistentemente productivo en el período más exitoso del equipo.
Además, como cátcher jugaba la posición de más desgaste físico y demanda de concentración. (Como un respiro a los retos y tareas de agacharse detrás del plato, Berra, quién jugó antes que tomara efecto la regla del bateador designado en la Liga Americana en 1973, jugaba ocasionalmente en los jardines).
Stengel, el manager del Salón de la Fama cuya astucia y talento también eran a menudo subestimados, reconocía los atributos de Berra. Se refería a Berra, aún cuando era un jugador joven, como su manger asistente y lo comparaba favorablemente con receptores estrella de épocas pasadas como Mickey Cochrane, Gabby Hartnett y Bill Dickey. “Podías mirar hacia arriba” era la frase de Stengel, y de hecho el libro de record declara que Berra estaba entre los grandes cátchers de la historia del juego, algunos dicen que el más grande de todos.
El promedio de bateo vitalicio de Berra fue .285 no tan alto como el de su predecesor Yanqui, Dickey (.313), pero Berra bateó más jonrones (358) y empujó más carreras (1430). Elogiado por los pitchers debido a su manera astuta de llamar los juegos, Berra lideró la Liga Americana en asistencias cinco veces, y desde 1957 hasta 1959 participó en 148 juegos seguidos detrás del plato sin cometer error, una marca de Grandes Ligas para la época, aunque desde el principio el no fue un mago defensivo.
Dickey, explicó Berra, “me transmitió toda su experiencia”.
En defensiva, él ciertamente superó a Mike Piazza, el mejor cátcher bateador de épocas recientes, y tal vez de siempre. En ofensiva, Berra y Johnny Bench, cuyos equipos de los Rojos de Cincinnati en los años ’70 fueron conocidos como la Gran Maquinaria Roja, eran comparables, excepto que Bench se ponchaba tres veces más. Bera abanicó apenas 414 veces en más de 8300 apariciones durante 19 temporadas, una impresionante pequeña relación para un bateador de poder.
Otros, carlton Fisk, Gary carter e Iván rodríguez entre ellos, también merecen consideración en una discusión de grandes cátchers, pero ninguno fue calarmente superior a Berra en ofensiva o defensiva. Solo Roy Campanella, un rival contemporáneo quien jugaba para los Dodgers de Brooklyn y enfrentó a Berra seis veces en la Serie Mundial antes que su carrera terminara debido a un accidente automovilístico, igualó el total de Berra de tres premios de jugador más valioso. Y aunque Berra no ganó el premio en 1950, lo ganó su compañero Phil Rizzuto, tuvo una de actuaciones más grandes para un cátcher ese año, bateó .322, despachó 28 jonrones y empujó 124 carreras.
La carrera de Berra fue puntualizada por episodios memorables. En el tercer juego de la Serie Mundial de 1947 contra los Dodgers, él bateó el primer jonrón como emergente en la historia de la Serie, y en el cuarto juego estuvo detrás del plato para lo que casi fue el primer no-hitter y se convirtió en una derrota muy dura. Con dos outs en el noveno inning y dos hombres embasados por boletos, el abridor de los Yanquis, Bill Bevens, permitó un doble a Cookie Lavagetto que barrió las bases y ganó el juego.
En septiembre de 1951, una vez más a punto de lograr un no-hitter, esta vez de Allie Reynolds contra los Medias Rojas, Berra cometió uno de los errores legendarios del beisbol. Con dos outs en el noveno inning, Ted Williams bateó un alto elevado de foul entre el plato y el dugout de los Yanquis. Parecía el final del juego, sellando el segundo no-itter de Reynolds en la temporada y convirtiéndolo en el primer pitcher de la Liga Americana en lograr ese hecho. Pero mientras la pelota bajaba, fue movida por el viento, Berra se movió hacia atrás, y la esférica se cayó de su mascota mientras titubeaba.
Sorprendentemente, en el próximo pitcheo, Williams bateó un elevado casi idéntico, y esta vez Berra lo atrapó.
En el primer juego de la Serie Mundial de 1955 contra los Dodgers de Brooklyn, los Yanquis estaban adelante, 6-4, en la apertura del octavo episodio cuando Jackie Robinson los Dodgers se robó el plato. El árbitro principal Bill Summers lo sentenció quieto, y Berra se puso furioso, gesticuló hacia la cara de Summers y creó una de las imágenes duraderas de un zafarrancho en el terreno. Los Yanquis ganaron el juego aunque no la Serie, fue la única vez que Brooklyn venció a los Yanquis de Berra, pero Berra no olvidó ese momento. Más de cincuenta años después, él firmó un autógrafo de la jugada para el Presidente Obama y escribió: “Querido Sr. Presidente, ¡Él fue out!”
