lunes, 17 de octubre de 2016

Todo lo que se necesita saber acerca de los Cachorros de Chicago de 1908.

Scott Ferkovich. The Hard Ball Times. 07-10-2016. Los Cachorros de Chicago han tenido un verano maravilloso hasta el momento. Sus fanáticos, los cuales son una legión, están confiados en que los hombres de Joe Maddon arrollarán a través de los playoffs. A medida que este equipo avance, oiremos más acerca de que ellos no han ganado una Serie Mundial en 108 años. Sabemos mucho acerca de la entidad de beisbol de North Side de 2016, pero podemos no estar tan familiarizados con los Cachorros de 1908. Por una cosa, ese equipo ni siquiera jugaba en North Side. Wrigley Field todavía estaba a pocos años de ser construido por los Whales de Chicago de la Federal League (De hecho, su nombre original sería Weeghman Park, por el dueño del equipo Charles Weeghman). Los Cachorros en 1908 jugaban en una estructura de madera dilapidada llamada West Side Park, situada en un pedazo de tierra limitado por Polk Street al norte, Taylor al sur, Wood al este, y Lincoln (ahora Wolcott Avenue) al oeste. Esa area en la actualidad es el hogar de la University of Illinois en Chicago Medical Center. Los Cachorros empezaron la temporada de 1908 como los dos veces campeones defensores de la Liga Nacional. Luego de perder ante los Medias Blancas del otro lado de la ciudad dos años antes, ellos vencieron a los Tigres de Detroit de Ty Cobb en 1907. Chicago ganó el primer juego, pero el segundo fue decretado empate 3-3 luego de 12 innings debido a la oscuridad. Los Cachorros barrieron los próximos tres juegos para llevarse la serie. Volvieron a enfrentarse contra Detroit en 1908, y ganaron. Que año aquel. Teddy Roosevelt despachaba desde su oficina en la Casa Blanca. Un Ford Model T, recién salido de la línea de ensamblaje podía ser adquirido por $850. Oklahoma se convirtió en estado. Jack Norworth escribió “Take Me Out To The Ballgame”. Y los Cachorros de Chicago eran una dinastía. Eso fue dos años antes de que Franklin Pierce Adams escribiera el poema, “Baseball’s Sad Lexicon”, más popularmente conocido como “Tinker to Evers to Chance”. Pero el trío de cachorros de oso estaba en su apogeo en 1908. Se ha escrito mucho acerca de cómo esa puede no haber sido una gran combinación de double-plays como sugiere su reputación. El gurú de la sabermetría, Bill James, sin embargo, cree que ellos fueron tan buenos como se decía, basado en una fórmula que ideó llamada “expected double plays” (“dobleplays esperados”). El campocorto Joe Tinker, el segunda base Johnny Evers, y el primera base Frank Chance se combinaron para 491 dobleplays entre 1906 y 1910, lo cual los empata en el tercer lugar de la Liga Nacional. James, sin embargo, luego de investigar algunos números, concluyó que ellos realizaron 50 dobleplays más de lo que se hubiera esperado. En cuanto a F.P. Adams, él era un columnista de periódico y experto en canciones de despecho. Tendríamos que tomarle la palabra en que Tinker-to-Evers-to-Chance eran las más tristes de todas las palabras. Chance, quien también era manager de los Cachorros, había empezado su carrera como catcher. Luego de amenazar con retirarse antes que aceptar un cambio permanente a primera base en 1903, él aceptó, para desarrollarse como uno de los mejores fildeadores del juego en la posición. Fue un inteligente corredor de bases, lideró las mayores en bases robadas en 1903 (67) y 1906 (57). Evers tenía 26 años de edad en 1908, y era poseedor de uno de los apodos más inusuales en la historia del beisbol: The Human Crab (El Cangrejo Humano). De hecho con su reducida contextura parecía más un camarón que un hombre. Para la mayoría de las personas, él se ganó el apodo por la manera como se deslizaba a través del infield para tomar los roletazos. Su personalidad irritable pudo haber sido la razón. “Ellos dicen que él es un cangrejo”, dijo un manager de él, “y quizás tienen razón. Pero me gustaría tener 25 cangrejos como ese jugando para mí”. Joe Tinker era un guante estelar en el campocorto. Él y Evers supuestamente tuvieron un encontronazo en 1906 y dejaron de hablarse por décadas. Tinker, sin embargo, mantuvo que la situación nunca fue tan mala, y que la prensa sacó todo fuera de proporción. Sin embargo eso funcionaba para vender las copias de un gran periódico. Tinker lideró a los Cachorros en 1908 con un WAR de 7.9; solo Honus Wagner de los Piratas de Pittsburgh tuvo una figura más alta en todo el beisbol (11.5) Para completar el infield estaba el tercera base Harry Steinfeldt, quien tenía uno de los brazos más potentes de su época. El cátcher, Johnny King era, en palabras del pitcher de los Cachorros Ed Reulbach, uno de los más grandes que usó una máscara. También era el campeón mundial de billar de 1908. El jardinero izquierdo Jimmy Sheckard podía hacerlo todo en un terreno de beisbol. Evers decía que Sheckard era “más una gran pieza de la vieja máquina invencible de los Cachorros, que el crédito que recibía por serlo”. En 1901, se convirtió en el primer pelotero del siglo 20 en batear dos jonrones de bases llenas en una temporada. Sheckard también era un gran hablador de tonterías. La mayor parte del tiempo podía respaldarlas. La víspera de la serie de 1906, había alardeado que batearía .400 contra el pitcheo de los Medias Blancas. Terminó sin imparables en 21 turnos al bate, sin poder sacar la pelota del infield. El 2 de junio de 1908, Sheckard estuvo involucrado en una pelea a puñetazos en el clubhouse con el compañero de equipo Heinie Zimmerman que casi fue trágica. Durante el enfrentamiento, el novato Zimmerman agarró el objeto más cercano, una botella de amoníaco, y se la lanzó a su oponente, el vidrio se quebró al golpear a Sheckard en la cara. Sheckard fue afortunado al no perder un ojo, pero estuvo incapacitado por varias semanas. El joven jardinero Frank Shulte era del tipo supersticioso; siempre andaba buscando ganchos de cabello, los cuales el sentía que eran indicadores de cómo le iría en el plato ese día. Un gancho de cabello pequeño significaba que podría irse de 4-0; uno grande y podía contar con un par de imparables. Antes que terminara su carrera de 15 años, se robaría el plato 22 veces. Solly Hoffman fue un valioso utility de los Cachorros, capaz de jugar en cualquier parte que lo pusiera Chance. También jugo un papel clave en una de las jugadas más famosas de la historia del beisbol, pero hablaremos de eso más adelante. En el montículo, los Cachorros tenían a un grupo formidable anclado por el derecho de 31 años de edad Mordecai Peter Centennial “Three Finger” Brown. Cuando era un muchacho, Brown perdió la mayor parte de su dedo índice derecho en un accidente con un instrumento agrícola. Poco después, mientras perseguía a un conejo, se cayó y se rompió otro dedo de la misma mano, lo cual se lo incapacitó permanentemente. Una vez que empezó a jugar beisbol, Brown descubrió que su mano afectada le permitía lanzar una curva tremenda. Un seis veces ganador de 20 juegos con los Cachorros, terminó su carrera con 223 triunfos. Ed Raulbach, otro abridor quien lanzaba una curva devastadora, pitcheó 44 innings seguidos en blanco durante un lapso de 1908, el record de la Liga Nacional para la época. A fines de septiembre, él lanzó dos juegos completos sin permitir carreras en un doblejuego, el único grandeliga que hizo eso. Brown y Reulbach se combinaron para 53 victorias en 1908. El pitcher Orval Overall era uno de los pocos grandeligas de su época que había asistido a la universidad. Graduado en ciencias agrícolas en la University of California Berkeley, fue elegido presidente de su clase de primer año. Como Brown y Reulbach, tenía una curva agresiva. Jack Pfiester era el único abridor zurdo de los Cachorros. Conocido como “Jack the Giant Killer”, él blanqueó al equipo de John McGraw nueve veces en su carrera de ocho años, con una marca de 15-5. Los Cachorros de 1908 fueron los beneficiarios de la famosa jugada “bonehead” de Fred Merkle. El 23 de septiembre, los Cachorros estaban empatados en el primer lugar con los Gigantes de Nueva York, con los Piratas a solo juego y medio. Merkle, un primera base de 19 años de edad, había permanecido en el banco la mayor parte de la temporada, pero estaba recibiendo la oportunidad de empezar el juego contra los Cachorros en un juego en Polo Grounds. Este compromiso de finales de temporada quizás contó con la jugada más controversial en la historia del beisbol. El futuro inquilino del Salón de la Fama, Christy Mathewson fue el pitcher abridor por Nueva York, con Jack The Giant Killer Pfiester subiendo al montículo por Chicago. Con el marcador igualado 1-1 en el cierre del noveno episodio, Merkle fue a batear con dos outs y Moose McCormick en primera base. Merkle despachó imparable a la derecha, y McCormick avanzó hasta tercera base. El próximo bateador, Al Bridwell, conectó el primer pitcheo hacia el jardín central para un aparente imparable de ganar el juego. McCormick bailó al pasar sobre el plato, la multitud de Polo Grounds se lanzó a celebrar sobre el terreno, y Pfiester bajó del montículo entristecido. En ese punto, se derramó la locura. Merkle, a mitad de camino entre primera y segunda, vio a los fanáticos invadiendo el terreno después del imparable de Bridwell. Al no querer ser atropellado, inmediatamente se volteó y corrió hacia el dugout de los Gigantes el cual estaba en lo más profundo del jardín central de Polo Grounds. Evers, al notar que Merkle nunca tocó segunda base, empezó a gritar y hacer señas a Hoffman en el jardín central para que lanzara la pelota. Evers conocía el libro de las reglas del beisbol de cabo a rabo, incluyendo la sección 4.09, la cual decía claramente que “Una carrera no será validada si el corredor avanza hasta el plato durante una jugada en la cual el tercer out es forzado”. Se presentó un remolino por la jugada. Al confrontar las versiones de lo que ocurrió a continuación se dibuja una imagen de confusión. El resultado fue que Evers eventualmente recibió la pelota y buscó la segunda base en aquel mar de personas. Pisó la almohadilla para forzar a Merkle, y el árbitro dio la señal de out, a pesar de las protestas de los Gigantes. El juego no pudo continuar debido a la gran cantidad de personas que había en el terreno, y fue declarado empate. Los Gigantes, por supuesto, sintieron que su victoria había sido birlada por un tecnicismo . Chicago y Nueva York terminaron la temporada regular en primer lugar con marcas idénticas de 98-55, y necesitaron un juego extra. Los Gigantes perdieron, para terminar su verano descontentos, mientras los Cachorros fueron a la Serie Mundial por tercer año seguido. Una vez más, los Tigres de Detroit probaron no ser rivales para los poderosos Cachorros, Chicago ganó en cinco juegos, los dos últimos fueron blanqueos de Brown y Overall. Frank Chance y sus hombres bailaron en el terreno de Bennett Park de Detroit para celebrar su segundo campeonato seguido de Serie Mundial. Desde entonces, los Cachorros han ido a la postemporada 14 veces, incluyendo siete viajes a la Serie Mundial (ninguno desde 1945), pero se han quedado cortos. Así que levantemos una copa por los Cachorros de Chicago de 1908, hace tiempo idos pero no olvidados. ¿Estará la ciudad de los vientos brindando por un nuevo campeón esta postemporada? Acerca de Scott Ferkovich Scott Ferkovich es miembro de la Society for American Baseball Research. Sus artículos acerca de la historia del beisbol han aparecido en páginas web tales como Seamheads.com, TheNationalPastimeMuseum.com, y DetroitAthleticCo., y ha revisado libros de beisbol para Spitball Magazine. Scott fue editor del libro de SABR, Detroit the Unconquerable: The 1935 World Champion Tigers. Está trabajando duro en su próximo libro, Green Seats and Yellow Mustard: Fifty Great Games at the Corner of Michigan and Trumbull. Él vive cerca de Detroit. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

