viernes, 18 de diciembre de 2015

Recordando a Pancho Pepe Croquer a 60 años de su desaparición

Extracto de mi libro inédito, “Aquellas Voces Deportivas” Otra de las informaciones de mis hermanos se refería a que Delio Amado León fungió como narrador comercial de Pancho Pepe al inicio de su prolongada carrera como locutor deportivo. También escucharon que muchísimo antes que le gustaran los carros de carrera, Pancho Pepe había intentado adentrarse en las interioridades de lo que significa ser un pitcher de béisbol. Había escuchado de las hazañas del Patón Carrasquel, de los recursos de Vidal López, y también tenía algunas referencias de Grover Cleveland Alexander y de un pitcher sordo de los Gigantes de Nueva York , Luther Taylor quién a pesar de tener una buena recta, gustaba de sacar de paso a los bateadores con un envío en tirabuzón. Esto quizás animó a Pancho Pepe a montarse sobre el montículo. Su recta era muy débil. Siempre iba a los juegos para ver como hacían los pitchers para lanzar las curvas y se acercaba lo más que podía cuando decían que alguien estaba lanzando el tirabuzón. Lo más que llegó a lanzar algo parecido la pelota se cayó frente al plato. Por eso sus compañeros lo llamaban “bola de trapo”. Pancho Pepe empezó a considerar otros medios de acercarse al béisbol. Varias veces cuando salía del montículo o se quedaba sin jugar se iba a la raya del jardín derecho, hasta lo que en los momentos más supremos del Estadio San Agustín llamaban “El rincón de los músicos”, desde allá empezó a ensayar los poemas que empezaba a recitar en La Voz Aragua. Pronto las estrofas incluyeron, bolas, strikes, dobleplays y jonrones. En la medida que profundizó su conocimiento del béisbol subía hasta el cuadro, detrás del plato. El árbitro lo miraba con cara de pocos amigos. Entonces le dedicaba una línea en su poesía mientras encontraba el mejor ángulo para su narración. Muchas veces también se iba a la raya del jardín izquierdo. Su alta intuición muchas veces le permitía adivinar la estrategia de los managers. En una ocasión se encaramó en unos árboles ubicados detrás del right field y notó que a ese nivel podía apreciar el juego mucho mejor. Sus próximos recitales ocurrieron desde las tribunas. Otra de las grandes virtudes de Pancho Pepe residía en la emotividad que imprimía a sus narraciones pugilísticas. Mis hermanos casi tartamudeaban cuando referían lo que les habían contado sus tíos y abuelos. “Pancho Pepe Croquer traía el ring side a las radios de galena. Se sentían los escupitajos, los impactos de los guantes sobre la carne amoratada, las indicaciones del árbitro, los gritos de los entrenadores en las esquinas, el roce de las botas sobre la lona, los rebotes de las espaldas sobre las cuerdas”. Muchos dicen que si en el béisbol practicaba a declamar poesía, en el boxeo cantaba las óperas más dramáticas. Una de las peleas más memorables que transmitiera Croquer ocurrió en el Madison Square Garden de Nueva York el 11 de febrero de 1949. Estaba en juego la diadema de los pesos pluma. El ambiente de pólvora y candela que relumbraba en el escenario sacudía y aislaba a cada radioescucha. Sandy Saddler versus Willie Pep se enfrentaban por segunda vez. Antes de la pelea Pancho Pepe fue al ring side junto a Buck Canel. Le dio como siete vueltas al cuadrilátero. En cada vuelta hacía más estaciones por lado. Se agachaba. Se echaba hacia atrás. Miraba de reojo. Se subía a las esquinas y estiraba el cuello en todas direcciones. Se acostaba en la lona y enfocaba el techo. Levantaba las cuerdas y se quedaba con el cuerpo a medio entrar. Se alejaba siete ocho filas y hacía un rodeo. Luego corría y llegaba al lugar del time keeper. Apretó un botón y sonó un campanazo que hizo gritar a Canel. “Vamonos chico que parece que te hubieras metido 10 asaltos en simultanea con Pep y con Saddler. De verdad que estás eléctrico chico. ¿Qué desayunaste hoy?” Pancho Pepe entró al ring y saltó en cada una de las esquinas. Luego corrió hacía el centro e hizo unas calistenias mientras lanzaba unas miradas de hielo. Cuando sonó el primer campanazo, Buck Canel abrió la boca varias veces con una “o” en los labios. De ninguna manera narraba la pelea. Sólo observaba como Pancho Pepe anticipaba cada uno de los movimientos de Saddler, todos los amagues de Pep. En medio del intercambio de golpes más intenso, Pancho Pepe sabía cual golpe había causado tal cortadura y cual era la posición de los pies del boxeador cuando conectó un golpe crucial. Hasta en los descansos describía lo que decía cada entrenador en su esquina. Canel se lo quedaba mirando, parecía preguntar “¿Cómo sabes lo que están diciendo? ¡Estamos a más de cincuenta metros de distancia!”. Pancho Pepe sonreía y le guiñaba un ojo. Los que más sorprendía a Canel era todos los movimientos sorpresivos que ensayaban ambos púgiles. Pancho Pepe los narraba con naturalidad propia de quién ha presenciado la planificación del camerino. Pep terminó derrotando a Saddler en 15 asaltos donde la voz de Pancho Pepe rebotaba sobre todas las transmisiones apostadas en las adyacencias del ring side. El evento fue catalogado como la Pelea del Año por la revista The Ring. La dicción y las ocurrencias de Pancho Pepe hicieron que más de uno imaginara que ocupaba un asiento en ring side y podía apreciar cada detalle de los movimientos de los boxeadores. Cada vez que describía los avances de Saddler, los escuchas se pasaban las manos por las frentes, casi de inmediato regresaba como un trueno destacando las habilidades de Pep para pasar golpes y regresar a castigar con maestría. A medida que Pancho Pepe iba levantando la voz los aficionados se iban entonando alrededor del radio, sabían que los boxeadores estaban dando todo lo que tenían y los trazos de poesía y geografía se intercalaban en medio de la excitación y los empujones por permanecer cerca de las cornetas. Los gritos de los aficionados parecían el eco de Pancho Pepe a miles de kilómetros. Un ambiente de euforia reflejaba la intensidad de los gestos. Cada uno fijaba la mirada en un cuadrilátero que ubicaban a mitad de camino entre la calle y la acera. “Izquierda y derecha de Sadler. Pep pasa cada golpe. Su cintura semeja el fuelle de un acordeón. ¡Bárbaro gancho de derecha de Pep. Sadler sigue avanzando lo busca. No rehuye el combate. La hematoma de su pómulo izquierdo esta a punto de reventar y este gladiador avanza como si se acaba de afeitar. Tremendo jab a las costillas. Sadler lo busca con fruición, cual gato rabioso y calculador. Pep se cubre con los brazos. Se dobla hasta alejar de toda amenaza su plexo solar. Todo desde el majestuoso Madison Square Garden de Nueva York. Lo levantamos en medio de su sala, en la calle o cualquier lugar de reuniones, el ring side en sonidos y emociones”. Imágenes de sus días de “bola de trapo” llegaron a su mente cuando entró al terreno del viejo Comiskey Park de Chicago. Francisco José debió templarle varias veces el flux de casimir para sacarle la mirada de aquella arena tan anaranjada como el sol de los araguatos y aquella grama tan verde que sólo el Ávila la igualaba. “Papá, papá…mira ahí viene el Chico Carrasquel”. La voz del niño llegó hasta el rincón más remoto del jardín derecho. Pancho Pepe sacudió el rostro y tuvo que apretar el paso tras la carrera de Francisco José. El Chico levantó en brazos a Francisco José y fueron a jugar un rato en aquel espacio ubicado entre las almohadillas de segunda y tercera. Francisco José disparaba preguntas con más intensidad que los batazos de Mickey Mantle y Joe DiMaggio. Pancho Pepe intentaba tranquilizar al niño. El Chico le hizo señales para que lo dejara. La entrevista dio un giro que Pancho Pepe ni siquiera había imaginado. Con todas las curiosidades de Francisco José, el Chico empezó a contar como había empezado a jugar pelota en su barrio de Sarría. Francisco José lo miraba sin respirar, ni movía las pestañas. Todos esos cuentos de pelotas de trapo, terrenos llenos de piedras, hacían que Francisco José se viera jugando al fondo del abanico. Hubo un momento cuando agarró el guante y empezó a caminar hacia el infield. Pancho Pepe casi le arrebata el guante. El Chico se interpuso. Dijo que había que mantener los sueños de los niños, eso es lo que los hace crecer con la esperanza de alcanzar grandes metas. Se fue hasta el “hueco” y le mostró a Francisco José como debía mover los pies al momento de que saliera un batazo en su dirección. Había que ir hacia delante o atrás dependiendo del tipo de lanzamiento y de la fuerza del batazo. De tanto imaginar lo que había vivido Francisco José con Pancho Pepe en Comiskey Park aquel día. Debajo de la almohada, cuando la luna alcanzaba una intensidad parecida a la de las estrellas y un azul profundo brillaba por todos lados, escuché una canción que corcoveaba sobre los sombreros y las camisas blancas de las tribunas. Los Medias Blancas corrían hacia el dugout. Un olor a maní tostado y a grama recién cortada filtraba entre las gradas. El niño saltaba en los hombros de su padre y seguí el ritmo de la canción. “Take me out to the ballgame. Take me out with the crowd”. Pancho Pepe levantó la voz y abrazó a Francisco José. “Buy me some peanuts and cracker jacks. I don`t care if I ever get back…” ¿Papá que dice la canción? El hombre sonrió y señaló hacia el pitcher que calentaba en el montículo. Dice que el juego de béisbol es muy bonito y más si se va al estadio. “I root, root, root, root for the White Sox if they don’t win it’s a shame. For it’s one, two, three strikes you’re out at the old ball game”. Alfonso L. Tusa C.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Soy diferente. Soy la misma.

