martes, 18 de junio de 2019

Bill Buckner: Una jugada de Serie Mundial no puede borrar los logros de un gran pelotero y ser humano.

“Conocí a Bill Buckner en 2011 en la reunión del Aniversario Vigésimo quinto de la Serie Mundial de los Mets de 1986. Había un niño que reportaba para un proyecto escolar. Buckner se salió del protocolo para atenderlo y contestar sus preguntas como si fuese la primera vez que las escuchaba. Un gesto de clase”. Nick Diunte Examiner Baseall. Tal vez la pasión no sea la mejor forma para evaluar las actuaciones humanas. Pero ocurre todos los días, la subjetividad invade la mente de las personas y todo se vuelve oscuro y confuso. Recuerdo como me sentí aquella noche de octubre de 1986 cuando el roletazo de Mookie Wilson pasó entre los tobillos de Bill Buckner. No podía creerlo. Como casi cualquier seguidor del beisbol, no podía entender como Buckner había perdido ese roletazo. Fue una noche muy triste porque lo que pudo haber sido el primer título de Serie Mundial para los Medias Rojas de Boston en 68 años, se convirtió en una derrota muy dolorosa. Como muy pocos hechos esa jugada en primera base se convirtió en una de las imágenes más recurrentes en mi mente cada vez que cometía un aparente error crucial en el trabajo, con mis amigos y en la familia. No importa cuan satisfactorio hayas sido antes de cometer el error, todos te ven con esa mirada incandescente, esa atmósfera de juicio irrevocable, esa solicitud de crucifixión. Cada vez que cometía un error, regresaba a ese juego y trataba de entender lo que Bill Buckner sintió esa y muchas otras noches. Esa temporada de 1986 Buckner no esteba teniendo su mejor promedio de bateo, pero seguía siendo el mejor bateador de contacto de los Medias Rojas de Boston. Durante la temporada empujó 24 de 37 corredores desde tercera base con menos de dos outs. Eso es casi 65% de efectividad. ”Odiaba poncharme”, recuerda Buckner, “y esa era en parte la razón por la cual siempre ponía la pelota en juego. Me enseñaron que mi trabajo era avanzar los corredores. Ese era el estilo de los Dodgers. Si había un corredor en segunda base sin outs, tu trabajo era llevar ese corredor hasta tercera. Y si ibas a batear con corredor en tercera con menos de dos outs, era tu responsabilidad traerlo al plato”. No hay una estadística para avanzar un corredor desde segunda hasta tercera base sin outs. Pero están los elevados de sacrificio. Y Bill Buckner está en el lugar 38 en la historia de MLB con 97 elevados de sacrificio durante su carrera, empatado con Roberto Alomar y Bobby Bonilla, justo por debajo de Frank Robinson (102), Al Kaline (104), Carl Yastrzemski (105), Tany Perez (106) y Mike Schmidt (108); y por encima de Ernie Banks (96), Wade Boggs (96), Willie Davis (96), Don Mattingly (96), Joe Morgan (96), John Olerud (96), Al Oliver (95), Dave Winfield (95). Se ponchó una vez cada 20,74 turnos al bate. Los dos mejores bateadores de contacto de los Medias Rojas en la temporada de 2006, Mark Loretta y Mike Lowell se poncharon una vez cada 11 turnos al bate. Wade Boggs lo hizo una vez cada12.31 turnos, Johnny Pesky 1/21.77. En 9.397 turnos al bate, Bill Buckner se ponchó solo 453 veces. Nunca se ponchó más de 39 veces en una temporada, nunca se ponchó tres veces en un juego (en más de 2500 desafíos), y solo se ponchó dos veces en un juego, 44 veces. El 18 de agosto, los Medias Rojas de Boston estaban en el primer lugar de la división este y Buckner bateaba solo para .248. A medida que el equipo se estabilizó en el primer lugar, Buckner se encendió. Despachó 8 jonrones con 20 carreras empujadas entre el 2 y el 14 de septiembre. Fue nombrado jugador de la semana de la Liga Americana durante el lapso del 8 al 14 de septiembre. Tuvo una seguidilla de 17 juegos bateando al menos un imparable que duró hasta el 28 de septiembre. Ese día los Medias Rojas vencieron a los Azulejos de Toronto 12-3 en Fenway Park para ganar el campeonato de la división este en 1986. El juego terminó cuando Bill Buckner atrapó un elevado en primera base. “Ese es un recuerdo maravilloso”, dijo Buckner mientras reflexionaba acerca de la celebración en el terreno después de ganar la división este. “Teníamos mucho que celebrar. Ese era un gran equipo”. Y cada vez que regreso a ese sexto juego de la Serie Mundial de 1986, me doy cuenta de muchos detalles, muchos puntos, una cantidad de pequeños hechos que ocurrieron antes de que esa pelota pasara entre los tobillos de Bill Buckner. Por supuesto que los había visto por televisión, pero por alguna razón u otra no entendía como esos detalles podían tener más influencia en el resultado del juego que el error de Buckner. En cada una de esas reflexiones sucesivas me sentía más triste conmigo por aquella primera reacción, por no ser capaz de apreciar lo que Buckner podía estar sintiendo en sus tobillos, por solo relacionar la derrota de esa noche con la pelota pasando por debajo del mascotín de Buckner. Esa tristeza fue mayor que la que sentí cuando los Medias Rojas perdieron el séptimo juego de esa Serie Mundial. En la serie de campeonato de la Liga Americana, los Medias Rojas llegaron a la parte alta del noveno inning del quinto juego perdiendo 5-2, y estaban abajo 1-3 ante los Angelinos de California. Buckner fue el primer bateador de ese inning y estuvo entrando y saliendo del cajón de bateo. En determinado momento, el pitcher Mike Witt le gritó que regresara a batear. “Yo estaba muy intenso”, recordó Buckner. “Sabía que ese podía ser mi último turno al bate de la temporada y no estaba listo para terminar la temporada”. Entonces bateó un sencillo por el medio del campo y anotó con el jonrón de Don Baylor, para acercar a los Medias Rojas 5-4. Luego vino el dramático jonrón de Dave Henderson que le dio la ventaja a Boston, y después que los Angelinos igualaron el juego en el cierre del noveno, Henderson remolcó la victoria para los Medias Rojas con elevado de sacrificio. Ganaron el sexto y el séptimo juego para adjudicarse su primer banderín desde 1975. Los Medias Rojas de Boston sorprendieron a los favoritos Mets al derrotarlos 1-0 en el primer juego de la Serie Mundial en Shea Stadium. Entonces pusieron la serie 2-0 con una fácil victoria 9-3. Los Mets nivelaron la serie en Fenway Park al vencer a los Medias Rojas 7-1 y 6-2 en los juegos 3 y 4 respectivamente. Bruce Hurst le dio algo de oxígeno a Boston al lanzar un juego completo para vencer al as de los Mets, Dwight Gooden 4-2 en el quinto juego. Así que regresaron a Shea Stadium necesitando solo un triunfo para conseguir aquel largamente esperado título de Serie Mundial. Los Medias Rojas salieron adelante 2-0 en el sexto juego al anotar carreras en el primer y segundo inning. Los Mets empataron el juego en el quinto. Los Medias Rojas replicaron marcando una carrera en el séptimo. Roger Clemens lanzó siete innings muy buenos pero salió por un emergente en el octavo debido a una ampolla. Los Mets empataron el juego otra vez en el cierre del octavo ante Calvin Schiraldi. El juego llegó 3-3 al décimo inning. Boston pareció asegurar la Serie Mundial cuando Dave Henderson descargó un dramático jonrón para iniciar la parte alta de ese décimo inning y los Medias Rojas anotaron otra carrera. Pero aquí viene la primera situación que explica mejor porque los Medias Rojas perdieron ese juego. Después de sacar los dos primeros outs en el cierre del décimo, Schiraldi permitió tres imparables seguidos para que los Mets se acercaran 5-4. La segunda situación ocurrió cuando el relevista Bob Stanley, a un strike del título, lanzó un wild pitch que el cátcher Rich Gedman no pudo manejar y el juego se igualó 5-5. Para ese momento me sentí muy desolado. No podía creer lo que estaba ocurriendo. La misma historia oscura de la incapacidad de los Medias Rojas para ganar una Serie Mundial se estaba escribiendo de nuevo, esta vez con la inspiración más cruel y desgarradora de Edgar Allan Poe y Stephen King. Podía sentir, como en las historias de esos dos titanes literarios, que algo muy feo estaba por ocurrir pero no podía descifrar como iba a manifestarse. Quería dejar de ver el juego, como cuando por un momento cierro los libros más horrorosos de Poe o King, pero de la misma manera que seguía leyendo, decidí continuar viendo esa pesadilla. Con Ray Knight en segunda base y la cuenta en 3 y 2, Mookie Wilson bateó un roletazo hacia primera base que pasó entre los tobillos de Bill Buckner y siguió hacia el jardín derecho, lo cual permitió que Knight anotara la carrera de la victoria. Algun tiempo después de ese juego Buckner aceptó hacer presentaciones con Wilson en eventos de firmas de memorabilia. “Habíamos desarrollado una amistad que duró más de 30 años”, dijo Wilson via los Mets. “Me sentí mal por algunas de las cosas que tuvo que pasar. Bill fue un gran, gran pelotero cuyo legado no debería ser definido por una jugada”. Buckner le dijo a los reporteros, “Estaba jugando más profundo de lo normal, y sabía que Wilson era muy rápido. La pelota pareció haber salido con efecto giratorio del bate y lo noté muy bien. Tenía mucho efecto; me la quedé mirando, esperando que finalmente rebotara. Pero nunca lo hizo. Siguió girando y pasó por debajo de mi mascotín. Es difícil creer que fallé esa pelota. No recuerdo haber perdido una pelota como esa en el pasado”. Al reflexionar sobre esa frase treinta años después, Buckner dijo: “Eso fue lo que ocurrió. No podría decir cual fue el último error que había hecho antes de esa jugada. No hacía muchos errores (su promedio defensivo vitalicio en primera base fue .992) y la mayoría de ellos fueron en tiro, no con roletazos. Fue solo una de esas cosas que pasan”. “Nunca le pregunté a Mac (John MacNamara) que ocurrió. Sé que tuvo un cambio de corazonada. Se que cuida a sus peloteros veteranos, había visto a Buck jugar con las dos piernas adoloridas, los dos pies adoloridos, empujar 102 carreras para ese equipo. No sé si Buck le pidió seguir en el juego. No sé si Mac lo quería en el terreno para la celebración final. Todo lo que sé es que la situación de que habíamos hablado había ido y venido. Tuvimos la oportunidad de abrir el juego. Mac Tuvo la oportunidad de hacer lo que había hecho en la última parte de la temporada. Dejar a Buck en el banco y poner a un sano Dave Stapleton en primera para reforzar la defensa. Nada de eso ocurrió. Y Mac estaba a una hora de unirse a Gene Mauch en la posición más incómoda de todas, un manager puesto en tela de juicio por millones”. Don Baylor. Bill Buckner cometió 128 errores como primera base durante su carrera en MLB. Está en el puesto 79 de la lista de peloteros con más errores cometidos, delante de Ferris Fain (138), Eddie Murray (167), Andrés Galarraga (176), Lou Gehrig (193); y detrás de Gil Hodges (126), Tany Pérez (117), Boog Powell (116), Mike Hargrove (115), Keith Hernandez (115). Los