miércoles, 15 de junio de 2016
Ellos estuvieron ahí: Herman Franks.
“Dicen que yo le robé las señas a Brooklyn ese día y nunca lo he admitido. Ni lo haré. Se ha hablado mucho de eso desde 1951… Cuando Bobby bateó esa pelota fue uno de los momentos más grandes de mi carrera en el beisbol”.
Un bateador zurdo quien lanzaba a la derecha, Herman Franks llegó al beisbol con los Stars de Hollywood de la Pacific Coast League en 1932, pero pronto fue adquirido por los Cardenales de San Luis y se unió a su gran sistema de granjas. Todo lo que necesitas saber de su carrera como jugador activo es que jugó principalmente como reserva y terminó con un promedio de bateo de .199 con tres jonrones en 188 juegos en partes de seis temporadas.
En 1949, Franks recibió su primera asignación técnica como asistente de Leo Durocher con los Gigantes de Nueva York. Fue miembro de dos equipos campeones de la Liga Nacional (1951, 1954) y de uno campeón de la Serie Mundial (1954) hasta 1955. De acuerdo al autor Joshua Prager en su libro de 2006 The Echoing Green, Franks jugó un papel clave en el famoso jonrón ganador del banderín en el playoff de la Liga Nacional de 1951, The Shot Heard Round The World. De acuerdo a Prager, Franks estaba en el clubhouse de los Gigantes en el centerfield de Polo Grounds, su sede, robando las señas del catcher rival a través de un telescopio y pasándoselas al cátcher de reserva Sal Yvars (quien estaba en el bullpen) y este a los coaches y bateadores de los Gigantes. Cuando le preguntaron donde estaba cuando Thomson bateó su jonrón, Franks dijo, en 1996, que estaba “haciendo algo para Durocher” en ese momento.
Cualquiera que pudo haber sido su papel ese día, Franks era conocido como devoto del estilo de Durocher, ganar de cualquier forma, incluyendo la intimidación mediante deslizamientos con los ganchos por delante y pitcheos en la espalda. El autor Roger Kahn citó al jardinero de los Dodgers Carl Furillo al afirmar que Franks asomaba su cabeza en el clubhouse de Brooklyn para amenazar a Furillo con que los pitchers de los Gigantes le lanzarían a la cabeza durante el juego de ese día. Furillo, cuyo odio por Durocher era tan intenso que se agarraría a puños con él en un dugout de los Gigantes lleno de peloteros rivales, dijo de los Gigantes en el libro Bums de Peter Golenbock, “Ellos eran peloteros sucios…Todos querían ser como Durocher, copiar a Durocher. Ese Herman Franks, él era otro más”.
Las cuatro temporadas de Franks como manager de los Gigantes de San Francisco en el lapso 1965-68 produjeron cuatro frustrantes segundos lugares. Luego fue coach y manager de los cachorros de Chicago por un período de 11 años. Aunque Franks compiló una pobre marca como pelotero, logró un balance ganador como manager, 605 victorias y 521 derrotas.
Como le fue contado a Ed Attanasio, This Great Game
Sobre su papel en el jonrón de Bobby Thomson: “Dicen que me robé las señas de Brooklyn ese día y nunca lo he admitido. Y nunca lo haré. Se ha hablado mucho de eso desde el ’51. La gente no se ha cansado de hablar de eso. Debo haber hablado de estor con el escritor Prager más de 50 veces. Él hasta viajó en avión hasta Salt Lake City para entrevistarme. Prager investigó mucho sobre esa historia, déjeme decirle. Leí cosas ahí, que no sabía. Sal Yvars ha hablado mucho, pero nadie más lo ha hecho. Alvin Dark no habló, yo no hablé; Whitey Lockman no diría nada al respecto. Pero hay muchos de ellos, aun vivos, quienes hablaron mucho. Cuando Bobby bateó esa pelota fue uno de los momentos más grandes de mi carrera en el beisbol”.
Sobre su relación con Carl Furillo: “Carl Furillo murió arruinado; enojado con el mundo. Fue vetado y estaba furioso con el mundo. No pudo conseguir otro trabajo en el beisbol y culpó a todo el mundo menos a él. Dijo una cantidad de barbaridades de mi. En aquellos días, todos gritábamos. Los Dodgers tenían unos pitchers rudos en aquel entonces, especialmente Don Newcombe, todos se lanzaban entre si y se lanzaban al piso todo el tiempo. Tratabas de protegerte. Ellos eran muy competitivos en aquellos días, Brooklyn y los Gigantes. Esos dos equipos se odiaban mutuamente. En ese tiempo había una regla en la liga, si hablabas con los peloteros del otro equipo en el terreno te multaban. No es como hoy cuando los peloteros conversan entre si, para nada. Ahora ellos salen a cenar después del juego, todos son amigos. Es muy diferente ahora”.
Sobre los esteroides y dirigir el juego hoy: “Me molesta mucho verlos hablando de esteroides. Barry Bonds es uno de los mejores bateadores que haya visto. Puede batear sentado. Y estableció todas esas marcas cuando no había leyes contra los esteroides, ¿cierto? Muchas de estas barbaridades no ocurrirían si yo todavía fuera manager. Tal vez no podría dirigir en el juego de hoy. No sé. Pienso que los peloteros dirigen a los managers hoy, los agentes les dicen a los managers cuando pueden usar sus pitchers, y todo ese tipo de porquerías. Eso no iría conmigo. Y el dinero, lo más que gané como manager fue 125.000 $ con los Cachorros, lo cual para ese momento me hizo uno de los managers mejor pagados. Ahora ellos ganan millones.
Sobre jugar desde el banco: “Durocher fue un gran provocador desde banco, eso es bien sabido. Pero em aquellos días podías gritar desde el banco. ‘Pégasela en la oreja’, cosas como esa. ‘¡Túmbalo!’ Hoy no se hace eso. Caramba, vi a Leo ir al plato y ser noqueado cuatro veces seguidas. Nunca se quejó. ¡Todos se gritaban entre si!”
Sobre los Gigantes de 1965: “El mejor equipo que dirigí. No tenía campocorto ni segunda base. No podíamos hacer el dobleplay. Si hubiera contado con eso, hubiese ganado el banderín esos cuatro años. Tratamos con varios campocortos y segundas bases, pero no pudimos encontrar quien sellara esos huecos, Teníamos cinco futuros inquilinos del Salón de la Fama en ese equipo Gaylord Perry, Orlando Cepeda, Juan Marichal, Willie Mays y Willie McCovey. Le enseñé a Gaylord Perry a lanzar la bola de saliva; eso fue lo que lo consagró. Ganamos 90 juegos tres veces en esas cuatro temporadas y terminamos segundos cada vez. Hoy ganas 90 juegos y estás en los playoffs”.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
lunes, 13 de junio de 2016
Desde un Infielder Central para un Espíritu Familiar.
Jeff Wallach. The New York Times. 28 de mayo de 2016.
Hubo una época no hace mucho tiempo, cuando los jóvenes aficionados al deporte escribían cartas reales a sus héroes y a veces recibían de vuelta una foto o hasta una nota o carta, no de un agente de relaciones públicas, sino del propio atleta. A veces la respuesta venía autografiada, sin factura incluida.
Por eso le escribí en 1971, mediante un amigo de la familia, al campocorto de los Mets, Bud Harrelson. Mis esfuerzos eran como esos buscadores de inteligencia extraterrestre, al enviar una señal en la oscuridad con la esperanza de que algo podría responder desde allá. Yo quería la dirección de la casa de Harrelson para invitarlo a mi bar mitzvah, el cual sería en dos años. También invitaría al Presidente Richard M. Nixon y a Don Adams, el actor que había protagonizado la comedia “Get Smart”.