Durante la Serie de 1956, de nuevo contra Brooklyn, Berra fue el centro de otra imagen indeleble, esta vez una de alegría, cuando saltó hacia los brazos de Don Larsen, quien había ponchado a Dale Mitchell para terminar el quinto juego del único juego perfecto (y único no-hitter) en la historia de la Serie Mundial.
Cuando los reporteros abordaron el casillero de Berra después del juego, él los saludó naturalmente. “Bueno”, dijo él “¿qué hay de nuevo?”
Más allá de sus momentos históricos y logros individuales, lo que más distinguía la carrea de Berra era cuan a menudo él ganaba. Desde 1946 hasta 1985, como jugador, coach y manager, Berra apareció en 21 Series Mundiales. Jugó en poderosos equipos de los Yanquis con compañeros como Rizzuto, Joe DiMaggio al comienzo y luego con Whitey Ford y Mickey Mantle, Berra destacó con los ganadores de la Serie Mundial en 1947, ’49, ’50, ’51, ’52, ’53, ’56 y ’58. Fue cátcher de reserva y jardinero a medio tiempo en los equipos campeones de 1961 y ’62. (Tambien jugó en la Serie Mundial cuando perdieron en 1955, ’57, ’60 y ’63).
Dicho todo esto, sus equipos de los Yanquis ganaron el banderían de la Liga Americana 14 de 17 años. Él aún conserva las marcas de la Serie de encuentrso jugados, apariciones al plato, imparables y dobles.
Ningún otro pelotero ha sido campeón tan a menudo.
Lawrence Peter Berra nació el 12 de mayo de 1925, en el enclave italiano de San Luis conocido como the Hill, el cual también fue el inicio de la carrera beisbolera de su amigo de adolescencia Joe Garagiola. Berra fue el cuarto de cinco hijos. Su padre, Pietro, un obrero de construcción y albañil, y su madre, Paulina, eran inmigrantes de Malvaglio, una villa del norte de Italia cercana a Milano. (De adulto, en una visita a su hogar ancestral, Berra fue a una presentación de “Tosca” en La Scala. “Fue muy buena”, dijo él. “Hasta la música fue agradable”),
De muchacho, Berra era conocido como Larry, o Lawdie, como su madre lo llamaba. Como es referido en “Yogi Berra: Eternal Yankee”, una biografía de 2009 por Allen Barra, un día a comienzos de su adolescencia, el joven Larry y algunos amigos fueron al cine y mientras veían una película sobre la India apareció un yogi hindú en pantalla sentado con las pierna cruzadas. Su postura recordó a uno de los amigos la manera como Berra se sentaba en el suelo para esperar su turno al bate. Desde ese día, él fue Yogi Berra.
Un atleta apasionado pero indiferente como estudiante, Berra salñió de la escuela luego del octavo grado. Jugó pelota en la American Legion y hacía trabajos a destajo. Como adolescentes, él y Garagiola practicaron con los Cardenales de San Luis y recibieron ofertas de contrato de parte del gerente general de los Cardenales, Branch Rickey. Pero Garagiola recibió un bono de 500 $ por la firma y Berra solo 250 $, por lo que Berra no quiso firmar. (Esto fue una muestra de las negociaciones que vendrían. Berra, cuyo salario como jugador alcanzó los 65000 $ en 1961, sustancial para esa época, demostraría ser un hábil negociador de contratos, casi siempre sacaba concesiones del difícil gerente general de los Yanquis, George Weiss).
Mientras tanto, los carmelitas de San Luis, que después se mudaron a baltimore y se convirtieron en Orioles, también querían firmar a Berra pero no querían pagar un bono para nada. Entonces, el día después de la Serie Mundial de 1942, en la cual los Cardenales vencieron a los Yanquis, un coach de los Yanquis llegó a casa de los padres de Berra y le ofreció un contrato de liga menor, junto a un bono de 500 $.