Cachorros de Chicago enviaron a Bill Buckner a los Medias Rojas de Boston el 25 de mayo de 1984; por el pitcher Dennis Eckersley y un jugador del cuadro de ligas menores. “Había llegado a amar Chicago”, recordó Buckner. “Tuve buenos años allí, mi hija mayor Brittany nació mientras yo jugaba allí, y los aficionados eran maravillosos. Pero era tiempo de moverse. Sabía que en Chicago iba a estar en el banco, pero en Boston iba a jugar todos los días. Era bueno cambiar de liga, empezar de nuevo”. Los Medias Rojas estaban en el sexto lugar de la división este de la Liga Americana, con marca de 19-25, cuando Bill Buckner apareció en la alineación el 26 de mayo. En los 113 encuentros que jugó en primera base el resto de la temporada, los Medias Rojas tuvieron marca de 67-48. Buckner lideró el equipo con promedio de bateo de .352 con corredores en posición anotadora, y el equipo terminó en el cuarto lugar de la división este con unas respetables 86 victorias. Él recuerda haber tenido que ajustarse a las dimensiones de Fenway Park. Trabajó mucho con el coach de bateo Walter Hriniak para cambiar su estilo de bateo hasta ser capaz de dirigir la pelota hacia la pared del jardín izquierdo y también para aprovechar todo el espacio del jardín derecho. “Walter fue de gran ayuda para mí”, dijo Buckner. Tuvo una cirugía para remover fragmentos de hueso de su codo izquierdo entre temporadas. Buckner regresó en 1985 para experimentar una de sus mejores temporadas en MLB. Empezó todos los 162 juegos con los Medias Rojas. Tuvo un tope personal en su carrera con 110 carreras empujadas. Sus 201 imparables lo ubicaron de tercero en la Liga Americana, y tuvo el mejor radio de ponches/veces al bate de la liga. También lideró a los Medias Rojas con 18 bases robadas en solo 22 intentos. Empezar en primera base todos los 162 juegos le dio la oportunidad de romper su propia marca de más asistencias para un primera base en una temporada. Sus 184 asistencias superaron su vieja marca de 161 asistencias con los Cachorros de Chicago en 1983. “No es tan grande como parece”, insistió Buckner. “Jugaba profundo en primera porque eso me permitía alcanzar muchas pelotas que podían haber pasado por el hueco entre primera y segunda base. Como resultado de eso, estaba atrapando más pelotas, tenía más jugadas donde el pitcher entraba a cubrir primera base. Después que me lesioné el tobillo jugué casi exclusivamente en primera base y trabajé duro en mi defensa. Estaba muy orgulloso de mi defensa en primera base”. Buckner está justo detrás de Albert Pujols en la marca de más asistencias para un primera base en una temporada. Fue el propietario de esa marca desde 1985 hasta 2009 cuando Pujols realizó 185 asistencias. En cuanto a su marca vitalicia de asistencias como primera base, Buckner se ubica en el puesto 19, empatado con Chris Chambliss, ambos tienen 1351 asistencias, detrás de Andres Galarraga (1376), John Olerud (1418), Pujols (1500) y delante de Gil Hodges (1281), Don Mattingly (1104), Lou Gehrig (1087), Vic Power (1078). Los Medias Rojas de 1985 tuvieron un buen inicio, y estuvieron en segundo lugar a solo dos juegos y medio del primer lugar el 17 de junio. Pero las lesiones aparecieron y el equipo terminó con marca de 81-81, en el quinto lugar de la división este de la Liga Americana. En 1980 Buckner llegó al día final de la temporada en una carrera muy cerrada por el título de bateo de la Liga Nacional. Solo necesitaba un imparable para asegurar el liderato sobre el primera base de los Cardenales de San Luis Keith Hernández. Pudo haber ganado el título quedándose en la banca, pero no quería ganarlo de esa manera. Así que alineó contra John Candelaria y los Piratas de Pittsburgh y se fue de 5-0. Pero Hernández tampoco consiguió imparables y Buckner ganó el título de bateo con un promedio de .324. La próxima temporada, Bill Buckner estaba en el equipo de estrellas de la Liga Nacional. “Eso fue muy emotivo”, recordó él. También empujó el 20% de las carreras de los Cachorros en 1981. Ningún otro grande liga igualó esa marca hasta que Sammy Sosa, también un pelotero de los Cachorros, empujó el 21% de las carreras de su equipo con 160 en 2001. Siguió siendo un factor clave para los Cachorros en las próximas dos temporadas. En 1982 se convirtió en el primer Cachorro con más de 200 imparables en una temporada desde que el inquilino del Salón de la Fama, Billy Williams lo hiciera en 1970. En 1983 estableció marcas personales en dobles (38) y jonrones (16) y estableció una marca de MLB para primeras bases con 161 asistencias. Pero cuando los Cachorros de Chicago empezaron la temporada de 1984, Bill Buckner se quedaba en el banco la mayor parte del tiempo. Los Cachorros habían escogido a Leon Durham como su primera base en lo sucesivo. Es uno de solo cinco peloteros que ha bateado al menos 200 imparables en una temporada en ambas ligas, al despachar 201 inatrapables con los Cachorros en 1982 y 201 con los Medias Rojas en 1985. Los otros que han alcanzado esa meseta son George Sisler (Browns/Braves), Al Oliver (Rangers/Expos), Steve Sax (Dodgers/Yankees), y Vladimir Guerrero (Expos/Angels). Buckner ocupa el puesto 65 entre los líderes vitalicios de MLB en dobles con 498, empatado con Torii Hunter, Al Kaline y Sam Rice; por debajo de John Olerud (500), Tany Pérez (505) y Babe Ruth (506); y por encima de Frank Thomas (495), Lou Brock (486), Dwight Evans (483). En enero de 1977 los Dodgers de Los Angeles enviaron a Bill Buckner y otros dos peloteros a los Cachorros de Chicago por el jardinero Rick Monday y el lanzador Mike Garman. “Esa transacción dolió”, dijo Buckner. “Los Dodgers eran como mi familia. Había estado con esa organización durante toda mi carrera y me habían tratado muy bien. Pero cuando eres negociado de esa manera tienes que recordar que alguien más te quiere”. Bateó para .284 en 1977 mientras jugaba exclusivamente en primera base. Reconoce que tuvo que hacer ajustes significativos. “No se trataba solo de jugar para un nuevo equipo en una nueva ciudad. En el otoño de 1976 yo había tenido otra cirugía de espolones oseos que terminó con una infección por estafilococos. El tobillo nunca se curó bien y hube de cambiar mi enfoque. Pasé de ser un jugador veloz, a otro enfocado en remolcar carreras”. En 1978, Buckner bateó para .323 con 74 carreras remolcadas a pesar de jugar solo en 117 encuentros. Los periodistas deportivos de Chicago lo nombraron “Pelotero del Año en Chicago”, por su destacada actuación. Pero lo que más recuerda de esa temporada es que los Cachorros, quienes venían de años muy difíciles, fueron contendientes durante casi toda la temporada. “Recuerdo que estuvimos ahí o muy cerca del primer lugar alrededor del receso del juego de estrellas y los fanáticos estaban motivados. Los Dodgers habían sido contendores la mayor parte del tiempo que estuve allí y era agradable sentir que los Cachorros tenían alguna oportunidad. Los fanáticos de los Cachorros son maravillosos. Disfruté vivir y jugar en Chicago. Vivía en el centro y solía ir a Wrigley Field en mi bicicleta”. En abril de 1975, Bill Buckner sufrió un severo estiramiento en su tobillo izquierdo mientras se deslizaba en segunda base. “Regresé a jugar luego de algún tiempo en la lista de incapacitados”, recordó él. “Pero mi tobillo no estaba bien, ese fue el comienzo de mis problemas con los tobillos. Me practicaron una cirugía en septiembre para remover un tendón doblado y en octubre me sacaron fragmentos oseos del tobillo”. Había debutado con los Dodgers el 21 de septiembre de 1969. Bateaba para .315 con el Spokane AAA luego de participar en solo 70 juegos en AA. El manager Walter Alston lo envió a batear como emergente con las bases llenas y dos outs en el noveno inning. “Recuerdo lo fuerte que latía mi corazón y pensaba, ‘¿Cómo voy a jugar en las grandes ligas si me voy a sentir de esta manera cada vez que vaya a batear?’ Enfrenté a Gaylord Perry, uno de los mejores lanzadores de los Gigantes. El árbitro principal me dijo, ‘Relájate hijo’. Bateé cuatro o cinco pitcheos en territorio foul. Finalmente bateé una línea hacia el jardín derecho corto que parecía iba a caer, pero Ron Hunt (el segunda base de los Gigantes) hizo una buena atrapada y terminó el juego”. Cuando leí acerca del deceso de Bill Buckner este 27 de mayo; recordé más sus logros que esa infame jugada de la Serie Mundial de 1986 por la que tanto fanáticos como periodistas se acusan por etiquetar a Buckner como responsable de perder la oportunidad de ganar la Serie Mundial. William Joseph Buckner nació el 14 de diciembre de 1949, en Vallejo, Calif., en el hogar de Leonard y Marie Buckner. Su padre falleció cuando él era adolescente. Su madre fue estenógrafa para la California Highway Patrol. Bill creció en American Canyon, Calif., al norte de San Francisco. Actuó en 2.517 juegos en las mayores y bateó 2.715 imparables. En este momento, Buckner ocupa el lugar 55 entre los peloteros que han participado en más juegos en la historia de MLB, detrás de Ernie Banks (2528), Iván Rodríguez (2543), Joe Morgan (2649); y delante de Babe Ruth (2503), Carlton Fisk (2499), Rod Carew (2469). Sus 2.715 imparables lo ubican en el lugar 66 de la lista de todos los tiempos. Ese total es mayor que el de los inquilinos del Salón de la Fama Billy Williams (2,711), Luis Aparicio (2,677), Max Carey (2,665), Nellie Fox (2,663), Harry Heilmann (2,660), Ted Williams (2,654), Jimmie Foxx (2,646), Tim Raines (2,605), Vladimir Guerrero (2,590), Reggie Jackson (2,584), Richie Ashburn (2,574), Manny Ramirez (2,574), and Joe Morgan (2,517). El 8 de abril de 2008, Bill Buckner lanzó la primera pelota de un juego donde los Medias Rojas de Boston celebraban su segundo título de Serie Mundial en cuatro años. El momento más grande de ese día fue cuando Buckner caminó desde el jardín izquierdo hasta el montículo, recibió una prolongada ovación de pie. “Fue difícil para mí hacer eso”, dijo Buckner con lágrimas en los ojos acerca de regresar a Fenway. Dwight Evans fue el catcher de Buckner ese día. “Fui al montículo después de recibir su lanzamiento y él estaba llorando como un niño pequeño”, dijo Evans este lunes. “Eso significó mucho para él”. Alfonso L. Tusa C. June 04th, 2019.© Fuentes _ Crehan Herb. Bill Buckner: Remembering the 1986 American League Championship of the Boston Red Sox. Bostonbaseballhistory.com. April 09th, 2016. _ Slotnik Daniel E. Bill Buckner, All-Star Shadowed by World Series Error, Dies at 69. The New York Times. May 27th, 2019. _ baseball-reference.com _ Baylor Don, Smith Claire. Nothing But The Truth: A Baseball Life. St. Martin’s Press. 1989. Pp 265. _Shaughnessy Dan. Bill Buckner Never Should Have Been Defined By One Play. The Boston Globe. May, 27th, 2019. _ Kuenster Robert. Bill Buckner Was A Winner In The Traditions That Made Baseball Great. Forbes.com. May, 2019.