lunes, 10 de octubre de 2016

Esquina de las Barajitas: Reggie Smith y el cachorro joven.

Bruce Markusen Los trabajadores del Salón de la Fama también son aficionados al beisbol y les gusta compartir sus historias. Aquí está la perspectiva de un aficionado desde Cooperstown. Siempre me han fascinado las barajitas de beisbol que muestran más de un pelotero. Después de todo, el beisbol es un juego de acción y movimiento, un deporte de equipo que implica interacción, a veces hasta colisión, entre peloteros de dos bandos opuestos. Así que es natural que muchas barajitas de acción muestren dos o hasta tres peloteros a la vez. A veces es el “otro” pelotero en la barajita quien nos llama más la atención, sea por su jerarquía en el juego, o por su prominencia en la barajita. Este fenómeno ha ocurrido repetidamente en las barajitas de beisbol a través de los años. Lo noté por primera vez en la colección de Topps de 1972, la cual tenía una serie de barajitas “In Action”. Una de las barajitas retrataba a John Ellis, un primera base de los Yanquis de Nueva York. Mientras Ellis abre en primera base, lo vemos cuidado por Harmon Killebrew, el primera base del Salón de la Fama de los Mellizos de Minnesota. Esa podría ser fácilmente la barajita de Killebrew; el toma tanto espacio en el cartón como Ellis. Curiosamente, la presencia de Killebrew no le agrega valor monetario a la barajita. Aún así es considerada una barajita de John Ellis, una barajita común que puede ser procurada por un par de dólares si no te molesta adquirir una pieza de esa condición. En algunos casos, las barajitas muestran dos peloteros estrella de igual peso. Un ejemplo perfecto puede ser observado en la colección Topps de 1973. Es la barajita de Willie McCovey, una imágen en acción tomada durante un juego vespertino en San Francisco. Al batear en un juego contra los Rojos de Cincinnati, McCovey ha bateado de foul hacia la tribuna de tercera base. McCovey y el catcher miran hacia su izquierda, tratando de seguir la pelota. El catcher, quien es totalmente evidente, no es otro que Johnny Bench. Asi que haga su elección, un McCovey de pie o un Bench agachado. De cualquier modo, no puede perder con estos dos íconos del Salón de la Fama. Este fenómeno ocurrió a menudo en la colección de 1973, la cual se especializó en tomas de acción de larga distancia que incluían varios peloteros. Otro ejemplo es la barajita de Steve Garvey. Vemos a Garvey siendo felicitado por sus compañeros luego de batear un jonrón, aparece Wes Parker, cuyo apellido y número son completamente evidentes en la espalda de su uniforme. Pero el ángulo de la fotografía impide ver totalmente a Garvey. (El resto de la cara de Garvey es mostrada en sombra, lo cual hace indistinguibles sus rasgos). Podría alegarse que la barajita debería ser la de Parker y no la de Garvey. Sigamos un momento más con la colección Topps de 1973, los coleccionistas pueden encontrar a Bert Campaneris en otras barajitas además de la suya. Campaneris aparece en no menos de otras tres barajitas de peloteros: las pertenecientes a Bob Oliver, George Scott y el pitcher Bill Hand. Parecía que cada vez que un fotógrafo de Topps como Doug McWilliams aparecía en el Oakland Coliseum, estaba listo para capturar a Campy con su cámara. También hemos visto imágenes de otros peloteros en años más recientes. La barajita Topps 1986 de Tany Perez lo muestra recibiendo un “high five” de su compañero Eric Davis. La barajita Topps 1991 de mariano Duncan lo muestra eludiendo en un deslizamiento al inquilino del Salón de la Fama, Ozzie Smith. Y entonces está la terrífica barajita Topps 2014 de Jayson Werth, la cual lo muestra en el dugout señalando hacia las tribunas mientras sus compañeros de equipo Ian desmond y Anthony Rendon miran. Con todo esto en mente, llegamos a la barajita Topps 1983 de Reggie Smith. En el momento que fue publicada esta barajita, quizás solo los aficionados de los Cachorros de Chicago pudieron haber identificado inmediatamente al otro pelotero de la barajita. Por supuesto, más de tres décadas después, la identificación es más obvia. De hecho, es un inquilino del Salón de la Fama. El jugador en cuestión es Ryne Sandberg; parta el momento cuando fue tomada esa fotografía, durante la temporada de 1982, Sandberg era un tercera base novato de los Cachorros. (Despues se mudaría a segunda base, donde ganaría mucho de su fama por su excelsa defensiva). Vemos a Sandberg regresar sin apuro a primera base en un intento del pitcher por sorprenderlo, con Smith recibiendo el lanzamiento. Pienso que es justo decir que Sandberg regresa a la base quieto y sin incidente, al menos al juzgar por la manera casual como “Ryno” parece regresar a la base. Sandberg y Smith no eran los únicos rasgos familiares de la barajita. El otro es el simbólico entorno de Candlestick Park, notable por sus defensas de cadenas a lo largo de la zona de seguridad de los jardines. Ahora demolido, Candlestick Park tuvo sus críticos por mucho tiempo, principalmente debido a los vientos fríos, que calaban hasta lo huesos, que soplaban a través de las tribunas durante los juegos nocturnos, pero siempre pensé que el estadio lucía bien en las fotografías y las transmisiones televisivas. A diferencia de los estadios de Cincinnati, Filadelfia y Pittsburgh, Candlestick Park mantuvo una apariencia distinguida a través de mucha de su historia. Cuando los Gigantes abandonaron la grama artificial y restituyeron la grama natural en 1979, Candlestick de nuevo se convirtió en un atractivo estadio de ligas mayores, por lo menos a la distancia. El entorno provisto por Candlestick y el bono adicional de un inquilino del Salón de la Fama hacen de esta una barajita intrigante en una muy buena colección de Topps. Pero no dejemos de lado al pelotero central, quien agrega más atractivo y encanto a la barajita. Reggie Smith fue una de los peloteros más subestimados de su época, un período que se extiende desde mediados de la década de 1960 hasta comienzos de los años ’80. El hijo de un hombre quien una vez jugara en la Negro American League, Smith llegó a la escena nacional en los años ’60. Fue firmado originalmente por los Mellizos de Minnesota, Smith no fue protegido en el draft de peloteros de primer año. Los Medias Rojas de Boston aprovecharon la oportunidad, y asignaron a Smith a las ligas menores por dos temporadas adicionales de preparación. Smith fue llamado por primera vez a Boston en 1966, pero no consiguió la permanencia hasta 1967. Luego de empezar la temporada en segunda base, se mudó a los jardines, y se convirtió en el jardinero central de los Medias Rojas. El bateador ambidextro Smith descargó 15 jonrones y estafó 16 bases, terminó Segundo de Rod Carew en la votación del novato del año de la Liga Americana. Él siguió mejorando su rendimiento en la Serie Mundial, al batear dos jonrones y tener un porcentaje de slugging de .542 en una dura derrota de siete juegos ante los Cardenales de San Luis. Smith se convirtió en una estrella la mayor parte de los próximos seis años en Boston. Su larga lista de logros con los Medias Rojas incluyeron un guante de oro en 1969 y una temporada de poder en 1971, cuando bateó 30 jonrones y lideró la liga en dobles y bases totales. La actuación de Smith se hizo más impresionante a la luz de las presiones raciales enfrentadas por los atletas afroamericanos que se desempeñaban en la escena