viernes, 21 de septiembre de 2018
Desde la plataforma de un camión
Ahora que los Medias Rojas de Boston han asegurado el campeonato de la División Este de la Liga Americana es inevitable recordar aquel juego de playoff del 1 de octubre de 1978 ante los Yanquis de Nueva York, que significó una derrota terrible luego de perder una ventaja de catorce juegos a mediados de julio. Este año, cuando se cumplen 40 de aquella catástrofe, muchos entendidos asomaron como favoritos a los Yanquis, en una especie de reedición de los sucesos de 1978. Esta vez no hubo necesidad de un juego de desempate, los patirrojos se apropiaron del título de su división este 20 de septiembre y aún cuando probablemente se tengan que volver a medir a los Yanquis en la serie divisional, al menos lograron un desquite parcial. A continuación un texto que escribí a partir de varios recuerdos de aquel primero de octubre.
Desde la plataforma de un camión
Tenía varios días arreglando los pormenores del viaje a Cumaná con Raimundo y Brairo. En julio había terminado el último año de Bachillerato. La emoción de ingresar a una Universidad me hacía andar a una velocidad similar al vuelo de los pájaros. Dos días antes había llenado la planilla del CNU en medio de una lista de requisitos que nos hacía sentir como hombres de negocios. Brairo señaló un renglón al final de la lista. La constancia de antecedentes penales había que sacarla en Cumaná.
Papá me dio un billete de cinco bolívares para pagar el carro por puesto. Agarré el radio con forma de cubo negro y lo metí bajo el brazo. Ese día jugaban los Yanquis y los Medias Rojas el partido de desempate para pasar al playoff de la temporada de 1978.
Encontré a Raimundo bajo la sombra de la Ceiba al comienzo de la carretera que lleva de Cumanacoa a Cumaná. Habíamos acordado pedir una "cola". Así dispondríamos de un dinero extra para pasear en Cumaná. Cuando el sol arreció entre las ramas del árbol, un camión sin carga se detuvo ante las señas de Raimundo. Varios gritos atravesaron el aire de la tarde. Brairo corría con la voz encerrada en el pecho.
Saltamos a la plataforma metálica del camión. La brisa generada por el impulso del vehículo aliviaba el ardor del sol en la piel. Cuando Brairo recuperó el aliento se encaró con Raimundo.
_¿Y se iban a ir sin mí?
_Dijimos a la una en punto bajo la Ceiba. Ya es la una y media.
El viento se llevó los gritos de Brairo. Señaló mi radio.
_¿Ya empezó el juego?
El ruido del viento impedía escuchar el radio. El juego debía comenzar a la una de la tarde. Bob Lemon, el manager de los Yanquis anunció a Ron Guidry. Don Zimmer se decidió por Mike Torrez. Boston vio evaporarse una ventaja de 14 juegos en el mes de julio. Ahora debía resumir la temporada en un juego.
Raimundo enfrentó su voz con el viento.
_No vengas a disimular con el juego. Tú te traes algo entre manos.
Brairo sonrió. Miró hacia el fondo de la carretera. Un racimo de nísperos se quedó suspendido en la mira cuando su madre lo gritó. Le recordó el viaje a Cumaná. Brairo sólo tuvo tiempo de vestirse.
_Si acaso me paré en la casa de Briceida para decirle que seguía pendiente con los nísperos.
Me pegué el radio a la oreja y le dí volumen. La voz de Buck Canel vencía al viento. "… es un elevado a la izquierda Yastrzemski espera y se va el primero de los Yanquis con un boleto, cero carreras, cero hits…"
A la altura de Tataracual se perdió la señal de la emisora. Carl Yastrzemski acababa de poner adelante a Boston con jonrón solitario. Mi sensación de disgusto se paralizó cuando Raimundo señaló un carro vino tinto que salió de la curva.
_¿Ese no es el carro de tu Papá?
El Caprice aceleró en la recta de Los Cocos. Distinguí los detalles del carro. Comprendí que estaba en aprietos cuando identifiqué la cara de tío Miguel a través de la ventanilla. Papá bajó la velocidad frente al camión. De inmediato aceleró. La imagen del regaño que me esperaba al regresar a casa apretó mi cuello hasta los confines del corazón.
Raimundo se puso las manos alrededor de la boca. Quería saber como iba el juego. Giré el interruptor. La voz de Canel traspasaba una nube de interferencias. "…Chris Chambliss la rueda por las paradas cortas. Rick Burleson la toma y fuerza en segunda a Lou Piniella. Cuando han transcurrido 3 innings y medio. Boston sigue venciendo 1- 0 a los Yanquis…"
La tensión del juego diluyó un poco el miedo de tener que explicarle a papá mi presencia en aquel camión. Sabía que tendría que hablar con él un buen rato. Sólo el duelo entre Torrez y Guidry detuvo la preocupación.
El camión entró a Cumaná a las dos de la tarde. Nos bajamos frente al cine Paramount. Cuando salté el radio casi cae al pavimento. El volumen aumentó. "…cuando tenemos cinco innings completos Boston sigue venciendo a los Yanquis 1-0.
Antes de llegar a la oficina de Identificación y Extranjería pasamos por la casa de mis abuelos maternos. Toqué el timbre varias veces. Busqué una llave en mi bolsillo. Les dije a los muchachos que pasaran. Llamé en todos los cuartos. La soledad saltaba en cada zancada. En el comedor me lancé sobre el televisor. La pantalla mostraba el terreno del Fenway Park. Varios minutos más tarde los comentaristas se disculpaban con la audiencia porque el satélite de transmisión ya no estaría disponible para el juego. Me quedaba el consuelo de haber visto el sencillo con que Jim Rice puso el juego 2-0 al impulsar a Rick Burleson.
En Identificación y Extranjería había poca gente. En menos de media hora teníamos la solvencia de antecedentes penales. Atravesamos la calle Ayacucho hasta la plaza Andrés Eloy Blanco. Frente a la muralla del río Manzanares compré una kolita Sifón. El color encarnado se evaporaba en mi paladar con efluvios de refresco. La brisa llenó mis pulmones cuando entramos al puente Guzmán Blanco.
Traté de olvidar el ajuste de cuentas que me esperaba al regresar a casa. El bullicio de la Avenida Bermúdez quedaba relegado ante mi búsqueda de argumentos sólidos para justificar mi presencia en la parte trasera del camión. El sol caía a plomo sobre Cumaná. Por mi rostro bajaban ríos de sudor frío.
Raimundo me templó el brazo varias veces.
_ Mira Alberto. Tarzán sale ahora más temprano.
Un tropel de tambores de hojalata me hizo traspasar el laberinto del camión. Un hombre embadurnado en negro humo, esgrimía unas alas de metal y escupía rojo vegetal sobre el asfalto. La gente se arremolinaba alrededor del diablo de Cumaná. Era una tradición popular que se extendía a lo largo del año. Por primera vez no sentí miedo cuando Tarzán agarró el tridente y simuló enterrarlo en el vientre de un desamparado indiecito. Las perolas retumbaban entre mis sienes como el regaño que imaginaba me iba a dar Papá al regresar en la tarde a Cumanacoa. Hasta me di cuenta que el tridente se desviaba milímetros antes de llegar a la piel del indiecito para romper una diminuta vesícula cargada de rojo vegetal. Las mujeres se llevaban las manos a los ojos y gritaban "¡Pobrecito!".
Entendía las carreras de los niños por esconderse detrás de las faldas de sus madres. Más de una vez traté de hacerlo y mamá me sacaba de los escondites más rebuscados. No recuerdo otra ocasión que me haya molestado tanto con ella. Ese miedo brutal que me carcomía la boca del estómago regresaba abrochado a tener que enfrentar a papá en la noche.
El resto de la tarde nos distrajimos siguiendo los vuelos en picada de los alcatraces sobre el mar en Puerto Sucre. Estuve tentado a prender el radio. Me confié en que los Medias Rojas seguían ganando el juego. Además de que el momento frente al mar despegaba cualquier mente de la rutina diaria, hasta de la amenaza de regaño que me aguardaba en casa.
Cuando el sol retozaba en el horizonte apretamos el paso por toda la Avenida Bermúdez hasta llegar a la estación de carros por puesto. Brairo me templó varias veces el brazo a mitad de trayecto.
_¿Que te pasa Alberto? Ya con esta son como 3 muchachas bonitas y ni siquiera te das cuenta.
Cada paso que daba quería reducirlo al máximo, para llegar a casa el mes siguiente cuando a papá se le hubiese olvidado lo del camión.
Las sombras alargaron las dimensiones del carro entre los cocotales de la salida hacia Cumanacoa. En las curvas de Gamero el chofer detuvo el carro. Varias personas levantaban las manos. Sobre el pavimento yacían dos cuerpos. Un olor volátil alborotaba el anochecer. Mientras levantaron el choque quise sintonizar el radio. Sólo salían ruidos de interferencia. El carro llamaba a seguir con una detonación en el escape. El chofer hundió el acelerador y dos nubes blancas salieron del escape. La orina se paralizó en mi vejiga y salí corriendo detrás de unos matorrales.