jueves, 13 de junio de 2019

El Autor Nominado al Emmy Granville Wyche Burgess Discute su nuevo Libro The Last At-Bat of Shoeless Joe.

23 de mayo de 2019. El autor nominado al Emmy Granville Wyche Burgess ha escrito un nuevo libro de ficción histórica, titulado The Last At-Bat of Shoeless Joe (Chickadee Prince Books, May 1, 2019). Al coincidir con el centésimo aniversario del escándalo de los Medias Negras, The Last At Bat of Shoeless Joe reimagina los días finales de la desgraciada estrella de beisbol Joe Jackson y su relación con un joven pelotero del duro molino de la vida en Greenville, Carolina del Sur, con un bate y una pelota. Ken Davidoff, columnista de beisbol del The New York Post, escribe: “The Last At-Bat of Shoeless Joe cocina el deseo del cumplimiento en una pieza literaria. Una historia cautivante que es brillante y emocional, te atrapa desde el comienzo y no te deja ir. Maravillosa para los seguidores del beisbol y hasta para los entusiastas de las historias criminalísticas de todas las edades”. Recientemente, Burgess respondió algunas preguntas acerca de su trabajo más nuevo y su opinión de Joe Jackson y el beisbol. ¿Qué lo llevó a escribir The Last At-Bat of Shoeless Joe, en el entorno de la ficción histórica? Cuando yo jugaba beisbol en mi juventud en la década de 1950 en Greenville, SC, como un segunda base defensivo que no bateaba, ¡nadie mencionó nunca que Joe Jackson, a quien muchos consideraban “el bateador más grande de todos los tiempos” vivió en mi pueblo natal! Eso era animosidad hacia Shoeless Joe debido al escándalo de los Medias Negras. Pienso que Joe quería mantener un bajo perfil. Años después, cuando lei acerca del escándalo, me convencí de la inocencia de Joe y quería decir la verdad, como la veía, para que el mundo la viera. Además: ¡Amo el beisbol, pienso que es un gran juego! Escribí originalmente este libro como un guión cinematográfico. El beisbol es un juego muy visual y sus secuencias pueden ser muy excitantes al ser filmadas, con cortes entre las tomas para resaltar la acción. También estaba impresionado por el hecho de que no se hubiese hecho una película acerca de la Textile Baseball League, que fue la precursora de las ligas menores y tenía una cultura muy interesante y divertida, Por supuesto, escribir la historia como una novela me permitió hurgar más profundo en los personajes, lo cual tiene su recompensa. Escribí The Last At-Bat of Shoeless Joe como ficción histórica porque amo la Historia. Estudié Historia en Princeton University. Fundé la Quill Entertainment Company sin fines de lucro, cuya misión es “Enseñar la Herencia Cultural de Estados Unidos a través de historias y canciones”. Hemos realizado nuestros musicales inspirados por la historia estadounidense ante miles de estudiantes y familias así como hemos producido musicales como Battlecry, acerca de la batalla de Gettysburg, y Common Ground, acerca de la gran amistad entre Frederic Douglass y Abraham Lincoln, para audiencias generales. Disfruto al convertir la Historia en drama, sea en el escenario o en el papel, así que fue completamente natural, e inmensamente disfrutable para mí desarrollar la historia del escándalo de los Medias Negras a través de mi ficción de un joven pelotero que quiere convertirse en el próximo Shoeless Joe Jackson. ¿Cuál es su entorno beisbolero? Por alguna razón, cuando yo crecía en Greenville, SC, en los años ’50, los juegos de los Dodgers de Brooklyn eran transmitidos por radio. Tengo un hermano mayor, Frank, (a quien dedico mi novela) quien amaba el beisbol, así que naturalmente, yo también lo amaba. Jugué beisbol de pequeñas ligas para Lions Club, segunda base, como Frank. No era muy bueno con el guante. Hay una jugada grabada en mi mente: un bateador conecta un elevado al cuadro y recuerdo ver la pelota aproximándose hacia mi sobre la punta de mi guante y de pronto estoy en el suelo porque la pelota me pegó en la cabeza. No teníamos jugadores en la banca, así que hubo un tiempo pedido para que fuera a la fuente de agua y bebiera, después volví a jugar. El próximo bateador despachó un elevadito hacia mí. Recuerdo hasta el día de hoy como mis manos temblaban de miedo. La pelota golpeó el centro de mi guante, pero no fui capaz de cerrarlo, así que cayó al suelo. Esos fueron dos de los muchos errores que cometí ese día. Eso fue todo para mí en el beisbol organizado. Pero seguí jugando pelota de goma en la secundaria, y era una especie de “promotor social” que organizaba muchas caimaneras. Cuando fui actor en la ciudad de Nueva York, jugué con Actors Equity, el equipo de softbol del sindicato de actores. Y por supuesto, siempre estuve pendiente del juego y seguí al equipo del lugar donde vivía: los Medias Rojas, los Filis y ahora los Mets. ¿Tuviste algunas experiencias personales con Joe o su familia? Yo tenía solo 4 años de edad cuando Joe falleció así que no lo conocí, o, como he dicho, ni siquiera sabía de él. Él y Katie no tuvieron hijos, así que no había familia con la cual pudiese hablar. Por lo tanto, no tengo experiencias personales con Joe o su familia. ¿Están algunos de los personales ficticios del libro inspirados en alguien de la vida real? Todos los personajes ficticios son una amalgama de personas que he conocido en la vida real. Supongo que lo más cercano a un personaje tomado de la vida real es Piggy, el pelotero inepto y asustado. Tuve un amigo en la infancia, que en la cotidianidad cruel de los niños, lo llamaban Piggy. Crusher está inspirado en otro amigo contra quien jugaba pelota. Era más grande que todos nosotros, era un pitcher que lanzaba muy duro y por eso daba miedo batear contra él. Sin embargo era un tipo agradable, no el egocéntrico Crusher de mi novela. ¿Cuál es su idea de cómo el escándalo de los Medias Negras y Joe Jackson son vistos por la cultura popular moderna?: Ha habido varias películas acerca del escándalo y Joe. Eight Men Out y Field of Dreams me vienen a la mente. La primera pareció asumir el hecho de que Joe fue responsable de conspirar para vender la Serie Mundial, y la segunda fue una fantasía que tuvo poco que ver con el verdadero Joe, aunque su popularidad trajo a Joe de vuelta a la conciencia pública. Ambas son excelentes. Pienso que Joe era inocente, por supuesto que estoy en desacuerdo con cualquier alegato que lo presente como culpable. Sin entrar en detalles, pienso que su promedio en la serie de .375 (el más alto), haber jugado sin cometer errores, y sus 12 imparables, una marca que estuvo vigente hasta 1964, muestran a un hombre que jugaba para ganar. En cuanto al escándalo, definitivamente hubo peloteros que conspiraron con apostadores para estafar dinero. Pero no olvidemos esto: dos jurados encontraron a Joe y otros peloteros inocentes. Si Kennesaw Landis no los hubiera vetado del beisbol de por vida, probablemente no le hubiéramos dado mucha importancia al escándalo. Si tengo algún conocimiento de como Joe es visto en la cultura popular moderna de hoy es que no pienso que esta busque humanizarlo, mostrar sus virtudes y defectos, en enfatizar si fue un tramposo o un héroe, sino si fue alguien quien amó su vida, su comunidad, y el juego. Eso es lo que he tratado de hacer en mi novela: darle vida no a un pelotero involucrado en un escándalo, sino a un hombre enfocado en vivir. ¿Hay otras figuras beisboleras que te llamen la atención y te gustaría escribir de ellas? : Hay una tonelada de historias de beisbol interesantes. Siempre me ha gustado Satchel Paige, pero se ha escrito a menudo de él. También me atrae el hombre que fue el segundo más famoso: Larry Doby, quien fue el segundo afroamericano en romper la barrera racial, al unirse a los Indios de Cleveland pocos meses después de Jackie Robinson, y al convertirse en el segundo manager afroamericano del beisbol. Traducción: Alfonso L. Tusa C. 10 de junio de 2019.

martes, 21 de mayo de 2019

Justin Evans, inspirador al enfrentar la adversidad, fallece a los 42 años de edad.