bostoniana. Algunos fanáticos de los Medias Rojas le enviaban correos de odio racista; otros expresaban su disgusto en persona, le lanzaban baterías desde las gradas del jardín derecho. Otro incidente ocurrió en su casa, donde algunos asaltantes desconocidos llevaran tambores de basura y los vaciaron en el jardín del frente. Las tensiones raciales de Boston hicieron difícil la vida para Smith. “Boston era claramente diferente de cualquier lugar donde yo hubiera jugado”, le dijo Smith al escritor Howard Bryant, autor del libro Shut Out. “Era la ciudad más dividida donde jugué alguna vez… En Boston, tenías que conocer las normas del lugar. Había sitios donde podías ir, y sitios donde no podías ir. Eso me molestaba, pero así era”. En 1973, Smith logró su mejor OPS con los Medias Rojas, .913, pero también perdió más de 40 juegos por una lesión. Frustrados por las lesiones de Smith, y quizás influenciados por el tratamiento desconsiderado del Boston racista hacia Smith, los Medias Rojas decidieron salir de él. Ese invierno los patirrojos lo enviaron a los Cardenales por Bernie Carbo, otro jardinero talentoso pero no se acercaba al tipo de jugador todoterreno que era Smith. El cambio fue agridulce para Smith, quien había encontrado a Boston difícil, pero también había desarrollado una amistad con Carl Yastrzemski, el pelotero más conocido de los Medias Rojas. Al final, el cambio le trajo buenos resultados a Smith, quien encontró en San Luis más aceptación hacia los atletas estelares negros. Al cambiarse desde el jardín central al derecho, el competitivo Smith disfrutó jugar en la Liga Nacional con su estilo de juego agresivo. Smith tuvo dos temporadas y media productivas en San Luis, pero una oleada de jardineros talentosos convenció a los Cardenales de hacer un doloroso cambio en junio de 1976; enviaron a Smith a los Dodgers por un trio de peloteros: el veterano cátcher/jardinero Joe Ferguson y dos jugadores de ligas menores llamados Bobby Detherage y Freddie Tisdale. El cambio representó el robo de la década para el gerente general de los Dodgers, Al Campanis. Aunque ahora tenía que jugar la mitad de sus juegos en un cementerio de bateadores como el Dodger Stadium, Smith forjó las dos mejores temporadas de su carrera de ligas mayores. A los 32 años, Smith alcanzó números que mostraron un avance, y no una caída, en su actuación. Desafiando su edad, logró topes en su carrera, con 32 jonrones y 104 boletos en 1977, lideró la Liga Nacional con .427 en porcentaje de embasado, y logró el mejor OPS de su carrera 1.003. Con Smith liderando la ofensiva, los Dodgers ganaron el banderín de la Liga Nacional. La actuación de Smith decayó en 1978, pero solo por un margen pequeño. Su OPS de ,942 representó el segundo mejor de su carrera, y sus 29 jonrones y 12 bases robadas ayudaron a los Dodgers a ganar su segundo banderín consecutivo, lo cual colocó a Smith en su tercera Serie Mundial. Continuó jugando en el jardín derecho, donde mostraba uno de los brazos más poderosos del juego. En las próximas tres temporadas, el cuerpo de Smith finalmente empezó a mostrar el paso del calendario. Afectado por una serie de lesiones en su muñeca y hombro, Smith solo participó en 201 juegos en ese período. Ahora de 36 años de edad, Smith salió de los Dodgers campeones mundiales, para firmar un contrato con los rivales Gigantes de San Francisco. Resultó ser un movimiento sabio para San Francisco, quienes pasaron a Smith a primera base, donde compartió tiempo de juego con el subestimado Darrell Evans y el difunto Dave Bergman. Aunque ya no era una estrella, Smith tuvo una temporada sólida. Bateó 18 jonrones, compiló un porcentaje de embasado de .360, y tuvo un porcentaje de slugging de .470. Los Gigantes querían continuar con Smith por otra temporada, pero se encontraron con la competencia de los Giants de Yomiuri de la liga japonesa, quienes casi habían firmado a Smith el invierno previo. Yomiuri superó a San Francisco, al ofrecerle a Smith un contrato de varios años y su barajita Topps 1983 terminó siendo irrelevante. Resultó ser que el dinero fue la única cosa buena de el acuerdo de Smith con la liga japonesa. La personalidad de Smith no compaginó con lo que él consideró una cultura japonesa regresiva. Casi inmediatamente, él chocó con sus coaches. Cuando estuvo inactivo por una legítima lesión de rodilla, los fanáticos lo ridiculizaron con la etiqueta de “El Calientabancos de un millón de dólares”. Smith se ponchaba mucho para los gustos japoneses, se ganó el insultante apodo “Abanico Humano Gigante”. Algunos fanáticos criticaban a Smith por despreciar la cultura japonesa. Unos pocos hasta lo punzaban con epítetos raciales. La situación llegó a su primer punto de ebullición en agosto de 1983, cuando Smith decidió ponerse la camiseta al revés y corrió de espaldas hacia el terreno de juego. El episodio de protesta de Smith enardeció a sus coaches, quienes no estaban acostumbrados a tales actos de rebelión de parte de sus jugadores. Los Gigantes le ordenaron a Smith abandonar el terreno. Más adelante ese mes, los Carp de Hiroshima le lanzaron pelotazos de manera recurrente a Smith, pitcheándole arriba y adentro. Cuando los árbitros no hicieron nada para detener el ataque sobre Smith, él decidió hacer justicia por su cuenta, al reclamar con intensidad ante los peloteros y coaches del banco de Hiroshima. A pesar de todo el conflicto cultural, Smith dejó números impactantes con Yomiuri, al batear 28 jonrones en 263 turnos al bate para empujar a los Gigantes hacia el banderín. Smith permaneció con Yomiuri la próxima temporada cuando la edad y una serie de lesiones finalmente le pasaron factura al toletero de 39 años. La temporada alcanzó su punto más bajo cuando una pandilla de fanáticos asaltó a Smith y su hijo en respuesta a que Smith había golpeado a un fanático de los Tigres de Hanshin un día antes. Al final de su estadía en el lejano oriente, Smith se refirió a la liga japonesa como “atrasada 50 años”. La barajita Topps 1983 de Smith resultó ser su última. Para ese momento, él era mejor conocido que Sandberg, quien fue a la elección del Salón de la Fama en 2005. Irónicamente, Smith se ha convertido en alguien olvidado desde que salió esa barajita, lo cual es desafortunado, dado todo lo qie hizo por los medias Rojas, cardenales, Dodgers, y Gigantes durante una larga carrera. Por su parte, a Smith no parece importarle la falta de publicidad. En una ocasión fue coach de bateo de los Dodgers, donde tutoreó a un joven Mike Piazza, desde entonces Smith salió de la escena de las ligas mayores. Él ha declinado varias ofertas para ser coach y poder trabajar en las sombras como educador de beisbol, enseñando a jugar a los jóvenes en una variedad de campamentos que ha operado. En 2006, Smith ayudó a lanzar Major League Baseball’s Urban Youth Academy, creada como una forma de exponer el juego a la juventud de las ciudades. Para Reggie Smith, ser el “otro” tipo de una barajita de beisbol no parece molestarlo mucho. Bruce Markusen es el gerente de Digital and Outreach Learning at the National Baseball Hall of Fame. Ha escrito siete libros de beisbol, incluyendo biografías de Roberto Clemente, Orlando Cepeda y Ted Williams, y A Baseball Dynasty: Charlie Finley’s Swingin’ A`s, el cual fue premiado con la Seymour Medal de SABR Traducción: Alfonso L. Tusa C.

Detrás de su desespero, José Fernández forjó una vida ebullente.