Raimundo me preguntó como iba el juego. Empezó a sonreírse. Dijo que solo los Medias Rojas echaban por la borda una ventaja de catorce juegos en julio. Me lo quedé mirando con ardor en los ojos. Las palabras no salían, igual que la parálisis al ver a Papá desde la plataforma del camión. Brairo recordó que Boston ganaba 2-0. Raimundo estiró los pies debajo del cajín delantero. Recitó las virtudes de un equipo inspirado como los Yanquis. Por algo tenían a un jugador al que llamaban Mister Octubre. Todavía ignoraba que razones le iba a dar a Papá para viajar a Cumaná en un camión. En medio de aquel laberinto emocional emergió el jonrón de Carlton Fisk en la Serie Mundial de 1975. Tomé impulso y le dije a Raimundo que los Yanquis iban a tener que echarle pichón para ganar.
A través de la ventanilla sorprendí al sol contagiando de sarampión a las nubes y de azul marino a la noche. La brisa fría fue insuficiente para tratar de explicarme por qué seguía un equipo tan irregular como los Medias Rojas. La desesperación que sentí al ver como perdían juego tras juego mientras los Yanquis ganaban y descontaban la volátil distancia, me hacía volver a los exámenes del Liceo donde llegaba a las últimas preguntas cuando faltaba más de media hora para terminar. No sé por qué me sudaban las manos, solo pensaba en el reloj. Me parecía resbalar por la cuesta de un cerro y no había ninguna mata de donde agarrarme. Al terminar el examen, veía clarito la solución de los problemas. Salía al patio chasqueando el piso con mis zapatos de goma y esquivaba a mis compañeros.
El ulular de las chicharras destacaba los últimos relumbrones del atardecer. En las curvas de Bichoroco, Raimundo suspiró y asomó el rostro a la ventanilla. Un carro que venía pidiendo paso desde Cedeño pasó como un trueno.
_Así van a pasar los Yanquis.
Apreté el puño derecho. La desaparición de la ventaja de catorce juegos permanecía atragantada en mi garganta.
La noche cojeó sobre el neumático del chofer. Un olor a caucho quemado borró la carrera por el banderín del Este de la Liga Americana. El chofer dirigió el carro hacia unos matorrales aledaños a la carretera. Raimundo quiso ayudar con el caucho de repuesto. El chofer atravesó la barriga y levantó la mano.
_Si quieres me ayudas a aflojar las tuercas.
El caucho desinflado me trajo las transmisiones de la serie entre Yanquis y Boston de la primera semana de septiembre. Los Medias Rojas parecían los Osos Revoltosos, quizás Walter Matthau hubiese dicho que sus muchachos lo hacían mejor. Los marcadores de aquellos juegos me hicieron darle de puñetazos a la almohada y hasta al tronco de la mata de guayaba del patio. Todos los juegos se perdieron por más de 3 carreras. Cuando levanté el caucho para meterlo en el baúl del carro divisé en medio de la oscuridad un punto brillante donde varios pedazos de vidrio se hundieron en la goma.
Al pasar por Arenas, aproveché las luces y traté de sintonizar la emisora en el radio. Solo escuchaba un ruido de fondo. En el radio del carro solo sonaba música. Frente a la Ceiba de la entrada a Cumanacoa entró la señal de Noti Rumbos con las noticias de las seis de la tarde. Adherí la oreja a la corneta del radio. Raimundo tuvo que gritar para despedirse.
-Mira chico, mejor vas pensando que le vas a inventar a tu papá. Olvídate de ese equipo, si perdieron 14 juegos de ventaja seguro que perdieron este también.
Seguí caminando por la calle Flores sin voltear a mirar.
En la esquina de la escuela la noticia salió del radio como puñal en la espalda. "…y en dramático juego realizado esta tarde en Fenway Park, el torpedero Bucky Dent sentenció a los Medias Rojas de Boston con un cuadrangular ante Mike Torrez en el séptimo inning que puso a ganar a los Yanquis. Desde allí no perdieron la delantera a pesar de los esfuerzos de Carlton Fisk, Jim Rice, Fred Lynn y Carl Yastrzemski quien entregó el último out con un elevado a la tercera base…"
Mis pasos tropezaron varias veces con la penumbra del crepúsculo. Una ráfaga de viento entró por mi camisa como un bloque de hielo. Miraba hacia el cielo buscando el azul de la capa de ozono pero solo respiraba vapores espinosos. El parasol de cajas de cartón que había improvisado a un lado del tanque de agua no sería mi refugio preferido las próximas tardes. Subiría al techo de la casa, pero sin la misma emoción de escuchar los nombres de Fisk, Yastrzemski, Eckersley, Evans y compañía. Sería inevitable imaginar como jugarían los Medias Rojas en el playoff.
Detuve mis pies en la esquina antes de llegar a casa. Quería que llegase pronto abril para ver a los Medias Rojas desquitarse de los Yanquis. La idea de ver a los Mulos de Manhattan en el lugar que debían ocupar los Patirrojos borraba por completo los gritos de Papá llamándome desde el portal. Si sólo a Luis Tiant le hubiera tocado lanzar uno de aquellos juegos de septiembre a esos Yanquis.
A cada paso que daba hacia la casa me parecía avanzar a más velocidad de los 100 kilómetros por hora que rodaba el camión. Mis pies resbalaban en la plataforma. Aunque sentí un estallido en el pecho cuando pasó el carro de Papá lo que permanecía en mi corazón eran los catorce juegos que los Yanquis se habían quitado de encima para dejar en el camino a los bostonianos.
Entré a la casa con la mirada en el piso. Tío Miguel me indicó que Papá me esperaba en la oficina. Había cierta dureza en sus mejillas. Quiso detenerme pero ya había empuñado la manilla de la puerta.
Papá sacaba unas cuentas en la máquina sumadora. Un estornudo detuvo su tecleo.
-¿Te diste cuenta de la imprudencia que cometiste?
En mis oídos todavía resonaba la campanita de Noti Rumbos antes de la noticia de la derrota de los Medias Rojas. Bajé la mirada. Papá apagó el cigarrillo. Sus manos apretaron los dedos hacia arriba, parecían llamas ardientes que llegaban hasta sus ojos. Una andanada de venas brotadas inundaron su frente. Por su cuello corrían Orinocos de sudor. Dio dos manotazos sobre el escritorio que me hicieron parpadear. Bajé la mirada. Escondí mis ojos en el último rincón de la oficina. Miraba mis zapatos. Sobre el piso de granito aparecían los dibujos metálicos de la plataforma del camión. Resbalaba en cada curva. Me aferraba al radio en medio del deslizamiento. La voz de Papá quemaba el aire de la oficina, la tensión subió la temperatura de mis ojos. Quería hablar. Papá arremetía con trompetas en la voz.
Dos lágrimas asomaron en mis pestañas. La voz de papá viajaba simultánea con la pelota atrapada en el guante de Graig Nettles. Papá gesticulaba y acentuaba las palabras cuando hablaba del camión y la facilidad con que una persona puede salir despedida de su plataforma al mínimo frenazo. Me llevé las manos a la boca varias veces. La pelota rebotaba contra todas las paredes. El concierto de percusión se extendía. Abría los ojos y desviaba la mirada hacia la confluencia de las paredes con el piso. Papá dibujaba una y otra vez como me pude haber caído de la plataforma del camión. Mis manos pasaban sudorosas sobre mi frente, el jonrón de Bucky Dent seguía estallando entre mis sienes.
La brisa fría de la carretera seguía pinchando mi rostro en medio de la cinética de la vegetación. Papá subía la voz y saltaba de la plataforma del camión a la oficina. Seguía insistiendo en saber como fue que decidimos montarnos en aquel camión. Mis ojos solo llegaban hasta las rayas de cal del estadio donde los Medias Rojas acababan de ser eliminados por los Yanquis.
Los pasos de papá alrededor de la habitación terminaban en explosiones de regaño. Para mí eran sólo chasquidos en medio de la desolación del Fenway Park. El desagrado de Papá aumentaba. En un momento me estremeció por los hombros. Me anunció que pasaría una semana sin la mesada de dos bolívares diarios. Sentí varios aguijones en los ojos. Guarecí el mentón en mi pecho y agarré el pomo de la puerta. Papá se levantó de su silla. Quiso acercarse pero abrí la puerta y salí disparado hacia el porche. En mi mente sintonizaba una y mil veces el radio de cubo negro para ligar el jonrón de Yastrzemski en el noveno inning. Siempre terminaba bateando ese mísero elevado al cuadro.
Papá quiso tranquilizarme al ver como me senté en la acera con la cabeza entre las manos
_Vamos. No es para tanto. Todos cometemos travesuras a tu edad y después nos reponemos.
Mi frente continuaba aferrada a mi antebrazo derecho. Si pero de seguro él no se había antojado de seguir a un equipo que perdiera una ventaja de 14 juego como los Medias Rojas. Reponerse iba a costar 6 largos meses hasta la llegada de abril. Mientras tanto había que aguantar el temporal de los yanquistas.