Bryan Marquard. The Boston Globe. 26 de abril de 2019. Para apreciar por completo las virtudes de Justin Evans, se podría empezar por donde él empezó, ayudar a otros en su niñez. Al esperar en una cola de supermercado con su madre y hermanos, oía a los compradores lamentarse de no tener suficiente dinero efectivo, entonces se registraba los bolsillos y les prestaba sus monedas a la edad de 6 años. “Desde el primer día, Justin fue un alma muy vieja”, dijo su madre, Susan. “Era la persona más buena y gentil que se hubiera conocido”. Había razones para ser cualquier cosa en vez de eso, incluyendo un diagnóstico infantil de neurofibromatosis, un desorden genético doloroso e incurable que causa tumores en el tejido nervioso, el cerebro y la médula espinal. La enfermedad también acortó su vida. Justin Evans, quien había vivido en Stoneham, tenía solo 42 años de edad cuando falleció el domingo de Resurrección en un hogar de cuidados. También había desarrollado un gioblastoma, tumor cerebral. Como si supiese que tendría pocos años para tocar las vidas de los que estaban a su alrededor, empezó a ser un ejemplo cuando era pequeño, un niño de fe quien años después se convertiría en devoto maestro de escuela dominical. Un día cuando eran niños, él y Marco Desiderio, un amigo cercano de Lynnfield iban para Fenway Park para ver al padre de Justin, Dwight Evans, jugar para los Medias Rojas. Su niñera se detuvo en un McDonald’s. “Estaba listo para hincar mis dientes en mi hamburguesa cuando él dijo: ‘Espera, tenemos que rezar’”, recordó Desiderio. “Dije, ‘¿Qué?’ Y él dijo, ‘En serio, tenemos que dar las gracias’. Dije, ‘Esto es un McDonald’s’”. Sin dejarse intimidar por lo que le rodeaba, Justin “lo hizo, rezó de corazón, ahí en el McDonald’s”, dijo Desiderio y añadió: “Fue el primer testigo de fe en Dios que tuve de niño, aparte de mis padres”. Despues que Justin falleció, uno de sus amigos habló con su padre “y dijo, ‘Sabe, Justin nunca dijo nada malo de nadie’”, dijo Dwight. “Entonces calló por 10 o 12 segundos, sus ojos se ensancharon y dijo de nuevo, ‘Se lo digo, nunca dijo nada malo de nadie’. Fue muy insistente en hablar de ese tema” Como adulto, tal era el caso cuando era joven, Justin siempre ayudaba en cualquier lugar que pudiese, en alma y corazón. Por muchos años, sus padres organizaron un torneo de golf para recaudar fondos y están involucrados en apoyar a la organización establecida en Burlington ahora llamada Neurofibromatosis Northeast. Ese grupo, el cual está afiliado con la nacional NF Network, trabaja para buscar tratamientos y cura para ese desorden genético. La familia Evans espera que aquellos quienes quieran recordar a Justin contribuyan con los esfuerzos de esa organización regional. Cuando la salud lo permitía, Justin siempre estaba listo para ayudar a sus padres o a Neurofibromatosis Northeast, y “por su cuenta, iba a cualquier evento que ellos tenían y trabajaba como voluntario”, dijo su madre. En la iglesia Calvary Christian de Lynnfield, mientras tanto, él enseñó en la escuela dominical por años y colaboró cuando la iglesia se expandió hacia otra comunidad. El pastor Brigham Lee, de la iglesia Calvary Christian, conoció a Justin en un viaje de misiones a Grecia hace varios años. “Tenía un gran corazón para los niños”, agregó Lee. “Le gustaba contarles de Jesús y compartir su fe, además de tener la oportunidad de compartir con otros en el cuerpo de voluntarios”. En la comunidad de la iglesia, como en otros espacios de su vida, “Justin hizo amigos”, dijo Lee. “Justin tuvo amigos en todas partes”. Nacido en 1977, Justin Dwight Evans fue el segundo hijo y el benjamín de la descendencia de Dwight M. Evans y Susan Severson Evans. Justin creció en Lynnfield, y su hermano mayor, Timothy, también fue diagnosticado con neurofibromatosis. Aunque el desorden es genético, Kirsten Evans, la hija mediana y hermana de Tim y Justin, no fue diagnosticada con el desorden, el cual a menudo es abreviado como NF. Tim, quien tiene 46 años de edad, ha experimentado 44 cirugías mayores a través de los años. En sus días de jugador activo con los Medias Rojas, Dwight a veces iba desde el hospital hasta Fenway Park para participar en un juego, luego regresaba al hospital para estar con un hijo o el otro. La fe de Justin fue fuerte desde el principio. “Siempre la llevaba en el corazón”, dijo su madre. “Y siempre rezaba”, añadió ella. “No tenía problemas, aún siendo un niño pequeño, se dirigía a los enfermos y rezaba por ellos”. Cuando Justin era pequeño, antes de mostrar los primeros síntomas de neurofibromátosis, siempre estaba listo para ayudar cada vez que podía, aún si eso significaba hacerse con un manojo de flores. “Si no me sentía bien”, dijo su madre, “él iba afuera y de pronto traía un manojo de dientes de león con la tierra aun colgando de las raíces”. Y entonces, de pronto era Justin quien no se sentía bien. A los 5 años de edad, recibió radiación para la neurofibromatosis, lo cual junto al tratamiento de un tumor afectó su glándula pituitaria, un efecto colateral que lo hizo el más bajo de su familia. Durante esas visitas al hospital, y en los tratamientos sucesivos, él se comportaba de manera afectiva. “Se dirigía a las señoras mayores y decía, ‘Usted luce muy bien hoy’”, recordó su madre. “Hacía reir a todos. Nunca estaba molesto o amargado”. Cuando Justin tenía 11 años de edad, resistió una cirugía de ocho horas para remover un tumor alojado en la base de su cráneo, en la parte superior de su medula espinal. “Casi falleció”, dijo su padre. “Estuvo fuera del sistema escolar por un año, y hubo que contratar un maestro para que fuese a darle clases en casa”, dijo su madre. “De nuevo, siempre tenía una gran sonrisa en el rostro, estaba feliz de hacer lo que hacía, nunca su quejaba”. Antes de esa cirugía, y años después de ella, Justin empezó a colaborar de vez en cuando en una tienda de memorabilia en una de las calles aledañas a Fenway Park, allí trabajaba para Eddie Miller. “Era un buen niño, de verdad lo era. Muy dedicado”, dijo Miller, y a veces quizás muy dedicado. Justin no quería que nadie se fuera con las manos vacías, no importaba si el cliente pagaba o no. Al notar a un cliente, Justin “empezaba a hablar con él, y de inmediato fraternizaba y le daba el mejor trato, porque le caía bien, porque era un buen muchacho”, dijo Miller, con una sonrisa. “Era muy bueno para las ventas”. Justin se graduó en la Lynnfield High School y en Curry College con un grado en comunicaciones. Trabajó para el Department of Transportation del estado, y por muchos años como anfitrión en el restaurante Capital Grille de Burlington. “Cuando íbamos al restaurante y lo veíamos, estaba fajado”, dijo Dwight. “Le gustaba resolver problemas. Le agradaban las personas”. Además de sus padres, quienes dividen su tiempo entre Lynnfield y Fort Myers, Fla.; su hermano, quien vive en Fort Myers; y su hermana, quien vive en Sudbury, Justin deja a los hijos de su hermana, Ryan, Michael, Alyssa y Darren Berardino, a quienes cuidó varias veces a través de los años. “Él es el padrino de Alyssa”, dijo Susan. “Los amaba y ellos lo querían mucho”. El gran corazón y la manera como siempre ofrecía apoyo, permanecieron constantes a través de la vida de Justin. “Lo sorprendente es que nunca cambió”, dijo su madre. “Si querías que él fuese a buscar a tu abuela, él se montaba en el carro y lo hacía. Cualquiera que le pidiera un favor, él se lo hacía”. Traducción: Alfonso L. Tusa C. 20 de mayo de 2019.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Después del abuso que Jackie Robinson resistió, Frank Robinson rechazó aceptarlo.