The HardBall Times. 18-11-2015. Alexis Brudnicki “Tú eres diferente”. He oido eso más veces de las que puedo contar, y le aseguro que no soy mala en matemática. Se me ha dicho eso como un cumplido, lo he oído como insulto de segunda mano, tales instancias pueden ser comúnmente fastidiosas cuando se vive en un “mundo de hombres”, y me lo han dicho de una manera casual. Y ahora estoy empezando a notar que eso podría ser la razón por la cual he sido capaz de hacer todo lo que he hecho, y porqué podría no haber sido capaz de hacer mucho más. Cuando yo crecía en London, Ont., mis amigos de la escuela secundaria en Montcalm fueron los primeros en señalar muchas de mis diferencias. Como una Cougar, yo jugaba baloncesto, balompié y voleibol, y fuera de las paredes de la escuela jugaba softbol todo el año hasta que se hizo un compromiso difícil de manejar para mí. Yo era una nadadora sincronizada y competitiva. Era una gran aficionada y ávida seguidora de los juegos de los Azulejos de Toronto, iba a casi todos los juegos de los Tiger Cats de Hamilton en Ivor Wynne Stadium. Y sentía como que veía billones de juegos de hockey. Veía a mis amigos en el equipo de la secundaria como su controladora de tiempo oficial, iba a cualquier juego de los Knights de London y podía hacer trampa para conseguir boletos gratis e iba a los juegos de los Avalanche de Colorado con mi primer novio cuando eran transmitidos en nuestra area. Yo tenía amigas y amigos, pero pasaba más tiempo con los muchachos porque era allí donde yo parecía encajar mejor. Algunas veces jugábamos hockey en la calle después de la escuela, otras veces jugábamos a lanzarnos la pelota de futbol en el parque detrás de mi casa, y principalmente, jugábamos euchre (un juego de barajas) en mi garaje. Muchas veces oi a esos muchachos decirle a la gente (principalmente chicas) que ellos estaban, “jugando con los muchachos”, y cuando yo les decía, “Yo estoy aquí”, ellos respondían naturalmente, “Si, pero tú eres diferente. No es lo mismo”. Debo admitir, que eso me hacía sentir un poco especial. Ocasionalmente, yo invitaba a mis amigas a unírsenos. El obstáculo más grande para ellas era que ninguna sabía jugar euchre, pero yo insistía en que podían venir y aprender, aunque yo no estaba ofreciendo ser socia de una jugadora inexperta. Cuando ellas me preguntaban si vendrían otras mujeres, y yo les decía que estaba yo, me sentía insultada cuando ellas decían, “Eso no cuenta. Tú eres diferente”. En la secundaria, parecía bueno ser diferente. Montcalm era una escuela pequeña, y eso me permitía hacer cualquier cosa que quisiera. En una escuela más grande, no habría estado en tantos equipos, y no puedo imaginar mi adolescencia sin la confianza, amigos y experiencia que alcancé con la práctica deportiva. Mi amor por los deportes, específicamente el beisbol y los Azulejos, casi siempre era considerado muy diferente. Mis amigos de secundaria lo aceptaban porque no me conocían de otra manera. Eso o algunas incidencias específicas que no recuerdo cuando ellos lo cuestionaron, es algo de lo que estoy muy agradecida. Tal vez es porque pasaba mucho de mi tiempo adorando la escuadra canadiense durante los meses veraniegos lejos de la escuela, pero eso no parecía tan extraordinario cuando yo era una adolescente. A medida que me hice mayor, eso cambió. Por siempre un espíritu libre, yo siempre usaba camisetas en el bar cuando mis amigos y yo nos hicimos lo suficientemente mayores para consumir alcohol. Primero, disfrutaba cada vez que algún tipo sabelotodo venía hacia mí pensando que yo debía usar la camiseta por accidente porque yo posiblemente no podía saber nada de deportes, sin contar que podía hacerles disfrutar, o aún el tipo de hombre quien pensaba que podía impresionarme con su conocimiento de los Azulejos. Ellos siempre se sorprendían cuando yo les ilustraba. Era divertido hasta que yo notaba que estaba haciendo enemigos, avergonzando a tipos frente a sus amigos. Antes que yo dejara de usar camisetas, me hice inteligente y empecé a apostar cervezas con mi conocimiento de beisbol. Si yo iba a caer, lo iba a hacer dándolo todo. Nunca hice nuevos amigos, pero conseguí muchas cervezas gratis. Todos los que estaban a mi alrededor con regularidad sabían y aceptaban mi amor por el beisbol, aunque nunca lo entendieron. No tenían porque hacerlo, y raramente sentí que debía explicarlo. Amigos de toda la vida me vieron crecer jugando beisbol, primero como una de tres muchachas en la Eager Beaver Association, dos de nosotras jugábamos juntas, luego como una de dos, y finalmente como la única, antes que mis padres decidieron que lo mejor para mí era mudarme a jugar softbol. Tuve un inicio rápido en ser diferente, aunque nunca me di cuenta de eso. Si no hubiese habido otra muchacha jugando en mi primer equipo de beisbol en McMahon Park, pienso que no me hubiese percatado de que yo era una muchacha. Forcé a mi mamá y papá a que me inscribieran cuando llevaban a jugar a mi hermano menor, y eso no era extraño para ellos, así que ¿por qué lo sería para mí? Mis padres siempre habían sido diferentes en cuanto a inscribirme en actividades específicas de acuerdo al género, mi madre me enviaba a gimnasia, danza, gimnasia rítmica y nado sincronizado, y mi papá me llevaba a pescar, patinar, a practicar arquería, y hasta ejercitarme en tiro. Pensaba que cada quien se vestía con sus mejores galas y cargaba sus municiones. Entonces yo era natural, como lo era cuando llegué a la industria del periodismo deportivo como candidata perdida de la escuela de leyes quien decidió seguir su amor por el beisbol por miedo de asistir tres años más de clases luego de terminar mi pregrado. Mi naturalidad continuó mientras seguí teniendo un poco de fortuna. Fui afortunada de entrar al programa de post-grado de un año de Periodismo Deportivo en Centennial College, y fui afortunada de que la mayoría de mis compañeros de clase quisieran hablar solo de beisbol. Estaba en el lugar correcto en el tiempo correcto cuando los Azulejos necesitaban emplear alguien como estadístico en el grupo de producción del juego del día, y todavía estoy agradecida de que mi horario escolar me permitió trabajar en cada juego en casa por el resto de la temporada. Desde ahí fui a Carolina del Norte, donde completé mi educación con un internado en Baseball America. Fue casi inmediatamente después que yo había regresado a casa desde Durham que Bob Elliot del Toronto Sun me contactó y me preguntó si quería ser parte de la Canadian Baseball Network, la cual él coordina. Desde entonces, por cinco años, seis temporadas en Toronto, he trabajado los veranos para los Azulejos en Roger Centre y pasado los inviernos en la Liga Australiana de Beisbol como oficial de prensa y cualquier cosa más que se necesite hacer. En medio de eso, ha habido viajes de regreso a Durham; vacaciones a estadios; charlas con estudiantes de secundaria, jugadores universitarios, jugadores de ligas menores, grandes ligas; una aventura en Japón con Baseball Canada y mucha escritura de beisbol canadiense por CBN. Empecé a escribir para Prep Baseball Report el año pasado, pero últimamente he estado floja en contenido. Raramente yo estaba alrededor de otras mujeres, pero la aceptación de los hombres en sus círculos me mantuvo en mi nube de naturalidad. Mi jefe en los Azulejos es una mujer, así que no estaba sola. Pero cuando empecé, el equipo de producción de 25 personas incluía 23 hombres. Yo podía haber sido la segunda mujer interna en BA, pero si hubo una antes que yo, fue hace tanto tiempo que nadie la puede recordar. Cuando Elliot envió un correo electrónico a mi jefe en BA para ver si yo estaba interesada en CBN, él pensaba que yo era un tipo, algo que asumió al leer mal mi nombre. La ABL tiene algunas mujeres alrededor en una variedad de funciones, pero mi conocimiento y pasión por el juego me previno de ser considerada una más. Cuando me incorporé a la organización de los Bandits de Brisbane, recuerdo que me dijeron que no se permitían mujeres en el clubhouse, aunque rápidamente me convertí en una excepción de la regla porque, “Tú eres diferente”. Prep Baseball Report es hecho solo por hombres, al menos en lo que se refiere a la parte escrita. La pregunta que de verdad empezó a forzarme a notar que yo podría ser diferente, y que la diferencia era mi género, era la pregunta, “¿Como llegaste al beisbol? De verdad parece inofensiva. Es algo que le pregunto a cada pelotero australiano, porque el rugby, el futbol australiano y el cricket son más populares que el diamante, y nunca lo he visto como un insulto. Pero en algún momento del camino, empecé a tomarlo como uno. Se sentía como que cada persona que me encontraba en la industria me lo preguntaba, pero algo que yo nunca preguntaba de vuelta. Nadie se pregunta porque un hombre se inclina por los deportes. Es algo natural. Yo no lo era. Mi mundo se abrió un poco cuando fui invitada a hablar en un Pitch Talks event, un foro itinerante para que los aficionados y expertos del beisbol hablen de su pasatiempo favorito. Yo he sido invitada a varios eventos, espero que las personas disfruten mi paseo apasionado por el beisbol canadiense, porque soy probablemente la única mujer en todo el país quien dedica todo su tiempo al deporte. Ese primer Pitch Talks event fue probablemente el mejor para mí, a pesar de mi ansiedad, nervios obvios y el rápido fraseo de mis pensamientos aleatorios de beisbol. Eso me dio la oportunidad de hablar en un foro abierta y honestamente acerca de los aspectos terribles de ser una mujer en esta industria dominada por los hombres, y mientras estaba muy asustada de experimentar eso, eso fue ciertamente lo más abierta que he llegado a ser y que he sido. Estaba asustada porque sentía como que era la manera más rápida de ser lanzada sin preguntar por un cambio, se espera que las mujeres puedan ser vistas por el valor que aportan y no solo para cumplir con un requerimiento, o se pensaba que mis calificaciones podrían facilitarme ser empleada sobre alguien con menos de ellas, en vez de lo contrario, y me ha tomado años sentirme como parte del círculo interior. No quiero perder ningún trabajo que ya tenga, hecho o bajo contrato, o sin honorarios. Más fácil que cambiar, seria sacarme, silenciar mi voz. Estaba asustada porque nunca había admitido que mi trabajo soñado no es siempre el mundo de fantasía que la gente piensa que es y quiere que sea. No quería arruinarles eso. Ni quería ser vista como “una llorosa quien no se puede codear con los tipos grandes”. Estaba asustada porque mi mamá estaba en la audiencia, y no quería que ella tuviera que pensar en las cosas que yo había pasado o preocuparse por mí. Pero recibí retroalimentación de otras mujeres que estaban ahí, conocí otras mujeres aficionadas y periodistas de beisbol, y encontré un círculo genuino de confianza en la industria que nunca había sentido antes. Confío en muchos de los hombres con los que he trabajado y continuo trabajando regularmente, pero eso siempre toma más tiempo porque nunca sé si ellos tienen motivos ulteriores. Solía confiar en todos hasta que descubrí aquellos ocasionales motivos ulteriores, por eso ahora cuestiono (en mi mente) a cualquiera que trate de ayudarme, o trate de escucharme, o tome interés en lo que hago, o trato de hacer, porque eso puede venir de cualquier parte. He recibido comentarios inapropiados y no solicitados, o peor, de peloteros, coaches, scouts, otros periodistas, narradores, como lo quiera nombrar. Tome una categoría, y tengo historias que probablemente no quiero compartir. Siempre he sido un tipo de persona “no preferida de los hombres”. Tal vez es porque crecí como uno de los muchachos, o tal vez es porque me gusta ver cada lado de una discusión, pero siempre he llegado rápido a defender a cualquier hombre errado. Aún luego de colocar a todos los beisbolistas en el mismo saco cuando me aventuré en la industria, me encontré convirtiéndome en hipócrita. Bajé la guardia y pensé “no todos los beisbolistas son iguales”, y hasta salí con uno. En principio me resistía, temerosa de lo que otros pudieran pensar o como sería vista en la industria, pero él fue persistente, y rara vez conozco personas fuera del beisbol, así que ocurrió. La relación terminó luego de año y medio, me rompió el corazón, me sacó de la discusión de que nunca estaría con un pelotero, y me convirtió para siempre en una de “esas” chicas. Con un grupo recién encontrado de amigos de los medios sociales, quienes también resultan ser mujeres y seguidoras del juego, empecé a aprender. Leía más de las mujeres deportistas y leía más de mujeres que escribían de deportes. Era algo triste, notar cuan pocas éramos, que tan duros habían sido los caminos que ellas habían escogido, cuanto, pero en realidad que tan poco, ha cambiado en el tiempo, y como mi vida de ingenua había sido comparada al mundo hacia el que tenía mis ojos abiertos. Se abrieron más grande cuando tuve mi primera y única oportunidad de vivir mi sueño de ser parte de Baseball Canada. Con la necesidad de llenar el requerimiento de un oficial de prensa para el equipo nacional femenino, me uní al equipo de Canadá, viajé a Vancouver y a Japón y experimenté el beisbol internacional más de cerca y más personalmente de lo que hubiese deseado. Eso fue fantástico, pero ser introducida a las asperezas de las atletas de primera mano fue una forma de desinflar la nube donde yo estaba y la fuerza de gravedad me haría estrellarme contra la tierra. No hay manera de estimar las desventajas de las mujeres en el nivel más alto de sus deportes en comparación con los hombres. Solo para principiantes, cada mujer de ese equipo tenía una obligación a tiempo completo fuera del beisbol. Había doctoras, estudiantes, maestras, instructoras de yoga, ingenieros, todas usaban sus vacaciones o permisos en el trabajo o la escuela para vivir el sueño de tratar de ganar una medalla dorada en la Copa Mundial. Ellas no tenían los patrocinantes que tenía el equipo masculino, el dinero, la cobertura, el interés, o el apoyo. La mayoría de las personas con las que he hablado de mi experiencia no sabían que existía el beisbol femenino. Con mis ojos abiertos, encontré más preguntas que respuestas. ¿Podía trabajar lo suficientemente duro? ¿Era esa la razón de que no había sido capaz de encontrar un trabajo a tiempo completo en la industria?¿Cambiaría algo en mi vida? Las cosas ciertamente han mejorado, las barreras han sido rotas, y soy afortunada de estar donde estoy, pero ¿seré forzada a ponerle un tope a mi ambición? ¿He alcanzado mi techo? Cuando tengo este tipo de pensamientos, más a menudo ahora que cuando vivía en mi mundo ignorante de felicidad, me siento desanimada. Y más desanimada cuando hombres cobardes sin rostro, por correo electrónico o redes sociales, me preguntan cuantos favores sexuales he ofrecido para lograr lo poco que tengo. Pienso en la horas que he permanecido en el estadio, en mi carro en ruta a otro pueblo de ligas menores, en mi computadora transcribiendo y tratando de batallar con el cuaderno de escritor, revisando box scores en mi teléfono, esperando fuera del camerino para una entrevista, viendo los juegos, prácticas de bateo, días de scouts, campamentos. Pienso en el inventario que he colocado en varios medios de aceptación, ¿Me sigue este escritor por Twitter? ¿Vendría esta persona a consultarme por información sobre un tópico del que sé mucho? ¿Sabe este tipo de la industria que existo? ¿Estoy aquí solo para cumplir con la cuota femenina? Me he sorprendido preguntándome últimamente si todo esto ha valido la pena. Seguro, en la superficie, consigo ver juegos de beisbol para ganarme la ida, pero por debajo del nivel de mar, eso no es suficiente para vivir. Trabajo 81 días al año para los Azulejos, ninguno de esos días me están garantizados por un contrato. Escribo de beisbol canadiense porque soy más apasionada por ese tópico, pero la pasión no paga las cuentas. Disfruto ir a Australia y trabajar en una liga en crecimiento, pero lo que crecimiento en verdad significa es que he perdido dinero con cada viaje que he hecho para “trabajar” por el circuito. El dinero que he hecho, lo he gastado en viajes a nuevos estadios donde no he estado antes, esas aventuras usualmente se centraron en tratar de escribir acerca de peloteros canadienses o alguna conexión oscura del beisbol en Canadá. Así que ¿Vale la pena? Financieramente no. No tengo futuro si continuo en la dirección que voy, y no sé por cuanto tiempo más pueda perseguir mi pasión. Pero en cada otro aspecto de la palabra, si. Vale la pena, pero eso no significa que no haya espacio para el cambio, el crecimiento y el desarrollo. Vale la pena los insultos, el desánimo, la falta de apoyo, que te retengan en las puertas, el pensamiento de que las cosas podrían no cambiar nunca porque las personas piensan que han mejorado lo suficiente, pero eso no los hace necesariamente demonios. Todo eso vale la pena porque amo el beisbol. El beisbol es mi pasión, y se ha convertido en mi vida. He hecho amigos en este deporte que tendré por siempre. He ido a bodas y funerales y campeonatos, y he viajado alrededor del mundo debido al beisbol. He tenido incontables conversaciones y entrevistas que han cambiado mi visión del juego y de las personas dentro de este. Estoy aprendiendo y mejorando cada día. Mi curiosidad natural y genuino interés en el beisbol y en los otros, quienes, como yo han decidido en algún punto del camino dedicar todo su tiempo al juego que amamos, me mantiene armada con preguntas. Cada punto de vista diferente me asegura que nunca me quedaré sin maneras de estar interesada o personas de quienes aprender: desde el pelotero joven mirando hacia adelante en su año de selección, al tipo que vive la experiencia del beisbol universitario, al jugador de ligas menores entusiasta, a la sazonada veta del beisbol independiente, al novato, al grande liga que lo ha visto todo, al scout quien lo firmó, a la oficina principal ejecutiva que lo puso en el mapa, al narrador cuya voz de alguna manera permanece intacta todo el año, al equipo de comunicaciones que genera y distribuye información, a los periodistas, blogueros y personalidades televisivas, a los aficionados…Y en ese respecto, soy igual a muchas otras personas que he conocido en este deporte. Soy la misma. Sobre Alexis Brudnicki Fue una beisbolista competitiva mientras crecía, Alexis Brudnicki ha trabajado para los Azulejos de Toronto, y escrito para Baseball America, la Liga Australiana de Beisbol y Canadian Baseball Network, entre otros. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Ken Johnson, el único perdedor de un juego sin hits de 9 innings, fallece a los 82 años.

