viernes, 12 de julio de 2019

Jim Bouton, Autor de la memoria de Beisbol ‘Ball Four’, fallece a los 80 años de edad.

Bruce Weber. The New York Times. 10 de Julio de 2019. ___________________________________________________________________________ Jim Bouton, un pitcher de logros modestos pero un celebrado iconoclasta quien dejó una marca duradera en el beisbol como autor de “Ball Four”, un diario del pelotero, descarnado, irreverente, punzante, y éxito de ventas, que estremeció la imagen completa del juego, falleció este miércoles 10 de julio en su hogar en los Berkshires en Massachusetts. Falleció luego de una larga batalla con la demencia vascular, dijo su esposa, Paula Kurman. Bouton tuvo un infarto en 2012, y en 2017 reveló que tenía una enfermedad cerebral llamada angiopatía amiloide. ___________________________________________________________________________________________ Cuando “Ball Four” fue publicado en 1970, reportando el egoísmo, la fatuidad, infantilismo y espíritu de crueldad de hombres jóvenes a menudo engrandecidos por jugar un juego de niños muy bien, fue catalogado por muchos lectores, que lo aprobaban o no, como una escandalosa traición a la llamada intimidad del clubhouse. Pero el libro, el cual trató del recuento de la temporada de Bouton en 1969, siete años después de su debut en grandes ligas con los Yanquis, tenía una gran narrativa, basada en su intento, a la edad de 30 años, para salvar lo que una vez fuese prometedora carrera mediante el desarrollo del pitcheo más peculiar y menos predecible del juego: la bola de nudillos. El pitcheo, el cual cuando se lanza de manera óptima no tiene efecto giratorio, requiere fineza, fuerza en la punta de los dedos y mucha buena suerte; sin efecto giratorio, la pelota está sujeta a las corrientes de aire camino al plato, lo cual implica que se moverá erráticamente, eso hace difícil que el bateador (para no mencionar al cátcher y el árbitro) pueda seguirlo, y que el pitcher pueda controlarlo. En el libro, el pitcheo se convierte en una metáfora para la visión de Bouton de si mismo como un tipo excéntrico en una sociedad beisbolera de conservadores llevaderos, que siguen con terquedad su propio camino aunque este dependa de las fuerzas externas. En la temporada de 1969, Bouton jugó para el equipo de expansión de la Liga Americana, los Pilotos de Seattle (ahora Cerveceros de Milwaukee), quienes lo degradaron por un tiempo al equipo filial de ligas menores de Vancouver y eventualmente lo cambiaron a los Astros de Houston de la Liga Nacional. El libro, que fue publicado originalmente con el subtítulo “Mi Vida y Tiempos Dificiles Lanzando la Bola de Nudillos en las Ligas Mayores”, fue de muchas maneras, una crónica de las inseguridades de un atleta, que alguna vez fue estrella, acercándose al final de la ruta. “No solo tenía algo de debilidad hoy en el codo, sino que Sal me dijo que lanzaré en el juego de exhibición del domingo”, escribió Bouton a comienzos del entrenamiento primaveral, en referencia al coach de pitcheo de Seattle, Sal Maglie. “La debilidad pasará, pero ¿Cómo voy a pitchear el domingo? No estoy listo. Todavía no he apuntado a los lugares donde debo colocar los lanzamientos. No he lanzado curvas. Mis dedos no están lo suficientemente fuertes para lanzar bien la bola de nudillos. He vuelto a tomar dos pelotas y apretarlas en la mano para tratar de fortalecer mis dedos y aumentar el agarre”. Algunos críticos astutos reconocieron el ardor y la tensión punzante de la historia de Bouton; en The New Yorker, Roger Angell describió “Ball Four” como “una rara visión de una profesión pública altamente compleja vista desde adentro, junto con una aun más compensadora visión interna de una mente irónica y corajuda. Muy cercano de ser el libro más divertido del año”. _____________________________________________________________________________ Pero para la mayoría de los lectores, la prédica personal de Bouton fue superada por lo que reveló acerca de la vida en las ligas mayores. Según Bouton, los peloteros engañaban rutinariamente a sus esposas en las giras, diseñaban intrincados planes para mirar debajo de las faldas de las mujeres o espiarlas a través de las ventanas de los hoteles, hablaban de vulgaridades casuales, bebían en exceso y tomaban anfetaminas como si fueran caramelos M&M. Mickey Mantle jugaba enratonado y era cruel con los niños