Aquella noche sólo recé una oración "¿Por qué Bucky Dent se tenía que antojar de dar jonrón hoy?".
Papá levantó la mirada y respiró profundo. Dio dos palmadas en mi espalda y regresó a la oficina.
-No te vayas a quedar mucho tiempo aquí.
Ahora el camión corría más rápido, el radio sonaba a toda la voz de Buck Canel. Cada curva casi sacaba al camión de la vía. Mis pies permanecían clavados sobre la plataforma, en busca del inning del jonrón para repetirlo y darle otra oportunidad a Mike Torrez.
Un rumor de ráfagas zumbaba en la cola del camión. Me aferré al techo de la cabina. El impacto de varias gotas me hizo voltear. Papá me alzó por los hombros. Le pregunté por qué se trabaja tanto por algo para perderlo todo al final. Papá sacudió el agua de mi camisa. Me dijo que tenía media hora viéndome desde la oficina.
-Lo que pasó, es pasado. Ahora debes seguir adelante. Claro, debes corregir los errores.
Desde la plataforma del camión trataba de mirar el dugout de los Medias Rojas ¿Estarían pensando en el jonrón de Bucky Dent? ¿Discutirían como harían la próxima temporada para contener a los Yanquis?
Me fui hacia el cuarto con la cabeza entre los hombros.
La fotografía en el periódico me hizo detenerme en la acera bajo el sol matinal. Carl Yastrzemski en el dugout de los Yanquis felicitando a Reggie Jackson luego del juego. Doblé el periódico y lo metí debajo del brazo. Las piedrecillas volaban al contacto con la punta de mis zapatos. Después de tirar el periódico en el rincón más alejado del cuarto, empezaron a aparecer imágenes más serenas en mi mente. Yastrzemski debía tener mucho carácter y autoestima para entrar al dugout de sus vencedores y reconocerles sus méritos luego de una larga batalla de seis meses.
Las próximas dos semanas olvidé por completo los trámites para ingresar a la Universidad. En mi mente solo ebullía el eco del último out a manos de Graig Nettles. Un mediodía el niño de enfrente jugaba con unos globos de helio. El estruendo de un camión vacío sobre la batea de la calle dibujó lágrimas en la cara del niño. Los globos volando sobre la plataforma del camión destaparon mis oídos para escuchar un radio que decía: "La semana entrante vence el plazo para enviar los papeles al CNU". Me levanté sin dejar de mirar la plataforma del camión. En otras noticias decían que Boston había cambiado al lanzador Bill Lee a los Expos de Montreal.
Mientras sacaba los papeles de bachillerato de una carpeta regresó a mi mente aquella serie de cuatro juegos en septiembre. "Si al menos Bill Lee hubiese lanzado uno de esos juegos". Salí a la calle para ver si veía al camión solo quedaba el resplandor meridiano. Los globos flotaban muy altos sobre la calle.
Alfonso L. Tusa C.
miércoles, 19 de septiembre de 2018
Esquina de las Barajitas: 1969 Topps. Joe Schultz.
Bruce Markusen.
Los trabajadores del Salón de la Fama también son aficionados al beisbol y les gusta compartir sus historias. Aquí está la perspectiva de un aficionado desde Cooperstown.
Joe Schultz luce feliz en su barajita Topps de 1969. Parece no tener idea de la cercana situación que está por experimentar. Convertirse en el primer manager de los Pilotos de Seattle.
Sin mucho talento, o mucha fanaticada, o algo que se acercara a un estadio de grandes ligas, Schultz y los Pilotos enfrentarían la senda de su primera temporada en la historia de la franquicia. Sería la única temporada de Schultz como manager de los Pilotos, quienes lo despidieron al final de la temporada. De hecho, sería la única temporada de los Pilotos. Por eso fue que la franquicia se reubicó abruptamente en Milwaukee, convirtiéndose en Cerveceros antes del inicio de su segunda temporada.
En realidad, Schultz tenía muy poco conocimiento de que dirigiría a los Pilotos cuando esa fotografía fue tomada por un fotógrafo de la Topps Gum Company. La fotografía es vieja, tomada en 1967 o 1968, durante el entrenamiento primaveral, cuando Schultz aún era el coach de tercera base de los Cardenales de San Luis. Como los Pilotos aun no jugaban su primer juego, y apenas se habían reportado para el entrenamiento primaveral de 1969, Topps no tenía fotografías actualizadas de Schultz usando el uniforme azul, amarillo y blanco de los Pilotos. Afortunadamente, Topps encontró una foto de archivo de Schultz sin la gorra de los Cardenales. Debido a esa apariencia genérica, la barajita fue diseñada para la colección de 1969.
Como se puede ver en su barajita Topps. Schultz tenía poco cabello en su cabeza hacia finales de la década de 1960. Imagino que la mayoría de ese remanente de cabellos se desvaneció durante la temporada de 1969, mientras los Pilotos perdían juego tras juego, frustrando a Schultz y su cuerpo técnico. No hay nada como perder hasta envejecer para un manager de grandes ligas. Los Pilotos perdieron muchos juegos ese verano, acumularon 98 derrotas para terminar últimos en la división oeste de la Liga Americana. Al final de la temporada, Schultz probablemente podía peinarse con una toalla, un cepillo hubiese resultado obsoleto.
Aunque Schultz no ganara muchos juegos con los Pilotos, tuvo éxito al forjarse una imagen como uno de los managers más pintorescos de la era de la expansión. Mucho de esa imagen viene del icónico libro de Jim Bouton: Ball Four, el cual muestra muchas historias acerca del manager de los Pilotos que pudieran haber sido tituladas, The World According to Joe Schultz.
La historia de Schultz en el beisbol profesional empezó en 1932, cuando apareció en su primer juego de ligas menores, ¡a la edad de 13 años! Es difícil imaginar a un muchacho de 13 años de edad tomar un turno al bate en un juego profesional, y batear un imparable nada menos, pero eso fue exactamente lo que hizo Schultz. En realidad, él era el recogebates de los Buffaloes de Houston, y salió como bateador emergente porque su padre, el manager del equipo, quería darle la oportunidad de tomar un turno en el día final de la temporada. Por supuesto, nada de eso hubiese sido permitido en el beisbol profesional de hoy, para jugar en las ligas menores, los peloteros deben tener al menos 16 años de edad.
Siete años luego de su celebrado debut como adolescente, Schultz llegaría a las mayores con los Piratas de Pittsburgh, donde jugó fragmentos de tres temporadas como catcher de reserva. Luego pasó a los Carmelitas de San Luis, donde estuvo seis temporadas, como catcher a medio tiempo y bateador emergente.
Como jugador, Schultz tuvo una carrera poco llamativa. Pero fue un catcher inteligente y muy laborioso que mostraba pasión y entusiasmo por el juego. Esa reputación le procuró un trabajo como coach con los Carmelitas en 1949. La temporada siguiente, se convirtió en manager de ligas menores, algo que hizo por 13 temporadas. En 1963, los Cardenales de San Luis lo llevan de vuelta a las mayores como su coach de tercera base. En las próximas seis temporadas, Schultz envió al plato infinidad de corredores, mientras los poderosos Cardenales ganaban los banderines en 1964, 1967 y 1968. Y conquistaban los campeonatos mundiales en 1964 y 1967.
A mediados de la temporada de 1968, los aún en período de gestación Pilotos de Seattle le ofrecieron a Schultz la dirección del equipo. Para un hombre de beisbol como Schultz, esa era la oportunidad que había buscado desde que empezó su carrera como coach. Al final de la temporada, los Pilotos llegaron a un acuerdo con Schultz, pero no podían anunciar públicamente la contratación debido a que él todavía era coach de los Cardenales, quienes estaban encaminados a ganar el banderín que los llevaría a la Serie Mundial. La decisión de contratar a Schultz, rumorada desde agosto, se convirtió en el secreto peor guardado del beisbol.
Como resultado de los rumores, el nombre de Schultz saldría a la luz pública durante la Serie Mundial de 1968. Mientras las cámaras de la NBC mostraban a Schultz en la caja de coach de los Cardenales, campeones de la Liga Nacional, los narradores Curt Gowdy y Harry Caray se referían a él reiteradamente como “el primer manager en la historia de los Pilotos de Seattle”. Hablaron tan abiertamente del movimiento de Schultz que eso se convirtió en una de las subtramas de la serie entre los Cardenales y los Tigres de Detroit. Finalmente, durante el noveno inning del séptimo juego, el gerente general de los Pilotos, Marvin Milkes anunció oficialmente que Schultz sería el manager de los Pilotos.
Para ese momento, Schultz era un nombre muy familiar en el area de San Luis. Se había hecho famoso al apodar a los Cardenales de 1967 como “El Birdos”. Pero más allá del medio oeste, Schultz era un virtual desconocido. Muchos aficionados lo veían como un hombre misterioso, aunque hubiese cumplido 50 años y había trabajado en el beisbol durante casi cuatro décadas. Ciertamente no era una figura de la casa, y no necesariamente una escogencia natural para afrontar el primer año de la franquicia en Seattle.