Bruce Weber . The New York Times. 23-11-2015 El beisbol, esa empresa loca por las estadísticas, ha producido su lote de actuaciones raras por parte de algunos jugadores. Quince jugadores han hecho tripleplays sin asistencia. Trece bateadores han conectado dos jonrones con las bases llenas en un juego, incluyendo uno, Fernando Tatis, quien en abril de 1999 lo hizo en el mismo inning, lo cual puede ser la anomalía más resaltante del juego, aunque el juego perfecto de Don Larsen con los Yanquis ante los Dodgers en 1956, el único sin hits ni carreras lanzado en la Serie Mundial, es mejor conocido y mejor recordado. Los juegos sin hits ni carreras no son del todo poco comunes. Casi 300 de ellos han sido lanzados en Grandes Ligas, y hasta su categoría más famosa, los juegos perfectos, tiene 23 ocurrencias. Cinco veces en la era moderna de las Grandes Ligas, un equipo no ha permitido imparables y no ha podido ganar. Pero en quizás en el caso más sonado de buenas y malas noticias del juego, solo una vez un pitcher lanzó un juego completo de nueve episodios sin permitir imparables y lo perdió. El hombre que tiene esa doble distinción, Ken Johnson, cuya carrera de 13 años en las ligas mayores incluyó pasantías en siete equipos, falleció el sábado 21 de noviembre en Pineville, La. Su hijo Kenneth Jr. dijo que su padre había sido afectado por las enfermedades de Alzheimer y Parkinson y que falleció luego de contraer una infección renal. Por tres temporadas en el medio de su carrera, 1965-67, mientras lanzaba con los Astros de Houston y los Bravos de Milwaukee y Atlanta (la franquicia se mudó luego de la temporada de 1965), Johnson fue un abridor efectivo, tuvo marca de 43-27 con 26 juegos completos. Fue más temprano, sin embargo, el 23 de abril de 1964, que mientras lanzaba para Houston (entonces conocido como los Colt .45) contra los Rojos de Cincinnati, el reclamó su lugar en la historia. Un derecho quien combinaba una bola de nudillos con una recta y lanzamientos quebrados, “Él siempre dijo que la bola de nudillos lo llevó a las mayores”, dijo su hijo, Johnson lanzó un juego brillante, solo caminó a dos, ponchó nueve y rasuró una alineación que incluía dos Todos Estrellas, el cátcher Johnny Edwards y el campocorto Leo Cárdenas; un futuro inquilino del Salón de la Fama, Frank Robinson; y el eventual líder de imparables de todos los tiempos, Pete Rose. Los Rojos solo batearon tres pelotas fuera del cuadro interior. En la parte de arriba del noveno inning, sin embargo, Johnson ayudó a su propio revés; con un out, el atrapó un toque de Rose y lanzó desviado a primera base, permitiendo a Rose llegar hasta segunda base. Rose anotó dos bateadores más tarde por error del segunda base Nellie Fox. Joe Nuxhall, quien permitió cinco imparables por Cincinnati, completó su blanqueo. Nuxhall era la respuesta de una pregunta de trivia. En junio de 1944, más de un mes antes de cumplir 16 años, él lanzó dos tercios de inning para los Rojos contra los Cardenales, para convertirse en el pelotero más joven en aparecer en un juego de Grandes Ligas. Kenneth Travis Johnson Sr. Nació en West pal beach, Fla., el 16 de junio de 1933. Su padre, Ernest, fue cajero bancario; su madre Marjorie Lois Travis, era mesera. El joven Ken jugó beisbol en la secundaria, se unió a la ramada y luego pasó un año en la University of South Carolina. Ahí conoció a Joanna Lynn Ergle, conocida como Lynn, con quien se casó en 1955. Ella le sobrevive. Además de su hijo Kenneth Jr., doctor en medicina, un Segundo hijo, Russell; una hija, janet Lynn Johnson; seis nietos; y cinco bisnietos. Johnson fue firmado por los Atléticos de Filadelfia antes de la temporada de1952 y jugó en su sistema de ligas menores, avanzó a las mayores (para entonces el equipo se había mudado a Kansas City) en 1958. Además de Houston y los Bravos, Johnson lanzó para Cincinnati, para quien él lanzó dos tercios de inning en la Serie Mundial de 1961; los Yanquis; los Cachorros; y los Expos de Montreal. Sobre todo, él lanzó en 334 juegos de temporada regular con una marca de 91-106 y una efectividad de 3.46. Luego de su retiro, él trabajó como coordinador de servicio comunitario en Palm Beach Atlantic University en Florida y luego como entrenador de beisbol en Louisiana College en Pineville. El no-hitter de Johnson merece mención junto a otras actuaciones importantes que en un momento llevaron al columnista Arthur Daley del New York Times a referirse al montículo de lanzar como la “Colina Rompecorazones”. En Chicago en 1917, Hippo Vaughn de los Cachorros y Fred Toney de los Rojos, se enfrentaron para un doblo no-hitter combinado de nueve innings antes que Vaughn permitiera dos imparables en el décimo y los Rojos ganaron. Harvey Haddix de los Piratas de Pittsburgh lanzó 12 innings perfectos contra los Bravos de Milwaukee antes de perder el juego en el decimotercer episodio. “Lancé el mejor juego de mi vida y aún así perdí”, dijo Johnson después que lanzó el mejor juego de su vida. “Una manera muy dura de entrar al libro de los records”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