que le pedían su autógrafo, escribió él. Carl Yastrzemski era un tipo ausente. Whitey Ford arañaba y enlodaba ilícitamente la pelota y su catcher, Elston Howard lo ayudaba a hacerlo. La mayoría de los coaches eran tontos quienes veían lo obvio como sabiduría cuando no se contradecían, y los gerentes generales eran desconsiderados y deshonestos al negociar los contratos con los peloteros. Para ese momento, la clausula de reserva, una parte de cada contrato que ataba a los peloteros casi irrevocablemente a sus equipos, aún estaba en efecto; la libre agencia, la cual multiplicó el poder de ganancia de los peloteros en muchos órdenes de magnitud, todavía pertenecía al futuro. Bouton firmó un contrato con Seattle por 22.000 $, y su balance de las ganancias anuales oscilaba en sumas de tres y cuatro figuras, incómodas para ese momento, hoy parecen increíbles ante un salario mínimo en grandes ligas de 555.000 $ y un promedio de ganancias de más de 4 millones $ por año. En suma, Bouton retrató el juego, sus peloteros, coaches, ejecutivos y la mayoría de los periodistas que lo cubrían, como un mundo de divertida, pueril conformidad. No por sorpresa, el establecimiento del beisbol atacó a Bouton, su editor colaborador, Leonard Shecter, y el libro. El comisionado para ese momento, Bowie Kuhn llamó a Bouton y le dio una reprimenda; algunos peloteros le reclamaron por decirle a las esposas de los peloteros lo que estos hacían en las giras. (El propio Bouton no fue la excepción; su primera esposa Bobbie, escribió su propio libro después de su divorcio). Algunos peloteros, incluyendo a Elston Howard, dijeron que Bouton era un mentiroso. Y muchos de una generación anterior de periodistas deportivos sintieron que Bouton habia causado un daño irreparable al juego más allá de su egocentrismo y desesperación. “Siento pena por Jim Bouton”, escribió Dick Young en The Daily News. “Es un leproso social. Su colaborador en el libro, Leonard Shecter, es un leproso social. Personas como estas, amargan a la gente, se sientan en su momento de rechazo más profundo y escriben. Escriben, demonios, todo hiede, todos menos yo, y eso los hace sentir mucho mejor”. En un libro posterior, “I’m Glad You Didn’t Take It Personally”, el cual trató ampliamente de la reacción a “Ball Four”, Bouton agradeció a Young y Kuhn por agitar la controversia que hizo del libro un éxito. Y fue un éxito, aunque Bouton no fue el primer atleta en publicar un recuento desde el interior de la vida del deporte profesional: “Instant Replay”, una crónica personal de la temporada de la National Football League de 1967, escrita por el defensor Jerry Kramer de los Green Bay Packers, lo había precedido. Bouton ni siquiera fue el primer pelotero en llevar y publicar un diario; Jim Brosnan, quien lanzó para cuatro equipos de ligas mayores, publicó: “The Long Season”, en 1960. “Ball Four” no solo fue un éxito de ventas instantáneo y duradero, también ganó amplio reconocimiento como texto importante de la literatura deportiva. En 2002, Sports Illustrated lo colocó como número tres en su lista de los 100 mejores libros deportivos de todos los tiempos. Quizás más notable fue que en 1995, cuando la biblioteca pública de Nueva York celebró su centenario, incluyó a “Ball Four” como el único libro deportivo entre 159 títulos en su exhibición “Books of the Century”. _________________________________________________________________________________________ James Alan Bouton nació en Newark el 8 de marzo de 1939, en el hogar de George Bouton, ejecutivo de negocios quien vendía ollas de presión para ese momento, y Trudy Vischer, su apellido de soltera. La familia vivió en los suburbios Rochelle Park y Ridgewood de Nueva Jersey hasta que Jim era un adolescente y su padre aceptó un trabajo en Chicago. Jim jugó pelota en la American Legion, aun entonces lanzaba la bola de nudillo de vez en cuando, y se graduó en la Bloom High School de Chicago Heights, Ill. Pasó un año en Western Michigan University antes de ser firmado por los Yanquis en diciembre de 1958. Llegó a las grandes ligas en 1962. ______________________________________________________________________________________________________ Fue “Ball Four” lo que estableció la reputación pública de Bouton como rebelde de decoro beisbolero, pero desde el comienzo fue un tipo extraño en el juego. Su carrera tuvo un arco extraño. Disfrutó un