Schultz y los Pilotos confiaban en que él iba a salir del anonimato. En enero y febrero de 1969, Schultz se convirtió en el remolino del programa de banquetes y discursos, se presentó en escuelas primarias, liceos, almuerzos, clubes sociales, organizaciones de fraternidad, cenas formales y casi cualquier tipo de evento público celebrado en el gran noroeste. Se convirtió en el éxito de la programación, al cautivar audiencias con su sorprendente sentido del humor, sus ocurrencias y su entusiasmo por el juego. Día tras día, le decía a cualquiera que escuchara, que los Pilotos eran capaces de jugar beisbol para ganar y que terminarían terceros en la división oeste de la Liga Americana. Debido a su energía y aparente sinceridad, las personas en Seattle empezaron a creer en él.
Schultz ayudó a crear algo de entusiasmo general en la fanaticada de Seattle. También crearía revuelo en el entrenamiento primaveral, al impresionar de inmediato a sus peloteros. Cuando los Pilotos llegaron al campamento primaveral, vieron a un manager quien epitomizaba la apariencia de la vieja escuela de managers de la década de 1960. El rostro sonrojado de Schultz, su cabeza calva y físico rechoncho (todos visibles en su barajita Topps de 1969) parecían algo fuera de lugar.
Como manager a Schultz le gustaba repetir ciertas frases, las cuales reflejaban algo de la sabiduría simple que adquirió en casi 40 años de experiencia en el beisbol profesional. Una de sus favoritas se refería a su consejo básico de bateo: “Bien muchachos, se trata de una pelota redonda y un bate redondo y hay que batearla de plano”.
Schultz tenía el tipo de vocabulario propio de los managers de antaño, rociado con muchas malas palabras de cuatro letras. Había maravillado a sus audiencias de invierno, incluyendo los grupos escolares, con tal lenguaje, pero su manera sazonada de hablar se convirtió en uno de los temas recurrentes de Ball Four.
En el capítulo 1 de Junio de Ball Four, Bouton aporta cierta visión interna de las coloridas palabras del manager. Despues que los Pilotos vencieran a los Tigres campeones munidales, Schultz dio a sus peloteros un discurso de victoria. Esto es lo que Bouton escribió: “Joe dio su discurso habitual en el clubhouse: ‘Atáquenlos todo el tiempo. Acribíllenlos. Sean implacables…Saboreen esa Budweiser y vuelvan a vencerlos mañana’”.
Quizás la charla más memorable de Schultz ocurrió cuando fue al montículo para hablar con el pitcher John Gelnar. Bouton plasmó esa conversación en Ball Four.
Gelnar nos contó de la gran conversación que tuvo con Joe en el montículo. Había dos tipos más ahí y Tom Matchik (de los Tigres) iba a batear. “¡Quieres que le lance de alguna manera en particular, Joe?” preguntó Gelnar.
“No, domínalo”, dijo Joe Schultz. “Lánzale duro abajo y después nos vamos a saborear algo de Budweiser”.
Saborear algo de Budweiser. Esas palabras se convertirían en sinónimo de Schultz. Una y otra vez, le imploraba a sus Pilotos que terminaran todo y ganaran el juego, para irse a saborerar algo de Budweiser. Schultz disfrutaba su cerveza.
Desafortunadamente, los Pilotos tuvieron pocas oportunidades de saborear Budweiser. Empezaron la temporada muy bien, se mantuvieron en el tercer lugar hasta principios de julio pero luego tuvieron una caída prolongada hacia el sótano el resto del camino. Al terminar la temporada, solo habían ganado 64 juegos, lo cual frustró a Schultz, pero no sorprendió a la mayoría de los observadores quienes veían en los Pilotos a un equipo de expansión con poco margen de respetabilidad.
Al final de la temporada, los Pilotos decidieron que Schultz era parcialmente responsable de haber terminado en último lugar. Los Pilotos despidieron a Schultz, un hecho que muchos peloteros sintieron que era injusto debido al poco talento que tenía el equipo de Seattle. Don Mincher estaba molesto por el despido. Dijo que Schultz había sido un factor positivo en el clubhouse.
“Nos mantuvo batallando”, le dijo Mincher a The Sporting News, “nos animó a través de la peor racha de derrotas”. La mayor parte del tiempo, los peloteros disfrutaban jugando para Schultz, debido a su energía y pasión. Hasta los peloteros quienes no lo veían como un verdadero manager reconocían que Schultz generaba entretenimiento y mantenía el clubhouse animado y relajado.
Aunque había perdido su sueño de ser manager luego de solo una temporada, Schultz se propuso mantenerse en el beisbol. Pocas semanas después del despido, aceptó un trabajo como coach de otro equipo de expansión de la Liga Americana, los Reales de Kansas City. Schultz llevó su buen humor con él en su regreso al medio oeste para trabajar con el manager Charlie Metro.
Estuvo con los Reales solo una temporada, Schultz se mudó al final del año. En 1971, se unió al cuerpo técnico de los Tigres de Detroit, donde se convirtió en coach del manager Billy Martin.
Esa primavera, los Tigres se preparaban para efectuar un juego de exhibición contra los Piratas de Pittsburgh en Bradenton, Fla. Luego de retirarse como pitcher, Jim Bouton ahora trabajaba como reportero deportivo para el canal televisivo ABC y fue asignado para cubrir el juego de entrenamiento primaveral de los Tigres ese día.
Ese escenario determinó el primer encuentro entre Schultz y Bouton desde la publicación de Ball Four. Bouton había buscado la reunión con ahínco, pero a Schultz no le había gustado la manera como el pitcher lo había retratado, particularmente como alguien quien constantemente pronunciaba obscenidades. Autorizado por Martin, quien no quería tener que lidiar con Bouton, Schultz abordó a su antiguo pelotero mientras este entrevistaba a los miembros de los Piratas. Schultz le dijo a Bouton con brusquedad que saliera del campo antes que los Tigres empezaran a ejercitarse previo al juego. La reacción de Schultz sorprendió a Bouton. Él sentía que había mostrado a Schultz de manera pintoresca y amigable, de ninguna manera de forma degenerada. “Joe, eras uno de mis favoritos”, dijo Bouton, tratando de razonar con su ex manager. Pero Schultz no escucharía. “Vete de aquí”, gritó Schultz. Bouton salió del campo disgustado.
“Había estado esperando por mucho tiempo la oportunidad de poner a Bouton en su lugar”, le dijo Schultz a Martin, de acuerdo al Sporting News. “Me contenta que me haya dado la oportunidad de correrlo”. De muchas maneras, el incidente pareció fuera de lo común para el tipo de personalidad de Schultz, quien generalmente era muy llevadero. Pero pareció malinterpretar la manera como Bouton lo retrató en su libro. Bouton había querido mostrar a Schultz como un héroe pintoresco, pero Schultz interpretó las palabras de Bouton como una burla, una parodia.
Schultz permaneció con los Tigres hasta 1973. Cuando los Tigres despidieron a Martin, nombraron a Schultz manager interino, dándole su segunda oportunidad como dirigente. En 28 juegos tuvo una respetable marca de 14-14, y recibió elogios por su trabajo con el equipo, pero los Tigres no consideraron apropiado darle el trabajo a tiempo completo. Schultz no dirigiría otra vez.
Schultz se estableció en San Luis para su vida pos-beisbol, allí permaneció por el resto de sus años. En 1989, un artículo de USA Today acerca de los Cardenales de 1964 reportó a Schultz como fallecido, aunque todavía trabajaba en una compañía de suplementos ferroviarios. Cuando el narrador de los Cardenales, Jack Buck, vio a Schultz unos días después, lo saludó diciéndole: “Me alegra ver que has resucitado”.
Schultz viviría siete años más, mientras vivía una vida pacífica en San Luis. Finalmente sucumbió a una falla cardíaca en enero de 1996, tenía 77 años de edad.
Durante una de sus entrevistas finales, a Schultz le preguntaron por su frase favorita, “saborearr algo de Budweiser”. Su respuesta al Milwaukee Journal fue muy clásica de Schultz. “En este momento tengo una en mi mano”.
Entonces Schultz discutió lo que hubiera ocurrido si los Pilotos hubieran seguido con él y lo llevaran a Milwaukee en la mudanza del equipo. Manteniendo su perspectiva, Schultz dijo: “Hubiese estado en una buena ciudad con toda esa cerveza”.
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Bruce Markusen es el gerente de Digital and Outreach Learning at the National Baseball Hall of Fame. Ha escrito siete libros de beisbol, incluyendo biografías de Roberto Clemente, Orlando Cepeda y Ted Williams, y A BaseballDynasty: Charlie Finley’s Swingin’ A`s, el cual fue premiado con la Seymour Medal de SABR.
Traducción: Alfonso L. Tusa C.
martes, 11 de septiembre de 2018
Hace cincuenta años Ray Washburn respondió de inmediato a un juego sin imparables ni anotaciones.
San Luis 2 - San Francisco 0. 18 de septiembre de 1968
No Hitters. Rich Westcott and Allan Lewis. McFarland & Company. 2000.