viernes, 13 de noviembre de 2015

El muchacho vuela lejos

The Hard Ball Times. Mark Pelesh. 15 de octubre de 2015. Baseball La pelota una vez impactada El muchacho vuela lejos Al próximo destino de puesto Y entonces al hogar con alegría. Es una tarde de viernes en octubre. Un sol de verano indio está comenzando a delinear una sombra grande sobre un diamante de beisbol. El séptimo y decisivo juego de la Serie Mundial se está jugando. El juego está igualado 3-3, con un out en el cierre del décimosegundo inning. El juego ha tenido muchas alternativas, tensando los nervios de más de 31.000 aficionados en un estadio repleto, incluyendo al Presidente de los Estados Unidos. Un hombre joven, 28 años de edad, se para en segunda base. Su nombre es Herold “Muddy” Ruel. Muddy Ruel. Ruel creció y aprendió a jugar beisbol en los terrenos baldíos de San Luis. Su padre era un official de policía, su madre murió cuando Ruel tenía solo nueve años. Adquirió el apodo “Muddy” en su juventud. Jugaba como cátcher en sus equipos de la escuela secundaria y el de semiprofesional, el Wabadas, él llamó la atención de uno de los scouts de Branch Rickey, y firmó a la edad de 19 años con los Carmelitas de San Luis. Era pequeño para ser cátcher. Pero Ruel era duro y tenía el fuego de la fiereza competitiva. Debutó en las Grandes Ligas con los carmelitas en mayo de 1915. Fue reclutado por la armada en 1918 y se unió a los Yanquis de Nueva York luego de su servicio militar. Después de la temporada de 1920, Ruel fue cambiado a los Medias Rojas de Boston. En 1923, fue cambiado a los Nacionales de Washington (solo ocasionalmente llamados entonces por un apodo, los Senadores). En Washington, él se convirtió en el cátcher de Walter Johnson, quién se acercaba al final de su gran carrera. Ruel ayudó al Gran Tren a pasar de una temporada perdedora en 1922 a registros ganadores de 17-12 y 23-7 en 1923 y 1924. Los Nacionales ganaron su primer banderín de la Liga Americana en 1924, y jugaron ante los Gigantes de Nueva York en la Serie Mundial. Los Gigantes, dirigidos por el implacable John McGraw, era uno de los equipos preeminentes del beisbol, al haber jugado tres Series Mundiales seguidas y ganar dos. La Serie de 1924, vio como los equipos dividieron los dos primeros juegos en el Griffith Stadium de Washington. Los Gigantes ganaron dos de los próximos tres encuentros en el Polo Grounds de Nueva York, y los Nacionales ganaron el sexto desafío de vuelta a Washington. Johnson había iniciado dos de los juegos y los había perdido. Ruel no había hecho mucho en la Serie. No tenía imparables hasta el séptimo juego. Luego de recibir un telegrama de ánimo y consejo del scout quien lo había firmado, cateó un imparable en el octavo inning cuando los Nacionales empataron el juego. Entonces Johnson fue traído a relevar en el noveno. Mientras los aficionados de los Nacionales y, de hecho, la mayoría de los comentaristas de beisbol de la época temían que el volviera a fallar, Johnson escapó de amenaza tras amenaza de los Gigantes. En el cierre del décimosegundo inning, con un out, Ruel bateó un doble hacia la raya del jardín izquierdo luego que el cátcher de los Gigantes, Hank Gowdy, se tropezó con su máscara de cátcher y se le cayó lo que debió haber sido un fácil out ante el elevado de foul de Ruel. De seguidas Walter Johnson se embasó por error del shortstop Travis Jackson ante un roletazo. Otro hombre joven, 26 años de edad, se para en la caja de bateo. Su nombre es Earl McNeely. Earl McNeely. McNeely nació y creció en Sacramento. Su padre era zapatero, y McNeely era uno de seis hijos. Él sirvió 16 meses en Francia durante la primera guerra mundial, y al regresar a Sacramento empezó a jugar beisbol profesional a los 22 años de edad con los Senadores de Sacramento en la Pacific Coast League. Un atleta natural quien había jugado varios deportes, estaba bateando .333 cuando fue vendido a los Nacionales. McNeely jugó su primer juego con los Nacionales el 9 de agosto de 1924, menos de dos meses antes que empezara la Serie Mundial. El novato era un jardinero central, bateó 59 imparables en 43 juegos, y tuvo un promedio de bateo de .330. Él era pequeño como Ruel. Él contribuyó de manera significativa en el remate de los Nacionales cuando finalmente se despegaron de los Yanquis. Tambien como Ruel, él había tenido dificultades en el plato en la Serie Mundial. Tuvo solo 5 imparables en 26 turnos al bate y ninguno en el séptimo juego cuando entró a la caja de bateo aquella tarde de octubre en el décimosegundo inning . Su hija, Carol Cowden, recordó que él había tenido miedo de que lo sacaran del juego debido a que no estaba bateando como lo había hecho en la carrera de los Nacionales por el banderín. McNeely batea de foul el primer envío de Jack Bentley, el pitcher de los Gigantes. Bentley es uno de los mejores pitchers de los Gigantes, con record de 16-5 y efectividad de 3.78 en la temporada de 1924. En la Seri Mundial, él ha perdido un juego y ganado uno. El próximo envío de bentley para McNeely es una recta, y McNeely hace swing. La bola es bateada con fuerza hacia el tercera base de los Gigantes, el joven de 18 años Freddie Lindstrom. La pelota lo elude. (¿Pego esta en un guijarro y dio un mal bote por sobre Lindstrom hacia el jardín izquierdo? Tal vez si, tal vez no). Con el batazos de McNeely, Muddy Ruel arranca a correr, la pelota es impactada, y el muchachos corre lejos. Pasa por tercera base, su próximo destino de puesto, y enfila hacia el plato. El jardinero izquierdo de los Gigantes, “Irish” Meusel, fildea la pelota pero no hace disparo. Ruel llega al plato con alegría. Los Nacionales de Washington ganan la Serie Mundial, la primera que el equipo ha ganado. Aún es la única Serie Mundial que un equipo de Washington ha ganado. La copa de alegría. Toda la primera página de The Washington Post del próximo día fue dedicada a la victoria de los Nacionales. Un gran encabezado proclamaba “Johnson es héroe en el triunfo del juego decisivo de la Serie Mundial, 4-3; la ciudad en carnaval, celebra la victoria”. Una historia de primera página empezaba: “El remolino de alegría que recorrió Washington ayer inmediatamente después que Earl McNeely había empujado la carrera que hizo a los Nacionales campeones mundiales continuó arrollando hasta bien después de medianoche… En espontaneidad y entusiasmo genuino la demostración de la tarde-noche de ayer excedió cualquier otra de su tipo en la historia de Washington. Fue un armisticio, el día y mardi gras se mezclaron en uno. Fue la expresión de alegría de una ciudad la cual no conocía límites. Fue maravilloso”. Otra historia de The Post decía: “Menos de diez segundos después del imparable de McNeely, que hizo anotar a ‘Muddy’ Ruel, el cátcher de los Nacionales, la carrera decisiva, 35000 hombres, mujeres y niños, delirantes de alegría se lanzaron al terreno que nunca había alojado una excitación tan intensa en los anales de la historia deportiva…Ante que McNeely pudiera llegar al dugout dos policías lo agarraron tratando de proteger al nuevo héroe. Los botones fueron arrancados de la camisa del jugador y la parte superior de su uniforme fue arrancada a jirones por los cazadores de recuerdos. Los hombres lo agarraban y lo besaban mientras las mujeres gritaban por tener la misma oportunidad, peleaban como gatos salvajes para acercarse a él. Los policías fueron forzados a sacar sus rolos para contener a el tumulto frente al dugout y así eventualmente McNeely pudiera pasar por la estrecha abertura que levaba al camerino”. El Post editorializó: La copa de la alegría derrama sus burbujas tóxicas sobre el Monumento, el Capitolio, la Casa Blanca, el Griffith Stadium, y toda la ciudad…¡Honor para Walter Johnson, campeón de campeones, creador de victorias! ¡Felicitaciones para McNeely, el joven que bateó la pelota crítica que hizo a los Nacionales campeones del mundo! Felicitaciones a todos ellos… La Serie Mundial de 1924 no tiene contraparte y pasaran muchos años para tener otra similar…El país es mejor por esta experiencia. Los estadounidenses son mejores estadounidenses debido a su sentido democrático, en el cual la victoria es pura y la derrota honorable”. The Post no era el único periódico de Washington en esos días. The Washington Star, publicó este titular, “100.000 enloquecen cuando Ruel anota”, que indicaba que “El tiempo puede borrar las solemnes páginas de la historia, las edades fugaces pueden hundir las naciones en el polvo de los pasados olvidados. Pero nada borrará la memoria de esta hora maravillosa cuando Washington ganó el campeonato mundial de beisbol”. Los escritores famosos del momento estuvieron de acuerdo en que la noción de que algo único, histórico, y para no ser olvidado nunca, había ocurrido. Grantland Rice escribió, “Nunca hemos visto en el deporte algo que iguale ese momento”. Heywood Broun concluyó, “Nunca fui impresionado por la historia del domingo de resurrección hasta que vi el séptimo juego de la Serie Mundial”. Los Nacionales, felices y excitados acerca de su victoria, parecen haber tenido un sentido de claridad del rol que la fortuna y hasta la ironía juegan en los torneos del hombre. Varios notaban que se habían quedado cortos antes de la temporada de 1924, por la presencia de mejores equipos como los Yanquis y los Atléticos de Filadelfia, pero ahora habían ejecutado los papeles clave para ser campeones. Mudy Ruel dijo esto: “No me digas que los saltos del juego no te hacen saltar o te asaltan. Si Gowdy hubiese atrapado mi elevado de foul, muy fácil por cierto, en el décimosegundo, yo nunca hubiese tenido la oportunidad de batear el doble y luego anotar la carrera ganadora. Per él lo hizo, y yo lo hice, y por esos somos campeones”. Earl McNeely dijo: “No cambiaría de lugar con el Presidente Coolidge hoy. Solo conseguí un imparable, pero lo que significó. Si, sé que fue sortario, pero ¿no son sortarios todos los imparables?” Y de hecho, los Nacionales, quienes repitieron como ganadores del banderín de la Liga Americana en 1925, perderían ante los Piratas de Pittsburgh en la Serie Mundial. Esta vez, el séptimo juego decisivo fue contra ellos. Walter Johnson fue el pitcher perdedor, uanque él y Ruel creían que él había ponchado a Kiki Cuyler con un strike perfecto para terminar una amenza y preservar un empate en el octavo inning. En su lugar, el árbitró cantó bola, y entonces Cuyler descargó un doble para remolcar lo que sultó ser las carreras ganadoras. Washingto regresó a la Serie Mundial solo una vez más. En 1933, los nacionales de nuevo jugaron ante los Gigantes y perdieron en cinco juegos. Para entonces, sin embargo, Johnson se había retirado, y Ruel y McNeely se habían ido del equipo. Los Muchachos Volaron Lejos. Los mejores años de Muddy Ruel como pelotero ocurrieron a mediados de los años ’20. Luego de batear .316 en 1923, el año que se unió a los Nacionales, y .283 en 1924, cuando ganaron el banderín y la Serie Mundial, sus promedios de bateo fueron .310 en 1925, .299 en 1926, y .308 en 1927. Las principales figuras del beisbol, Babe Ruth, Connie Mack y Miller Huggins, reconocieron el valor de Ruel. Más adelante en los años ’20, el promedio de bateo de Ruel empezó a caer. Los Nacionales lo cambiaron a los Medias Rojas en 1931. Ahí y subsecuentemente en Detroit, San Luis y Chicago, él vio menos tiempo de juego. Su juego final fue en agosto de 1934 cuando tuvo un ataque cardíaco a la edad de 38 años. Terminó su carrera con porcentaje de embasado de .365 y más de 1200 imparables, y retiró al 45 porciento de los corredores rivales. Como su hijo, Dennis Ruel, refirió, Muddy Ruel vio el ataque cardíaco como “strike uno”. Ruel se convirtió en hombre por partes. Fue admitido como “estudiante especial” en la escuela de leyes de Washington University, y estudiaba ahí en el receso entre temporadas. Se graduó en 1922, y fue admitido en la barra de Missouri en 1923 y en la barra de la Corte Suprema de Estados Unidos en 1927. Excepto por unos meses al final de su carrera como jugador activo cuando trabajó en un banco de San Luis, él no practicó su profesión. Aún así, permanece como el único pelotero de Grandes Ligas en haber sido admitido en la barra de la Corte Grande. La inteligencia y sofistificación de Ruel fueron ampliamente reconocidas. A su regreso a Washington luego de su cambio a Boston, los aficionados le rindieron un homenaje. El programa del evento tenía en la portada una foto de él, no en uniforme, sino de saco y corbata con una apariencia estudiosa en su cara, y el título, “Estratega del Beisbol, Abogado, Caballero”. En Boston, el alcalde lo hizo ciudadano honorario y le obsequió un volumen de la poesía de Longfellow porque, como notó Dennis Ruel, Muddy Ruel tenía el hábito inusual de leer libros. Ruel amaba el beisbol e hizo de este su propósito de vida. Como Dennis Ruel declarara, “el beisbol tenía más sentido para él que cualquier cosa en la vida”, y lo concebía como “la mejor mezcla de destreza y determinación,, talento humano y error humano que hayamos sido capaces de imaginar”. Despues del breve interludio en el banco, se convirtió en coach de pitcheo de los Medias Blancas de Chicago en 1935. Él continuó sorprendiendo, revelando otra dimensión cuando fue forzado a entrenar bajo techo, al sonar valses y música clásica durante una sesión de ejercicios. En 1946, él se convirtió en asistente especial del nuevo comisionado del beisbol, Happy Chandler. Pero él no podía permanecer fuera del terreno de juego, y fue empleado como manager de los Carmelitas de San Luis en 1947. Los Carmelitas, sin embargo, nunca fueron un equipo exitoso, estaban en sus años invisibles en San Luis ( y subsecuentemente se convirtieron en los Orioles de Baltimore. Luego de la llegada de Jackie Robinson a las Grandes Ligas, los Carmelitas contrataron a varios peloteros de las Ligas Negras. Eso dice mucho de Ruel que, cuando fue entrevistado por Sam Lacy, un prominente periodista deportivo afroamericano, acerca de los peloteros, Lacy estaba impresionado de que Ruel hablara de ellos como “solo dos hombres nuevos”. Ruel dio lo mejor de si en esa ocasión y realizó varios movimientos dirigenciales para mejorar la asistencia, pero hay algunas peleas que no se pueden ganar. Fue despedido como manager de los Carmelitas luego de la temporada de 1947. Ruel trabajó para otros dos equipos, los Indios de Cleveland y los Tigres de Detroit. En 1956, se llevó su familia a Italia para su educación y dejó el beisbol por las buenas. Ruel se casó algo tarde, en 1938, cuando tenía 42 años. Tuvo cuatro hijos. En la maravillosa memoria acerca de su padre, Dennis Ruel lo llamó una “encantadora mezcla de propiedad y humor”. Él notaba que su padre siempre usaba corbatas, aún en la casa, y que aunque el beisbol eran central en su vida, ellos nunca tuvieron un cuarto de trofeos o fotografías de beisbol en las paredes de la casa. Muddy Ruel sobrevivió a un segundo ataque cardíaco, pero como adolescente a finales de los años ’50, Dennis Ruel sentía que su padre sabía que no le quedaba mucho tiempo de vida. Muddy Ruel falleció de un ataque cardíaco en 1963 en Palo Alto, Calif., strike tres, como notara Dennis Ruel. The New York Times publicó un obituario, llamando a Muddy Ruel “uno de los cátchers más trabajadores e inteligentes” y “de lenguaje pausado y culto”. Red Smith, el decano de los periodistas deportivos, lo eulogizó como “agradable, gracioso, inteligente, e infinitamente divertido”. El otoño pasado, mientras los nuevos Nacionales de Washington llegaron a una serie de play off con los Gigantes, los descendientes del equipo que Muddy Ruel había ayudado a destacar hacía tanto tiempo, recordó Dennis Ruel recordó haber dicho a su padre, “Papá ¿no es sorprendente como el beisbol es tan parecido a la vida? hay tantas fallas”. En respuesta, Muddy Ruel “solo sonrió”. Earl McNeely jugó siete años más en las ligas mayores después de la Serie Mundial de 1924. Sus números vitalicios fueron respetables, él fue regular desde 1925 hasta 1927, y bateó .303 en 1926, pero su mejor año fue su temporada de novato en 1924. McNeely regresó a Sacramento y se hizo manager del equipo que había sido su trampolín para llegar a las mayores. Luego de un año, se convirtió en presidente del equipo. En 1936, sin embargo, el dueño perdió el equipo durante la depresión. McNeely regresó a Washington y fue entrenador hasta 1938. Entonces abandonó el beisbol profesional. En 1959, McNeely recreó su vida en una publicación de reminiscencias de los residentes de su comunidad, Orangevale, Calif. McNeely dijo que en los años ’20, “Estuve muy involucrado en el beisbol, de hecho, vivía de eso”. Pero el sólo da una visión muy escueta de su carrera beisbolera. Y fue dejado a cargo del editor notar el imparable ganador de McNeely en la Serie Mundial de 1924 (aunque este lo diminuyó, al declarar que McNeely bateó la pelota que el campocorto flumbeó para dejar entrar la carrera ganadora). La mayoría de los recuerdos de McNeely se refieren a su vida después del beisbol y especialmente a sus actividades cívicas. Durante la mayor parte de su vida, Orangevale fue una comunidad rural con cultivos de frutas que controlaba la base de su economía McNeely hizo una sociedad con sus cuñados para secar y embalar frutas. Tambien estaba involucrado en el manejo de ganado. Luego de describir estos negocios, McBeely dijo que “el progreso educativo en Orangevale ha sido de mucho interés para mi a través de los años”. Él trabajó en la dirección de la escuela primaria, y dijo que “Yo firmaba los cheques, empleaba los maestros, buscaba los sustitutos cuando era necesario, trabajé en el asunto de conseguir buses escolares”. Él estaba muy orgulloso del crecimiento de las escuelas. Él también fue clave en la fundación de el American River Junior College, y fue el presidente de su directiva. Él se extendió en como fue creada la universidad y como había crecido, “Es una gran satisfacción para mí, ver nuestra hermosa universidad en el presente, aunque esta lejos de ser una obra completa”. McNeely tuvo una variedad de otras actividades cívicas y usualmente ocupaba un papel de liderazgo. McNeely se casó con una mujer de Sacramento-Orangevale en 1926. Pero como Ruel, él se convirtió en padre tarde, en 1939, cuando nació su hija Carol. Ella recordaba que aunque el seguía siendo aficionado al beisbol y entrenaba a jóvenes peloteros, su carrera y su papel en ganar una Serie Mundial no parecía figurar con prominencia en su vida. Él permanecía en contacto con miembros de los Nacionales (aunque interesantemente, no con Muddy Ruel, aunque ellos últimamente vivían cerca uno del otro”. Él estaba principalmente feliz de que había sido capaz de ganar el juego y la Serie para Walter Johnson. Ella recordó que todos lo estimaban porque él tenía los pies sobre la tierra y tenía sentido común. Ella también dijo que él nunca alardeó o vociferó, “Él disfrutaba a las personas, y las personas disfrutaban con él”. Earl McNeely falleció en 1971 en Sacramento de cáncer de pulmón. Los sueños de juventud. La historia informa más de beisbol entre nuestros deportes principales. Sin embargo, solo los aficionados más dedicados del beisbol probablemente conocen la historia del triunfo de los Nacionales en la Serie Mundial de 1924. Y solo una fracción deseos aficionados saben de Muddy Ruel y Earl McNeely. Para ellos, Ruel y McNeely son principalmente nombres asociados a estadísticas en Baseball-Reference.com. La aparición del documental del séptimo juego de la Serie de 1924 en el otoño de 2014 ilustra el punto. Fue recibido como un tipo de revelación arqueológica, fascinante, pero no algo que reviviera memorias en la conciencia de los aficionados actuales del beisbol. Para Washington, no hay recuerdos de los días gloriosos de un octubre pasado cuando la ciudad estaba “de carnaval” y tenía “un derrame de alegría…que no conocía límites”, y cuando los comentaristas locales y nacionales se explayaron en las declaraciones más portentosas y floridas sobre el significado dl evento. Contrario a lo que The Washington Post había reportado, “la memoria de esa hora maravillosa cuando Washington ganó el campeonato mundial de beisbol” se ha desvanecido y marchado. En The Glory of Their Times, Lawrence Ritter, al notar que muchos de los peloteros de los primeros días del beisbol de Grandes Ligas estaban muriendo, se propuso encontrar a quienes aun vivían y grabar los recuerdos de su época y días de jugadores activos. La inspiración para el título vino del Libro de Eclesiastés, 44:7- “Todos estos fueron honrados en su generación, y fueron la gloria de sus tiempos”. Es un libro maravilloso lleno no solo de recuerdos de hace mucho tiempo y juegos olvidados, triunfos y fracasos, sino también de sabiduría, introspectivas e inteligencia articulada. Uno de los hombres que Ritter encontró, Bill Wambsganss, recordó un poema de autor desconocido que él había visto en un periódico durante su carrera de pelotero. Lo había recortado del periódico y lo guardó hasta que finalmente se desintegró. A su avanzada edad, Wambsganss fue capaz de recitarlo de memoria. Estas eran las estrofas concluyentes: Así se desvanece el laurel En los pantanos de nieve De los años volátiles Y los sueños de juventud Para encontrar la amarga realidad De dolor y lágrimas. Entre la multitud animada Dejen pasar a los victoriosos Para encontrar el impulso del destino Mientras la fama del mañana Escribe otro nombre en el polvo oscilante”. Los victoriosos de 1924 de hecho escribieron su nombre en polvo oscilante, como lo harán los victoriosos de este y futuros años, a pesar de que nuestra época es propensa a la hipérbole sobre la naturaleza histórica de los eventos transitorios. Muddy Ruel y Earl McNeely también tienen algo que contarnos acerca de la multitud animada y el impulso del destino. Ellos lograron hacer lo que cada muchacho que juega beisbol sueña, empujar y anotar la carrera ganadora en el séptimo juego de la Serie Mundial. Como siempre ocurre en el deporte, sus momentos pueden servir como metáfora para el sueño de cualquier joven de alcanzar algún pináculo de logros. Podría se la política, una profesión, arte de actuación, o cualquier actividad humana que capture la atención y ofrezca alguna forma de aclamación. La mayoría de nosotros falla en alcanzar ese sueño y nos tenemos que enfrentar el hecho de habernos quedado cortos. Algunos reaccionan con amargura y sienten que sus vidas han sido burladas. Otros buscan sustitutos como la riqueza y acumulan más artículos de consumismo. Y hay otros aceptan el impulso del destino y pueden de hecho tener la satisfacción de saber que traspasar la fama, cumplir con su deber, y asumir asuntos de más pertinencia fue lo mejor, las decisiones morales más maduras que las circunstancias de sus vidas les presentaron. El muchacho se aleja y el hombre toma su lugar. Mientras Ruel y McNeely lograron alcanzar los sueños de juventud, una vez conseguidos esos sueños, ellos tuvieron que enfrentar las mismas decisiones que el resto de nosotros. Los atletas exitosos en especial, tienden a replicar sus triunfos. El una vez gran pitcher o bateador que no traté de mantenerse y quedarse por más tiempo es casi un cliché. Ellos pudieron dejar que sus vidas fueran definidas por ese momento del cierre del décimosegundo inning y buscar más. Ellos pudieron amargarse de que la multitud animada se hubiese dispersado y que la dinámica de la victoria no les ocurriera otra vez. En vez de eso, sea mediante permanecer en el beisbol o retirarse y regresar a casa, Ruel y McNeely parecen haber aceptado que hay mucho más en la vida. De hecho, aún en su momento de triunfo, ambos parecen haber entendido que habían sido afortunados y que el destino simplemente había trabajado a su favor, sin falsa modestia. Como “estratega del beisbol, abogado, caballero” con el “hábito inusual de leer libros”, pianista de alguna habilidad, y alguien con una sonriente apreciación de cuan a menudo cometemos errores, Ruel tenía cualidades admirables más importantes que cruzar el plato con la carrera ganadora. Y como hombre muy orgulloso de construir escuelas y una universidad en su comunidad, McNeely lo hizo también. El contraste es notorio con los peloteros del deporte dominante de hoy quienes golpean mujeres en los ascensores, hablan basura de sus rivales, alardean en el terreno con actuaciones rutinarias, y se convierten en monumentos de cultura física con drogas. Un grupo nuevo de Nacionales de Washington espera alcanzar la gloria de la Serie Mundial. En algún octubre, con otoño en el aire, quizás uno o dos de ellos tendrá la oportunidad de vivir su sueño de juventud, y probar que pueden igualar a Muddy Ruel y Earl McNeely. Mientras para el resto de nosotros que no hemos alcanzado los sueños de juventud, el beisbol provee una manera de imaginar como podría ser ese logro y compartirlo cuando ocurra. El aficionado es en esencia un muchacho todavía, y el muchacho todavía no se ha esfumado aun cuando pasen las temporadas y “la amarga realidad de dolor y lágrimas” de la vida (y el beisbol) punza. Para él, otro poema, irónicamente, “Polo Grounds”, (el hogar de los Gigantes de Nueva York, ahora desaparecido) de Rolfe Humphries, expresa como se siente: “El tiempo es de esencia. La sombra se mueve Desde el plato hasta el montículo, desde el montículo a la segunda base, Desde la segunda base hasta los jardines, hasta las gradas. El tiempo es de esencia. La multitud y los peloteros Siempre tienen la misma edad, pero el hombre en la multitud Es más viejo cada temporada. ¡Vamos a jugar pelota!” References & Resources • John Newberry, Little Pretty Pocket-Book (1744)(first reference in print to baseball). • Dwayne Isgrig, “Muddy Ruel BioProject” • Baseball-Reference • Dennis Ruel, Memoir of Herold “Muddy” Ruel • Baseball Almanac, 1924 World Series • Dennis Ruel, video on life and career of Muddy Ruel • Mark Gavreau Judge, Damn Senators, 125-29 (San Francisco: Encounter Books, 2003) • Frederic J. Frommer, You Gotta Have Heart, 33-34 (Lanham, Maryland: Taylor Trade Publishing 2013) • Henry W. Thomas, Walter Johnson: Baseball’s Big Train, 241-46 (Lincoln and London, University of Nebraska Press 1995) • Carol Cowden, telephone interview, February 14, 2015. • Fair Oaks and San Juan Memories, “Orangevale Man, Formerly Big League Ball Player, Tells of Vale Growth” • Baseball-Reference Bullpen, Earl McNeely • Total Baseball (seventh edition), 1,341 (Kingston, NY: Total Publishing 2001). • N.W. Baxter, The Washington Post, Oct. 11, 1924.“Griffmen Triumph in 12-inning Battle as City Goes Wild.” • Dan Steinberg, “Watch Rare Footage of the Senators Beating the Giants in the 1924 World Series” • The Washington Post, Oct. 11, 1924, “Whirlwind of Joy Sweeps Capital in Big Demonstration.” • Francis P. Daily, The Washington Post, Oct. 11, 1924.“Crazed by Thrills, Mad Mob Engulfs Heroes After Game.” • The Washington Post, Oct. 11, 1924, “Champions of the World.” • Harold K. Philips, The Washington Star, Oct. 11, 1924. • Heywood Broun, New York World, Oct. 11, 1924. • “What Nats Say,” Washington Post, Oct. 11, 1924. • Robert M. Jarvis, Journal of Supreme Court History, March 2011, “And Behind the Plate … Muddy Ruel of the U.S. Supreme Court Bar.” • The New York Times, Nov. 11, 1963.“Muddy Ruel Dies; Former Catcher.” • Allen Abel, Toronto National Post/Postmedia Canada, Oct. 4, 2014.“Postcard from Washington.” • Bill Lee, “The Baseball Necrology” • Lawrence S. Ritter, The Glory of Their Times, xvii (New York: The Macmillan Company 1966). • Rolfe Humphries, The New Yorker, 1942, “Polo Grounds.” Acerca de Mark Pelesh Martk Pelesh es un ejecutivo con una organización sin fines de lucro y abogado en Washington, DC. Él vio su primer juego de beisbol en Griffith Stadium en 1961, la segunda edición de los Senadores de Washington vs Atléticos de Kansas City. Él es un campocorto de poco bateo, pero bueno con el guante. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