breve estrellato con los Yanquis a principios de los años 1960 como pitcher derecho con una recta y una curva que lanzaba por encima del brazo, con un movimiento violento que frecuentemente le hacía perder la gorra, una idiosincrasia que se convirtió en marca de fábrica. Aun como pelotero joven, tenía una pugnacidad y voluntad por hablar de su mentalidad liberal, más notablemente con los reporteros, a quienes otros Yanquis tenían el hábito de desdeñar, y de temas como la guerra de Vietnam, las protestas estudiantiles y los derechos civiles, lo que erizaba a sus compañeros de equipo y los ejecutivos de los Yanquis. “Después de dos o tres años de jugar con tipos como Mantle y Maris”, recordó Bouton en “I’m Glad You Didn’t Take It Personally”, “Ya no estaba emocionado. Empecé a mirar a esos tipos como personas y no me gustó lo que vi. Eran buenos como héroes del beisbol. Como hombres no eran exitosos. A la vez me parece que empecé a tratar a las personas de la manera equivocada. En vez de ser el novato divertido, era el veterano sabio. Llegué al punto donde discutía para apoyar mi opinión y eso no caía muy bien”. Aún así, las tres primera temporadas él lanzó para unos Yanquis ganadores de banderines, como equipo, con estrellas como Mantle, Maris y Ford, completó una seguidilla de cinco títulos de la Liga Americana en fila. En 1963 tuvo marca de 21-7, lanzó un inning en blanco en el juego de las estrellas, y en la Serie Mundial perdió una decisión 1-0 ante Don Drysdale y los Dodgers de Los Angeles en el tercer juego de la barrida de los Dodgers. En 1964, su registro fue de 18-13 y ganó dos juegos ante los Cardenales de San Luis en la Serie Mundial (aunque los Yanquis perdieron esa serie también). Aquellos fueron días de gloria. Los problemas en el brazo lo afectaron después de eso, tuvo marca de 4-15 en 1965 mientras los Yanquis resbalaban hasta el sexto lugar. Y para 1968 era negociable, los Yanquis lo vendieron a los Angels de Seattle, entonces un equipo de ligas menores que se graduaría (como Pilotos) en las grandes ligas el año siguiente. __________________________________________________________________________________________ Además de su esposa, a Bouton, quien vivía en el oeste de Massachusetts, le sobreviven dos hijos, Michael y David (quien fue adoptado de Corea desde niño y fue llamado Kyomg Jo al inicio de “Ball Four”) dos hijastros; y seis nietos: Alexandria Bouton, Jack Bouton, Georgia Kurman, Annabel Kurman,, Skyler van der Hoeven y Aspen van der Hoeven. Una hija, Laurie, falleció en un accidente automovilístico en 1997. ___________________________________________________________________________________________________ La notoriedad ganada por “Ball Four” impulsó a Bouton a muchos otros episodios del escenario público. Por un tiempo fue narrador deportivo de los canales televisivos de Nueva York. Fue delegado de Nueva jersey para George McGovern en la convención nacional demócrata de 1972. Apareció como asesino en el drama criminal de Robert Altman de 1973, “The Long Goodbye”, una adaptación de la novela de Raymond Chandler protagonizada por Elliot Gould como Philip Marlowe. Y apareció en una fugaz serie televisiva basada en “Ball Four”, solo duró cinco episodios en 1976. Con Eliot Asinof, mejor conocido como el autor de “Eight Men Out”, un recuento del escándalo de los Medias Negras de 1919, Bouton escribió “Strike Zone” (1994), una novela de argumento pesado y melodramático acerca de un árbitro en medio de un dilema moral: Debe decidir si afectar el resultado de un juego para ayudar a un hombre que una vez salvó su vida y ahora está en problemas con los pandilleros. Bouton también escribió un libro, “Foul Ball” (2005), acerca de su esfuerzo quijotesco por salvar un Viejo estadio en Pittsfield, Mass. Eso le inspiró para ayudar y promover a la Vintage Base Ball Federation, la cual organiza juegos que se efectúan de acuerdo a las reglas del siglo 19, mediante versiones de aficionados beisboleros obtenidas de estudiosos de la guerra civil. ___________________________________________________________________________ “Ball Four” fue publicado durante la temporada de 1970 mientras Bouton estaba con los Astros, pero tenía un año pobre, y después de ser bajado a las menores, se retiró. Pero Bouton no bromeaba en “Ball Four” cuando decía que se sentía miserable al ser incapaz de satisfacer sus ansias de