Tyler Kepner. The New York Times. 25-09-2016. José Fernández estaba nervioso. Ya había logrado mucho, al desertar de Cuba y convertirse en estrella de Grandes Ligas, pero la idea de hablar ante un salón repleto de personas una noche de enero en Manhattan era algo nuevo. Mientras se preparaba para subir al estrado en la cena anual de los premios de los medios escritos, Fernández compartía con el otro novato del año, Will Myers. Parecían niños de preescolar reunidos en el autobús antes del primer día de clases. Hank Aaron estaría en ese estrado, Sandy Koufax, Mariano Rivera y Miguel Cabrera, también. Cuando Fernández supo que estaría entre los primeros oradores, sonrió y pareció exhalar: menos tiempo para preocuparse acerca de su discurso, más tiempo para disfrutar la noche. Hablaría solo por un minuto, y se disculparía por sus nervios. Pero sus palabras contaron una historia poderosa. “Hace seis años, estaba tratando de venir a Estados Unidos, y estuve en la cárcel, pensando que un día jugaría en las Grandes Ligas”, dijo Fernández. “Ahora estoy aquí, al lado de estos muchachos. Aquí hay mucho talento y mucha historia”. Fernández tenía el talento para hacer historia por su cuenta como pitcher derecho dominante de los Marlins de Miami. Esa noche de 2014 no se suponía que fuese la única vez que él recibiera un premio importante. Fernández estaba en camino de ser uno de los grandes del juego cuando falleció este domingo 25 de septiembre, a los 24 años de edad, en un accidente de lancha en Miami Beach. La policía dijo que Fernández y otros dos hombres fallecieron, debido al impacto, cuando una lancha de 32 pies se estrelló contra una pila de rocas- La guardia costera descubrió la lancha en un patrullaje de rutina a las 3:30 am del domingo. Don Mattingly, el manager de los Marlins, rompió en llanto en una conferencia de prensa el domingo en Miami. Los Marlins habían cancelado su juego en casa con los Bravos de Atlanta. “Por más que te hacía enfurecer con algunas de las cosas que hacía, solo veías a ese niño pequeño que ves cuando estás en un juego de pequeñas ligas”, dijo Mattingly- “Esa era la dicha de jugar con José, y la pasión que él sentía por jugar. En eso es en lo que pienso”. La historia de fondo de Fernández fue un cuento de hadas del beisbol. Como adolescente, fue encarcelado por tratar de desertar. Finalmente lo logró en su cuarto intento, a la edad de 15 años en 2008, y salvó a su madre de ahogarse cuando ella se cayó desde la cubierta del barco en aguas turbulentas en su ruta a México. “Así de altas”, le dijo Fernández a The Tampa Bay Times en 2009, levantando su mano muy por encima de su cabeza para describir las olas. “Pensé muchas veces que iba a morir”. Fernández se estableció en Tampa, Fla., y se convirtió en estrella en Braulio Alonso High School. Fue escogido en el puesto 14 del draft de 2011 por los Marlins, fimó por 2 millones de dólares y estuvo en las mayores para 2013. Fernández nunca había pitcheado por encima de Clase A, pero los Marlins no podían retrasar su talento. Lo buscaron en el campamento de ligas menores y le dijeron que se uniera al equipo. “Él hizo su primera apertura aquí en Citi Field”, dijo el manager de los Mets, Terry Collins. “No lo habíamos visto en el entrenamiento primaveral; solo habíamos oído de él. Y cuando el primen envío salió de su mano, el primer pensamiento fue; ‘Guao. Esto es algo especial’”. Fernández tenía una recta de 95 millas por hora, una slider y otros dos pitcheos que dominaba muy bien. En cuatro temporadas, tuvo marca de 38-17 con efectividad de 2.58 y muchos más ponches que innings. La operación Tommy John no retrasó su ascenso, esta temporada, su segunda en el juego de estrellas, tuvo marca de 16-8 y lideró las mayores en ponches por cada nueve innings, con 12.5. Fernández podía irritar a los oponentes. Cuando bateó su primer jonrón, contra Atlanta en 2013, Fernández se quedó en el plato para disfrutarlo. Despues de correr las bases fue saludado con hostilidad por Brian McCann, el catcher de los Bravos. Fernández dijo después que estaba avergonzado por como había actuado Aún así, el protocolo deportivo nunca podría disminuir el picante del estilo de Fernández. Él pitcheó en solo 76 juegos de ligas mayores pero fue una presencia animadora en muchos más. “Cuando él estaba en el dugout”, dijo Jacob deGrom de los Mets, “veías hacia allá y él estaba aupando a su equipo más que cualquiera que hubieses visto”. Fernández se presentó como un puente cultural en el beisbol, al retar las normas del beisbol con entusiasmo desaforado. Sus compañeros apreciaban su sinceridad. “Inicialmente, lo veíamos como ‘¿Quien es este tipo, que viene y actúa así sin haber estado en la liga?’” dijo el cátcher veterano A. J. Ellis de los Filis de Filadelfia. “Él sobresale en el equipo, levanta el puño y grita, anima desde el dugout sin parar”, dijo Ellis. “Pero la consistencia con que lo hacía probaba lo genuino que era. Se podía ver la pasión y el disfrute de jugar, y se nota que no es para burlarse del otro equipo. Es la alegría de competir, la alegría de él y sus compañeros de quipo de ser exitosos. No se puede penalizar a nadie por eso. Se admira a las personas por eso”. Fernández trajo intensidad a un juego modelado más y más por sus jugadores latinoamericanos. Otros dos desertores cubanos, Yoenis Céspedes de los Mets y Yasiel Puig de los Dodgers de Los Angeles, fijaron camisetas con el nombre de Fernández y el número 16 en las paredes de sus dugouts el domingo. “Nosotros los latinos disfrutamos el juego un poco diferente de los estadounidenses”, dijo en español el cátcher de los Mets, René Rivera. “Él disfrutaba el juego y el sabor latino. Su alegría por el beisbol, eso es lo que recordaremos”. Giancarlo Stanton, el jardinero estrella de los Marlins, escribió en Instagram que él había llamado “niño” a Fernández porque parecía un muchacho entre hombres, “aún así, eso hombres rara vez podían competir con él”. Brandon McCarthy, un pitcher de los Dodgers, escribió en Twitter que los peloteros estaban celosos del talento de Fernández, “pero muy adentro pienso que lo que más envidiábamos era la diversión con que él hacía algo tan difícil”. La muerte de Fernández no fue la primera de un pelotero activo en un accidente de lancha. En 1993, dos pitchers de los Indios de Cleveland, Tim Crews y Steve Olin, fallecieron en un accidente durante el entrenamiento primaveral que también lesionó al pitcher Bob Ojeda. Tampoco fue la primera muerte de un jugador activo del Juego de Estrellas; Roberto Clemente y Thurman Munson fallecieron en accidentes aéreos en los años ’70, y Darryl Kile falleció de un ataque cardíaco en 2002. Rara vez ha fallecido tan joven un pelotero con logros. Como Ken Hubbs, un segunda base de los Cachorros de Chicago quién ganó el premio de Novato del Año de la Liga Nacional en 1962 y falleció en un accidente aéreo en 1964, Fernández tenía mucho más por hacer. “Él amaba estar ahí afuera”, dijo Collins, quién dirigió a Fernández en el juego de estrellas en julio. “Esa era su escena. Deseo que más tipos fueran así. Deseo que más tipos se divirtieran, como lo hizo él, jugando al beisbol”. Se suponía que Fernández abriera el lunes contra los Mets en Marlins Park. El juego se realizará. El vacío permanecerá. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

viernes, 7 de octubre de 2016

De tal padre, tal hijo. ¿Te gustan los Cachorros? ¡Nada que ver!

