viernes, 19 de junio de 2015

Cooperstown Confidencial: Reggie Jackson y los Mets.

11-10-2013. Bruce Markusen. The Hardball Times. Cuando Reggie Jackson habla, la gente reacciona. Por eso era inevitable que cuando se hicieron públicos extractos de la nueva autobiografía de Jackson, los medios y los aficionados respondieran. Quizás las palabras más inflamables de la pluma de Jackson tuvieron que ver con los Mets de Nueva York, quienes tenían la primera escogencia del draft amateur de 1966 y algunos observadores habían estado esperando que seleccionaran a Jackson. No lo hicieron, lo que llevó a algunos a especular sobre el porqué de esa decisión. Jackson dice que el razonamiento de los Mets era simple; a ellos no les gustaba que él tuviera una novia de etnia mexicana en ese momento. Jackson dice que esa información se la dio Bobby Winkles, su entrenador en Arizona State. De acuerdo a Jackson, Winkles le dijo, “Estás saliendo con una muchacha mexicana, y los Mets piensan que serás un problema. Ellos piensan que serás un problema social porque estás relacionándote fuera de tu raza”. La acusación de Jackson, ciertamente una denuncia de la organización de los Mets en los años ’60, no es nada nuevo. Por años, ha habido especulación de que los Mets evitaron escoger a Jackson por su tendencia a salir con mujeres blancas. Jackson ahora da su versión un poco diferente; fue la herencia mexicana de su novia lo que molestó a algunas personas en la oficina principal de los Mets. ¿Es esto verdad? Ante de llegar allí, primero veamos la escena de junio de 1966, cuando el beisbol tuvo su segundo draft anual en el Hotel Roosevelt de la ciudad de Nueva York. Paul Richards, trabajaba para los Bravos en ese momento, catalogó el draft como “el mejor grupo de talento joven que hemos tenido en años”. Por virtud de haber tenido la peor marca en las Grandes Ligas en 1965, los Mets tenían la primera escogencia en el draft. De acuerdo al consenso de los reportes pre-draft, Jackson y el cátcher de 17 años de escuela secundaria Steve Chilcott fueron calificados como los mejores. Chilcott tenía poder a la zurda, siempre una facultad deseable en un cátcher joven. Pero algunos scouts pensaban que los Mets tomarían a Jackson, quien estaba más avanzado como jugador universitario en Arizona State y teóricamente estaba más cerca de llegar a Grandes Ligas. Los Mets decidieron tomar a Chilcott. Bing Devine, quien trabajaba como asistente de Weiss, explicó que el razonamiento de los Mets tenía que ver con necesidad posicional. “Fuimos por Chilcott “, le dijo Devine a The Sporting News, “porque pensamos que la receptoría era nuestra mayor necesidad”. Con Chilcott fuera de la pizarra, los Atléticos de Kansas City tomaron felizmente a Jackson. El gerente general de Kansas City, Eddie Lopat, elogió diplomáticamente a Jackson y Chilcott. “Nuestros reportes los consideran comparables”, le informó Lopat a The Sporting News. “Ambos corren bien, y tienen poder. Nuestros scouts nos dicen que Jackson está más pulido y que podría estar listo para las mayores en dos años”. Leyendo entre líneas, Lopat pareciera decir que él habría tomado a Jackson si los Atléticos hubiesen tenido la primera escogencia. Despues de todo, el jefe de Lopat era Charlie Finley, un hombre impaciente quien habría preferido al pelotero más cercano a llegar a Grandes Ligas. Para agregar credibilidad a esa teoría, consideremos los sentimientos de Bob Zuk, el scout de los Atléticos, el hombre que había seguido a Jackson en la universidad. Zuk había dejado saber que él había valorado a Jackson como el mejor prospecto del draft. Él había recomendado a sus jefes que los Atléticos debían seleccionara Jackson si los Mets lo dejaban pasar. El consejo de Zuk fue bueno, la escogencia de Jackson ayudó a convertir la franquicia de Finley desde el hazmerreir hasta la dinastía. Con Jackson como pieza central de la alineación, los Atléticos ganaron un título