Harrelson fue lo suficientemente caballero para responder mi carta. Respondió en una hoja de papel de cuaderno que había circulado entre compañeros de equipo y coaches para que la firmaran, y en 1971 esos individuos incluían a Tom Seaver, Nolan Ryan, Gil Hodges, Yogi Berra y otros quienes, con Harrelson, fueron parte de los Milagrosos Mets de 1969, el equipo que ganó la Serie Mundial y me enseñó que absolutamente todo era posible.
Harrelson, debería refrescarse, fue también el coach de tercera base del equipo de campeonato de los Mets en 1986 que será homenajeado esta semana en Citi Field. Él fue quien acompañó a Ray Knight hasta el plato luego que la pelota pasara entre las piernas de Bill Buckner en el sexto juego.
Pero ese fue un milagro diferente. De vuelta a 1971, él se disculpó por no poder dar la dirección de su casa pero me animó a escribirle a Shea Stadium. También me aconsejó mantenerme en la escuela, aunque en ese momento tenía 11 años y no estaba pensando en desertar para probar suerte en las mayores.
En nuestra era actual, cuando se muestra memorabilia deportiva autografiada en eBay por miles de dólares, estoy menos interesado en saber cuanto cuesta ahora esta carta que lo que me llevó a escoger a Harrelson como mi pelotero favorito.
Despues de todo, él solo pesaba 82 kilogramos y tenía un promedio de bateo vitalicio de .236. Era apodado alternativamente Twiggy, o Mighty Mouse o Minik Hawk. En un equipo de extrovertidos, él pasaba desapercibido, aunque siempre fue divertido, como cuando contó acerca de la notoria trifulca con Pete Rose en 1973, “Lo golpeé en el puño con mi ojo”.
Pero Harrelson también era un pequeño mago con guante de gran fildeador, un alquimista humilde en el shortstop quien podía escamotear un sencillo desde el contínuo del tiempo y el espacio y convertirlo en dobleplay. Terminó su carrera con un porcentaje de fildeo de .969, ganó un guante de oro en 1971 y participó en dos Juegos de Estrellas. También podía crecerse en algunas ocasiones, como cuando bateó uno de los pocos jonrones de su carrera sobe la cabeza de Rose en su primera visita a Cincinnati luego de la pelea.
Ahora veo que algo en Harrelson reflejaba la manera como yo me veía cuando era un muchacho: Que yo tenía un poder sutil pero inherente, un brillo por pulir que se revelaría cuando más se necesitara, como al tomar instintivamente un roletazo caliente sobre el terreno y convertirlo en arte con un pivot y un latigazo por debajo del brazo hacia primera base. Nunca sería Rusty Staub, lo sabía desde entonces, pero seguramente había otras maneras de destacar.
Cuando Harrelson se enfrentó a Rose aquel día de octubre de 1973, desafiando a uno de los peloteros más duros (quien también pesaba 20 kilogramos más que él), yo sentí como si me hubieran reconocido por mis habilidades ocultas, esas cualidades que algun día saldrían de mi como una aparente línea buena para un doble que luego ascendiera hasta sobrar la cerca. Fue como si Harrelson supiera esto de mi antes que lo hiciera, y por eso es que me había respondido la carta
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
martes, 7 de junio de 2016
Cincuenta años del no-hitter de Sonny Siebert.
Cleveland 2 vs Washington 0, 10 de junio de 1966.
No-Hitters. The 225 games 1893-1999. Rich Westcott and Allen Lewis,2000.
Como muchos pitchers antes y después de él, Wilfred Charles (Sonny) Siebert no empezó su carrera profesional en el montículo. El espigado derecho quién nació el 14 de enero de 1937 en St. Mary’s, Missouri, empezó a jugar profesional con el Batavia de la New York-Penn League como jardinero. Se convirtió en pitcher a tiempo completo en 1960 y llegó a las Grandes Ligas en 1964 con los Indios de Cleveland. También lanzó con los Medias Rojas de Boston, antes de hacer paradas al final de su carrera con los Rangers de Texas, Cardenales de San Luis, Padres de San Diego y Atléticos de Oakland.
Totales de Grandes Ligas: Años: 12 (1964-1975). Juegos 399. Ganados: 140. Perdidos: 114.
A pesar de contar con varios lanzadores destacados, los secundones Indios de Cleveland no habían tenido un juego sin hits ni carreras en 15 años cuando Sonny Siebert subió al montículo el viernes 10 de junio en Municipal Stadium ante los Senadores de Washington. Phil Ortega estaba en la lomita de los Senadores que ocupaban el octavo lugar de la clasificación.
Ante una asistencia de 10.469 aficionados, Siebert, dueño de una marca de 4-4, efectuó 116 pitcheos mientras ponchaba siete y concedía un boleto. Solo dos Senadores se le embasaron mientras Siebert enfrentaba solo 29 bateadores.
Siebert, cuyos envíos incluían una buena recta y curva con excepcional control, tuvo casi todo a su favor. Empezó dominando a Don Blasingame con elevadito a tercera base en el primer inning, retiró 13 bateadores seguidos. Ponchó a Eddie Brinkman y a Ortega en el tercer inning, y no fue hasta que, con dos outs, Jim King conectó un elevado corto a la izquierda que un bateador de los Senadores le sacó la pelota del cuadro.
El lanzador de los Indios tuvo un juego perfecto hasta que caminó a Dick Nen con un out en el quinto inning, Nen se congeló en primera base cuando Siebert abanicó a Don Lock y retiró a Paul Casanova con rodado al campocorto.
Solo otro bateador de Washington llegó a primera base. Eso fue en el octavo inning cuando con dos outs Casanova la rodó en conteo de 2-2 hacia el segunda base Chico Salmon, Salmon tomó la pelota pero su tiro a primera fue contra el suelo y Fred Whitfield no lo pudo manejar. A Salmon le apuntaron error. Casanova, sin embargo, se quedo varado en primera base mientras Siebert ponchaba con tres envíos al bateador emergente Bob Chance para terminar el episodio.
Salmon había hecho una buena jugada en el sexto inning cuando con dos outs atacó un bote alto de Blasingame sobre el montículo, y sacó al corredor por medio paso en primera.
Los Senadores solo batearon dos pelotas con fuerza, abriendo el séptimo inning, Bob Saverine en conteo de 3-2, metió un candelazo por la raya de primera base que tomó Whitfield. En el octavo, Lock bateó una línea por tercera base en conteo de 0-1 sobre una curva y Max Alvis atrapó la pelota de un salto.
Siebert no tuvo problemas en el noveno inning. Llevó al emergente Fred Valentine a la cuenta completa antes de obligar al jardinero de los Senadores a rodar la pelota por los predios del segunda base Dick Howser. Blasingame entregó el segundo out en roletazo a Whitfield en conteo de 2-2, este pasó la pelota a Siebert quien cubrió primera base. El último out llegó cuando Bob Saverine bateó un manso elevado a la izquierda donde Chuck Hinton, quien había entrado como reemplazo defensivo al comienzo del inning, atrapó la pelota.
Leon Wagner le dio a Siebert todas las carreras que necesitaba con un jonrón solitario en el segundo inning. La otra carrera de los Indios llegó en el terecr inning cuando Victor Davalillo negoció boleto, robó segunda base y anotó con sencillo de Salmon.
Siebert continuó con una buena temporada, dejó marca de 16-8 y lideró la Liga Americana en porcentaje de juegos ganados.
