jueves, 7 de septiembre de 2017

El antíguo pelotero de los Reales de Kansas City, Paul Schaal, el hombre a quien reemplazó George Brett, fallece a los 74 años.

RustinDodd. The Kansas City Star. 02-09-2017. Paul Schaal, un antíguo tercera base de los Reales de Kansas City conocido por sus experiencias post-carrera beisbolera como dueño de una pizzería y como fisioterapeuta, falleció este viernes 1 de septiembre en su hogar de Waikoloa, Hawaii, luego de una larga batalla con el cáncer, le confirmó su familia a The Kansas City Star. Schaal, quien jugó para los Reales desde su temporada inaugural en 1969 hasta 1974, era quizás mejor conocido por ser el hombre a quien reemplazó el inquilino del Salón de la Fama, George Brett, quien debutó en 1973 antes de convertirse en regular a tiempo completo en 1974. Años después que concluyese su carrera como beisbolista, Schaal mantenía un agudo sentido del humor acerca de su lugar en la historia del béisbol. “Ahora uso eso para mi beneficio”, le dijo Schaal a The Star en una entrevista de 2013. “Le digo a todos que hizo falta un inquilino del Salón de la Fama para quitarme el trabajo”. Schaal permaneció en Kansas City cuando su carrera terminó en 1974, ganándose la vida primero como dueño de Paul Schaal’s Pizza and Pub y luego como fisioterapeuta. En 2010, se mudó a Hawaii con su esposa Mónica, le dijo su yerno, Fred Hess, a The Star vía telefónica este sábado. Schaal estaba acompañado por su familia, incluyendo a Mónica y su hija, Cheryl, al morir en paz este viernes en la mañana. Schaal, quien se graduó en Compton (Calif.) High School, firmó con los Angels de Los Angeles antes de la temporada de 1962 y debutó en grandes ligas en 1964. Jugó cinco temporadas con los Angelinos, sobrevivió a un peligroso pelotazo del pitcher de los Medias Rojas, José Santiago, en Fenway Park, en 1968. Schaal fue seleccionado por los Reales la siguiente temporada muerta en el draft de expansión. Bateó .263 con 32 jonrones mientras jugaba partes de seis temporadas en Kansas City, incluyendo la mejor campaña de su carrera en 1971 cuando bateó .274 con .387 de porcentaje de embasado y 11 jonrones. Schaal fue enviado de vuelta a los Angels a cambio del jardinero Richie Scheinblum el 30 de mayo de 1974, para abrirle camino a Brett. Esa sería la última temporada de Schaal en grandes ligas. Aún así, siguió siendo la respuesta a una simple pregunta de trivia, al estar relacionado con Brett y sus gloriosas temporadas de finales de la década de 1970 e inicios de la de 1980. Años después, Schaal trataría a Brett en su clínica de fisioterapia, bromearon acerca de su conexión. Pero para entonces, dijo él, se sentía en paz con como terminó su carrera. “No tengo lamentos”, le dijo a The Star en 2013. En los años finales de su vida, dijo Hess, Schaal todavía recibía barajitas de beisbol de viejos aficionados. Él firmaba las barajitas y las devolvía por correo, luego llegaban más. En los meses finales, la familia contactó a los Reales y le pidió videos viejos, dijo Hess. Las imágenes de él jugando tercera base con el uniforme azul y blanco ponía de buen ánimo a Schaal. Traducción: Alfonso L. Tusa C. Nota del traductor: Números de Paul Schaal con los Leones del Caracas en la temporada 1967-68: 60 J, 218 VB, 32 CA, 64 H, 7 2H, 2 3H, 2 HR, 31 CE, 31 BB, 17 K, .294 AVG.

lunes, 14 de agosto de 2017

El Juego que Nunca Olvidaré. Tony Conigliaro.

The Game I’ll Never Forget. George Vass. Bonus Books. 1999. Pp. 47-51. Pocos peloteros han tenido un comienzo tan prometedor como el que tuvo el jardinero Tony Conigliaro con los Medias Rojas de Boston. Bateó 24 jonrones en su temporada de novato en 1964, y el año siguiente lideró la Liga Americana con 32 vuelacercas a los 20 años de edad. Aparentemente estaba destinado a la grandeza hasta que fue golpeado en la cara por un pelotazo en 1967. Nunca más fue el mismo pelotero. Falleció a los 45 años de edad en 1990. No me gusta hablar de eso, el recuerdo es horrible. No soporto pensar en eso, me enferma. Primero fue el soplido, el silbido en mis oídos, el dolor intenso, terrible. En un momento estaba parado en el plato. En el siguiente movimiento yacía en el suelo, y cuando recuperé el sentido, no estaba seguro de lo que había pasado y no podía ver. El hueso de mi mejilla estaba roto. Mi ojo estaba inflamado. Era 1967, el año cuando los Medias Rojas ganaron el banderín. Estábamos en una cerrada batalla de cuatro equipos, cuando enfrentamos a los Angelinos de California el 18 de agosto. El derecho Jack Hamilton lanzaba por los Angelinos. Le bateé un sencillo en el segundo inning. Eso subió mi promedio hasta .290. Tenía una buena temporada, 20 jonrones para mediados de agosto, 67 carreras empujadas. Pero todo terminó en un instante. Cuando fui a batear en el cuarto inning, había dos outs, nadie en base. Me paré allí, ajusté mi casco, tal vez me acerqué un poco al plato, como siempre lo hice. Hamilton solo hizo un lanzamiento. ¿Fue una recta? No lo sé. Nunca la vi. Me dicen que la pelota se le escapó de las manos, salió disparada. Debió haber sido así. No puedo recordar nada. Solo el zumbido terrible en mis oídos, el silbido, el dolor. Era intenso. Nunca había sentido algo como eso. Ni lo he vuelto a sentir después. Quiero olvidarlo, trato de hacerlo. Me sacaron del terreno en camilla. Estaba consciente y sabía lo que había ocurrido. Pero era como una pesadilla. Después me enteré de que ganamos el juego 3-2 pero ya eso no me importaba. El dolor en el lado izquierdo de mi rostro era terrible. El ojo estuvo cerrado durante los primeros siete días, y los médicos no sabían cual sería el resultado, que tan seria era la lesión. Cuando el ojo se abrió, los médicos descubrieron que se había formado una vesícula y se había roto, parecía que mi visión se había dañado permanentemente. Todavía había esperanza de que se estabilizara la condición. Fui al entrenamiento primaveral de 1968, pero sabía que no podía hacer nada. No podía ver la pelota, no tenía ninguna percepción de profundidad. Cuando fui examinado de nuevo, los médicos me dijeron que la condición estaba empeorando. Estaba afectado cuando tuve que anunciar en abril de 1968 que no podría volver a jugar. Estaba convencido de eso. No había razón para pensar que sería capaz de ver lo suficientemente bien la pelota parta batear. No podía hablar de beisbol. Ni siquiera me animaba a pensar en eso. Estuve en la banca (con un permiso especial) en la Serie Mundial de 1967 ante los Cardenales de San Luis. Fue duro sentarse ahí y ver sin ser capaz de ayudar. Pero entonces todavía tenía esperanzas de que para la primavera todo estaría bien. Cuando llegó la primavera y descubrí que no podía ver lo suficientemente bien para jugar, que mi ojo estaba empeorando, estaba abatido. Me fui a cantar en un club nocturno, solo para tener algo que hacer, solo para tener algo en que distraer la mente luego de lo que había ocurrido. Los próximos meses de 1968 fueron los peores de mi vida. Me sentía como si hubiese sido torturado. No podía comer. No podía pensar. No me podía mantener de pie. Mi visión del ojo izquierdo había sido 20-15. Ahora era 20-30. No podía leer. Me derrumbé. Atravesaba un camino espinoso. Había perdido toda esperanza. Quienes me aliviaron en esos difíciles momentos fueron los integrantes de mi familia, mi padre, mi madre y mis dos hermanos menores, Billy y Richie. Ellos siempre estuvieron a mi lado. Creo que mi padre se sentía peor que yo por lo que había ocurrido, pero nunca lo demostró. Me dijo, “Te pudieron haber matado, pudieras estar muerto ahora mismo. Deberías estar agradecido por estar vivo”. Y tenía razón. Cuando empiezo a sentir pena por mi, pienso en todas las personas que fueron más desafortunadas que yo, quienes perdieron los brazos o las piernas, o quienes quedaron completamente ciegos. Y pienso “¿De que me quejo?” Nunca disfruté cantar en los clubes nocturnos. Había sido divertido antes, cuando no estaba obligado a hacerlo, pero no ahora. Solo era algo que hacer. Traté de pitchear, de entrenar en el estadio, en las mañanas, cuando no había más nadie sino el coach de pitcheo y yo. Pero cuando me advirtieron que eso podía empeorar mi condición. También tuve que renunciar a eso. Ese debió haber sido el punto más bajo de mi vida. Ni siquiera podía ir al estadio a ver jugar a mi equipo. No es que no quisiera ir, sino que no podía soportarlo. Fui a un solo juego todo ese verano, y solo porque el gobernador me iba a entregar un premio. El premio era por coraje, pero para mi eso no era coraje para nada. No había nada que pudiera hacer acerca de lo que me había ocurrido, y no pienso que tratar de no sentir pena por ti mismo sea algo que merezca llamarse coraje. Estuve solo tres innings en ese juego. Lo más difícil de hacer sin llorar fue escuchar el himno nacional. Me fui a casa y vagué por los pasillos. Más adelante ese verano, me dieron las primeras buenas noticias. Los médicos me dijeron que mi condición se había estabilizado y que si quería podía intentar pitchear otra vez. Cuando fui a la Liga Instruccional de invierno en Florida en 1968 no tenía esperanza de hacer otra cosa que no fuese pitchear. No sé si me pude convertir en pitcher o no. Pero cuando bateé me pareció ver bien la pelota, y estaba bateando líneas. Billy Gardner, mi manager en esa liga, me dijo, “Mira, estás loco si sigues pitcheando, de la manera como estás bateando deberías regresar al jardín derecho”. Seguí su consejo y continué bateando hasta que llegó el momento de ir a mi próximo examen de la vista en Boston, el 20 de noviembre de 1968, el Dr. Charles Regan, quien me examinó, estaba sorprendido”. “Debes haber estado yendo a la iglesia regularmente, rezando tu rosario, porque este es un pequeño milagro”, me dijo él. “No hay explicación para lo que ha ocurrido. El hueco de tu retina se ha cerrado. La vista de tu ojo izquierdo es 20-20”. Ese fue el comienzo de mi regreso, el cual duró un par de temporadas. Jugué lo suficientemente bien (.255, 20 jonrones, 82 carreras empujadas, en 141 juegos) para ser el regreso del año en 1969, y a pesar de los problemas recurrentes fui capaz de mantenerme jugando hasta que finalmente me retiré. El beisbol es mi vida, doy gracias a Dios por darme una segunda oportunidad, una oportunidad que nunca pensé tener o tuve alguna esperanza de tener, luego de lo ocurrido en ese juego de 1967. Traducción: Alfonso L. Tusa C. 15-07-2017.

jueves, 10 de agosto de 2017

Darren Daulton, El Catcher de los Filis que ganaron el banderín en 1993, fallece a los 55 años de edad.