Kevin B. Blackistone. The Washington Post. 08 de febrero de 2019. Unas pocas temporadas luego de que Jackie Robinon se retirara, Frank Robinson hizo algo con lo que Jackie solo soñó, algo que juró no hacer nunca, algo que le carcomió mientras estuvo en un diamante de beisbol Frank Robinson respondió la afrenta de una pelea, contra un pelotero blanco. Un pelotero estrella blanco, Eddie Matthews de los Bravos. Robinson perdió la pelea pero ganó la guerra. “Bateé un jonrón y un doble, empujé una carrera, anoté otra y realicé una atrapada para robarle un extrabases a Matthews”, explicó Robinson después que su ojo estaba totalmente morado. “Ganamos el segundo juego 4-0”. Jackie Robinson era reverenciado por el abuso que aguantaba. Frank Robinson, si se leen las memorias que surgieron este jueves con la noticia de su deceso a los 83 años de edad, era respetado por lo que no aceptaba. El incidente de Matthews reverberó cuando Larry Doby se convirtió en el primer pelotero negro en tomar retaliación ante un pelotero blanco al golpear al pitcher de los Yanquis, Art Ditmar en 1957. William Jackson escribió en el Cleveland Call and Post de dueños negros: “Dicen que Abe Lincoln liberó a los esclavos hace unos 93 años y promovió la Proclamación de Emancipación. Pero no fue hasta que Doby lanzó ese gancho de izquierda a la barbilla de Ditmar que el pelotero negro estuvo completamente emancipado”. Frank Robinson fue un atleta negro emancipado. No solo jugaba ferozmente, como fue recordado este jueves, sino que lo hacía sin miedo. Era muy evidente para los que jugaban con y contra él le temían. En la temporada de novato de Jackie Robinson, 1947, fue cortado a propósito con los ganchos por Enos Slaughter, el sureño que de acuerdo a los rumores consideró ir a la huelga ese año más que jugar contra el primer pelotero negro desde la década de 1880. Diez años después, en su segunda temporada, Frank Robinson utilizó sus ganchos. Lesionó a Johnny Logan, campocorto de Milwaukee, un pelotero blanco, por seis semanas. Frank Robinson fue recordado inmediatamente por el pelotero del Salón de la Fama en que se convirtió por 21 temporada, más notablemente los primeros 10 años que pasó en Cincinnati y los siguientes seis en Baltimore. Fue Novato del Año, el primero en ser nombrado en ambas ligas, ganador de la triple corona de bateo, primer manager negro, un jugador “Negro Grado-A”, lo caracterizó The Sporting News al ser cambiado a Baltimore. Pero quienes describieron a Frank Robinson como hombre lo hicieron importante más que solo histórico. Estuvo en la vanguardia de los atletas negros estadounidenses liberados de la segunda mitad del siglo 20. Estuvo en la punta de la lanza en su reivindicación. Frank Robinson reflexionó sobre la escalada confrontacional de los estadounidenses negros, como Robert F. William de Monroe, North Carolina, que se enfrentó al KKK en un tiroteo en 1957, que estaba dejando atrás un movimiento de libertad más conciliatorio. Para asegurarse, Frank Robinson andaba armado. Fue arrestado por sacar una pistola en 1961 en medio de una confrontación con clientes blancos y un cocinero blanco tarde en la noche en un restaurant de Cincinnati. Frank Robinson, quien debutó el 17 de abril de 1956, en el jardín izquierdo del Crosley Field de Cincinnati, no era como los atletas negros que este país vio en la mayor parte de la primera mitad del siglo pasado. No se subyugaba a jugar y actuar de la manera no confrontativa que se esperaba de parte de muchos estadounidenses negros en la época pos-Reconstrucción, pre-derechos civiles. No era como los tres atletas negros más celebrados de Estados Unidos desde la primera guerra mundial hasta la guerra de Corea, el boxeador Joe Louis, el atleta de pista y campo Jesse Owens y su predecesor en el beisbol Jackie Robinson, quienes fueron boceteados metafóricamente por una sociedad estadounidense blanca en búsqueda de la paz racial y la unidad siempre que fuera por separado. Frank Robinson no encajaba en la narrativa del deseo del Estados Unidos blanco por atacar su arreglo social de apartheid al promover atletas negros, eso permitía actuar con coraje. Un perfil de Sports Illustrated en 1963 fue titulado “El Tigre Temperamental de los Rojos: No querido por los rivales, tímido entre amigos, Frank Robinson ha combinado sus vastos talentos y voluntad feroz para convertirse en superestrella y uno de los hombres más temidos del beisbol”. Frank Robinson era como su compañero de quipo en el baloncesto liceísta, Bill Russell. Era parte del nacimiento en los sesenta de atletas negros como Muhammad Ali, Jim Brown y Lew Alcindor, todos empezaron a confrontar sus condiciones y labor atlética y se unieron al movimiento de los derechos civiles, tradicional y radical. No había planeado ser de esa manera. Cuando Frank Robinson fue cambiado a Baltimore en 1966, el NAACP de Baltimore le pidió que se les uniera. Se reportó que él declinaba a menos que la organización prometiera que no tendría que hacer presentaciones públicas mientras fuese pelotero. Pero la búsqueda de una casa para él y su familia, que incluía un hijo y una hija, cambió su mentalidad. Como se relata en un artículo de la Society for American Baseball Research, Robinson y su esposa Barbara pensaban que habían encontrado una casa hasta que el profesor universitario que la arrendaba conoció a Barbara. “Debió haber pensado que yo era la esposa de Brooks Robinson”, comentó la esposa de Frank Robinson. Terminaron en una casa de alquiler “sucia e infectada de insectos, el piso estaba cubierto de excremento de perro”. Esa experiencia inspiró a Robinson a cambiar de mentalidad respecto a su activismo con el NAACP de la ciudad. Así que tuvo sentido que este jueves la familia de Frank Robinson pidiera que las contribuciones en su memoria se hicieran a nombre del National Civil Rights Museum en Memphis, Tennessee, o el National Museum of African American History and Culture en Washington. El asunto racial siempre afectó a Robinson. Experimentó los mismos disgustos y atropellos que otros peloteros negros tanto en pueblos sureños de ligas menores como en algunos estadios de grandes ligas. Mientras estaba con los Orioles, escribió su autobiografía en 1968, “My Life in Baseball”, y notó como los dueños y ejecutivos de las mayores se preguntaban si los peloteros negros podrían convertirse en managers algún día: “Es la misma vieja historia. Los dueños solo tienen miedo. Están solo un paso detrás del público”. Siete años más tarde, o 28 años después que el beisbol permitiera a Jackie Robinson integrar sus caminos, Cleveland nombró a Frank Robinson primer manager negro del juego. Le dieron un año de contrato. Uno de los pitchers de Robinson era Gaylord Perry, un blanco sureño y ganador de 21 juegos con los Indios la temporada previa. Perry, quien fue elegido al Salón de la Fama en 1991, no simpatizaba con la importancia que le daba Robinson al acondicionamiento físico y se quejó ante los medios, “No soy esclavo de nadie”. Luego un cátcher blanco, John Ellis, se enfrentó públicamente con el primer dirigente negro, el autor John Rosengren escribió en su pieza de la revista History Channel acerca de la primera temporada de Robinson como manager, que los fanáticos de Cleveland respondieron amenazando la vida de Robinson. Robinson estaba airoso. Rosengren notó que cuando Robinson sospechaba que el color de su piel implicaba que los árbitros trataran a su equipo injustamente, no se mordía los labios. “Ciertos árbitros la toman conmigo a través de mi equipo”, se quejaba Robinson en voz alta. “Cada sentencia cerrada es contra nosotros, pienso que le cargan al equipo lo que sienten hacia mí”. En 2008, el Salón de la Fama hizo algo que se decía nunca se hace: Editó la placa de Jackie Robinson para reflexionar sobre la historia que hizo al reintegrar las grandes ligas. Debería hacerse igual con Frank Robinson. Su contribución más indeleble no puede ser resumida con estadísticas, a menos que haya números que describan la medida de un hombre. Traducción: Alfonso L. Tusa C. 01 de marzo de 2019.