La carrera de Ray Clark Washburn fue alterada drásticamente por una lesión en el hombro que lo forzó a cambiar desde ser un lanzallamas hacia un pitcher que dependía fundamentalmente de su curva lenta. El espigado derecho tuvo temporadas de doble figura en triunfos cuatro veces, tres de ellas después de la lesión. Nació el 31 de mayo de 1938 en Pasco, Washington. Washburn pasó del campus de Whitworth College al Rochester de la International League en 1960. Llegó a los Cardenales de San Luis a finales de la temporada de 1961. Washburn lanzó su año final en las grandes ligas con los Rojos de Cincinnati.
Totales de ligas mayores: 10 años (1961- 1970). 239 juegos. 72 victorias. 64 derrotas.
Ray Washburn hizo historia cuando subió al montículo el miércoles 18 de septiembre contra los Gigantes de San Francisco, ocupantes del segundo lugar, en Candlestick Park. Los Cardenales de Washburn habían asegurado el banderín de la Liga Nacional, pero el día anterior habían recibido un juego sin imparables ni carreras de parte de Gaylord Perry.
Una escasa concurrencia de 4.703 estuvo en la tribuna para ver a Washburn (12-7) enfrentar a Bob Bolin, nadie podía haber imaginado que a menos de 24 horas de la joya de Perry, habría otro juego sin imparables ni carreras. Este juego, obra de Washburn, marcó la segunda vez que se producían dos no-hitters sucesivos entre los mismos equipos. También fue el primer juego sin hits ni imparables lanzado por un pitcher de los Cardenales en 27 años.
Para Washburn, de 30 años de edad, el juego representó el climax de un largo camino de regreso. Despues de ganar 12 juegos como novato, una lesión en el hombro lo limitó a solo nueve victorias en los próximos tres años, estuvo subiendo y bajando entre las ligas menores y el equipo grande. Cuando aprendió a lanzar la curva, Washburn regresó a las mayores, y logró integrar con solidez la rotación de abridores de los pájaros rojos.
Contra los Gigantes, Washburn ponchó ocho, caminó a cinco, y llevó a otros 11 bateadores a la cuenta de tres bolas. Hizo 138 envíos y solo le sacaron dos pelotas del cuadro interior.
Washburn empezó el juego ponchando a Bobby Bonds. Ron Hunt falló con roletazo por tercera base. Pero Willie Mays negoció boleto. Willie McCovey la rodó por la intermedia para forzar a Mays.
Dick Dietz caminó con un out en el segundo inning, pero Ty Clyne bateó rodado a manos de Dick Schofield en el campo corto, este pisó segunda base y lanzó a primera para completar el dobleplay.
Washburn retiró 13 bateadores en fila iniciando con ponches a Hal Lanier y Bonds en el tercer inning. Se ayudó con dos buenas jugadas defensivas en el sexto inning. Con un out, tomó el rodado adormecido de Bolin por la raya de tercera base y lanzó a primera para completar el out. Luego Bonds estrelló un linietazo en la pierna de Washburn, este tomó la pelota y lo retiró en primera.
San Luis, limitado a dos imparables por Bolin en los primeros seis innings, tomó la delantera en el séptimo cuando Orlando Cepeda sencilleó luego de un out y anotó luego de pasar a segunda base mediante roletazo al cuadro, con doble de Mike Shannon. Los Cardenales volvieron a anotar en el octavo, mediante doble de Schofield, sacrificio de Washburn y sencillo de Curt Flood.
Hunt abrió el séptimo inning negociando boleto. Despues de ponchar a Mays, Washburn también caminó a McCovey. Pero Jim Hart la rodó por segunda, los corredores habían salido en bateo y corrido. Dick Dietz se ponchó.
En el octavo, tanto Cline como el emergente Bob Schroder fallaron con roletazos por la inicial. Washburn boleó al emergente Dave Marshall, pero retiró a Bonds con elevado a primera base para que Cepeda completara los tres outs del inning.
El noveno empezó con rola fuerte de Hunt hacia Gagliano en segunda para el primer out. Mays siguió con candelazo por la antesala que Shannon tomó para completar el out en el mascotín de Cepeda. Siguió McCovey con un linietazo peligroso que se desvío hacia la zona foul del jardín derecho. Luego entregó el último out con elevado a manos de Flood en el jardín central.
Se había hecho historia, aunque irónicamente, el año siguiente se duplicaría ese extraño hecho. Washburn, quien terminaría la temporada con marca de 14-8, recibió un bono de 3.000 $.
Traducción: Alfonso L. Tusa C. 26 de agosto de 2018.
lunes, 10 de septiembre de 2018
Gaylord Perry y su juego sin hits ni carreras de hace cincuenta años.
San Francisco 1 - San Luis 0. 17 de septiembre de 1968
No Hitters. Rich Westcott and Allan Lewis. McFarland & Company. 2000.
Gaylord Jackson Perry era frecuentemente acusado de lanzar la bola de saliva durante su larga y legendaria carrera como pitcher de grandes ligas. El espigado lanzador derecho nunca confirmaba ni negaba la acusación, prefería que los bateadores lo averiguaran por su cuenta. Sus detractores debieron equivocarse muchas veces porque Perry ganó 314 juegos, incluyendo cinco temporadas con más de 20 victorias, y dos premios Cy Young. El hermano menor del pitcher de grandes ligas Jim Perry, Gaylord nació el 15 de septiembre de 1938, en Williamstown, North Carolina. Su primer equipo profesional fue el St. Cloud de la Northern League en 1958. Llegó a la gran carpa en 1962 con los Gigantes de San Francisco, para quienes lanzó hasta que se fue a los Indios de Cleveland en 1972. También jugó para los Rangers de Texas, Padres de San Diego, Yanquis de Nueva York, Bravos de Atlanta, Marineros de Seattle y Reales de Kansas City, durante su prolongada carrera.
Totales de grandes ligas: 22 años (1962-1983), 777 juegos, 314 victorias. 265 derrotas.
Nadie esperaba ver un juego sin hits ni carreras de parte del equipo anfitrión cuando Gaylord Perry subió a la lomita el martes 17 de septiembre en Candlestick Park para enfrentar a los Cardenales de San Luis. Los Cardenales, después de todo, eran los campeones mundiales defensores, y estaban en camino a otro banderín de la Liga Nacional. Además en el montículo de los pájaros rojos estaría el implacable Bob Gibson, cuya marca para ese momento era de 21-7.
Gibson era quien parecía más cercano a lanzar un juego sin hits ni carreras, lo cual alcanzó tres años después. Pero esta noche pertenecía a Perry, quien llegó con marca de 14-14 al cotejo, para los Gigantes ocupantes del segundo lugar. Con los Gigantes a 12 juegos de los Cardenales, solo había una magra multitud de 9.546.
Ni Perry ni Gibson decepcionaron. Gibson permitió solo cuatro imparables y ponchó 10, solo concedió un jonrón por la izquierda en el primer inning luego de un out, ante Ron Hunt.
Perry fue más severo. Mediante una poderosa recta y una sinker devastadora que los Cardenales dijeron era una bola de saliva, el derecho de 30 años de edad silenció a San Luis, no aceptó un solo imparable. Ponchó nueve y caminó a dos, solo le batearon dos elevados a los jardines y nunca le batearon con fuerza.
En el primer inning, Bobby Tolan sorbió ponche, Curt Flood la rodó por el campo corto y Roger Maris entregó el tercer out con un saltarín por primera base. Perry permitió su primer corredor en el segundo inning al bolear a Mike Shannon con dos outs.. Phil Gagliano levantó elevado a segunda base para terminar el inning.
Allí empezó una seguidilla de 18 bateadores retirados. Ponchó a Dal Maxvill y a Gibson para empezar el tercer inning y luego retiró a Tolan con rodado por las paradas cortas.
Los Cardenales no amenazaron hasta el sexto inning cuando Maxvill conectó un rodado por el medio del diamante. Perry lo detuvo y lanzó a la inicial para completar el out, Gibson elevó al jardín central, pero Tolan estuvo a punto de embasarse al descargar un roletazo candente entre primera y segunda base. Willie McCovey se movió raudo para capturar la pelota y lanzar a primera base donde Perry tomó el disparo justo a tiempo para vencer al veloz Tolan en el salto.
Perry, quien había llegado al séptimo inning sin haber permitido imparables ni anotaciones ante los Cachorros de Chicago hacía tres semanas, salió del séptimo y empezó octavo inning sin problemas. Tim McCarver vio pasar el tercer strike y Shannon elevó a segunda base para empezar el octavo inning. Perry entonces caminó a Gagliano, pero Johnny Edwards se ponchó al emerger por Maxvill.
En el noveno inning, el eficiente bateador de contacto y veloz Lou Brock emergió por Gibson y conecto un rebote que pasó por encima de Perry. El campocorto Hal Lanier apuró el paso y retiró a Brock en la inicial. Luego vino el turno de Tolan y entregó el segundo out con rodado a manos de Hunt en segunda base. Entonces vino Flood al cajón de bateo, luego de conectar de foul en conteo de 1-2, miró pasar el tercer strike.