divisional en 1971, tres campeonatos mundiales seguidos entre 1972 y 1974, y otro título divisional en 1975. La selección de Chilcott por los Mets terminaría mal. Luego de una pobre temporada de novato en las categorías bajas de las menores, Chilcott encontró su ritmo de bateo en 1967. La mala fortuna intervino en ese momento. Durante un juego de ese verano en la Florida State League, Chilcott regresó de cabeza a la almohadilla de segunda cuando el pitcher se volteó y lanzó a la base, se dislocó el hombro derecho, y allí terminó la temporada para él. Chilcott nunca fue el mismo. Después de seis temporadas de largas dificultades en la organización de los Mets, firmó con los Yanquis, jugó una temporada recortada en su sistema antes de recibir su despido a la edad de 24 años. Forzado al retiro, Chilcott nunca llegó a las mayores. En retrospectiva, la selección de Chilcott resultó un desastre. Pero eso no prueba que los Mets fuesen racistas. Para tener respuestas potenciales a esa pregunta, necesitamos observar el ambiente del beisbol en 1966. El juego era ultra conservador. Nadie contrataba un manager negro. No había coaches negros. Aunque había numerosos jugadores negros, ningún equipo había colocado en la misma habitación a un pelotero negro con uno blanco. Y algunos equipos todavía permitían que sus jugadores estuvieran segregados en hoteles separados durante el entrenamiento primaveral. En tal ambiente, y dado que algunos ejecutivos de beisbol de los años ’60 seguían viviendo en la época previa a Jackie Robinson , es posible que Jackson fuese discriminado por razones de raza y etnia. Y si lo fue, no resultó el único pelotero afectado por tales aberraciones sociales del momento. Veamos el cambio de 1969 que envió a Oscar Gamble y al relevista de recta pesada Dick Selma desde los Cachorros a los Filis por un envejecido Johnny Callison. Han circulado rumores por mucho tiempo de que los Cachorros salieron de Gamble por su práctica de salir con mujeres blancas. Los Cachorros, conocidos por su estilo conservador como organización, supuestamente no querían que sus peloteros traspasaran los límites raciales cuando se trataba de citas románticas. En contraste con Jackson, Gamble siempre ha cuestionado esta teoría, quizás en parte porque nadie de la organización de los Cachorros le dijo directamente que había un veto silencioso a las citas interraciales. Pero Gamble siempre ha sido más tolerante que Jackson. Hay razones para cuestionar porque los Cachorros hicieron ese cambio. El cambio de Gamble por los Cachorros fue intrigante, porque Gamble era uno de los principales prospectos de los Cachorros, un jardinero de 20 años con velocidad y poder. El manager de los Cachorros, Leo Durocher, había comparado una vez a Gamble con Willie Mays. El scout de los Cachorros Buck O’Neal, quién firmó a Gamble, dijo que él era el mejor pelotero joven que había firmado desde Ernie Banks. Entonces ¿Cómo es que un pelotero quién había sido comparado con Mays y Banks podía ser cambiado por un Callison lleno de lesiones, quién tenía 30 años de edad y 4 años desde la última vez que participó en el Juego de Estrellas? Desde un punto de vista beisbolero, entregar a Gamble y soltar a Selma por un Callison envejecido no parecía justo para los Cachorros. Un caso más famoso de un pelotero cuyo destino puede haber sido afectado por actitudes raciales anticuadas involucró a los Yanquis. Consideremos como los Yanquis trataron a Vic Power, un prospecto altamente reconocido quién jugaba en su sistema de granjas durante los años ’50. Un destacado primera base defensivo y buen bateador, Power tenía el tipo de talento que llevó a varios periodistas a predecir que se convertiría en el primer pelotero negro en la historia de la franquicia de los Yanquis. Power parecía estar en la ruta directa al Bronx, pero las apariencias extraterreno dictaban otro destino. Mientras Power ascendía en el sistema, era considerado