martes, 10 de noviembre de 2015

Norm Siebern, quien salió de los Yanquis en el cambio de Maris, fallece a los 82 años.

The New York Times. Bruce Weber. 03-11-2015. Norm Siebern, un jardinero y primera base sólido quien estuvo en el equipo de todos estrellas de la Liga Americana tres veces y jugó en tres Series Mundiales, pero quien es más recordado como parte del cambio que llevó a Roger Maris a los Yanquis, falleció el viernes 30 de octubre en Naples, Fla. Los Yanquis confirmaron la muerte sin explicar la causa. Siebern, un bateador zurdo con poder de extravases, bateó tantos como 36 dobles y 25 jonrones en una temporada, fue visto como potencial estrella cuando llegó a las Grandes Ligas con los Yanquis en 1956, un prometedor candidato a llenar el vacío del equipo en el jardín izquierdo y jugar junto a Mickey Mantle en el centro y Hank Bauer en la derecha. Siebern tuvo un turno al bate en la Serie Mundial de ese año mientras los Yanquis vencían a los Dodgers, pero una lesión en su rodilla y hombro, ocurrida cuando corría hacia una pared persiguiendo un elevado, retrasó su recuperación. Él pasó todo 1957 en las ligas menores, jugando para el equipo AAA de los Yanquis, los Bears de Denver, y fue nombrado jugador de ligas menores del año por The Sporting News. Promovido a los Yanquis de nuevo la próxima primavera, se convirtió en el jardinero izquierdo regular y bateó .300. Aunque ganó un guante de oro, el único de su carrera, su defensiva en la Serie Mundial de 1958 contra los Bravos de Milwaukee resultó costosa. El jardín izquierdo en octubre en el viejo Yankee Stadium podía ser una tarea dura: el catcher (y compañero de Siebern en los Yanquis) Yogi Berra, quien falleció en septiembre y jugó en el bosque izquierdo en ocasiones, una vez observó acerca de las sombras vespertinas que “se hace tarde temprano” ahí. En el cuarto juego de la Serie, con los Yanquis abajo dos juegos a uno, Siebern perdió varios elevados en el sol o en las luces, las cuales habían sido encendidas para la televisión. Aunque no le cargaron error, sus marfiladas influyeron en las tres carreras de la victoria 3-0 de los Bravos. El manager Casey Stengel lo sentó por el resto de la Serie, la cual los Yanquis remontaron para ganar. El año siguiente, Siebern participó en menos juegos, su promedio bajó a .271, y en diciembre de 1959 se convirtió en figura clave en uno de los cambios de mas consecuencias en el beisbol. Los Yanquis habían hecho un hábito el mejorar su roster al efectuar cambios por los mejores jugadores de Kansas City, que se hablaba de los Atléticos como el equipo granja de los Yanquis, y en 1959 los Yanquis enviaron a Siebern; el envejecido Bauer; Don Larsen, quien había lanzado un juego perfecto en la Serie Mundial de 1956 pero cuya carrera estaba en descenso; y el joven primera base Marv Throneberry (quien después fue conocido por su juego torpe con los Mets de la expansión) a Kansas City por Maris, entonces de 25 años, y dos jugadores secundarios, el primera base Kent Hadley, quien no duró en la temporada de 1960, y el infielder Joe DeMaestri, cuya carrera de Grandes Ligas finalizó en 1961. Maris bateó 100 jonrones en las temporadas de 1960 y 1961, incluyendo el entonces record de 61 en 1961, y ganó el premio al jugador más valioso de la Liga Americana en ambas oportunidades mientras los Yanquis ganaban el banderín de la liga en ambos años, y la Serie Mundial de 1961. Kansas City siguió siendo un equipo marginal, nunca terminó más arriba del octavo lugar en la Liga Americana en cuatro temporadas que Siebern estuvo con el equipo. Pero Siebern fue un buen jugador para ellos, promediando cercano a 20 jonrones por temporada, y en 1962, su mejor año, empujó 117 carreras y bateó .308, con un porcentaje de embasado de .412. En 1964, fue cambiado a Baltimore, donde Bauer era el manager, y antes de retirarse en 1968 también jugó con los Angelinos de California, los Gigantes de San Francisco y los Medias Rojas de Boston, con quienes jugó en la Serie Mundial contra los cardenales en 1967. Los patirrojos perdieron en siete juegos. En su carrera, Siebern bateó .272 con 132 jonrones. Norman Leroy Siebern nació en o cerca de San Luis el 26 de Julio de 1933. Fue editor del periódico de su escuela secundaria y prefería el baloncesto al beisbol, pero de acuerdo a una anécdota biográfica de la página web baseball-reference.com, él fue seguido por un scout de los Yanquis cuando tenía 15 años, y el equipo lo firmó tan pronto terminó la secundaria. Por un tiempo, él asistió a Southwest Missouri State College (ahora Missouri State University) y jugó baloncesto allí. Uno de sus compañeros de equipo fue Jerry Lumpe, quien también fue a jugar con los Yanquis y los Atléticos. Siebern jugó en las ligas menores y pasó dos años en la armada antes de unirse a los Yanquis. Baseball-Reference reportó que por un tiempo después de su retiro del beisbol, Siebern fue dueño de una agencia de seguros en Florida, y que él se casó y tuvo tres hijas. Información acerca de sobrevivientes no estaba disponible de inmediato. Traducción: Alfonso Luis Tusa C.