Ben Strauss. The New York Times. 28-09-2016. Cuando yo era niño, tenía una pesadilla recurrente. Me imaginaba entrar al cajón e bateo para mi primer turno al bate en Grandes Ligas, mi nombre era anunciado en los parlantes, seguido de un rugido de la multitud. El sueño se dañaba, sin embargo, cuando yo miraba mi camiseta y veía “Cachorros” impreso en letras rojas brillantes. Como puede ver, yo crecí en una familia inclinada hacia los medias Blancas. Mi papá es un Media Blanca a sangre y fuego, como lo fue su padre. En nuestra casa, los Cachorros eran tanto un enemigo mortal como un equipo de beisbol. Mi padre no compraba en una tienda cercana, Cubs Food, solo debido al nombre (la tienda no tenía nada que ver con el equipo). Él no compraba The Chicago Tribune porque su compañía matriz es dueña de los Cachorros. El pensamiento de usar un uniforme de los Cachorros era suficiente para hacerme llorar. Desafortunadamente, mi carrera en el beisbol se desinfló en mi adolescencia, así que me sentí aliviado de mi pesadilla. Pero este otoño, los fanáticos de los Medias Blancas enfrentan una realidad mucho más aterradora: Los Cachorros, quienes tienen el mejor record del beisbol, son favoritos para ganar su primera Serie Mundial en más de un siglo. Gran parte de Chicago está zumbando de expectativas, Stephen Colbert estuvo en Wrigley Field vestido de vendedor de perros calientes recientemente, lo cual nos deja como los malolientes de la fiesta del jardín. “No puedo escuchar el radio; no puedo abrir el periódico”, me dijo mi padre hace un par de semanas. “Si ellos ganan, yo pudiera mudarme a Canadá”. En Chicago, tienes que escoger un equipo de beisbol. No dos, solo uno. El lado sur pertenece a los Medias Blancas, y el lado norte a los Cachorros. Mi padre es nativo del lado sur, pero yo fui una anomalía, al crecer a menos de una milla de Wrigley Field. Esa podría ser la razón de porque la rivalidad siempre se ha sentido tan personal. Pasé mis años de formación en el equivalente de un territorio ocupado. Tratar de discutir en el campo de juego con una turba de fanáticos de 12 años de los Cachorros, que Frank Thomas, el toletero de los Medias Blancas, es mejor pelotero que Sammy Sosa de los Cachorros. Eso deja cicatrices, créame. Los Cachorros son la obsesión de los fanáticos de los Medias Blancas mucho más que viceversa. Ser fanático de los Medias Blancas en Chicago, o en cualquier parte, es existir a la sombra de los Cachorros. Los patiblancos son el segundo equipo de la segunda ciudad, el insulto avanza, y molesta. Los Cachorros tienen Wrigley Field y su vibrante vecindario, lleno de bares restaurantes elegantes. A través de los años ’80 y ’90, los Cachorros construyeron una audiencia nacional cuando sus juegos fueron transmitidos de costa a costa por WGN, con la narración del querido Harry Caray, un antiguo narrador de los Medias Blancas. Los Medias Blancas, mientras tanto, juegan en un vecindario de clase obrera en un estadio tedioso con vista panorámica de un autopista. Con sólo tres títulos de Serie Mundial (1906, 1917 y 2005) a su nombre, los Medias Blancas han sido perdedores por mucho tiempo, también, solo que sin romanticismo. Así que nos flagelamos, como hicimos durante los playoffs del año pasado cuando un bar del lado sur ofrecía cervezas gratis cada vez que un bateador de los Cachorros despachaba un jonrón. Mi padre a lo largo de su vida, ha observado indiferencia hacia los Medias Blancas en todas partes, especialmente en el lado norte, lo cual refuerza el punto de vista que él me transmitió. Una lavandería cercana a nuestra casa empezó una promoción de los Cachorros, así que dejamos de ir ahí. Nos lamentábamos de la asistencia (los Medias Blancas no han superado a los cachorros desde 1994) y de la cobertura de los medios (nos quejábamos cada vez que los Cachorros encabezan el segmento deportivo de las noticias locales). Cuando la película “Rookie of the Year” apareció en 1993, la boicoteamos. ¿Por qué? El protagonista de la película, un muchacho bendecido con una recta de 100 millas por hora, lanzaba para los Cachorros. Lo que contribuía a hacer más llevaderas esas indignidades a través de los años era la miseria de los Cachorros. Recuerdo escuchar en el radio del carro un juego de los Cachorros en septiembre de 1998. Ellos estaban en medio de la carrera por el banderín, y el jardinero Brant Brown dejó caer un elevado que ocasionó una grave derrota. “¡Noooo!” sollozó el narrador de los Cachorros, Ron Santo, con la voz enronquecida de dolor. Yo estaba tan impulsivo que le di una patada al tacómetro y le dejé una marca. En 2003, vi el colapso de los Cachorros ante los Marlins en la serie de campeonato de la Liga Nacional con una mezcla de miedo y placer. La mañana siguiente a que Steve Bartman, el infortunado fanático de los Cachorros que tomó un elevado de foul, para ayudar a que empezara un ataque de los Marlins en el sexto juego, yo compré una gorra de los Marlins para usarla en la escuela. Manejé mi bicicleta hacia Wrigley la noche del séptimo juego y me paré detrás de la pared del jardín central, desesperado mientras los cachorros perdían. (Mi padre fue al cine las noches de los juegos sexto y séptimo). Mi padre dice que no siempre odió a los Cachorros. Creció en Hyde Park, en el lado sur, y dijo que solo después que se mudó al lado norte en los años ’70, cuando un fanático irritante de los Cachorros, amigo de él, lo llevó a ese camino de resentimiento. La mayoría de los fanáticos de los Cachorros que yo sepa, siempre han estado más preocupados por los Cardenales de San Luis que por los Medias Blancas. El apoyo declarado del Presidente Obama por los Medias Blancas ha sido una buena noticia. Él es nuestra celebridad para contrarrestar la impresionante lista de fanáticos de los Cachorros: Bill Murray, Eddie Vedder y Vince Vaughn, entre ellos. Y estuvo la carrera por la Serie Mundial de 2005. Mi papá estaba en el juego de campeonato en Houston, y recuerdo hablar con él esa noche, con lágrimas en mis ojos. Aún así, no pude evitar imaginar que si los Cachorros hubiesen ganado, todo habría sido más grande, más importante. El título de una columna de Associated Press ese octubre se me quedó grabado: “La Nación de los Medias Blancas es muy pequeña”. A medida que me desarrollé como periodista deportivo, mis intereses por aupar un equipo se diluyeron. No sentí ninguna malicia mientras cubría la transformación de los Cachorros ejecutada por Theo Epstein, llevándolos de equipo secundario a contendor. Si hubiese tenido 10 años habría estado molesto y disgustado, pero está bien. Dejar ir una vida de odio se siente bien. Si los Cachorros lo ganan todo en octubre, lo veré desde mi nueva casa en Washington, y estaré feliz por mis amigos quienes han sido seguidores de los Cachorros toda una vida. También pensaré en mi papá. Imaginó que se pondrá a llenar un crucigrama en casa, con el televisor apagado, las persianas cerradas y el teléfono desconectado. Pero a medida que las calles se llenen de fanáticos de los Cachorros, también pensaré en toda una vida de memorias de los Medias Blancas con él, desde mi primer dia inaugural, cuando tenía tres años de edad, hasta la Serie Mundial de 2005. Pensaré en los perros calientes y los aros de cebolla asada y aprender a anotar el beisbol. Espero que mi papá pueda encontrar algo de solaz en eso. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