Tyler Kepner. The New York Times. 07 de agosto de 2017. Darren Daulton, un catcher quien jugó tres veces en el juego de estrellas y lideró a un equipo de los Filis de Filadelfia hacia un banderín poco probable en 1993, falleció este domingo 6 de agosto en su casa de Clearwater, Fla. Los Filis dijeron que la causa del deceso fue cáncer cerebral, con el cual Daulton había batallado por cuatro años. Daulton, a quien le concedieron una placa en el muro de la fama de los Filis en 2010, empezó su carrera en las grandes ligas con Filadelfia en 1983 y permaneció en la organización hasta 1997, cuando fue canjeado a los Marlins de Florida. Ayudó a los Marlins a vencer a Cleveland en la Serie Mundial de ese año, al batear para .389. Luego se retiró con promedio vitalicio de .245, porcentaje de embasado de .357 y porcentaje de slugging de .427. Los Filis no tuvieron un capitán formal durante la carrera de Daulton, pero al ser una figura quien había lidiado con muchas lesiones en las rodillas para convertirse en jugador regular, él fue reconocido como líder del equipo. En 1992 los Filis terminaron en último lugar, pero Daulton tuvo un tope vitalicio de 27 jonrones y el liderato de carreras empujadas (109) de la Liga Nacional. La temporada siguiente, él junto a Lenny Dykstra, John Kruk y un grupo de desconocidos produjeron una sorpresa al vencer a los Bravos de Atlanta en la Serie de Campeonato de la Liga Nacional. Kruk le dijo al columnista Paul Hagen de MLB.com que cuando Daulton hablaba, todos sus compañeros lo escuchaban. Una vez Daulton les advirtió de mantener sus bocas cerradas después de ganar los primeros tres juegos de una serie de cuatro desafíos ante los Cardenales de San Luis. “Para cualquiera de nosotros hubiera sido fácil decir algo”, le dijo Kruk a Hagen. “Pero ese era el punto. Cuando él hablaba, nosotros escuchábamos. Nadie dijo nada. Nadie vociferó. Terminamos completando la barrida el día siguiente”. Los Filis perdieron la Serie Mundial ante los Azulejos de Toronto, 4-2, con Daulton detrás del plato durante el jonrón decisivo de Joe Carter. El relevista Mitch Williams, quien hizo el lanzamiento final, le dijo a The New York Times pocos días después que Daulton había pedido una recta alta y afuera, pero que él había cometido una idiotez y lanzó abajo y adentro. Williams recibió amenazas de muerte de varios fanáticos airados de los Filis, pero sus compañeros de equipo lo apoyaron mucho, especialmente Daulton. “Darren Daulton se me acercó en el clubhouse y dijo, ‘¡Todo el año le he estado diciendo a los bateadores que lanzamiento venía, me creerías que en la Serie Mundial alguien finalmente me hizo caso!’” dijo Williams. “Agradezco eso”. Darren Arthur Daulton nació el 3 de enero de 1962 en el matrimonio de Carol y David Daulton en Arkansas City, Kan. Asistió a Arkansas City High School, donde jugó tanto futbol Americano como beisbol, y fue seleccionado por los Filis en la ronda 25. Fue residente de Clearwater por mucho tiempo, el lugar de entrenamiento primaveral de los Filis. Le sobreviven su esposa Amanda; sus padres; un hermano, David Jr., y cuatro hijos, Zachary, Summer, Savannah y Darren Jr. Daulton es el tercer prominente antiguo miembro de los Filis que ha fallecido este año. Dallas Green, el manager de su equipo campeón de 1980, falleció en marzo, y el pitcher del Salón de la Fama, Jim Bunning, falleció en mayo. Traductor: Alfonso L. Tusa C.

jueves, 27 de julio de 2017

El Tiempo en una Botella.