miércoles, 27 de febrero de 2019

Lo que Mariano Rivera Compartió con Roy Halladay, Además de Credenciales para el Salón de la Fama.

Tyler Kepner. The New York Times. 20 de enero de 2019. Mariano no seráel único pelotero electo al Salón de la Fama del béisbol esta semana en su primer intento. Las papeletas públicas han mostrado un apoyo marcado por Roy Halladay, el antíguo as de los Azulejos de Toronto y los Filis de Filadelfia. Si Halladay estuviese aquí, seguramente reconocería que Rivera, el sublime cerrador de los Yanquis, ayudó a acercarlo a los límites de Cooperstown. Halladay falleció el 7 de noviembre de 2017, a la edad de 40 años, cuando el avión que pilotaba se estrelló en aguas proco profundas cerca de Holiday, Fla. En una de sus entrevistas finales, recordó con entusiasmo un tutorial con Rivera en el juego de estrellas de 2008, y una observación que le dio su toque final de brillantez. “Había observado mucho a Mariano, mi recta cortada era muy buena, pero no siempre era consistente”, dijo Halladay en marzo de 2017 en una mesa de día de campo debajo de palmeras en el complejo de entrenamientos primaverales de los Filis en Clearwater, Fla. “A veces era muy buena y en otras ocasiones no era tan efectiva. Mariano de verdad me ayudó”. Yo había seguido a Halladay por más de dos años para tener esta conversación. Necesitaba su perspectiva para un libro sobre pitcheo que estaba escribiendo, “K: A History of Baseball in Ten Pitches”, (“K: Una Historia del Beisbol en Diez Lanzamientos”), que será publicado esta primavera por Doubleday, y sabía que sería una voz crítica. Como escritor de The New York Times que cubrió la fuente de los Yanquis de Nueva York durante la mayor parte de su estadía con los Azulejos de Toronto, estuve maravillado con Halladay, la manera como estoicamente hacía que los bateadores élite realizaran swings tentativos y nunca parecía satisfecho a menos que hubiese trabajado los nueve innings. Recién había regresado a los Filis en 2017 como instructor, aconsejando a los peloteros de ligas menores sobre el lado mental del deporte. Halladay había reconstruido su confianza y manera de lanzar temprano en su carrera, y nunca dejó de reinventarse en el montículo. Con su recta cortada, Halladay sospechaba que el problema era la posición de su pulgar. Rivera ya era una leyenda, en ruta a una marca vitalicia de 652 juegos salvados, y su nombre se convirtió en sinónimo de la recta cortada, un envío que se había encontrado por accidente pero que había perfeccionado como nadie. Él confirmó la sospecha de Halladay. “Seguro”, dijo Halladay, “me dijo que una de las claves para él era asegurarse de meter el pulgar por debajo hasta colocarlo en el lado opuesto de la pelota”. Cuando Halladay lanzaba su sinker, con los dedos índice y medio a lo largo de las costuras estrechas, colocaba su pulgar por debajo del índice por debajo de la pelota. Cuando lanzaba la recta cortada, la cual sostenía con sus dedos medio e índice a través de la parte ancha de las costuras, siempre ponía el pulgar en el mismo lugar. Rivera le mostró a Halladay su técnica, doblando su pulgar en el nudillo y empujándolo debajo de la pelota, de manera que la uña tocara el dedo medio no el índice. Eso impedía que el pulgar bloqueara la rotación de la pelota mientras salía de su mano, permitiendo que los dedos índice y medio funcionaran sin estorbarse y enviaran la pelota adecuadamente, moviéndose hacia adentro ante bateadores zurdos y hacia afuera ante derechos. Le entregué una pelota a Halladay, la tomó con el agarre de Rivera, manteniendo su brazo recto. “Ahora si la ves desde atrás, tienes a la pelota ajustándose a este lado”, dijo él, y desde la perspectiva del pitcher, se podría ver al menos la mitad de la pelota sobresaliendo desde el lado izquierdo de la mano. El resto de la pelota estaba cubierto por los dedos de Halladay. “Así que ahora la pelota está recargada. Casi tiene que ir por ese lado”, dijo él. “Cuando puse mi pulgar debajo del dedo índice, todavía estaba centrado. Pero tan pronto como lo moví hacia arriba, de repente, recargó la pelota hacia ese lado”. ¿Se sintió eso natural de inmediato? “Eso tomó un poquito de tiempo”, dijo Halladay, “y a veces era tan defectuoso que cuando salía bien, marcaba mis dedos sobre la pelota con un bolígrafo. Tomaba un bolígrafo negro y la marcaba justo donde estaban colocado mi dedo, y la guardaba en mi casillero y la mantenía conmigo. La próxima primavera, estaba lanzando el envío y no funcionaba, no veía resultados. Así que regresé y tomé esa pelota y solo la agarré sin mirar las marcas. Y de seguro, mi pulgar estaba atrás hasta aquí, donde se sentía cómodo”. “Así que lo puse de vuelta en la marca donde se sentía algo incómodo al principio, pero de seguro, regresó el pitcheo. Entonces te acostumbras, y te sientes bien. Pero era un pitcheo que había que monitorear donde estuvieras, como agarrabas la pelota, porque se podía desarrollar malos hábitos al hacer lanzamientos largos. Lanzar una pelota puede ser algo complicado”. Halladay venció a los Yanquis tres veces en la segunda mitad de la temporada de 2008; cuando los compañeros de Rivera supieron de su generosidad con el rival, lo multaron en la corte de los canguros. Para Halladay, eso fue un trampolín. En los tres años siguientes, uno con Toronto, dos con Filadelfia, Halladay fue el mejor pitcher del beisbol. Lanzó más entradas que nadie, promedió 19 victorias por temporada, y su efectividad de 2.53 fue la más baja entre los lanzadores con al menos 75 aperturas. Ganó su segundo premio Cy Young, lanzó un juego perfecto y entonces pitcheó solo el segundo juego sin hits ni carreras de postemporada en la historia de las grandes ligas. Esos tres años le dieron a Halladay una década completa al tope de su juego, menos temporadas dominantes que algunos inquilinos del Salón de la Fama, pero suficientes para inclinar a los votantes. Si en vez de eso hubiera declinado después de 2008, habría sido el mismo tipo de candidato que Johan Santana. Santana coleccionó solo 2.4 por ciento de los votos en la elección del año pasado, lo cual no fue suficiente para permanecer en las papeletas. Pero por siete temporadas con los Mellizos y los Mets, desde 2004 hasta 2010, Santana fue tan dominante como lo fue Halladay en sus primeras siete temporadas exitosas (2002 hasta 2008). En los siete años de Santana, obtuvo 110 triunfos y una efectividad de 2.86, con un WHIP (boletos más hits por inning lanzado) de 1.063. En sus primeros siete años de estrellato, Halladay tuvo 113 triunfos y 3.19 de efectividad, con 1.132 de WHIP. Santana tuvo más ponches, Halladay menos boletos. Pero sus resultados fueron esencialmente los mismos. Para Santana, sin embargo, eso fue todo lo que obtuvo. Además de un renacimiento de tres meses en 2012 (incluyendo el largamente esperado primer juego sin hits ni carreras de los Mets), Santana estaba acabado. En su punto más alto, lanzó como un inquilino del Salón de la Fama. Pero eso ese lapso fue muy corto. El tope de Halladay duró el tiempo suficiente. No todo fue gracias a la recta cortada de Rivera, por supuesto. Pero en aquellas primeras tres temporadas después de la ayuda de Rivera, Halladay lanzó la recta cortada en más del 40 por ciento de sus envíos, mas a menudo que cualquier otro abridor en el beisbol. Su otro envío favorito, el sinker, se desplazó en la dirección opuesta. A veces, eso parecía injusto. “¿Lo más difícil para mí? De Halladay, ese sinker y la recta cortada”, me dijo Derek Jeter la primavera pasada. “Trataba de calcular en que dirección iban, y siempre calculaba mal”. Jeter bateó .234 de por vida contra Halladay, cuyo control era tan impecable que su radio de boletos en esos tres años (1.24 por cada nueve innings) fue el mejor del juego. Y si alguna vez perdía el control en la recta cortada, sabía donde encontrarlo: en la pelota donde había marcado el agarre de Rivera. “La mantenía en mi casillero, y cuando viajábamos, la llevaba en mi bolso”, dijo Halladay. “Escondida en un zapato, a donde quiera que fuese, y si tenía dificultades, solo la sacaba. La llevé conmigo el resto de mi carrera”. Quizás esa pelota permanece entre las posesiones de la carrera de Halladay. Ese sería un maravilloso artefacto a mostrar al rendir honores a los nuevos inquilinos de Cooperstown. Traducción: Alfonso L. Tusa C. 23-02-2019.