La vida de Berra en el beisbol profesional empezó en Virginia en 1943 con los Tars de Norfolk de la Piedmont League Clase B. En 111 juegos bateó .253 y lideró a los cátchers de la liga en errores, pero en dos juegos seguidos una vez tuvo 12 imparables y empujó 23 carreras. Fue un comienzo prometedor, pero la segunda guerra mundial puso su carrera en vilo. Berra se unió a la naval. Participó en la invasión de Normandía y, dos meses después, en Operation Dragoon, un asalto aliado en Marsella en el cual resultó herido de bala y recibió el corazón púrpura.
En 1946, luego de su baja militar, fue asignado a los Bears de Newark, para entonces el principal equipo de las granjas de los Yanquis. Jugó en los jardines y como cátcher y bateó .314 con 15 jonrones y 59 carreras empujadas en 77 juegos, aunque su defensiva necesitaba pulirse; en una ocasión él golpeó a un árbitro con un tiro desde atrás del plato hacia segunda base. Sin embargo, los Yanquis lo llamaron en septiembre. En su primer juego de Grandes Ligas bateó dos imparables, incluyendo un jonrón.
Como Yanquis, Berra s convirtió en favorito de los aficionados, en parte por su juego superior, bateó .305 y empujó 98 carreras en 1948, su segunda temporada completa, y en parte debido a su humildad e inocencia. En 1947, al ser homenajeado en el Sportman’s Park de San Luis, un nervioso Berra le dijo ala multitud de su ciudad natal, “Quier agradecer a todos por hacer necesaria esta noche”.
Berra también era apreciado por los periodistas deportivos, auqnue ellos a menudo lo mostraban como un idiota del beisbol, un primate, apenas aficionado a las tiras cómicas y películas quien hablaba un inglés deficiente. Así nació la caricatura de Yogi, del triunfador rústico.
“Aún hoy”, escribió la revista Life en Julio de 1949, “él solo siente pena por las personas que se exprimen los sesos con tales temas innecesarios y frívolos como, literatura y las ciencias, sin mencionar la gramática y la ortografía”.
La revista Collier declaró, “Con un cuerpo que solo un antropólogo podría apreciar, Berra podría pasar fácilmente como miembro del Neanderthal A.C”.
Berra se tomaba esos comentarios con calma. Si él era feo, el decía que eso no era importante en el plato. “Nunca vi a nadie batear con la cara”, dijo él. Pero cuando los periodistas le dijeron que era poco atractivo para casarse con su novia Carmen Short, él respondió, de acuerdo a Colliers, “Soy humano ¿no?”
Berra venció al ridículo. Se casó con Ms. Short en 1949, y el matrimonio duró hasta la muerte de ella en 2014. Le sobreviven tres hijos, Tim quien jugó futbol americano profesional para los Colts de Baltimore, Dale un antiguo infielder de los Yanquis, Piratas y Astros; y Lawrence Jr., así como 11 nietos y un biznieto.
Ciertamente, las opiniones sobre Berra cmabiaron con los años.
“Él ha seguido permitiéndole a la personas referirse a él como un payaso amigable porque eso le da rápida aceptación, a pesar de que ha probado ampliamente, dentro y fuera del terreno que él es inteligente, astuto y oportuno”, escribió Robert Lipsyte en The New York Times en octubre de 1963.
Para ese momento, Berra había terminado su carrera como jugador de los Yanquis y el equipo lo había nombrado manager, un papel en el cual continuaría tenindo éxito, aunque no con la misma regularidad que disfrutó como pelotero y no sin drama ni disgusto. De hecho las cosas empezaron mal. Los Yanquis, un equipo envejecido en 1964, jugó un beisbol deficiente la mayor parte del verano, y amediados de agosto perdieron cuatro juegos seguidos en Chicago ante los punteros Medias Blancas, lo cual ocasionó uno de los episodios más peculiares de la carrera de Berra.
En el bus del equipo camino al aeropuerto O’Hare, el infielder de reserva Phil Linz tocaba “Mary Had a Little Lamb” con la armónica. Berra, de mal humor por la seguidilla de reveses, le dijo que dejara de tocar, pero Linz no lo hizo. (En otra versión de la historia, Linz le pregunto a Mickey Mantle que había dicho Berra y Mantle respondió: “Él dijo que tocaras más duro”). De pronto la armónica salió volando, había sido o arrebatada de las manos de Linz por Berra o lanzada a Berra por Linz. (Los peloteros que estaban en el bus tenían recuerdos diferentes).