Traducción: Alfonso L. Tusa C. 19-05-2016.
jueves, 2 de junio de 2016
Cuando el deporte que amas no te corresponde.
Corinne Landrey. The Hard Ball Times. 14-04-2016.
La primera rutina diaria propia que recuerdo adoptar fue tomar la página deportiva en el desayuno cada mañana y revisar los box score. Yo decodificaba las columnas tituladas “AB”, “H”, y “R”. Estudiaba las tablas de posiciones y veía a los equipos subir y bajar al ritmo de “Gs y Ps”. Me preguntaba porqué los pitchers con grandes números en la columna de efectividad solo aparecían en un box score cada quinto día. Yo tenía 5 años de edad.
Mi amorío de la niñez con el beisbol no es particularmente único. Buscaba oportunidades para comprar barajitas de beisbol en la tienda de barajitas local. Pasé muchas horas jugando a lanzar la pelota cada verano con amigos y con mi papá. Tenía dificultades cada noche al quedarme dormida escuchando la voz de Harry Kalas en el radio que había al lado de mi cama. Yo era virtualmente idéntica a cualquier otro niño que amaba el beisbol con una excepción notable: yo era una niña.
Mi realidad como niña quien amaba al beisbol es que a través de mi vida el beisbol ha reforzado constantemente su mensaje de que aunque siempre soy bienvenida como seguidora, el beisbol no es en realidad para mi. El rechazo sutil pero firme del beisbol hacia mi empezó cuando tuve la edad suficiente para jugar en una liga recreacional y, como muchas otras muchachas a lo largo del país, fui urgida a jugar softbol en vez de beisbol.
Como niña, no se cuestiona la realidad que te toca vivir y si eso significaba que softbol era lo más cercano que podía llegar a jugar el deporte que yo amaba, así sería. Jugué desde la escuela primaria y a través de la secundaria sin un solo lamento. Me gustaba tener una prueba física de mi amor por el juego, aunque ese no era exactamente el juego. Pero con la perspectiva que proporciona el tiempo y la adultez, estoy impresionada por el absurdo de todo eso. Yo quería al beisbol pero el beisbol no me quería. El mensaje era tan claro como el cristal: El beisbol no es para ti, es para muchachos.
Cuando yo estaba en mi último año de escuela secundaria, una estudiante de primer año hizo la prueba de softbol y calificó para el equipo de la escuela. Una de primer año logrando jugar en el equipo titular era tan notable como parece, pero ella no solo hizo el equipo, se convirtió en la campocorto regular. Era extraordinariamente talentosa y yo recuerdo estar celosa por el camino que ella había tomado para llegar hasta ahí. La temporada cuando ella se convirtió en nuestra campocorto regular fue su primera ocasión jugando softbol. ¿Cómo lo consiguió? Ella había rechazado la restricción arbitraria del beisbol para las muchachas por tanto tiempo como fue posible y encontró la manera de jugar beisbol todo el trayecto a través de la escuela media. Cuando llegó a la escuela secundaria, sin embargo, finalmente fue forzada a cambiar su guante de beisbol por uno de softbol porque el beisbol rechazaba seguir aceptándola.
Esto no es percibido como algo de poca importancia o como una reacción exagerada a un comentario benigno. Este es un aislamiento real y prevalente desde el juego que las muchachas y, por extensión las mujeres, experimentan. Con este entorno, una retórica como la que usó el manager de los Azulejos, John Gibbons en la primera semana de la temporada solo sirve para profundizar la separación entre las aficionadas y el juego que aman. En respuesta a que su equipo fuera penalizado por un deslizamiento ilegal, Gibbons opinó “tal vez usaremos vestidos mañana. Tal vez eso es lo que todos están buscando”. Este no es solo un comentario, sino parte de un aparentemente patrón infinito de conducta en el beisbol en el cual la femineidad es presentada como inferior.
A pesar de ser forzada a ser una extraña mirando el beisbol, mi amor por el juego nunca ha disminuido. Al crecer en una época dorada de las películas de beisbol, yo devoraba cada cinta de beisbol que podía. A League of Their Own permanece como una de mis películas favoritas de todos los tiempos hasta este día y otras favoritas de la niñez incluían a El Novato del Año, Little Big League, y especialmente, The Sandlot. Yo tenía The Sandlot en VHS y la vi suficientes veces como para aun tenerla memorizada. El romance de la relación entre el beisbol y los niños que lo juegan fue mágica para mi. Y aún así, una de las partes más intensas de la película es un recordatorio de cómo el beisbol es un mundo en el cual no puedo pertenecer por completo.
La escena es un tributo a la gran tradición beisbolera de decir groserías y ocurre cuando un arrogante grupo de niños de un equipo famoso llega al solar y reta a nuestros queridos protagonistas a un juego. Nuestro héroe en la escena es Hamilton “Ham” Porter quien encara a un obsesivo idiota en una guerra viciosa de insultos.
En caso de que no lo recuerden, aquí está el diálogo:
Ham: ¡Ten cuidado, imbécil!
Jerk: ¡Cállate, idota!.
H: ¡Tarado!
J: ¡Come charco!
H: ¡Huele nalgas!
J: ¡Lame culo!
H: ¡Huele peo!
J: ¡Tú desayunas mierda de perro!
H: ¡Tú mezclas tu cereal con los pellejos de los pies de tu mamá!
J: ¡Tú te pones manzanas como senos en el baño… y te gusta!
H: ¡Tú juegas como una NIÑA!
Y justo con eso, se terminó la pelea. Ham ha lanzado el más vicioso de los insultos viciosos. El idiota grita incrédulo que alguien se atreva a comparar sus habilidades con las de una niña.
Solo es una broma. Lo sé. The Sandlot fue ambientada en los años ’60 cuando una broma a costa de la femineidad estaba entre los tipos de juego más domésticos. Pero como las declaraciones de Gibbons nos recordaron recientemente, las referencias a la femineidad como un rechazo característico no ocurren solo en las bromas de películas de otras épocas, ellas permanecen como parte del beisbol vernáculo moderno ( y de la cultura vernácula estadounidense, en ese tema).
Hace un año, el comentarista radial de los Filis y legendario inquilino del Salón e la Fama, Mike Schmidt se refirió a un tiro desviado como “afeminado”. Cuando Jessica Mendoza debutó como analista en la cabina de un juego televisado a nivel nacional por ESPN, los críticos se esmeraron en explicar porque ella no pertenecía allí. Los comentarios de Gibbons no fueron un tropiezo descuidado, fueron los últimos en una larga línea de lenguaje divisorio en el juego.
Luego de recibir críticas por su comentario, Gibbons dijo “el mundo necesita bajar la intensidad un poco”. Esta es una respuesta común. Después de todo, estas son solo bromas o alusiones de bromas acerca de cómo… Bien, aquí está la cosa, ¿Cuál es exactamente la anécdota? ¿Cuál es la broma? ¿Qué la femineidad es débil e inferior?
Nombre las personas más fuertes que conoce. La lista de cada quien variará pero muchas respuestas incluyen “mi esposa”, “mi mamá”, “mi abuela”. Todos conocemos o hemos conocido mujeres fuertes, así que no puede haber nada que niegue que las mujeres sean fuertes. Si esa no es la broma, entonces, tiene que ser que las mujeres son atletas inferiores ¿cierto?