jueves, 6 de octubre de 2016

Las historias íntimas del Monstruo Verde de Fenway.

Stan Grossfeld. The Boston Globe. 26-09-2016. Las bases están llenas y David Ortíz escupe sus manos, aplaude dos veces, y entra en la caja de bateo ante los odiados Yanquis. El jardinero izquierdo de Nueva York, Brett Gardner retrocede hacia la zona de seguridad. A menos de 10 pies detrás de él, Christian Elias el operador de la pizarra del Monstruo Verde, mira sobre el hombro de Gardner. Elias está en el lugar donde estaría parado el jardinero izquierdo en la mayoría de los estadios menos en Fenway Park. Por un cuarto de siglo, él ha tenido el mejor asiento de la casa. Ha operado la pizarra por más de 1800 juegos. Eso es más que lo que el gran Carl Yastrzemski jugó en Fenway. Suficientes juegos para no tener que mirar para saber lo que ocurre en el campo. “Conoces los sonidos del juego”, dice él. “Puedes hacerlo por los fanáticos”. Para probarlo, Elias cierra sus ojos y quita el volumen al televisor. Big Papi hace swing y golpea un elevado altísimo a la izquierda hacia la zona de seguridad. Jackie Bradley hace pisa y corre y anota. Elias oye el rugido inicial, luego un murmullo, seguido de una animación moderada. “Elevado de sacrificio”, dice él. “Entra una carrera”. Momentos despues, un número uno amarillo es soltado en la pizarra manual con un sonido pesado. Ese es un sonido que Elias podría extrañar. Recientemente se reunió con el presidente de los Medias Rojas, Sam Kennedy, y anunció que se retiraba al final de la temporada. “Eso es algo un poco emocional”, dice Elias de 44 años. “Eso ha sido una buena parte de mi vida. De verdad no recuerdo mi vida sin hacer eso”. En 1992, a los 19 años de edad, el soñaba con obtener un trabajo de verano a nivel del terreno de Fenway. “¿Cuál muchacho quien crezca alrededor de aquí no ha querido estar en esa grama legendaria?” dice Elias. Pero no había trabajo, excepto en la pizarra. Elias puso una cara algo desilusionada cuando le ofrecieron el trabajo. “Dije, está bien, lo haré, pero en el fondo de mi mente, me dije que lo haría solo por un verano”, recuerda él. “Resultó ser un cuarto de siglo de increíble diversión. Ha sido un trabajo de ensueño”. Ahora él le dice a los otros operadores que tan cómodo es su trabajo; tienen teléfonos celulares, televisión por cable, y laptops. “Yo sueno como uno de esos tipos viejos”, dice él con una risa. “En aquel entonces nosotros estábamos desconectados del mundo exterior. Una vez que esa puerta se cerraba a las 7:30, no salíamos otra vez hasta después del juego. No podíamos hablar con nuestras familias. “Así que, Mike Greenwell, por tres o cuatro horas era nuestro único contacto humano. Ese es un pensamiento que asusta”. Pero Elias se relacionó con los jardineros izquierdos de los Medias Rojas a través de los años. “Greenwell solo hablaba de beisbol”, dice él. “Manny Ramírez nunca hablaba de beisbol. Troy O’Leary nunca llegaba tan atrás”. O’Leary tenía una buena razón. “Una vez yo estaba trabajando ahí atrás y tuve alguna compañía en forma de amigos peludos corriendo alrededor”, dijo Elias. “Al estar yo solo ahí y esa no es una zona muy iluminada, estaba empezando a asustarme”. “Había muchos de ellos, así que tomé un palo de escoba y empecé a golpear la pared de metal para espantarlas. Finalmente luego de cinco o seis innings, Troy O’Leary vino y se asomó a través de una de las ranuras y dijo, ‘Epa hombre, ¿está todo bien?’ Le dije, ‘Roedores. Tengo algunos amigos peludos aquí’”. “Él no regresó a preguntar más. No quería tener nada que ver con eso”. El operador de la pizarra tiene una vista única de la acción. Ahora el espacio dentro de la pizarra está limpio, y los roedores han sido evacuados, reemplazados por giras ofrecidas durante el juego a los aficionados que compran entradas sobre el Monstruo Verde. Todavía no hay baño y solo hay cuatro bombillos de 60 vatios, junto a cientos de números y firmas. La pregunta que Elias ha oído más es acerca de lo que hacía Ramírez en la pared durante un juego de 2005 cuando los Medias Rojas casi fueron penalizados por tener solo ocho hombres en el campo. “Dice la leyenda que Manny vino y fue al baño”, dice él. “Él vino, pero no fue al baño. Aquí no hay baño; desde que empecé aquí no ha habido uno”. Ramírez venía muchas veces, dice Elias. “Hablábamos de todo menos de beisbol”, dice él. “Aún si él bateaba un jonrón en el inning anterior. Me preguntaba por mis hijos, hablábamos de la familia, a él le gustaban los carros, y fue muy cordial con nosotros. Nos reíamos mucho. A veces le dábamos algo de fruta. Él tenía una pequeña merienda” Entonces ¿Por qué casi perdió un pitcheo? “Manny entraba en la pared cuando (Terry) Francona salía”,dice Elias. “En ese entonces, 99.9 por ciento del tiempo, cuando el manager salía, eso indicaba que habría cambio de pitcher”. Ramírez se conectaba brevemente en línea y revisaba un portal de internet, eso era “definitivamente Manny en su elemento”, de acuerdo a Elias. Cuando se le pide más detalles, muestra una sonrisa fugaz y dice, “Lo que ocurre en la pared se queda en la pared”. “Entonces él estaba hablando con nosotros y oímos a la multitud agitarse”. Elias pensó que algun aficionado había saltado al terreno, pero en realidad el juego estaba apunto de reanudarse. “Francona no hizo el cambio de pitcher”, dice él. “Dejó al pitcher. Miramos hacia afuera y a la vez dijimos, ‘Ay, carajo’. Manny saltó y corrió hacia afuera mientras el pitcher estaba a punto de empezar su movimiento. La multitud emitió un grito de ánimo y eso se convirtió en un gran momento”. Parte de una tradición En sus días de juventud, Elias hacía varias trabajos y realizaba su tarea universitaria para la casa dentro de la pared. Se fajaba con ambos compromisos. “Me exigía mucho en aquellos largos juegos de las tardes dominicales”, dice él. “recogíamos tantas latas ahí que podíamos haber pagado la extensión del contrato de Mo Vaughn. Nunca hice ese trabajo por dinero, siempre fue por amor al beisbol”. Al principio, él fue un hombre de hierro junto al operador adjunto Rich Maloney. Estuvieron 12 temporadas juntos sin perder un juego. “Fuimos los Cal Ripken de los operadores de la pizarra”, dice Elias. Maloney ahora es un ejecutivo en Federal Express y tiene seis hijos. Él y Elias siguen siendo buenos amigos. “Él es insano”, dice Maloney. “Ama el beisbol absolutamente. Es joven de corazón, lo cual es una manera agradable de decir que es inmaduro. Nunca se dejó impresionar por las estrellas, trataba a todos de acuerdo a su expresión facial. Tiene un gran corazón y es el primero que se rie de si. Para cualquier pelotero quien quería visitarlo, Christian Elias tenía la puerta abierta. Elias piensa que la tradición de peloteros que van a visitar la pizarra ha pasado de generación en generación. El cerrador de los Yanquis, Mariano Rivera era un asíduo visitante, siempre preguntaba por los hijos de Elias. Las estrellas insurgentes como Bryce Harper de Washington considera muy importante presentarse fomalmente. “Lo agradable de eso es que es natural”, dice Elias. “No tiene nada que ver con patrocinantes o que sea una obligación de los peloteros. Ellos entienden la tradición de la pared y quieren saber de ella”. Elias señala las firmas de los peloteros y celebridades dentro de la pared. “La tenemos todas, desde Usain Bolt hasta Rene Russo hasta Neil Diamond”, dice él. “Tenemos a los dos líderes de juegos salvados de todos los tiempos, Mariano Rivera y Trevor Hoffman. Pedro Martinez, Nomar Garciaparra, Jimmy Piersall, Felix Hernandez, Barry Larkin, Tony Gwynn, Wade Boggs, Carlton Fisk, Johnny Damon, Roy Halladay. Manny Ramirez. “ Rheal Cormier escribió algo en francés”. Andy Pettite alcanzó la inmortalidad. “Esculpió su nombre en el concreto”, dice Elias. “No se va a ir a ninguna parte”. Pero la nueva generación de jardineros izquierdos de los Medias Rojas no la ha visitado aún, y Elías no sabe porqué. “Tengo que establecerme primero, me parece”, dijo el novato de los Medias Rojas Andrew Benintendi. Errores y bromas. Tal como en el terreno de juego, ocurren errores dentro de la pared, a veces con los marcadores de los juegos en otros estadios. “Había un juego en Minnesota, y lo teníamos marcado como retrasado por la lluvia”, dice Elias. “Entonces se jugaba en el Metrodomo, así que 30.000 personas aquí pensaron que el Metrodomo tenía huecos en el techo. Ese fue un error del operador de la pizarra”. Pero algunas veces no es su falta. Los jugadores de los Marineros cambiaron las tablillas de los equipos de manera que los marcadores eran correctos pero los equipos estaban equivocados. El teléfono sonó y desde la sala de control empezaron a gritarlos. “En lugar de tener a Detroit enfrentando a Kansas City, aparecía Detroit vs Minnesota”, dice Elias. “Todo estaba desordenado”. Despues del tercer inning, Elias salió afuera. Vio al futuro inquilino del Salón de la fama, Ken Griffey Jr. riéndose de él. “Entonces supe lo que había ocurrido”, dice él. Elias, quien también trabaja como director de ventas en Live Nation, ha disminuido su trabajo en Fenway a 30 juegos por temporada. Oh, y hay una cosa más. Él es un gran fanático de los Yanquis. “He sido fanático de los Yanquis desde niño”, dice él. “Hay fotos mías de un año de edad usando una gorra de los Yanquis”. Su padre es fanático de los Yanquis, y ambos iban a un bar de Davis Square en Somerville que tenía WPIX (Canal 11 de Nueva York) en el cable. “Yo tenía 7 años de edad, y los dos nos tomábamos seis Coca-Cola y veíamos el juego”, dice Elias. Así que cuando Dave Roberts se robó la segunda base en la serie de campeonato de la Liga Americana de 2004 ¿Estaba él ligando que Derek Jeter lo tocara con el guante para ponerlo fuera? “Si”, dice Elias. “Muchos peloteros lo sabían. Muchos no lo tomaban en cuenta. Todos lo veían como una broma. Así es el beisbol, todo en sana broma. Sin tomarlo muy en serio”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