Reportes noticiosos del incidente lo presentaron como si Berra hubiera perdido el control del equipo, y aunque los Yanquis alcanzaron y pasaron a los Medias Blancas en septiembre, para ganar el banderín, Ralph Houk, el gerente general, despidió a Berra después de perder una Serie Mundial de siete juegos ante los Cardenales de San Luis. En un movimiento inesperado, Houk lo reemplazó con el manager de los Cardenales, Johnny Keane.
Los Yanquis de Keane terminaron sextos en 1965.
Berra mientras tanto, se mudó al otro lado de la ciudad, para tomar un trabajo como coach de los famosamente horrorosos Mets dirigidos por Stengel, quien finalizaba su carrera en Flushing. El equipo continuó sus traspiés míticos hasta 1969, cuando los milagrosos Mets, con Gil Hosges como manager y Berra como coach de primera base, ganaron la Serie Mundial.
Luego que Hodges falleciera antes de empezar la temporada de 1972, Berra lo sustituyó. Ese verano, Berra fue inducido al Salón de la Fama.
El equipo de los Mets que él heredó, sin embargo, falló, terminó tercero, y duarnte la mayor parte de la temporada de 1973 estuvo peor. A mediados de agosto, los Mets estaban bien por debajo de .500 y en el sexto lugar, cuando Berra gritó uno de sus más famosos yogismos.
“Esto no se acaba hasta que se termina”, dijo él (o las palabras equivalentes de ese efecto), y, de alguna manera los Mets se motivaron y pasaron a los Cardenales para ganar la división este de la Liga Nacional.
Luego vencieron a los Rojos en la serie de campeonato de la liga antes de perder ante los Atléticos de Oakland en la Serie Mundial. Berra fue premiado por el resurgimiento con un contrato de tres años, pero los Mets estuvieron mal en 1974, terminaron quintos, y el próximo año, el 6 de agosto, con el equipo en tercer lugar y en medio de una seguidilla de cinco derrotas, Berra fue despedido.
Una vez más él cambio de liga y de ubicación en la ciudad, regresó al Bronx como coach de los Yanquis, y en 1984 el dueño, George M. Steinbrenner lo nombró manager para reemplazar al volátil Billy Martin. El equipo terminó tercero ese año, pero durante el entrenamiento primaveral de 1985, Steinbrenner le prometió que terminaría la temporada como manager de los Yanquis sin importar lo que ocurriera.
Luego de solo 16 juegos, sin embargo, los yanquis tenía marca de 6-10, y el impaciente e imperioso Steinbrenner despidió a Berra de todos modos, trajo de vuelta a Martin. Quizás peor que romper su promesa, Steinbrenner envió a otra persona para informar las malas noticias.
La finalización de la relación laboral, la cual tuvo un aguijón adicional debido a que Dale, el hijo de Berra había llegado recientemente al equipo, provocó uno de los resentimientos más legendarios del beisbol, y por más de 14 años Berra se negó a poner un pie en Yankee Stadium, un período durante el cual fue coach de los Astros de Houston por cuatro temporadas.
Durante ese tiempo la iniciativa privada colaboró para establecer el Yogi Berra Museum and Learning Center en el campus de Montclair State University, New Jersey, la cual reconoció a berra con un doctorado honorífico en humanidades en 1996. Allí abrieron un estadio de ligas menores, Yogi Berra Stadium, en 1998.
El museo, es un homenaje a Berra con exhibiciones de su carrera, programas dirigidos para niños relacionados con la historia del beisbol. En enero de 1999, Steinbrenner, quién falleciera en 2010, fue hasta allá para presentar disculpas.
“Sé que cometí un error al no hablar contigo personalmente”, le dijo a Berra. “Es el peor error que cometí en el beisbol”.
Berra escogió no rechazar la semidisculpa. Para recibirlo de vuelta a los Yanquis, el equipo organizó un Día de Yogi Berra el 18 de julio de 1999. Tambien invitaron a Don Larsen, quien lanzó el primer envío ceremonial, con Berra de cátcher.
Increiblemente, en el juego de ese día, David Cone de los Yanquis, lanzó un juego perfecto.
Fue como si Berra pudo o no haber dicho en otro contexto, “deja vu de nuevo otra vez”, un episodio especial para una maravillosa vida beisbolera.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
martes, 22 de septiembre de 2015
Milo Hamilton, fallece a los 88 años; trajo al beisbol, incluyendo el jonrón de Aaron, a la vida.
Richard Sandomir. The New York Times. 17-09-2015.