He visto muchos deportes en mi vida y disfrutado momentos heroicos desde jonrones decisivos hasta atrapadas fantasmales hasta canastas al filo del reloj, pero si me pidieran que nombrara la actuación más contundente o corajuda que he visto, no hay duda de cual momento vendría primero a mi mente. Durante los Juegos Olímpicos de verano de 1996, el equipo de gimnasia femenina de Estados Unidos estaba a un evento de asegurar una medalla de oro en la competencia de conjuntos. Luego de algunos errores de sus compañeras, Kerri Strug se paró frente al potro como la competidora final. Si ella tenía éxito, el equipo ganaría el oro, pero si fallaba, el equipo ruso se convertiría en campeón olímpico. Luego de lesionarse el tobillo en el primer intento, Strug cojeó hacia su posición para hacer su segundo intento. El resto es historia:
Ejecutó una maniobra gimnástica de clase mundial en un pie en el momento más importante de una carrera que hasta la fecha permanece entre los logros atléticos más asombrosos que haya visto. Y eso fue realizado por una muchacha de 18 años de edad hace 20 años.
En la actualidad, una de las principales contendientes por el título arbitrario del atleta más dominante del mundo es la tenista Serena Williams. Ella es totalmente eléctrica en la cancha y tiene 21 campeonatos individuales de grand slam, una superestrella si alguna vez hubo una.
Cualquier discusión de los equipos deportivos estadounidenses más grandes estaría incompleta sin mencionar el conjunto femenino de baloncesto de la University of Connecticut. A principios de este mes, UConn vencía a sus oponentes en el torneo NCAA 554 por 305 en vía de asegurar su cuarto título nacional consecutivo y décimo desde 2000. Su actual seguidilla de 75 victorias se debe a un despliegue de dominio atlético que es inspirador.
Podríamos pasar todo el día enumerando los asombrosos logros atléticos de las mujeres. Así que de eso no puede tratar la broma tampoco.
Lo cual nos lleva a esta verdad inconveniente: la femineidad como anécdota deportiva simplemente no es divertida. ¿Por qué se sigue escribiendo la retórica sin base e insultante de “solo una broma” cuando es completamente claro que no hay ninguna broma siendo hecha? Ese es un lenguaje derivado de una cultura en la cual la masculinidad es injustificadamente mantenida por encima como un ideal atlético sobre la femineidad y eso debe parar.
“Si estas bromas no son divertidas, ¿por qué no las ignoras?”
He pasado mi vida entera subestimando el hecho de que el sexismo esta tejido en la tela del beisbol. Nadie me excluyó intencionalmente empujándome a jugar softbol en vez de beisbol o de hacer bromas a costa de mi género. Eso no fue personal. Pero es un hecho que existe en la cultura deportiva y ha impactado la relación entre el beisbol y sus seguidoras.
Como mecanismo de auto-defensa, siempre he dejado de lado los comentarios sexistas y continuaré haciéndolo, pero antes de seguir adelante es crítico condenar estos comentarios cuando son hechos. Si el comentario de los “vestidos” de Gibbons fuera solo un incidente, no merecería segundos comentarios, pero ese no es el caso que enfrentamos. No hablamos de una opinión aislada o de un puñado de opiniones aisladas. Hablamos de una extensa cultura deportiva la cual permite el sexismo casual y refuerza una y otra vez que la presencia de sus seguidoras en el beisbol no sea tan válida como la de sus contrapartes masculinos.
No hay fanaticada de beisbol “correcta” o “superior”. Mi historia no es más o menos válida que la de cualquier otro aficionado porque la mía sea la de un amor de toda la vida por el deporte. Hay aficionados de toda la vida, aficionados casuales, y recién llegados al deporte. Hay aficionados de diferentes géneros, razas, orientaciones sexuales y entornos socioeconómicos. Una hermosa consecuencia del hecho de que el beisbol es un deporte tan brillante que atrae una amplia variedad de personas en diferentes etapas de sus vidas. Toda fanaticada es válida y el mundo del beisbol es más que lo suficientemente grande para recibir y alentar todos los tipos de aficionados.
Major League Baseball se asocia y promueve iniciativas de beisbol juvenil para ayudar a adoptar el amor por el juego en personas que descubren el juego a una joven edad. Los equipos reciben aficionados que vienen de diferentes comunidades a eventos tales como Irish Heritage Night o African-American Heritage Night o Pride Night. Hay programas de extensión y educación para ayudar a motivar a los adultos que apenas descubren el juego y hay programas diseñados para conectar a las aficionadas con el beisbol. Estos son ejemplos fantásticos de las maneras en las cuales el beisbol está tomando acciones para construir un ambiente inclusivo, pero eso no es suficiente.
Mientras la institución del beisbol ha hecho grandes avances para llegar hasta los diferentes tipos de amantes del juego, las caras del beisbol, jugadores, managers, y comentaristas, aún no han mostrado disposición para comprometerse con medidas similares de inclusión. Los comentarios de John Gibbons son solo los más recientes en una línea constante y estable de retórica acéfala que ha permeado al beisbol en toda su existencia. Si la intención era disminuir el valor de las mujeres en el beisbol es irrelevante. Sus comentarios no ocurrieron en un lugar aislado, sino en el gran contexto de una cultura beisbolera que estable y consistentemente ha reforzado el hecho de que ese juego no es para mujeres. Necesitamos dejar de disimular la marginalización de un gran grupo de aficionados con la excusa de “es solo una broma” y enfocarnos en continuar construyendo una cultura que muestre decencia y prácticas inclusivas hacia todos sus aficionados.
Acerca de Corinne Landrey: Escribe acerca de los Filis de Filadelfia en Crashburn Alley.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
martes, 31 de mayo de 2016
El beisbol que conocí
A medida que transcurre el tiempo lo único que persiste del juego que conocí, son sus bases estructurales: nueve episodios, tres outs, tres strikes, cuatro bolas, gana quien anote más carreras.
En el juego que conocí, el pitcher bateaba y a pesar de que ocupaba generalmente el noveno turno de la alineación, en muchos casos era capaz de estrellar la pelota de la cerca o sacarla del parque, robar una base o correr todas las bases para apuntarse un jonrón dentro del parque. Con respeto de los grandes peloteros que terminaron en ese rol, ahora hay que cargar con ese monumento del trabajo a medio tiempo que es el bateador designado, por más que intente ejercitarse o meterse en el juego desde el dugout, siempre será otro integrante de la banca a medio tiempo.
Cuando llegaba al estadio disfrutaba dos o tres naranjas al natural que vendían en la entrada, a menos que se lleven desde la casa, eso se terminó, ahora solo se encontrará alimentos procesados o preparados sobre la marcha.
También me encontraba a dos o tres tipos con una bolsa de chapas o cartones, gritaban “Fulano paga”. Metían la mano en la bolsa y decían tercera base visitador o catcher home club. Subía la tribuna y casi nunca acertaba, la única vez que gané encontré al vendedor comprando una arepa fuera de la tribuna. Disculpa mi pana, ya iba a subir a llevarte tu premio.
Los pitchers lanzaban nueve, diez, doce y hasta quince innings o más en un juego desde el beisbol amateur y si les tocaba correr las bases desde primera base hasta el plato, luego aparecían para el cierre del inning con su mejor disposición. Ahora les cuidan el brazo, con tal paranoia que cada vez mas los sacan del juego cuando todavía tienen mucho en la bola y ni siquiera llegan a los noventa pitcheos.
Los pitchers salían a buscar elevados y roletazos por sus predios del montículo, se preparaban para eso. Ahora la mayoría se aparta para que venga el receptor o los jugadores del cuadro a realizar la jugada, cada vez están más encasillados en lanzar la pelota hacia el plato a una velocidad exagerada cuando lo importante es la ubicación y el ángulo del lanzamiento.