jueves, 21 de febrero de 2019

Don Newcombe Pitcher de los Dodgers que Contribuyó a Romper la Barrera Racial, Fallece a los 92 años de edad.

Richard Goldstein. The New York Times. 19 de febrero de 2019. Don Newcombe, el primer pitcher negro relevante de las grandes ligas y estrella de los Dodgers de Brooklyn en sus años gloriosos, la década de 1950, falleció este martes 19 de febrero. Los Dodgers anunciaron su deceso pero no informaron las causas de la muerte. Un derecho dominante y corpulento con una recta superpoderosa, Newcombe alcanzó una serie de logros: Novato del Año de la Liga Nacional en 1949, participó cuatro veces en el juego de estrellas, jugador más valioso de la liga en 1956, cuando también ganó el primer premio Cy Young entregado al mejor pitcher del beisbol. Más que todo, fue el primer lanzador negro en iniciar un juego de Serie Mundial. Pero su carrera fue recortada por el alcoholismo, y fue atormentado por una inmerecida reputación de fallar en ganar los grandes juegos, particularmente en la Serie Mundial. Newcombe, además de sentirse orgulloso de sus logros como pitcher, estaba gratificado por haber jugado un papel en la batalla por los derechos civiles al contribuir a desmontar la barrera racial del beisbol moderno después de la llegada de Jackie Robinson y el catcher Roy Campanella a los Dodgers. Una vez dijo que el Reverendo, Dr. Martin Luther King fue a su casa durante las semanas previas a su asesinato en 1968 y le dijo, “Nunca hubiera tenido tanto éxito como el que tengo en los derechos civiles si no fuera por lo que ustedes han hecho en el terreno de beisbol”. Newcombe tuvo una marca vitalicia de 149-50 con efectividad de 3.56 en 10 temporadas con los Dodgers de Brooklyn y los Dodgers de Los Angeles, Rojos de Cincinnati e Indios de Cleveland, perdió dos años de juego debido al servicio militar. En su temporada de novato, ganó 17 juegos y perdió 8, lideró la liga en blanqueos con cinco. Tuvo el mejor porcentaje de triunfos de la liga en 1955, .800, cuando tuvo marca de 20-5; y en 1956 con .794, cuando su marca fue de 27-7. También fue muy destacado en el plato para ser pitcher. Estableció una marca de jonrones para un pitcher en una temporada en la Liga Nacional con siete en 1955, y en su carrera despachó 15 jonrones con .271 de promedio de bateo. Carl Erskine, el destacado derecho quien fue compañero de Newcombe en los equipos de los “Boys of Summer”, sintió que Newcombe no había recibido el reconocimiento que merecía. “Si Newcombe no hubiera perdido esos dos años en el servicio, pudo muy bien haber sido un pitcher del Salón de la Fama”, le dijo Erskine a Peter Golenbock en su libro “Bums” (1984). Donald Newcombe nació el 14 de junio de 1926, en Madison, N.J., y creció en Elizabeth. Su padre era chofer. Newcombe lanzó para los Eagles de Newark de las ligas negras en 1944 y 1945 y entonces fue firmado por Branch Rickey, el gerente general de los Dodgers, en un contrato de ligas menores antes de la temporada de 1946. Rickey se dispondría a romper la barrera racial en las ligas mayores modernas el año siguiente al firmar a Robinson en un contrato con los Dodgers.. Newcombe tuvo dos temporadas destacadas con el equipo del sistema de granjas de los Dodgers, ubicado en Nashua, N.H., y otra en Montreal antes de unirse a los Dodgers en mayo de 1949. Dan Bankhead, quien debutara con los Dodgers el 26 de Agosto de 1947, fue el primer pitcher negro de las ligas mayores. Satchel Paige, al lanzar con los Indios de Cleveland en 1948, fue el segundo, luego de una larga y brillante carrera en las ligas negras. Pero Newcombe fue el primero en ser estrella en las mayores. Continuó su temporada de novato del año con marcas de 19-11 en 1959 y 20-9 en 1951. Luego de dos años en la armada, tuvo una temporada mediocre en 1954, luego recuperó su forma con 20 victorias en 1955, cuando los Dodgers de Brooklyn ganaron su único campeonato de Serie Mundial, y 27 en 1956. Pero su gran afición por la bebida le pasó factura, y luego de comenzar la temporada de 1958 con marca de 0-6 con los Dodgers, su primera en Los Angeles, fue cambiado a Cincinnati. Permaneció dos temporadas más en las mayores, terminó su carrera con Cleveland. La reputación de Newcombe por fallar en los juegos claves viene principalmente de su marca de 0-4 en los juegos de Serie Mundial donde enfrentó a los Yanquis, pero él había probado su valor en muchos momentos claves. Lanzó un gran juego en su primera derrota en la serie, en 1949, al perder 1-0 por el jonrón del noveno inning de Tommy Henrich. Fue un baluarte para los Dodgers en las semanas finales de la temporada de 1951, entonces lanzó de manera magnífica con poco descanso en el tercer juego del playoff contra los Gigantes de Nueva York, antes de que Ralph Branca, quien lo relevara en el noveno inning, permitiese el jonrón memorable de Bobby Thomson para ganar el banderín. Los peores momentos de Newcombe llegaron en el séptimo juego de la Serie Mundial de 1956, cuando Yogi Berra largó dos jonrones ante él en la victoria de los Yanquis 9-0. Mucho tiempo después, seguía amargado por la forma como lo había tratado la prensa. “Bob Feller tampoco ganó un juego de Serie Mundial, pero nadie dijo que había fallado”, le dijo Newcombe a The Plain-Dealer de Cleveland en 1997. “Ted Williams y Joe DiMaggio tuvieron Series Mundiales malas, pero nadie dijo que ellos fallaron. Solo lo decían de mí”. Reconoció que nunca se había llevado bien con los reporteros. “No era el tipo más agradable del mundo”, dijo él. “Mi actitud les decía que no me importaba lo que escribieran”. Newcombe bebió mucho durante su carrera en el beisbol, y sus problemas empeoraron despues. Dijo que dejó de beber en 1966, cuando su segunda esposa, Billie, amenazó con dejarlo y llevarse sus tres hijos. Luego dio muchas charlas auspiciadas por el National Institute on Alcohol Abuse and Alcoholism. “Éramos una familia de bebedores”, recordó una vez. “Recuerdo que bebí cerveza en un bar el Pearl Harbor Day, cuando tenía 15 años de edad. La bebida me impidió que pitcheara otros cuatro o cinco años”. Newcombe había regresado a la organización de los Dodgers en 1970, cuando se convirtió en director de relaciones con la comunidad. A su deceso, era consejero especial del director de los Dodgers, Mark Walter. Sus sobrevivientes incluyen a su esposa, Karen Newcombe; sus hijos Don Jr., y Brett; un hijastro, Chris Peterson; una hija, Kellye Roxanne Newcombe; y dos nietos. En una entrevista con Los Angeles Times en 2010, Newcombe describió como fue lanzarle a Joe DiMaggio en 1949, en el primer Juego de Estrellas que incluía peloteros negros. “Nunca soñamos que tendríamos la oportunidad de jugar en las grandes ligas, así que ¿por qué pensar en eso?” dijo él. “Nunca hablamos de eso, nunca pensamos en eso, nunca lo visualizamos. Cuando enfrenté a DiMaggio, no sabía quién era”. Traducción: Alfonso L. Tusa C. 21 de febrero de 2019. Nota del traductor: Actuación de Don Newcombre con los Sabios del Vargas en la temporada 1947-48 en LVBP: 25 juegos lanzados, 14 completos, 10 ganados, 3 perdidos, 137 innings, 120 hits permitidos, 2.30 de efectividad. Con el madero bateó para .286, en 56 veces al bate, 2 jonrones, 2 dobles, 2 triples, 7 carreras empujadas, 10 anotadas.