competencia. Así que jugó pelota semi profesional por varios años, e intentó un poco probable regreso, perseveró con estadías en equipo de ligas menores en Durango, México; Knoxville, Tenn.; Savannah, Ga.; y Portland, Ore., donde se convirtió en el primer inversionista en Big League Chew, goma de mascar que buscaba emular al tabaco masticado, inventada por un compañero de bull pen, Rob Nelson. Finalmente en septiembre de 1978, Ted Turner, para entonces dueño del entonces descolorido equipo Bravos de Atlanta, llevó a Bouton a su roster de grandes ligas, donde a la edad de 39 años, ocho años después de su primer retiro, inició cinco juegos y ganó uno (perdió tres), en trabajo de seis innings sin permitir carreras limpias ante los Gigantes de San Francisco. Terminó su carrera (finalmente) con marca de 62-63 y una respetable efectividad acumulada de 3.57. Para entonces también había probado la validez de las líneas finales de “Ball Four”, quizás la oración más conocida y resonante del libro, una explicación de por qué entendía la frustración y lunaticidad acerca de lo que había escrito, un encapsulamiento del impacto del deporte en el atleta. “Pasas buena parte de tu vida apretando una pelota de beisbol, y al final resulta ser que es la pelota la que te aprieta”. Jacey Fortin contribuyó como reportera. _____________________________________________________________________ Traducción: Alfonso L. Tusa C. 12 de Julio de 2019.

lunes, 8 de julio de 2019

A Ochenta Años de distancia, las Palabras de Lou Gehrig Reverberan.

Hay pocos registros del discurso conocido como el Gettysburgh Address del beisbol, pero está esa película. _______________________________________________________________________________ Richard Sandomir. The New York Times. 3 de Julio de 2019. _____________________________________________________________________________________ Lou Gehrig finalmente había llegado al clubhouse de los Yanquis esa tarde, sudado y extenuado, había pronunciado su discurso con una elocuencia tan simple que un día sería llamado el Gettysburg Address del beisbol. Lou había llorado mientras hablaba, como lo hicieron muchos de los casi 62.000 asistentes a Yankee Stadium aquel 4 de julio de hace 80 años. De vuelta en la comodidad del clubhouse rodeado de compañeros y reporteros, preguntó, “¿Estuvo necio mi discurso?” Esa fue la pregunta de un hombre humilde que tuvo una respuesta simple: no lo fue. La mayor parte de ese discurso ya no existe en forma de grabación intacta; la pobre preservación de la película solo dejó cuatro líneas supervivientes. La apertura, “En las pasadas dos semanas han estado leyendo acerca de un de un mal momento”, lleva a la declaración de “el hombre más afortunado”, la cual fue movida para el final de “The Pride of the Yankees”, la película de 1942 acerca de Gehrig, protagonizada por Gary Cooper, para darle un impacto dramático. En otro extracto del discursos, se refiere a sus compañeros de equipo de 1939 como “hombres bien parecidos” quienes están “uniformados en el estadio hoy”. Y su última frase también sobrevivió: “Y pude haber tenido un mal momento pero tuve mucho por vivir”. Si pensamos que conocemos el discurso completo, es debido a la versión que Cooper pronunció en “Pride”, la cual fue obtenida de lo que la esposa de Gehrig, Eleanor, recordaba del 4 de julio de 1939, y de las grabaciones que no se habían dañado todavía o habían sido descartadas. Cooper se había convertido en Gehrig, no porque se pareciese a él o pudiera jugar pelota como él, sino porque sabía muy bien como interpretar a los hombres de dignidad. Aunque no hubo anuncio público de que él hablaría, Gehrig planeó algunas ideas con Eleanor. Sin embargo cuando salió al campo no llevaba un papel. Si se le olvido en la casa o en el casillero sigue siendo un misterio. Si hubo un discurso escrito, es sorprendente que Eleanor no lo haya guardado en uno de los albumes que había llenado meticulosamente para registrar la carrera de él y sus preciosos años juntos. Durante la ceremonia, Lou se paró con los brazos al frente, ajustándose la gorra. Su cabeza estaba gacha a menudo. Para el momento cuando le pidieron dirigirse a la multitud, hizo un gesto hacia el maestro de ceremonia, el periodista deportivo Sid Mercer, de que no diría una palabra. La emoción lo había afectado. “No le pediré que hable”, le dijo Mercer a la multitud. “No creo que