En conteo de 0 bolas y dos strikes muy rara vez un pitcher venía por el medio, la práctica era bordear la zona o lanzar contra el piso, o alto y afuera. Ahora es impresionante como varios lanzadores dejan la pelota sobre el plato en 0 y 2.
En la jugada de dobleplay, el segunda base o el campocorto pivoteaban en un salto para evitar la barrida del corredor. Ahora se salen de la base y pierden fracciones de segundo que pudieran ser claves en la consumación de la jugada.
Los peloteros entraban y salían corriendo al terreno de juego, ahora solo algunos lo hacen.
Los pitchers sabían lanzar con tal precisión adentro que era normal la cantidad de lanzamientos en esa zona y por tanto más difícil para los bateadores ejecutar su trabajo. Ahora si un lanzador asoma un envío cercano al bateador, el árbitro casi de inmediato le hace una advertencia de expulsión.
El locutor interno se remitía a indicar el bateador de turno, los cambios de lanzadores y otros jugadores. Ahora parece más un animador de feria popular en el lugar menos apropiado, por cuanto rompe el encanto de seguir la estrategia del juego con los sonidos de fondo de estadio (los gritos de los vendedores, las discusiones de los fanáticos, el silencio de la conversación entre el pitcher y su receptor, la tensión de un blanqueo, la magia de un sin hits ni carreras).
Muchos peloteros regresaban a jugar luego de algún golpe fuerte en una jugada, cuando todo parecía indicar que esos pelotero saldrían del juego porque se los habían llevado en camilla, regresaban como si nada aun cuando le hubiesen podido tomar puntos de sutura internos y externos en el dugout.
Los peloteros pasaban un tiempo firmando autógrafos y conversando con los aficionados antes de los juegos. Ahora apenas si miran a las tribunas.
Había mucha práctica de squeeze play, bateo y corrido, mover los corredores con elevados a los jardines o al extremo contrario del cuadro, se dragaba la pelota entre el pitcher y el segunda base. Ahora todo se reduce al batazo largo o el linietazo, o en su defecto el ponche.
Cuando un corredor llegaba a primera base, se mantenía silencioso buscando los movimientos del pitcher, explorando las señas del catcher, intentando descubrir alguna escaramuza del primera base, en ningún momento se descuidaba hablando con el contrincante.
Al terminar cada juego había una especie de tribunal que llamaban la “corte de los canguros”, allí se trataban todos los errores cometidos durante el juego y cada pelotero debía pagar una multa de acuerdo a la gravedad del error, cada vez que lo recaudado llegaba a cierta cantidad, entre los peloteros decidían si el dinero lo destinaban para apoyar a los niños pobres y enfermos o si organizaban una fiesta entre ellos si el equipo estaba jugando bien.
Los juegos dominicales empezaban a las once de la mañana y eran toda una compañía en el trayecto desde la casa a la playa, el encuentro con la familia materna, los preparativos del almuerzo, cada entrada al mar se veía seguida por una salida cuando la brisa traía algún requiebre emocional de la voz del narrador en la transmisión radial.
Cada quince días había un juego sabatino en el estadio Cesar Nieves de Catia La Mar, empezaba a la 1 p.m. y nos sorprendía buscando la emisora que transmitía el juego entre las sombras del limonero del pasillo posterior de la casa de mis padres, unos sábados se sintonizaba mejor justo al pie del limonero, otros al fondo del pasillo, debajo de los bloques de dibujo. Allí la fruición por saber del juego, nos hacía olvidar las picadas de las más coloradas hormigas, la inclemencia solar y hasta los picotazos de algún cucarachero que sentía invadido su territorio.
Los managers estaban pendientes de los mínimos detalles beisboleros o personales de sus peloteros y tan pronto se violaba una norma del equipo había una reunión inmediata para subsanarla.
En muchas ocasiones los equipos se las ingeniaban para hacer carreras sin imparables, el primer bateador negociaba boleto, robaba segunda base, pasaba a tercera con toque delante del plato hacia los predios de tercera base, y anotaba con elevado de sacrificio hacia el jardín derecho. Entonces el pitcher se encargaba de dominar a los contrarios por nueve episodios, casi nunca se escuchaba una queja de sus compañeros o los periodistas en referencia a que el pitcher no había recibido respaldo ofensivo, porque había conciencia de la calidad de los lanzadores.
Si había corredores en base y conectaban un batazo profundo a los jardines, el pitcher corría para hacer la asistencia detrás de tercera base o del plato según fuese el caso y en muchas ocasiones realizaban outs sorprendentes.
Muy rara vez se veía que un pitcher viniera por el medio del plato cuando un bateador tenía conteo de 0 bolas y dos strikes. Lo más cercano que venían del plato eran lanzamientos a las esquinas.
Si un bateador hacía swing y le salía un ratoncito delante del plato igual corría como si fuese asunto de vida o muerte. Si por alguna razón el bateador no corría, el manager lo sancionaba y era posible que no estuviera en la alineación del juego siguiente.
Un pitcher dominante no era el que ponchaba más rivales, era quién hacía más outs con menos lanzamientos.
Cuando un lanzador perdía algo de velocidad en sus envíos, no era una tragedia, simplemente era la oportunidad de demostrar que era un pitcher de verdad, que podía sobrevivir colocando la pelota alrededor de la zona de strike.
Los catchers corrían con cada roletazo al cuadro para hacer la asistencia detrás de primera base.
Luego de una derrota dolorosa, los peloteros podían pasar casi una hora sentados en el dugout, con el guante en las manos, intentando descifrar donde había estado la razón del error cometido.
El segundo bateador de la alineación, en muchas ocasiones, tocaba la pelota, negociaba base por bolas, bateaba hacia el lado derecho del terreno, con el propósito de adelantar al corredor, también era capaz de batear líneas cortas y hasta sacar la pelota del parque cuando era necesario.
Muy pocas veces los managers hacían configuraciones defensivas específicas para determinado bateador, por lo general cada pelotero se ubicaba de acuerdo a lo que su experiencia e intuición le indicaban del momento y las características de cada bateador.
Alfonso L. Tusa C.
Esquina de las Barajitas: Dick McAuliffe.
Bruce Markusen. 04 de septiembre de 2009.
Nunca he conocido o entrevistado a Dick McAuliffe, pero su rostro siempre me ha recordado alguien famoso del Hollywood de los años ’30 o ’40. Tal vez por eso sus compañeros de equipo lo llamaban “Muggsy”. Con esa apariencia oscura y esas cejas pobladas, ambas muy evidentes en su barajita final de Topps en 1974, parecía un pandillero de una película de Edward G. Robinson. O quizás podría tener un giro más ligero como uno de los Bowery Boys (“Slip” y “Sach”) de Leo Gorcey y Huntz Hall.
No era solo el rostro de McAuliffe lo que era distintivo entre los jugadores de ligas mayores. No podría haber existido un bateador entre los años ’60 y ’70 con un estilo de bateo más inusual que el de McAuliffe. Tenía una forma de pararse en el plato tan abierta que prácticamente quedaba de frente al pitcher, como una versión zurda de un pelotero más reciente, el antíguo tercera base de los Orioles y Azulejos, Tony Batista.