muy radical por la oficina principal, la cual era manejada por el capaz pero conservador gerente general, George Weiss. Weiss prefería a un pelotero aforamericano con una personalidad más reservada, alguien como Elston Howard, quién eventualmente rompería la barrera racial en los Yanquis. A diferencia de Howard, Power no era el tipo que agradara a la conservadora y anticuada organización de los Yanquis. Un nativo de Puerto Rico, Power estaba impactado por las prácticas segregacionistas aquí en los estados y retó al status quo. Trató de enfrentar las tendencias sociales entrando a hoteles segregados y comiendo en restaurantes designados solo para blancos. Cuando encontró obstáculos a estos derechos, denunció las injusticias del sistema estadounidense. Aún así, Los Yanquis pudieron haber ignorado el estilo extrovertido de Power, si no hubiera sido por la tendencia de este para salir con mujeres blancas. Dificilmente del tipo tímido y retraído, a Power le gustaba ir a restaurantes y clubes nocturnos, donde podía ser visto en compañía de sus conquistas, blancas o de cualquier raza. A diferencia de Gamble, Power sentía que la raza era un factor principal que lo mantenía fuera de Nueva York. “Tal vez los Yanquis no querían a pelotero negro que saliera abiertamente con mujeres blancas”, le dijo Power al autor Danny Peary en su libro, We Played The Game. Por lo cual Weiss mantuvo a Power enterrado en AAA en Kansas City a pesdar de sus números impresionantes, incluyendo promedios de bateo de .331 en 1952 y .349 en 1953. Weiss y la jefatura de los Yanquis hicieron su mejor esfuerzo por explicar las excusas de porque fallaron en promover a Power. “Nuestros reportes de escauteo catalogan a Power como buen bateador pero malo a la defensiva”, le dijo el copropietario Dan Topping a United Press International. Eso era puro sinsentido; Power era un primera base excepcional quien era lo suficientemente atlético para jugar tercera y segunda base. “El primer negro que se ponga el uniforme de los Yanquis debe valer la espera”, dijo Weiss. Los Yanquis no tenían intención de esperar por Power. Luego de la temporada de 1953, ellos cambiaron a Power a los Atléticos de Filadelfia como parte de una negociación de 11 peloteros. Ninguno de los peloteros que recibieron los Yanquis se desempeñaba tan bien como Power. El cambio aseguró que Power nunca jugaría para los Yanquis durante la estadía de Weiss en el Bronx. Eso nos lleva de vuelta a Jackson. Mientras podría ser reconfortante creer que las actitudes raciales habían cambiado entre comienzos de los años ’50 y mediados de los ’60, el alegato de Jackson pone eso en serio cuestionamiento. ¿Es posible que los Mets consideraran una relación interracial como punto determinante en tomar una decisión para dejar pasar a Jackson como la escogencia número 1 en el draft? “La respuesta corta es un si enfático”, dice el antíguo grandeliga Billy Sample, un jardinero afroamericano quién jugó en los años ’70 y ’80. “Cuando llegué a mediados de los ’70, habíamos oído de talentosos jugadores negros que tenían novias blancas y nunca salieron de las categorías medias de las ligas menores. Mucho depende del liderazgo de los ejecutivos y entrenadores en las ligas menores; Texas era muy bueno respecto a eso (libertad individual), aunque irónicamente yo tuve más de tres años con amenazas de muerte y acoso como grandeliga con una esposa blanca”. Como Sample lo señala, había un enfrentamiento entre la naturaleza conservadora de los empleados del equipo y las actitudes diferentes de los atletas jóvenes. “Los scouts, en aquellos días, eran principalmente blancos, la mayoría de pueblos pequeños con estructura social conservadora, y los estados sureños tenían el mejor clima para jugar beisbol,; puede no haber sido lo mejor ser un pelotero en el límite de ser escogido en el draft y tener una amiga blanca, aún si solo eran amigos”. Es un tema difícil de considerar. Al