debería hacerlo”. Pero Gehrig accedió mientras los aficionados coreaban, “¡Queremos a Lou!” De hecho, no hubo nada necio de parte del hombre de 36 años de edad de logros destacados, forzado a retirarse del beisbol por la entonces poco conocida enfermedad llamada esclerosis lateral amiotrófica, al decirle al mundo: “Hoy, me considero el hombre más afortunado en la faz de La Tierra”. La actuación de Gehrig ese día como orador fue tan destacada como cualquiera que haya tenido como pelotero, que ya es decir bastante: tuvo un promedio de bateo de .340, 493 jonrones, 1.995 carreras empujadas y un OPS vitalicio de 1.080, tercero en la historia de las grandes ligas detrás de Babe Ruth y Ted Williams. Participó en 2.130 juegos seguidos hasta el 30 de abril de 1939, cuando reconoció que su una vez poderoso cuerpo lo había traicionado con crueldad. Se mantuvo, lo suficientemente vacilante para que el manager Joe McCarthy temiese que se pudiera caer, en el calor veraniego entre los juegos de una doble cartelera donde los Yanquis rivalizaban con los Senadores de Washington. Gehrig lucía solitario, hasta desolado, una figura íngrima en el cuadro interior, rodeado por compañeros de equipo retirados de los Yanquis de 1927 e integrantes del equipo en ese momento quienes se las habían arreglado brillantemente sin él, con Babe Dahlgren ahora como primera base. Tuvieron marca de 51-17, en ruta a un registro de 106-45 y una barrida a los Rojos de Cincinnati en la Serie Mundial. Ahora ese era el equipo de Joe DiMaggio. Sin embargo, por casi una hora, el foco regresó a la estrella del Lou Gehrig Appreciation Day. Le ofrecieron obsequios. Hubo discursos de McCarthy, el alcalde de Nueva York, Fiorello LaGuardia; y el General James Farley. Todo ese tiempo, Gehrig esperaba, como invitado de honor en un funeral en vida. Luego de unas palabras de aliento susurradas por McCarthy, quien adoraba a Gehrig, Lou se presentó ante los micrófonos. Cuando ese momento fue descrito por los guionistas Herman Mankiewicz y Jo Swerling casi tres años después en su guión para “The Pride of the Yankees”, ellos escribieron: “El rugido de la multitud es como la nota sostenida de un poderoso órgano. Lou esperaque eso pase pronto, pero eso no ocurre. Para él, esto es tanto una crucifixión como un triunfo, porque sabe que tendrá que morir dos veces y quizás lo peor para él es esa pequeña muerte conocida como adiós”. Si las palabras de Mankiewicz y Swerling tocaron una cuerda hiperbólica, las de Gehrig no. Ellas estuvieron llenas de gratitud por las personas de su vida: Eleanor, sus padres, su suegra, sus managers con los Yanquis, su compañero de habitación Bill Dickey, los Gigantes de Nueva York y los cuidadores del terreno del estadio. Ambas versiones del discurso, la real y la imaginaria, implican una pregunta: ¿Qué motivaría a un hombre quien ha recibido el diagnóstico de una terrible enfermedad para solo hablar de la buena fortuna y las personas a quien les debía agradecimiento? Gehrig ofreció alguna perspectiva más adelante ese año después que había comenzado a trabajar como miembro de la New York City’s Parole Commission. Conn su condición deteriorándose rápidamente, Gehrig firmó su nombre en un artículo sindicado (escrito con apoyo) donde explicaba lo que él sentía era una vida de agradecimiento: por sus padres, por integrar el equipo de futbol americano de su escuela secundaria, por asisitir a la universidad, por firmar con los Yanquis, por Eleanor. En palabras que recordaron el discurso, escribió: “Este verano tuve una mala noticia. Los médicos dijeron que no podía seguir jugando beisbol. Todo bien. Todavía soy el hombre más afortunado de La Tierra al hacer un balance. Todavía tuve una larga temporada de vida para jugar, y mi equipo, Estados Unidos, es absolutamente el mejor de la liga. Eso es lo que cuenta”. Esa temporada de vida fue muy corta, Gehrig falleció el 2 de junio de 1941. ___________________________________________________________________________________________________________________________ Richard Sandomir es el autor de “The Pride of the Yankees: Lou Gehrig, Gary Cooper y la Elaboración de un Clásico”. Richard Sandomir es un escritor de obituarios. Previamente escribió de deportes y negocios deportivos en los medios. __________________________________________________________________ Traducción: Alfonso L. Tusa C. 06 de julio de 2019.