Mientras veía al pitcher, McAuliffe mantenía el bate ridículamente alto en el aire, tan alto que parecía una caricatura de un estilo de bateo de ligas mayores. Mantenía el bate tan arriba de su cabeza que dejaba a Carl Yastrzemski y Bobby Tolan, otros dos que mantenían alto el bate, en vergüenza total. Mientras el pitcher lanzaba la pelota, McAuliffe bajaba sus manos y levantaba su pierna derecha hacia el plato, al estilo del gran Mel Ott. El estilo de bateo de McAuliffe era tan peculiar que a menudo era imitado por los jóvenes aficionados de la época, a quienes también les gustaba el movimiento rítmico de aspas de molino con que Willie Stargell movía el bate, y el aleteo de pollo de Joe Morgan con su codo.
El estilo de bateo y los rasgos faciales de McAuliffe solapaban otra realidad significativa: Él era un jugador muy bueno. Lleno de intensidad y firmeza (tenía que tener firmeza con ese rostro), se convirtió en uno de los héroes anónimos de varios equipos muy buenos de los Tigres. Aunque usualmente estaba a la sombra de estrellas más populares como Norm Cash, Willie Horton y el inquilino del Salón de la Fama, Al Kaline, McAuliffe jugó un papel clave como abridor de la alineación y segunda base.
No era el abridor prototipo d los años ’60; muchos de los bateadores abridores de esa época tenían altos promedios de bateo y habilidad para robar bases. McAuliffe no sobresalía en ninguna de esas areas. Su juego se basaba más en la habilidad para negociar boletos y subir su porcentaje de embasado significativamente por encima de su mediocre promedio de bateo. Dos veces logró más de 100 boletos en una temporada y regularmente pasaba de 60 pasajes gratis en una campaña. Tambien bateaba con cierto poder para un infielder del medio del terreno, a menudo despachaba de 15 a 20 jonrones por año, una rareza para un segunda base de ese tiempo. Y jugaba la intermedia muy bien, combinaba buenas manos con el alcance de un campocorto y habilidad para hacer el dobleplay. Dada su abundancia de fortalezas en ambos aspectos del juego, McAuliffe era una joya sabermétrica en una época cuando tal cosa no era tan utilizada como lo es hoy.
La mayor parte de los años ’60, McAuliffe llenó un papel importante como baluarte de los Tigres. Siguió siendo un pelotero clave mientras el equipo mejoraba, hasta convertirse en eventuales campeones mundiales. Como abridor de los Tigres durante su temporada de campeonato en 1968, Muggsy probó ser productivo y confiable, al liderar la Liga Americana con 95 carreras anotadas mientras no bateó para dobleplay ni una vez.
McAuliffe se mantuvo con los Tigres por cinco temporadas más. Mientras envejecía a principios de los años ’70, eventualmente fue alternado con otro veterano segunda base, Tony Taylor. Aunque había declinado claramente a los 32 años de edad, Muggsy fue parte del memorable equipo de 1972 que Billy Martin guió al título de este de la Liga Americana antes de sufrir una dura derrota en el playoff ante los eventuales campeones mundiales Atléticos de Oakland.
En 1973, McAuliffe rebotó ofensivamente, bateó 12 jonrones y se embasó 36 porciento del tiempo compartiendo el tiempo de juego con Taylor. Al elevar su valor de cambio, los Tigres negociaron a McAuliffe a los Medias Rojas por Ben Oglivie, para ese momento un joven bateador quien tenía dificultades para conseguir un puesto de regular en los jardines repletos de Boston. Oglivie mostraría chispazos de poder en cuatro temporadas con Detroit, pero la partida de McAuliffe dejó la segunda base en las manos sobreexigidas de Gary Sutherland. McAuliffe no sería reemplazado adecuadamente hasta la llegada en 1977 de un novato llamado Lou Whitaker.
El cambio a Boston le permitió a McAuliffe jugar cerca de su pueblo de Farmington, Conn. Eso también le dio la oportunidad de estrellar la pelota regularmente contra el monstruo verde de Fenway Park. Desafortunadamente, las piernas de McAuliffe empezaron a fallarle, tanto en el campo como en el plato. Participó en 100 juegos en 1974, pero eventualmente perdió el puesto de titular con el joven y más atlético Doug Griffin. Después de la temporada, los Medias Rojas le dieron a McAuliffe su libertad incondicional.
Con su carrera aparentemente terminada, los Medias Rojas le dieron un respiro y lo llevaron de vuelta a Boston en agosto de 1975. McAuliffe con 35 años apareció en siete juegos, pero quedó fuera del roster de postemporada, perdiendo la oportunidad de jugar en aquella legendaria Serie Mundial contra Cincinnati. Aún así, los Medias Rojas no olvidaron al popular McAuliffe. Aunque él solo había jugado unos pocos juegos en agosto y septiembre, los patirrojos lo premiaron con un anillo de campeones de la Liga Americana, el mismo anillo que le entregaron a Yaz, Carlton Fisk, y Luis Tiant.
McAuliffe merecía ese anillo como un tipo de reconocimiento vitalicio. Nada menos que una autoridad como Bill James ha catalogado a McAuliffe como el vigésimosegundo mejor segunda base de todos los tiempos. Eso no es suficiente para llevarlo al Salón de la Fama, pero coloca a McAuliffe solo a un par de escalones por debajo de Cooperstown. Si fue su subestimada efectividad como pelotero, o su extraño estilo de bateo, o esa cara legendaria, Muggsy siempre será un pelotero memorable para este autor también.
Acerca de Bruce Markusen
Bruce Markusen es el gerente de Digital and Outreach Learning at the National Baseball Hall of Fame. Ha escrito siete libros de beisbol, incluyendo biografías de Roberto Clemente, Orlando Cepeda y Ted Williams, y A Baseball Dynasty: Charlie Finley’s Swingin’ A`s, el cual fue premiado con la Seymour Medal de SABR.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
viernes, 27 de mayo de 2016
Esquina de las Barajitas: 1972 Topps: Bobby Tolan.
The Hard Ball Times. 29-06-2012. Bruce Markusen.
Solo por una vez me gustaría ver a un bateador de Grandes Ligas pararse en el plato usando un sweater. Supongo que habría un pitcher o dos quienes han bateado usando una chaqueta, pero no puedo recordar haber visto eso en 40 años de ver beisbol de Grandes Ligas Cierto, el bateador quien entrara a la caja de bateo usando un sweater sentirá restringidos los movimientos de sus brazos, pero luciría bien, ¿no?
Al posar para su barajita Topps de 1972, Bobby Tolan no solo nos da la apariencia del sweater, sino que también provee una visión de su particular estilo de bateo. Tolan siempre colocaba sus manos tan ridículamente por encima de su cabeza que te hacía preguntar como podía poner el bate en posición de conectar lo suficientemente rápido para impactar una recta de Grandes Ligas. Puedo recordar otros dos peloteros quienes bateaban en una posición similar, ellos son el inquilino del Salón de la Fama Carl Yastrzemski y el eterno pero ahora retirado infielder utility, Craig Counsell, pero pienso que Tolan se gana el premio por mantener sus manos más arriba que cualquiera.
Otro elemento sobresale en la barajita de Tolan. Nótese que Topps lo nombra como “Bob” Tolan. De hecho, hasta su última barajita Topps en 1980, la compañía continuó identificándolo como Bob. No puedo recordar muchas instancias donde haya oído que lo llamaran así. Desde que llegó a mi consciencia durante la Serie Mundial de 1972, ha sido “Bobby” Tolan, como Bobby Bonds, o Bobby Murcer, o Bobby Bonilla.