Mickey Mantle. Sports Illustrated. 18 de abril de 1994. Luego de 42 años de abusar del alcohol, un pelotero legendario describe su vida de conducta autodestructiva y espera que su recuperación le convierta finalmente en un verdadero ejemplo. Empezaba algunas de mis mañanas de los últimos diez años con el “desayuno de campeones” un vaso grande lleno con un trago o más de brandy, algo de Kahlúa y crema. Billy Martin y yo solíamos tomarlo todo el tiempo, llamé a la bebida en tributo a lo que éramos como equipo. A veces cuando estaba en Nueva York sin nada que hacer, y andaba con Billy, entrábamos a mi restaurant de Central ParkSouth alrededor de las 10 de la mañana, y el empleado del bar mezclaba los ingredientes en un recipiente y lo agitaba. Eso sabía muy bien. Desafortunadamente para todos los que me rodeaban, un “desayuno de campeones” bastaba para que se despidieran por ese día. Después de un trago, yo apenas entraba en calor. A menos que tuviera un compromiso de negocios, a menudo seguía bebiendo hasta que no podía hacerlo más. Beber se había convertido en una rutina muy frecuente para mí. Si tomaba un trago para empezar el día, iba a almorzar y me tomaba tres o cuatro botellas de vino en el transcurso de la tarde. Vino blanco. Vino tinto. No me importaba, y no tomaba en cuenta la calidad tampoco. De hecho, pensaba que si tomaba vino, eso no era tomar de verdad. Para mí, el vino no era licor. En alguna ocasión alardeé de conocer el buen vino. Pero a través de los años lo bebí tanto que no me importó más. Al final de una tarde, después que había terminado una ronda del golf, un tipo envió un vaso de oporto caro. Yo estaba bebiendo vodka Absolut en las rocas, y a la vista del tipo, agregué el oporto sobre mi Absolut. El tipo vino anonadado y dijo, “Hombre, ese era un oporto de 15 $ el trago, el que te envié”. Y yo dije, “Oh, lo siento. Bebemos de esos todo el tiempo. Los llamamos Aborts”. Siempre me enorgullecía de mi independencia cuando hacía trabajo de relaciones públicas, avales y apariciones personales. Siempre quería dar lo mejor de mí. Era cuando no tenía compromisos, nada que hacer y ninguna parte donde estar que caías en esas largas sesiones de ingestión alcohólica. Era la soledad y el vacío. Yo encontraba “amigos” en los bares, y llenaba mi vacío con alcohol. En esas instancias, al comienzo de la noche, yo estaba totalmente ido. Apenas podía hablar. Trataba de invitar a alguien a cenar conmigo, y empezaba a tomar Martini de vodka. Ordenaba la comida, pero no comía. Solo me sentaba y tomaba. En los pasados cinco años, usé el alcohol como una muleta. Para ayudarme a sobrellevar mi timidez y hacerme sentir más cómodo antes de todas esas presentaciones personales, entraba en calor con tres o cuatro vodkas antes de salir del hotel, para ir directo a la fiesta coctel y tomar tres o cuatro tragos más, entonces empezaba a sentir, Juio, que bueno. Vamos. Cuando yo bebía, pensaba que era divertido, que era el alma de la fiesta. Pero resultaba que nadie podía soportar estar cerca de mí. Hablaba alto, y me parece que todo lo que salía de mi boca era rudo y crudo. Después de uno o dos tragos, yo estaba muy contento. Las personas me podían pedir varios autógrafos, y los firmaba. Entonces después de varios tragos, podía ser muy desagradable. Si me pedían un autógrafo, y yo había bebido mucho, te mandaba a freir monos, hasta en mi propio restaurant, donde algunas veces le decía a las personas “…fuera!” o “¡váyanse de aquí!” Mis socios del restaurant y las personas quienes me estimaban me decían, ¿Por qué no regresas al hotel?” Hubo muchas noches cuando tuvieron que sacarme por la puerta de atrás. La mayoría de las cosas que decía y hacía mientras tomaba, no podía recordarlas el día siguiente. Los últimos 10 años hice cosas que me impactaron. Estaba muy avergonzado. Las personas me decían, “Ni te imaginas lo que dijiste anoche”. Yo respondía, “¿Yo dije eso?” Esas historias me molestaban mucho. Ese no era yo. No era ese tipo del que hablaban”. Lo que me molestaba aun más era la forma en que empecé a olvidar las cosas simples de cada día. Podía estar hablando contigo y olvidar completamente mi secuencia de pensamiento. Iba a cenar y el día siguiente no podía decir a donde fui, que comí o con quien estaba. Una tarde de hace unos años fui a un fisioterapeuta. Cuando regresé al hotel, llamaron de su oficina para ver como me sentía, y no recordé haber estado allí. Nunca me atrajeron los asuntos de negocios. No tenía que manejar mis finanzas porque mi abogado, Roy True, se encargaba de eso. Aunque no me gustaba eso, yo iba con Roy True a las reuniones de negocios y medio escuchaba por alrededor de 20 o 30 minutos cuando mucho. Durante los pasados siete u ocho años nuestras discusiones fueron poco frecuentes. Yo incumplía citas debido a que estaba enratonado. Si me encontraba con él, no podía recordar lo que me decía. Me sentía frustrado y molesto. Olvidaba que día era. Que mes era. En cual ciudad estaba. Hubo docenas de presentaciones personales y eventos de barajitas a los que había acordado asistir, pero cuando llegaba el momento de cumplir, yo reclamaba que nunca había hecho ese compromiso. Pero siempre asistía. Estoy orgulloso de eso. No se trataba solo de eventos recientes que habían desaparecido de mi memoria debido a mis dificultades con la bebida. Fui el padrino de la boda de Billy Martin en 1988, y apenas recuerdo haber estado allí. La pérdida de memoria me asustaba. Le dije a un par de médicos con quienes juego golf en Preston Trail Golf Club, cerca de mi casa en Dallas, que pensaba que podría tener la enfermedad de Alzheimer, y ellos me dijeron: “Bien, probablemente, aun no la tengas, pero más te vale empezar a vigilar tu bebida. Es importante que empieces a disminuirla”. Tenía miedo de que el alcohol hubiera alterado mi cerebro. El otro día vi a alguien tomar práctica de infield, lo vi atrapar una pelota y hacer el tiro, y traté de pensar. ¿Cómo hacía para lanzar una pelota? ¿Yo saltaba, o adelantaba un paso, o lanzaba de inmediato? No puedo recordarlo. Entonces alguien siempre pregunta, “¿Cuál era su pitcheo favorito para batear?” Pero no puedo recordar cual era mi pitcheo favorito o donde me gustaba batearlo. Mientras más envejecía, y bebía más alcohol, más tenía esas resacas extrañas, ataques de ansiedad. De lo que puedo recordar, tuve el primer ataque de ansiedad en abril de 1987. Había estado en el Mickey Mantle-Whitey Ford Fantasy Camp en Florida, bebiendo con los muchachos por dos semanas, y entonces tuve que ir al norte del estado de Nueva York para un evento de barajitas de fin de semana. Eso implicó dos días más de bebedera. Para cuando subi al avión para regresar a mi casa en Dallas, estaba deshidratado. Y pensé ¿y si tengo un ataque cardíaco? Mientras más pensaba en eso, peor me sentía. Le di una palmadita en el hombro a la aeromoza y dije, “¿Tienen un médico aquí?” Ella se volteó, me miró a la cara y dijo, “¡Dios mío, señor, siéntese!” Empecé a hiperventilar. Ella dijo, “Le voy a suministrar oxígeno. Cuando el avión aterrizó, había paramédicos de emergencia que me llevaron en una camilla, mi hijo mayor, Mickey Jr., quien había ido a buscarme, pensó que me estaba muriendo, lo mismo pensé. Hubo más ataques de ansiedad, pero no se hicieron frecuentes hasta los últimos dos años. Si salía y tomaba mucho, el día siguiente me levantaba sudando frío. Me quedaba en casa, bebía agua y me decía, “Caramba, no vuelvo a beber así otra vez”. O llamaba a uno de los médicos con quienes jugaba golf, y él me hospitalizaba por tres días. El médico decía, “Mick, tienes que dejar eso. No sabes lo que te estás haciendo”. Yo me sentaba y decía, “Lo sé. Si, lo sé”. Tan pronto como salía del hospital, iba directo a un bar. Llegó un momento en que me preocupaba mucho por todo, lo que ocurría con mi memoria, lo terrible que sentía mi cuerpo, que tan mal esposo o padre había sido, que hasta tenía miedo de estar solo en la casa. Le pedía a mi hijo menor, Danny, que por favor se quedara en casa conmigo. Y había oportunidades cuando me encerraba en mi habitación para sentirme seguro. Tuvo que ocurrir un vergonzoso incidente el pasado diciembre en un evento de caridad de golf para el Harbor Club Children's Christmas Fundcerca de Atlanta para finalmente enfrentar mi alcoholismo. Bebí un Bloody Mary en la mañana, y después un par de botellas de vino en la tarde mientras estaba en el hoyo 12, provocando donaciones al apostarle a las personas que venían, que yo podía golpear la pelota más cerca del lugar de partida que cualquiera de ellos. Despues tuvimos una subasta de memorabilia deportiva, y estaba tan borracho que compré una pelota firmada por Jim Lonborg, y ni siquiera la fui a buscar. Le dije a alguien que pensaba que había bateado mi último jonrón ante Lonborg. Despues de eso, hice el ridículo en una cena. Cuando no pude recordar el nombre de un ministro, dije en voz alta, “El predicador…” El día siguiente, cuando supe lo que había dicho, estaba completamente horrorizado. Estoy seguro que a través de los años, las personas me han soportado muchas cosas porque se trataba de Mickey Mantle, pero después de ese episodio, no podía creer que había sido tan irrespetuoso. Cuando regresé a Dallas, le pregunté a Danny acerca del Betty Ford Center. Mis amigos y familiares habían discutido varias veces en los años recientes, acerca de intervenir respecto a mi situación, pero sabiendo cuan terco y cabeza dura yo era, ellos reconocieron que eso no hubiese funcionado. Yo necesitaba pensar que el programa de tratamiento para alcoholismo era mi idea. Danny había ingresado por su cuenta en el Betty Ford en octubre pasado debido a que sentía que estaba bebiendo mucho. Le pregunté a Danny por el tipo de cosas que ocurren allí. No hablo mucho, y no estaba seguro de querer estar en una situación en el Betty Ford, donde tendría que hablar de mis sentimientos. Tenía miedo de llorar frente a desconocidos, pensaba que las personas me despreciarían. Mickey Mantle no debería llorar. Pocos días después fui a almorzar con Danny y mi amigo Pat Summer-all, quien había estado en el Betty Ford hacía unos dos años. Le hice más preguntas a Pat acerca del Betty Ford. ¿Cómo es? ¿Se convierten en religiosos? También le pedí a mi médico que me hiciera un examen físico. Me hizo algunas pruebas, y me dijo que estaba mal del hígado. Me refirió a otro médico para que me hiciera una resonancia magnética del hígado. Durante una hora y 15 minutos, permanecí en el compartimiento de resonancia magnética, y pensé, ¿Qué estoy haciendo aquí? Eso debía ser muy serio. Fue difícil evitar llorar, al pensar en el mal estado en que estaba, como había abusado de mi mismo con el alcohol por 42 años, todas las personas que había desilusionado. Estaba preocupado de que los aficionados recordaran a Mickey Mantle más como un borracho que por mis logros beisboleros. Siempre había pensado que podía dejar de beber por mi cuenta, y lo hacía por varios días o un par de semanas, pero cuando me sentía bien otra vez, volvía a emborracharme. Estaba física y emocionalmente desgastado por la bebida. Había tocado fondo. Cuando llegaron los resultados de la resonancia magnética el día siguiente, el médico me llamó a su oficina y dijo, “Mickey, tu hígado aun funciona, pero se ha regenerado tantas veces que más temprano que tarde vas a tener un piedra por hígado. Eventualmente necesitarás un hígado nuevo. No te voy a mentir: El próximo trago que tomes podría ser el último”. Me estaba matando. Pedí ayuda. Si el alcoholismo es hereditario, si está en los genes, entonces pienso que el mío venía del lado de la familia de mi madre. Sus hermanos eran todos alcohólicos. Mi madre, Lovell, y mi padre Mutt, no eran grandes bebedores. Papá compraba una botella de whiskey los sábados por la noche y la metía en la nevera. Entonces cada noche cuando regresaba a casa del trabajo de ocho horas en la Eagle-Picher Zinc and Lead Company de Commerce, Okla., iba a la nevera y se servía un trago de whiskey. Papá se emborrachaba de vez en cuando, como cuando iba a un baile de granero y tomaba cinco o seis tragos. Para mí, ¡cinco o seis tragos no llegaban siquiera a lo que yo tomaba en una fiesta de coctel! Además de los cigarros Lucky Strike que constantemente apretaba en un lado de su boca, tendría que decir que si mi padre era adicto a algo eso era el beisbol. Amaba el beisbol, jugaba pelota semi-profesional los fines de semana y era un tremendo fanático de los Cardenales de San Luis. De hecho eligió mi nombre por Mickey Cochrane, el catcher del Salón de la Fama quien jugó para Filadelfia y Detroit y fue un gran bateador. Papá tenía grandes esperanzas conmigo. Pensaba que yo podía ser el pelotero más grande que jamás existió, e hizo todo lo que pudo para ayudarme a realizar su sueño. Aunque llegaba cansado de sus largos días de trabajo en las minas, papá siempre me lanzaba práctica de bateo en el patio cuando regresaba a casa del trabajo, desde cuando yo tenía cuatro años de edad. Mi mamá nos llamaba a cenar, pero solo íbamos a comer después que papá terminara de instruirme desde ambos lados del plato. Papá era un tipo estricto. Si yo había hecho algo mal, él solo me miraba, no tenía que decir nada, y yo decía, “No lo haré más papá”. Quería mucho a mi padre, aunque no se lo dijera. Como él tampoco podía decírmelo. Él ponía su brazo en mis hombros y me abrazaba, pero a la vez hacía un chiste, me pateaba el trasero con su pie. Pero yo sabía que él me quería mucho. Cuando subí a los Yanquis en 1951, a los 19 años de edad, apenas si me había tomado un trago. Mi padre no habría aceptado que me emborrachara. Pero la primavera siguiente, cuando papá falleció de mal de Hodgkin a los 39 años de edad, yo estaba devastado, ahí fue donde empecé a beber. Me parece que el alcohol me ayudó a escapar del dolor de perderlo. Aquellos días, los Yanquis hacían sus giras en tren, y Casey Stengel, nuestro manager, tenía un límite de dos tragos en los viajes, aunque en realidad no controlaba eso. Billy Martin y yo éramos salvajes en la carretera. Bebíamos mucho, y no íbamos a dormir hasta que estábamos muertos de sueño. La bebida se disparó después de la temporada de 1953, cuando Billy fue a vivir conmigo y mi esposa, en Commerce. Billy y yo éramos mala influencia mutuamente. Siempre estábamos saliendo, le decíamos a Merlyn que íbamos a pescar, en vez de eso, íbamos directo a un bar. En el pasado, yo podía dejar de beber cuando íbamos al entrenamiento primaveral. Me ponía en forma. Luego, cuando empezaba la temporada, volvía a beber, Billy, Whitey Ford y yo. Jugábamos casi puros juegos nocturnos. Regresábamos a casa alrededor de la 1 am y dormíamos hasta las 9 o las 10. Yo nunca tenía resacas. Tenía una tolerancia increíble ante el alcohol, y siempre lucía y me sentía bien en la mañana. Pienso que nunca boté un juego debido a que estaba borracho o enratonado. Tal vez lastimé al equipo una o dos veces, pero si no me sentía bien, me salía del juego temprano. Cuando mi papá falleció, Casey se convirtió en una especie de padre parar mí. A veces me llamaba u decía, “Mira, sé que no tenemos una hora límite, pero estás llegando un poco tarde. Eso no te conviene de ninguna manera”. No podía burlarme de Casey. Para Billy y para mí, beber era una competencia. Buscábamos quien podía emborrachar al otro hasta el punto de dejarlo tendido bajo la mesa. Le llevaba una ventaja en eso de verlo emborracharse antes que yo. El alcohol lo volvía muy agresivo. Era la única persona que conocía quien podía ver a un tipo mostrándole el dedo desde el extremo opuesto del bar. Tuvimos tiempos salvajes. Una noche en Detroit después de unos tragos, regresamos a nuestra habitación del hotel, y Billy dijo, “Vamos a caminar por la cornisa para ver que ocurre en las otras habitaciones”. Estábamos en el piso 22. Él salió por la ventana, yo iba detrás de él. Bien, todo se complicó muy rápido porque nadie tenía las luces prendidas, y yo le tengo miedo a las alturas. Además la cornisa era muy estrecha y no podíamos dar la vuelta, así que tuvimos que gatear para rodear el edificio y regresar a nuestra habitación. Mis últimos cuatro o cinco años con los Yanquis, no me percaté de que me estaba arruinando con la bebida. Solo pensaba, esto es divertido. Solía ver tipos venir a Yankee Stadium desde Detroit o Chicago; allí estaban tomando práctica de bateo, todos con resaca. Pero hoy puedo admitir que toda esa bebedera acortó mi carrera. Cuando me retiré en la primavera de 1969, tenía 37 años de edad. Casey había dicho cuando subí, “Este muchacho va a ser mejor que Joe DiMaggio y Babe Ruth”. Eso no ocurrió. Nunca logré lo que mi papá había querido, y debí haberlo hecho. Dios me dio un gran cuerpo para jugar, y no lo cuidé. Reconozco que en buena parte eso se debió al alcohol. Todos tratan de buscar la excusa de que las lesiones acortaron mi carrera. La verdad es, que después que tenía una operación de rodilla, los médicos me entregaban el plan de ejercicios de rehabilitación, pero yo no lo cumplía. Me iba a beber. La primera vez que me lesioné la rodilla, en la Serie Mundial de 1951, tenía solo 19 años de edad. Pensé, estaré bien. Me lesioné de nuevo las rodillas en el transcurso de los años, y solo pensaba que me recuperaría naturalmente, Siempre había tenido todo naturalmente. No trabajé duro en eso. Cuando llegaba el último juego de la Serie Mundial, no pensaba en el beisbol hasta la primavera. Eso fue una estupidez. Despues que me retiré, mis problemas de bebida empeoraron. Cai en una profunda depresión. Billy, Whitey, Hank Bauer, Moose Skowron, dejé a todos esos tipos, y pienso que eso dejó un vacío en mí. Traté de llenarlo tomando. Todavía siento que no tengo mucho en común con muchas personas. Pero con esos tipos, compartí la vida. Éramos como hermanos. No he conocido a más nadie con quien me haya sentido tan cercano. En los últimos 10 años, gracias al negocio de la memorabilia deportiva, las expectativas de ser Mickey Mantle fueron muy intensas muchas veces. Cuando yo solía hacer eventos de barajitas, muchos tipos se me acercaban todo el tiempo, con lágrimas en los ojos me decían, “Mickey Mantle. He esperado toda mi vida para conocerte”. Uno de ellos le dijo a su hijo pequeño, “Hijo, este es el pelotero más grande que haya existido”. Y el niño lo miró y le dijo, “Papi, ese es un viejo”. A todas partes donde iba, la gente quería oir las viejas historias de Billy y Whitey y nuestros tiempos salvajes. Eso era parte de la leyenda de Mickey Mantle. Todos esperaban que yo empezara a beber. Me brindaban tragos. Pienso que esperaban que me emborrachase. Era como si pensaran: Mickey Mantle ya no puede sacarla del parque, pero aun puede tomarse unos tragos. Nunca había pensado en algo serio en mi vida por un período contínuo de días o semanas hasta que ingresé en el Betty Ford Center para mi estadía de 32 días. Siempre he tratado de evitar lo emocional, lo controversial, lo serio, y lo hice a través del alcohol. El alcohol siempre me protegió de la realidad. Pero en el Betty Ford, podía ser yo. Ahí no era Mickey Mantle. Era el tipo de la habitación 202. Cuando llegas al Betty Ford, tienes que abrirte a los miembros de tu unidad de dormitorio en las sesiones de terapias de grupo. Me tomó un par de veces antes de poder hablar sin llorar. Se supone que debes decir porqué estás ahí, y dije que porque tenía el hígado enfermo y estaba deprimido. Cada vez que trataba de hablar de mi familia, me trancaba. Una de las cosas que empastelaba, además del beisbol, era ser padre. No era un buen hombre de familia. Siempre estaba fuera, paseando con los amigos. Mickey Jr. pudo haber sido un gran atleta. Si él hubiese tenido a mi papá, pudo haber sido jugador de grandes ligas. Mis hijos nunca me culparon por no estar ahí. No tienen que hacerlo. Me culpo yo. El programa de Betty Ford está basado en los 12 pasos de alcohólicos anónimos. Cuando estás en el primer paso, debes contar la historia de tu vida a tu grupo. Te piden que cuentes historias de las cosas que hacías cuando estabas borracho, como te hacía sentir eso y que cosas te molestaban más después. Hablé de Billy y yo gateando alrededor de la cornisa del hotel, en el piso 22. Hablé acerca de cómo casí asesiné a Merlyn una noche, al estrellar el carro contra un poste telefónico, ella golpeó su cabeza contra el parabrisas. Habíamos salido a comer con Yogi Berra y su esposa, Carmen, en Nueva Jersey, yo había estado bebiendo vodka seca. Merlyn había querido manejar, pero no la dejé, y lo último que oímos fue a Yogi gritar, “¡Si yo fuera tú, no lo dejaría manejar!” Esas historias habían sonado tan divertidas, pero cuando las estaba contando en el grupo de terapia en el Betty Ford, parecieron estúpidas. Cada día en el Betty Ford iba a ver una película o a una charla, y estaba sorprendido de cuanto de eso estaba relacionado con el hogar. Hablaban mucho acerca del alcoholismo y las familias disfuncionales. Un día mostraron una película acerca de un hombre y una mujer y sus tres hijos. El tipo estaba muy ocupado bebiendo para ir a casa. Finalmente, él llama a su esposa, se reúnen y beben. Una vez, mientras ella salía por la puerta, le dijo a uno de los niños que usara el dinero de su mesada para llevar a sus hermanos a comerse una hamburguesa. Noté que yo era como ella. Siento que soy la razón por la cual Danny fue al Betty Ford el otoño pasado. Todos esos años yo había hecho que él fuera a almorzar y cenar conmigo. También llevaba a Mickey Jr. y a mi siguiente hijo mayor, David. Les decía. “¿Qué van a hacer esta noche? Vamos a comer”. Lo cual significaba, “Vamos a beber”. Todos bebían mucho debido a mí. No teníamos relaciones normales padre-hijo. Cuando ellos estaban creciendo yo estaba jugando beisbol, y después que me retiré, estaba muy ocupado viajando, siendo Mickey Mantle. Nunca jugamos a lanzarnos la pelota en el patio. Pero cuando tuvieron la edad suficiente, nos hicimos amigos por los tragos. Cuando estábamos juntos, se sentía como los viejos días con Billy y Whitey. No tenía idea de lo que le estaba haciendo a mis hijos al hacerlos beber así. A fines del septiembre pasado, Danny voló conmigo a Los Angeles para un evento de firma de autógrafos, para Upper Deck Authenticated, tengo un contrato exclusivo con ellos, después que aterrizamos, no vi a Danny por una semana. Él había ido para ayudarme, y desapareció. Resultó que se encontró con un amigo, y se largaron. Pero en vez de regresar a casa en Dallas, él terminó ingresando al Betty Ford sin decirme. No me di cuanta de que tan mal estaba él, él solía beber conmigo siempre, pero si no pensaba que tenía un problema, ¿cómo podía saber que mi hijo estaba tan mal? No llamé ni le escribí a Danny mientras estuvo en el Betty Ford, ni fui a la tercera semana del programa, semana de la familia, porque tenía miedo de que las personas dijeran: “Bien, ¿por qué no estás aquí? Si lo ingresaste a él”. El mayor disgusto de mi vida fue no ser capaz de ayudar a mi tercer hijo, Billy, quien lleva ese nombre por Billy Martin. Cuando tenía 19 años de edad, a Billy le diagnosticaron Hodgkin, la enfermedad que mató a mi padre, al padre de mi padre y a dos hermanos de papá, siempre quise haber sido quien tuviera el cáncer, no Billy. Ver a tus hijos sufrir es desgarrador. Cuando Billy tenía 25 años de edad, Merlyn y yo lo llevamos al MD Anderson Cancer Center de Houston para un tratamiento experimental de quimioterapia de un año, pero las drogas fueron tan fuertes para su cuerpo que terminó tomando un calmante de alto espectro, Dilaudid. Le rogué e imploré a Billy que dejara de tomar eso, y el prometía que lo haría, pero lo próximo de que me enteraba, era que él estaba tomado Dilaudid de nuevo. En los pasados 17 años, el Hodgkin de Billy disminuyó varias veces, pero él tenía una vida infeliz. Desde 1990, frecuentó centros de tratamiento de drogas y alcohol cuatro veces en cuatro años, y en 1993 tuvo una cirugía cardíaca de bypass y le colocaron dos válvulas en su corazón. Me escribía notas: “Papá sácame de aquí, y estaré bien”. Me sentía impotente. Semanas después que salí del Betty Ford, y solo dos días después que su madre lo había registrado en un centro de rehabilitación de Wilmer, Texas, Billy tuvo un ataque cardíaco y falleció. Solo tenía 36 años de edad. Danny fue a Preston Trail a decirme. Yo estaba jugando backgammon en el camerino, en cuanto vi el rostro de Danny, noté sus lágrimas, lo supe. Siempre sentí que algo malo le ocurriría a Billy. Entonces hice la cosa más difícil que he tenido que hacer, decirle a Merlyn que Billy estaba muerto. Ella lo había llevado a todos los centros de tratamiento, lo había sacado de la cárcel por manejar borracho. Su vida los años recientes había sido cuidar a Billy. Si solo yo hubiese ido antes al Betty Ford, Billy pudiera estar vivo. Si yo no hubiera estado bebiendo, pude haberlo ayudado a dejar las drogas. La revelación más importante que tuve en el Betty Ford ocurrió en los grupos de terapia de sufrimiento, pienso que eso va a cambiar la manera como trato a mis hijos en el futuro. Durante mi entrevista de pre-admisión, le dije al consultor que bebía debido a la depresión por sentir que nunca cumplí los sueños de mi padre. Tuve que escribirle una carta a mi padre y explicarle como me sentía respecto a él. Se habla de la tristeza. Solo me tomó 10 minutos escribir la carta, y lloré todo ese tiempo, pero después que terminé, me sentí mejor. Dije que lo extrañaba, y deseé que él hubiese vivido para ver que actué mucho mejor con los Yanquis después de mi temporada de novato. Le dije que tuve cuatro hijos, él murió antes que naciera mi primer hijo, Mickey Jr., y le dije que lo amaba. Me habría sentido mejor si hubiese podido decirle eso desde hace mucho tiempo. Papá estaría orgulloso de mí hoy, al saber que he terminado el tratamiento en el Betty Ford y he estado sobrio por tres meses. Pero habría estado molesto porque yo hubiese tenido que ir allí. Me hubiera perdonado, pero hubiera sido difícil verle a los ojos y decir, “Papá, soy un alcohólico”. Pienso que no hubiera podido hacerlo. Me hubiera sentido como que lo habría desilusionado. No sé como se supera eso; ya no puedo batear un jonrón para él. Billy Martin y yo solíamos bromear entre nosotros acerca de cual hígado se dañaría primero. Fui orador en el funeral de Billy, luego que él falleciera en un accidente en una camioneta pick-up el día de Navidad de 1989. Pero si él estuviera vivo, después de haberme gastado bromas por el Betty Ford Center, podría haber dicho, “Hey, tal vez yo debería ir allí también”. En el Betty Ford te enseñan a regresar a casa y abrazar a tus hijos, sin importar que tan viejos sean ellos. Estoy muy orgulloso de mis hijos. A pesar de mis faltas, Merlyn inculcó en mis muchachos muchas cosas admirables. Mickey Jr., tiene 40 años de edad, David tiene 38, y Danny 34. Ahora, cada vez que invito a mis hijos a salir y comer, me refiero a comer. No a emborracharnos. Voy a tratar de ser un amigo, un socio. Mickey Jr., tiene una hija de cinco años de edad, Mallery y David tiene una nena de cinco meses, Marilyn. Voy a tratar de ser un buen padre y un buen abuelo. Voy a pasar más tiempo con ellos, a demostrarles y decirles que los amo. Mis planes inmediatos son mantenerme tranquilo. Tengo 62 años de edad, y he vivido mucho. Le dije a Joe Garagiola que trabajaría con él en BAT, el Baseball Assistance Team (Equipo de Asistencia del Beisbol), el cual ayuda a los peloteros viejos que tienen dificultades, y me gustaría hablarle a los niños acerca del abuso de las drogas y el alcohol. Se solía decir que yo era un ejemplo, y los niños, y hasta tipos mayores, me admiraban. Tal vez ahora pueda ser un verdadero ejemplo, porque admití que tenía un problema, estuve en tratamiento y me mantengo sobrio, y tal vez pueda ayudar más a las personas que cuando era un pelotero famoso. Me siento más importante como Mickey Mantle ahora que cuando jugaba para los Yanquis. Me dijeron que recibí más cartas que cualquiera en la historia del Betty Ford, 80 % de ellas decía, “Estás en el juego más importante de tu vida, y queremos verte ganar de nuevo”. Si puedo ajustarme a eso, conseguiré su respeto de nuevo, en vez de ser recordado como, “Bien, ahí está de nuevo, y está borracho”. Voy a crear la Mickey MantleFoundation, en memoria de mi hijo Billy. Las personas no creen esto, pero no he sentido la necesidad de beber. Si la muerte de Billy no me hizo beber, entonces nada lo hará. Hace un par de semanas Danny se casó con Kay Kollars, y ese fue otro día de grandes emociones para la familia. No puedo describir la montaña rusa de emociones que he vivido los pasados cuatro meses. He enterrado un hijo y casado otro, y pasé por el Betty Ford. Hay días que parecen nublados. Pero puedo decir que no he necesitado el alcohol para ayudarme a enfrentar la realidad. En el Betty Ford, vi personas quienes habían estado ahí cuatro o cinco veces No quiero ser débil. Prefiero ponerme una pistola en la cabeza que tomar otro trago. Me gusta la idea de tener que estar sobrio en público, sabiendo que las personas me están observando. Ahora no me comprarán tragos. Esperan que yo no beba. Todos esos años viví la vida del alguien a quién no conocía. Un personaje de comiquitas. De ahora en adelante, Mickey Mantle va a ser una persona real. Todavía no puedo recordar mucho de los últimos 10 años, pero por lo que me han contado, de verdad no quiero esas memorias. Me estoy preparando para las memorias que tendré en los próximos 10 años. Estoy golpeando bien la pelota de golf en estos días. Ya no siento las tembladeras. En cuanto mi hígado se recupere y el conteo de plaquetas de mi sangre mejore, voy a tener rodillas artificiales implantadas. Mientras estuve en el Betty Ford, empecé a caminar, y pasé desde 107 kg hasta 102 kg. Tener a los muchachos del Preston Trail y a mi familia y a personas a quienes no había visto en un tiempo diciendo, “Hombre, me alegra que hayas ido al Betty Ford, luces muy bien”, me hace sentir bien. De verdad siento como que gané la Serie Mundial. No puedo esperar a regresar a mi restaurant de Nueva York y ver como reaccionaran cuando ordene una coca cola ligera en vez del “desayuno de campeones”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