sábado, 31 de octubre de 2015

Los Mets, los Reales y Charlie Parker, unidos por Autumn in New York

Los Mets, los Reales y Charlie Parker, unidos por Autumn en New York David Waldstein. The New York Times. 30-05-2015 Kansas City, Mo.- Luego que los Mets y los Reales aseguraran sus puestos en la Serie Mundial la semana pasada, los observadores buscaron conexiones entre los equipos. Parecía haber unas pocas. Pero mientras la serie se muda desde Kansas City hasta Nueva York sigue un camino bien transitado, forjado hace d{ecadas con la migración de algunos de los músicos más influyentes del siglo 20. Así como Kansas City una vez sirvió como sistema de alimentación de peloteros para Nueva York, la escena de los clubes nocturnos de Kansas City fue la tierra fértil que produjo algunos de los principales actores musicales de Nueva York, y el beisbol fue el pasatiempo preferido de muchos de ellos. La banda de Count Basie ayudó a establecer el distrito de clubes nocturnos de Kansas City, alrededor de la 18th y Vine Streets, antes que los músicos se mudaran a Nueva York. La banda, como la de Duke Ellington, tambien tenía un equipo de beisbol competitivo, el cual jugaba contra los equipos de las otras orquestas. El saxofonista tenor Lester Young dio sus primeros pasos en el distrito de clubes nocturnos de Kansas City antes de emigrar a Nueva York, donde se convirtió no solo en un gigante del jazz sino en fanático del equipo de beisbol Gigantes de Nueva York. Young tambien jugaba en el equipo de la banda de Count Basie como pitcher con dedos enmarañados. Mas notablemente, la leyenda del saxofón Charlie Parker, un nativo de Kansas City y fanático devoto de los Monarcas, un equipo de las ligas negras, dejó la meca musical por Nueva York, donde en los años '40 ayudó a desarrollar el estilo bebop de jazz. Fue con motivo de su sobrenombre que el famoso club de jazz de Manhattan, Birdland escogió su nombre. Hoy, pocos peloteros escuchan jazz. Pero el jazz, beisbol, Kansas City y Nueva York están relacionados estrechamente en la cultura estadounidense. Hubo un tiempo cuando todos iban a Kansas City, dijo Phil Schaap, un prominente historiador de jazz y archivista. Muchos de ellos se mudaron a Nueva York y se establecieron allí. Pero Kansas City, junto a Nueva York, Chicago y Nueva Orleans, es una de las ciudadelas del jazz. Y durante la era del swing, todas las bandas tenían equipos. Si un hombre pudiera ser acreditado con la paternidad del ambiente que produjo el sonido de Kansas City, ese es Tom Pendergast, un jefe político y de los primeros que respaldó a Harry S. Truman. Pendergast protegió el area de la policía durante la Prohibición, cuando los clubes nocturnos de 18th y Vine florecieron, y promovió las llamadas industrias del vicio para contrarrestar la depresión económica de los años '30. Algunos funcionaban horas al dia, dijo de los clubes Bill McKemy el gerente de educación en el American Jazz Museum de Kansas City. Naturalmente, los músicos se reunían allí, y era una era dorada para la música. En la noche, los músicos hacían tronar los clubes. En el día, trabajaban su estilo de bateo en los terrenos baldíos. Duke Ellington no podían lanzar ni batear, pero amaba el juego, dijo Schaap, quien ha coleccionado reportes de escauteo de los músicos. Barney Bigard era un clarinetista en la banda de Duke. No sabía fildear, y no podía correr, pero podía batear la pelota a 200 metros más allá. Harry James tambien era un gran pelotero, continuó Schaap, en referencia al lider de la banda y trompetista. Era competitivo, y eso era mucho para ellos. Schaap dijo que Benny Morton, un trombonista quien tocaba en las bandas de Count Basie y Fletcher Henderson, era un excelente segunda base. Hace años, Morton, quien falleció en 1985, le dio detalles a Schaap como había tenido oportunidades de jugar en las ligas negras. Él se decidió por la música porque no quería estar restringido a un segundo plano, dijo Schaap, en referencia a la barrera de color del beisbol. En música, él podía actuar junto a los mejores del negocio. La afinidad de Parker por el beisbol no era tanto como jugador sino como aficionado, de los Monarcas, y despues de los Dodgers de Brooklyn y su segunda base estrella Jackie Robinson. Pero si Louis Armstrong era el Babe Ruth del jazz, entonces Parker era su Willie Mays. Parker, quizás el improvisador más grande de cualquier forma musical, nació en en Kansas City, Kan., y mientras crecía en el lado de Missouri de la frontera, fue cautivado por la escena musical de ahí. Visitó Nueva York en y tuvo una epifanía durante una sesión de descarga en Harlem, dijo Schaap. Eso plantó las semillas del bebop, una revolucionaria forma musical que desembocó en el jazz moderno y es conocida por su fluidez hacia la improvisación. Parker sirvió como influencia para otro saxofonista icónico, John Coltrane, quien tiene un prominente aficionado en el director ejecutivo de Major League Baseball Player Association, Tony Clark. Antes del segundo juego de esta Serie Mundial, Clark habló del nexo entre la música y el beisbol, al decir, Es una conexión muy interesante. Sandy Alderson, el gerente general de los Mets, tambien dijo que disfrutaba el jazz, aunque no se considera un experto, y notó otra conexión entre Nueva York y Kansas City. Los Yanquis solían conseguir peloteros de Kansas City, dijo él en referencia a Roger maris, Ralph Terry y otros que los Yanquis adquirieron en una serie de cambios exitosos con los Atléticos en los años '50 y '60, antes que el equipo se mudara a Oakland. Los músicos empezaron a hacer su viaje algo más temprano, con Count Basie llevándose su banda a Nueva York en 1937. Young, quien se unió a la banda en kansas City, estaba en Nueva York el de octubre de 5. Mientras se afeitaba para prepararse para una presentación en Birdland, dijo Schaap, Young escuchaba con atención el juego donde los Gigantes enfrentaban a los Dodgers en un playoff. Cuando Bobby Thomson conectó el batazo que se oyó alrededor del mundo, Young estaba tan emocionado, que se cortó muy feo, dijo Schaap. Fue una cortada muy marcada, y tuvo alguna dificultad para tocar esa noche. Eventualmente, la mayoría de los mejores músicos se mudaron a Nueva York, y la escena de Kansas City desapareció. Hubo otros factores para su desaparición, dijo McKemy, el empleado del museo. Estos incluían la segunda guerra mundial, la construcción de un autopista interestatal que atravesaba el area, y la caida de Pendergast, quien fue detenido por evasión de impuestos. Pronto, la policía acabó con las industrias del vicio. Mientras el foco cambió hacia Nueva York, el bebop empezó a crecer, con Parker como el as de su rotación. Parker murió a los años en 55 y fue enterrado en Blue Summit, Mo. La tumba está solo a cuatro millas de Kauffman Stadium, donde los Mets y los Reales jugaron los dos primeros juegos de la Serie Mundial, improvisando un nuevo vínculo entre las dos ciudades que tiene historia despues de todo. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

lunes, 19 de octubre de 2015

En medio de una escena caótica, llega la redención para Russell Martin.

David Waldstein. The New York Times. 15-10-2015. Toronto.- Russell Martin estaba sentado tranquilo en el dugout seis horas antes de lo que él llamó uno de los mejores momentos de su vida. Roger Centre estaba casi silente. El único sonido era trepidar de los bates mientras sus compañeros de los Azulejos tomaban práctica de bateo. Martin mostraba un inmenso positivismo, hablaba de cómo había pasado el día anterior al juego decisivo de Toronto en la serie divisional de la Liga Americana, jugando video juegos y revisando el mundo del beisbol. “¿Ganaron los Dodgers? Le preguntó a alguien sentado a su lado en el banco. ¿Qué pasó en el juego de los Cachorros? Martin, sin embargo, se convirtió en espectador del quinto juego de la serie divisional de la Liga Americana contra los Rangers de Texas. Pasó de ser la figura central en lo que pudo llegar a ser uno de los episodios más infames en la historia de la postemporada, junto con el strike que se le cayó a Mickey Owen, la privada de Merkle y el error de Bill Buckner, a aupar a sus compañeros junto a millones de canadienses, al mirar como se desarrollaba el séptimo inning. “Miraba desde la banca y esperaba que ocurriera lo mejor como cualquier otro”, dijo Martin, “Y lo conseguimos”. Martin estaba devastado cuando hizo una jugada bizarra, pocas veces vista que casi terminó la temporada de los Azulejos. En la apertura del séptimo inning su lanzamiento de vuelta al pitcher golpeó el bate de Shin-Soo Choo. La pelota rodó hacia el campo, permitiendo que Rouglas Odor anotara la carrera de pasar al frente desde tercera base (luego de largas discusiones entre los managers y los árbitros, varias repeticiones de la jugada y feos desordenes entre los fanáticos). “Hay dos maneras de manejar eso”, dijo Martin. “O te compadeces de ti, o haces algo al respecto”. Martin y los Azulejos decidieron hacer algo al respecto. Él abrió el cierre del inning con un rodado de rutina al campocorto y corrió con el alma hacia primera base. El shortstop Elvis Andrus atacó mal la pelota, el primero de tres errores en el inning, y Martin fue quieto. Él dijo que corrió tan duro como había corrido toda la temporada. “Pensé, ‘Más me vale que haga algo’”, dijo él. “Me refiero a que sabía lo que hacía”. Martin llegó hasta segunda base por error de Mitch Moreland y luego fue sustituido por un corredor emergente. Él tomo asiento en el dugout y observó como se desarrollaba la historia, otro error, un out que permitió el empate 3-3, y entonces uno de los mejores momentos de su vida: José Bautista descargó un jonrón de tres carreras que pegó en la fachada del segundo piso y luego agitó su bate hacia el dugout de los Rangers como un matador desafiante agitando su capa mientras Rogers Centre explotaba en delirio. Ahora Martin nuca sería recordado como villano en su país. “No sé si fue karma o algo fuera de control lo que nos ayudó en ese momento•, dijo Martin. “Pero, en conteo de 1-1, él la castigó. Él lo sabía, nosotros sabíamos, el estadio entero lo sabía. El lugar se convirtió en manicomio. Momento mágico, uno de los mejores momentos de mi vida”. Que eso ocurriera en Toronto, a menos de cinco millas de donde Martin nació en el hospital West York, hizo al momento más disfrutable y quizás más cósmico para Martin. Él creció en Montreal, y pasó un tiempo en París como muchacho y fue aficionado de los Expos de Montreal. Él siempre también disfrutaba a los Azulejos, pero nunca que este miércoles 14 de octubre. La odisea que trajo a Martin de vuelta a su pueblo natal lo había llevado a otras ciudades norteamericanas, Los Angeles, Nueva York, y Pittsburgh, y ahora Martin a la serie de campeonato de liga por primera vez desde que fue con los Dodgers en 2008 y 2009. El primer juego es el viernes en Kansas City, y será el primer juego de serie de campeonato de Martin representando a su país. “”Es un gran sentimiento”, dijo él mientras sus compañeros celebraban en el clubhouse. Martin ha estado en la postemporada con cada equipo que ha jugado. Él ayudó a los Piratas y los Azulejos a terminar sequías de playoffs de al menos 20 años. Cuando él salió de los Yanquis como agente libre después de la temporada de 2012 los Yanquis fallaron en llegar a los playoffs por dos años. Coincidencia o no, el próximo año los Piratas de Martin ganaron el comodín de la Liga Nacional para romper una sequía de 20 años sin playoff. Pittsburgh perdió con los Cardenales de San Luis en la serie divisional. Los Piratas llegaron de nuevo al juego del comodín en 2014, y entonces Martin se fue a los Azulejos como una de las adquisiciones clave del receso entre temporadas. Llámelo otra coincidencia, pero los Azulejos terminaron una ausencia de 22 en los playoffs. “Él es un ganador”, dijo recientemente el gerente general de los Azulejos Alex Anthopoulos. Traducción: Alfonso L. Tusa C.
Trevor Rosenthal, el cerrador de los Cardenales, disfruta acercarse al pasado. Tyler Kepner. The New York Times. 10-10-2015. St. Louis.- Bob Gibson tiene casi 80 años de edad, un inquilino del Salón de la Fama y un titán de octubre, nunca tímido para emitir una opinión. Su equivalente espiritual en su viejo equipo, los Cardenales de San Luis, es Trevor Rosenthal, un relevista de 25 años quien apenas había pitcheado antes de convertirse en profesional. “Te lo diré ahora: Hay un pelotero en las Grandes Ligas que me pregunta más por mi forma de pitchear que cualquiera, en todas las veces que lancé o entrené, y ese es el cerrador de los Cardenales”, dijo Gibson. “Cada vez que me ve, yo hago cuatro o cinco viajes para acá durante el año, él me busca y se sienta a mi lado, y hablamos”. Gibson ha escrito un libro nuevo, “Pitch by Pitch” para ilustrar su actuación en la marca de 17 ponches en el primer juego de la Serie Mundial de 1968 contra los Tigres de Detroit. Esa fue la mejor de nueve aperturas de Serie Mundial de Gibson, quién dejó balance de 7-2 con efectividad de 1.89 y fue nombrado dos veces el jugador más valioso. Gibson fue a menudo su propio cerrador, completó ocho de sus nueve aperturas de Serie Mundial. Los Cardenales de 2015 tuvieron un juego completo en toda la temporada, y Rosenthal es su especialista del noveno inning. El juego ha cambiado, pero la presión de asegurar los outs finales no. “Definitivamente sientes que él dio todo lo que tenía, cada pitcheo”, dijo Rosenthal recientemente. “Eso es algo muy evidente cuando hablo con él: el esfuerzo que él dio. Él no tuvo que decirme eso”. Rosenthal, quien jugó shortstop la mayor parte de su tiempo en Cowley County Community College en Kansas, hizo su primer equipo de Todos Estrellas esta temporada. Tuvo efectividad de 2.10 con 48 salvados, y solo tres relevistas lanzaron más pitcheos en la Liga Nacional. Él fue probado como abridor en las menores, con una mezcla de pitcheos, cambio, curva y recta que ahora promedia 97.6 millas por hora, parecía que encajaría en ese papel. Pero Rosenthal ha lanzado exclusivamente desde el bull pen con San Luis, y Gibson puede sentir su frustración en sus conversaciones. “Estábamos los dos sentados ahí, y él se lamentaba del hecho de que no consiguió ser pitcher abridor”, dijo Gibson. Le dije: ‘Está bien, pero ¿te das cuenta de lo importante que eres para este equipo, siendo el cerrador? ¿Te das cuenta de eso?’ Él pestañeó debido a que su mente estaba enfocada en ser abridor, por la razón que fuese”. “Pero en realidad él es más importante para el equipo que lo que sería como abridor porque no lanza una vez a la semana, una vez cada cuatro o cinco días. Tiene la oportunidad de salir cada día o cada dos días y ser significativo para el equipo. Se lo expliqué y el sonrió. No dijo nada; solo sonrió. Pero pienso que empezó a entender cuan importante es su trabajo para el equipo”. Rosenthal principalmente escucha, dijo Gibson, trata de absorber todo lo que pueda. Rosenthal dijo que particularmente disfrutaba aprendiendo porque Gibson se paraba donde lo hacía sobre la goma de lanzar, en el extremo derecho contra bateadores derechos, para aumentar la decepción y hacer que la pelota pareciera venir desde atrás del hombro frontal de los bateadores. Rosenthal, quién también citó al inquilino del Salón de la Fama, Red Schoendienst, dijo que siempre que alguno de los grandes jugadores de los Cardenales estuviera dispuesto a compartir su tiempo, él escucharía. “Bob es un tipo de quien no necesariamente sabía mucho hasta que llegué aquí y empecé a oir de él y a ver sus estadísticas y las cosas que hizo”, dijo Rosenthal. “No sé si de verdad buscaba algo, solo traté de abrir la puerta para escuchar las conversaciones”. “Es muy sorprendente cuando empiezas a hablar con esos tipos, cuanta atención le prestan a cada juego que jugamos. Hasta Red, ellos saben como lanzo, ellos prestan atención y de verdad les importa”. Gibson dijo que estaría en San Luis si los Cardenales vencían a los Cachorros y avanzaban a la serie de campeonato de la Liga Nacional. Gibson dio a menudo lo mejor de sí ante los Cachorros; los blanqueó 11 veces, su mayor número ante cualquier equipo. “Hasta que me lo dijiste, no sabía eso, que lancé 11 blanqueos contra los Cachorros”, dijo Gibson. “Si tuviera que recordar, yo habría pensado que probablemente blanqueé a los Mets más que a cualquier otro. Pero nunca pensé en cosas como esa”. Gibson (quien realmente solo blanqueó cuatro veces a los Mets) no pensó mucho en su marca de ponches en la Serie Mundial mientras silenciaba a los Tigres en el juego que recrea en su libro, el cual fue escrito con Lonnie Wheeler. Él tomó un momento para levantar su gorra hacia la multitud luego de romper la marca, pero la dejó de lado, escribe él, como si secara el sudor de sus cejas. Gibson venció a Detroit de nuevo en el cuarto juego antes de caer ante Mickey Lolich en el séptimo juego. Aún así, su temporada de 1968 permanece como una referencia en la historia de las mayores, a menudo citada cuando un pitcher como Jake Arrieta de los Cachorros se pone muy caliente. Arrieta tuvo una efectividad de 1.77 esta temporada, entonces blanqueó a Pittsburgh en el juego del comodín. De seguro, impresionante, pero Gibson, en 1968 tuvo una efectividad record de 1.12 antes de llegar a la Serie Mundial “Nunca sabes si eso va a durar”, dijo Gibson. “Alguien lo va a hacer mejor y lo va a romper. Esa es lo último que piensas: ‘Esto es grande, nadie tocara esto’. No tú no piensas de esa manera”. “Pero es realmente agradable oir a la gente elogiarte cuando alguien más ha hecho algo bueno. Entonces sabes eso, lo que ice fue muy bueno”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Dean Chance, ganador del premio Cy Young y némesis de los Yanquis, fallece a los 74 años.