Cualesquiera sean mis recuerdos de su nombre o estilo de bateo, no hay duda de que Tolan fue un buen bateador en su apogeo. Firmó originalmente con los Piratas en 1963, pero como primera base, no como jardinero. Conocidos por su voluntad para firmar y promover peloteros afroamericanos, los Piratas apreciaban el supremo atleticismo de Tolan, su velocidad como corredor, un cuerpo ideal para el beisbol. Pero los Piratas lo perdieron luego de solo una temporada de ligas menores; fue seleccionado en el ahora extinto draft de primer año por la astuta organización de los Cardenales, la cual también reconocía el gran potencial de talentos que Tolan poseía.
Sabiamente, los Cardenales sacaron ventaja de la velocidad de Tolan al moverlo desde primera base a los jardines. Tolan avanzó rápidamente en el sistema de los cardenales. En 1964 y 1965 bateó por encima de .290, robó más de 30 bases, y mostró poder ocasional. Al final de la temporada de 1965, los Cardenales decidieron darle su primera dosis de pitcheo de Grandes Ligas, pero claramente no estaba listo. Solo tenía 19 años, la misma edad que tiene Bryce Harper hoy, pero no tan desarrollado en sus destrezas. Tolan bateó un pálido .188 en algunos juegos al final de la temporada y regresó a AAA al comienzo de la temporada de 1966.
Un buen comienzo en la nueva temporada llevó a Tolan de vuelta a San Luis en mayo de 1966. Aún seguían con dificultades en el plato, necesitó otro boleto de retorno al Tulsa AAA. No sería hasta 1967 que Tolan ganaría alguna estabilidad en San Luis.
Con los veteranos Lou Brock, Curt Flood y Roger Maris sólidamente establecidos como regulares, el manager Red Schoendienst ubicó a Tolan como su cuarto jardinero. Al jugar como respaldo de Flood en el centro y Maris en la derecha, y también proveer descanso ocasional a Orlando Cepeda en primera base, Tolan se convirtió en un decente colaborador en el papel de respaldo, le daba a los pájaros rojos una dosis de velocidad y un soplo de poder. Jugó lo suficientemente bien para permanecer en el roster todo el verano, y en la Serie Mundial contra los Medias Rojas. Tolan no jugó mucho en la serie, pero se ganó un anillo cuando los Cardenales se apoderaron del campeonato.
Tolan siguió como respaldo con los cardenales de 1968, pero su producción disminuyó, porque siguió mostrando una alarmante falta de paciencia en el plato (solo negoció 13 boletos en casi 300 apariciones en la caja de bateo). Aún así, Tolan se ganó otro puesto en un roster de Serie Mundial, mientras los Cardenales perdían la serie en siete juegos ante los Tigres.
Para ese momento, los Cardenales se habían frustrado con las fallas de Tolan para mejorar su bateo y corrido de bases, esto último se hacía evidente en su mediocre número de bases robadas. Aunque solo tenía 22 años, los Cardenales se preguntaban si alguna vez se desarrollaría como jardinero a tiempo completo. Así que pocos días después de la Serie Mundial, los Cardenales cambiaron el potencial de la juventud por la cantidad conocida de un veterano probado. Enviaron a Tolan y al relevista del lado del brazo Wayne Granger a los Rojos por Vada Pinson, una estrella que venía de su peor temporada en las mayores como regular. Coincidencialmente, Pinson era uno de los peloteros que Tolan había admirado desde joven.
Algunas veces un cambio de escenario puede ser el mejor remedio para un pelotero en dificultades, y ese fue el caso de Tolan y los Rojos. Al jugar en el jardín derecho y el central, Tolan se estableció en la alineación diaria de los Rojos, a menudo bateaba segundo detrás de Pete Rose y delante de un joven Alex Johnson. El juego de Tolan explotó, al descargar 21 jonrones, robar 26 bases, y registrar un OPS de .821. El único lunar en el juego de Tolan era su contínua tendencia a hacerle swing a pelotas malas; negoció boleto solo 27 veces en 152 juegos.
Tolan corrigió ese defecto en 1970. Consiguió más del doble de los boletos del año anterior, elevó su total hasta 62. Lideró la Liga Nacional con 57 robos y bateó un reluciente .316, lo suficientemente bueno para recibir unos votos para el premio al jugador más valioso. Continuó su buen juego en la postemporada, al batear un jonrón en el segundo juego de los playoffs y empujar la carrera ganadora en el tercer juego. Tolan también agregó un jonrón durante la derrota de los Rojos ante los Orioles en la Serie Mundial. A la edad de 24, Bobby Tolan se había convertido en una estrella legítima.
Los Rojos creían tener al verdadero sucesor de Pinson en el jardín central. Mientras Tolan no tenía tanto poder como Pinson en sus mejores años, si tenía más velocidad, más alcance, y un mejor swing. Todo estaba bien en el jardín central en Cincinnati.
O así parecía. Durante el invierno, Tolan decidió jugar algo de baloncesto, violando una clausula del contrato con los Rojos. Como Jim Lonborg (accidente de ski) antes de él y Aaron Boone (baloncesto) después de él, la actividad de postemporada le costó mucho a Tolan. Mientras jugaba un juego de exhibición a beneficio, Tolan se dobló completamente el tendón de Aquiles, una lesión severa para cualquier pelotero pero particularmente devastadora para un jardinero quien basaba su juego en la velocidad. Antes que empezara la temporada de 1971, la campaña de Tolan había terminado. Tolan había puesto su carrera en peligro.
Así que para el momento cuando su barajita Topps de 1972 estaba siendo distribuída, los Rojos ya sabían que no recibirían nada de Tolan esa temporada. Los Rojos no estaban complacidos. Como la organización más conservadora del juego, la gerencia de los Rojos, liderada por Bob Howsam, estaba furiosa porque Tolan había violado una clausula específica de su contrato que le prohibía jugar baloncesto en el invierno.
Con Tolan fuera de la temporada, los Rojos optaron por el Plan B, el cual implicaba mover al joven de 22 años George Foster al jardín central. Foster tenía poder con el madero, pero sus destrezas defensivas estaban mejor adaptadas para jugar en el jardín izquierdo, y fue claramente sobre exigido en el centro. Las opciones de respaldo eran aun menos apropiadas: los jardineros Buddy Bradford y Ty Cline. Con un gran hueco en el jardín central, y poca producción procedente del bateo ligero de sus infielders centrales, los Rojos terminaron cuartos en el oeste de la Liga Nacional. La gerencia de los Rojos descargó mucha de la culpa por la mala temporada en los pies del lesionado Tolan.
Aunque Tolan tenía poco como defenderse por el pobre juicio que había mostrado al jugar baloncesto en invierno, empezó a trabajar en un esfuerzo por recuperarse de una lesión que esencialmente había terminado la carrera de otros peloteros. Para su crédito, Tolan puso todo su empeño en la rehabilitación, trabajó para fortalecer su talón lesionado y piernas. Anonadó a los escépticos, se recuperó lo suficiente para regresar a tiempo con los Rojos para la inauguración, la cual había sido retrasada por la huelga de peloteros.
Tolan participó en 142 juegos en 1972, destacable para un pelotero que regresaba de una torcedura del tendón de Aquiles. Pero hizo algo más que jugar, recuperó una buena parte de su antigua producción. Bateó un respetable .288, impulsó un tope en su carrera de 88 rayitas, y lo más increíble, robó 42 bases. Tolan jugó tan bien que ganó el premio al Regreso del Año de la Liga Nacional y también estuvo nominado al Hutch Award, dado al pelotero quien mejor ejemplifique el espíritu de lucha del antíguo manager de Grandes Ligas Fred Hutchinson.
Tolan jugó su cuarta Serie Mundial ese otoño, cuando los Rojos enfrentaron a los insurgentes Atléticos de Oakland. Robó cinco bases contra Oakland, pero hizo un error clave en el séptimo juego, lo que llevó a una carrera crítica y una eventual derrota ante los Atléticos en un memorable clásico de siete juegos.