tratar de descifrar la actitud de los Mets respecto al asunto racial en los años ’60, no hay una respuesta definitiva, ni prueba concreta, ni evidencia de que los Mets hicieron algo indebido. Si usted estuviese encargado de este juicio, la falta de humo de pistola probablemente llevaría a fallar al abogado acusador. Aún así, parece haber una cantidad sustancial de evidencia circunstancial de que algo más allá de las consideraciones usuales del beisbol jugó un papel aquí, dadas las actitudes dominantes de los ’60 y los distintos personajes involucrados en este escenario. La raza afectaba muchos aspectos del juego en el pasado que no es una exageración pensar que ese punto incidió en el status en el draft del futuro inquilino del Salón de la Fama. Al sopesar todos los factores y revisar la estructura del juego con una dosis sana de escepticismo, debo decir que le creo a Reggie Jackson. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

lunes, 15 de junio de 2015

El año final de la vida de Fred Hutchinson

18-03-2014. Bruce Markusen. Fred Hutchinson logró tanto estando muerto como lo hizo en vida (via Bruce Markusen). El largo ajetreo de una temporada de beisbol es ardoroso bajo circunstancias normales. Los juegos pasan implacables, día tras día, sin respiro para los bateadores en mala racha o aquellos lanzadores cuyos brazos se han debilitado. Ganar o perder, la interminable temporada emite su veredicto apropiado. Ahora consideremos lo que un equipo enfrenta cuando se trata de una tragedia de la vida real. ¿Cómo reaccionan los peloteros al saber que su manager, el hombre reconocido por liderar a sus 25 asociados, ha sido diagnosticado con una enfermedad terminal? ¿Cómo el manager maneja la posibilidad real de que está muriendo? Eso fue lo que los Rojos de Cincinnati y su manager vivieron hace 50 años, desde la mitad del invierno hasta el final de la temporada regular y más allá. Para 1964, Fred Hutchinson había desarrollado una reputación ejemplar en el beisbol. Un veterano de la segunda guerra mundial, él regresó al juego desde sus deberes allende los mares en 1946 y se estableció como un sólido pitcher derecho abridor. Desde 1946 hasta 1951, él ganó en doble figura cada año para los Tigres, a quienes les gustaba su confiabilidad y fortaleza. Tambien se hizo legendario por su competitividad. “Yo siempre sabía como había actuado Hutch cuando íbamos a jugar después de Detroit en una ciudad”, le dijo una vez el cátcher de los Yanquis, Yogi Berra, a Sports Illustrated. “Si encontrábamos banquetas en el clubhouse, yo sabía que él había ganado. Si conseguíamos material quemado, él había perdido”. Si, una derrota para Hutch ponía al clubhouse en alto riesgo de daños físicos. Luego que las dolencias en el brazo afectaron su calidad como pitcher, Hutchinson trasladó su competitividad a la dirección. Los Tigres le pidieron ser su manager a mitad de la temporada de 1952, aun cuando solo tenía 32 años de edad y todavía era un pitcher activo. Como manager de los Tigres, dirigió a un joven Al Kaline en sus primeros días en las Grandes Ligas, pero la estadía de Hutch con los Tigres terminó abruptamente cuando la oficina principal no quiso darle el contrato multianual que él quería. Luego de una pasantía exitosa como manager del equipo Rainiers de Seattle en las ligas menores, Hutch regresó a las Grandes Ligas con los Cardenales. Ganó el premio de Manager del Año en San Luis y también ganó un apodo, “El Gran Oso”, cortesía de Joe Garagiola, el cátcher convertido en narrador. Garagiola notó que Hutch nunca sonreía. Ese hábito eventualmente llevó a sus peloteros a referirse a él como “Viejo Cara de Piedra”. Aunque nunca lo he confirmado, hay una leyenda de Hutchinson que se ha arraigado. Cuando uno de sus pitchers permitía un jonrón en el cierre del noveno inning para perder el juego, el lanzador temía tanto la ira de Hutchinson que se resistía a regresar al dugout del equipo. En