Milo Hamilton, quien narrara beisbol para siete equipos de Grandes Ligas por 60 años y fuese más conocido por transmitir el jonrón 715 de Henry Aaron, falleció el marte 15 de septiembre en Houston.
Los Astros de Houston anunciaron su fallecimiento. Él fue narrador de sus juegos desde 1985 hasta 2012.
Mr. Hamilton transmitía juegos por radio y televisión pero tenía una apreciación especial del beisbol por radio, adquirida mientras creció en Fairfield, Iowa.
“Es claro y sencillo: El beisbol es un juego de la radio”, escribió en su autobiografía, “Making Airwaves: 60 Years at Milo’s Microphone” (2006). “Los aficionados usan su imaginación mientras escuchan la transmisión para recrear el juego”.
Su carrera llena de peripecias lo llevó hasta Atlanta en 1966, la primera temporada de los Bravos luego de mudarse de Milwaukee. En 1974, el beisbol estaba inmerso en la persecución de Aaron tras la marca vitalicia de 714 jonrones de Babe Ruth; él había terminado la temporada anterior a un jonrón de la marca, entonces empezó la nueva campaña empatándola.
El 8 de abril, los Bravos enfrentaban a los Dodgers de Los Angeles en el Atlanta-Fulton County Stadium. Mr. Hamilton había pedido que él, y no su socio, Ernie Johnson, narrara cada jonrón desde el 700 hasta el 715.
En el cuarto inning, Aaron se paró en el plato ante Al Downing con un hombre en base. Hizo swing en cuenta de 1-0.
“Ahí va un batazo entre left-center field”, dijo Mr. Hamilton con creciente excitación. “Esa pelota está fuera de aquí. ¡Se fue! ¡Es el 715! ¡Hay un Nuevo campeón jonronero de todos los tiempos, y es Henry Aaron! ¡Ahí están los fuegos artificiales! Henry Aaron pasa por tercera. Sus compañeros lo esperan en el plato. Escuchen la multitud”.
Él dijo que a propósito no usó su frase habitual, “¡Holy Toledo!” “No era mi momento, era el de Hank”, escribió él.
Leland Milo Hamilton nació en Fairfield el 2 de septiembre de 1927. Sirvió en la naval durante la segunda guerra mundial como narrador de Armed Forces Radio. Se graduó en la University of Iowa en 1949 y empezó a narrar deportes en los juegos de futbol americano y baloncesto de los Hawkeyes de Iowa.
Consiguió su primer trabajo como narrador de beisbol con los Carmelitas de San Luis en 1953, su último año antes de mudarse a Baltimore. Se quedó una temporada para narrar los juegos de los Cardenales, pero luego empezó un camino nómada por las casetas de los Cachorros de Chicago, los Medias Blancas de Chicago, los Bravos, los Piratas de Pittsburgh y los cachorros otra vez (un período infeliz en el cual tuvo encontronazos con el colega Harry Caray) antes de llegar a Houston. Su estadía de 27 años con los Astros fue su más larga con un equipo.
Su esposa, Arlene, y una hija, Patricia, fallecieron antes que él. Sus sobrevivientes incluyen un hijo, Mark.
“Creciste en la depresión y hablaste de las grabaciones que creías durarían por siempre”, dijo Mr. Hamilton el día cuando recibió el premio Ford C. Frick del National Baseball Hall of Fame en 1992. “Entonces, saber que narrarías el jonrón de Aaron, y luego eso ocurre, y por los próximos 18 años escuchas sobre eso en alguna parte por lo menos dos o tres veces a la semana”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
lunes, 21 de septiembre de 2015
Hablando de pelota con Rick Wise
Bruce Markusen. The Hard Ball Times. 23-06-2011.
Como Chris Jaffe lo ha detallado, el 23 de junio marca el cuadragésimo aniversario de uno de los días más destacados que haya experimentado un pitcher de Grandes Ligas. Este fin de semana tuve la oportunidad de hablar con Rick Wise, quién visitó Cooperstown para participar en el Clásico del Salón de la Fama. Además de su obra maestra de 1971, el lanzador derecho recordó otro logro importante de su carrera.
Markusen: Hablemos de su actuación de 1971, el no hit no run y los dos jonrones…
Wise: Bien, este domingo (día del padre) es el cuadragésimoséptimo aniversario de mi primer triunfo en Grandes Ligas, en el día del padre. Ciertamente no olvidaré eso.
Markusen: Bien, empecemos con eso.