Había terminado un brillante duelo de pitcheo entre dos maestros del montículo. Perry terminó con marca de 16-15. Gibson ganó el premio Cy Young y los Cardenales perdieron la Serie Mundial ante los Tigres de Detroit en siete juegos.
Traducción: Alfonso L. Tusa C. 08 de agosto de 2018.
viernes, 7 de septiembre de 2018
Robert Marcano, el Salón de la Fama del Beisbol Venezolano y un jonrón infartante.
Hace poco anunciaron los elegidos del Salón de la Fama venezolano, Clase 2018. Además de la esperada escogencia de Omar Vizquel, apareció un nombre inesperado, no porque no tuviera méritos, sino porque el citado Salón tiene tantas deudas pendientes con otros tantos peloteros de suficientes pergaminos, que leer el nombre de Robert Marcano como nuevo inquilino sorprende gratamente. Quizás muchos aficionados del juego, principalmente de las nuevas generaciones, ignoren quien fue Marcano. Entre otras razones porque relativamente jugó poco en la Liga Venezolana de Beisbol Profesional. Fue uno de los primeros o el primer venezolano que jugó en la liga de beisbol japonesa, donde fue a jugar desde muy joven luego de que los Angelinos de California negociaran su contrato a un equipo nipón cuando aun jugaba en la sucursal AAA. Marcano tuvo una destacada actuación en la liga japonesa, solo al final de su carrera vino a jugar con cierta regularidad con los Tiburones de La Guaira.
Hay un episodio breve, indeleble, fantasmal, impactante en la carrera de Marcano en la LVBP, es probable que haya sido olvidado, sin embargo de seguro permanece en la memoria de los seguidores más apasionados del beisbol. Más adelante regresaremos para ilustrar dicho episodio. Ahora es pertinente imaginar el momento de la firma de Marcano al profesional. Tomando en cuenta las características del personaje, no cuesta mucho inferir que Pedro Padrón Panza, en sus funciones de gerente general, scout, consejero, asesor y dueño de los Tiburones de La Guaira, en uno de sus tantos viajes por el interior del país, recaló en la localidad de El Clavo, en la zona oriental del estado Miranda. Allí observó con interés el desempeño de un mozalbete que cubría la tercera almohadilla. Sin embargo, lo que más impresionó a Padrón fue el potencial que mostró al esgrimir el madero, por cuanto es bien sabido la carga ofensiva que se le exige a un tercera base para ganarse la regularidad en cualquier beisbol. Firmó para jugar en el beisbol organizado con la organizaci{on de los Indios de Cleveland, luego pasaría a los Angelinos de California.
Marcano fue un jugador casi esporádico con los Tiburones de La Guaira, apenas si participó en más de 40 juegos en tres (1971-72, 1973-74 y 1974-75) de sus 12 temporadas con los Tiburones, todas antes de emigrar al beisbol japonés. La mejor fue la de 1973-74, cuando apareció en 52 desafíos, consumió 199 VB, anotó 28 carreras, empujó 17, 61 imparables, 12 dobles, 5 triples, 2 jonrones, 14 boletos, 30 ponches, 4 bases robadas, su promedio de bateo fue .307. En 13 temporadas y 378 juegos bateó para .251, con 308 imparables, 49 dobles, 14 triples, 16 jonrones, 133 carreras empujadas y 143 anotadas. A medida que pasaron los años desde su establecimiento en el beisbol japonés, cada vez se enfundó menos en el uniforme de La Guaira Su última temporada en LVBP, coincidió con el penúltimo título alcanzado por los Tiburones en la temporada 1984-85, al vencer a los Tigres de Aragua por barrida en la serie final. Entonces apenas jugó en 15 encuentros, prácticamente un jugador de reserva o bateador emergente ocasional, en medio de la ebullición de aquella pléyade de peloteros llamada “La Guerrilla”.
Participó como segunda base en la serie final de la temporada 1976-77 que La Guaira perdió en seis juegos ante Magallanes. Entonces bateó para .182 con 4 sencillos y un doble. Cuando La Guaira parecía destinado a ser un eterno perdedor de la semifinal, luego de perder tres veces seguidas en esa instancia (1979-80, 1980-81 y 1981-82) logró acceder a la final 1982-83 para vencer a los Leones del Caracas en seis encuentros. En esa serie, Marcano actuó en cuatro juegos como antesalista y bateó para .250, 3 sencillos, doble, jonrón, 2 carreras anotadas, 3 empujadas, 1 boleto.
Su actuación en semifinales fue mucho más extensa, desde 1971 hasta 1985 apareció al menos en diez series, sin incluir la de la temporada 1973-74 cuando se suspendió la temporada luego de la ronda regular por una huelga de peloteros. Ese año también fue el mejor tercera base defensivo de LVBP, donde también actuaron antesalistas como Dámaso Blanco, Doug DeCinces, César Gutiérrez. Su mejor actuación en una semifinal ocurrió en la temporada 1977-78, La Guaira enfrentó a las Águilas del Zulia y perdió en seis encuentros. Marcano bateó para .286, con 2 jonrones, 2 carreras empujadas y 4 anotadas.
Durante un juego de la serie semifinal entre los Tigres de Aragua y los Tiburones de La Guaira en enero de 1975, el narrador de Venezolana de Televisión se atragantó al leer la noticia. El equipo de Salt Lake City, sucursal AAA de los Angelinos de California había negociado al tercera base Robert Marcano a un equipo japonés. Marcano venía de dos temporadas con 14 y 12 jonrones y 91 y 71 carreras empujadas ¿Por qué el gerente general de los Angelinos había decidido realizar aquel cambio? ¿Tenían tanta profundidad en el equipo grande para esa posición? ¿O en AA o en Clase A? ¿O simplemente no veían en Marcano a un pelotero que se estableciera en las mayores? Quizás se pudiese encontrar alguna explicación en los 25 errores cometidos en tercera base en la temporada de 1973, por lo cual jugó la mayor parte de los juegos en los jardines en 1974.
Marcano viajó a Japón, se convirtió en el primer venezolano que participaba en el beisbol japonés y empezó a jugar con los Bravos de Hankyu, paulatinamente se adaptó a la cultura japonesa y a la manera como los nipones juegan el beisbol. Pronto empezó a destacar como segunda base y su madero se hizo respetar hasta el punto de ser clave en la conquista de los tres primeros títulos de la divisa en la Serie de Japón, también ganaron cuatro veces el título de la Liga del Pacífico. Ganó cuatro veces el guante de oro, otras cuatro veces fue elegido como el segunda base del equipo ideal de la temporada regular. En 1978 fue el primer pelotero latinoamericano en ganar un liderato de carreras empujadas con 94. Jugó 11 temporadas, 8 con Bravos de Hankyu y tres con Golondrinas de Yakult. Participó en 1.313 juegos, con promedio de .287 y 232 jonrones. De acuerdo a Wayne Graczyk, un veterano columnista del diario Japan Times que ha estado cubriendo la acción de la NPB desde que Marcano debutó en la liga, el nativo de El Clavo está entre los mejores 25 extranjeros que han jugado en Japón y entre los tres mejores camareros junto a Bobby Rose y John Sipin.
El episodio breve y fantasmal está relacionado con el tercer juego de la serie semifinal entre los Leones del Caracas y los Tiburones de La Guaira de la temporada 1970-71. Aquel 23 de enero, los guairistas habían ganado los primeros dos juegos de una serie pautada a cinco desafíos. En el cierre del noveno episodio los Leones vencían a los Tiburones 10-9. Parecía que habría cuarto juego. Sin embargo los escualos embasaron dos corredores y el manager Graciano Ravelo trajo de emergente a Robert Marcano por el pitcher Hector Urbano. A continuación el novato de los Tiburones descifró un envío quebrado de Luis Tiant y desapareció la pelota en las gradas del jardín izquierdo para dejar en el terreno al Caracas y de paso clasificar para la serie final. Uno de los momentos más cardíacos de la Liga Venezolana de Beisbol profesional. Casi diez meses después, el 14 de noviembre de 1971, Tiant subía de nuevo al montículo del estadio de la UCV, esta vez enfundado en el uniforme de La Guaira, entonces consumó su dulce venganza al lanzar un juego sin hits ni carreras ante su antiguo equipo, los venció 3-0. En la tercera base jugaba Robert Marcano, en esta ocasión también voló la cerca, esta vez para respaldar la joya de pitcheo de Tiant.
Robert Marcano Cherubini nació en El Clavo, estado Miranda, Venezuela, el 7 de junio de 1951. Luego de retirarse como jugador activo en Japón, se desempeñó como buscador de talento y traductor con los Gigantes de Yomiuri, donde fue traductor de su coterráneo Luis Mercedes Sanchez. Los Tiburones de La Guaira retiraron su número 15 en tributo a sus méritos deportivos. Falleció un 13 de noviembre de 1990 en Baruta, estado Miranda.
Alfonso L. Tusa C. 27 de agosto de 2018. ©
lunes, 6 de agosto de 2018
Documentos arrojan Luz sobre la Vida y Muerte de Thurman Munson
David Waldstein. The New York Times. 01 de agosto de 2018.