martes, 12 de febrero de 2019

Edgar Martinez confunde a sus pares aun cuando los acompaña en Cooperstown.

Tyler Kepner. The New York Times. 23 de enero de 2019. Los años pasan, los peloteros se retiran, y si se les conoció un poco, se recuerda algo de sus rutinas en el clubhouse. Mariano Rivera firmando pelotas cuidadosamente, siempre legibles, y soplando la tinta para que no se chorreara. Mike Mussina resolviendo crucigramas, retando su mente para pasar el tiempo. Edgar Martínez pesando sus bates en una balanza de comida, marcando un más o un menos en la escala para tener una medida más precisa. Roy Halladay rara vez aparecía en su casillero en Toronto o Filadelfia. Usualmente estaba sudando en otra parte.
“Trabajo duro y humildad”, dijo Brandy Halladay, su viuda, para resumir el legado de su difunto esposo este miércoles. “No puedes entrar ahí sin expectativas. Tienes que trabajar por cada cosa que quieras conseguir, y eso fue lo que hizo cada día”. Rivera, Mussina, Martinez y Halladay lograron el honor más alto por su meticulosa preparación esta semana, con su elección al Salón de la Fama del beisbol. Todos fueron contemporáneos de la Liga Americana en la década de 2000, quienes se conocieron entre sí como competidores. Rivera estableció la marca de juegos salvados y ganó cinco campeonatos con los Yanquis, mientras Mussina tuvo longevidad, se acreditó 270 victorias por 203 de Halladay, pero Halladay, dos veces ganador del premio Cy Young con un juego perfecto y un sin hits ni carreras de playoff, tuvo los momentos y herramientas que eludieron a Mussina. Estuvieron de acuerdo en una cosa: Martínez de seguro podía batear. Bateó ,312 en su carrera pero fue aun mejor ante Rivera, Halladay y Mussina, con .375. Rivera bromeó este miércoles al decir que Martínez le debía una cena. “También lo ayudé”, dijo Mussina, “No tanto como tú”. Martínez largó cinco jonrones contra Mussina, su mayor cifra ante cualquier pitcher, y le bateó .307 (de 75-23). Se fue de 18-8 ante Halladay y de 19-11 ante Rivera. Solo David Ortíz y Jason Varitek tuvieron más imparables ante Rivera, pero ambos tuvieron al menos el doble de turnos al bate contra él. “Especialmente al principio de mi carrera, hombre, ponía en dos strikes a Edgar y el tercero nunca llegó”, dijo Rivera después de su elección este martes, y agregó el miércoles, “Cuando se enfrenta al tipo de bateador que fue Edgar, tienes que de verdad dar lo mejor de ti, de lo contrario te comerá en el desayuno, almuerzo y cena como hizo conmigo”. Martínez se fue de 9-8 ante Rivera hasta 1997, cuando Rivera descubrió su recta cortada mientras jugaba a lanzarse la pelota con Ramiro Mendoza antes de un juego en Detroit. Después de eso, las cosas se normalizaron entre Martínez y Rivera, de 10-3, incluyendo el encuentro que aun molesta a Martínez. En la serie de campeonato de la Liga Americana en 2000, Martínez fue a batear como la carrera del empate con dos outs en la apertura del noveno inning del sexto juego.
“Me dije: ‘Bien, me va a lanzar la recta cortada. Miré de la mitad hacia afuera como siempre hacía’. Y ahí estaba la primera sinker que había visto lanzar a Mariano en toda mi carrera, me lanzó una sinker”, dijo Martínez, quien bateó un manso rodado al campocorto. “Se acabó el juego, nos fuimos a casa. Habría cambiado todos esos imparables por ese turno al bate”. Los Marineros desde entonces no se han acercado tanto a la Serie Mundial; perdieron con los Yanquis de nuevo en la próxima serie de campeonato de la Liga Americana, en cinco juegos. Mussina ganó su apertura en esa serie, pero Martínez usualmente lo confundía, “Podía tener un orden diferente de lanzamientos, podía tratar con rectas primero, curvas primero, ponerme adelante en la cuenta, atrás en la cuenta, no importaba”, dijo Mussina. “Cuando se es tan buen bateador como era él, entonces te dices, ‘Escucha, voy a lanzarla en el medio y espero que la batee duro de frente hacia alguien, porque si me esmero y de todas formas él consigue un imparable, eso me va a molestar’. Y honestamente, a veces haces eso. Dices: ‘Voy a lanzar una sinker en el medio, hombre. Solo batéala y sigamos adelante, porque de todas formas vas a conseguir un imparable’”.
Mussina dominó muchos toleteros al descifrar sus swings y servirles un lanzamiento que no podían manejar. David Ortíz, Rafael Palmeiro, Alex Rodríguez y Jim Thome, quienes combinados largaron más de 2400 jonrones, batearon combinados .240 ante él. Pero Martínez era difícil de leer para Mussina, porque nunca trataba de hacer mucho. Martínez dijo que aprendió su estilo observando a bateadores como George Brett, José Cruz y Kirby Puckett, quienes jugaron 52 temporadas combinadas, sin poncharse 100 veces en alguna de ellas. Martínez solo lo hizo una vez, en 2004, su temporada final. “La mayoría de los bateadores tratan de halar la pelota cuando el lanzamiento está de la mitad para adentro. Yo miraba de la mitad hacia afuera y si venía adentro reaccionaba. Si trabajaba en la mecánica de la trayectoria de mi swing y de mi mitad inferior, era capaz de mantener el bate en la zona por más tiempo. Por eso, aun si el envío era algo suave, el bate aun estaba en la zona, y podía dirigir la pelota en todas direcciones o batear línea tras línea”. Naturalmente, algunos pitchers molestaban a Martínez. Tenía dificultades contra Nolan Ryan (de 19-1) y Pedro Martínez (de 25-3) y se fue en blanco ante Greg Maddux en el único juego donde lo enfrentó. Pero esos tres no rodearan su placa en Cooperstown. Para los inquilinos más nuevos del Salón de la Fama, Martínez es parte de su clase pero pertenece a una clase particular. “Los bateadores trataban de llevar la pelota hasta la cerca muy a menudo, y yo los dominaba con rodados al campocorto o elevados al jardín central, así era como sobrevivía. Edgar no hacía eso”, dijo Mussina “Él solo se conformaba con disparar un linietazo al jardín derecho. Eso funcionaba para él, así empujó una tonelada de carreras y eso me frustraba a morir. Por eso es que está aquí. Le hizo eso a todos”. Traducción: Alfonso L. Tusa C. 12-02-2019.