Bruce Weber. The New York Times. 12-10-2015. Dean Chance, un pitcher derecho con cinco equipos de Grandes Ligas cuyo año ganador del premio Cy Young, 1964, califica entre las actuaciones más grandes en una temporada en la historia del juego, falleció el domingo 11 de octubre en su hogar de New Pittsburgh, Ohio. La causa fue un ataque cardíaco, dijo su hijo, Brett. Un muchacho del campo de extremidades relajadas, y ocasionalmente de labios relajados, con una variedad de pitcheos y un inusual envío donde volvía la espalda hacia el bateador hasta poco antes de lanzar la pelota., Chance lanzó 11 temporadas en Grandes Ligas, gano 29 juegos dos veces y disfrutó de un éxito especial ante los Yanquis, un equipo al que venció 18 veces. “Cada vez que veo su nombre en una tarjeta de alineación”, le dijo una vez Mickey Mantle al periodista deportivo Maury Allen acerca de Chance, “Siento que voy a vomitar”. Chance llegó a las mayores en 1961, lanzó en cinco juegos para los Angelinos de Los Angeles hacia el final de la temporada inaugural de una franquicia luego conocida como los Angelinos de California y ahora como los Angelinos de Los Angeles de Anaheim. Él tuvo éxito promedio en sus primeras dos temporadas completas, pero en 1964 emergió como pitcher dominante. Aunque su temporada empezó lentamente, estuvo afectado por una ampolla en un dedo, tuvo marca de 15-4 después del 1 de julio y terminó con 20-9, incluyendo 11 blanqueos, cinco de ellos en juegos que los Angelinos ganaron 1-0. Los Yanquis, quienes fueron campeones de la Liga Americana ese año, perdieron solo 63 juegos, cuatro de ellos ante Chance, quien los blanqueó tres veces; en un quinto juego contra ellos, él lanzó 14 episodios en blanco antes que un relevista perdiera el juego en el décimoquinto. En 50 innings contra los Yanquis, permitió 14 imparables y una carrera, un jonrón de Mantle, para una efectividad de 0.18. Contra la liga completa en la temporada, su efectividad fue 1.65, aún la segunda mejor de la Liga Americana (detrás de la 1.60 de Luis Tiant en 1968) en más de 70 años. Chance también lideró la liga en juegos completos e innings lanzados. Para la época, el premio Cy Young era otorgado al mejor pitcher de ambas ligas mayores, desde 1967, la Liga Americana y la Nacional han entregado premios Cy Young separados, y a los 23 años, Chance fue el pitcher más joven en recibirlo. (En la era del premio dual, lo han ganado pitchers más jóvenes, incluyendo a Fernando Valenzuela de los Dodgers en1981 y Dwight Gooden de los Mets en 1985). Wilmer Dean Chance nació el 1 de junio de 1941, en Wooster, Ohio. Sus padres, Wilmer Chance y Florence Beck, eran granjeros. Un atleta colegial estelar, el joven Dean jugó en equipos de campeonatos estadales de beisbol y baloncesto para Northwestern High School en West Salem y ganó 51 de 52 decisiones como pitcher, incluyendo 18 no-hitters. Fue firmado originalmente por los Orioles de Baltimore, y escogido por los Senadores de Washinghton en el draft de expansión de la Liga Americana de 1960, entonces fue cambiado a los Angelinos. Los Angelinos cambiaron a Chance a Minnesota luego de una temporada por debajo de lo acostumbrado en 1966, y el ganó 36 juegos para los Mellizos en las siguientes dos temporadas, incluyendo 20 en 1967, cuando lanzó dos no-hitters en agosto (uno acortado por la lluvia a cinco innings), comenzó el Juego de Estrellas por la Liga Americana y ganó el premio del Regreso del Año, entregado por The Sporting News. Él terminó su carrera jugando brevemente con Cleveland, los Mets y los Tigres de Detroit. Por todo, ganó 128 juegos y perdió 115, con efectividad vitalicia de 2.92. Un matrimonio, con Judy Larson, terminó en divorcio. Además de su hijo, le sobrevive una hermana, Janet Connelly, y dos nietas. Además de su pitcheo, Chance fue un notable del beisbol por otras razones. Por una cosa, él pudo haber sido el peor bateador en jugar en las Grandes Ligas; en 1966 bateó de 76-2, un promedio de .026, y de por vida bateó .066, la cifra más baja para cualquier jugador con al menos 300 apariciones en el plato; en 662 turnos oficiales al bate, él se ponchó 420 veces. Tambien conocido como un amigo de buenos momentos quien acompañaba a uno de los legendarios adoradores de la noche y las mujeres, en el beisbol, el pitcher Bo Belinsky. Luego de retirarse del beisbol, Chance trabajó en varias ocupaciones, incluyendo promotor de boxeo (dirigió al peso pesado Earnie Shavers y fue presidente de la International Boxing Association) y animador de carnaval. Él no era tímido. Los Angelinos indujeron a Chance al Salón de la Fama de la franquicia este año. En su discurso, el agradeció graciosamente al segunda base Bobby Knoop por hacer una jugada defensiva que salvó su victoria 20 en 1964. Ese era un grito lejano del joven Dean Chance, quien, antes de la temporada de 1965, sugirió a The Saturday Evening Post que titulara su artículo acerca de él “El Pitcher Mas Excitante Desde Bobby Feller”. “Dios mío”, dijo él al Post, “podrían corregir y llamar su historia ‘El Pitcher Más Excitante Desde Dizzy Dean’”. Y añadió: “Me vieron cincuenta mil en el Juego de las Estrellas el año pasado, y fui el condenado mejor pitcher ahí. Podrías llamar la historia ‘Desde la estrechez a la riqueza’. O ¿Qué tal esto? ‘¡El Año Más Grande de Siempre!’” Traducción: Alfonso L. Tusa C.

martes, 13 de octubre de 2015

El pitcher que el tiempo olvidó.

Michael Beschloss. The New York Times. 09-10-2015. En este mes en 1947 fue la primera vez que los afroamericanos jugaron en la Serie Mundial. Los dos hombres pertenecían a los Dodgers de Brooklyn. Probablemente usted conozca uno de sus nombres pero no el otro. Jackie Robinson avanzaría para ganar su lugar como alguien quien tuvo el coraje de romper la barrera, pero su compañero de equipo, Dan Bankhead, el primer pitcher negro de las Grandes Ligas en el beisbol moderno, casi ha sido olvidado. Bankhead nació en 1920 el pequeño Empire, Ala., su padre era una minero de carbón quien había jugado beisbol en la Cotton Belt League. El escritor de beisbol Rory Costello ha especulado que los Bankhead podrían tener vínculos sanguíneos con el una vez Speaker of the House (Parlante de la Casa), William B. Bankhead (1936-1940), cuya familia alguna vez había poseído esclavos en una región cercana del norte de Alabama. Dan y sus cuatro hermanos jugaron en la Ligas Negras; él empezó a los 19 años, jugando para American Giants de Chicago antes de mudarse a los Black Barons de Birmingham (Ala.). Al cambiar su posición de tercera base y shortstop por la de pitcher, el espigado Bankhead se convirtió en estrella de las Liga Negra Americana antes de la segunda guerra mundial, cuando se unió a la marina de Estados Unidos, para servir en tropas negras segregadas en Camp Lejeune, N.C. Luego de la guerra, en 1946, el ex-sargento Bankhead se unió a los Red Sox de Memphis y destacó en dos juegos de estrellas de las Ligas Negras, una actuación que repitió en otro juego de ese estilo en julio de 1947, en el Comiskey Park de Chicago. Bankhead fue promovido como “el Bob Feller de color” o “el próximo Satchel Paige”. Como han escrito Larry Moffi y Jonathan Kronstadt en “Crossing the Line: Black Major Leaguers, 1947-1959” (Bison, 2006), dos scouts de los Dodgers vieron a Bankhead destacar en Comiskey. El mes siguiente, su jefe, el presidente de los Dodgers, Branch Rickey, voló a Memphis para observar a Bankhead en acción y compró su contrato a los Medias Rojas, (para los cuales había sido el pelotero mejor pagado) por 15.000 $. Una vez que Banhead llegó a los Dodgers, cuando el equipo viajaba, él compartía habitación con Robinson en hoteles segregados. Con mucho en común y en juego, gritos racistas y amenazas de muerte, los dos pioneros rápidamente congeniaron. Bankhead bromeó una vez durante una discusión jovial, “¡No solo estás equivocado, Robinson, sino que estás totalmente equivocado!” Los Dodgers en ese momento estaban en una lucha cerrada por el banderín de la Liga Nacional, y Rickey necesitaba pitchers encarecidamente. Un biógrafo de Rickey, Lee Lowenfish, insiste en que fue esto, y no el deseo de adquirir otro jugador afroamericano, el motivo principal para buscar a Bankhead. Ni Rickey creía que tenía el tiempo que le había permitido suavizar la instalación de Robinson en los Dodgers a comienzos de ese año al colocarlo primero en el equipo de ligas menores Royals de Montreal. Como resultado, el debut de Bankhead en Grandes Ligas fue abrupto, solo unos pocos días después de su último juego en Memphis. “Bankhead tine un gran futuro como pitcher en las Grandes Ligas”, le dijo Rickey a The New York Times. “No sé que tan pronto”. Él explicó que Bankhead “puede estar un poco nervioso, me temo que lo estará”. Rickey le dijo a otro reportero: “Sé que este muchacho tiene el fondo físico para ayudar a este equipo. La única pregunta es si será capaz de resistir la tremenda presión bajo la cual trabajará. Su problema es más grande que el de Robinson, todos los ojos están sobre el pitcher”. En su primera aparición con los Dodgers, el 26 de agosto de 1947, contra los Piratas en el Ebbets Field de Brooklyn, Bankhead bateó un jonrón, pero el pitcheo por el cual Rickey lo había contratado no fue estelar. “En una palabra, estuvo horrendo”, escribió Joseph M. Sheehan en el Times el día siguiente, agregó que el nuevo Dodger estaba “obviamente nervioso”. “Estaba muy asustado”, recordó Bankhead después. “Cuando me paré en el montículo, estaba sudando mucho y me sentía tenso como un tambor”. Su primer envío, una recta, golpeó duro en el codo al bateador de los Piratas, Wally Westlake. Aunque los Dodgers llegaron a la Serie de 1947, Bankhead nunca encontró de verdad su ritmo. En aquella Serie de siete juegos, la cual ganaron los Yanquis, él salió como corredor emergente pero no lanzó. Luego que todo terminó, un periodista deportivo de Associated Press llamó a Bankhead un “chispazo fugaz” y recordó como algunos lo llamaron un “regalo para el beisbol”. La primavera siguiente, Rickey envió a Bankhead a las menores, donde estuvo por dos años antes de regresar en 1950 para una despedida de temporada y media con los Dodgers. Al abandonar las Grandes Ligas, y sufrir de una vieja lesión en el brazo, él cruzó la frontera para jugar 15 años en la liga mexicana. Casi quebrado, su vida privada se complicó con mujeres diversas, él estaba tratando de “enfrentar dificultades domésticas” y “tratar de volver sobre sus pasos”, como recordó un amigo, él se estableció en Houston, tratando de sostenerse él y su esposa entregando víveres, mientras a menudo fumaba un cigarrillo. En 1976, el día anterior a su cumpleaños 56, Bankhead falleció en el hospital Veterans Administration de cáncer de pulmón. Algunos de esos pocos quienes han escrito acerca de Bankhead han discutido que él carecía del tipo de destrezas técnicas que podrían haberle permitido tener el tipo de carrera que disfrutó Robinson. Pero una mejor explicación podría ser el temperamento. Rickey había insistido que él encontró en Robinson al primer afroamericano del beisbol de Grandes Ligas que tenía tanto resiliencia como habilidad sobre el diamante. Pero cuando Rickey reclutó a Bankhead, el temperamento no estaba en su mente. Como Rick Swaine sugiere en “The Black Stars Who Made Basebal,l Whole” (McFarland, 2005), “el problema principal” de Bankhead era que cuando era llamado a asumir el complicado y peligroso trabajo de cobertura nacional, “él simplemente carecía de la profundidad psicológica para sobreponerse a los numerosos obstáculos que encontraba”. La vieja estrella de las Ligas Negras, Buck O’Neal, quien había jugado con Bankhead, hizo la observación más crujiente de todas. Como Joe Posnanski registra en “The Soul of Baseball” (HarperCollins, 2007), O’Neal dijo una vez: “Esto es lo que siempre oi. Dan tenía mucho miedo de que fuese a golpear a un tipo blanco con un lanzamiento. Él pensaba que podría haber algún tipo de disturbio si él hacía eso”. O’Neal siguió: “Dan siempre fue de Alabama, ¿sabes lo que digo? Él oyó a toda esa gente poniéndole apodos, amenazándolo, y él estaba asustado. Él había visto hombres negros ser linchados”. Michael Beschloss, un historiador presidencial, es el autor de nueve libros y colaborador en NBC News y “PBS NewsHour” Traducción: Alfonso L. Tusa C.