vez de eso, el aterrorizado lanzador se iba hacia el jardín central, por donde salía a través de una puerta de la cerca de los jardines. La historia puede no ser verdad, pero ejemplifica la furia que sentía Hutchinson por una derrota dolorosa. Uno de los gerentes generales de Hutch instaló un saco de boxeo en su camerino, con la idea de que drenara su frustración sin hacer daño. El gerente general trajo el saco después que Hutchinson había roto seis sillas, una mesa, un bombillo y una banqueta. Una pobre temporada con los Cardenales en 1958 resultó en la despedida de Hutchinson, regresó al Seattle de ligas menores, donde impresionó a los Rojos con su trabajo. A mediados de la temporada de 1959 los Rojos despidieron a Mayo Smith y llamaron a Hutchinson. Resultó ser un movimiento habilidoso. Los Rojos de 1961 estaban supuestos a no ser más que un equipo de segunda división, pero Hutchinson pensaba de otra manera. Siempre exigiendo, él empujaba a su equipo hasta el límite de su potencial, su temperamento estallaba cuando los peloteros no respondían. Desarrolló varias estrellas jóvenes, incluyendo a Vada Pinson, Hutch lideró un equipo que logró numerosos regresos en los últimos innings en ruta a un banderín de la Liga Nacional que impactó a más de uno. Como lo describió Jim Brosnan en su libro maravilloso, Pennant Race (Carrera por el banderín), los peloteros de los Rojos respetaban a Hutchinson. Mientras se cuidaban de su explosivo temperamento, Brosnan y sus compañeros amaban el liderazgo de Hutch, su rechazo al pánico, y su sentido del humor. Aunque podía ser duro y crudo en apariencia, ellos lo querían. Luego de jugar por encima de sus expectativas para ganar el banderín en el ’61, los Rojos continuaron jugando buen beisbol en 1962. Ganaron 98 juegos, pero se quedaron cortos ante un equipo de los Gigantes que galopó la Liga Nacional. Los Rojos no jugaron tan bien en 1963, pero Hutchinson todavía ganó 86 juegos mientras desarrollaba una gran combinación joven de doble plays con Pete Rose y Leo Cardenas. Ese invierno, en los meses cercanos a la temporada de 1964, Hutchinson de 44 años notó un quiste sobre su clavícula y visitó a a su doctor para examinarse. El examen médico no fue de rutina. Un día antes de Navidad, el doctor le dijo a Hutchinson que el quiste era maligno. Adicionalmente, era parte de una serie de tumores, todos malignos, dispersos en los pulmones de Hutchinson, su pecho, y su cuello. Dadas las opciones médicas disponibles en esa época, el doctor le informó a Hutchinson, quien fumaba regularmente dos cajetillas diarias, que su condición era muy seria y las posibilidades de tratamiento, limitadas. Hutchinson consultó con su hermano, el Dr. Bill Hutchinson, un cirujano notable, quién le recomendó a Fred que hiciera una cita para verse en el Swedish Hospital Tumor Institute en Seattle. Los doctores del instituto prescribieron un nuevo tipo de tratamiento del cáncer, uno que involucraba la radiación. Más específicamente, Hutchinson recibió radio terapia hibaróxica, la cual implicaba la aplicación de rayos X en una cámara de oxígeno de alta presión. La oficina principal de los Rojos esperó hasta después de las fiestas para anunciar públicamente el diagnóstico. El equipo publicó una declaración informando que su manager tenía cáncer de pulmón. Al mismo tiempo, los Rojos anunciaron que Hutchinson, un hombre conocido por su fortaleza, se sometería a tratamiento y descansaría en el hospital de Seattle por los, próximos dos meses antes de reportarse al entrenamiento primaveral en Tampa y comenzar su tarea de dirigir al equipo en 1964. La revelación de la condición de Hutchinson no era la clase de noticia que cualquier equipo quería oir. El tiempo era el más cruel dado el optimismo que giraba alrededor de los Rojos en ruta hacia la primavera de 1964. Con un sólido grupo de veteranos, un prometedor sistema de granjas, y un cuerpo de lanzadores que parecía