martes, 13 de junio de 2017

Cincuentenario del primer juego sin hits ni carreras de Don Wilson.

Astros de Houston 2, versus Bravos de Atlanta 0. No Hitters. Rich Westcott and Allen Lewis. McFarland & Company, Inc. Publishers Jefferson, North Carolina and London. 2000. 418 p. Durante la mayor parte de su carrera, Donald Edward Wilson, tuvo la mala fortuna de lanzar para equipos de los Astros de Houston con marcas negativas que terminaban bien abajo en la tabla de posiciones de la Liga Nacional. Con un equipo mejor el espigado lanzador de poder pudo haber conseguido números muy buenos. Sin embargo, aún con los Astros, sus estadísticas fueron muy respetables. Wilson tuvo números de doble dígito en la columna de juegos ganados durante sus ocho temporadas completas antes de su inesperado deceso en 1975. Fue solo el tercer pitchers de Houston en ganar al menos 16 juegos en una temporada. Nació el 12 de febrero de 1945, en Monroe, Louisiana. Wilson insurgió con el Cocoa en la Florida Rookie League en 1964. Llegó a las ligas mayores al final de la temporada de 1966. Wilson falleció el 5 de enero de 1975, un suicidio, por intoxicación con monóxido de carbono en el garaje de su casa. Totales de grandes ligas: 9 años (1966-1974). 266 juegos. 104 ganados. 92 perdidos. Antes de la temporada de 1967, Don Wilson solo había lanzado un juego en las mayores. Para el momento cuando enfrentó a los Bravos de Atlanta que marchaban en la sexta posición, el domingo 18 de junio de 1967 en el Astrodomo, ya había dado muestras de que era un lanzador a ser tomado en cuenta. El novato de 22 años había ponchado a 13 Gigantes de San Francisco en su salida anterior. Ahora, lanzaría con tres días de descanso, Wilson tenía marca de 3-3 para unos Astros que ocupaban el noveno lugar de la Liga Nacional, ese día enfrentarían al nudillista Joe Niekro ante una multitud de 19.199 personas. Wilson estuvo brillante. Con una recta poderosa, se convirtió en el undécimo novato que lanzaba sin permitir imparables ni carreras, mientras silenciaba a Atlanta con una obra maestra de quince ponches. Wilson caminó a tres mientras enfrentaba solo a treinta bateadores. El rey del jonrón, Hank Aaron, se ponchó tres veces. Wilson lanzó escon de ponches una vez y ponchó dos bateadores en un inning cuatro veces. Ningún Bravo le llegó a segunda base. Wilson retiró los primeros 14 bateadores que enfrentó, empezando en el primer inning cuando dominó a Felipe Alou con roletazo por segunda base, a Tito Francona con elevado al campocorto, y a Aaron con ponche. El lanzallamas de los Astros abanicó a Bob Uecker y a Niekro en el tercer inning, y a Francona y Aaron en el cuarto. En el quinto concedió boleto a Dennis Menke luego de dos outs, pero no pasó de primera base porque Uecker entregó el tercer out con elevado a la izquierda. Para entonces, Houston había sacado ventaja de 2-0 ante Niekro, quien lanzaría un juego sin imparables ni carreras seis años después. Los Astros anotaron en el cuarto inning sin outs, cuando Sonny Jackson sencilleó y anotó con doblete de Jim Wynn. Luego que un sencillo de Rusty Staub lo llevara a tercera base, Wynn anotó con un roletazo de Eddie Mathews que forzó a Staub en la intermedia. Lo más cerca que los Bravos estuvieron de conseguir un imparable fue en el sexto inning cuando, luego de dos outs, Alou bateó un roletazo candente a la izquierda del tercera base Bob Aspromonte. El antesalista de los Astros se lanzó de cabeza y atrapó la pelota, se levantó de un salto y disparó un strike al mascotín de Matthews para completar el out en primera base. Esa fue la única jugada defensiva difícil de los Astros. Wilson concedió boleto a Aaron con un out en el séptimo, pero entonces ponchó a Mack Jones y obligó a Mike de la Hoz a elevar al centro. Menke volvió a negociar boleto para abrir el octavo, pero Wilson apretó el brazo y ponchó los siguientes tres bateadores- quienes fueron los emergentes Rico Carty, Charley Lau y Clete Boyer. Eso llevó a Wilson al noveno inning, a terminar la tarea. Alou abrió el episodio y levantó un elevado detrás el plato ante el cual el cátcher Dave Adlesh giró hacia el lado equivocado y se perdió, pero Aspromonte adelantó desde la antesala y atrapó la pelota a último momento. De seguidas, Francona se ponchó con tres envíos. Entonces vino a batear el peligroso Aaron. El gran toletero se fajó con Wilson hasta la cuenta de 3 y 2, entonces conectó una larga línea en foul por la raya del jardín izquierdo. Con el próximo envío, Aaron abanicó para entregar el out final. Luego el dueño de Houston disolvió el contrato y le dio un aumento de 1000$. Wilson terminó la temporada con marca de 10-9. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

martes, 6 de junio de 2017

Jimmy Piersall, cuya enfermedad mental fue retratada en ‘Fear Strikes Out’ fallece a los 87 años de edad.