La angustia aun flota en las páginas de la declaración, la cual ahora tiene casi 40 años de edad. En ella, un testigo llamado David Hall duda mientras testifica, y un abogado pregunta si necesita un receso. Hall dice que no y continúa.
Para cuando termina, ha suministrado un recuento devastador de los momentos finales de la vida de Thurman Munson, el catcher de los Yanquis quien falleciera a la edad de 32 años cuando la avioneta que pilotaba se estrelló antes de llegar a la pista de aterrizaje del Akron-Canton Airport de Ohio el 2 de agosto de 1979.
Hall estaba en la avioneta cuando esta se precipitó al suelo. En la declaración, él describe como inmediatamente después del impacto, Munson yace inmóvil, su cabeza volteó hacia los lados y se golpeó contra el panel de instrumentos.
El cuello de Munson está doblado, se ha roto con la intensidad del impacto. Su cuerpo estaba paralizado. Aún así, testifica Hall, Munson le preguntó a él y a Jerry Anderson, el otro pasajero, si se encontraban bien.
Y entonces, testificó Hall, las llamas empezaron a envolver el fuselaje de la avioneta Cessna Citation, y Munson murmuró, “Extintor de fuego”. Lo que siguió, dijo Hall, fueron las palabras finales pronunciadas por Munson, el corajudo capitán del equipo.
“Ayúdame Dave”, dijo él.
Hall y Anderson lo intentaron. Trataron de levantar el cuerpo inmovilizado de Munson desde su asiento, para liberarlo de los hierros retorcidos, pero no pudieron. Y a medida que el humo y las llamas invadieron la cabina, Hall, un instructor de vuelo que previamente había enseñado a Munson a volar aviones de helice, y Anderson, un amigo y socio de negocios de Munson, no tuvieron otra alternativa que escapar del lugar.
Se ha escrito mucho a través de los años acerca de la muerte de Munson aquel día de agosto, pero hasta ahora las declaraciones que se hicieron en dos demandas que fueron realizadas después del accidente habían permanecido guardadas, ajenas al conocimiento público. Una de las demandas, efectuada por los Yanquis, fue despreciada antes de ir a juicio. La otra, introducida por la viuda de Munson, Diana, fue a juicio, pero el caso fue rápidamente resuelto luego de algun testimonio inicial.
Las declaraciones proveen una especie de historia oral de la vida y muerte de Munson. Fueron conocidas este verano como resultado de los esfuerzos de Allan Blutstein, un abogado quien creció en Long Island como devoto seguidor de Munson y ha hecho carrera profesional de las acciones de Freedom-of-Information, incluyendo los recientes y controversiales documentos que involucran a los empleados de la Environmental Protection Agency.
Blutstein no necesitó hacer un documento de Freedom-of-Information para obtener las declaraciones del caso Munson. Simplemente fue diligente y gastó algún dinero. Despues de adquirir los documentos, los puso a la disposición de The New York Times.
Las declaraciones, que incluyen testimonios de Yanquis notables como Reggie Jackson, Billy Martin y Craig Nettles, no contradicen la narrativa básica de la muerte de Munson, que fue un atleta destacado que empezó a efectuar vuelos menos de dos años antes, en parte para ir a su hogar de Ohio para ver a su familia en los días libres, y que murió mientras practicaba despegues y aterrizajes en el aeropuerto.
Pero lo que las declaraciones proveen es una faceta reveladora de Munson, quien a veces era un gruñón pero siempre fue la piedra angular de un gran equipo de los Yanquis que había ganado las dos Series Mundiales previas en medio de las distracciones generadas por Jackson y Martin y George Steinbrenner, el impredecible dueño del equipo.
Era Munson quien continuamente jugaba a un nivel alto sin crear controversias. Y fue Munson, de acuerdo a las declaraciones, quien era leal y terco, feroz e inocente.
“Thurman tenía una rutina”, dijo Gene Monahan, masajista de los Yanquis por mucho tiempo, en su declaración del 29 de mayo de 1981. “Solía llegar al estadio y disfrutar dos galletas y un vaso de leche”.
Dos meses antes de la declaración de Monahan, Jackson, la co-estrella y rival de Munson, y entonces, eventualmente su amigo, testificó que Munson se había desconectado del deporte que practicaba y del tiempo que pasaba lejos de su esposa e hijos”.
“Estaba más interesado en volar esa avioneta que en jugar beisbol”, testificó Jackson.
Martin, en su declaración, dijo que estaba preocupado, como manager del equipo, de que Munson se estuviera desgastando al volar entre juegos. “Siempre le decía, ‘No me gusta verte volar durante la temporada’ “, testificó Martin.
En su declaración, a Diana Munson le preguntaron si su esposo tomaba pastillas, cuando jugaba, en referencia a las anfetaminas que tomaban muchos peloteros en las décadas previas a las pruebas de drogas, dada la energía que estas proveían. Ella dijo que él las había tomado, pero agregó que pensaba que él había dejado de hacerlo cuando empezó a volar.
“Como piloto, él sabía que no podía ingerir esas cosas”, testificó ella. “Así que después que empezó a volar. Nunca me preocupé de nuevo por las pastillas”.
Todos los que declararon, lo hicieron para dos demandas concurrentes, lo cual significaba que solo tenían que testificar una vez. La demanda introducida por los Yanquis buscaba reembolso por el resto del dinero del contrato de Munson. La demanda introducida por Diana Munson buscaba 42 millones de dólares por daños. Ambas demandas apuntaban a Cessna y FlightSafety International, la escuela donde Munson aprendió a volar, y se convirtió de acuerdo a muchos en un piloto muy bueno.
En su demanda, Diana Munson reclamaba que Cessna presionó a Munson para que comprara la avioneta bimotor de 1.2 millones de $ que se estrelló, antes que él estuviera listo para manejar esa poderosa máquina. También reclamó que su esposo no fue entrenado apropiadamente por FlightSafety International.
Una vez que su demanda fue a los tribunales, en mayo de 1984, el caso fue resuelto en cuestión de días y los términos no se informaron. James Wiles, uno de los abogados de FlightSafety International para la época, aun mantiene que no hubo responsabilidad de parte de ambas compañías en la muerte de Munson. Pero un juicio, dijo él, era muy riesgoso.
“No vas a ir al noreste de Ohio, donde él era probablemente el atleta más famoso en ese momento, para actuar en contra de su viuda e hijos”, dijo Wiles, ahora de 73 años de edad, en una entrevista telefónica reciente. “No vas a hacer eso”.
Wiles, quien estuvo presente en todas las declaraciones, recordó que Martin fue cooperativo y práctico en su testimonio. Dijo que Jackson fue notablemente profano pero que su transcripción había sido filtrada.
El testimonio de Hall acerca de los momentos finales de Munson, tomado el 19 de mayo de 1980, ocasionó varias lágrimas, dijo Wiles, otros momentos fueron menos emocionales.
Dijo que cuando Yogi Berra testificó, él puso una caja de 24 pelotas de beisbol frente a Berra y le pidió que las firmara. Berra, quien era coach de los Yanquis cuando Munson falleció, accedió, pero en algún momento preguntó si Wiles estaba autorizado para hacer tal demanda.
“Esa es mi declaración”, dijo Wiles que le dijo a Berra.
Buena parte del testimonio de las figuras de los Yanquis se centró en el estado físico y mental de Munson en el momento del accidente. Martin testificó que Munson era el mejor catcher del beisbol, mejor hasta que Johnny Bench, tan inteligente que era el único cátcher a quien le había permitido hacer señas de lanzamiento afuera.
Pero Martin también reconoció que Munson, quien jugó 11 años en las grandes ligas, se estaba desgastando por los rigores de su posición, y que requería más tiempo en primera base, los jardines y bateador designado para aliviar la presión en sus piernas y rodillas.
Munson había empezado a volar en el entrenamiento primaveral de 1978, y rápidamente se hizo devoto de eso. Hay testimonio de que Munson pasaba mucho de su tiempo libre leyendo manuales de vuelo y libros instructivos, hasta en el clubhouse de los Yanquis antes de los juegos.
Y Martin y Jackson testificaron que Steinbrenner, quien no prestó declaración, había extendido un permiso especial a Munson para que volara entre ciudades durante la temporada, separado del equipo.
“Tenía un trato especial con Steinbrenner”, dijo Jackson en su testimonio. “Thurman era el Yanqui más especial cuando estuvo ahí. Podía hacer lo que quisiera”.
Jackson y Martin fueron pasajeros en vuelos pilotados por Munson, así como Nettles. Nettles y Jackson volaron con Munson desde Seattle hasta Anaheim, Calif., después de un juego el 12 de julio de 1979. Tres días después, Martin voló con Munson desde Anaheim hasta Kansas City, Mo., por la vía de Albuquerque.
Jackson y Nettles refirieron como, en su vuelo, las máscaras de oxígeno se desprendieron después de un ruido profundo. Dijeron que Munson permaneció calmado y aterrizó la avioneta sin incidentes. Martin describió un chispazo de llamas en uno de los motores. Ninguna de esas referencias fue relacionada con la causa del accidente.