En un viaje a Fenway, solo el juego era insignificante.

Dan Barry. The New York Times. 02-10-2015. Boston.- Mi buen amigo por 30 años tiene esclerósis amiotrófica lateral. No puede hacer mucho por contrarrestar eso, más allá de esperar por la aparición de un descubrimiento médico, y realmente nada que yo pueda hacer. Así que vamos a un juego de pelota. Me encuentro con mi amigo, Bill Malinowski, en su casa en Rhode Island. Él manejará su camioneta Acura la hora hasta Fenway Park para ver un juego nocturno sin importancia. Yo manejaré de vuelta, porque tener esclerósis amiotrófica lateral es extenuante. Por estos días, el usualmente se duerme a las 9. El diagnóstico de esta primavera solo confirmó lo que él sospechaba. Un atleta superior, maratonista, nadador, ciclista, quien cronometraba cada milla en su persecución de la buena forma física, él conocía su cuerpo. Ahora el cuerpo que el trató cuidadosamente lo había traicionado con algún tipo de giro cósmico. Llorar. Maldecir el destino. Revisar las investigaciones. Seguir trabajando lo mejor que pueda por tanto tiempo como pueda. Mantener su cabeza lúcida tan bien como pueda por el mayor tiempo. Por lo menos hay beisbol esta noche. Bill camina hacia su caro como si los guijarros y las raíces de los árboles conspiraran para guiarlo. Se detiene, usa pantalones de lino rojos y un soporte negro sobre una debilitada pierna izquierda que una vez le ayudó a completar 15 maratones, tres triatlones y participaciones en carreras de caminos. Vamos. “Esclerósis amiotrófica lateral” usualmente precede “también conocida como la enfermedad e Lou Gehrig”. Eso lleva al menos ilustrado clínicamente a recordar el discurso de despedida simbólico de Gehrig en 1939, su cabeza ladeada, semisonreído consigo ante el chiste negro jugado al resistente Caballo de Hierro. Muerto al cabo de dos años, a los 37, los Yanquis lo habían llamado el hombre más afortunado del mundo. Bill siente aversión por los Yanquis. La palabra “aversión” no describe completamente la profundidad de su odio tribal. Fanático de los Medias Rojas hasta la médula, el liga contra los Yanquis con un vigor que lo ha sostenido a través de este verano de esfuerzos. Su esposa, Mary Murphy, dice que él a veces se levanta en la noche para revisar el resultado del juego de los Yanquis. Una derrota de los Yanquis le facilita el amanecer. Nos dirigimos hacia el norte por la Interstate 95, dos viejos amigos, ambos de 57 años. Con café caliente en los soportes de las tazas, Springsteen a bajo volumen en el radio por satélite, y sin una nube en el cielo del atardecer a principios de otoño, hablamos de todo y de nada, como los hemos hechos tantas veces antes. Solo que ahora hasta hablar de nada es trabajoso, esta enfermedad que lleva el nombre de un yanqui disminuye su voz, requiere de esfuerzo por cada palabra que él pronuncia. “Hablar es un reto”, dice él, y lo puedo oir. Por eso ahora nos enviamos más mensajes de texto que lo que hablamos por teléfono, nuestras conversaciones virtuales son un amasijo de reportes médicos y beisbol. 4 de mayo: “El doctor dice que tengo esclerósis amiotrófica lateral”. 20 de mayo: “¡Gran alegría! Los Skanks han perdido 8 de 11 y los Medias Rojas están teniendo buen pitcheo”. 2 de junio: “Me disgusta A-Fraud. El último idiota”. 18 de junio: Me disgustan los Yanquis, el equipo más odiado de los deportes profesionales”. 28 de junio: “Me pusieron un soporte en la pierna el jueves en Mass General. Eso ayuda a estabilizar mis pasos”. 27 de julio: “¡Ganamos la serie a Detroit!” 8 de septiembre: “Puedo ir contigo a un juego nocturno…Acabo de planificar una cita en Johns Hopkins…” Un reportero veterano en The Providence Journal, Bill ha sido una autoridad por mucho tiempo en la expansiva realidad de Rhode Island, con las fuentes de ambos lados de la ley y una experticia en pandillas, pistolas, crimen organizado y corrupción municipal. El año pasado, la New England Society of Newspaper Editors lo nombró “reportero maestro”. Pero la intensa curiosidad que dirigió su éxito profesional se ha desvanecido. Él tiene poco interés ahora en un estado una vez descrito como el tema principal de un reportero. De los pocos temas que le importan, el beisbol está en el tope. ¿Por qué? Pregunto mientras Bill maneja por debajo del límite de velocidad en el canal del medio de la interestatal, impasible ante el rostro enrojecido del camionero que lo pasa por la derecha, gritando epítetos. “Es donde crecí”, contesta él. Él se refiere, en parte, a que creció al sur de Connecticut, en una época cuando todos conocían a Walt Dropo, el reno de Moosup, quien una vez jugó para los venerados Medias Rojas, y al gran John Ellis, de New London, quien una vez jugó para los odiados Yanquis. Bill fue el recogebates en el equipo de Ellis en la American Legion; jugó baloncesto invernal con Bill Dawley, un futuro pitcher del juego de estrellas; ocasionalmente se topaba con Roger LaFrancois, cuya carrera de Grandes Ligas, un año como cátcher de reserva de los Medias Rojas, terminaría con .400 de promedio al bate (¡de 10-4!). La devoción de Bill por el beisbol se desarrolló en las calles, no en casa. Su madre estaba trabajando siempre en turno nocturno como enfermera de hospital. , y su padre siempre estaba reviviendo la segunda guerra mundial. Activo en la resistencia polaca, Miecyslaw Malinowski pasó más de cuatro años en prisiones nazi y campos de trabajos forzados, le volaron los dientes con un culatazo de rifle y en una ocasión le ordenaron cavar su propia tumba. Mientras batallaba con la tuberculosis cuando inmigró, fue enviado a un hospital en Norwich, donde luego consiguió trabajo como portero. No se permitían películas de guerra en la televisión, ni las risas de “Hogan’s Heroes”. El estruendo inesperado de una puerta lanzada repercutía como detonaciones de pistola en los oídos de su padre, se enfurecía, dejaba a su esposa y tres hijos para caminar en punta de pie alrededor de su modesta casa en Norwich. El inmigrante con cicatrices de guerra nunca hablaba del pasado y rara vez hablaba en el presente, pero dejó claro que consideraba frívolos la mayoría de los pasatiempos de los estadounidenses, incluyendo el beisbol. ¿Qué es eso de beisbol? Bill terminó destacando en otra disciplina frívola, baloncesto, y fue lo suficientemente bueno para jugar en Connecticut College. Pero los Medias Rojas seguían siendo su verdadera pasión: Tony Conigliaro y Rico Petrocelli y el gran George Scott; Fred Lynn y Dwight Evans y Jim Rice; y la constante, Yaz. Para el momento cuando conocí a Bill, en 1987, él casi se había recuperado de la Serie Mundial de 1986, en la cual los Medias Rojas perdieron con los Mets por razones que van mucho más allá que una pelota rodando entre los tobillos adoloridos de Bill Buckner. Ambos éramos reporteros en The Providence Journal, y nuestra amistad se desarrolló sobre intereses compartidos en tipos sabios, observaciones inteligentes y beisbol. A través de los años, compartimos muchas vacaciones familares, incluyendo unas pocas en los Adirondacks, donde Bill continuaba fortaleciendo su cuerpo de hombros voluminosos. Cada mañana hacía una carrera de 10 millas, y cada tarde nadaba una milla, a menudo yo lo acompañaba, remando con flojera, mientras él cortaba el agua del lago con precisión rítmica. El otoño pasado, las carreras se hicieron más duras, el fácil aliento un jadeo elaborado. Él cubría el juicio de asesinato de un antíguo jugador de los Patriots de New England, Aaron Hernandez, un asignación de rutina en la corte que al final del día lo había dejado agotado. “Llegué a un punto donde no podía correr, no podía nadar, no podía hacer ciclismo afuera”, dice él, con los ojos enfocados en el camino delante de él. Se convirtió en uno de alrededor de 6400 personas a quienes le será diagnosticada la esclerósis amiotrófica lateral, este año. Que la paz del Señor esté con Bill Malinowski hoy y todos los días. Que él continúe compitiendo bien, termine la carrera, y mantenga el… Él dice que no se puede poner a preguntarse los porqué y los como de todo esto. Dada la investigación sobre una posible conexión entre la esclerosis amiotrófica lateral y las concusiones, ¿Cómo no enfocarse en esa horrible colisión sobre el tabloncillo de baloncesto del Massachusetts Institute of Technology? Mientras jugaba para Connecticut College, Bill y un jugador de M.I.T chocaron de cabeza mientras perseguían un balón suelto y bam, quedaron desmayados por varios minutos. “Un golpe violento”, dice él, tan malo que su afectado oponente ni siquiera lanzó el tiro libre. Y Bill siguió en el juego. ¿Eso fue todo? ¿Una concusión hace casi 40 años? Todo lo que él sabe es que algunas personas en el Massachusetts General le dijeron que ellos ven esclerosis amiotrófica lateral entre antiguos jugadores de futbol. Mas que enjugadores de futbol americano. Seguimos paseando, Bill, yo y esto, como K.T Tunstall canta “Feel It All” en el radio. “Esto te hace preguntar”, dice él luego de un rato. “¿Cómo pasa esto?” Bill está perdiendo peso, siete kilos desde junio, porque ahora es más difícil tragar, y la esclerósis amiotrófica lateral tiende a afectar el gusto. Él también ha dejado de tomar el medicamento prescrito, Riluzole, porque la nausea constante no pareció valer los beneficios mínimos. Su sosten viene en su lugar de un proyecto de libro y película sobre el mundo subterráneo de Rhode Island en el que está trabajando, el cual ha atraído el interés de algunos nombres grandes. Y, por supuesto, todavía hay ejercicio: cada mañana en el Y.M.C.A. local, maneja una bicicleta estática y levanta pesas, luego anota el trabajo en si diario. Esta es su manera de resistir, milla a milla, libra por libra. “Tratando de de empujar a través de esto”, dice él. Llegamos al centro de Boston. Bill nota cuanto han caído los precios de la gasolina. Dice que el soporte de su piern la está molestando. Nota que la canción de la radio, “Shut Up an Dance”, es de Walk the Moon, una banda que tocó durante las festividades del juego de estrellas de este año. Beisbol. La tocineta de Fenway, el anuncio de Citgo, se levanta en la vista como una luna roja blanca y azul. Encontramos un estacionamiento al lado del estadio y pagamos unos exagerados 40$, considerando que mientras más cerca mejor. Aún así, Bill necesita balancearse contra los carros estacionados mientras camina. Grupos de personas, flacos y con sobrepeso, jóvenes y viejos pasan raudos a un lado de él hacia la línea final de Yawkey Way. Nuestros excelentes asientos están al lado del dugout de los Medias Rojas, cortesía de un amigo con una conexión indirecta con Pete Frates, un antiguo beisbolista de Boston College con esclerosis amiotrófica lateral quien empezó la caravana de caridad del año pasado, el reto del cubo de hielo. Johns Hopkins, donde Bill tiene una cita este mes, ha retribuido la caridad con la ayuda para escribir un estudio reciente que provee una comprensión más profunda de los conglomerados de proteína asociados con la esclerosis amiotrófica lateral. El juego de esta noche no significa nada. Ambos, los visitantes Rays de Tampa Bay, y los Medias Rojas están a más de doce juegos del primer lugar. Aún así, Bill sigue el juego, casi como va a ligar con todas sus ansias contra los Yanquis en los playoffs. Él desaparece por unos minutos, entonces regresa a las gradas de concreto, cuidadosamente, con un cono grande de helado de mantecado en sus manos. Muchas calorías y fácil de tragar. Será una noche larga. No regresaremos a casa de Bill hasta pasada la medianoche, y él estará extenuado. Entonces, a comienzos de la mañana, él se levantará antes que yo, manejará hacia el Y.M.C.A. y levantará más pesas para contrarrestar lo que parece inevitable. Por ahora, aunque, hay beisbol. Sin significado, beisbol de final de temporada, los innings se mezclan uno con el otro en un juego sin reloj. Los Medias Rojas están perdiendo, y la pizarra de la izquierda dice que los Yanquis están ganando. Así es toda la noche. Bill encuentra esperanza en los jóvenes peloteros de los Medias Rojas. Brock Holt, Mookie Betts, Blake Swihart. Y este muchacho, Jackie Bradley Jr., quién bateó un sencillo insignificante en el cierre del octavo inning. Al carajo con los Yanquis. El próximo año, dice él. El próximo año. Traducción: Alfonso L. Tusa C.