Richard Goldstein. The New York Times. 04-06-2017. Jimmy Piersall, el a menudo excéntrico jardinero y comentarista cuya dificultad emocional mientras era novato de los Medias Rojas de Boston fue retratada en la película de 1957 “Fear Strikes Out”, una rara mirada, para la época, a la enfermedad mental de un atleta, falleció este sábado 3 de junio en Wheaton, Ill. Su muerte fue anunciada por los Medias Rojas. Piersall fue un jardinero central sobresaliente, sólido bateador y dos veces integrante del equipo Todos Estrellas, jugó 17 temporadas en las ligas mayores. Pero su carrera casi terminó cuando estaba en pleno apogeo. Considerado el sucesor del jardinero central estrella de los Medias Rojas, Dom DiMaggio, Piersall payaseaba en el terreno en su temporada de novato, 1952, peleaba o simplemente trataba de manera brusca a sus compañeros de equipo y contrincantes; y arengaba a los árbitros. “Yo fui un tipo divertido, un payaso del beisbol, y donde iban los Medias Rojas, los aficionados se agolpaban para verme”, dijo Piersall en su libro de 1955, “Fear Strikes Out”, escrito con Al Hirshberg. El libro fue la base para la película, en la cual Piersall fue interpretado por Anthony Perkins. “Casi todos excepto los Medias Rojas y los árbitros, pensaban que yo era un extravagante”, escribió Piersall. “Mi esposa sabía que yo estaba enfermo, pero no pudo detener mi alocada carrera hacia el colapso mental”. Los Medias Rojas enviaron a Piersall a las ligas menores en junio de 1952, esperando que recuperara el control de sus emociones, pero sus bufonadas continuaron, y debió ingresar a un hospital mental de Massachusetts un mes después. Permaneció hospitalizado por seis semanas, bajo tratamiento para dificultades nerviosas. Piersall regresó a los Medias Rojas en 1953 y pareció haber superado sus demonios emocionales. Pero a menudo regresaba a sus andanzas conductuales en los veranos siguientes, principalmente en junio de 1963, cuando jugando para los Mets, luego de batear el centésimo jonrón de su carrera, recorrió las bases en sentido normal pero de espaldas. Cuando terminaron sus días como jugador activo, tuvo problemas con sus jefes por sus comentarios imprudentes como comentarista e instructor. Al no resistir la conmoción, Piersall le buscó un lado positivo. “Probablemente la mejor cosa que me ocurrió fue volverme loco”, escribió él, con Richard Whittingham, en el inicio de su memoria de 1985 “The Truth Hurts”. “Eso llevó a las personas al estadio para verme”. James Anthony Piersall nació el 14 de noviembre de 1929, en Waterbury, Conn. Su padre, John, un pintor de casas, lo animó para que practicara deportes, pero tenía un temperamento volátil, a menudo era brusco y exigente, recordó Piersall. Su madre, cuyo nombre de soltera era Mary Williams, tuvo estadías intermitentes en hospitales mentales. Luego de destacar en beisbol y baloncesto en la escuela secundaria, Piersall firmó con la organización de los Medias Rojas en 1948. Durante tres temporadas en las menores, a menudo estaba agitado, temía fallar. Jugó brevemente con los Medias Rojas al final de la temporada de 1950, luego regresó a las menores. Para el momento cuando llegó al entrenamiento primaveral de 1952, sus miedos habían empeorado, y se había convencido de que los Medias Rojas esperaban que él fallara cuando lo cambiaron al campocorto desde los jardines. Jugó bien el campocorto, y entretuvo a los aficionados con sus arrancadas, incluyendo su acoso al legendario pitcher, Satchel Paige, entonces con los Carmelitas de San Luis, mediante gestos alocados en las bases. Pero virtualmente tenía antagonismos con todos al confrontar a sus compañeros de equipo con sus bufonadas, sus lenguaradas contra los árbitros y su imitación del modo de desplazarse de DiMaggio, el cual Piersall describió en “Fear Strikes Out” como “de pies arrastrados, con las piernas casi rígidas desde las rodillas hacia abajo”, mientras “movía sus brazos como aleteando en cada paso”. Peleó con Billy Martin de los Yanquis y con el pitcher de los Medias Rojas, Mickey McDermott, y lloraba en el dugout cuando el manager Lou Boudreau no lo ponía en la alineación abridora. Cuando la conducta disruptiva de Piersall continuó luego que fuera enviado al equipo granja de Birmingham, fue persuadido por los Medias Rojas y su esposa, Mary, para que se sometiera a tratamiento psiquiátrico. A principios de 1955, Piersall colaboró con Mr. Hirshberg en un artículo de dos partes para The Saturday Evening Post, titulado “They Called Me Crazy, And I Was!” (“Me llamaban el loco, ¡y lo era!”) el antecedente de su memoria “Fear Strikes Out”. “La valiente descripción de Mr. Piersall de sus dificultades con la depresión maníaca, ahora llamada desorden bipolar, ayudó a sacar de las sombras a la enfermedad y su tratamiento”, escribió el Dr. Barron H. Lerner, profesor de medicina y salud poblacional en el New York University Langone Medical Center, en The New York Times en 2015. “Eso fue realmente un acontecimiento hace 60 años”. La batalla de Piersall con el desorden bipolar, la cual se caracteriza por cambios extremos que incluyen altibajos emocionales, por lo cual él fue tratado con litio, fue dramatizada en televisión en 1955 cuando Tab Hunter lo interpretó como parte de la serie de CBS “¡Climax!” y en una película de Hollywood dos años después. Karl Malden personificó a su padre en la película. En un artículo que escribió para The New York Times, Bosley Crowther calificó a la película “Fear Strikes Out” como “una gran película psicológica” al describir la relación de Piersall con un padre obsesionado con que su hijo se convirtiese en pelotero de grandes ligas. “Odié la película”, escribió Piersall en su memoria de 1985. Perkins, dijo él, hizo una buena actuación pero pareció torpe tratando de jugar beisbol. Piersall reiteró que la película incluyó eventos que nunca ocurrieron, y que él nunca culpó a su padre por sus dificultades. Piersall tuvo un promedio de bateo vitalicio de .272 con 104 jonrones, al jugar para los Medias Rojas, Indios de Cleveland, Senadores de Washington, Mets y los Angelinos de Los Angeles y California. Participó en el juego de estrellas en 1954 y 1956 y ganó el guante de oro en 1958 y 1961. Los momentos tumultuosos continuaron cuando Piersall se convirtió en comentarista de los Medias Blancas de Chicago, compartiendo con Harry Caray. Golpeó a un periodista deportivo de un diario de los suburbios de Chicago, insultó a la esposa de Bill Veeck cuando este era dueño del equipo, y no dudó en criticar a los peloteros de los Medias Blancas. Luego fue instructor de jardineros en ligas menores con la organización de los Cachorros de Chicago, pero fue despedido en 1999 luego de hacer comentarios que parecieron criticar a la gerencia del equipo. Los sobrevivientes de Piersall incluyen a su esposa, cuyo nombre de soltera fue Janet Weber Jones; nueve hijos de su matrimonio con la primera esposa, Mary Teevan, el cual terminó en divorcio, y muchos nietos y bisnietos. Más de medio siglo después de su falla, Piersall aún trabajaba en un programa deportivo radial en Chicago. “Soy el albatros que caminaba hacia el banco”, le dijo a The Plain Dealer de Cleveland en 2001. “Me va mejor que a la mayoría de esos tipo quienes dijeron que estaba loco”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

martes, 30 de mayo de 2017

La visita de los Dodgers le recuerda al periodista su campo de los sueños.

Dodger Stadium era el cielo para el reportero de beisbol del Times, Larry Stone, cuando era adolescente en el sur de California. Fue fánatico de los Dodgers de niño, aupaba a Sandy Koufax, Willie Davis y el resto de sus héroes. Larry Stone. The Seattle Times. 09-06-2012. Tengo un amigo de la infancia con quien compartí los vientos llenos de smog de Los Ángeles (para robar una frase de Frank Zappa), quien me envía mensajes de texto o correos electrónicos periódicos con seis simples palabras. “Estoy de vuelta en el cielo”. Esa es nuestra palabra código para Dodger Stadium, cielo. Para ambos, el estadio de Chavez Ravine, con las resplandescientes montañas de San Gabriel al fondo (en un día claro), todavía tiene un poder mítico y místico. Cada vez que regreso, me transporto a mi niñez en Whittier, Calif., en la década de 1960, cuando mi vida giraba alrededor del beisbol de los Dodgers, cuando estaba pendiente de cada pitcheo de Sandy Koufax, cada turno al bate de Wes Parker, cada robo de Maury Wills, cada atrapada en movimiento de Willie Davis. Con los Dodgers en Seattle para una de sus intermitentes visitas, puedo decir con honestidad que cada vestigio de interés por aupar a los Dodgers se disipó hace mucho tiempo, víctima del paso del tiempo, mi reubicación y 30 años en un trabajo que machaca la necesidad de ser imparcial. Este es el último sacrilegio para alguien quien sangró azul Dodger en sus años formativos, en realidad tengo más afinidad por los odiados Gigantes, por haber pasado 10 años cubriendo ese equipo desde mediados de los ’80 hasta mediados de los ’90. Mis mayores disculpas a John Roseboro, que descanse en paz. (La sanción por el batazo que recibió de Juan Marichal fue muy suave, ¡¡¡la suspensión fue solo de ocho días!!!, pero eso es otra historia). Lo que no ha desaparecido, y nunca lo hará, es la profunda conexión emocional que tengo con los Dodgers de esa época. Matt Kemp y Clayton Kershaw no significan nada para mí, excepto que son la personificación de lo mejor que ofrece el beisbol moderno. Ah, pero Billy Grabarkewitz (el corajudo pequeño Billy G.), Sweet Lou Johnson, Willie Crawford (cuya voz alta y estridente hacia un contraste divertido con la grave y profunda de Davis) esos nombres, y todos los otros, aun resuenan con honda significación, conjurando agradables imágenes mentales hasta este día. Mi experiencia con los Dodgers se extiende desde 1963, cuando aún con seis años de edad quedé emocionado con la barrida a los poderosos Yanquis en la Serie Mundial, hasta la banda de Garvey-Lopes-Russell-Cey a mediados de los años ’70. Entonces fui a la universidad, Cal-Berkeley, profundo en el país de los Gigantes, y todo fue cuesta abajo desde allí, la vida me llevó cada vez más lejos de mis días maravillosos con los Dodgers. Los episodios subsecuentes de la historia de los Dodgers, los últimos días de la era Tommy Lasorda, la Fernandomanía, el jonrón de Kirk Gibson, la explosión de Eric Gagne, la resurrección de Don Mattingly, los he visto con creciente desapasionamiento, para frustración de algunos de mis amigos de aquellos días. En algún momento, no puedo precisar cuando, los Dodgers se convirtieron en un equipo más para mí. Eso ocurre, particularmente a los niños que se convierten en periodistas deportivos. Pero las memorias de la niñez son cosas poderosas, difíciles de borrar. Cuando empecé a cubrir a los Gigantes y Ron Fairly era uno de sus comentaristas, no perdí la preciosa oportunidad de que me contara las historias de Sandy, Don Drysdale y Tommy Davis. Y Ron, cuyos años formativos como pelotero ocurrieron en aquellos equipos de los Dodgers, estuvo feliz de complacerme, un hábito que continuó cuando nos mudamos a Seattle. Llamé a Ron esta semana para tratar de buscar una explicación de porqué aquellos Dodgers eran tan especiales, más allá de que yo era un niño impresionable. No estoy diciendo que esta sea una historia única, ha ocurrido a lo largo del país, a través de las generaciones, desde Fenway Park hasta Wrigley Field hasta Camden Yards. Ahora en Safeco Field, los niños viven los momentos de los Marineros que se convertirán en la nostalgia de 2035. Es parte de la belleza del beisbol. Pero creo que había cierto romance con aquellos Dodgers, trasplantados desde Brooklyn hasta el pleno Hollywood en su manifestación más glamorosa. Fairly recuerda que era un lugar común ver a Frank Sinatra, Dean Martin, Jackie Gleason y otras innumerables celebridades en Dodger Stadium cuando fue inaugurado en 1962. “Si estabas con los Dodgers en aquellos primeros días, a cada lugar donde ibas, las personas sabían quien eras”, dijo él. “Era una época muy excitante. Yo estaba emocionado por compartir con los Duke Snider, Gil Hodges, Carl Furillo, Pee Wee Reese. Entonces nos mudamos a Dodger Stadium y tienes a Cary Grant en las tribunas”. Una vez, Clint Eastwood participó en el juego anual de softbol “Hollywood Stars”. No tenía guante, así que consiguió un prestado con Fairly, otro zurdo. Hace unos diez años, estaban juntos en un torneo de golf. Fairly fue a saludarlo. “Todavía tengo tu guante”, dijo Eastwood. Le pedí a Fairly que me contara su mejor anécdota de Koufax. Me contó una acerca de Pete Richert, un relevista largo de los Dodgers, quien solía parrandear la noche anterior a una apertura de Koufax. Despues de todo, ¿quien iba a necesitar un relevo largo con Koufax en el montículo? Así que un día muy caluroso, eso ocurre, Koufax tuvo dificultades al comienzo del juego. El manager de los Dodgers, Walter Alston, llama al bullpen, que Richert empiece a calentar. Koufax sale del lío, pero en el inning siguiente vuelve a tener problemas. Vuelven a poner a calentar a Richert. Mientras tanto Alston va al montículo, donde se reúne con Koufax y el primera base Fairly. “¿Cómo te sientes, Sandy?” pregunta Alston. Fairly: “Sandy dice, ‘Mejor que el tipo que tienes calentando’. Walt giró y empezó a caminar, y ganamos el juego para Sandy”. Está bien, lo admitiré, disfruto mucho esos cuentos. Todavía recuerdo la vez cuando Fairly me dijo que en ciertos juegos, con ciertos pitcheos, con pocas personas en las tribunas, él podía oir, desde su posición en primera base, como la pelota sonaba en los dedos de Koufax cuando la soltaba, era una especie de soplido. Le pregunté una vez más para escuchar la historia otra vez. “Eso solo ocurrió tres o cuatro veces”, dijo Fairly. “Recuerdo un día en Wrigley Field, solo había como 7,000 personas en las tribunas, oyendo ese pequeño sonido, casi como un pequeño mordisco con el extremo de sus dedos. Estaba parado ahí y me dije, ‘Dios mío, ¿quien puede batear eso? Nunca le oi eso a nadie más”. ¿Mencioné como disfrutaba eso? Ron y yo estuvimos de acuerdo en que el legado de los Dodgers había sido degradado por el desastroso régimen de Frank McCourt, y eso nos entristece. “Todavía hay muchos fanáticos de los Dodgers, pero no es como antes”, dijo él. No lo es, excepto por un nexo glorioso de mi pasado Dodger (y cada aficionado de los Dodgers de varias generaciones pasadas) con el presente de los Dodgers, el maravilloso narrador Vin Scully, quien no viajó a Seattle pero todavía permanece fuerte en su temporada 63 detrás del micrófono. Recuerdo ir a los juegos de los Dodgers en mi juventud y escuchar la voz de Scully reverberar alrededor del estadio. Cada quien llevaba su radio transistor para oir a Scully narrar el juego que veian, el mejor homenaje para un narrador. “Yo también lo escuchaba desde el círculo de prevenidos al bate”, rió Fairly. “Hasta donde sé, si hicieran un concurso para escoger el mejor narrador de todos los tiempos, Vin terminaría de primero, segundo y tercero”. Escuchar a Scully hoy, lo cual es muy fácil debido a la radio satelital y a las facilidades de internet, es lo más cercano que puedo estar de regresar a aquellos días de la juventud. A veces, de verdad creo que Vinny seguirá narrando los juegos de los Dodgers por siempre. Eso es el cielo. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