Wise: Yo tuve que lanzar después de un juego perfecto. No olvidaré eso. Jim Bunning pitcheó un juego perfecto, teníamos un doblejuego, en Shea Stadium. Yo tenía 18 años de edad y conseguí una oportunidad para abrir ahí. Recuerdo que buscaba una pelota antes del juego. Dije, “Necesito una pelota; ¡Tengo que calentar! Esa era una memoria de mi primer triunfo en Grandes Ligas.
(Wise lanzó seis innings contra los Mets, permitió solo tres imparables y ninguna carrera limpia. Johnny Klippstein salvó el juego para Wise con tres innings de relevo en blanco).
Markusen: Tienes muy buena retentiva para detallar y recordar algo que ocurrió hace mucho tiempo.
Wise: Bien, los atletas tienen esa habilidad, me imagino. Cuan se trata de algo tan memorable, tu primer triunfo de Grandes Ligas, y luego a casi siete años de ese día, yo lancé mi no hit no run con los dos jonrones. La pelota, el bate y el guante de ese juego fueron llevados al Salón de la Fama aquí en Cooperstown. Junio 23. Hace 40 años.
Markusen: Hablemos más de ese juego contra los Rojos. ¿Cómo te sentías en términos de los lanzamientos con que contabas en el montículo? ¿Qué recuerdas en términos de la parte del pitcheo ese día?
Wise: Bien, mientras calentaba sentí que más me valía colocar mis lanzamientos porque estaba saliendo de los efectos de la gripe. Me sentía my débil ese día. Pero era mi turno de abrir. Calentando la pelota parecía detenerse a medio camino rumbo al catcher. Así que me dije que tenía que colocar bien mis pitcheos. Sudé los remanentes de la gripe en el primer inning; hacia mucho calor en la grama artificial de Riverfront Stadium. Pero yo tenía un buen ritmo. Ellos estaban poniendo la pelota en juego rápido; fueron 94 envíos en una hora y 53 minutos, y el juego se había terminado.
Por supuesto, yo bateé los dos jonrones. Uno en el quinto ante Ross Grimsley, y otro ante un relevista en el octavo inning. Era Clay Carroll, un relevista muy bueno para ese momento.
Markusen: Desde un punto de vista de bateo, Rick, los dos jonrones en un día. Eso tuvo que ser algo sorpresivo.
Wise: Bien, no realmente. Bateé seis jonrones ese año. Conecté dos jonrones en un juego dos veces ese año. Igualé una marca de la Liga Nacional. Y uno de esos jonrones fue con las bases llenas. Yo trabajaba en el bateo. Siempre fui un buen bateador, mientras crecía en las pequeñas ligas; Babe Ruth, pelota de la American Legion, la secundaria, siempre bateaba tercero o cuarto. Largué 15 jonrones en mis primeros nueve años en la Liga Nacional, y entonces me fui a la Liga Americana y nunca bateé otro. Aunque regresé luego de cuatro años con Boston y dos con Cleveland. Volví a la Liga Nacional (con los Padres) pero mi coordinación ojo/mano había desaparecido luego de seis años sin batear (debido al bateador designado). Fue un día muy especial.
Markusen:Fue una alineación muy buena la que enfrentaste ese día.
Wise: Excelente. Había tipos que batearían 50 jonrones que estaban bateando de segundo. George Foster (Foster bateó segundo ese día y jugó en el jardín central. Pete Rose era el abridor, mientras Lee May, Johnny Bench, Tony Perez, y Hal McRae bateaban desde el tercero hasta sexto turno).
Mientras el juego avanzaba, y se acercaba al final, el marcador estaba 4-0. Yo lo coloqué 4-0 con un jonrón solitario en el octavo. Pero ellos eran capaces de batear muchos imparables seguidos y anotar muchas carreras rápidamente. Así que no me permitía bajar la guardia. Tenía un buen ritmo y estaba colocando bien mis envíos. Hubo un par de buenas jugadas detrás de mí, pero nada excepcional. Fue algo muy memorable por decir lo mínimo.
Han ocurrido como 20 juegos perfectos, o algo así (Wise perdió el juego perfecto debido a un boleto), pero soy el único en lanzar un no-hitter y batear dos jonrones en el mismo juego, es algo muy especial. De seguro, nunca lo olvidaré.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
Nota del traductor: David Concepción negoció el boleto en el sexto inning que terminó la posibilidad del juego perfecto para Rick Wise.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