En vez de eso, la falla fue atribuida a un error del piloto, de acuerdo a la investigación de la National Transportation Safety Board. Fue determinado que Munson estaba fatigado ese día, no hizo apropiadamente la lista de revisión y no ajustó su cinturón de seguridad.
Charles Berry, un cirujano de Air Force y oficial médico de la NASA por 14 años, testificó en su declaración que “el error del piloto generado por fatiga y sobretensión” fue la causa y especuló que el dolor en la rodilla podría haber causado que Munson durmiese inapropiadamente la noche anterior.
En el movimiento final, Munson nunca bajó los alerones, los cuales permiten a los aviones volar a velocidades menores, y que los motores se estanquen. La avioneta se estrelló a unos 870 pies de la pista de aterrizaje a las 4:02 p.m. y entonces golpeó el tocón de un árbol
Hall y Anderson, quien también era piloto, habían volado con Munson ese día aciago solo porque se lo habían encontrado en el aeropuerto. Testificaron ambos en el juicio de 1984 antes que se resolviera el caso.
En cuanto a Blutstein, su ruta hacia los documentos empezó en abril camino a buscar a su hija, estudiante de la University of Michigan. Al manejar a través de Ohio desde su hogar en el area de Washington, D.C., impulsivamente se desvió hacia el lugar de la tumba de Munson en Canton y dejó una gorra de los Yanquis sobre la lápida.
“Pasé un buen rato allí”, dijo él, “y empecé a pensar en lo que ocurrió. Sabía de la demanda. Pensé que ella podría darme algunas respuestas a las preguntas que me había hecho buena parte de mi vida”.
Luego de regresar a casa, Blutstein empezó a buscar información en los casos de las décadas pasadas, y su trabajo de traer otros documentos a la luz se hizo una tarea rutinaria para él, pero una que consumía tiempo y costosa. Dijo que gastó más de 1.000 $ en tarifas y numerosas horas de llenar formatos de aplicación e investigar. De los 21 archivos de Munson que solicitó, cuatro estaban perdidos, incluyendo el de Anderson. Los que fueron unicados, dijo él, habían sido guardados en un almacén de Chicago.
Ha organizado su búsqueda y la publicó en una página de Facebook para aficionados de Munson que todos pueden ver, al imaginar que otros pueden querer la misma información que él buscó. Se impresionó con mucho de lo que encontró, especialmente el testimonio de Monahan, el masajista, quien tenía una cercana amistad con Munson en el estadio.
Monahan testificó que al enterarse de la muerte de Munson, fue a un Yankee Stadium vacío y se sentó frente al casillero de Munson por cerca de cinco horas, casi destrozado. Curiosamente, testificó que lanzó a la papelera los informes médicos de Munson.
Monahan no respondió a una solicitud de entrevista, tampoco Diana Munson. Hall y Anderson declinaron ser entrevistados.
De acuerdo a la declaración de Nettles, la muerte de Munson significó despedirse de cualquier oportunidad en la temporada. Para el momento del accidente, los Yanquis estaban a 14 juegos del primer lugar en el este de la Liga Americana. Era virtualmente el mismo déficit que habían superado el año anterior, un una de las remontadas más notables de la historia del beisbol. Eso no ocurriría de nuevo.
“Cuando Thurman falleció, lo perdimos todo, toda la temporada estaba perdida”, declaró Nettles. “Notamos que no podríamos hacerlo, y eso desmoralizó a muchos de nosotros”,
De todo lo que leyó, Blutstein dijo que estaba particularmente impactado por el testimonio de Hall al contar el accidente y las últimas palabras de Munson. De muchacho, dijo, a menudo se había preguntado como Hall y Anderson pudieron haber escapado de la avioneta sin salvar a su héroe.
Pero después de leer las declaraciones, dijo que contactó a Anderson para disculparse por tener tales sentimientos. Dijo que también llamó a Diana Munson para disculparse por el hecho de que descubrir las declaraciones inevitablemente ocasionaría memorias dolorosas. No obtuvo respuesta de ella.
Traducción: Alfonso L. Tusa C. 04 de agosto de 2018.
jueves, 2 de agosto de 2018
Tony Cloninger, un Pitcher recordado por su bateo, fallece a los 77 años de edad.
William McDonald. The New York Times. 31 de Julio de 2018.
Tony Cloninger, quie se aseguró una página en la historia de Major League Baseball cuando se convirtió en el único pitcher en batear dos jonrones de bases llenas en un juego, falleció este 24 de julio en Denver, N.C., donde había destacado en la escuela secundaria.
Los Medias Rojas de Boston anunciaron su muerte este sábado 28 de julio. Había sido consultor del equipo desde 2002. No se especificaron las causas del deceso.
Cloninger también estuvo asociado a los Yanquis por nueve temporadas desde 1992, ocho como coach de bullpen y una como coach de pitcheo del manager Joe Torre. Ganó cuatro anillos de Serie Mundial en Nueva York pero se fue luego que los Yanquis perdieran la Serie Mundial de 2001 ante los Diamondbacks de Arizona.
Cloninger llegó al libro de records el 3 de Julio de 1966, jugaba para los Bravos de Atlanta una tarde dominical contra los Gigantes de San Francisco en Candlestick Park.
Su primer jonrón de bases llenas ocurrió en el primer inning, ya los Bravos ganaban 3-0, gracias a un jonrón de Torre, el cátcher de Atlanta. Llamado desde el bullpen con dos hombres en base, el pitcher Bob Priddy caminó al tercera base de los Bravos, Denis Menke para llenar las bases y así enfrentarse a Cloninger, quien bateaba de noveno.
Cloninger, bateador derecho, llevó a Priddy a la cuenta máxima antes de sorprender a la multitud al enviar la pelota sobre la barda del jardín central a 410 pies, casi el mismo lugar donde había caído el estacazo de Torre.
Su segundo vuelacercas de bases llenas llegó en el cuarto inning en cuenta de 0-1, una línea contra Ray Sadecki por la banda contraria que se fue sobre la cerca del jardín derecho. Cloninger empujó nueve carreras ese día, largó tres imparables mientras los Bravos zurraban a los Gigantes 17-3.
La de 1966 no fue la mejor temporada de él como pitcher de los Bravos, terminó con marca de 14-11, el año anterior había agenciado balance de 24-11, pero si fue su mejor con el madero. Despachó cinco de sus once jonrones vitalicios ese año y bateó para un respetable .261.
Fue el primer año que los Bravos jugaron en Atlanta, luego de emigrar desde Milwaukee.
Un derecho corpulento, Cloninger hizo el primer lanzamiento del equipo en Atlanta, al abrir en la inauguración en lo que entonces se llamaba Atlanta Stadium. Lanzó los trece innings de una derrota ante los Piratas de Pitsburgh, recibió cuadrangular de Willie Stargell para romper un empate.
Luego de ocho años con los Bravos fue cambiado a los Rojos de Cincinnati durante la temporada de 1968. En 1970 fue a la Serie Mundial con Cincinnati e inició el tercer juego contra los Orioles de Baltimore. Pero salió del juego en el sexto inning, ante que el pitcher de los Orioles, Dave McNally castigara al relevista Wayne Granger para convertirse en el primer pitcher que bateaba un jonrón de bases llenas en la Serie Mundial. Cloninger fue el pitcher perdedor.
Jugó cuatro temporadas en Cincinnati y terminó su carrera como relevista con los Cardenales de San Luis en 1972.
En 12 años de carrera, Cloninger tuvo una marca de 113-97, 4.07 de efectividad y 1120 ponches. (Como bateador, tuvo promedio vitalicio de .192).
Despues de salir de los Yanquis, Cloninger fue coach de pitcheo de Boston por un año antes de verse forzado a tomar reposo medico en 2003 debido a un cáncer de vejiga. Pero se recuperó y regresó a los Medias Rojas como consejero de pitcheo en 2004, luego se mantuvo como consultor de desarrollo de peloteros por 14 temporadas más.
Le sobreviven tres hijos, Tony Jr., Darin y Michael; una hija, Meredith Cloninger Sherrill; un hermano, Ray; nueve nietos; y cuatro bisnietos.
Tony Lee Cloninger nació el 13 de Agosto de 1940 en Cherryville, N.C., en el hogar de Carly Edna Cloninger. Fue jugador estrella en el Rock Springs High School de Denver, unas 25 millas al norte de Charlotte, lanzó dos juegos sin hits ni carreras en su año final, uno de ellos perfecto.
Esas actuaciones lo convirtieron en prospecto de primera línea a los 17 años de edad en 1958, cuando los Bravos le dieron un contrato con un bono de 100.000 $, una suma exorbitante para la época, poco despues de graduarse.
La espera por que el contrato se realizara fue “tensa”,le dijo a United Press International. Para “tranquilizarme”, dijo, se fue a cazar mapaches con su hermano.
Despues de firmar, no quiso hablar del bono.
“Los Bravos no me dijeron cuanto me dieron”, dijo. “Fue una buena suma. Me dijeron que podia decir eso”.
Associated Press colaboró en el reportaje.
Traducción: Alfonso L.Tusa C. 02 de Agosto de 2018.
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