lunes, 29 de mayo de 2017

Jim Bunning, Pitcher del Sálon de la Fama y Senador de grandes características oratorias, Fallece a los 85 años de edad.

Richard Sandomir. The New York Times. 27 de mayo de 2017. "...lanzar un juego sin hit ni carrera es como manejar un carro a toda velocidad en una bajada, maniobras el volante, mueves la palanca de los cambios de velocidad, pisas el pedal del freno hasta el fondo, cuando el olor de liga de freno impregna la cabina y piensas en lo inevitable, el carro se detiene como por arte de magia a centímetros de la pared de ladrillos". Jim Bunning. Jim Bunning, el pitcher del Salón de la Fama quien lanzara un juego perfecto y luego forjara una segunda carrera como congresista y senador conservador de Kentucky, falleció este viernes 26 de mayo en el area de Fort Thomas, Ky. Su muerte fue confirmada por el Muehlenkamp-Erschell Funeral Home de Fort Thomas. Había tenido un infarto en octubre pasado. Pitcheó por 17 temporadas, principalmente con los Tigres de Detroit y los Filis de Filadelfia, Mr. Bunning dominaba a los bateadores con sus envíos por el lado de su brazo derecho. Fue el segundo pitcher, después de Cy Young, en ganar al menos 100 juegos, lograr al menos 1000 ponches y lanzar dos juegos sin hits, uno en la Liga Americana y otro en la Nacional. Cuando se retiró, luego de la temporada de 1971, sus 2.855 ponches eran segundos solo de los 3.509 de Walter Johnson. Mr. Bunning lanzaba rectas, curvas y sliders desde una contextura espigada, buscaba intimidar a los bateadores con una intensidad que sería su carta de presentación en su estadía en el congreso. Larry Bowa, el campocorto por mucho tiempo de los Filis, recordó una vez un juego que Mr. Bunning lanzó en Montreal a principios de la década de 1970 cuando “los Expos tenía a Ron Hunt, un tipo a quien le gustaba agarrar pelotazos”. “Bien, Bunning le lanzó una curva por el lado del brazo, Hunt nunca se movió y resultó golpeado”, le dijo Bowa a The Philadelphia Enquirer. “La pelota rebotó hacia el montículo y Bunning la tomó. Miró fijo a Hunt y dijo: ‘Ron ¿quieres ser golpeado? Te golpearé la próxima vez’. Y la próxima vez, bam. Una recta se incrustó en sus costillas, ‘Bien, ahora puedes ir a primera base’”- Mr. Bunning lanzó un juego sin hits ni carreras contra los Medias Rojas de Boston en Fenway Park el 20 de julio de 1958, al retirar a Ted Williams para el out final. Su juego perfecto fue el primero de la Liga Nacional en 84 años y el primero en las grandes ligas desde que Don Larsen de los Yanquis, lanzara uno contra los Dodgers de Brooklyn en la Serie Mundial de 1956. Mr. Bunning retiró los 27 bateadores de los Mets en Shea Stadium, el 21 de junio de 1964, en el primer juego de una doble cartelera del Día del Padre, ponchó al emergente John Stephenson para alcanzar el out final. El único pelotero del Salón de la Fama que ha trabajado en el congreso, Mr. Bunning fue ingresado a Cooperstown por el Comité de Veteranos en 1996. Luego de servir como líder en el senado del estado de Kentucky, Mr. Bunning fue electo a la House of Representatives en 1986. Sirvió seis períodos en esa institución, entonces fue electo al Senado en 1998 y reelecto en 2004. Hablaba de gastos e impuestos y mostraba gestos contrariados en el Senado mientras recibía atención nacional por algunas declaraciones extrañas. Mientras competía por un segundo período en el Senado, Mr. Bunning dijo que su oponente demócrata, Daniel Mongiardo, se parecía a un hijo de Saddam Hussein. Mr. Bunning también dijo que él y su esposa habían sido asediados por seguidores de Mr. Mongiardo en un evento político, y lo llamaron “pequeño doctor verde tocando mi espalda”. Aunque el presidente George W. Bush ganó fácilmente la elección presidencial de 2004 en Kentucky, Mr. Bunning apenas sobrevivió el reto demócrata a su escaño. Mientras discutía la necesidad de jueces conservadores en una cena en Kentucky, en febrero de 2009, Mr. Bunning notó que Justice Ruth Bader Ginsburg, una miembro del ala liberal de la Corte Suprema, se había sometido a cirugía por un cáncer de páncreas pocos días antes. “Aún cuando fue operada, usualmente los que sufren esa enfermedad lo máximo que viven son nueve meses”, dijo él. Él se disculpó por sus declaraciones acerca del Dr. Mongiardo y Justice Ginsburg. Crítico de las políticas de la Federal Reserve Board, Mr. Bunning fue el único miembro del Senado en votar contra la confirmación de Ben S. Bernanke como director de la Fed en 2006. Fue un acérrimo oponente de la legislación de salud del Presidente Barack Obama, pero fue él único senador en faltar a la reunión final de ese tema, el cual fue aprobado por 60-39, en una votación dividida. Un vocero dijo que el senador tenía compromisos familiares. Mr. Bunning presentó objeciones de procedimiento a un asunto relacionado con los beneficios de los desempleados a principios de 2010 mientras demandaba que eso fuese financiado con el programa de estímulo económico, y su único voto retrasó la aprobación. Durante el debate, él se quejó acerca de perderse un juego de baloncesto entre Kentucky y Carolina del Sur. Su colega republicano de Kentucky, Mitch McConnell, entonces el líder de la minoría del Senado, declinó apoyarlo para un tercer período, en medio de la preocupación de algunos colegas republicanos acerca de su habilidad para recaudar fondos y la caída de su popularidad en casa. Cuando The New York Times le preguntó en marzo de 2009 si se sentía traicionado por algunos colegas republicanos, Mr. Bunning replicó: “Cuando has lidiado con Ted Williams y Mickey Mantle y Yogi Berra y Stan Musial, las personas con quienes trato están por debajo del nivel”. Mr. Bunning había planeado lanzarse otra vez a las elecciones en 2010, pero en lugar de eso se retiró. James Paul David Bunning Jr. nació el 23 de octubre de 1931, en Southgate, Ky., hijo de un hombre de negocios, y creció en Fort Thomas, un suburbio de Cincinnati. Pitcheó para Xavier University en Cincinnati, luego firmó con la organización de los Tigres en 1950. Mientras estaba en las menores, recibió un grado de licenciatura en administración de empresas de Xavier. Mr. Bunning pitcheó para los Tigres desde 1955 hasta 1963, cuando fue cambiado a los Filis. Lanzó su juego perfecto en 1964, la temporada conocida por el colapso de los Filis en la semana final, cuando los Cardenales de San Luis los rebasaron para ganar el banderín de la Liga Nacional. Esa fue la vez cuando Mr. Bunning estuvo más cerca de ir a la Serie Mundial. Participó en la aparición del sindicato de peloteros en los años ’60, al unirse a Robin Roberts y Harvey Kuenn para reclutar a Marvin Miller, el economista de los trabajadores del acero, como director ejecutivo del sindicato. Mr. Bunning fue cambiado a los Piratas de Pittsburgh en 1967, luego lanzó para los Dodgers de los Angeles, entonces regresó a los Filis en 1969. Solo tuvo una temporada de 20 triunfos, cuando dejó marca de 20-8 con los Tigres en 1957, pero tuvo cuatro temporadas de 19 victorias y fue siete veces al juego de estrellas. Tuvo una marca vitalicia de 224-184 con efectividad de 3.27. Dirigió en el sistema de ligas menores de los Filis y trabajó como corredor de bolsa antes de llegar a la escena política nacional. Mr. Bunning y su esposa, Mary, quien le sobrevive, tuvieron cinco hijas, cuatro hijos y muchos nietos y bisnietos. Una lista de sobrevivientes no estuvo a la mano de inmediato. En su discurso de despedida del Senado en diciembre de 2010, Mr. Bunning defendió su estilo abierto de hablar. Parado frente al escritorio una vez ocupado por Henry Clay de Kentucky, uno de los grandes nombres en la historia del Senado, Mr. Bunning citó otro ambiente para ilustrar su punto. “He sido abucheado por 60.000 fanáticos en Yankee Stadium parado en el montículo de lanzar, así que nunca me ha preocupado pararme solo aquí en el congreso porque siempre lo hice por mis convicciones y valores”, dijo él. “También pienso que ser capaz de lanzar una curva no es algo de lo que deba avergonzarse un político”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

martes, 23 de mayo de 2017

Steve Palermo, el árbitro cuya carrera terminó a causa de una bala, fallece a los 67 años de edad.