Nadie lo pudo haber sabido en ese momento, pero la temporada de 1972 representaría el último gran momento de Tolan con el uniforme de los Rojos. Aunque todavía tenía 26 años, y había recuperado buena parte de su velocidad luego de la lesión del tendón de Aquiles, su carreras empezaría a caer en baches.
La temporada de 1973 se convirtió en un desastre épico para Tolan. Tuvo la peor temporada ofensiva de su carrera, su promedio de bateó declinó hasta casi .200. Perdió su trabajo en el jardín central para hacerle espacio a César Gerónimo. Su actuación afectó su actitud, lo cual resultó en varios altercados con la gerencia de los Rojos, la cual aún estaba enojada por haberse lesionado el tendón de Aquiles.
Específicamente, Tolan tenía una espalda adolorida que precipitó muchos de los problemas. El director de personal de peloteros, de los Rojos Sheldon “Chief” Bender, ordenó a Tolan reportarse temprano en la mañana para una cita médica. Tolan se quejó con Bender por lo temprano de la cita, lo cual encendió un asalto de gritos en el cluhouse, entre los dos hombres. Tolan no asistió a la cita programada.
Los Rojos lo multaron con 200 $ por insubordinación y lenguaje abusivo, y 100 $ por perder la cita. También trataron de ponerlo en la lista de incapacitados, pero el presidente de la Liga Nacional, Chub Feeney determinó que Tolan no estaba lo suficientemente lesionado. Tolan permaneció en el roster activo, pero se encontró ocupando el banco, había su posición en el jardín derecho aon el joven Ken Griffey. Tolan respondió introduciendo una demanda contra los Rojos a través de la Asociación de Peloteros. (En retrospectiva, Tolan había reclamado que estaba legítimamente lesionado, pero que los Rojos no le creyeron y lo forzaron a seguir jugando esa temporada estando lesionado. El dolor de espalda se pudo haber manifestado en el mal juego de Tolan).
El descontento general de Tolan se mostró también con los rivales. Mientras los Rojos se preparaban para un juego en Dodger Stadium, Tolan gritó al veterano Willie Crawford. Habían sido amigos desde que jugaban pelota en la escuela secundaria, y Crawford simplemente estaba tratando de ofrecer su ayuda en un momento difícil, pero Tolan lo retó a pelear.
Más tarde en agosto, Tolan abandonó el equipo sin permiso por dos días. Cuando regresó, tenía barba, lo cual violaba la política estricta de los Rojos contra el vello facial . Sparky Anderson le recordó a Tolan las reglas, y el jardinero respondió afeitándose la barba. Pero varias semanas después, empezó a dejarse la barba de nuevo.
Tolan también empezó a negarse a participar en las prácticas de fildeo y bateo, Además de enfrentarse a la gerencia, ahora era un paria entre sus compañeros de equipo. Hacia finales de septiembre los Rojos se hastiaron; el 27 de septiembre la gerencia lo suspendió por el resto de la temporada, incluyendo la serie de playoff contra los Mets.
Tolan nunca jugaría otra vez con los Rojos. Ese invierno, Cincinnati lo cambió a los Padres por el joven pitcher derecho Clay Kirby. Mientras estaba con los Padres a principios de 1974, Tolan supo que había ganado su demanda contra los Rojos. Un árbitro demandó que los Rojos le devolvieran los 300 $ con que lo habían multado. Pero esas no fueron suficientes buenas noticias para Tolan. El demandó que los Rojos se disculparan públicamente por haberlo agraviado, pero la gerencia de Cincinnati rechazó cumplir ese deseo.
El cambio a San Diego marcó el inicio de la etapa vagabunda de la carrera de Tolan. A pesar de que él se había establecido como una estrella con los Rojos, no pasó de ser más que un jugador promedio con los Padres. Fue incapaz de recuperar la forma de su regreso en 1972, y se quedó corto respecto a los niveles de jugador de juego de estrellas que había establecido en 1969 y 1970. Despues de dos temporadas mediocres en el sur de California, los Padres le dieron su libertad incondicional. Desempleado por primera vez desde su debut profesional en 1963, Tolan firmó un contrato de bajo presupuesto como agente libre con los Filis.
Tolan bateó .261 como jardinero a medio tiempo con los Filis, quienes avanzaron a la serie de campeonato de la Liga Nacional antes de perder con el antiguo equipo de Tolan, Cincinnati. Un comienzo terrible en la temporada de 1977, significó su despido. Tolan firmó con los Piratas, pero continuó con dificultades con un promedio de bateo por debajo de .200, por lo cual volvió a ser agente libre al final de la temporada.
Por segunda vez en su carrera, Tolan se encontraba en una encrucijada. Cuando ningún equipo de Grandes Ligas mostró interés en él, optó por irse al lejano oriente, donde firmó con los Hawks de Nankai. Luego de una pobre temporada en Japón, y sin otra opción que escoger, Tolan firmó para jugar en la Liga Interamericana. Cuando la liga desapareció 3 meses después, Tolan quedó desempleado. Sorpresivamente recibió un llamado de los Padres a finales del verano, lo agregaron como jardinero de reserva. Pero solo bateó .190 en 25 apariciones y quedó en libertad a mediados de octubre.
Aunque solo tenía 33 años, la carrera de Tolan como jugador activo había terminado. Así como había empezado su carrera a la temprana edad de 19, sus días en Grandes Ligas terminaron muy prematuramente.
Afortunadamente, Tolan le gustaba a los Padres. Cuando emplearon a Jerry Coleman como manager para la temporada de 1980, le ofrecieron un puesto a Tolan en su cuerpo técnico, en el cual se mantuvo hasta 1983. Durante la huelga de 1981, los Padres reasignaron a Tolan para trabajar con sus bateadores jóvenes en el equipo filial Clase A de Walla Walla. Fue allí donde Tolan se convirtió en el primer coach de bateo de un joven jardinero llamado Tony Gwynn.
Tolan está retirado del beisbol organizado. Aunque aún entrena a un equipo perennemente exitoso de una liga de verano colegial en Houston. Aún lejos de la escena de las ligas mayores, él ha estado ligado a la controversia, aunque no estuvo involucrado directamente en el incidente original. A finales de 2008, su hijo Robbie de 23 años de edad, jugador de ligas menores para ese momento, recibió un disparo de un policía en su propia calle de Bellaire, Tex. La bala perforó el pulmón del joven Tolan, antes de alojarse en el hígado. Las lesiones causadas por la bala terminaron su carrera profesional.
El oficial, quien es blanco, había confundido a Robbie Tolan con un ladrón de carros. Robbie estuvo desarmado a través del incidente y no violó la ley. Los Tolan reclamaron que Robbie había sido una víctima de un perfil racial y llevaron al departamento de policía a la corte, pero un jurado decidió que el disparo fue justificado. Luego un juez invalidó la demanda civil de los Tolan contra el oficial.
He oído a Tolan discutir el incidente con los entrevistadores. Bien hablado y razonable en sus argumentos, Tolan me ha persuadido de que su hijo fue una víctima inocente, y hubiera salido ileso si hubiese sido blanco. No estuve allí, pero el recuento de Tolan del incidente es convincente.
Desafortunadamente, como en sus dificultades con los Rojos, la situación con el hijo de Tolan terminó desfavorablemente. Debió haber terminado mejor, asi como sigo pensando que una carrera plagada por las lesiones y las controversias debió haber terminado mejor también.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
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