listo para regresar luego de una temporada mediocre, los Rojos se consideraban legítimos contendores de la Liga Nacional. Mientras nunca fue un buen tiempo para un manager enfrentar una crisis personal como el cáncer, era especialmente duro para un equipo que necesitaba a un manager bien respetado disponible para lo que podría ser una carrera por el banderín muy disputada. A Hutchinson le gustaba la conformación de su equipo. Tenía dos estrellas legítimas en Pinson, su principal baza en el jardín central, y Frank Robinson, su fiero jardinero derecho. Tenía ese prometedor medio del infield que contaba con Rose, el Novato del Año de 1963, y el hábil Cárdenas. La primera base también parecía estar en buenas manos, por lo menos ofensivamente, gracias a la presencia de Gordy Coleman. Con el confiable Johnny Edwards detrás del plato y el talentoso Tommy Harper en el jardín izquierdo, los Rojos solo tenían incertidumbre en una sola posición. Esa era la tercera base, donde el obrero Steve Boros y el recién llegado Deron Johnson se disputarían el tiempo de juego. Con una alineación fuerte y diversa, la fortuna de los Rojos parecía descansar en su cuerpo de lanzadores. La punta de la rotación de los Rojos lucía bien; Jim Maloney y Jim O’Toole formaban una buena combinación derecho-zurdo. Luego de ellos, había dudas. ¿Continuaría Joe Nuxhall siendo confiable al acercarse a los 35 años de edad? ¿Podría JohnTsitouris convertirse en miembro de la rotación a tiempo completo? y ¿Podrían Joey Jay y Bob Purkey recuperarse de malas temporadas? El bull pen parecía aún más incierto. De todos los relevistas a tiempo completo de 1963, solo Al Worthington había lanzado para una efectividad por debajo de 3.00. Con claridad necesitaban sangre nueva aquí, los Rojos esperaban que algunos de sus pitchers jóvenes, particularmente el derecho Sammy Ellis y el zurdo novato Billy McCool, tendrían un impacto inmediato. Basado en su respuesta inicial al nuevo tratamiento del cáncer, Hutchinson se sintió lo suficientemente bien para reportarse al entrenamiento primaveral. Llegó a Tampa en 2 de marzo, justo a tiempo para el inicio del campamento primaveral de los Rojos. “No he tenido ningún tratamiento por dos semanas”, le dijo Hutchinson a Los Angeles Herald Examiner, “pero tuve que esperar un rato para ver si la cosa (el cáncer) estaba cediendo. Afortunadamente estaba cediendo”. Hutchinson informó a los reporteros de las instrucciones que le habían dado los médicos. “No me indicaron ninguna dieta especial”, dijo Hutch. “Se supone que debo dejar de gritar. Muchas personas se sentirán bien con eso”. Al mantener su Buena actitud, Hutchinson dirigió al equipo durante el entrenamiento primaveral y en la temporada regular. En medio de especulaciones de que tendría que abandonar y dejar el paso libre a un sucesor, al menos un interino, él continuó dirigiendo el equipo sin pausas. Quizás distraídos por la situación de su manager, los Rojos parecían confundidos en abril y mayo, jugaron para .500 en sus primeros 40 juegos. Hutchinson dirigió ininterrumpidamente hasta el 8 de junio, cuando los Rojos viajaron a la costa oeste para una serie ante los Dodgers. En un día libre, Hutch voló a Seattle para hacerse unas pruebas y revisarse con su doctor, su hermano Bill. Regresó al equipo el día siguiente, para la apertura de la serie en Los Angeles. De nuevo, no perdió ni un juego. Luego de regresar al equipo en Los Angeles, Hutchinson habló poco con los reporteros de su visita a su hermano en Seattle. En vez de eso le pidió a uno de sus coaches, Dick Sisler, que fuese a la habitación de su hotel. Luego que Sisler se sentara, Hutchinson encendió un cigarrillo. Sisler pensó que era extraño, dado que Hutchinson había dejado de fumar desde diciembre. Hutchinson le dijo cinco palabras: “Lo que tengo es terminal”. Hutch había recibido el diagnóstico de su hermano. Sisler trató con sus mejores recursos de darle esperanza