Richard Sandomir. The New York Times. 15-05-2017. Steve Palermo, cuya carrera como árbitro de beisbol en las grandes ligas finalizó cuando recibió un disparó que le paralizó parcialmente en 1991 luego de intervenir para auxiliar a la víctimas de un atraco en las afueras de un restaurant en Texas, falleció este domingo 14 de mayo en Overland Park, Kan. Su esposa, Debbie, dijo que la causa fueron complicaciones de cáncer de pulmón. Mr. Palermo estaba en su décimo quinta temporada como árbitro de la Liga Americana, con la reputación de ser uno de los mejores sentenciando bolas y strikes. El 6 de julio, luego de arbitrar en tercera base durante un juego entre los Angelinos de California y los Rangers de Texas en Arlington, Tex., él fue a cenar al Campisi’s Egyptian Restaurant de Dallas. Cuando el empleado del bar notó que dos meseras eran golpeadas y robadas por atracadores en el estacionamiento, Mr. Palermo y otros cinco hombres salieron a detenerlos. Dos asaltantes escaparon con un chofer, mientras Mr. Palermo y un amigo perseguían a un cuarto hombre. Luego que el hombre fue sometido, sus cómplices regresaron en su carro, y uno disparó hacia el grupo con una pistola calibre .32. La bala que impactó a Mr. Palermo “me dio por encima de la correa y atravesó mi cuerpo”, le dijo al programa “Only a Game” de NPR este año. “E instantáneamente quedé paralizado. Estaba como fundido sobre el pavimento. Supe de inmediato, que aquello era serio”. Despues de la cirugía, su médico le dijo que era poco probable que volviera a caminar. Él rechazo el diagnóstico, con la esperanza de que volvería a arbitrar. Despues de tres meses de rehabilitación, él usó muletas y soportes en las piernas, para caminar sobre el terreno del Hubert H. Humphrey Metrodome de Minneapolis, donde hizo el primer lanzamiento antes del juego inicial de la Serie Mundial. “Que yo quisiera irme del beisbol, es una cosa”, dijo él ese día, y agregó, “Pero que alguien me lo quite de esta manera, no es justo”. Y, le dijo a The St. Paul Pioneer Press, “Espero ser abucheado otra vez”. Nunca arbitró otra vez, pero caminaría con bastón. “Tuvo dolor crónico por 26 años, pero lo disimulaba bien”, dijo su esposa, quien se casó con él cinco meses antes del tiroteo, en una entrevista. Fue contratado en 1994 por Major League Baseball como asistente especial de Bud Selig, director del consejo ejecutivo de las ligas mayores (su título antes de ser elegido comisionado), para estudiar la longitud de los juegos, todavía un problema del beisbol. También trabajó a medio tiempo como analista de MSG Network para los juegos de los Yanquis, desde 1995 hasta 1997. En 2000, MLB lo contrató como supervisor de árbitros, una posición que mantuvo hasta la muerte. Stephen Michael Palermo nació en Worcester, Mass., el 9 de octubre de 1949. Su padre, Vincent, fue director de escuela primaria, y su madre, quien de soltera respondía al nombre de Angela Gentile, era ama de casa. Ganaba algun dinero arbitrando juegos locales mientras asistía a la escuela secundaria. Un día, mientras oficiaba un juego de estrellas de pequeñas ligas cuando tenía como 19 o 20 años, fue descubierto por Barney Deary, administrador del programa de desarrollo de árbitros de MLB. Su entrada a la escuela de arbitraje de Florida a los 21 años de edad, terminó una carrera universitaria durante la cual había estudiado educación en tres instituciones. Avanzó rápidamente a través de las ligas menores y fue contratado a tiempo completo por la Liga Americana en 1977. “Fue un árbitro muy bueno, de mentalidad muy seria”, dijo Ted Hendry, quien trabajó con él en la Liga Americana. “Era justo, y sabía estar a la altura de las circunstancias cuando un manager se enojaba”. Mr. Palermo fue el árbitro de tercera base en el Fenway Park de Boston, el 2 de octubre de 1978, en el juego de playoff entre los Yanquis y los Medias Rojas. Cuando Bucky Dent de los Yanquis bateó un jonrón de tres carreras sobre el monstruo verde en el séptimo inning, para adelantar a su equipo, Mr. Palermo indicó que la pelota estaba en zona buena. Después del juego, su padre, fanático de los Medias Rojas, le reclamó. “¿Por qué no sentenciaste foul esa pelota? Preguntó su padre, de acuerdo a un artículo de Joe Posnanski en MLB.com. “Esa pelota fue buena como por seis metros”, dijo Steve Palermo. “¿Y?” dijo su padre. Mr. Palermo también fue parte del cuerpo arbitral de la Serie Mundial de 1983, cuatro series de campeonato de la Liga Americana, el juego de estrellas de 1986, y el juego sin hits ni carreras de Dave Righetti con los Yanquis el 4 de julio de 1983. Además de su esposa, cuyo nombre de soltera fue Debbie Aaron, a Mr. Palermo, quien vivía en Leawood, Kan., le sobreviven su madre; sus hermanas Anne Palermo y Linda Palermo LaFleche; y sus hermanos Jim, John y Michael. Un matrimonio anterior terminó en divorcio. Mr. Palermo dijo que no lamentaba la acción que terminó su carrera de arbitraje, y que esperaba que otros hubiesen hecho lo mismo si su esposa estuviera siendo atacada. Si él tuviese que decir que no lo haría otra vez, declaró a MLB.com, “Eso significaría que cometí un error. No puedo admitir que eso fue un error”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

viernes, 5 de mayo de 2017

Rindiendo Homenaje a un Amigo Aficionado, en los Baños de cada Estadio de Beisbol.

Corey Kilgannon. The New York Times. 01 de mayo de 2017. Los Mets de Nueva York derrotaban 2-1 a los Filis de Filadelfia, despues de dos innings cuando Tom McDonald se levantó de su asiento en el palco superior de Citi Field. Era el llamado de la naturaleza, y también de la promesa a su amigo de la niñez y seguidor de los Mets, Roy Riegel, cuya muerte hace nueve años dejó a Mr. McDonald, 56, con el compromiso de rendir honor a sus lazos beisboleros de una manera poco convencional: dispersando las cenizas de Mr. Riegel en todos los estadios del país. Mas inusual es su método: desecharlas en las pocetas de los baños en los estadios durante los entre-innings. “El juego tiene que estar en proceso, esa es mi regla”, dijo Mr. McDonald una noche de semana reciente antes de entrar a un baño del Citi Field, sosteniendo un botellita de plástico con una muestra de los restos cremados de Mr. Riegel. Él se paró en el compartimiento del baño y esparció las cenizas en la poceta con tanto decoro como lo permitió el lugar. Un par activaciones de flujo de agua más tarde, los restos de Mr. Riegel estuvieron viajando a través de las cañerías de Citi Field. “Me hice cargo de Roy, y tuve que utilizar las facilidades”, dijo Mr. McDonald, al salir del compartimiento con el envase vacío. “Así que, maté dos pájaros de un tiro”. “Siempre aplico varios flujos de agua”, añadió él. “Esa es otra de mis reglas”. La clave es que Mr. Riegel era plomero, por lo cual, que mejor honor que bombear sus cenizas por la plomería, dijo Mr. McDonald, y agregó que él había hecho fluir las cenizas de Mr. Riegel en 16 estadios hasta el momento y lleva un registro de esos viajes. “Sé que las personas podrían pensar que esto es loco, y si fuesen las cenizas de alguien más, estaría de acuerdo”, dijo él. “Pero tratándose de Roy, este es el homenaje perfecto para un plomero, un aficionado al beisbol y un tipo brillante y locuaz”. Mr. McDonald, quien también responde al apodo de Porky, es un trabajador recién jubilado de la oficina de New York City Transit Authority quien ha escrito alrededor de 3000 poemas, la mayoría de ellos sobre beisbol, a menudo viaja a los estadios a través del país para inspirarse. Sin educación universitaria o instrucción formal como escritor, él ha cultivado un estilo accesible de aficionado que le debe mucho a su niñez en Astoria Queens, cerca de donde juegan los Mets, lo cual queda en Flushing. Mr. McDonald y Mr. Riegel crecieron a una cuadra de distancia y asistieron juntos a incontables juegos en Shea Stadium, el cual cerró en 2008. Como adolescentes, corrieron jubilosos sobre el terreno cuando los Mets vencieron a los Rojos de Cincinnati en el quinto juego de la serie de campeonato para ganar el banderín de la Liga Nacional en 1973. También sufrieron a través de muchas temporadas perdedoras. Mr. McDonald no pudo contener las lágrimas cuando le pidió a la familia de Mr. Riegel una porción de sus cenizas poco después de su muerte en 2008. Originalmente había planeado solo dispersarlas en los estadios y otros lugares impactantes. Él frotó las cenizas suavemente en el asfalto del patio de la Public School 70 de Astoria, donde los dos jugaron caimaneras de beisbol, futbol americano y hockey con patinetas. Las esparció orgullosamente en un lugar marcado de Lower Broadway donde la ciudad conmemora el desfile de los Mets luego de su victoria en la Serie Mundial de 1969. También las espolvoreó sobre la ubicación original del home plate de Shea Stadium, la cual está indicada por un marcador en el estacionamiento de Citi Field. Pero dispensar las cenizas en algunos estadios trajo problemas. El primer intento de Mr. McDonald, en un juego de los Piratas de Pittsburg en 2009 en PNC Park, se encontró con una ráfaga de viento, recordó Adam Boneker, 46, un amigo quien ha acompañado a Mr. McDonald en muchos de sus viajes a los estadios para lanzar las cenizas. “Eso fue feo”, recordó Mr. Boneker, y agregó que resolvieron tratar en un juego de los Mellizos de Minnesota en el Metrodomo de Minneapolis, pero, una vez ahí, se dieron cuenta que un estadio cerrado no era el lugar apropiado. Despues, en una taberna irlandesa cercana, un frustrado Mr. McDonald pidió permiso para usar el baño. Regresó sonriente y declaró triunfal, “Cumplí con Roy”, recordó Mr. Boneker. Mr. McDonald había hecho fluir las cenizas en el baño. “Allí me sentí afectado”, dijo Mr. McDonald. “Despues de eso, me tomó una vida salir de ahí”. En los años siguientes, él, a menudo acompañado de Mr. Boneker, hizo fluir las cenizas en los estadios de Arizona, Atlanta, St. Louis, Kansas City, Mo., Toronto, Detroit, Cincinnati, Baltimore. En Cleveland, las cenizas de Mr. Riegel fueron drenadas en Progressive Field y el Rock & Roll Hall of Fame, porque Mr. Riegel era un rockero devoto. En Chicago, Mr. McDonald las hizo fluir en un juego de los Medias Blancas pero no en uno de los Cachorros, los viejos adversarios de los Mets en la Liga Nacional. “Es divertido, no a título de chiste, sino divertido que fuese exactamente como Roy lo hubiera querido”, dijo Mr. McDonald. A través de los años, un amplio círculo de amigos de Mr. McDonald se ha mantenido al día con las últimas descargas. “Eso se convirtió en una especie de chiste íntimo: ¿Cuál es el mejor lugar para las cenizas de Roy?” dijo Mr. McDonald, cuya amistad con Mr. Riegel abarcó desde el Pack 65 de los boys scouts hasta la adultez cuando la diversión se mudó a los bares locales. Mr. Riegel fue un “gran rumbero”, dijo Mr. McDonald, y “caminó por la cuerda floja del genio y lo insano”. La vida agitada le pasó factura, y falleció a los 48 años el 8 de abril de 2008, el día del juego inaugural de los Mets en la temporada final de Shea Stadium. Mr. McDonald asistió al juego sin Mr. Riegel y regresó a casa para encontrarse con que su amigo había fallecido. Se sentó y escribió “Una inauguración final, de hecho”, un poema acerca de como el comienzo de cada temporada de beisbol renovaba su amistad de la niñez. “Cada abril, eramos una vez más, muchachos en constante conexión especial”, escribió Mr. McDonald, quien leerá sus poemas el próximo mes en un simposio del National Baseball Hall of Fame de Cooperstown, NY. En el apartamento tipo estudio de Mr. McDonald en Astoria, lleno de pelotas de beisbol y otras memorabilias, el conserva las cenizas restantes de Mr. Riegel en un pote de maní Planters, cercana a un grupo de videos de Series Mundiales y la colección de Mr. McDonald de 149 pelotas autografiadas por inquilinos del Salón de la Fama. Para cada viaje, Mr. McDonald trasvasa cucharadas de cenizas a un frasco vacío de Advil desde el pote, cuyo exterior está forrado con boletos viejos de juegos de los Mets. Dijo que le quedaba suficiente para un homenaje más, el cual planea hacer en Durham Athletic Park, el antiguo estadio de ligas menores de Carolina del Norte donde fue filmada la película de 1988, “Bull Durham”. El hermano menor de Mr. Riegel, Hank Riegel, de Waterloo, NY, llamó al método de Mr. McDonald de dispersar cenizas, apropiado, dada la visión poco convencional de la vida de su hermano. “Él hubiera dicho, ‘Está bien hazlo’”, dijo Hank Riegel. “Definitivamente lo hubiera aprobado. Roy no seguía las reglas”. Por años, Mr. McDonald se consoló de que al menos Mr. Riegel no tuvo que ver la demolición de su querido She Stadium. Solo recientemente decidió que Citi Field merecía las cenizas de Mr. Riegel. Y así fue que con una sonrisa punzante él lanzó la botella de Advil en la papelera del baño de Citi Field la otra noche y regresó a su asiento del palco superior. “Sé que él está disfrutando todo esto”, dijo Mr. McDonald. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

jueves, 20 de abril de 2017

Por qué entrevistar a Sandy Koufax hizo que este periodista se sintiera más nervioso que nunca antes.