miércoles, 5 de octubre de 2016

La Emoción Copa la Escena Luego de la Trágica Pérdida de José Fernández.

Tyler Kepner. The New York Times. 26-09-2106. Miami—Eso no ganó un banderín. Ni curó el adolorido corazón de un deporte y una comunidad. Lo único que todos quieren, que José Fernández regrese a Marlins Park y retome su vida, nunca ocurrirá. Pero lo que Dee Gordon hizo el lunes 26 de septiembre por la noche, cuando el abridor de la alineación de unos Marlins sin aliento, fue uno de esos momentos tremendos que nos hacen tomar en cuenta al deporte. Gordon, un bateador zurdo, entró a la caja de bateo como derecho, el lado desde donde bateaba Fernández. Vio un envío desde ese lado, cambió de casco, vio otro envío, y entonces largó un batazo elevado hacia el jardín derecho. La pelota pasó sobre una pizarra negra que mostraba el número 16 de Fernández, el número que cada Marlin llevaba en su espalda el lunes, el número que ningún Marlin volverá a usar. La pelota aterrizó en el segundo piso, jonrón, el primero de Gordon en más de 300 turnos al bate en esta temporada. “Primer swing que hizo, y fue la primera vez que llevó la pelota hasta el segundo piso”, dijo Christian Yellich de los Marlins. “Si eso no te dice nada, no sé que más esperas”. Los compañeros de equipo impactaron el dugout moviendo sus manos, de la manera como Fernández solía celebrar, mientras Gordon corría las bases en llanto. Señaló hacia el cielo luego de cruzar el plato, a punto de colapsar en los brazos de sus compañeros, con muchas lágrimas en el ambiente. El jonrón empujó a los Marlins a una victoria 7-3 ante los Mets. Cuando terminó el juego, los Marlins se reunieron en un círculo alrededor del montículo. Se arrodillaron y dejaron sus gorras. Una hora después, regresaron para un saludo final. “Es el juego más difícil que haya jugado”, dijo Gordon. Me mantuve viendo la pizarra y viendo su nombre. ¿Cómo es posible que él no esté aquí?” Gordon y Giancarlo Stanton dijeron que se mantuvieron esperando a que Fernández apareciera, y les dijera que se había burlado de todos ellos. Por un momento, Yellich dijo, que olvidó que todos estaban usando el mismo número de Fernández. Vio la camiseta de un compañero y sintió una punzada de agonía. Eso era real. Gordon empezó y terminó su día de trabajo con una franela que dice “RIP” con la imagen de Fernández en la segunda letra. Los tributos estaban en todas partes, desde el relicario de flores y velas de los fanáticos a las afueras del estadio hasta los mensajes que los peloteros dejaron en el terreno. “Descansa con Dios”, escribió el cátcher J.T. Realmuto. Fernández falleció a los 24 años de edad, el domingo temprano, uno de tres muertos cuando una lancha de pesca de 32 pies se estrelló contra un rompeolas de Miami Beach. Estaba programado para abrir contra los Mets el lunes, probablemente la apertura final de su más reciente temporada de éxito. En vez de eso, los Marlins saltaron al campo con el montículo vacío, flanqueado por ocho jugadores de posición apesadumbrados. Había una guardia de honor, y los equipos intercambiaron abrazos alrededor del infield luego que un coro cantara el himno nacional. Los Marlins formaron un círculo alrededor del montículo, entonces se acercaron, y Stanton les hizo unas indicaciones. Señalaron hacia arriba y jugaron pelota. “Me quedé en blanco en ese momento”, dijo Stanton. “Muchos de nosotros hablaban de: ‘Por qué estamos aquí ahora? ¿Cuál es el propósito de esto? ¿Cómo afrontamos esto juntos?’ Yo solo trataba de facilitar todo eso al decirles que estábamos ahí por José, y los seguidores de él”. El casillero de Fernández fue preservado en una esquina del clubhouse, su guante naranja se balanceaba en un extrema de la placa con su nombre, había una rosa púrpura en el cuello de su camiseta. Estuvo en su mejor forma aquí, con marca vitalicia en casa de 29-2. Adoraba pitchear frente a su madre, a quién salvó del mar enfurecido cuando ella se cayó del barco en su cuarto intento por desertar de Cuba, en 2008. Fernández, entonces un adolescente, había estado encarcelado por un intento anterior. “Él pitcheaba para ella”, dijo Scott Boras, el agente de Fernández, quién lloró mientras hablaba de su cliente antes del juego. “Yo solía echarle broma: Lleva a tu madre en las giras, porque tu efectividad es una carrera y media más baja cuando ella está en el estadio’. Le decía, ‘Dime que consejo te está dando’, y él se reía. Él se enfocaba mucho cuando ella estaba aquí”. Boras había volado desde California y pasó el día con la madre de Fernández. El domingo, después de una emotiva conferencia de prensa seguida de la cancelación de su juego con Atlanta, los Marlins habían visitado a la madre y la abuela de Fernández como equipo. La demoledora escena descubrió un profundo abismo emocional para el manager Don Mattingly. En 1969, su hermano mayor, Jerry, murió en un accidente de construcción a los 23 años. Mattingly tenía 8 años, y cuando un hombre de la compañía de construcción fue a csa con la noticia, sus padres lo enviaron a jugar afuera, para protegerlo. Mientras el equipo trataba de consolar a la familia de Fernández, la angustia personal de Mattingly regresó. “En realidad no fui parte de todo aquello, de lo que estaba pasando, pero ahora sé lo que ocurrió”, dijo Mattingly. “Conocí el dolor. Podía ver a mi mamá y a mi cuñada, lo que estaban pasando. Era muy duro”. El relevista de los Marlins A.J. Ramos dijo que estaba alegre, al menos, de haberle dicho a Fernández que lo quería. Fernández era asi de abierto, dijo Ramos, siempre le decía sus compañeros de equipo como se sentía. Pero la visita del domingo lo golpeó duro. “Esa fue una de las cosas más difíciles que he tenido que hacer”, dijo Ramos. “Pienso que cuando ves a una madre perder a un hijo, y más alguien como José, yodo lo que habían pasado, las dificultades que tuvieron para llegar aquí, y cuando llegan aquí, se establecieron bien. Y entonces ocurre esto. Deseo que yo pudiese decir algunas palabras para hacerla sentir un poco mejor”. El dueño de los Marlins, Jeffrey Loria, estaba en Nueva York cuando se enteró de la muerte de Fernández el domingo en la mañana. Estaba sentado en la misma silla, dijo él, como cuando supo que su hermana había fallecido. La silla no está más ahora, dijo Loria, quién voló el domingo en la noche y visitó a la madre de Fernández después que lo hizo el equipo. “Ella saltó desde el sofá y llegó volando a mis brazos”, dijo Loria, quien llevará al equipo al funeral en los próximos días. “La sostuve. Eso es todo lo que podemos hacer”. Loria dijo que definitivamente “nadie usará ese número otra vez” en referencia al 16 de Fernández. El tenía un vínculo especial con Fernández, al insistir que los Marlins lo pusieran en el roster para la inauguración de la temporada de 2013, aunque Fernández tuviera 20 años de edad y nunca había pitcheado por encima de Clase A. Loria recordó una salida de compras que Fernández hizo en su primera gira, cuan emocionado lucía cargando bolsas de equipos electrónicos y video juegos. Loria llevó a Fernández a comprar valijas, y recordó algunas de sus pintorescas conversaciones. “Siempre había bromas de ida y vuelta como esa”, dijo Loria. Entonces hizo una pausa. “No puedo creer que esto haya pasado”, dijo él. Lo que hacía a Fernández tan especial, dijo Boras, es la manera como él abrazaba a todos los uniformados, no solo a los Marlins. Él estaba dispuesto a compartir el juego, y su historia resonó profundamente entre los cubano-americanos de Miami. La tarde del lunes en un parque de la Calle Ocho, en el corazón de Little Havana, Fernández estaba en la mente de muchos cubanos que jugaban el popular juego de dominó. “Para mí, es un gran orgullo que el sea de mi país, para esta ciudad y para todo el país”, dijo Bruno Guerrera, 78, quién salió de Cuba para visitar Estados Unidos hace 13 años y nunca regresó. Entre las juegos de dominó, Guerrera, quién creció en La Habana, se sentó en una mesa forrada con el mapa de Cuba y contó relatos de la historia beisbolera de su país. Estaba almorzando el domingo cuando un amigo le informó la noticia de Fernández. Guerrera dijo que estuvo muy alterado, tuvo que dejar de comer para tomarse la medicina de su tensión sanguínea. Recordaba a las estrellas cubanas Camilo Pascual, Luis Tiant, Orlando Peña y otros, y dijo que Fernández estaba encaminado en esa ruta. “Yo ví a este muchacho”, dijo Guerrera. “Si no se hubiese lesionado el brazo, iba a ser el mejor pitcher cubano de todos los tiempos”. Fernández ganó precisamente la mitad de sus aperturas (38 de 76), para lograr una referencia de grandeza. Tuvo una efectividad de 2.58 y un potencial infinito. Aquí, sin embargo, su legado siempre será más grande que eso. David Samson, el presidente del equipo, dijo que Fernández representaba la posibilidad, la materialización del sueño cubano de libertad. “Se ha hablado mucho, y llorado mucho, y rezado mucho, e intentado buscarle sentido a algo que no podemos encontrarle sentido”, dijo Samson. “No tiene sentido que una vida termine así, de una manera tan insignificante- Así que nuestro trabajo es hacer que su vida importe, y vamos a hacerlo por siempre”. James Wagner colaboró reportando. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

Vamos Cachorros Vamos: Como el himno de la victoria de Chicago mantiene vivo a un padre para sus hijas.