a su manager, pero Hutch prefirió aceptar los hechos del asunto. Sin saber del diagnóstico más reciente, los Rojos jugaron mejor en junio, jugaron para cinco juegos por encima de .500 durante el mes y se mantuvieron en la carrera por el banderín, a seis juegos y medio del primer lugar. Empezaron julio ganando los primeros cuatro juegos, pero luego vino una seguidilla de tres derrotas. Otra racha de cuatro victorias los dejó con marca de 48-39, a tres juegos de los sorprendentes Filis. Todo ese tiempo, Hutchinson se resistió a quejarse de su condición o enfermedad. Continuó yendo al estadio, sin importar si se sentía bien o mal. Ni siquiera se tomo el descanso del Juego de las Estrellas. La Liga Nacional le pidió que fuese coach; era una oferta que él no despreciaría. Cuando iba hacia la caja del coach cada inning, caminaba muy pausado, en obvio dolor. En uno de los ejemplos más impresionantes de resistencia física y voluntad del beisbol, Hutchinson siguió dirigiendo sin interrupción a los Rojos hasta últimos de julio. Finalmente, el 27 de julio, el desgastado manager reconoció que necesitaba un descanso. Mientras el equipo viajaba a Milwaukee, Hutch ingresó al Christ Hospital en Cincinnati para recibir tratamiento. Hutchinson seleccionó a Sisler, su teniente principal entre los coaches, para guiar al equipo durante su ausencia. La especulación se extendía, circulaban rumores de que Hutchinson no dirigiría más. Esos escépticos quienes creían que Hutchinson había dirigido su último juego deben haberse sorprendido por las noticias del 4 de agosto. Habiendo perdido solo dos series, una en Milwaukee y una en San Luis, Hutchinson regresó al dugout de los Rojos para dirigir al equipo. Una vez más, la fortaleza y la perseverancia ganaron sobre el dolor de una enfermedad mortal. Uno de los momentos más emocionantes de la temporada ocurrió pocos días después. Fue el 12 de agosto, el cumpleaños 45 de Hutchinson. Una multitud de más de 18000 personas fue a Crosley Field para ver el juego y celebrar el cumpleaños en honor a Hutchinson. Una ceremonia realizada en el terreno que incluyó una torta enorme rotulada con las siguientes palabras: “Para un tipo agradable que termina primero”. Una cantante local, Cindy Grog, se paró frente a un micrófono para guiar a los aficionados en la entonación del “Cumpleaños feliz”, Hutchinson se paró al lado, mirando al frente estoicamente. El dueño de los Rojos Bill DeWitt se paró detrás de Hutchinson y Grog; estaba visiblemente afectado por la condición de su manager. Hutchinson se dirigió entonces a Crosley field. “Soy un hombre con suerte”, dijo Hutchinson, hablando con el micrófono desde el campo. Aunque Hutchinson mostró un rostro valiente durante la ceremonia, DeWitt sabía que su manager no estaba bien. El próximo día, DeWitt le dio a Hutchinson permiso para una segunda ausencia y asi regresara al hospital, su condición empeoró. Sisler tomó otra vez el control de las responsabilidades dirigenciales. Hutchinson permaneció hospitalizado por las próximas dos semanas. El 28 de agosto, regresó a Crosley Field, pero solo como espectador. No estaba en condición de dirigir al equipo. Sisler permanecería como manager interino por el resto de la temporada. A medida que la temporada avanzó hacia mediados de septiembre, los Rojos se encontraron en tercer lugar, a ocho juegos y medios de la punta. El 16 de septiembre, empezaron uno de sus pasajes más exitosos de la temporada, ganaron 12 de 13 juegos. El período incluyó una seguidilla de nueve victorias. Para el 27 de septiembre, habían subido al primer lugar de la Liga Nacional. Con una semana por jugar y todos los juego pendientes programados para Crosley Field, el panorama lucía optimista. Pero el 30 de septiembre, perdieron ante los Piratas en 16 innings. El 2 de octubre, malbarataron una ventaja de 3-0 en los innings finales, perdieron un juego crítico ante los alicaídos Filis, quienes terminaron