Ed Sherman y Jewishbaseballmuseum.com. 18 de mayo de 2016. El periodista deportivo Jeff Passan pasó hace rato la etapa de su carrera cuando se sentía ansioso ante la inminencia de entrevistar a un atleta famoso. Pero Sandy Koufax era diferente. Fue un momento especial para Passan, el periodista de beisbol principal de Yahoo Sports. Una parte de él sintió que estaba de vuelta en la escuela hebrea, impresionado por la noción de conversar con la leyenda deportiva judía. “Estaba más nervioso por esa entrevista de lo que había estado antes”, dijo Passan. “No quería echarla a perder”. La entrevista es parte del excelente nuevo libro de Passan, “The Arm: Inside the Billion-Dollar Mystery of the Most Valuable Commodity in Sports”. Esta es la revision que hice para Chicago Tribune. Altamente recomendada. El libro trata de una epidemia del beisbol, todos esos pitchers que se someten al bisturí de la cirugía Tommy John. Desafortunadamente, esta operación no existía en los días de Koufax. De haber existido podría haber evitado que él se retirara en el apogeo de su carrera, a la edad de 30 años. En el libro, Passan detalla todo lo que experimentaba Koufax para subir al montículo. Solo con leerlo uno se asombra. Passan escribe: “El día antes, el propio día, y el día después de sus aperturas, Koufax se tomaba una cápsula blanca y anaranjada de butazolidina, un tipo de fenilbutazona, un antiinflamatorio originalmente indicado para caballos y considerado totalmente contraindicado para consumo humano. Él amortiguaba el dolor con una aspirina que contenía codeína”. “Luego, antes que Koufax saliera a pitchear, el cuerpo de fisioterapistas de los Dodgers se ponía guantes de látex, dispensaba una generosa cantidad de Caposlin, un bálsamo traslúcido, y la aplicaba en el hombro y la espalda de Koufax. Caposlin era más una declaración de guerra que un alivio, consistía de 3 por ciento de capsicina pura, el ingrediente activo del ají picante, junto con turpentina, aceite de alcanfor y otros elementos que castigaban el cuerpo con calor…Koufax lo necesitaba para manejar su miseria. Hay más, incluyendo como Koufax a menudo hacía 160 o más envíos en un juego, y trabajaba con pocos días de descanso. Pocos se preguntan porque finalmente él se cansó de eso. Koufax rara vez da entrevistas. Así que conseguir algun tiempo con la reclusiva leyenda requirió algun trabajo de parte de Passan. Se probó que valió la pena el esfuerzo. ¿Como fue el proceso de conseguir una entrevista con Sandy Koufax? Passan: Desde el comienzo, él era el tipo con quien más quería hablar. No se puede escribir un libro sobre el brazo de pitchear sin hablar con Sandy Koufax. Además de su excelencia, él es el rostro de los pitchers previos a la operación Tommy John. Lo primero que hice fue hablar con los Dodgers. ¿Hay alguna manera de que esto pudiera ocurrir? La respuesta no fue no, sino casi seguro que no. Entonces fui donde Jane Leavy (la autora de la biografía de Koufax éxito de ventas). Me dijo que escribiera a un número de buzón postal de Vero Beach. Estuve una semana escribiendo a mano esa carta. Quería escribir la carta perfecta. Envié una carta de dos páginas. Cinco días despues, la carta fue devuelta. Eso es todo. Asumí que tendría que escribir el libro sin hablar con él. Entonces apareció de la nada Steve Brener (antíguo hombre de relaciones públicas de los Dodgers quien ahora administra Brener Zwikel & Associates en Los Angeles), llamó y dijo, “¿Te gustaría hablar con Sandy?” Dije, “Déjame pensar en eso. ¡SÍ!” Hice la reservación de un vuelo para encontrarnos el día siguiente en el lugar de entrenamiento primaveral de los Dodgers en Arizona. ¿Cómo se sintió antes de la entrevista? Para esa entrevista estuve más nervioso de lo que había estado en cualquier otra. No quería metar la pata. La única vez que estuve nervioso fue cuando entrevisté a Michael Jordan. Pero Koufax era diferente. Se trata de Sandy Koufax y yo soy judío. Cuando estás en cuarto grado y vas a la escuela hebrea, y tienes que escribir la reseña de un libro, escribes acerca de Sandy Koufax. De los simbólicos momentos del siglo 20 que involucran a judíos famosos, la decisión de Sandy Koufax de no pitchear el día de Yom Kippur está muy arriba en la lista. Eso era tener fe, tener convicción. Algo que todos entendíamos. Hay un cierto orgullo en ser judío, y el personificaba eso. Describa el momento cuando lo conoció. Llegué al campo de entrenamiento primaveral de los Dodgers. Steve Brener me llevó a una zona escondida. Ahí estaba Sandy Koufax sentado en una silla. Era casi como si el sol brillara sobre él. Tal vez exagero, pero parecía como si hubiera una luz que viniera del cielo. Nos estrechamos la mano. Podías imaginar como él lanzaba esa curva. Estaba en gran forma. Lucía glorioso. ¿Cómo se desarrolló la entrevista? Él estuvo grandioso. Yo estuve mal. Me sentí como Chris Farley hacienda “The Chris Farley Show” en “Saturday Night Live”. ¿Como le va Mr. Koufax…? Él tiene todo lo que buscas en una gran entrevista. Tiene la reputación que le endilgan porque no habla mucho. Pero una vez que lo hace, puede ser expansivo, interesante y reflexivo. Él de verdad quería hablar acerca de Frank Jobe. Tiene un enorme respeto por él. No trabajó con él cuando fue pelotero, pero después del beisbol, el Dr. Jobe fue su objetivo. Él quería hablar con el Dr. Jobe de su contribución al juego. Su libro documenta gráficamente el extraordinario dolor que Koufax resistió durante las etapas finales de su carrera. ¿Cómo logró él eso? Hay que recordar que era la revolución pre-ortopédica. No existía la cirugía Tommy John. No existía la resonancia magnética. Lo que ellos sabían del codo venía de las investigaciones con cadáveres. Pero se sabe lo que es la inflamación. Se sabe que es estar lastimado. Él tenía importantes cantidades de ambas cosas. El hecho de que lanzara tan a menudo como lo hizo, con tantos pitcheos como los que hizo, es asombroso. Usted escribió que en 1966 Koufax lanzó 168 envíos en una victoria de juego completo contra los Mets. El manager de los Dodgers Walter Alston sabía que su pitcher estrella estaba lastimado, y aún así lo dejó porque no quería desgastar su bullpen. ¿En que estaba pensando? Ahora se ha pasado al otro extremo donde se cuida demasiado a los pitchers. Pienso que ciertos tipos pueden dar más. Pero dejar a alguien en el montículo de la manera que los Dodgers hicieron con Sandy, sabiendo en retrospectiva lo que sabemos ahora, es algo muy triste. Me entristece que un brazo como el de él haya sido sometido a ese desgaste por ignorancia. Fue una ignorancia comprensible debido a que la tecnología no existía para reconocer lo que le hacían a los pitchers en esa época. Desearías que él pudiera haber pitcheado 10 años más. ¿Se hubiese beneficiado Koufax de la cirugía Tommy John? Koufax no pensaba que tenía partido el ligamento cruzado del codo. El Dr. Jobe pensaba que si. Jobe dijo que si él hubiera pensado en esa idea 10 años antes, la cirugía se llamaría Sandy Koufax, no Tommy John. “Era cualquier tipo de cirugía una opción para Koufax? Koufax no quería operarse. En aquel entonces se pensaba que eso aceleraría la artirtis. Pasarías el resto de tu vida incapacitado para levantar el brazo. Koufax quería una vida después del beisbol. Yo respeto su decisión (retirarse a los 30 años de edad) así como cualquier otra que tomara. Si su carrera hubiese continuado ¿Qué clase de pitcher hubiera sido cuando tuviera casi cuarenta años? El no era solo un pitcher de rectas. Disponía de destacados envíos lentos. También era un lanzador muy inteligente. Si hubiera perdido velocidad en su recta, se hubiera adaptado. Puedo verlo convertirse en un zurdo de recursos, dominando bateadores hasta pisar los cuarenta años. Sí él hubiera lanzado por más tiempo habría sido el mejor pitcher de todos los tiempos. Artículo cortesía de Jewishbaseballmuseum.com, un sitio nuevo de judíos y beisbol. Ed Sherman es el editor gerente de Jewishbaseballmuseum.com. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

miércoles, 12 de abril de 2017

Roy Sievers, toletero de los Senadores de Washington en la década de 1950, fallece a los 90 años de edad.

Richard Goldstein. The New York Times. 4 de abril de 2017. Roy Sievers, quien ganara el primer premio al novato del año de la Liga Americana, jugando para los Carmelitas de San Luis en 1949 y se convirtiera en uno de los principales bateadores de poder de la década de 1950 con los Senadores de Washington originales, falleció este lunes 3 de abril en su casa de Spanish Lake, Mo. Su hija, Shawn Sievers, confirmó la muerte. Al jugar en los jardines y la primera base por 17 temporadas de ligas mayores, Sievers despachó 318 jonrones. Su mejor temporada fue la de 1957, cuando lideró la liga con 42 jonrones y 114 carreras empujadas, mientras bateaba .301 para los sotaneros Senadores. El bateador derecho Sievers también descargó jonrones en seis juegos seguidos ese verano en el Griffith Stadium de los Senadores, para conquistar su inmenso jardín izquierdo al igualar una marca de la Liga Americana que ha sido rota varias veces desde entonces. Mientras jugaba para los Senadores entre 1954 y 1959, Sievers era uno de los peloteros favoritos del vicepresidente Richard M. Nixon, quien fue maestro de ceremonia en una noche en su honor en septiembre de 1957. En 1959, después del llamado debate de cocina con el líder soviético Nikita S. Khrushchev acerca de los méritos del capitalismo versus el comunismo en una cocina modelo en una exhibición nacional estadounidense en Moscú, Sievers estuvo entre quienes le dieron la bienvenida a Nixon en el aeropuerto de Washington. Para ese momento, los Senadores estaban en medio de una racha perdedora, y cuando él saludó a Nixon, Sievers recordó, “Lo primero que dijo fue, ‘¿Que demonios le pasa a los Senadores?’” “Le dije, ‘Mr. Vicepresidente, no estamos bateando bien, el pitcheo no es bueno’. Él dijo, ‘Iré al estadio mañana en la noche’. Usualmente, cuando él iba al estadio ganábamos el juego. Pero esa vez perdimos”. Los Senadores perdieron 18 juegos seguidos. Fuera del estadio, Sievers era parte de los Singing Senators, organizados por el narrador deportivo del equipo Bob Wolff. Un día de junio de 1958, Wolff tocando el ukelele, apareció en el Washington Mall con Sievers, sus amigos jardineros Jim Lemon y Albie Pearson y se le unieron dos pitchers de los Senadores para cantar una canción en el programa “Today” de NBC-TV, animado por Dave Garroway. Sievers tuvo sus disputas salariales con el dueño de los Senadores, Calvin Griffith, pero “era una gran vida”, le dijo a Larry Moffi en la historia oral “This Side of Cooperstown”. “Conocí a Khrushchev cuando vino aquí”, recordó Sievers. “Almorcé con cuatro presidentes: Kennedy, Johnson, Nixon y Eisenhower”. Roy Edward Sievers nació el 18 de noviembre de 1926, en San Luis. Fue firmado por los Carmelitas en la escuela secundaria y debutó con ellos después del servicio militar y dos años en las menores. Sievers bateó 16 jonrones, remolcó 91 carreras y bateó .306 para ganar el primer premio al novato del año con el equipo sotanero de los Carmelitas; el pitcher de los Dodgers de Brooklyn, Don Newcombre, ganó los honores en la Liga Nacional. Pero Sievers fue afectado más tarde por una lesión en el hombro, y cuando los Carmelitas se convirtieron en Orioles en 1954, lo cambiaron a los Senadores. Fue tres veces al juego de estrellas con Washington y continuó su gran temporada de 1957, bateando 39 jonrones y empujando 108 carreras la siguiente temporada. Pero los senadores lo cambiaron a los Medias Blancas de Chicago en 1960. Tuvo dos temporadas productivas con ellos, de nuevo ganó honores de juego de estrellas, luego jugó para los Filis de Filadelfia. Ellos lo vendieron durante la temporada de 1964 a la segunda franquicia de los Senadores, creada cuando los Senadores originales se convirtieron en los Mellizos de Minnesota, y cerró su carrera en Washington. Además de sus 318 jonrones vitalicios, Sievers empujó 1147 carreras y tuvo un promedio de bateo de .267, Además de su hija, le sobreviven un hijo, Rob; un hermano, William; dos nietos, y dos bisnietos. Su esposa Joan falleció en 2006, y otro hijo, David, falleció en 1999. Despues de sus días como jugador activo, Sievers fue coach de los Rojos de Cincinnati, dirigió en las ligas menores y fue vendedor de una compañía de transporte de bienes. También tuvo una breve carrera cinematográfica. Sievers puede ser apreciado en la película de la Warner Brothers de 1958, “Damn Yankees”, una adaptación del musical de Broadway del mismo nombre y de la novela de Douglas Wallop “The Year the Yankees Lost the Pennat”, la historia de cómo un fanático de mediana edad de los Senadores con una vida monótona vende su alma al diablo para convertirse en un jonronero sensacional, y liderar a Washington a ganar un banderín sobre los odiados Yanquis. Tab Hunter, quien interpretó al toletero de fantasía, Joe Hardy, en la película, usó la camiseta No. 2 de Sievers, y Sievers fue el doble de Hunter en las tomas a distancia. Debido a que Hunter tomaba sus turnos del lado derecho del plato, Sievers es mostrado como bateador zurdo, gracias a la tecnología de la imagen especular. Y así, dejando a un lado a Walter Johnson y a un joven Harmon Killebrew, Roy Sievers, al menos por pocos momentos, podría ser llamado el Senador más grande de todos. Traducción: Alfonso L. Tusa C.