Steve Goodman falleció en 1984 pero su tema musical de los Cachorros se ha convertido en una parte esencial de la experiencia de Wrigley Field y proporciona un poderoso recuerdo para la familia que él dejó. Michael Rosenberg. SI.com. Jueves 29 de septiembre de 2016. Rosanna Goodman tenía siete años de edad cuando su mami le dijo que su papi había fallecido. Ella sabía que se suponía que debía estar triste, así que puso una cara triste. Pero ella no entendía. Su padre viajaba mucho en su trabajo como músico. Ella pensaba que él regresaría. Steve Goodman había hecho chistes a expensas de la muerte desde que fue diagnosticado de leucemia a los 20 años de edad. Él se llamaba Cool Hand Leuk, y cuando sonaba el timbre de la casa, él le decía a su familia, “Si es un tipo con una manta y una guadaña, díganle que no estoy”. El no quería un funeral. A su solicitud, su esposa, Nancy, hizo una fiesta. Pero eso solo confundió más a la pequeña Rosanna. Tres años después, luego que la familia Goodman se mudó a la ciudad de Nueva York, Rosanna soñaba que veía a su padre detrás del portón de una casa grande, y despertaba llorando. Ahí fue cuando finalmente recibió el impacto: Él se había ido para siempre. Las próximas tres décadas secaron las lágrimas y suavizaron las memorias. A veces Rosanna no está segura si un recuerdo de su padre es verdaderamente de ella, o si oyó una historia repetida tantas veces que su cerebro la ha adoptado como propia. Pero está segura de recordar las naranjas. Su padre había leído que las frutas cítricas podrían ayudar a vencer el cáncer, y se sentaba con bolsas de naranjas y sus hijas a su lado, se comía las naranjas y veía el béisbol. Hombre, Steve Goodman amaba el beisbol. Era fanático de los Cachorros y decía que programaba sus giras “tomando en cuenta la quimioterapia y la temporada de beisbol”. Memorizaba las estadísticas como un niño coleccionista de barajitas de beisbol. “Eso era insano”, dice su viuda, Nancy Goodman Tenney. “Él era una enciclopedia de beisbol”. Hasta escribió tres canciones sobre los Cachorros: “A Dying Cubs Fan’s Last Request” (“La última petición de un fanático de los Cachorros agonizante”), “The Cubs Go Marching In”, y la que aún cantan en Wrigley Field después de cada victoria: Go, Cubs, go! Go, Cubs, go! Hey, Chicago, what do you say? The Cubs are gonna win today Goodman escribió muchas canciones mejores que “Go, Cubs, Go”. Escribió “City of New Orleans”, la cual fue un éxito con Johnny Cash, Willie Nelson y Arlo Guthrie. Jimmy Buffett ha cantado “Banana Republics” (escrita por Goodman) tan a menudo que la mayoría de las personas asume que es original de Buffett. Goodman gano dos Grammy, ambos póstumos, uno en 1985 por Mejor Canción Country (City of New Orleans”) y el otro dos años después por Best Contemporary Folk Album, Unfinished Business. Aún así, “Go, Cubs, Go” puede ser la canción que los chicagoenses asocian más con Goodman, lo cual es lógico. Steve quería tanto a los Cachorros que cuando él y su esposa Nancy buscaban apartamento en Chicago, encontraron uno a tres cuadras de Wrigley Field. Algunas veces, si él y los Cachorros estaban en la ciudad por una semana, él asistía a los juegos todos los días. Le gustaba sentarse en las gradas. A menudo llevaba a una de sus hijas pero rara vez compraba boletos. Un amigo quien trabajaba como portero lo dejaba entrar gratis. Entonces se podía hacer eso. Lo Cachorros rara vez vendían todos los boletos. El beisbol era un negocio, pero aún no era un gran negocio. Cuando Steve estaba enfermo y la familia se mudó a Seal Beach, Calif., en 1980, él se llevó su obsesión beisbolera consigo. Siguió aupando a los Cachorros, estuvo emocionado cuando sus hijas jugaron beisbol de pequeñas ligas, y llevaba a su familia a los juegos de los Angelinos para darle a su vida un toque de beisbol. Él estaba muy consciente de que le quedaba poco tiempo, sin embargo seguía obsesionado con el beisbol. Algunas personas llamarían a eso una pérdida de tiempo. Treinta y dos años después, con los Cachorros visualizando su primer campeonato desde 1908, podemos decir con certeza: No lo fue. ***** Sarah Goodman Voyer tenía nueve años de dad cuando su padre falleció. Sabía que él había estado enfermo, y que había estado en coma. Entendía que él había muerto pero se convenció de que no era verdad. “Fue fácil para mi tener una fantasía por tanto tiempo”, dice ella. “Era algo que me permitía pensar”. Su padre hacía rato había confundido la línea entre aquí y lejos. Cuando estaba de gira, como a menudo lo hacía, escribía cuentos en las tarjetas postales y las enviaba a Nancy para que las leyera a sus hijas a la hora de dormir. Uno de los personajes se llamaba “I Don’t Know Jones”. Otro se llamaba Penny y era del tamaño de una moneda. Tenerlo cerca era muy divertido, sus hijas no querían que se fuera. Una vez las llevó a ver Superman en el cine, y tan pronto como salieron, él dijo, “¿Quieren ver la película otra vez?” Por supuesto lo hicieron, así que regresaron a la sala. Él llamaba a sus amigos tarde en la noche solo para contarles un chiste. No tenía que ser un buen chiste. Muchos de sus chistes no eran buenos. O nuevos. Pero disfrutaba tanto contándolos que sus amigos se reían de todas formas. Sarah recuerda ver The Benny Hill Show, uno de los favoritos de su padre: “Solo era divertido cuando lo veía con papá. Me reventaba de histeria cuando lo veía con él. Trataba de verlo sola, y no era divertido. Había algo con su presencia, que si él pensaba que era divertido, era divertido para mi”. Steve tenía un sentido de comediante que permeaba todo lo que hacía. Una de sus canciones, “You Never Even Called Me By My Name”, intentaba combinar todas las letras de cada canción country de la historia. Cuando se puso calvo por la quimioterapia, él tituló su próximo álbum fue Artistic Hair. Tenía esa cualidad fuera de escena también, Cuando los Goodman vacacionaban en la isla Catalina de California, a la cual él llamaba Poor Man`s Hawaii (El Hawaii de los Pobres), le mostraba a sus hijas el sitio donde los Cachorros habían realizado sus entrenamientos primaverales desde 1921 hasta 1951. Le dijo a sus hijas que “los fantasmas de los Cachorros” estaban ahí. Era un viaje personal, aunque él solo tenía tres años de edad cuando los Cachorros efectuaron su último juego en la isla Catalina. El beisbol era una manera de formar memorias donde no existían. Cuando Steve era niño, se fugaba de la escuela para que su abuelo lo llevara a Wrigley. Como la mayoría de los fanáticos de los Cachorros, su miseria era ganada y heredada. Si usted oye de una canción llamada “A Dying Cubs Fan’s Last Request” pero en realidad no la ha oído, podría asumir que termina con los Cachorros ganando la Serie Mundial. No es así. Goodman era muy divertido para hacer eso, y muy involucrado con el beisbol. En lugar de eso, él canta acerca de “el funeral de un doblejuego en Wrigley Field de cualquier fin de semana veraniego”, cuando el exigido jardinero Keith Moreland deja caer “un elevado de rutina”. La canción no trata del triunfo de los Cachorros, porque ser fanático de los Cachorros nunca ha consistido en verlos ganar. Trata de una comunidad que sabe que los Cachorros probablemente no ganarán, pero los apoyan de todas formas. Goodman nació en 1948, tres años después que los Cachorros jugaron por última vez una Serie Mundial. Cuando él cantó la canción, los Cachorros no habían jugado en los playoffs durante la existencia de él. “Denle a todos dos bolsas de maní y una merengada”, dice Goodman en la canción, “y estaré listo para morir”. Él falleció el 20 de septiembre de 1984. Cuatro días después, los Cachorros ganaron la división este de la Liga Nacional. Se perdió de verlos en la postemporada por dos semanas. Esa fue la última broma que los Cachorros le jugaron a Steve Goodman. Una vez grabó un video de “A Dying Cubs Fan’s Last Request” en los asientos de Wrigley mientras Sarah corría las bases. Después él dijo que ella estaba viviendo el sueño de su niñez. Pero ella era pequeña. No se daba cuenta que significaba eso. No en ese momento. ***** Jessie Goodman tenía 12 años de edad cuando su padre falleció, suficiente edad para entender la muerte, pero no suficiente para tratar con ella. Ella había tenido una vida dura. Steve y Nancy la adoptaron luego que los médicos dijeran que Steve era estéril (los médícos estaban equivocados; Sarah y Rosanna son sus hijas biológicas), y ella batalló con episodios de salud mental desde temprana edad. Como adulto, Jessie tuvo trabajos como cuidadora de mascotas, pero tenía dificultades mentales y físicas, y Rosanna eventualmente supervisaba su salud. Ella falleció repentinamente en 2012, justo después de su cumpleaños 40, de una hemorragia cerebral, después de tener colitis ulcerativa. La suya no fue una vida fácil. Pero hubo momentos brillantes, y algunos de los más brillantes involucraron a sus dos grandes amores: los animales y el beisbol. Cada vez que Jessie visitaba Chicago en sus años de adultez, ella quería ir a ver un juego de los Cachorros con su abuela. ***** Rosanna (left), wearing her dad's Cubs jacket, and Sara escort their grandmother, Minnette, to the mound to throw the first pitch before a game at Wrigley in 2008. Courtesy of Rosanna Goodman ¿Como se puede evitar que un padre amado se aleje en el pasado? Rosanna y Sarah pueden contar historias, pero las historias se hacen viejas y repetitivas; cuando un hombre tiene 32 años de muerto, no hay muchas historias nuevas. Ellas pueden cerrar sus ojos y recordar cuando saltaban en el pecho de su padre en la mañana, antes que él se conectara su catéter. Pero eso es solo una memoria. El beisbol ayuda a las hijas de Steve Goodman a conectarse con su padre. El juego lo mantiene en sus vidas presentes. Ellas dicen que cada vez que ven un juego, especialmente si están involucrados los Cachorros, sienten como si él estuviera con ellas. El beisbol es un regalo que él les dio, lo haya querido o no, una luz que nunca se apaga. Las muchachas pasaron la mayor parte de su niñez en California y Nueva York, y rara vez han vivido en Chicago. Pero se sienten como en casa ahí. Sarah, dice, “Chicago fue mágica y todavía lo es. Es una de mis ciudades favoritas. Hay una cualidad en ella, un olor, una sensación, hay algo muy hogareño y reconfortante en esa ciudad”. El año pasado, mientras se desarrollaban los playoffs de la Liga Nacional, Rosanna pensó: Oh no. Después de pasar la mayor parte de su niñez en Nueva York, ella se convirtió en fanática de los Mets. Pero los Cachorros era el equipo de su padre. Ella le preguntó a sus amigos: ¿Qué hago yo aquí? ¿Por quien voy? Ella se decidió por los Cachorros. Quiere que ganen la Serie Mundial, por su padre y por todas las personas que cantan su canción cuando los Cachorros ganan. Las cenizas de Steve Goodman fueron esparcidas en dos lugares. Su hermano lanzó algo de ellas sobre la pared del jardín izquierdo en Wrigley. La familia esparció el resto en Doubleday Field en Cooperstown. Aún así las hijas juran que su padre nunca se fue completamente. Los amigos de él las cuidan. Los royalties de sus canciones han ayudado a mantenerlas. Su carrera las inspira; Rosanna dice que decidió hacerse cineasta independiente a los 30 debido al ejemplo que su padre dio con su carrera musical; ella ahora vive en Phoenix y trabaja como productora de música, video y películas. “Si esta persona lo pudo hacer, luchando contra el cáncer con tres hijas, ¿Por qué no puedes empezar ahora y hacer eso? dice ella. “Eso es parte de lo que me empuja a triunfar. No hay duda de quien fue él, y su influencia en las personas quienes lo amaron, todo ha sido parte de nuestra vida y ayudó a criarnos. Él ha estado muy presente. Las cualidades de él, y como se conectaba con las personas, su sentido del humor… esas son cosas que me guían en como trato a las personas en mi vida”. Sarah, es una trabajadora social en Los Angeles, donde vive con su esposo y dos hijos. “Saber que fuiste querida y cuidada de esa manera, es algo que se queda contigo”, dice ella. “Sigue siendo algo de lo que saco provecho. Es importante. Necesitas esa experiencia”. Ellas juran que algunas veces él se les aparece para decirles hola. Hablan de eso todo el tiempo. Rosanna recuerda hacer un viaje a Florida con un novio para ir a un campo de minigolf e inmediatamente pelear con él. Entonces hizo un hoyo en uno, y en el momento cuando la pelota entró en el hoyo, “Banana Republics” sonó en los parlantes, la versión de su papá, no la de Buffett. La canción, que trata de ir al trópico “esperando hallar algo de diversión”, le recordó que no había hecho ese viaje para pelear. Cuando Rosanna tenía unos 25 años, estaba quebrada, y leyó un artículo acerca de fondos no reclamados. Investigó y había 500 $ en Illinois a nombre de ella y su padre. Y cuando las muchachas llevaron a la mamá de Steve a Paris, se registraron en el hotel, encendieron el televisor, y apareció una versión francesa de “City of New Orleans”. Ellas piensan que era su papá agradeciéndoles por llevar a su mamá a Paris. Eso puede parecerle alocado a usted, de la manera como la maldición de Billy Goat probablemente le parece alocada. Ha oído esa historia: Supuestamente el dueño de un bar de Chicago llamado Billy Sianis fue conminado a salir de Wrigley Field durante la Serie Mundial de 1945 porque su cabra mascota olía mal, así que él maldijo a los Cachorros, y ellos no han regresado a la Serie Mundial desde entonces. Una necedad. Pero el punto no es que alguna Billy Goat (o su dueño) haya maldecido a los Cachorros. El punto es que los Cachorros fueron tan ineptos, tan incapaces por tanto tiempo, que pudieron hacer creer a unas personas racionales que su equipo fue sentenciado a una eternidad adversa por una animal de granja. El beisbol te lleva tan lejos como lo permita tu imaginación. Los papá también. Traducción: Alfonso L. Tusa C.