su seguidilla de 10 derrotas., perdieron otro ante los Filis, esta vez 10-0. En total, lo Rojos perdieron cuatro de sus cinco juegos finales y se les escurrió el banderín ante los Cardenales. Quizás le pusieron mucho para ganar los juegos en tributo a su manager enfermo. En un mundo de cuentos de hadas, los Rojos habrían completado su dramática remontada de septiembre con un fuerte remate y su primer banderín desde 1961. Pero el beisbol a menudo genera escenarios distintos a los cuentos de hadas. A la ofensiva, Pinson compiló un promedio de bateo de .266, el peor de su carrera con una caída de 47 puntos en referencia a la temporada previa. Rose tuvo dificultades en su segunda temporada, su promedio de bateo disminuyó a .269. Harper tuvo una pobre temporada después de una prometedora campaña de novato. Entre los pitchers, Maloney perdió siete de sus primeras diez decisiones, no fue para nada el abridor dominante de 1963. El envejecido Nuxhall, luego de un sólido inicio de temporada, se lastimó el hombro izquierdo a finales de junio y tuvo dificultades el resto de la temporada. Los inconvenientes de Pinson, Maloney y Nuxhall neutralizaron algunos de los puntos positivos, incluyendo otro año tremendo de Robinson, el surgimiento de Deron Johnson como primera base de poder, y la aparición de jóvenes relevistas como Ellis y McCool. Los Rojos no tuvieron otra opción que regresar a casa. El 19 de octubre, solo cuatro días después de terminar la Serie Mundial, Hutchinson hizo un anuncio sombrío. Sabiendo que su salud no le permitiría continuar, renunció oficialmente a ser manager de los Rojos. A principios de noviembre, Hutchinson pareció recuperarse. Al salir del hospital, Hutchinson dijo que se sentía mejor. Tristemente, fue una señal falsa. Como muchos pacientes de cáncer, Hutchinson había disfrutado un último alivio antes que su salud tomara un giro repentino. Una semana después, un Hutchinson adolorido regresó al hospital. El 11 de noviembre, su condición se hizo crítica. El próximo día, 12 de noviembre, a las 3:58 am, Fred Hutchinson falleció. Tenía 45 años. Los Rojos rindieron tributo a Hutchinson al retirar su uniforme con el número 1. La revista Sport reconoció a Hutchinson como su “Hombre del Año” 1964. Los amigos de los medios beisboleros crearon el Hutch Award, entregado anualmente al jugador quien “mejor ejemplifique el espíritu de lucha y el deseo de competir” de Hutchinson. Y la comunidad de Cincinnati guardó luto por el hombre que había aportado tanto liderazgo, entereza, y valentía en momentos difíciles. Quizás nadie lo hizo mejor que un manager rival al describir los meses finales de la vida de Hutchinson. “Hutch nos mostró como vivir”, le dijo el manager de los Filis Gene Mauch a Pat Harmon del Cincinnati Enquirer. “Ahora nos muestra como morir”. Es difícil hallar puntos positivos en las tragedias personales. Son de poco consuelo para la víctima, y quizás aún menos para los miembros de la familia. En el caso de Hutchinson, habría un efecto retardado. Nueve años después de su muerte, su hermano Bill abrió las puertas del Fred Hutchinson Cancer Research Center en Seattle. El Dr. Bill Hutchinson, visualizó una organización que proveería fondos y espacio de laboratorios para que los médicos investigaran las causas, tratamiento y cura potencial del cáncer. Aunque Bill Hutchinson había querido por mucho tiempo crear tal centro de investigación, el hecho de usar el nombre de su bien conocido hermano hizo más fácil la materialización del proyecto. Adelantemos rápidamente hasta 2006, cuando un joven novato de los Medias Rojas llamado Jon Lester fue diagnosticado con cáncer. Lester escogió ser tratado en el Hutchinson Center, donde se sometió exitosamente a quimioterapia y tuvo una recuperación completa. En 2008, Lester ganó el Hutch Award. En un sentido, Fred Hutchinson salvó a Jon Lester, junto a muchos otros a lo largo del tiempo. Traducción: Alfonso L. Tusa C.